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CUID
MW-07571
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 32
SINOPSIS_SERIE
Este encuentro reúne jornadas de reflexión y diálogo dedicadas a la creación y fortalecimiento de espacios que impulsen la lectura y la literatura en ámbitos públicos y privados. El foro propone debatir sobre la importancia de la lectura, especialmente la literaria, como herramienta para construir significado, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de formas de pensamiento
EXTRACTO_SERIE
Encuentro de reflexión y diálogo sobre la creación de espacios que impulsen la lectura y la literatura, destacando su importancia para construir significados, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de pensamientos
SUBTITULO_PROGRAMA
Sergio Pérez (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
La conversación presenta una reflexión sobre los orígenes históricos de la lectura y la escritura, recorriendo prácticas del mundo grecolatino y figuras emblemáticas del pensamiento occidental. A lo largo del diálogo se destacan usos sociales y culturales de la lectura, incluida una observación atribuida a Horacio sobre la lectura en voz alta y los espacios que favorecían su sonoridad. El ensayo invita a reconsiderar cómo estas antiguas prácticas han influido en nuestra relación actual con los textos
EXTRACTO_PROGRAMA
Ensayo que recorre la historia de la lectura y la escritura, desde griegos y romanos hasta San Agustín, destacando cómo ciertas prácticas, como leer en voz alta incluso en los baños, aprovechaban espacios de buena acústica
N_PROGRAMA
10
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
01:08:00:06
PARTICIPANTES
Sergio Pérez Cortés, Doctor en Lingüística
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Dr. Sergio Pérez Cortés
Lingüista y filósofo cuya trayectoria une la investigación histórica del pensamiento con el estudio de la lectura y la escritura. Formado en Francia, donde obtuvo doctorados en Lingüística y Filosofía, ha desarrollado una amplia labor académica en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, y ha participado en instituciones internacionales como el Colegio Internacional de Filosofía en París.
Su obra analiza los hábitos intelectuales de la antigüedad y las prácticas que dieron forma a la moral y la reflexión filosófica. Reconocido por su contribución al estudio de las tecnologías del pensamiento, ha sido distinguido con la Orden de las Palmas Académicas de Francia. Su trabajo se caracteriza por acercar, con rigor y claridad, la historia material del pensar a públicos diversos
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Me acompaña en la mesa el doctor Sergio Pérez Cortés. El doctor Sergio obtuvo el doctorado en lingüística en la Universidad de París X-Nanterre y Doctor en Filosofía por la Universidad de París I-Sorbonne. Forma parte del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana de Itapalapa desde 1984. Es director del programa del Colegio Internacional de Filosofía, con sede en París. El mismo gobierno parisino otorga las palmas académicas al doctor en el 2006, por su trabajo de investigación. Sus dos últimos libros son La prohibición de mentir, siglo XXI, editores en el año 98, Palabras de filósofos, Moralidad y escritura en la filosofía antigua, siglo XXI, editores, México, también en el 2004. Está por aparecer un libro más, La Voz, la Memoria y la Página Manuscita, Arqueología de los Hábitos Intelectuales de Imperial Town, México. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. El doctor nos trae la ponencia Arqueología de los dos hábitos intelectuales, la lectura y la escritura. Les recuerdo que como en ocasiones anteriores tendremos un momento para las preguntas y las respuestas, obedeciendo al mecanismo de solicitar la papeleta a nuestros compañeros para que nos la puedan traer y la podamos leer en votante. Adelante, doctor. Gracias. Bienvenido. Muchas gracias. Sin ninguna concesión a la cortesía, quisiera, sin embargo, agradecer a los organizadores de esta Feria Internacional del Libro Infantil y Jovenía A la señora Claudia, que sin duda ha hecho un enorme trabajo en la organización de esta feria, pero sobre todo a mi amiga de muchos años, Rebeca. Rebeca Cerda tenía hecho el favor de permitirme estar ante ustedes para presentar mi trabajo. Agradezco también a cada uno de ustedes su presencia y confío que seremos más cercanos una hora y cuarto después. ¿Qué van a escuchar? Lo que van a escuchar quiere ser un homenaje, quiere ser una fiesta, quiere ser un honrar a la lectura y la escritura en el marco de esta feria. Pero la manera de honrarla, que es la mía, es visitarlas a la escritura y a la lectura en su pasado. recorrer con ustedes a lo largo de un poco más de una hora cómo fueron los hábitos de la lectura y la escritura en la antigüedad para encontrar una experiencia muy lejana a la nuestra. Una experiencia de alguien que somos nosotros y no somos a la vez nosotros mismos. A eso es a lo que he llamado arqueología de los hábitos intelectuales. Procedo a leerlo. Pero haré una lectura un poco expresiva como los lectores antiguos. Entre las facultades que han otorgado al Homo sapiens un lugar de excepción en la naturaleza, la facultad del habla es una de las más importantes. El Homo sapiens es un ser simbólico, pero entre los sistemas de símbolos de los que hace uso, el lenguaje ocupa con mucho el lugar más importante. Por razones difíciles de precisar, el lenguaje es el mejor medio disponible de comunicación. El ser humano ha debido adquirir esta facultad en un proceso de selección natural que ha estado activo quizá desde hace cientos de miles de años. Por ello, los biólogos y los lingüistas aceptan sin dificultad que el ser humano es por definición un hablante y que el lenguaje forma parte de su arsenal genético. Pero el ser humano no es, por su naturaleza, un escritor o un lector. En la historia del Homo sapiens, la escritura y la lectura son invenciones recientes. La escritura es una invención que fue realizada varias veces de manera independiente en China, en Sumer y probablemente entre los mayas. Ella puede datar la escritura en Occidente desde hace unos 4.000 años, demasiado poco para que pueda haberse integrado al arsenal genético de nuestra especie. En un contexto no científico, sino creacionista como el cristiano, San Agustín pensaba que la lectura y la escritura formaban parte de los trabajos impuestos por Dios a la primera pareja como resultado de la obediencia, la curiosidad, de la desobediencia, la curiosidad y el orgullo. Antes de la caída no había necesidad de tales instrumentos porque Dios hablaba directamente a Danieva lo mismo que lo había hecho con los profetas hebreos. o bien Dios daría a conocer su voluntad sin necesidad de lenguaje. Según San Agustín, la lectura y la escritura surgieron en algún momento del tiempo y habrán de desaparecer en el momento en que las almas restablezcan su unidad con Dios. Pero en el intervalo entre su origen y su eventual desaparición genética o intelectual, los seres humanos han debido adoptar la escritura y la lectura instrumentos imperfectos y como a todo lo humano han debido integrarlos a su historia, en la cual, como todas las cosas mundanas, sufren un desarrollo en el que participan la pasión, el odio y la exclusión. Es a detenernos en uno de estos momentos históricos a lo que les invito esta mañana, sobre todo en el marco de una feria destinada a los lectores más jóvenes. En nuestros días, la lectura y la escritura han adquirido modalidades singulares. Nos pasamos la vida leyendo y escribiendo, pero la sobreabundancia de texto, la velocidad a la que estamos obligados a actuar y el hecho de que, debido