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CUID
M-07570
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 32
SINOPSIS_SERIE
Este encuentro reúne jornadas de reflexión y diálogo dedicadas a la creación y fortalecimiento de espacios que impulsen la lectura y la literatura en ámbitos públicos y privados. El foro propone debatir sobre la importancia de la lectura, especialmente la literaria, como herramienta para construir significado, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de formas de pensamiento
EXTRACTO_SERIE
Encuentro de reflexión y diálogo sobre la creación de espacios que impulsen la lectura y la literatura, destacando su importancia para construir significados, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de pensamientos
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Ricardo Chávez Castañeda (México- Estados Unidos)
SINOPSIS_PROGRAMA
La reflexión expone una mirada crítica sobre el acto de contar historias y sus efectos en quienes leen, especialmente en niñas y niños. Se aborda la tensión entre las historias que revelan aspectos difíciles de la experiencia humana y la responsabilidad de ofrecerlas sin dañar la confianza de quienes las reciben. A través de ejemplos personales y análisis sobre la lectura, la verdad y la vulnerabilidad, se explora cómo las narraciones pueden funcionar como advertencias, acompañamiento o incluso protección ante realidades complejas. El texto plantea el papel de la literatura como un espacio donde enfrentar el mal para comprenderlo, y donde las historias actúan como señales que buscan preparar a las personas para el mundo
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre cómo las historias revelan zonas difíciles de la experiencia humana y su efecto en lectores jóvenes, destacando la responsabilidad de narrar, el vínculo entre verdad y cuidado, y el papel de la literatura como advertencia y acompañamiento
N_PROGRAMA
9
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:54:36:07
PARTICIPANTES
Ricardo Chávez Castañeda, escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Ricardo Chávez Castañeda
Narrador mexicano reconocido por la amplitud y solidez de su obra, que supera los cuarenta títulos y abarca literatura para adultos, ciencia ficción y literatura infantil y juvenil. Su trayectoria se caracteriza por una constante exploración de los dilemas humanos y por un estilo que combina oficio, intensidad narrativa y sensibilidad para abordar temas complejos.
Su trabajo ha recibido distinciones en diversos países de Hispanoamérica, lo que evidencia su proyección internacional. A lo largo de su carrera ha sido premiado en Cuba, España, Argentina y Ecuador, además de obtener en México reconocimientos destacados en cuento, novela y literatura para niñas, niños y jóvenes. Esta diversidad de galardones refleja su capacidad para transitar entre géneros y conectar con públicos distintos.
En su obra confluyen cuestiones éticas, emocionales y psicológicas que revelan un interés por indagar en los claroscuros de la experiencia. Sus libros para lectores jóvenes se distinguen por tratar asuntos difíciles desde una perspectiva cercana y respetuosa, mientras que su narrativa para adultos se caracteriza por su profundidad y su exploración de zonas límite de la condición humana.
Considerado un autor fundamental en la literatura mexicana contemporánea, su aporte destaca tanto por la versatilidad temática como por la consistencia de una voz que ha enriquecido el panorama narrativo nacional y latinoamericano.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Muy buenas tardes, ¿qué tal, cómo están? Vamos a continuar con las actividades de este encuentro internacional de cultura lectora. Yo tengo la fortuna de presentar a Ricardo Chávez Castañeda, y digo la fortuna porque en algún momento nos tocó trabajar juntos, me tocó editar un libro suyo, Salvavidas, y bueno, me da mucho gusto ahora compartir una vez más la mesa ahora escuchándolo como conferencista. Les voy a platicar un poquito de Ricardo Chávez Castañeda, él es un escritor mexicano que tiene más de 40 libros publicados, ha recibido importantes reconocimientos en Cuba, las menciones honoríficas en los premios Casa de las Américas de novela de 1999 y literatura juvenil en el 2009. También en Argentina, en el marco de la décimo tercera fiesta latinoamericana de la literatura en homenaje a Jorge Luis Borges, 1987, y en el certamen Los Jóvenes del Mercosur, del 2009. En España, fue finalista del Premio Internacional Dashiell Hammett, en 1999 y en 2002, y en Ecuador, en la Bienal Internacional de Literatura Infantil y Juvenil, 2003. En México, su obra ha sido distinguida con los Premios Nacionales de Cuentos San Luis Potosí en 1991, el de novela José Rubén Romero, el cuento latinoamericano El Mundo Valadez y literatura infantil y juvenil Pilik en el año de 1994, todos estos en ese mismo año, y el de cuento infantil Juan de la Cabada en el 2001, el Ciudad de la Paz de Novela en el 2005 y el Premio Nacional de Ciencia Ficción 2007 y recientemente fue merecedor de tres terceros lugares en el certamen Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en las categorías Novela del 2010 y Cuento en el año 2010 y también en el 2011. Pues vamos a escuchar a Ricardo que nos va a leer una conferencia que se llama La Maldad y las Maldades de la Lectura. Bienvenido Ricardo y gracias por estar con nosotros. Muchísimas gracias por estar aquí, es un placer. Yo no sabía que existía este encuentro hasta que me invitaron, así que pequé de ignorancia y ahora me sorprende haber vuelto a pecar de ignorancia porque no entendí la magnitud de la invitación. Entonces, les agradezco mucho estar aquí y espero estar a la altura del encuentro, estar a la altura de las presentaciones anteriores, posteriores, estar a la altura sobre todo de su curiosidad y de su estar aquí. Entonces, quiero hablarles sobre el lado que… yo no sé por qué siempre estoy enfocado en el lado oscuro y siempre trato de ver el lado que no vemos de muchas cosas y claro, ya por el título