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MW-10014
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SINOPSIS_SERIE
Esta obra ofrece un recorrido exhaustivo por la herencia cultural de México a través de su producción artística, abarcando desde los orígenes prehispánicos hasta la era contemporánea. Presenta una visión unificada que destaca lo más profundo y valioso de la identidad nacional, plasmada en cuatro periodos fundamentales: prehispánico, virreinal, independiente y contemporáneo. Se propone como una celebración del arte como máxima expresión del rostro creativo de México
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Recorrido por el arte mexicano desde la época prehispánica hasta la actualidad, mostrando lo más profundo y valioso de nuestra identidad nacional
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SINOPSIS_PROGRAMA
El siglo XVII novohispano fue una época de desarrollo económico y artístico. Los pobladores de Nueva España organizaron una gran economía con las haciendas mineras, ganaderas y agrícolas. Esas actividades produjeron insólitas riquezas y marcaron profundamente los usos y costumbres de sus habitantes. El estilo barroco se apoderó hasta del último rincón de las edificaciones y enriqueció la vida de sus habitantes
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El siglo XVII novohispano vio un gran desarrollo económico con haciendas mineras, ganaderas y agrícolas, y un esplendor artístico dominado por el barroco
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5
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12
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00:53:41:02
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Carlos Fuentes (1928-2012)
Escritor, diplomático y ensayista mexicano. Reconocido como una de las figuras centrales de la literatura hispanoamericana del siglo XX, fue parte del llamado "Boom latinoamericano". Su obra abarca novela, cuento y ensayo, explorando la identidad mexicana, la historia y las tensiones entre modernidad y tradición. Entre sus libros más destacados se encuentran La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Terra Nostra (1975). Desempeñó también una importante labor diplomática y recibió múltiples premios internacionales, consolidándose como una voz influyente en el panorama cultural y literario.
Guillermo Sheridan (1950-)
Ensayista, editor y crítico literario mexicano. Ha desarrollado una amplia labor de investigación sobre la poesía mexicana moderna, especialmente en torno a la obra de Octavio Paz y otros autores del siglo XX. Ha sido profesor, coordinador de proyectos académicos y colaborador en diversos medios culturales. Su trabajo combina el análisis literario con la divulgación crítica, lo que lo ha convertido en una referencia en los estudios literarios contemporáneos de México.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
INSTITUCION_PRODUCTORA
CONACULTA | Coordinación Nacional de Medios Audiovisuales (CNMA) | TELEVISA
TRANSCRIPCION
La conquista siguió la contra-conquista. A la utopía siguió la contra utopía. Las zonas de estas transiciones mexicanas fueron dos. Una la iglesia, la otra la tierra. La conquista sumió en la desesperación a los pueblos indígenas. Sintieron que los dioses habían huido, que los habían abandonado su padre y su madre. Darle de nuevo un padre y una madre a las poblaciones conquistadas fue uno de los grandes aciertos de la iglesia católica. El Padre fue Cristo, es decir, el Dios que en vez de exigir el sacrificio de los hombres, se sacrificaba Él mismo por la humanidad. Y la madre fue Santa María de Guadalupe, cuya aparición ante el más humilde de los indígenas, Juan Diego, un tameme o cargador, le prometió a los más pobres su protección. Y bien que la necesitaba. Los intentos generosos de crear utopías protectoras de las comunidades indígenas, notablemente las creadas por Vasco de Quiroga en Santa Fe y en Pátzcuaro, fracasaron ante un hecho incontrovertible, el derecho de la guerra, el derecho del vencedor a apropiarse de la tierra. La explotación de la tierra durante la colonia mexicana conoció tres etapas. La primera, la encomienda, es decir, el servicio de indios en las tierras propiedad de los españoles a cambio de protección y de evangelización. El segundo, el repartimiento, fue el otorgamiento del trabajo indígena con un carácter temporal a las nuevas propiedades hispanas que se estaban formando. Y el tercero, la hacienda, ya no tuvo nada de temporal. Se constituyó una forma de explotación del trabajo que duró no solo durante toda la colonia, sino bien entrada la república, de hecho, hasta la Revolución Mexicana. Y la hacienda, es decir, las