a los avances tecnológicos, escribimos y leemos aún en medio de la multitud, provoca que el futuro de la lectura y la escritura sea impredecible. Todo ello se nos presenta con la fuerza de la evidencia y no lo cuestiono. Lo que yo me propongo aquí es conducirlos a otras formas de experiencia de lectores y escritores para comprender que existen otras formas de libertad en la escritura y la lectura. A revivir esas formas pasadas es a lo que he llamado, de manera un tanto pomposa, lo reconozco, una arqueología de los hábitos intelectuales. La llamo arqueología para indicar que, si bien una historia de la escritura y la lectura deben detenerse en las condiciones técnicas de legibilidad y en las condiciones sociales en que se realizaban, el énfasis que yo deseo hacer ahora por el momento está más bien en las actitudes, los gestos, los comportamientos, las emociones que conmovían a esos lectores y escritores. Como insistiré largamente, la escritura y la lectura acompañan las relaciones cambiantes del diálogo que los seres humanos están obligados a realizar entre sí y el diálogo que cada uno entabla consigo mismo. Para mostrarlo, intentaré revivir, en pocas palabras, la lectura y la escritura en la antigüedad y la altedad media, un momento en que la escritura estaba bien implantada, pero coexistía con la memoria y sobre todo con la voz viva, creando un contexto espiritual lejano al nuestro, pero cargado igualmente de un intenso apego emocional para aquellos que ahí participaron. Me detendré, pues, para confrontarlas en dos pares de actitudes intelectuales y emocionales de la antigüedad. la lectura en voz alta frente a la lectura espiritual y la escritura en voz alta ante la escritura espiritual. Empiezo con la lectura pública en voz alta. Apenas es necesario, creo yo, recordar ante ustedes el hecho de que no era el silencio el que reinaba en el hábito de leer en la antigua. La lectura vocalizada era un acto cotidiano que correspondía a diversas funciones sociales. Ante todo, cumplía la tarea de poner en contacto con el escrito a un número mucho mayor de individuos de aquellos que poseían la habilidad de leerla. La evidencia del predominio de la lectura vocalizada es muy numerosa, empezando por el mundo griego, pero se intensifica en la civilización romana en la que se afirma una mayor presencia social del escrito. La lectura vocalizada era tan común que cualquier romano acomodado, aun si podía leer por sí mismo, contaba entre su servidumbre con uno o más lectores. Además, a medida que la edad avanzaba, cuando la vista se debilitaba, los aristócratas dependían más de su lector, pues como es bien sabido, ni Roma ni Bizancio conocieron los anteojos. Pequeño paréntesis, los anteojos se inventaron por ahí del siglo XII en Italia, los historiadores de la ciencia han descubierto con gran precisión dónde fue, pero están inseguros respecto a quién fue el inventor por allá del siglo XII de los anteojos. En la plaza pública, los lectores eran utilizados para interpretar documentos oficiales, pero en casa eran destinados a los propósitos más diversos. Así, aparecían en los momentos perdidos lo mismo que hoy ocupamos el radio y la televisión. Suetonio, por ejemplo, relata que cuando Augusto encontraba difícil dormir, mandaba a llamar a su lector y cuando por fin conciliaba el sueño, dormía más tiempo de lo normal. En tiempos del Cicerón, y luego mucho más tarde, los lectores aparecían entre las diversiones posteriores al banquete, a veces en compañía de espectáculos refinados, como la música o las obras teatrales, pero a veces al lado de espectáculos francamente vulgares, como bailarinas, bufones o equilibristas. Todos los autores latinos contaban, en el momento de su creación, con que su obra sería objeto de una lectura vocalizada, Es decir, que su apropiación no sería en una lectura silenciosa y solitaria, sino en una lectura sonora y viril ante oyentes reales. En consecuencia, al inicio de sus obras, solían deslizar salamerías dirigidas al sentido concernido, como lo hizo, por ejemplo, Apuleyo. Cito, dice Apuleyo, lector, quiero acariciar tu oído benévolo con un grato murmullo. Sólo dígnate recorrer con la mirada este papiro egipcio. Acaricia al oído, porque el oído va a ser el sentido que reciba su trabajo y no la. La permanencia en el tiempo que los autores modernos confían a la página impresa, los autores antiguos le encargaban a la voz y al recuerdo, como lo dice, por ejemplo, Ovidio. Cito, dondequiera que Roma exista, dondequiera que Roma extienda su poder, labios de hombre te leerán y gracias al sonido de mi nombre estaré vivo por los siglos de los siglos. Pero gracias a los labios, ¿no? Durante la época del imperio se adueñó de la cultura romana un verdadero furor por la lectura. Tal diluvio de verbosidad condujo extremos y provocó reacciones airadas. La costumbre de escuchar leer después del banquete debió ser obligatoria porque Marcial se permite ironizar diciendo que la mejor invitación a cenar es aquella que no incluye versos del anfitrión. La lectura vocalizada era una necesidad funcional, además de una tradición venerable y prestigiosa. Pero las convenciones sociales la convirtieron en una verdadera obsesión. Horacio, por ejemplo, sugiere que no se deje de leer, ni aún en los baños, porque ahí la resonancia es esplenda. Y Marcial, que es mucho más procas, reprocha a un poeta amigo suyo que le recita versos en toda ocasión, propicia o no. Cito a Marcial, currentileguis, le lees constantemente, cacantileguis, con el sentido que ya imaginas. Los autores latinos solían encontrar en su auditorio básicamente en dos contextos. En un medio privado en el que el autor reunía a un grupo selecto de amigos cercanos o bien en una lectura pública ante auditorios muy numerosos. En ninguno de los dos casos la lectura era un acto intrascendente. Primero, tal lectura era la prueba de que la aristócrata dominaba el arte del lenguaje, arte tan importante que en Roma venía apenas después del arte de gobernar y el arte de la guerra. En segundo lugar, la lectura pública le aseguraba su lugar entre la aristocracia, su sitio entre una comunidad de iguales, el reconocimiento mutuo otorgado a través del arte de la palabra o del arte de escuchar. En tercer lugar, la visibilidad del autor dependía por completo de esta lectura. No había ninguna otra presencia y ningún renombre que lo otorgado por esta ejecución vocalizada. A ello se refiere Marcial cuando le dice a un colega, lo cito, Nada recitas, mamerco, y quieres parecer poeta. Nada recitas y quieres parecer poeta. El autor, taciturno, lejano y solitario de la modernidad, que asombra al mundo únicamente con sus escritos, no tenía ninguna posibilidad de existencia en la antigüedad. Se comprende entonces el estado emocional del autor en ese momento. La incertidumbre dominaba a todos, incluso a personajes de la importancia de Plinio el joven, como lo deja ver una carta que envió a su amigo el historiador Suetonio a propósito de una lectura. Viene una cita larga. Escribe Plinio a Suetonio, por favor, sácame de dudas. Se dice que leo mal, quiero decir, cuando leo versos, porque los discursos lo hago mejor, lo que hace aún peor mi lectura de versos. Ahora estoy preparando ofrecer una lectura a mis amigos cercanos y estoy pensando hacer uso como lector de uno de mis libertos. Esto es seguramente tratarlo sin formalidad, porque el hombre que he escogido no es realmente un buen lector, sino apenas un lector mejor que yo, y eso en la medida en que no se atemorice en el momento. Él es tan inexperimentado como lector como yo lo soy como poeta. Ahora bien, dice Primo, no sé qué hacer yo mismo mientras él esté leyendo. ¿Debo sentarme y permanecer en silencio como un simple