Document
Thumbnail
Share
CUID
M-08392-01
TITULO_SERIE
SINOPSIS_SERIE
Ciclo que ofrece un acercamiento profundo y reflexivo a textos esenciales de la literatura universal. En cada edición, un destacado escritor mexicano analiza una obra de su elección, explorando su riqueza temática y estética e invitando al público a descubrirla desde una perspectiva personal y crítica. Esta serie brinda una oportunidad única para redescubrir clásicos literarios de todos los tiempos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
EXTRACTO_SERIE
Escritores mexicanos analizan obras literarias de su elección, revelando su riqueza temática y estética. Oportunidad única para redescubrir a los clásicos y a los contemporáneos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
SINOPSIS_PROGRAMA
Sergio Pitol, escritor y traductor mexicano, expresa su admiración por Antón Chéjov y reflexiona sobre su impacto en la literatura y el teatro modernos. Chéjov, maestro del relato corto, dejó una profunda huella en la dramaturgia del siglo XX. Pitol tradujo Un drama de caza, acercando al público hispanohablante una de las obra menos conocida del autor ruso
EXTRACTO_PROGRAMA
Sergio Pitol reflexiona sobre la influencia de Antón Chéjov en la literatura y el teatro modernos. Pitol, tradujo al español Un drama de caza, acercando al público hispanohablante una de las obras menos conocidas del maestro del relato corto
N_PROGRAMA
1
N_TOTAL_PROGRAMAS
19
DURACION_TOTAL
01:29:58:00
PARTICIPANTES
Sergio Pitol, escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Sergio Pitol (1933–2018) fue un escritor, traductor y diplomático mexicano, ganador del Premio Cervantes en 2005. Nacido en Puebla, su obra abarca novelas, cuentos y ensayos, destacándose por su originalidad y su exploración del lenguaje y la memoria. Entre sus libros más importantes están El desfile del amor y El arte de la fuga, que forman parte de su Trilogía de la memoria. Como traductor, introdujo al público hispanohablante a autores de renombre como Henry James y Antón Chéjov. Pitol también ejerció como diplomático, experiencia que marcó su visión cosmopolita y enriqueció su obra literaria
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
TRANSCRIPCION
(Música) (Música) El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Centro Nacional de las Artes, en su ciclo de lecturas guiadas, presenta "Novelas cortas de Anton Chekhov", por Sergio Pitol.
Antes de dar inicio a la conferencia que nos ofrece Sergio Pitol sobre la obra del escritor ruso Anton Chekhov, he de hablarles brevemente de la vida de este escritor, que fue una especie de gigante de las pequeñas cosas.
Tal como dijo el gran escritor Máximo Gorky, nadie ha comprendido tan clara y sutilmente como Chekhov la tragedia de las pequeñeces de la vida.
Chekhov nació en 1860 en Tagnarog.
Su padre, que era un hombre profundamente religioso, solo pudo ofrecer a sus hijos una infancia de pobreza y golpizas cotidianas.
Años después, en Moscú, cuando era estudiante de Medicina, Chekhov gustaba de entretener a sus amigos inventando historias que los hacían reír desenfrenadamente.
Dada la situación extrema de su familia, se le ocurrió escribirlas para ganar dinero y así comenzó a publicar cuentos.
Tenía 24 años cuando descubrió asombrado que era un escritor famoso.
Y al saberlo, dijo que la Medicina era su esposa legítima y la Literatura solo su amante.
Sin embargo, pocos años después, tuvo que retirarse de la práctica médica cuando se le diagnosticó una tuberculosis en estado muy avanzado.
A sus 41 años conoció a una joven actriz, Olga Nikberg, y se enamoró de ella casándose ante el amargo resentimiento de sus padres, a quienes, por cierto, nunca dejó de mantener económicamente.
Poco después, Chekhov murió en un balneario alemán, adonde fue en busca de mejoría.