ustedes dicen cómo que la maldad y las maldades de la lectura, en otro momento se llamó La Maldición de Leer y quiero tratar de explicarlo y quiero honestamente decirles que, o quiero honestamente expresarles esta preocupación desde la visión de alguien que exactamente escribe historias para niños, para jóvenes y ahora no es pertinente para adultos también, pero en realidad de lo que vamos a hablar aquí es de la escritura para niños y para jóvenes, sobre todo. Yo lo estoy enfocando ahí no porque tenga que ser ahí a donde habría que llevarlo, sino porque me parece que es donde la responsabilidad de quien escribe se vuelve más grande. La maldad y las maldades de la lectura. No soy un especialista ni en la escritura ni en la lectura. Lo que me han hecho los años es volverme un especialista en hacer historias. Tomo historias y las doy. Casi siempre las tomo de mi interior, es decir, de mi vida, de mi memoria, de mis cicatrices. Las historias que se quedaron a vivir conmigo. Las historias que me pasaron por encima. Las historias que me cautivaron, o sea, que me hicieron su cautivo. Pero incluso aquellas historias que tomo del exterior, incluso esas pasan por mí, yo las hago pasar por mí. Y siempre salen ricardianas, Ricardo, por llamarlas de algún modo. Quizá porque son ricardianas, y yo explicaré ya esto que significa en un momento, desde hace años estoy ocupado en pensar las implicaciones derivadas de este acto, el acto de dar historia. En palabras sencillas, ¿qué le hacen a los demás las historias que yo hago? No me preocupa la palabra transmisión, porque a eso nos dedicamos los seres humanos. No me asustan las palabras didactismo y moralismo, porque las sustituyo por dos palabras de verdad deseables, sabiduría y ética. Lo que me ocupa y me preocupa desde hace años es la palabra contagio. Preponderantemente yo cuento historias malas, historias que vienen de las zonas dañadas y dañosas de nuestro mundo humano y que por lo mismo malamente nos hacen daño. Eso es lo que yo llamo historias ricardianas. Entonces, cuando voy a empezar a escribir cada nuevo libro, implícita o explícitamente me estoy preguntando qué daño voy a dar esta vez, cómo voy a dar el daño esta vez. Quisiera pensar que se trata de algo parecido a las vacunas, volver más fuerte a las personas, pero qué significa realmente esto. No voy a abstraer, quiero hablar en concreto de mi experiencia y de mi acto de dar historias, es decir, de lo que he dado en el pasado, de lo que estoy por dar en el presente, de lo que me obsesiona dar, e intentaré, lo sé, llevar al papel en el futuro. Y es entonces, yendo de atrás para adelante, de futuro hacia el pasado, y entonces de lo que voy a hablar es de lo que daré alguna vez si encuentro el modo de hacerlo. Beslan, por un lado, y por otro, los niños asesinos. No sé si se hayan enterado o si recuerden estas historias. Sucedieron hace años, pero desde entonces viven en mí, volviéndose africardianas. Para mí, ambas historias representan el tristísimo quiebre de un tabú. Por un lado, los adultos que rompen una consigna implícita y casi sagrada de respetar a los niños y el espacio de los niños. ¿Recuerdan? Cientos de niños fueron hechos prisioneros por terroristas y tomados como rehenes en una escuela del Islam. Y por otro lado, niños que se salen de nuestras concepciones de niñez cuando se convierten en asesinos. Y aquí hay varias historias que puedan recordar ustedes, pues han venido sucediendo en distintos países. Yo me he quedado con la historia de los niños argentinos, por la gratuidad de su barbarie. Un niño de 10 años y un niño de 8 años se llevan a una niña de 3 años y luego de torturarla la asesinan, sin motivo alguno. No para robarle una bicicleta como ha sucedido en otros lugares, no como prueba de iniciación, la mera crueldad, brotando de dos cuerpos en los que según yo no cabía aún, no debía caber aún la imaginación para matarlo. Lo que los adultos empezamos a hacerle a los niños, como aquel Amish, también que irrumpió en una escuela de su comunidad para matar a las niñas porque adujo, estaban tentándolo. Lo que los niños empiezan a hacerse entre sí, que es darse la muerte. He aquí lo que me obsesiona, pero no estoy listo para dar aún. ¿Se dan cuenta? Dar estas historias a las niñas y a los niños. Eso es lo que hago. dar estas historias malas, estas historias ricardianas. Ahora cobran más sentido las palabras mencionadas anteriormente que ahora repito. Cuando voy a empezar a escribir cada nuevo libro, implícita o explícitamente, me estoy preguntando qué daño voy a dar esta vez, cómo voy a dar el daño esta vez. Parte del proceso de convertirse en dador de historias es reconocer y aceptar lo que sale de nuestras manos y que eso es lo único que pueden dar ellas. Dicho en pocas palabras, de mis manos brotan las historias que no tendrían que existir en el mundo. Lo que suelo argumentar en mi defensa es que si no existieran en el mundo no tendrían que llegar al papel. Sin embargo, son historias malas. Yo no elegí ser lo que soy. Seguramente han escuchado muchas veces la historia de los Inuits y su increíble capacidad de ver lo que nosotros llamamos blanco. Ellos perciben un espectro de colores donde nosotros percibimos apenas uno porque para ellos fue una necesidad vital. De lo contrario, habrían perecido en su extremoso mundo helado. Nosotros y ellos somos seres humanos, pero ellos han tenido que desarrollar tal milagrosa percepción para sobrevivir en la especificidad de su entorno, donde todas las tragedias posibles vienen vestidas de blanco. Si trajésemos a los Inuits a las selvas tropicales, ellos no serían capaces sino de contemplar un verde, o quizá ni siquiera eso, apenas el azul y el amarillo, colores primarios de donde brota el verde hasta el mezclado. Ellos no han necesitado desarrollar tal discriminación perceptual y por eso son ciegos a la explosión de verdes de nuestras selvas. Según yo, todos los seres humanos somos inuitos para algo. No tanto para un espectro de colores, sino para un espectro de evidencias y de sentimientos. Es