grandes propiedades latifundios, eran explotadas sobre el sistema de peonaje, es decir, que el trabajador ahora debía prestar siempre sus servicios para siempre durante toda su vida y a veces por las deudas en las que incurría hasta la segunda y tercera generación después de él. La explotación de la tierra y la explotación minera constituyeron las dos bases sobre las que se fundó la economía de la nueva España, compartiendo en la División Internacional del Trabajo una situación con todos los demás países colonizados por España, es decir, que nos convertimos en exportadores de materia prima e importadores de manufacturas. Adentrarse en las profundidades del siglo XVII mexicano es recorrer los caminos de la formación de un pueblo creador de una cultura de tono original y de inmensas calidades y encontrados matices que sobreviven de muchas formas hasta hoy La Nueva España fue un territorio que tuvo el privilegio de ver hacia sí mismo durante casi 100 años y de invertir sus enormes riquezas en su propio espacio geográfico y social. Siempre más allá, siempre mejor, parece haber sido la divisa de los novohispanos en la vertiginosa carrera que iniciaron en el siglo XVII en búsqueda de una identidad plena. El siglo de las conquistas comenzaba a quedar atrás. Consolidada la formación social del centro del virreinato, los esfuerzos de los pobladores de la Nueva España, nacidos ya en la tierra en su mayoría, se dedicaron a explorar y colonizar los extensos territorios del norte. Se dio continuidad así a una hazaña que dio sus primeros pasos en el siglo XVI, ir siempre más allá de cada horizonte dominado e integrado. Durante el 17 se llevó a cabo la colonización de lo que hoy es el norte de la República y parte del sur y el oeste de los Estados Unidos de América. La evangelización cobró allí nuevas formas, pues los frailes, en particular los jesuitas, encontraron pueblos indígenas con un nivel de civilización totalmente diferente al de los pueblos mesoamericanos. Haciendo uso de la experiencia acumulada por los franciscanos, dominicos y agustinos, y por la de los capitanes y soldados que pacificaron la región centro-norte de México, los nuevos evangelizadores eligieron una fórmula mixta entre el presidio y la misión. El norte vio surgir esos sencillos pero impresionantes edificios que conocemos como las misiones. formaron con ellos una cadena cuyos eslabones llevaron la civilización occidental hasta los confines del mundo conocido de entonces. El carácter popular de estos edificios, con sus sencillas fachadas de un barroco emotivo, tierno, muestra su importancia como centros de educación de la comunidad. En ellos se enseñaron las primeras letras y los más indispensables oficios a los pobladores indígenas. Los pueblos de la región, en su mayoría nómadas, fueron aprendiendo la vida sedentaria junto con la religión católica. Allí identificaron como autoridad a los religiosos, pues la lejanía impedía la presencia de la autoridad civil. La presencia de piratas ingleses y holandeses, cada vez más frecuente en las costas del Golfo de México durante el siglo XVII, propició la construcción de fortificaciones marítimas capaces de disuadir a los intrusos. El fuerte de San Juan de Ulúa, en el puerto de Veracruz, mandado a construir por el virrey Antonio de Mendoza un siglo antes, fue remodelado por el ingeniero militar alemán Jaime Frank, quien lo convirtió en una auténtica fortaleza. Otras obras similares se levantarían en las costas de Campeche, Quintana Roo y Yucatán. En el Océano Pacífico se fortificó el fuerte de San Diego de Acapulco para proteger a los galeones que comerciaban con Asia a través del puerto de Manila. Mientras crecía lentamente el territorio de la civilización novohispana en el norte, la zona central se consolidó como núcleo de cultura. Especialmente el Bajío, debido a su doblemente privilegiada situación de zona de tránsito comercial y de producción minera de plata. Crecieron las ciudades de españoles urbanizándose los usos y costumbres. siempre mejor. Sería la razón del pueblo novohispano de cambiar y experimentar en el arte y en la cultura. El poder civil del virreinato y la jerarquía eclesiástica atendieron las demandas de gobierno y espiritualidad que eran con naturales a un crecimiento de esa magnitud. Surgieron por todas partes los testimonios de una riqueza material que va ligada a dos características que serán inseparables del ser nuevo hispano, la búsqueda del lujo y la necesidad de compensar con obras pías el carácter pecaminoso que traía aparejada la riqueza. Ambos conceptos se manifiestan en la rica ornamentación del convento y la iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Oaxaca. La