espectador? ¿O bien debo acompañar su lectura en voz baja con la mirada y con los gestos? ¿Pero pienso que soy tan malo como mismo que como lector? Te repito, sácame de dudas y dime una respuesta sincera acerca de qué es mejor. Que yo lea, no importa que tan mal lo haga, o es mejor que haga o que no haga lo que te he dicho. ¿Vale? Dino está tremendamente inquieto porque si su lectura fracasa, fracasa su imagen pública. Las palabras de Plinio reflejan bien las emociones que reinaban en tales declamaciones. Por parte del autor, el miedo a fracasar en público. Por eso Plinio acechaba cualquier gesto de su auditorio, un bostezo o un sueño incontenible, que eran suficientes para desmoralizar al autor. Cito a Plinio otra vez, Lo que dice Cicerón del trabajo escrito, yo lo pienso del miedo. Sí, el miedo es el más exigente de los correctores, dice. En segundo lugar, en el lector, el hecho de que la lectura antigua jamás era un acto improvisado. No era solo que el lector fuera un muscular, sino que toda la educación gramatical estaba orientada a la interpretación del escrito. desde la segmentación del texto hasta la introducción de signos de puntuación de los que la página oral carecía por completo. Todo ello debía conducir a la declamación, a la expresión verbal llamada pronunciatio o pronunciación. La presencia de la pronunciación es el mejor índice de que un texto antiguo es la suma de lo escrito con el agregado de la voz. La página antigua estaba impregnada de esta necesidad de vocalización. Naturalmente, el resultado de la pronunciación era una cierta teatralización de la lectura, pero los gramáticos antiguos advertían al futuro lector que su deseo de ser expresivo no debía llevarlo a extralimitarse en los gestos o en la expresión facial. Cito, no hay que tratar de imitar el tono vacilante de los viejos, los desórdenes de los borrachos o las afeminadas modulaciones que están de moda hoy en día. En contrapartida a esta teatralización, la lectura en voz alta podía ser maravillosamente efectiva como sucedía con Virgilio, quien despertaba la envidia de sus colegas por el valor de su voz, de su expresión y de su fuerza dramática. Tuvo ocasión de probarlo cuando se vio obligado a leer el libro sexto de su Eneida ante Augusto y su familia. En el momento en que Virgilio interpretó esa parte del texto en que aparecía Marcelo, joven recientemente fallecido, que aparecía al lado de su abuelo en el inframundo, Octavia, la madre del joven, quien escuchaba la lectura, cayó desmayada. La lectura antigua estaba siempre cargada de emoción. Y eso es lo que deseo reconstruir. No importa qué tan grande fuera el valor literario del escrito, el texto era un eco de la actividad verbal. Con su voz, el lector debía reanimar los valores que yacían silenciosos en la página muda, convirtiéndose en un instrumento musical, por lo cual se ha comparado al lector antiguo con un solista de nuestro día. Los antiguos usaban la fórmula correcta de que el lector le prestaba la voz al autor. Este, el autor, había creado una obra para el oído porque el escrito había sido compuesto para sonar. Esperaba entonces que el lector reproduciría no solamente las palabras, sino también el ritmo y el carácter de la composición, las cadencias y las emociones que él mismo había resentido en su pueblo interno en el momento de componerla y editarla. No debe pues extrañar que el autor diera en la voz del lector una prolongación de su propia voz, como lo dice la antología palatina. Cito, cuando lees, soy yo quien habla, porque tu voz es la misma. Todos los que participaban en una lectura pública podían alcanzar ese sentimiento. Si se suscitaba la atmósfera propicia, si toda esta conjunción emocional se lograba, el lector presente y la página desaparecían y el auditorio creía escuchar la voz de aquel que había compuesto la obra, como le sucedía a Posidio, quien creía percibir la voz de San Agustín, su amigo cuando escuchaba leer algunas de las obras del santo. Hay una anécdota simpaticísima. Posidio hizo la recensión de la biblioteca de San Agustín cuando murió, pero Agustín solía dictar todas sus obras. En un momento, Posidio se encontró con una obra de San Agustín hecha por su propia mano. Se emocionó tanto que lo que sabemos es que encontró esa obra, pero olvidó poner el título, pues no sabemos cuál fue. Solo así se comprende esta expresión de Quintiliano, que a nuestros ojos es enigmática. Dice Quintiliano, la voz de un lector no es como una comida que alcanza para un número limitado de personas. La voz del lector es como el sol que distribuye una cantidad de luz y calor a todos nuestros. Este es el buen aspecto de la lectura pública en voz alta. Pero había un segundo contexto que también formaba parte de la lectura en la antigüedad. Son las llamadas requitaciones, las recitaciones, ante públicos muy diversos. Como hemos visto, en tiempos de Cicerón se aprovechaban las invitaciones a cenar para escuchar la lectura de composiciones en verso o en prosa. Pero ahora se trata de un público mucho más grande. Según Seneca, la invención de las recitaciones se debió a Cineo Polión, notable romano partidario de César. Aunque originalmente estas tuvieron lugar en salas privadas, pronto los odeones se convirtieron en los sitios usuales de estas reclamaciones. Siendo más pequeños que los teatros, la capacidad de un odeón no era desdeñable y, por ejemplo, el odeón de Pompeya disponía de 800 asientos. Ahí se hacían las recitaciones. Los autores que promovían estas recitaciones se diferenciaban de acuerdo a su jerarquía social. Primero, naturalmente, los aristócratas, a veces talentosos, pero a veces simples aficionados, quienes encontraban fácilmente un público complaciente que, por compromiso o por interés, asistían a esas lecturas. Venían luego los escritores de clase media que se consideraban afortunados si su patrón les prestaba o rentaba un pobre lugar desaliñado, dejándoles el compromiso de copiar la renta de las bancas y las invitaciones. Estos autores lograban reunir a sus auditorios sólo a costa de incontables humillaciones y a veces debían reunir a los esclavos y los libertos de su patrón para constituir un público artificial. Venían por último los autores más pobres quienes recitaban en cualquier sitio, por ejemplo en las esquinas de las calles, expuestos al escárnio y a la boda de cualquier. Lo mismo que los autores, el público que asistía a la recitación estaba jerarquizado. En Bizancio, Miguel Pselo distinguía entre tres clases. Primero, los virtuosos, peritoes, los peritos, que poseían una educación sofisticada que eran normalmente aristócratas que estaban sentados en las sillas delanteras llamadas catedras. Luego venían los auditores instruidos, el Olimoy a Croazay, los llama Miguel Pselot, es decir, un público serio, capaz de reconocer por su valor la obra que escuchaba. Y finalmente, dice Miguel Pselot, los auditores llamados orejas incultas que no comprendían el texto, sino a condición de que fuese simple y accesible. En la actualidad, un público moderno debe mostrar como ustedes su educación, permaneciendo en silencio e inmóvil durante la lectura, reservándose para el final la expresión de sus emociones. En la antigüedad, salvo algunos géneros como la filosofía, la reacción del público era, y se esperaba que fuese, diferente. El público antiguo expresaba señales de alabanza o descontento, gesticulaba y daba signos de estar conmovido y arrebatado por el encanto y el ritmo de las palabras, o bien expresaba claramente su turbación. Manifestaba su satisfacción mediante el aplauso que solía prodigar varias veces durante la interpretación, o bien se expresaba mediante un murmullo una especie de fundido conmigo. O bien gritaba, auge, auge, que era la