nuestra huella digital existencial y se formó tanto por causas genéticas como por los avatares de nuestra propia vida. Lo mío es el encuentro, el choque, la aflicción, la interferencia entre el mundo adulto y el mundo infantil y las cicatrices que dejan los niños tal con flagración de mundos. Lo repito. Lo mío es el encuentro, el choque, la aflicción, la interferencia entre el mundo adulto y el mundo infantil y las cicatrices que dejan los niños tal con flagración de mundos. Eso es lo que se ve. Seguramente porque tuve que aprender a verlo para no perecer en mi entorno. Cuando uno reconoce lo que es, no tiene sino tres opciones. La primera es callar. La segunda es engañarse y engañar. La tercera es poner en el papel honestamente lo que uno es, el espectro de blancos que uno es. Yo no puedo callar, es decir, soy incapaz de cortarme las manos y de arrancarme la lengua. Eso significaría para mí dejar de escribir, eso y morirme. Tengo una enfermedad ósea, de mis huesos brotan más huesos cuando no escribo. Empiezan siendo espinas blancas que emergen de mis costillas, de mi columna, de mis fémures y mis húmeros. Al principio no lastiman mucho, pero las espinas óseas crecen hasta convertirse en huesos agudos que me estacan la piel desde adentro. Sé que si no escribiera, esta guerra blanca que transforma mi esqueleto en una enredadera me desbarataría desde mi interior, desgarrado por mí mismo como una bolsa de papel llena de cochillos. La opción del engaño no me ha sido dada. Quisiera decir que es resultado de una decisión ética y en ocasiones lo creo. me veo a mí mismo prometiendo no voy a engañar no voy a engañarme pero la verdad es que a veces cedo a la ilusión de la felicidad y quiero traerla a mis páginas pienso en dos libros al menos el beso más largo del mundo que fue un regalo y al mismo tiempo un agradecimiento para mi hija y el todavía inédito el nacimiento del corazón que fue mi manera de no ahogarme de tristeza por la muerte de mi padre lo he intentado ir a la felicidad para traer la felicidad a mis páginas y darla así a mis lectores pero la guerra ósea recomienza bajo la aparente paz de mi piel en calma y entonces recaigo en el mal y lo malo hace su reaparición en el papel yo vivo en la tercera opción porque no tengo otra opción no me queda sino la tercera opción que es la honesta desgracia de ser quien soy y de dar lo que preferíamos ni tener que tomar entre nuestras manos en forma de libro ni tener que poner ante nuestros ojos en forma de historia. Confieso que me resultaba más sencillo cuando era ingenuo y no sabía lo que hacía al escribir La Valla, por ejemplo. Eso fue hace 16 años y ahora lo sé y ahora entiendo y para colmo tengo en mi conciencia a Bederheim, a Freud, a Unamuno para recordarme el descabroso asunto en que me he metido por ser un dador de historias para niños y para jóvenes, sobre todo para niños. Ser un mensajero de malas nuevas, de las malas nuevas de la enfermedad, del abuso sexual, del divorcio, del suicidio, de la muerte, me obliga a preguntarme a dónde nos llevan ciertas historias. El problema no está en las temáticas, sino en las formas, en las maneras. Metafóricamente diría que las maneras, las formas, son el modo en que yo tomo a las niñas y a los niños de la mano para encaminarlos ante la desgracia. ¿Contra qué los enfrento? Pues eso significa ponerlos frente a frente. ¿Contra qué los encaro? Pues eso significa ponerlos cara a cara. El riesgo de mirar el abismo para Brasio Aniche es que el abismo te devuelva la mirada. ¿Qué les pongo ante los ojos? Unamuno, en San Manuel Bueno Mártir, aboga por la mentira blanca. Wedelheim, en su psicoanálisis de los cuentos de hadas, aboga por la metáfora y la alegoría, mientras que Freud, en su porvenir de una ilusión, confía en que la humanidad está lista para encarar la verdad de fin. Dar el mal a través de la mentira blanca o dar el mal a través de la metáfora y la alegoría o dar el mal a través de la verdad con la única intención de hacer el bien. En esto se hermanan los tres caminos, en aceptar que el mal existe y en aceptar que de lo que se trata es de dar el mal para hacer el bien. dar el mal sustrayéndolo, dar el mal encubriéndolo, dar el mal abiertamente, para de este modo salvar precisamente de tal mal. Bedelheim y Unamuno podrían representar un único camino, el camino de la ilusión. Ellos abogan dicho sintéticamente por anteponer a la realidad un espetismo. Mi papá estaría de acuerdo con ellos, incluso en su momento, en ciertos momentos, yo mismo estoy de acuerdo. Sucede que cuando yo tenía 8 o 9 años descubrí mi mortalidad, no la mortalidad de todo lo vivo, sino la mortalidad de esa manifestación de la vida llamada Ricardo Chávez Castañeda. Un día yo iba a desaparecer y sin embargo el mundo seguiría su marcha hacia mí y los circos seguirían llegando a la colonia, el televisor seguiría exhibiendo las caricaturas que me gustaban y que no me gustaban, la maestra seguiría pasando lista mecánicamente y en la mesa del comedor toda mi familia seguiría reuniéndose a desayunar, a comer, a cenar día tras día como si nada. Lo que me hizo daño fue descubrir que mi muerte no iba a alterar, nada, nada iba a ser alterado. Diría que intuí mi propia intrascendencia, pero lo único cierto es que aprendí a llorar por mí. Habrán sido unas cuantas noches, me metí en la cama para que compartía con tres de mis hermanos y me dejaba ahogar por una tristeza inconmensurable. El caso es que una mañana no pude más, así que así tiene que haber sido pues no pude elegir peor lugar y peor momento para contarle a mi papá el secreto. Sí, el hecho de que yo me iba a morir se había convertido en un secreto pues estaba desbaratándome, carcomiéndome. Mi papá nos bañaba a los cinco hermanos varones en un cuarto pequeñísimo. Imaginen el escándalo, las salpicaduras, el vapor, la incomodísima temperatura para él que estaba vestido, yo recuerdo, aunque no sé si es verdad que mi papá nos enfilaba, nos iba enjabonando a uno por uno y así en hilera iba poniéndonos bajo el chorro de agua de la regadera, ni