Corte de la Corte El ideal religioso aglutinará a artistas y artesanos para solicitar lo mejor de su inspiración, permitiéndoles mostrar las características de sus oficios y habilidades. En la mayoría de las construcciones quedará plasmado el toque original de la mano indígena. El fruto de esas magníficas alianzas aún se puede contemplar en el Templo de Santiago Apóstol en el pueblo michoacano de Tupátaro. Su artesonado reunió albañiles, carpinteros y pintores en una obra que es sorprendente, sin importar que tan excelente construcción fuera para una pequeña villa perdida en las montañas. Las órdenes religiosas se desenvuelven en lo arquitectónico, creando en los conventos de monjas un modelo constructivo que en Nueva España tiene gran originalidad y propulsión. Bellísimos ejemplos son los de las Dominicas de Morelia, o el de la Trinidad en Puebla, o el de la Concepción en la Ciudad de México, y el convento del mismo nombre de la Ciudad de Puebla. Nadie que los haya visto olvidará la característica doble puerta de su fachada lateral y en su interior la clausura del coro, que da lugar a enrejados de riqueza y complejidad incomparables. El tono más original de la cultura mexicana de entonces está dado en las parroquias y catedrales, florecen ambas en el siglo XVII para sustituir de algún modo a los conventos Fortaleza del siglo anterior. Los distintos grupos sociales encontrarán en las villas primero y en las ciudades después más satisfactores y más seguridad para sus personas y para sus bienes. En las ciudades se ve el mayor florecimiento de esta cultura, de matices distintos al de la monacal del siglo anterior. Su importancia requirió en muchos casos la instauración de sedes episcopales y tuvieron en la Catedral su gran parroquia La Catedral de Puebla, prácticamente concluida en nueve años por el impulso del obispo Juan de Palafox y Mendoza es un armonioso conjunto Jorge Alberto Manrique ha explicado con claridad meridiana que en la catedral encuentra la sociedad virreinal su máxima expresión de complejidad y de autosuficiencia. Es el edificio citadino por excelencia, símbolo religioso y símbolo civil. Es la obra que contendia lo que la ciudad era y símbolo de su orgullo, en cuya obra contribuye la corona y el aparato del poder civil, pero también la sociedad, a través de los gremios representados en las capillas. La Catedral no es, desde luego, una iglesia más, ni sólo una iglesia de mayores dimensiones. da albergue y manifiesta ese todo social coherente de la ciudad, con su pretensión de hegemonía sobre el reino entero, en el que cada cuerpo social tiene su lugar preciso. Por eso se muestra arrogante hacia el exterior, con portadas y torres, indispensables puesto que las campanas son las voces de la ciudad y los campanarios su punto de referencia, y al interior con retablos, sillerías, imágenes talladas, pinturas, relicarios, custodias y demás platería y orfebrería del servicio religioso. Todo en la catedral nos habla de una sociedad cortesana y no burguesa. Si no se comprende a la sociedad virreinal del siglo XVII en ese contexto, se corre el riesgo de equivocar el destino de nuestra mirada y queremos encontrar lo que en ella no pretendía ser. La Catedral de México aún debía esperar hasta 1810 para ser concluida, pero en la segunda mitad del siglo XVII vio conformarse toda la base artística de su fachada, a excepción de las torres y los remates. En este siglo, y sobre todo en el XVIII, se crearon muchos de los tesoros que guarda en su interior en etapas de febril actividad de gremios e individuos. Obra sobresaliente es la sillería del coro de los canónigos, realizado por el escultor Juan de Rojas, además del hermoso fascistol hecho en Manila, Filipinas, y regalado a la catedral por el arzobispo de aquella ciudad. La creación científica durante el siglo XVII alcanzó un inmenso desarrollo. Su motivación fue la batalla que el mundo occidental vivió para dar el triunfo al mecanicismo, producto del mundo moderno. Esta batalla se vio también en la Nueva España, con la participación de numerosos científicos. La ciencia no se separaba todavía con plenitud del conocimiento religioso y filosófico, y era de hecho una filosofía natural. Muchos científicos de la entrada de la modernidad a Nueva España fueron frailes y religiosos, como Fray Diego Rodríguez, quien fuera el fundador de la Cátedra de Matemáticas y Astrología en la Real y Pontificia Universidad de México. Fray Diego fue maestro de Carlos de Sigüenza y Góngora, y a él se debe, por ejemplo, la primera solución conocida de la ecuación de cuarto grado, que Newton resolverá después definitivamente a través de su famoso binomio. Otro ejemplo, Fray Andrés de San