Tenía solamente 44 años y, además de haber escrito un total de 247 cuentos y novelas cortas como dramaturgo, transformó el teatro universal.
En el ciclo de lecturas guiadas que organiza el Centro Nacional de las Artes, destacados escritores se dan cita con el público para platicarnos su acercamiento a cada autor.
¿Cómo lo conocieron?
¿Cuál es su interpretación de la obra?
¿Qué destacan de su literatura para que nosotros nos acerquemos a la lectura a través de sus experiencias?
En esta ocasión, Sergio Pitol nos habla de sus reflexiones acerca de las novelas cortas de Antón Chekhov.
Una de las principales características de Sergio Pitol es la de ser un viajero.
Los cerca de 20 años que trabajó para el Servicio Exterior Mexicano en diferentes países le da una perspectiva única a toda su creación.
A lo largo de su narrativa, que abarca nueve libros de cuentos y cinco novelas, se confiesa a través de sus personajes, muchos de ellos, como él, mexicanos, que viven en un país distinto entre derrumbes y resurrecciones internas.
Esta necesidad de escribir solo de lo que conoce es uno de los lazos que une a Sergio Pitol con Antón Chekhov.
Otro es su profundo conocimiento de la literatura eslava, con numerosas traducciones, artículos y ensayos, se ha convertido en uno de los principales divulgadores de esa cultura.
Por ejemplo, en su ensayo "La casa de la tribu", evoca y recrea la vida y el pensamiento de los grandes escritores rusos, entre ellos Tolstoy, Pushkin, Gogol y el mismo Chekhov.
Esto lo hace la anfitrión ideal para nuestra plática.
Chekhov no se parece a ninguno de los escritores de su tiempo.
Su método, su método literario, su forma literaria, la ha creado por intuición, por reflexión, utilizando quizás sus conocimientos, acercándose a la vida, acercando su literatura a la vida de una manera médica, de una manera... ya que Chekhov es un médico, un doctor en medicina.
Él se acerca a sus temas para diagnosticar o para percibir una zona de enfermedad o una zona de conflicto, una zona de irritación.
Las respuestas... le interesan los problemas, no sus respuestas.
La respuesta la va a crear el lector, según sus distintos puntos de vista, y si es capaz de encontrar las líneas subterráneas que se mueven, se trazan en el subsuelo de estas historias, aparentemente muy simples, y, en realidad, muchísimo más complejas de lo que se ve.
Los críticos de la época lo consideran un autor no acabado, un autor no completo, debido, precisamente, a que él no da respuestas, a que no preamtea una filosofía personal, una respuesta moral explícita.
Y, por otra parte, su público, que fue amplísimo, y que constituyó casi la inmensa o la totalidad de la nueva generación de profesionistas, la nueva generación de gente ya letrada que apareció en Rusia a finales del siglo XIX.
"Una historia aburrida" es una obra, un relato escrito a la mitad de su trayectoria literaria.
Esta trayectoria se podría situar, de una manera muy simple, en los primeros cuentos, que son cuentos humorísticos o esbozos trágicos, esbozos dramáticos, que publica en revistas no literarias para ganarse la vida.
No sabe él que está haciendo literatura ni le interesa.
Cree que tiene facultades para poder contar historias con las cuales pagarse, sostener sus estudios universitarios y sostener a su familia, a sus padres.
Son esbozos, son juguetes, tienen un mecanismo de juguete cómico o juguete dramático que, para sorpresa de Chekhov, algunos años después son considerados por escritores célebres de Petersburgo, la ciudad culta del país, como obra de un escritor.
La segunda etapa es una obra literaria mucho más compleja, una obra fruto de la reflexión, del raciocinio, del estudio de las distintas posibilidades de expresión hasta encontrar la suya.
Y este segundo periodo, al cual pertenece una historia aburrida, que es la última del periodo, se termina con un viaje a la isla de Zajalín, una gran isla que era usada como un penal, el penal extremo.