siquiera me acuerdo que le dije, tuvieron que haber sido unas cuantas palabras mientras él me enjabonaba, algo como por qué me tengo que morir o quizá más desesperadamente yo no me quiero morir, lo que recuerdo es la sonrisa inmediata de mi papá, fue como si hubiese sabido lo que yo iba a preguntarle, como si hubiera tenido la respuesta preparada desde hacía muchos años. Tú no te vas a morir, Ricardo, me dijo eufóricamente. Yo por entonces no sabía qué era el sonido de la ilusión. No, le pregunté con un rato de esperanza. Piénsenlo bien, era mi papá. Todo lo que salía de su boca era verdad, la verdad. Yo jamás lo iba a poner en cuestionamiento porque ni siquiera sabía que algo así se podía hacer, dudar de tu padre. No Ricardo, prosiguió él con una sonrisa que era como un bello amanecer ¿Recuerdas las pastillas salvavidas? Y yo, ¿cómo no me iba a acordar de esos caramelos en forma de pastillas si me encantaban? Las vendían en un tubo de papel y eran como pedazos de arcoíris, ¿las recuerdan? Un redondel de caramelo verde o rojo o amarillo o naranja con un agujero en medio Igual que un salvavidas en miniatura Sí, respondí, sin saber, sin adivinar lo que mi papá estaba por darme ¿Pues por qué crees que se llaman salvavidas? En ese momento se hizo la luz para mí Fue como si me hubieran dado respiración artificial Fue como si de pronto una terrible pesadez desapareciera de mi espalda Si la tomas, si tomas una, terminó mi papá, nunca te mueres Lo que recuerdo es mi sonrisa Extraño, ¿verdad? No pude verla, pero todavía la siento Se abrió camino en mi cara igual que si fuera también un sol ¿Se imaginan? Un sol en la cara de mi papá Que me puso un sol en la cara a mí Y se me acabó la angustia de la muerte gracias a una ilusión Gracias a una mentira Las ganas de creer tienen que haber sido inconmensurables en mí, ¿no? Jamás pensé en todas las contradicciones de la mentira que me había dicho mi padre. Llevaba años comiendo las pastillas salvavidas, todo el mundo las comía, la inmortalidad estaba de nuestro lado gracias a ella, era un mundo feliz. Mi papá murió el año pasado, unos cinco años antes de su muerte yo escribí esta historia en un libro que se llama Salva Vidas y le dije a mi papá, ¿no te acuerdas? Y le recordé que era verdad, que al menos la mitad del libro era verdad, justo la parte que recién acabo de contarles, pero mi papá no se acordaba de nada, al menos de eso me dijo, no me acuerdo. Siempre me he quedado con la sospecha de que lo recordaba, pero le avergonzaba haberme mentido. Yo le dije que su mentira me había salvado de la angustia y que se lo agradecía de verdad por haberme la ducha. Lo que no le dije es que en algún momento tuve que haber descubierto que me había engañado. Mi papá, que era como un dios y todo lo que sabía de su boca era, me dijo algo que no era. No le dije a mi padre que cuando supe la verdad habré sufrido la decepción y el regreso a la angustia. No se lo dije porque de hecho no lo recuerdo. Tiene que ser que el regreso de la mortalidad pasó por mi conciencia sin dejar huella. Mi memoria no preserva ningún momento memorablemente doloroso. De modo que cuando sucedió la revelación de la verdad de que yo habría de morir a pesar de todo, no me hizo el daño que me estaba haciendo en su momento saber que era mortal, intrascendente y que el mundo iba a seguir su curso sin mí. Berylheim, Unamuno, mi papá y yo. Tenemos que decir que la ilusión, el espejismo, la mentira puede ser necesaria. Vivimos, sin embargo, en una época ultra realista más cercana a lo que profetizó Freud, hablar de las cosas por tu nombre. Esa parece ser la consigna, o dicho más radicalmente, la consigna parece ser mostrar las cosas como son, porque el reinado visual de nuestro mundo nos lo pone todo ante los otros. El presente. Termina el futuro, el presente. Uno es su época. imposible escapar de la órbita de nuestro tiempo cuánto de lo que hago y de lo que me ocupo y en lo que me preocupo yo era inevitable y habría existido alguien que lo estaría haciendo si yo hubiera decidido callar quién estaría ocupándose y preocupándose de lo que yo hago en lo que estoy embarcado hoy es un proyecto que llamo los mitos necesarios la idea de fondo es que si los mitos fueron historias colectivas que los seres humanos nos creamos en el pasado para entre otras cosas darnos noticia y advertirnos sobre los fallos de nuestra especie, entonces todos nuestros antepasados se olvidaron de darnos dos mitos necesarios, un mito femenino y un mito masculino, un mito dedicado a las niñas y un mito dedicado a los niños, para contarnos las dos caras de la difícil historia de la sexualidad masculina, de lo que la sexualidad masculina nos hace a las mujeres y de lo que la sexualidad masculina nos hace a los hombres. Según yo, se trata de hacerles llegar una verdad necesaria a nuestras nuevas generaciones humanas que nosotros no recibimos de nuestras madres, ni de nuestros abuelos, ni de las bisabuelas, ni de los tatarabuelos. Prevenir, preparar, anticipar, como cuando nuestros papás nos enseñaron a volvernos hacia ambos lados de la calle antes de cruzar o cuando nos dijeron que nunca abriéramos la puerta sin asegurarnos que quien estaba del otro lado era de confiar. Pero cómo dar esta difícil verdad a las niñas y a los niños, que en el fondo son dos historias de terror. A las niñas sí existen los monstruos. A los niños ese monstruo puede ser tú. ¿Qué les hace a las niñas y a los niños una historia así? Quiero seguir pensando en términos de vacuna, quiero ponerme a hablar en términos de ética y sabiduría, quiero esperanzarme convenciéndome de que lo que se trata es de inaugurar un canal y un lenguaje para hablar de lo que no existe y así recuperar tabú sin riesgo, el tabú que nos impida que los adultos hagamos daño a los niños y el tabú que impida que un niño haga daño a otro niño. Pero la verdad es que es difícil. De lo que estoy hablando en los mitos necesarios más allá de metáforas, de vacunas, de canales, de lenguajes, de tabúes, es de la sexualidad. De la sexualidad depredadora, de