Miguel, religioso carmelita, experto en la geometría y el cálculo, se dedicó también a construir los conventos de su orden y las obras del desagüe de la ciudad. Los problemas que presenta la realidad obligan a notables avances y a heroicos esfuerzos. Los derivados de la naturaleza lacustre de la Ciudad de México y las constantes inundaciones que sufría la hermosa ciudad eran inmensos. La peor de todas ocurrió en 1629 y mantuvo anegada la ciudad durante más de cinco años, provocando una intensa controversia sobre los posibles métodos de desagüe de la ciudad. El ingeniero alemán Enrico Martínez, afincado en la Ciudad de México, había propuesto diversas obras de desagüe que culminaron en la construcción del famoso tajo de Nochistongo La sociedad que padecía esos problemas era una sociedad viva y dinámica. Múltiples motines y sublevaciones a lo largo del siglo pintan la imagen de una población activa que requería de constantes intervenciones de la autoridad. Su movilidad geográfica, determinada por la creciente población mestiza y criolla y los innumerables recursos de la tierra, ganado y plantas, a disposición de quien se empleara a fondo en trabajarlos. La conquista de México coincidió con la consolidación de la monarquía absoluta en España bajo Carlos V. El feudalismo español fue el más débil de Europa, y esto por una sencilla razón. Durante los 700 años de la guerra de reconquista contra los moros, las fronteras españolas eran fluctuantes y la posesión de la tierra sumamente discutible. De tal suerte que los reyes españoles necesitaban el apoyo de las ciudades de los burgos medievales en su guerra contra los moros. Y para ello hubieron de hacerles diversas concesiones como libertades municipales, el municipio libre, justicias independientes, etc. Esto terminó en 1521 con la victoria de Carlos V contra las comunidades de Castilla en la Batalla de Villalar. 1521, el mismo año de la consolidación de la monarquía absoluta en España, es el año en que Tenochtitlán cae en manos de Hernán Cortés. Si los conquistadores, todos ellos surgidos de las clases populares o de la clase media incipiente de España, tuvieron alguna vez veleidades democráticas, allí mismo en Villalar, Carlos V se encargó de enterrarlas. La batalla de las leyes de Indias para ofrecer protección a las comunidades rurales e indígenas de América debido a la campaña librada por Frey Bartolomé de las Casas tenían que fracasar. El sistema vertical autoritario español se reprodujo en la Nueva España. El rey, debajo de él el virrey y debajo del virrey las demás autoridades de la colonia siempre en situación de verticalidad. Pero sin embargo, la distancia las grandes distancias en una colonia tan vasta como lo fue México la Nueva España impedían que la autoridad monárquica o virreinal se impusiese en todas partes. De ahí que se crearan una multitud de poderes fácticos en los lugares mismos, independientes de cualquier ley. Caciques locales, terratenientes, hacendados, encomenderos. Cuando las leyes humanitarias, las leyes de Indias, Llegaban a la colonia no hispana estas buenas leyes. Con razón, el virrey no tenía más remedio que colocar los legajos sobre su cabeza y proclamar. La ley se obedece, pero no se cumple. La Hacienda es la unidad de producción creada por la propia sociedad novoispana como respuesta a sus condiciones concretas y tuvo una duración efectiva de más de 300 años. Las Haciendas tuvieron en su momento un papel indiscutible en la construcción de una imagen propia, de lo novohispano primero y de lo mexicano después. ¿Quién que conozca el alma mexicana, producto de innumerables fusiones y adiciones, juxtaposiciones y destrucciones, no la entiende como vinculada a los cascos de las haciendas, que aún hoy testimonian lo que fueron, cubriendo gran parte del territorio nacional? ¿Quién en México no tiene una relación emotiva, por parentesco o por afinidad, con las costumbres que se formaron en ese ámbito campirano? La hacienda fue un lugar que no tuvo por función central ser la casa de descanso de las clases acomodadas, sino el ámbito por el cual fluyó la producción agrícola, ganadera, minera y forestal. En las haciendas se crearon numerosas leyendas y se formaron generaciones de mexicanos que vieron pasar por ellas muchos de los capítulos principales de nuestra historia. De las haciendas se han heredado innumerables testimonios de historia oral. Aun cuando su tiempo pasó y se convirtieron en un elemento histórico que ha dejado para siempre de tener vigencia productiva por más de tres siglos fueron un modelo eficiente y propio producto de la idiosincrasia mexicana en el que se reprodujo día con día la violencia, el paternalismo, lo bueno y lo