palabra equivalente a nuestro bravo, para que el lector siguiera así. El éxito de la obra se medía por el número de veces que la lectura era interrumpida con aplauso. Seguramente, en muchas ocasiones, tales manifestaciones de júbilo fueron un reconocimiento justificado y sincero al valor de la obra. Pero en las recitaciones, debido al aspecto mundano de esas lecturas, esas expresiones podían no ser sinceras y hasta degenerar en verdaderas francacheras. Plinio el joven, por ejemplo, señala la existencia de un mercado de empresarios quienes, mediante una retribución, reclutaban un cierto número de personas dispuestas a aplaudir rabiosamente a cambio de un poco de comida. Justificadamente, eran llamados lauriquenes, un término compuesto de las palabras latinas laudare, alabar y cena. Y aún era posible, y algunas veces el instrumento necesario, dispersar entre el auditorio de orejas incultas a un cierto número de directores de coro, mesocorum, quienes, indicando los pasajes más sobresalientes, daban la señal que desataba los aplausos frenéticos. Plinio responsabilizaba a Larcio Gisínio, un abogado, de la invención de esta falsa. Pero él mismo no imaginaba que lo peor vendría más tarde cuando se generalizó la costumbre de remunerar a esos adictos. Entre los críticos modernos existe la convicción de que esas ejecuciones reclamatorias provocaron un severo daño en la calidad de la literatura latina. No la he evocado aquí por su baja calidad, sino porque con ella se cierra el ciclo de la obra antigua. Esos textos no fueron concebidos para lectores que, en la mitad de su reflexión, en medio de su reflexión, reconocen los valores estilísticos y formales. Estas eran obras que iban a ser leídas ante un público atento y comprometido, que la mayor parte de los casos no tendría acceso visual al escrito. ello otorga su carácter a la lectura pública en la antigüedad, una ejecución lenta y vigorosa, cultivada en que la pasión del autor se dé transmitida por la voz vibrante de un lector hacia un público expectante y expresivo. He tratado de reconstruir el budicio, el alboroto y la animación de las lecturas públicas. Hagamos el contraste y acertémonos a la lectura espiritual y solitaria en la antiguo. Abandonemos el mundo bullicioso y a veces turbulento de la lectura pública en voz alta para desplazarnos a una lectura que me permitiré llamar espiritual. Como ustedes ven, no enfrento la lectura vocalizada a la lectura silenciosa porque deseo subrayar un conjunto de comportamientos, actitudes y gestos que van más allá de lo meramente taciturismo. Cuando se piensa en la lectura espiritual de la antigüedad, inmediatamente se viene a la cabeza la lectura hecha en los monasterios medievales por unos pocos hombres cultivados. Pero no es ahí a donde dejó constituirlos, sino a otro lugar privilegiado, las escuelas de filosofía, la lectura de los filósofos, con el particular de los filósofos. Desde su aparición, los filósofos debieron tener una relación particular con la lectura, pues estaban obligados a conocer las opiniones de sus colegas a fin de exponer las suyas propias. Es de este modo, recabando mediante la lectura las opiniones ajenas, que se pudieron reconstruir las primeras doctografías por parte de Aristóteles y Teoteles. Numerosos pasajes de los diálogos de Platón presentan a los filósofos leyendo, solos o acompañados. En el diálogo parménides, un grupo de filósofos se acerca a la casa de Pitódoro, pues desean escuchar la lectura de un libro de Centro. En el diálogo de Éteto, Euclides y Terción escuchan leer a un esclavo el debate en el que había participado Sócrates y que había sido reconstruido paso a paso por Euclides. En el diálogo de Pedro, Sócrates pide a Pedro que lea, no una sino varias veces, dice él, el discurso que él y Inicias había pronunciado y que aquí reproducía maravillosamente a Pedro y Sócrates. La lectura debió ser una práctica cotidiana en las comunidades que, a falta de un mejor nombre, llamamos escuelas de filosofía. En el liceo de Aristóteles, por ejemplo, donde prevalecía la vida teolética, se suscitaban problemas como este que el mismo filósofo, esta girita, busca responder. En el libro Problemas de Aristóteles se encuentra el siguiente problema. ¿Por qué razón alguno, cuando comienzan a leer, son presas del sueño, aun si no lo desean, mientras que otros, aun si quieren dormir, permanecen despiertos cuando toman un libro entre las manos? Es uno de los problemas que Aristóteles se plantea. Él trata de resolverlo a propósito del aliento. Él dice que hay un problema de la respiración y que es por tanto el problema del aliento el que hace que el lector en voz alta, que no logra verbalizar bien, no logra dormir tanto. Hay anécdotas simpaticísimas. Por ejemplo, lo veremos después, hay un autor medieval que le escribe a un amigo diciendo, no te puedo escribir porque tengo gripa. Nosotros normalmente lo que hacemos es escribir y leer. Él no puede ni escribir ni leer porque como son hábitos verbales y orales, tiene gripa y por tanto no puede ni escribir ni leer. Hacia el siglo I, cuando la cultura escrita había cobrado mayor relevancia, se instaló el hábito de la clase diaria de filosofía, se iniciaba con la lectura de un fragmento de algún texto clásico, seleccionado por el profesor, pero llevaba a cabo la lectura por un alumno escopido. El estudiante debía prepararla con antelación, porque una lectura correcta era ya parte de la explicación, y a la inversa, una lectura incorrecta o indecisa era un obstáculo para la comprensión de todos, y por tanto era objeto de burla e indignación. Los filósofos, pero también los aspirantes a filósofos, debieron ser personajes sumamente librescos. Luciano, que no pierde ocasión de ridiculizarnos a los filósofos, presenta a uno de esos estudiantes un tal ermótimo, cito, siempre pálido y con el cuerpo enjuto, portando siempre un libro en la mano y murmurando suavemente mientras camina, probablemente planteando uno de esos problemas enrevesados típicos de los filósofos. Los filósofos no eran, desde luego, los únicos profesionales de las letras en el mundo antiguo, pero ciertos signos los distinguían de los demás, entre ellos la lectura, tanto en el contenido como en la intensidad. Veamos primero el punto de vista del contenido. Los filósofos debían leer textos llenos de silogismos, principios y dogmas destinados a transformar su vida moral. Por eso, condenaban la lectura de obras superficiales o literatura de vibración. Según Ateneo, el mismo Aristóteles había afirmado que no era posible participar en ninguna discusión pública si sólo se había leído una obra tan banal como el banquete escrita por Filoxena. Esta reprobación de la lectura ocasional se convirtió en una verdadera condena. Nuevamente, según Ateneo, el peripatético Clearco se lamentaba de, cito, aquellos que viven inmersos en los escritos de Filónide y Arquístrato, en lugar, dice él, de ocupar su tiempo en discusiones serias. Filónide era una cortesana que había escrito libros eróticos muy populares en aquel tiempo y Arquístrato era autor del libro más leído sobre la gastronomía en la época de la Unión de Cáceres. Crisipo, el filósofo antiguo, estoico, también se había ocupado de condenar esa literatura menor en su libro sobre el bien y el placer, afirmando, cito, «No hay que aprenderse las obras de Filende y Arquístrato bajo la idea de que aportan algo para el libro de la vida». No es que los filósofos ignoraran la existencia de literatura erótica y aparentemente los filósofos mismos habían compuesto algunos de esos libros pornográficos, Pero normalmente exhortaban a los aspirantes a filósofos a dirigir su pasión por la lectura a una poesía de mejor calidad como la de Píndaro o la de Homero, o