la cacería, de la naturaleza humana y de la culturización masculina, del miedo necesario y del autopavor, del cuidado casi extremo llevado a términos de vida o muerte. ¿Con qué palabras, con qué historia se cuenta esta posible tragedia? ¿Y cómo van a salir de allí los lectores? Uno escribe lo que es, me lo digo, me repito en ello, me ensordezco con mis propias palabras, pero ¿y si lo mío es un virus? Para no ahogarme en esta posibilidad he hecho una teoría. Uno hace teorías a posteriori, primero se ahoga el niño y luego tapamos el pozo, sí, Pero la teoría son todas las tardes que nos pasamos intentando explicarnos por qué hacer pozos fue necesario, aunque haya conducido a una desgracia. Tengo una teoría que me ha ayudado. Las historias nos ayudan a conocernos a nosotros mismos, a conocer esa colectividad que llamamos humanidad y a conocer el mundo que para bien o para mal hemos creado. Tal conocimiento implica atrevernos a mirar lo peor de nosotros, lo peor de nuestros semejantes, porque esos semejantes podemos ser nosotros alguna vez, lo peor del mundo que los ha hecho y nos ha hecho posibles. Las historias nos ayudan, según yo, a salir del bello cascarón creado por cinco palabras, incomprensión, ingenuidad, inocencia, ilusión, ignorancia. A todos nos parece bella esta estrella de cinco puntas, que construimos para proteger a las nuevas generaciones recién venidas al mundo y preferiríamos nunca salir de allí. Sería el mejor lugar para vivir. Lo repito, la estrella de las IES, incomprensión, ingenuidad, inocencia, ilusión y ignorancia. Sin embargo, si no saliéramos de allí, no sobreviviríamos. Las historias nunca simplifican nada. esa no es su función por el contrario nos revelan que todo es más complejo de lo que pensamos están allí a nuestro lado de nuestro lado para que no seamos ingenuos ilusos, inocentes, ignorantes e incompetentes a la hora de comprender el mundo las historias no traen nada bueno y tampoco te hacen más bueno su rol es otro las historias son un legado así como los humanos poseemos un código genético existe un código anecdótico con esos pocos temas humanos que nos interesan porque en ellos se nos va la vida son un legado de malas noticias para que las conozcas, las reconozcas y ojalá que nunca te den alcance en tu propia vida las historias te hacen consciente resistente, sólido, longevo son una perversión necesaria una corrupción necesaria. La teoría hecha metáfora es esta. Los seres humanos nos damos historias unos a otros, quizás como el campo da flores, es decir, sin saber que lo hacemos y sin saber por qué lo hacemos. El hecho es que es así, nos ayudamos a vivir. Las historias vienen de la vida, de vivir, de estar vivos y precisamente nos ayudan a continuar viviendo. Claro, yo preferiría ser el mensajero de las buenas noticias que también nos dan vida. Escuchen chicas, escuchen chicos, hay algo llamado amor, hay algo llamado mamá, hay algo llamado sacrificio y ternura y altruismo y paternidad que valen la pena, ya lo descubrirán. Pero a mí me tocó dar las malas nuevas, es una teoría. Sin embargo, les advierto que también puede ser una mera racionalización para justificar a posteriori el pozo clausurado y el cadáver de mi niño. Pero sea lo que sea, esta teoría me ayuda. El 19 de septiembre de 1985 hubo un terremoto en la Ciudad de México. Una tragedia. Del suelo no dejaban de salir muertos y malas historias. Historias para llorar a pesar de que la gente se olvidó de todo por ayudar y por tratar de contener la desgracia. En cada época humana ha habido pueblos que pierden así la cabeza. Por enfrentar la catástrofe hacen lo inimaginable. Ha habido multitudes que trataron de desviar el curso de ríos desbordados, solamente hirviéndose en el camino por el que venía el agua hacia su ciudad. Otras multitudes en otros lugares y en otras épocas quisieron del mismo modo desviar el curso de las epidemias, de las rojas y burbujeantes corrientes de lava, de las despavoridas estampidas de cientos de miles de bestias dirigiéndose hacia sus casas. Gente osada y loca que casi siempre murió en el intento por atajar la muerte. ¿Por qué? ¿Acaso porque en una época trágica colmada de pérdidas necesitamos que algo bueno suceda para recuperar las ganas de vivir? ¿Acaso por eso tres semanas después del terremoto de 1985 los habitantes de la Ciudad de México continuaban una búsqueda que parecía infructuosa, arriesgándose a enfermar o a sufrir un accidente cuando las edificaciones seguían viniéndose abajo, pero sobre todo arriesgándose a continuar hundiéndose en la desolación porque lo único que extraían de los escombros eran más muertos y más malas historias? Sin embargo, sucedió lo inesperado. Cuando era científicamente imposible pensar en sobrevivientes, nadie podría haber resistido casi tres semanas de un sufrimiento así, enterrados vivos, sin comida, sin agua, sin ninguna esperanza de la cual asirse, extrajeron a uno, a un sobreviviente, y luego a otro, y a otro, y a otro. un hospital se había venido abajo y de allí estaban sacando a los vivos de la sección de maternidad, bebés casi 20 criaturas recién nacidas que brotaban del suelo con la buena historia de que a veces la muerte no puede con la vida de que en ocasiones la ilusión, la inocencia, la ingenuidad la ignorancia y la incomprensión son lo único que tenemos para mantenernos vivos que quizá en épocas de desdicha no nos queda sino levantar una falsa esperanza hecha de ilusión hecha de ignorar las ruinas, hecha de ingenuidad, hecha de ganas de no comprender la muerte y hecha de la inocencia necesaria para ponernos a levantar de nuevo la ciudad caída y recoger así nuestras vidas hechas pedazos con la buena historia de que se puede, ¿sabes? Se puede, claro que sí. Quizá Bergen y Unamuno tenían razón en que no es necesaria la verdad. Y sin embargo, ellos dos, mi papá y yo mismo, tenemos a toda una época en contra nuestra. Habitamos hoy, en nuestro planeta, seres humanos cuya tendencia es abrir todas las puertas para ver cara a cara cualquier cosa que haya del otro lado. El pasado. Confieso