malo de la vida real. El otro elemento económico que explica la conformación de lo que se conoce como la personalidad de lo nuevo hispano fue la mina. Alrededor de ellas se formó un complejo social autosuficiente y una tecnología adecuada a la realidad del suelo. La minería requirió de un carácter audaz para vivir de tan azarosa producción. Un carácter que marcó para siempre el modo de ser y de comportarse de quienes en diversas regiones produjeron insólitas riquezas. Ese carácter se expresa plenamente en la magnificencia del arte virreinal y en la complejidad y el orgullo autosuficiente de una personalidad histórica que requirió de un estilo para expresarse, el arte barroco Ese estilo fue más que una moda. Fue la forma de expresión de una identidad largamente construida. El barroco tuvo en Nueva España una duración mayor a la que vivió en Europa. El barroco llenó, paso a paso, las calles de las ciudades y de los pueblos y villas de la Nueva España. se apoderó hasta del último rincón de los edificios. Su desarrollo formal es un ejemplo sin paralelo de la riqueza de inventiva de los novohispanos y de la calidad de sus soluciones estilísticas. Con el barroco se traspasaron los límites del manierismo que predominó en el siglo anterior. La exuberancia de la naturaleza, el buen clima, la flora y la fauna del país propiciarán nuevas formas de expresión hasta crear un estilo con características propias. En la primera mitad del 17 y hasta 1670 se vio proliferar en México un barroco que se ha dado en llamar clásico o sobrio En él se ven apenas las primeras modificaciones que sufre la estética del elemento sustancial del estilo que es la columna. Las variaciones al principio son casi imperceptibles. El fuste sufre una disposición diferente a la clásica en las estrías. De allí se pasa al zigzag, al ondulado y a dividir el fuste en tercios con decoración diferente en el llamado barroco tritóstilo. tritóstilo. Finalmente aparece la forma más sustancial del siglo XVII en la columna helicoidal o salomónica. No son sólo juegos de la imaginación estética creadora, son ensayos de una personalidad que acepta el cambio de lo decorativo y de los motivos, pero que respeta casi siempre la estructura constructiva clásica. Cuando se observan estas obras extraordinarias de la capacidad imaginativa y de la fantasía de los novohispanos, se ve también su vinculación ideológica a bases religiosas y teóricas firmes que daban sustento, igual que la columna al edificio, a un alma personal y grupal, intransferible. La columna en el barroco novohispano llegará a convertirse en casi una ilusión. Perderá su masa interior para convertirse en etérea filigrana. Varias de las columnas del retablo de la iglesia de San Andrés, en Huayapan, cerca de la ciudad de Oaxaca, son huecas y parecen hechas con delicados encajes de madera dorada. ellas muestran la empatía que se dio entre los artistas novohispanos y un estilo que daba la oportunidad de expresar todos sus sentimientos así como el altísimo grado de perfección que dieron a su oficio los talladores oaxaqueños la pintura es uno de los géneros en los que se manifiesta con mayor nitidez esta soberbia capacidad para convertir los modelos europeos en algo propio, aunque no se pueda definir con palabras las líneas que marcan esa diferencia. En los pintores manieristas del XVI se percibe un tono o un ambiente más amable que cruento en las representaciones religiosas, con coloraciones y composiciones atemperadas. A ellos le siguen, en una segunda generación, creadores como Alonso Vásquez y Baltasar de Echave Orio, de quien se conservan magníficos óleos en el templo de la profesa, como la adoración de los reyes y la oración en el huerto. Será, sin embargo, en la tercera generación manierista, donde se exponga en plenitud un gesto propio, reflejo del sentir criollo de esa comunidad humana de intensa vida social. Esta tercera generación ha sido poco estudiada precisamente porque se le ha visto como localista cuando en realidad es ese su valor fundamental Ellos testimoniaron su diferencia al tiempo que demostraron su magnífica capacidad para transitar del marialismo al barroco. Luis Juárez es quizá el más insigne entre ellos. Su nobleza y sinceridad pictóricas se expresan a través de un pincel que crea obras de gran suavidad y dulzura. El dominico Fray Alonso López de Herrera es un pintor de estilo delicado y afable. La belleza de sus composiciones rosa el borde de la experiencia mística sin perder de vista el necesario sustento que lo provoca el ser humano La pulcritura con que pintó varias veces el rostro de Cristo, le valió en su tiempo el sobrenombre de El Divino. Baltasar de Echave y Villa sobresale también