Les leí una cita donde él dice "Antes de mi viaje a Zajalín, la sonata Kreutzer de Tolstoy, este libro sobre castigo y expiación, este libro casi religioso, me parecía un gran libro.
Ahora me parece una trivialidad y una historia cómica".
A partir de esta vuelta, su arte se vuelve muchísimo más complejo, hay muchos elementos más, hay ciertas cargas emocionales que no aparecen en las primeras etapas.
Nunca condescendió a la petición de los críticos de su tiempo o de las figuras comprometidas con la religión, como Tolstoy, ni a la presión socialista, que era muy fuerte en su tiempo, nunca condescendió a escribir historias que se pudieran llamar políticas o que tuvieran una moraleja, una solución ideológica subjetiva que el autor recargaba sobre su texto.
Por el contrario, su arte es extraordinariamente lucivo, es un arte que, como decía yo, citando a Vittorio Strada, detrás de una transparencia aparente, contiene una complejidad y un misterio que es muy difícil para el crítico penetrar.
Una oscuridad inmanente.
Ahora, esta no condescendencia con tendencias religiosas o políticas para hacerlas intervenir en su obra no quiere decir que la obra de Chekhov no fuese una obra moral.
La obra de Chekhov es uno de los grandes legados morales que la literatura le ha presentado al hombre.
Permite una lectura obvia y otra subterránea.
Y en esta es donde se establecen algunas cargas, algunas preocupaciones que establecen la moralidad de Chekhov.
La primera obligación moral que tiene el escritor, dice Chekhov, es no mentir.
Dice, en alguna parte escribe, "Un hombre puede mentir en los tribunales, puede mentirle al confesor, puede mentirle a su familia.
El único lugar donde no puede mentir es la literatura, porque si lo hace, porque si miente, la literatura se lo va a cobrar de manera terrible".
Ya en este cuento, en este relato, en esta novela corta que vamos a ver, una historia aburrida, habla de la poca simpatía que tiene por los escritores de su tiempo, por sus contemporáneos, debido al miedo que tienen a la libertad.
Y que ese miedo a la libertad los obliga a mentir, los obliga a encarnar actitudes y situaciones que no corresponden a su pensamiento interior.
Thomas Mann, el gran novelista alemán, el famoso Thomas Mann, escribió, poco antes de morir, uno de sus últimos trabajos, un pequeño librito hermosísimo sobre Chekhov.
Y en él dice, en el elogio de esta historia aburrida, dice lo siguiente, "Ya en el plan de citar y elogiar, es indispensable mencionar una historia aburrida, un relato, el relato que amo más entre todas las creaciones de Chekhov, una obra absolutamente extraordinaria, fascinante, que en su silenciosa y triste singularidad quizá no tenga rival en toda la literatura universal".
Es un elogio tope, ¿no?, un elogio máximo.
Una historia aburrida es la historia de un viejo que está cerca de la muerte.
El varagón más cercano que podríamos encontrarle es la muerte de Iván Illich, una novela corta de Tolstoy, una obra maestra en todos sentidos, donde un viejo funcionario sabe que va a morir, tiene una enfermedad que los médicos califican como mortal y sin remedio.
Esta historia de Iván Illich es la historia de una vida falsa, un hombre que ha cedido a todas las trampas que su tiempo y su sociedad puede ofrecerle.
Un hombre que ha, y esto lo entiende, hasta el final de su existencia, en esta enfermedad, en esta agonía, un hombre que ha dejado de ser él mismo, ha dejado de tener diálogo consigo mismo para agradar a sus superiores, para agradar a la sociedad y hacer carrera dentro de ella.
Un hombre que prescinde de todo, menos de la posibilidad de honores, de riqueza, de condecoraciones, de distinciones, hasta que al final se da cuenta que eso no significaba absolutamente nada, que su vida ha sido un despilfarro de energía, que ha sido infiel al cuerpo y al espíritu, a sus semejantes y a Dios.