hoy que dudo, pero en el pasado no dudé. Dudo hoy de lo que he hecho, dudo de lo que hago, dudo de lo que quiero hacer, pero en el pasado era un iluso abridor de puertas. En 1996 escribí el único libro que realmente ha tenido un claro propósito de dar la voz de alarma. Bueno, hasta hoy que con los mitos necesarios repito 16 años después, el mismo propósito de advertencia. El libro aquel se titula La Valla y trata del abuso sexual en la niñez y está escrito para niñas y para niños. El libro de hoy se llama Los mitos necesarios y trata del abuso sexual en la niñez y está escrito para niñas y para niños. Sí, el círculo se cierra. De 1996 al año 2000, durante tales cuatro años, tuve una prueba de primera mano de la dificultad que el tema provocaba en México. Hubo mil problemas para publicarlo. Al dictaminar el libro, lo que realmente se hacía no era una lectura literaria o una prospectiva de mercado, sino un análisis psicológico donde yo salía mal parado, enfermo, traumado, morboso, amarillista. Me decían si me había detenido a pensar en todas aquellas chicas y todos aquellos chicos que no sufrían de abuso sexual y lo que mi libro les haría. Tenían razón, sí, pero lo mismo podríamos decir con cualquier tema problemático. La drogadicción, la anorexia, la pérdida de un ser querido. En los libros de entonces, como en los libros de hoy, las niñas y los niños se encontraban con asesinatos y nadie se preocupaba por una inocencia relacionada con el dar la muerte. Pero lo que no se podía encontrar por entonces era un solo libro que les hablara de frente, mirándolos a los ojos, usando palabras literales y al alcance de su comprensión y su sentimiento, de este hecho cada vez más común o cada vez más problematizado, que fractura no solo inocencias sino identidades y vidas, el abuso sexual. Al final, no lo publicaron en México. Tristemente tuvo que ser publicado primero en España para que después pudiera llegar a nuestro país. Los escritores casi nunca sabemos lo que sucede entre nuestros libros y los lectores. Es muy difícil tener noticia de lo que una historia le hace a una persona, la importancia o no que cobra tal historia en una vida. Así que cuando venturosamente nos enteramos directa o indirectamente de uno de tales encuentros entre uno de nuestros libros y una persona, es como un regalo. Un siempre inesperado y siempre atesorable gesto tierno de nuestra condición gregaria. No he tenido ningún gesto como el que me deparó la valla, porque es probable que yo hubiera estado esperándolo desde entonces. Sí, desde que lo escribí en 1995 y desde que lo publiqué en el año 2000, no esperaba la reacción adulta, sino la reacción de la niñez para quien el libro había existido. En 1996 no dudaba, pero en los primeros años del nuevo milenio empecé a dudar de las bondades de ser un abridor de puertas, de ser un dador de malas historias. Así que pueden entender que comenzara a atesorar las pocas historias que no estaban en contra, sino a favor de lo que yo hacía. En el año 2003 o 2004 yo estaba dando una plática a promotores de lectura, gente cuya pasión es llevar los libros a las personas. Y cuando terminé de hablar a una joven mujer me preguntó que si yo era el autor de la baile. Sí, me limité a decir estas dos letras sin saber qué pensar. Y entonces ella me dijo que me quería dar algo, me quería dar algo. Así me lo dijo, te quiero dar algo. Y lo que me dio fue una historia. En su círculo de lectura había una chica huraña, agresiva incluso, que se mantenía siempre al margen como la Teresa de mi madera. La promotora de lectura acababa de leer la valla y quiso pensar que no podía ser, que ojalá no. Pero ese día viernes se sentó con ella en un banco, puso el libro en la mesa y lo empujó hacia donde ella estaba. Mira, acabo de leerlo, a lo mejor te gusta, llévatelo si quieres, pero si no quieres no. La niña, después de unos instantes de vacilación, tomó el libro y sin decir nada se fue. Ya se imaginarán lo que sucedió el lunes. La chica se quebró y contó que estaba siendo abusada por su padrastro y un tío. La promotora me contó que le ayudaron. Con la ayuda de la asistencia social, lograron separar a la chica de la familia y terminar con su pesadilla. Se imaginarán mi satisfacción. Siete u ocho años después de haber terminado el libro, había conseguido lo que casi nunca logran los libros, cambiar una vida. Supe que no me había equivocado, que había valido la pena tanta frustración sufrida, que había hecho bien en escribirlo. El mal acababa de producir el bien. Permítanme expresarlo de otra manera. Si quienes escribimos tenemos fe en que las historias nos ayudan para hacernos saber que no estamos solos y para hacernos conocer lo que otros han hecho antes en nuestra situación, ¿Qué mejor prueba de esta solidaridad, de este acompañamiento, de esta ayuda que las palabras prestan a las vidas? Cada vez que decido dar el mal, recomienzo el eterno problema de la verdad. ¿Qué da? ¿Cómo da? ¿Cuándo da? ¿Cuánto da? Sí, el viejo asunto de graduar y dosificar el mal para que no envenene, sino vacune. Lo que he aprendido es que del encuentro con una historia mala, nadie sale indebido y no se sale indebido. Siempre pienso que es mejor que el encuentro se dé en la literatura y no en la vida real, mejor que sucede en la imaginación y no en la propia piel, pero el problema perdura, por ser mensajero de lo malo, acabas encarnando el mal para tus lectores. Con los años se diluyó la euforia que me provocó el acontecimiento de la niña que leyó la valla y ahora veo esta historia con reserva. Siempre que la cuento, digo que hay historias que son incapaces de dar un desenlace feliz. La chica fue separada de los hombres que abusaban de ella, pero también de su madre y de sus hermanos y fue llevado lejos de su vida y de lo que había sido suyo hasta entonces. No debió de haber sido fácil para ella. Desde entonces estoy a la espera acobardada de otra historia. alguien se me acercará un día para preguntarme otra vez si yo soy el autor de la baile. Sí, me limitaré a decir sin saber qué pensar. Y