como un remanso de frescura y divismo, en cuyos azules se plasma la mayor sencillez poética. Juan Tinoco, en cambio, destacará por el realismo vibrante de sus obras, las fuerzas expresivas de sus personajes y el audaz manejo de los colores. En la pintura novohispana se vivió con intensidad la influencia directa del claroscuro y el realismo, a través de la obra del sevillano Sebastián López de Arteaga, quien se estableció en la Ciudad de México, y aquí pintó algunos cuadros considerados como obras maestras de ese estilo. Es impresionante la incredulidad de Santo Tomás, en la que no se sabe qué admirar más, sin la verticalidad de la composición o la forma de tratar la luz y el color para conseguir la textura, no sólo de la carne, sino de un ambiente lleno de misticismo y de misterio. Este pintor, creador de otras obras relevantes, dejó una escuela que hubo de encontrarse con tendencias de color y suavidad en el trato de las formas y de los temas que reaparecieron a través de autores como José Juárez, Miembro de una larga dinastía familiar Juárez aprendió la pintura en el ámbito de un gremio muy sólido del que se convirtió en el gran maestro de una escuela local de amplios alcances artísticos y sociales José Juárez es visto como el maestro de esa manera más propia de ver la realidad pictórica produce obras como la tantas veces imitada del martirio de los niños santos justo y pastor, en la que hace uso de una juxtaposición de escenas que tendrá gran éxito entre sus sucesores. La batalla entre la resiedumbre hispánica y la cortezuavidad novohispana tiene otros representantes extraordinarios en esos años de la segunda mitad del siglo XVII. Así se aprecia en la obra de Pedro Ramírez, en este óleo de grandes dimensiones con el tema de la adoración de los pastores. En la primera mitad del siglo XVII resurge el miniaturismo en la decoración de los libros de coro de las catedrales y los conventos. La calidad de la luz y el color logrados en sus trabajos por Luis Lagarto y miembros de su familia los convirtió en los iluminadores por excelencia un oficio que implica dedicación paciencia y fina sensibilidad ha dejado para la posteridad obras que aunque son de pequeño formato resultan inmensas por su perfección El arte barroco es en México una forma de vida que permea todas las actividades del ser humano, desde el lenguaje hasta la cocina, en la que destaca la soberbia y ultrabarroca creación del mole en sus diversas variedades. El barroco afecta desde luego el lenguaje, el vestuario y las diversiones. Las procesiones y los saraos son los extremos simbólicos que utiliza el pueblo para expresar la plenitud de su participación en la sociedad. En la comprensión psicológica del pasado mexicano, es indispensable tomar en cuenta esta apropiación y transformación del arte barroco. En ellas se da un cambio ornamental que no rompe con las estructuras clásicas, pero elige como modo de vida el claro oscuro y la teatralidad, los biombos y los espejos. Es un juego de apariencias que desnuda el alma de un pueblo, pudoroso y soberbio al mismo tiempo. Laberinto de puertas y corredores, de calles y entre calles, que no llevan a sitio alguno y que no mostramos a veces ni a nosotros mismos. La solidez cultural de Nueva España alcanza cimas de creación. Se adaptan y reinterpretan en la literatura los modos conceptistas que prevalecen en ese momento. La creación poética religiosa tiene ecos de los mejores sonidos de la poesía española del siglo de oro, de la que forma parte. El soneto de Fray Miguel de Guevara, nunca mejor dicho, reza así. No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz escarnecido. Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme en fin tu amor, de tal manera, que si no hubiera cielo yo te amara, y si no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. Juan Ruiz de Alarcón, criollo que prefirió radicar en la metrópoli, da allí la batalla a los grandes del siglo de oro. Sus obras siguen vivas en el repertorio actual del teatro. En ellas se plasma la cortesía del lenguaje y la suavidad de formas que caracterizan a los novohispanos frente a la resiedumbre de los españoles. En ellas se ve la riqueza y el lujo sin pudores de la vida cotidiana virreinal y el canto a la grandeza de México. México, la celebrada cabeza del indio mundo que se nombra Nueva España tiene su asiento en un valle toda de montes cercada que a tan insigne ciudad sirven de altivas murallas todas las fuentes y ríos que de aquellos montes manan mueren en una laguna que la ciudad cerca y baña diversos historiadores han sintetizado los hitos culturales de largo proceso de apropiación que constituye la formación del alma mexicana expresada por