bien hacia los escritos fundamentales de los filósofos fundadores de cada una de esas escuelas. Ello nos conduce a la segunda cuestión acerca de la lectura de los filósofos, su calidad, su intensidad. En efecto, los filósofos antiguos leían con un propósito específico, transformar radicalmente la disposición interior de su alma. En su sentido original, la filosofía antigua no tenía como objeto construir un castillo de conceptos abstractos, como hoy, sino que era un método de formación hacia una nueva manera de vivir y de ver el mundo, un esfuerzo de transformación interior que debía conducir a una nueva clase de individuos. Para todas las filosofías feminísticas, el individuo, antes de su conversión filosófica, se encuentra en un estado de inquietud desdichada, es víctima de preocupaciones, vive desgarrado por las pasiones que lo dominan y no vive verdaderamente porque no es el mismo. La filosofía consiste en pasar de ese estado de desdicha a una vida virtuosa mediante una profunda transformación de sí mismo, mediante una modificación radical de su punto de vista, de sus actitudes, de sus condiciones, a través de una serie de prácticas sobre sí mismo, que el filósofo actual, Pierre Adot, ha llamado bellamente ejercicios espirituales. Y entre esos ejercicios espirituales que debían conducir a un hombre nuevo, se encuentra la lectura. Según Filón de Alejandría, entre los ejercicios espirituales, al lado de la lectura, se encuentran el celo al buscar, la investigación, el examen en profundidad, la atención y el dominio de ciencia. En otra lista del mismo filón, la lectura se encuentra acompañada por la memorización, la meditación, la terapia de las pasiones y los recuerdos de aquello que está viendo. La memorización y la meditación y la lectura forman en realidad una unidad inseparable que tiene una historia larguísima en occidente. Es porque la lectura debe proveer a las pirámicas filósofas de los principios fundamentales de la doctrina, principios concentrados en pocas palabras, sencillos de retener en la memoria y que por tanto pueden ser aplicados a todos los problemas de la vida diaria con la seguridad y la constancia de ellos. Cito, no debes separarte de esos principios, me dice Cicto como alumno, ni en el sueño, ni al despertar, ni cuando comes o vives o conversas con otro hombre. Entendamos bien, la lectura no era una práctica neutra que debía proveer principios los cuales luego serían desarrollados en el espíritu. La lectura era ya una práctica espiritual en sí misma, una actitud de concentración hacia el escrito, mediante el cual el alumno dialoga con el filósofo que ha sido su autor, se deja transformar por las palabras de éste, sigue el itinerario al que aquel le invita e inicia mediante unos principios un diálogo interno. El objetivo de la lectura no era retener en el entendimiento una serie de dogmas, su fin no era saber algo, sino que tenía como propósito aprender a vivir, de un cierto modo, ser de cierta manera. Filósofo, estirio, no era aquel que se sabía tal o cual principio, tal o cual doctrina, sino aquel que vivía filosóficamente porque había transformado su disposición interior, su concepción de sí mismo y del mundo. y la lectura había contribuido a ello, impregnando gradualmente al alma con esa instrucción de libro. Se comprende ahora por qué Epícteto el estoico hace una distinción entre dos clases de lectura, aquella que se realizaba al inicio de la clase de filosofía, que Epícteto llama lectura de los gramáticos, destinada a retirar ambigüedades, a explicar lo que la autora quería decir, y una segunda lectura muy diferente, la del filósofo, que pretende modificar la facultad rectora de libro. Sí, Patrítico, ¿para qué quieres leer? Dime. Si lo haces para entretenerte o para enterarte de algo, eres un simple y un miserable. Una opinión similar se encuentra en Filodemo de Gadada, un episodio. Aquel que dice ser un buen lector, dice Filodemo, ha aprendido simplemente muchos extractos, pero es un inexperto en las cuestiones particulares y luego, en lo que concierne a las cosas que debe hacer, se pone a consultar los sumarios de los escritos como aquel que, según el proverbio, quiere conducir el timón de un barco con el saber de los escritos. La lectura, pues, no debe reducirse a retener ciertos principios limitándose a su sentido literal, sino que debe ser una experiencia diluida a la transformación espiritual. Dice Epístolo, si el leer no te procura serenidad, ¿de qué te sirve? No diremos, pues, continuó el discote, hoy leí tantas y tantas líneas y escribí tantas y tantas cosas. Si no diremos, hoy me serví del impulso como mandan los filósofos. Hoy no perdí la calma ante fulano. Hoy ejercité la paciencia, la abstinencia, la cooperación, y así estaremos agradecidos a la libertad de lo que hay que agradecer. Los filósofos practicaban, pues, lo que llamamos una lectura intensiva, pero en una escala que hoy ignoramos. Un escritor bizantino, Constantino, explica así la palabra ejercicio. Dice él, se dice ejercicio cuando se lee un libro del inicio hasta el final, por ejemplo, 20 o 30 veces. De manera, estamos en los antipos. Esto es comprensible, porque la lectura de los filósofos era un momento de retorno hacia sí mismo, que libera al yo de la alienación a la que le han conducido sus preocupaciones, sus pasiones y sus misterios. Ante la lectura intensiva, nosotros contemporáneos podemos quizá hacer la misma reflexión que ha hecho Fierradón. Pasamos la vida leyendo, pero ya no sabemos lo que es. Es decir, ya no sabemos detenernos ante un texto, liberarnos de nuestras preocupaciones para volver a nosotros mismos, dejar por un momento las búsquedas de originalidad y todas nuestras sutilezas para meditar con calma el texto, glumiarlo, como decían los milionarios, dejar que el escrito nos abre, nos afecte y nos transforme. Normalmente, sobre todo los filósofos, adoptamos ante los textos la actitud arrogante de probar que somos más inteligentes que el autor que lee hoy, con el resultado de que la lectura ya no es un verdadero encuentro, sino una simple proyección de nosotros mismos. Esto es un subjetivismo en el mejor sentido del término. En la antigüedad, por el contrario, aprender a leer era aprender a vivir. Quizá hoy para nosotros sea necesario reaprender a leer, dejando que la lectura ponga en contacto realmente dos experiencias, la del lector y la del autor, dos esfuerzos del trabajo sobre sí mismo que cada uno cumple, comprendiendo que la vida es una relación a sí mismo y al todo, cambiando la manera de verse el último. y de ver a lo demás. Hasta aquí la lectura pública y la lectura espiritual. Me llevaré todo de nuevo. Pasemos a la escritura. En nuestros días, en los que predomina la figura del escritor silencioso que es incluido en su estudio, resulta difícil imaginar que la composición de una obra y su escritura sean procesos separados. Pero este era el caso en la antigüedad, en la que, como es posible demostrar, la mayoría de los autores no escribían sus obras, sino que las dictaban a secretar. Entre aquellos que componían mentalmente sus obras se encuentran, por ejemplo, Cicerón, el apóstol Pablo, San Jerónimo o San Agustín. Muchos de ellos afirman en algún momento que están escribiendo, pero esta es una expresión metafórica que recubre el hecho de que pronuncian un mensaje verbal a un secretario como lo muestra esta carta del siglo II atribuida al filósofo Espeusico. Dice el autor, has de saber que mi salud es pobre, pero aún soy capaz de escribir, porque mi lengua y las facultades de mi cabeza están intactas. Has de saber que estoy muy débil y muy pobre, pero aún te puedo escribir porque mi lengua está bien y mi cabeza también. Y va a dictar. El autor y el escritor