entonces, esa persona me dirá que gracias a mi libro nació un miedo que él nunca antes había tenido, y como le sucedió al protagonista de esa novela, el líder del grupo que se dedicaba a conjurar las pesadillas de los demás, y que cuando conoció a Teresa supo que no podía hacer nada contra ese miedo. Este hombre me miraría y me diría que por mí perdió la confianza en las personas adultas. ¿Y qué les voy a decir? ¿Qué le voy a decir a él o a una mujer si es mujer? Que así es la vida, que decidí correr el riesgo aunque a quien puse en riesgo fueran niños como él, que de todos modos él y los otros como él estaban destinados a perder tarde o temprano la inocencia, la ingenuidad, la ilusión, la ignorancia, la incomprensión. ¿Qué mejor ser maltratado por una historia que ser maltratado por la realidad? Lo siento, seguramente eso le diré, lo siento mucho. Y quizá le cuente la historia de la niña que leyó la valla, de esa otra Teresa que recibía en las páginas de un libro, sin allí, junto a nosotros, sin saber ella que lo que le sucedía también le pasaba a muchas niñas más y sin tener idea a ella de que quien le ayudaría, que siempre habría alguien que le ayudaría, que siempre habría alguien dispuesto a ayudarle. Las historias nunca simplifican nada, por el contrario, nos revelan que todo es más complejo de lo que pensamos. Están allí a nuestro lado, de nuestro lado para que no seamos ingenuos, ilusos, inocentes, ignorantes e incompetentes para comprender el mundo. Las historias no traen nada bueno y no te hacen más bueno. Surge entonces una pregunta que me parece pertinente. ¿Cómo, dentro de esta intención de dar el bien a través del mal, proteger a las personas de mí y de lo mío? Por supuesto que no quiero llegar a extremos, aunque a veces me descubro haciéndolo, alejando a mis lectores de algunos de mis propios libros. es decir, tratando que tales libros no estén a su alcance, o dicho al revés, que los lectores no estén dentro del punto de mira de mis libros depredadores. No quiero equivocarme, por eso comparto hoy esta angustia con ustedes. Entiendo bien que lo que se pone en riesgo dentro de cada encuentro con una historia infeliz es la credibilidad y el sentimiento que acompañará la verdad de los lectores, su verdad después del libro. No es un asunto menor, no. El ser humano es la única forma de vida que se deja guiar por el sentimiento. El sentimiento nos guía aunque nos creamos seres racionales cuyas decisiones se toman en función de las ideas. Las ideas existen, sí, nos conducen de algún modo, sí, pero toda idea, todo pensamiento nuestro está envuelto en un sentimiento. Lo llamamos credibilidad. Somos una especie agregada, ya no solo porque vivimos en grupos, sino más importante porque nos creemos entre nosotros. Te creo, les creo, les creo. Este es el verdadero rezo de nuestra naturaleza humana. Cada nueva generación humana aprende a creer que si un frasco tiene la imagen de una calavera con huesos cruzados, no debe ser de vida. Aprende a creer que verdaderamente no debe asomarse a los precipicios y por eso hay un barandal que lo detiene. Aprende a creer que ciertamente una bandera roja a lo largo de las playas significa que el mar se ha vuelto peligroso y convendría entonces no poner los pies en el agua. Nos creemos entre nosotros. Tenemos una disposición, una predisposición, una naturaleza crédula. Credibilidad es parte de un racimo de palabras que poseen la misma raíz etimológica. Credo, creencia, creer, creyente, credulidad, credibilidad. Somos esencialmente creyentes, pues de otro modo no sobreviviríamos en un mundo complejo que nos mataría antes de ofrecérselos al entendimiento. Imaginen una línea graduada, una especie de tabla numérica de la credibilidad. De un extremo está el grado mayor de credibilidad al que llamamos fe. La fe es un sentimiento que no necesita pruebas para existir. Por eso las personas religiosas no necesitan ver a Dios para creer en su existencia. Los seres humanos, sin embargo, no vivimos en la fe porque podría conducirnos a catástrofes, sino en el siguiente grado de la credibilidad, visto en orden decreciente, aquel que llamamos confianza. La confianza es el grado de credibilidad que les otorgamos a las personas y a las cosas del mundo casi por principio. el principio de credibilidad. Pero este sentimiento no es inmune a las pruebas en contra. Decimos que estamos perdiendo la confianza en algo o en alguien cuando nos traiciona. Lo que es traicionada es nuestra creencia. Las relaciones amorosas son el ejemplo perfecto. Empezamos a perder la confianza en el ser amado por causa de la infidelidad, la deslealtad, la reiterada traición. Entonces, como en todo dentro del mundo humano, los lectores llegan a nuestros libros con un sentimiento de credibilidad. No estoy hablando de la credibilidad en el acto de leer y en las bondades de la lectura, aunque ambos gestos pueden estar implicados allí, sino en la credibilidad dedicada a sus respectivas verdades. Las historias malas son generalmente una prueba en contra, una traición a tal sentimiento creyente. ese sentimiento que envolvía una certeza, una idea, un pensamiento. Si el golpe de una historia mala es demasiado fuerte, puede empujar la creencia hacia la duda y su actitud existencial que es el escepticismo. La duda y el escepticismo ocupan el centro de esta línea graduada de credibilidad. Los seres humanos de hoy hemos decidido que el mejor lugar sentimental para recibir, aunque yo no estoy tan seguro, es este. La duda y el escepticismo. Durante décadas de escuela les enseñamos a los seres humanos recién venidos al mundo a habitar ese centro, porque pensamos la duda y el escepticismo ayudan a liberar el pensamiento y darle fluidez, y eso está bien para las actividades de la inteligencia, pero no para las actividades de la vida. El hecho es que si un niño viviera en la duda y en la duda estuviera, Pondría en cuestión la imagen de la calavera de los huesos cruzados, y del barandal y de la bandera roja. Si una historia maltrata demasiado una verdad personal, entonces