el barroco incluye en primer lugar la apropiación del pasado indígena como raíz diferencial por antonomasia esa apropiación aparece desde la obra magna que cierra el primer siglo cronológico de la nueva España La monarquía indiana de Fray Juan de Torquemada. Su título muestra la voluntad de recuperar el pasado prehispánico y de ensayar una explicación razonable de su carácter, librándolo del anatema que se le había impuesto por supuestamente demoníaco. Además de la apropiación del pasado, esto es, del tiempo, los criollos novohispanos se apropiarán del espacio. Lo harán al adueñarse del territorio hacia el norte y al comenzar la elaboración de cartas y mapas geográficos. En ellos se delinea con mayor nitidez el territorio novohispano, basándose en encuestas y expediciones. Al dibujarlo, lo hacen suyo. Dueños ya del espacio y el tiempo, identificados con ellos y por tanto diferenciados de los otros reinos de la monarquía española, los criollos dieron el paso decisivo. apropiarse de la sustancia de una religión cristiana universalista para darle un contenido local. Lograr el reconocimiento a la santidad de personas nacidas en la Nueva España, o que hubieran llevado a cabo su labor en estas latitudes, significaba alcanzar una especie de mayoría de edad, y el reconocimiento a la madurez de un pueblo y un territorio cristianos, productores de la flor de la corte celestial que son los santos. El fracaso en conseguirlos, no curado siquiera por la beatificación de Felipe de Jesús en 1627, llevó a los novohispanos a adoptar como propia a una santa nacida en el virreinato del Perú, Santa Rosa de Lima. Las ciudades de la Nueva España rebosaron de retablos y pinturas, exaltando la figura de esta santa que probaba las virtudes excelsas de la tierra americana. Se desarrolló además la teoría de que la mítica figura del civilizador quetzalcóatl, blanco y barbado, según la tradición prehispánica, había sido en realidad el apóstol Santo Tomás. Habría venido a evangelizar América siglos antes de la llegada de los españoles. De su labor quedaría testimonio en muchos elementos de la religión azteca identificables como trasuntos de un cristianismo desfigurado. A todas luces, un fenómeno de la mayor importancia fue la exaltación de un culto local nacido en el siglo XVI por el que se veneraba en el Tepeyac la imagen de la Virgen aparecida en el Ayate de Indio Juan Diego. La sustentación teológica y la difusión y defensa del milagro guadalupano se producen hacia mediados del siglo XVII, más de 100 años después de las apariciones. El fenómeno guadalupano, indudablemente importante desde el punto de vista religioso, adquiere para los novohispanos un carácter vital desde el punto de vista cultural. Sin el mensaje que conlleva la imagen morena de Guadalupe durante el XVII, no se explica la profundidad de la transformación cultural de un pueblo que encuentra en ella la claridad diáfana de una predestinación. A partir de esta fe, el Anáhuac y por extensión geográfica y temporal la Nueva España y México se identifican en importancia religiosa, ni más ni menos que con Jerusalén. El culto guadalupano es, desde el punto de vista cultural, el giro total de la historia nuevo hispana. Esta transformación permite pasar de una actitud de acercamiento a las novedades del mundo cristiano occidental para adaptarlas y entenderlas en una nueva actitud. El inmenso huracán cultural que se había desatado en las primeras identificaciones de la personalidad criolla alcanzó en la veneración guadalupana del siglo XVII su cumbre por antonomasia. Logró también el rasgo distintivo de una personalidad desde entonces vinculada al orgullo criollo de poseer un territorio inabarcable y materialmente rico, de tener un pasado glorioso independiente del europeo, Pero sobre todas las cosas, de sentirse pueblo elegido para cumplir con un destino extraordinario. La Cámara Gracias por ver el video.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
OBSERVACIONES
Sin carta de derecho ni fecha de entrega
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
INFORMACION_ADICIONAL
Fernández, J; Garza, M. de la; Jiménez Codinach, G.; Monsiváis, C. Nava, J.A.; Sarmiento Donate, A.; Tajonar, H. (2001). México: CONACULTA, OCEANO. UNAM, Fundación Televisa.
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
1
CONDUCTOR
Carlos Fuentes Guillermo Sheridan – Voz en off
TEMA_CONTENIDO
La herencia cultural y artística de México, desde la época prehispánica hasta la contemporánea
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
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Felipe Galindo Aranda
PRODUCCION
Héctor Tajonar
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