eran personas distintas, porque escribir era una tarea muscular, física y servil, que muy pronto se consideró incompatible con el acto de comportamiento. Para acercarse a la cuestión, es preciso ante todo tener presente que dictar no tenía el sentido de que el jefe pronuncie lo primero que se le viene a la cabeza, que es más o menos como entendían, fue dictar. Dictare era una acción elaborada y compleja que realizaba un hombre después de haber adquirido una sólida formación recorte. Como toda acción compleja, ella estaba compuesta de varios pasos que quisiera recorrer con ustedes. Primero la invención, luego la composición y finalmente la verbalización y el embellecimiento político. Veamos para acá. El primer paso a la invención era la definición de la materia, el problema sobre el cual se reflexionaba. Los autores antiguos también ejercían un pensamiento creativo, pero esos pensamientos no eran creados de la nada, sino de los conocimientos ya adquiridos. Por ello, era necesaria alguna clase de recopilación. Para ello existían dos días. Por la primera, el autor antiguo leía o escuchaba leer las obras que le precedían y de las cuales extraían notas que los secretarios asentaban en rollos, notas llamadas hipómnema, es decir, recordatorias. Este era el modo de proceder en las grandes obras enciclopéricas como la historia natural de Primo y Vieras. Con el nombre de Recordatorio, los autores deseaban señalar que esas notas no poseían orden alguno y solían disculparse cuando las publicaban en ese estado como lo hizo Clemente de Alejandría. La obra de Clemente se llama Estrómata, que era el otro título para las notas de Recordatorio tomadas de aquí y de allá y que se publicaban sin una elaboración por fin. Pero su recurso principal no eran las notas, sino su memoria. La educación antigua conducía a los autores a retener de manera ordenada la memoria aquello que habían leído o simplemente escuchado. La memoria era una parte de las habilidades intelectuales y por eso abundaban las metáforas acerca de la recolección. Los autores, se decía, debían actuar como las abejas, absorbiendo la miel de todas las cosas importantes que leían. Retener un gran volumen de información escuchada era una práctica tan común que la creencia de la mayoría de las personas en la antigüedad era que la sede de la memoria no era el cerebro, sino las orejas. Por ejemplo, San Cirilo el Fileota, un santo vijantino, no había podido aprender de memoria más que la mitad de los salmos hasta el momento en que entregó su libro como limosna aún necesitaba. Una voz de guía le enseñó la otra mitad de los salmos recitándoselos en voz alta todas las noches mientras San Cirilo dormía. En el momento de la redención se agitaban en el interior del autor un sinnúmero de voces anteriores a las que él había debido retener por una parte de organización. Incluso llegado al siglo XI, San Bernardo caracterizó de este modo el interior del autor que compone. Dice San Bernardo, qué grande es el tumulto de aquellos que componen. En su espíritu resuenan una intimidad expresión. Por eso, el autor antiguo no actuaba como lo hacemos nosotros, consultando decenas de libros, borroneando centenas de esquemas escritos. Su primer impulso psicológico y emocional era distinto. Era consultar la serie de ideas e imágenes provenientes de distintos lugares de su memoria. La consulta de este archivo memorístico era una necesidad, pero podía no ser placentera, pues conducía a un estado de verdadera angustia. Quintiliano, por ejemplo, cuando describía a un estudiante en esta situación, lo representaba postrado de espaldas en el suelo, murmurando, buscando a través del murmullo estimular en sí mismo todos los recursos espirituales de que le habían previsto sus lecturas o lo que había escuchado. Estaba luchando, diríamos nosotros, por tener una idea. A ese primer momento, llamado invento, invención, seguía la composición mental propiamente dicha, antes de proceder al dictamen. La composición consistía en el ordenamiento de esa materia prima recolectada en una secuencia lógica tan precisa que, según Quintiniano, ya no requeriría posteriormente sino unos pocos retoques de argumentación y de retorno. La obra que salía de los labios era prácticamente definitiva. Nuevamente, los autores podían recurrir a la escritura elaborando esquemas o esbozos. se han conservado signos en la existencia de estos esbozos escritos que permitían a los autores una exposición más sistémica. Horacio, el poeta latino, por ejemplo, señala que el autor debe ser sistemático, pues dice él, una composición mal ordenada es, cito, como una monstruosidad que surgiera de la cabeza humana. Nosotros no diríamos como una monstruosidad sale de la cabeza humana, sino como una monstruosidad que sale de la mano. Aunque podían ser escritos, tales esbozos también estaban destinados a ser retenidos en la memoria para servir de guía en la ejecución verbal o en el dictado de la correa. Se aconsejaba a los autores que la escritura de esos esbozos no fuera tan detallada como para acabar con la espontaneidad que era un valor insustituible de la ejecución de la correa. Los bosquejos escritos eran meros esquemas esqueléticos y sin vida que solo se reanimaban en el momento del dictado cuando el autor inyectaba a esos huesos áridos el espíritu que los añita, el torrente que los haría resonar con la música de las frases, con el brillo de la vida. Esta ordenación lógica llamada meditare, meditar, era lo que los autores antiguos tenían en la memoria en el momento del texto. El autor que dictaba en obras nunca estaba improvisando. él poseía en la mente una secuencia ordenada de temas que seguía para evitar que la composición se desbordara en direcciones de los espectadores. El autor seguía paso a paso esta estructura mental y solo agregaba variaciones a medida que la situación o el contexto se lo permitían. De este modo, se elaboraron las grandes obras como las disertaciones de Ariano o las composiciones de Tamba de Tocco. Es por ello que la composición de la obra es simultánea a su ejecución, otorgando al dictado o a la ejecución verbal la apariencia de un milagro. Por ejemplo, se ha visto muy bien que cuando los antiguos representan a un autor componiendo, casi siempre ponen a su lado a un ángel o una voz que baja del cielo, a partir de la cual ellos dictan su obra. porque parecía efectivamente que el autor, después de haber reunido todo y componer en la memoria, como un milagro sacaba de su voz y de sus palabras una obra completa. La existencia de esta estructura mental es lo que explica que cada ejecución verbal sea, a la vez, una repetición de la estructura básica y una improvisación de los detalles. Pero si el autor lo deseaba, esta estructura le permitía realizar dos veces ejecuciones idénticas. Esto se percibe en el caso de Proairesios, el sofista. En efecto, Proairesios había sido injustamente expulsado de atejo, pero tuvo la ocasión de volver, invitado a participar en un concurso de oratoria donde encontraría sus antiguos enemigos. Proairesios pidió que sus palabras fueran recogidas por Taquíro. Su ejecución fue memorable. Mantuvo en suspenso constante al público, el cual apenas podía soportar quedarse callado como Proairecio lo había pedido. De improviso, en medio de sus inmigrables piruetas argumentativas, Proairecio se detuvo y advirtió así al público y a los taquígrafos. Cito, observad, si recuerdo, dice él, todos los argumentos que usaron. Y acto seguido, sin olvidar una sola palabra, comenzó a declarar nuevamente idéntico el discurso que había prometido. Esta vez, el público no pudo contenerse y su reacción también fue memorable. Eunapio nos cuenta que los presentes lamieron el pecho del sofista como si fuera