Tolstoy es un pensador religioso.
Y el cuento de "La historia aburrida" nos presenta un personaje de una manera muy clara.
Hay en Rusia un eminente profesor llamado Nikolai Stepanovich de Tal y Tal, consejero secreto, este es un puesto honorífico, altísimo, y caballero de muchas órdenes.
Posee tantas condecoraciones rusas y extranjeras que cada vez que se las tiene que poner, los estudiantes le llaman el iconostasio.
El iconostasio es el altar en una iglesia o en una casa o en una capilla donde están todos los iconos presentados, ordenados.
Sus relaciones son de lo más selecta, por lo menos en los últimos 25 o 30 años no hubo en Rusia un científico famoso al que no conociera de cerca.
Hoy no tiene con quién relacionarse, pero si invocamos el pasado, la larga lista de sus amigos célebres termina con nombres como el de Pirogov, el de Kavelin, científicos, y el del poeta Nekrasov, que le distinguían con la amistad más cálida y sincera.
Nuestro profesor es doctor honoris causa de todas las universidades rusas y de tres extranjeras, etcétera.
Todo ello y muchas otras que pudieran mencionarse constituyen lo que se llama mi nombre.
Habla de sus virtudes, de sus trabajos.
Soy laborioso y resistente, como un camello, cosa importante, y soy también inteligente, cosa más importante aún.
Además, dicho sea de paso, tengo instrucción, modestia y honradez.
Jamás metí la nariz en la literatura ni en la política, ni busqué la popularidad mediante polémicas con ignorantes, ni pronuncié discursos en banquetes o ante las tumbas de mis compañeros.
Mi nombre científico no presenta una sola mancha ni tiene de qué quejarse.
Es feliz.
El portador de este nombre, es decir, yo, tiene 62 años, que para esa época era una edad ya casi senil.
Una cabeza calva, una dentadura postiza y un tique incurable.
Soy un tangriz y feo, cuánto brillante es mi nombre.
La cabeza y las manos me tiemblan de debilidad.
Mi cuello, como el de la heroína de Turgeniev, parece el mango de un contrabajo, es decir, muy esbelto.
Al hablar o al leer, la boca se me tuerce hacia un lado y cuando sonrío, todo el rostro se me cubre de arrugas seniles o cadavéricas.
En mi triste figura no hay nada que imponga.
Sólo cuando se me acentúa el tique, adquiero una expresión muy particular que suscita en todos cuando me ven una idea grave e imponente.
Este hombre morirá pronto.
Si se me preguntase cuál es ahora el principal rasgo distintivo de mi existencia, respondería que el insomnio.
La jornada comienza con la visita de mi mujer.
Se presenten en aguas y sin peinar, pero lavada, oliendo a colonia y con aire de haber entrado por pura casualidad.
Siempre dice lo mismo, "Perdona, es sólo un momento.
Tampoco has dormido esta noche".
Aquí, relata la conversación con su mujer, que es siempre la misma.
Más que conversación, es el monólogo de su mujer que se queja de los precios, que pide más dinero para vestidos de su hija, para ella.
Y dice él, escribe Nikolai Stepanovich, "Yo la oigo, asiento maquinalmente y acaso por no haber pegado ojo en toda la noche, de mí se apoderan pensamientos extraños".
Contemplando a mi mujer, me asombro como un chiquillo y me pregunto perplejo, ¿será posible que esta vieja, gruesa y torpe, con su mezquina expresión de inquietud y de temor por un mandrugo de pan, con la mente oscurecida por la idea constante de las deudas y de la necesidad, esta mujer que sólo sabe hablar de gastos y sólo sonríe cuando baja un precio, sea la esbelta Varya, que en otros tiempos amé apasionadamente por su clara inteligencia, por su pureza de alma, por su hermosura y como telua desdémona por sus simpatías y a mi ciencia, ¿es esta la misma Varya que hace tiempo me dio un hijo?