puede hacer que el lector se desplace en orden decreciente de esa línea de credibilidad hacia la duda, pero puede llevarla hacia los grados negativos de la creencia, la desconfianza, el recelo, la suspicacia, el cinismo, hasta la antifé. En la órbita de cada uno de estos sentimientos los seres humanos reaccionarán igual. A sus ojos la imagen de la calavera y los huesos cruzados aparecerá como un engaño, como una conjura y desenroscarán la tapa y liberarán el víctido ambarino para comprobar que ellos tenían razón. Esto puede hacer una historia mala con una verdad personal. Dicho de otro modo, de los encuentros con la verdad, verdad desnuda o verdad convertida en metáfora y alegoría, los seres humanos pueden salir con un saber doloroso pero creador, pero también, y si les va mal, pueden salir con un saber que los inmoviliza o con un saber amargo o con un saber cínico o con un saber perverso. Todo por efecto de la fuerza de la colisión con la verdad. He titulado este ensayar de ideas La maldad y las maldades de la lectura precisamente para subrayar la cuestión de qué le hacen las historias en general y qué le hacen las historias en particular en particular mis historias ricardianas a quienes recién llegan al mundo No tengo respuesta y supongo que esto es un clamor necesito ayuda y al mismo tiempo es un contagio un deseo de contagiarles a ustedes con este esencial problema. ¿Para qué sirven las historias? ¿Para qué sirven mis historias? En el prólogo de aquel libro sobre el que les hablé, del mito de la sexualidad masculina, de los mitos y que trata de la sexualidad masculina y los niños, en la introducción de ese libro a un inédito, en las primeras páginas de mi nueva historia mala, titulada Los mitos necesarios, Les escribí a las niñas y a los niños que lo leerán, lo que leerán son palabras como una calavera, como un frasco, como un barandal ante un precipicio, como una bandera roja ante un mar curioso. Lo que les he dicho a las niñas y a los niños es esto. Lo que hacemos los seres humanos es cuidarnos. A veces lo hacemos con un grito, cuidado, o con una bandera roja, con un dibujo de calavera o con el ruidoso sonido de una alarma anunciando la inminente llegada de un terremoto. Sí, pero muchas veces también lo hacemos con historias. Hay historias que son entonces maneras de ayudarnos. Nadie las escribe, o mejor sería decir, las escribimos entre todos. Son historias que nacen de la sabiduría, o sea, de conocer la vida y de venir a descubrir que la vida tiene agujeros como pozos y que si no andamos con cuidado podemos dar un mal paso y un bien no tempo. Peor aún, existen agujeros que se mueven en el suelo como hambrientas jaurías y cuyo único propósito es hacernos caer. ¿Se imaginan una manada de agujeros desplazándose a toda velocidad por el suelo tratando de darnos alcance? Cuidado, sí. Por eso existen estas historias que parecen gritar, cuidado, no te vaya a suceder una desgracia. Como nadie les escribe o las escribimos entre todos se llaman mitos Son como las vacunas que nos inyectan para no enfermarnos Son como las oraciones que rezan los creyentes para que su Dios los proteja de los riesgos del mundo Historias para hacer el bien, podríamos llamarlas así ¿Se imaginan un bar embravecido sin bandera en la playa? ¿Se imaginan un precipicio sin barandal? ¿Se imaginan un fuego que nadie enfrenta y por eso se extiende sobre la superficie de la tierra? A veces sucede. Hay algo que nos está enfermando, hay algo que nos envenema, hay algo que se nos viene encima a toda velocidad y sin embargo nadie nos lo advierte. Ninguna voz rompe el silencio para gritarnos, cuidado. Cuando sucede algo así es necesario en la historia. Lo malo es cuando esa historia no existe. Por alguna razón nuestras tatarabuelas y nuestros bisabuelos y nuestras abuelas y nuestros padres no fueron capaces de inventarlo. Lo incomprensible es que nos hayamos equivocado tantas personas juntas durante tanto tiempo y no hayamos sabido esto de lo que nadie ha sabido dar una historia. ¿Saben qué es esto? Lo que acabo de descubrir es que esto es una gigantesca grieta en el suelo en donde van cayendo tantas niñas y tantos niños como tú. Y sabes, lo que veo es que no hemos sabido levantar una cerca, ni colocar el visible dibujo de la calavera de huesos cruzados, ni llenar el sitio de letreros que digan prohibido el paso. Pero no prohibido el paso para nosotros, sino prohibido el paso para que esas cosas terribles del mundo que quieren venirse nos encima y tragarnos se detengan. Por eso he tenido que detenerme yo. La verdad es que me hubiera gustado que la grieta no existiera. Confieso que cuando la vi quise seguir de largo como si no la hubiera visto. Pero la vi y me detuve y aquí estoy aunque no me gusta para nada estar aquí. No pude irme porque sentí que tenía que hacer algo y lo que hice fue este libro. Eso es lo que yo hago, a eso me dedico, a tratar de decidir cuándo es hora de hacer una historia o sea un mito, o sea un mito necesario que ordene alto, por aquí ya no pueden pasar más. Y eso es lo que yo he hecho, escribir una mala historia para que ustedes vean la grieta y no se vayan a caer. Esta es parte del prólogo del libro, la introducción de ese nuevo libro, Inmérito, las primeras palabras de mi última historia mala. Si se dan cuenta, en realidad es una manera de pedir perdón por lo que voy a hacer, por lo que les voy a hacer a sus verdades. Perdón. ¿Qué otra cosa se puede decir a quien se dedica a dar malas noticias? ¿Qué otra cosa puede decir a quien se dedica a dar malas noticias a cada uno de nosotros y de cada uno de nosotros? Malas noticias de ti, de mí, de tu familia, de nuestra especie humana y del mundo que hemos creado. ¿Verdad? Solo perdón. Gracias.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
14/11/2012
FECHA_INGRESO_ENTREGA
21/11/2012
FECHA_PUBLICACION
28/11/2012
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
32
CONDUCTOR
Mónica Nepote, escritora, editora y gestora mexicana
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
Ana Patricia Gómez Ortiz