la estatua de un diólogo. Algunos le besaron los pies y otros las manos, y todos declararon que era el dios de la elocuencia. Ese era un público en ti, ¿no? Lamieron el pecho de sofistas como si fuese los tratados. Miraron y seguían. La intensa actividad espiritual conducía a los autores antiguos a actitudes que, sin haber desaparecido del todo, poseían una intensidad que se extinguía. Cuando el autor antiguo componía, no luchaba como nosotros, con centenares de libros y notas, sino que luchaba consigo misma y con sus recursos espirituales. Plinio el joven, por ejemplo, despertaba temprano, pero no abandonaba el hecho enseguida. Prefería quedarse en la cama, en la oscuridad de las cortinas cerradas, meditando el poema que iba a dictar. Cuando el verso estaba listo, mandaba a llamar a su secretario para dictar lo que tenía preparado en la cabeza. Hecho esto, despedía al secretario nuevamente, quedándose solo y meditaba las correcciones a lo dictado y así sucesivamente hasta quedar satisfecho. Unos siglos más tarde, San Anselmo actuó del modo semestre. Su biógrafo, Eadner, cuenta que durante la composición de su obra, El monologión, el santo encontró obstáculos que le arrebataron el sueño y el deseo de comer. No lograba resolver el problema a través de la meditación y por ello llegó a pensar que esa línea de pensamiento era una tentación enviada por el diablo. Durante un tiempo, ni los ayunos ni las mortificaciones tuvieron éxito, Pero sucedió que, súbitamente, dice su biógrafo, una noche al iniciar el alba, la gracia de Dios iluminó su corazón, la cuestión se resolvió en su pensamiento y una gran alegría en la diófita del imperio. Un caso interesante y extremo se presentó dos siglos más tarde con santo Tomás de Aquino. Sus secretarios relatan que cuando santo Tomás encontraba una dificultad y lo trasyectaba, se retiraba a una esquina de la habitación, caía de rodillas, y así, entre las plegarias y las lágrimas, permanecía hasta encontrarla. En una ocasión, mientras dictaba el tratado de Trinitatio, santo Tomás se encontraba tan absorte que una veladora de cera se consumía completamente en su mano sin que sintiera ningún mal. Nadie se atrevió a señalárselo, porque el santo había prohibido a sus secretarios que lo distrajeran pasar a lo que contaba. Esas actividades reflejan el intenso esfuerzo de internalización del autor antiguo en el momento de contexto. Si cada uno de ellos se refugia en la oscuridad de la oración, es porque saben que toda distracción visual auditiva es un obstáculo hacia la actualización del recuerdo, una ruptura de la atención del cuerpo. Sin embargo, el temperamento podría llevar a los autores al extremo. Quintiliano, por ejemplo, quien recomienda serenidad a los autores, acepta que, sin embargo, cuando la creación desfallece, es posible entregarse a gesticulaciones que estimulen la creatividad, como elevar los brazos al cielo, hacer gestos, pegar sobre la madera de la cama o morderse la suya. Un caso límite era el orador Servio Galva, el orador Romero. Galva tenía la costumbre de encerrarse en una habitación con su secretario para preparar la defensa ante un jurado y algún caso jurídico. En cierta ocasión, con motivo de un juicio especialmente complejo, actuó del mismo modo. Rutilio, esto es citado por Cicerón, en el libro de la Breda, Rutilio relata que cuando Galva salió de esa habitación, llevaba tal mirada y tan expresión en el rostro que parecía haber defendido ya el caso, y añadía que tras él salieron los secretarios con signos de haber sido duramente golpeados. de lo cual se deducía que Galba no se era violento y fogoso cuando pronunciaba sus discursos, sino también cuando los meditaba, dice él. No llamaríamos meditación agarrar palos a las secretarias, creo yo, ¿no? Si nos parecen actitudes más emocionales que intelectuales, es porque asumimos equivocadamente que el escritor silencioso en su estudio es el paradigma de la racionalidad, olvidando que esta colaboración entre la voz y la memoria también satisfacía todas las expectativas espirituales de la antigüedad. Puesto que la recepción de la obra iba a ser oral y no visual, el autor buscaba sobre todo la musicalidad y la sonoridad y tenía por sobre todas las cosas lo que los gramáticos antiguos llaman el severo juicio del oído, expresión que en otros días sería inusual. La cuidadosa atención prestada al oído provoca que dictar no hubiera sentido de simple iniciación, sino el significado más elaborado de declamación. A diferencia del autor moderno, que piensa en lectores anónimos, reclusos y silenciosos, el dictador imaginaba auditorios cuyo compromiso emocional dependía de los valores sonoros de la obra y que expresarían ruidosamente su aprobación o abandonarían la audición de un escrito que ofendiera su fe. Potius, por ejemplo, un gramático y santino, pensaba que un texto compuesto con dificultad, con sonoridades y discordantes, con sonidos cacofónicos y construcciones gramaticales forzadas y rúgidas, obligarían al lector, lo cito, a hendir el aire con los labios violentamente. Mientras que por el contrario, una lectura armoniosa, lo cito nuevamente, gracias a la voz que lee, penetra dulcemente en los oídos que lo escuchaban. Y todo ello debía ser interpretado en la lectura. Por ello, sugería que las palabras de Néstor y la Odisea fueran interpretadas con suavidad, mientras que, para las palabras de Cíclope, el lector debía adoptar una modalidad diferente, dice el potrio, algo así como un bujido. Escribir es obra de la mano, componer es obra del corazón. La página antigua contiene sin duda los pensamientos de sus autores, pero contiene algo más. Contiene su voz y su promoción. El registro de esa parte prosodia que ningún signo puede expresar, pero que debía reaparecer en el momento de ser interpretada. En la página escrita resonaban una o varias voces, por eso deben ser tomadas al pie de la letra expresiones antiguas como las múltiples voces de la página, de Pablo Diácono, o bien la página locuaz, expresión de Pablo Capela, o bien las voces de la página de San Agustín, expresiones todas que en nuestro mundo se han visitado. En síntesis, el dictado, la composición memorística a la que se entregaban la mayoría de los autores antiguos, muestra un contexto espiritual muy lejanón. Desde luego, cuando las obras antiguas pasaron a la escritura, toda esa actividad retórica y memorística quedó atajada. Solo quedaron entrelazadas entre las páginas pequeños rastros de esas grandes emociones. Afortunadamente, esos signos de aprecio quedaron depositados en texto. Sabemos de su presencia, del mismo modo que conocemos la existencia de esos pequeños insectos prehistóricos por las impresiones que sus cuerpos dejaron en la toca. Tan fugaces como esos insectos mínimos, las palabras y la emoción también fueron congeladas y vueltas imperecederas en el momento en que fueron tocadas por la sustancia permanente que es la escritura. Quedó en realidad la impresión de esas pasiones, y al igual que para aquellos seres proclinizados, basta que hagamos un pequeño esfuerzo de imaginación para verlas agitarse, mover los músculos y emprender un nuevo viaje como ahora lo intentamos. Abandonaremos ahora el mundo sonoro y pasional de la escritura en voz alta para desplazarnos a otra experiencia del escrito, caracterizada esta vez por el recogimiento y el diálogo interior. La he llamado escritura espiritual, cuyo mejor ejemplo se encuentra nuevamente las escuelas de filosofía de la antigüedad y en particular en el libro escrito por el emperador romano Marco Aurelio, Las Meditaciones. En efecto, con las meditaciones de Marco Aurelio ha llegado hasta nosotros un ejemplo de cierto género practicado en la antigüedad, el diálogo consigo mismo mediante los que hicieron. Debido a que es un diálogo el que el emperador realizaba consigo mismo, el libro ofrece un aspecto sorprendente. Compuesto de doce libros, cada uno de los cuales contiene una serie de expresiones más o menos extensas, cada una de ellas ofrece pues un significado completo, pero la serie misma no parece organizada por ninguna hilación lógica reconocida. Dice Marco Aurelio, eres una pequeña alma que sustenta un cálculo, que la obra debió ser un escrito que accidentalmente cayó en desorden y que se desordenó en piezas que nunca nadie más pudo reunir con la coherencia lógica. Entre otros, es el filósofo Fierado que ha mostrado que las meditaciones corresponden a uno de los ejercicios espirituales que el filósofo estoico que era Marco Aurelio realizaba para intentar dominar su disposición en el espíritu. En su escrito, Marco Aurelio no busca escribir un libro para una victoria y tampoco trata de exponer de manera sistemática los logros de la filosofía espiritual. Lo que intentaba era dominarse a sí mismo, reanimando mediante la escritura esos principios que le permitían vivir diariamente en la vida filósofa. Esta acción de escribir para sí mismo se comprende bien si se tiene en mente que la filósofa antigua se proponía una transformación radical de las concepciones que el individuo tenía de sí mismo y de su lugar en nuestro espíritu. Podemos pues, racionalmente, imaginar a Marco Aurelio escribiendo para sí mismo y no dictando para evitar la presencia del secretario en esa intimidad, buscando reactualizar los dogmas estoicos que ya conocen las obras, pero que corren el riesgo de marchitarse en su sol interno, asfixiados por la ruta de los estudiantes. Con ello, Marco Aurelio no hacía sino seguir los consejos de Fícipes, quien exigía al aspirante a filósofo que recordara día y noche los principios silenciales. Siete Fícipes, he ahí lo que deben meditar los filósofos, he ahí lo que deben escribir todos los días, lo que debe ser material de su ejercicio. La lectura, la escritura, perdón, como ejercicio espiritual formativo, tenía amplios antecedentes en la entera. Mucha gente parece haber tenido el hábito de tomar notas personales, escritas en unas pequeñas tablillas llamadas fugilaris, que se llevaban en la mano, por eso se llama un fugilaris, de todo aquello que escuchaba o leía y que presentaba, y que presentía, perdón, pensaba que le sería provechoso en algún otro momento posterior. Así actuaron, entre otros, el Tarco, Aulo Velio y Pánfila, una mujer romana que durante 13 años escribió día a día la vida que llevaba con los principios. En ciertos casos, se trataba de un registro de progresos espirituales. Según su biógrafo, Atanasio, San Antonio, el gran fundador cristiano del movimiento Macoreta en el desierto, acostumbraba a recomendar a sus discípulos tomar nota por escrito de las acciones y de los movimientos de su alma. Para Antonio, lo importante no era el registro escrito, sino el valor terapéutico de la escritura, como lo señala aquí, lo cito. Dejemos, dice San Antonio, a cada uno de nosotros, anotar y registrar nuestras acciones y los movimientos de nuestra alma como si quisiéramos ofrecernos mutuamente uno a otro un registro de ellos. Seguramente así, no nos atreveremos a cometer pecados en público ante la mirada completa de los que no. Así, el registro escrito es una suerte de exhibición ante los demás, ante otros a los que no. El acto de escribir, según Samutoni, nos ofrece la impresión de estar en público frente a una audiencia porque el escrito puede denunciar dejando al descubierto su servicio. Aunque pertenecen al género de los ejercicios espirituales, las meditaciones tienen rasgos que las hacen origen. De hecho, Marco Aurelio se dirige permanentemente a sí mismo y a nadie más. A veces lo hace en su calidad de emperador de Roma. A veces se refiere a su actitud ante la corte o bien a la manera en que debe dirigirse al ser humano. En ocasiones se amonista a sí mismo por su propio espíritu. Pero cuando decimos que se dirige a su mismo, deseamos significar que no lo hace como un nero individuo. En ese diálogo, la subjetividad de Marco Aurelio prácticamente nunca aparece. Las exhortaciones están dirigidas más bien a su persona moral y habla en tercera persona como en el siguiente caso. Borra la imaginación, dice él. Detén el impulso de marionetas. Para los estoicos, el hombre que vive sin meditar sobre sí mismo es una marioneta respuesta a todas las pasiones, a todos los desagraditos de la vida cotidiana. Por eso dice él, detén el impulso de nadie. Es una expresión de Nietzsche. Si sigues a los filósofos, en diez días parecerás un dios a aquellos que hoy les pareces un mono. O bien, él habla con su interior como si se dirigiera a una tercera persona, como en la siguiente. que se aprenta, se aprenta también. Puesto que no estoy escribiendo un libro, sino educando el futuro interior, en las meditaciones aparecen varias veces los niños dogmas en repeticiones que apenas tienen de ser varios libros. Pero esta aparente repetición se explica porque los principios de la vida moral no son como los axiomas matemáticos que se aprenden una vez de memoria y luego se aplican mecánicamente a los dos. Los dogmas de la aire son principios que luchan con nuestras pasiones y emociones, las cuales son difíciles de domesticar. Por eso es que aquellos principios no son eficaces, sino a condición de renovarse constantemente, de presentarse frescos, revestidos de nuevas expresiones, expresiones deslumbrantes e impactantes. Por eso, no es suficiente con leer los escritos previamente. Las páginas escritas son ya productos muertos. Lo que cuenta es formular esos dogmas de nuevo y escribirlo, hablarse a sí mismo y decirse algo preciso en ese instante, en el instante en que el espíritu reclama que se escriba algo preciso y no otro. Podemos pues asistir con las meditaciones al momento en que Marco Aurelio escribe para sí mismo. Lo hace no como un escolar que repite mecánicamente un iniciado, sino que lo hace como una necesidad de estudiar. Él utiliza una técnica preciosa, un procedimiento, la escritura, con el fin de incluir en sí mismo, ya animando en sí que dio unas donas que conoce de sobra, pero que corren el riesgo de marquitarse casi instantáneamente. Desde luego, Marco Aurelio cuida escrupulosamente su expresión escrita, pero no es por razones literarias, sino porque la perfección forma parte de su eficacia psicológica y de su fuerza personal. Aquí, la escritura es un momento del esfuerzo permanente que los filósofos antiguos realizaban para modificarse a su libro, poniendo por escrito la imagen perfecta del hombre que se esforzaba para alcanzar. En la vida del filósofo antiguo, todo dependía, pues, de la manera en que se representaban las cosas, y en este caso, de la manera en que escribiendo se las dice así. Concluyo ahora. Al presentar a ustedes estas formas de experiencia de la lectura en voz alta y la lectura espiritual, y luego de la escritura en voz alta y la lectura espiritual, no he querido otra cosa sino recordar algo que en el fondo es sencillo, pero que debemos tener siempre presente. La lectura y la escritura, como hábitos mentales e intelectuales, no son entes sin vida, fijos e inmutables, sino que han debido transformarse porque siguen las alteraciones en el diálogo que los seres humanos están obligados a realizar permanentemente diálogo ante los demás y diálogo ante sí. Gracias.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
15/11/2012
FECHA_INGRESO_ENTREGA
21/11/2012
FECHA_PUBLICACION
29/11/2012
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
32
CONDUCTOR
Juan Carlos Cruz
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
Ana Patricia Gómez Ortiz