Miro fijamente la cara de la vieja, cruda y torpe, buscando a mi Varya, pero sólo subsiste en ella la preocupación por mi salud y la costumbre de llamar a mi sueldo nuestro sueldo y a mi gorro nuestro gorro.
Me da lástima contemplarla y para darle aunque sea un poco de consuelo le permito decir lo que se le antoje y guardo silencio incluso cuando emite opiniones acerca de la gente o se mete conmigo.
Esta impresión que le da en estos momentos, en estos últimos días, en estos días de su enfermedad, en estos días de enfermo y que, y Nikolai Stepanovich dice, son las afinaciones que el insomnio le produce, no se conforman con la esposa, sino con gran parte de la gente que lo rodea, entre ellos su hija y su hijo.
Habla de su hija y del cariño que le tiene de niño y, sin embargo, ahora, cuando ella entra después de la madre a saludarlo y despedirse porque se va al conservatorio, dice, "Cuando entra mi hija y me rosa las sienes con los labios, tiemblo como si me hubiera picado una abeja, sonrío forzado y vuelvo la cara".
El pensamiento del hijo, que está en Varsovia, un joven oficial del ejército ruso en Varsovia, le produce también una desgana enorme.
Es decir, su familia, los personajes cercanísimos, la esposa, el hijo y la hija, han dejado de ser para él presencias o recuerdos agradables.
Son formas que la enfermedad, el preludio de la muerte, le presenta como personajes que se han vuelto, que están distantes a él, donde la relación se ha cortado.
Y esto es, quizá, esta disgregación de los sentimientos, es quizá una de las normas de la literatura de Chekhov.
En una literatura como la rusa, donde el sentimiento gregario, el sentimiento colectivo, el sentimiento religioso, o el sentimiento nacional, era lo que creaba el pathos y la empatía en la vida del hombre, en la época de Chekhov, o como lo observa Chekhov, ha desaparecido.
La soledad, la dificultad de la existencia, de la coexistencia, es el fenómeno más claro que él observa en este mundo nuevo que se ha ido, que se va creando.
En una ocasión, un amigo, un amigo editor, bromeaba con Chekhov y le reprochaba que cada vez que leía uno de sus cuentos o relatos, eliminaba, cada vez que leía pruebas, eliminaba adjetivos, eliminaba descripciones y lo iba volviendo más esencial.
Y le dice el editor, "No le voy a dejar ya ver a usted más pruebas, porque al final me va a usted a entregar un cuento que va a decir solamente, 'El joven Iván se enamoró de la joven Bárbara.
Poco después se casaron y a los pocos meses fueron infelices'".
Y Chekhov le respondió, "Efectivamente, porque eso es lo único de lo que sé escribir".
Esta necesidad de acercamiento de esta forma del instinto, que se manifiesta muy fuerte, muy hermosamente en los relatos de Chekhov, termina casi siempre con la misma eliminación, desaparición del instinto, con la destrucción de los lazos.
Aquí el profesor ha tardado muchísimos años en ver cómo su familia le ha dejado de ser interesante.
Luego nos va a ir describiendo por qué.
Luego nos va a ir describiendo cómo ha visto que su esposa, a medida que han ido cambiando de situación en la vida, que él se ha vuelto más célebre, más eminente, más prestigiado, su esposa y su hija sucumbieron al mareo que la sociedad les produjo, cosa que a él no le sucede.
Sigue Nikolai Stepanovich en el primer capítulo, dándonos el relato de una jornada cotidiana.
La entrada de la esposa, la entrada de la hija, la llegada a la escuela, a la universidad, su visita a la universidad, donde da clase, que le parece lo más extraordinario, o algo de lo más extraordinario que todavía le pueda producir.
Este contacto con la juventud, con los estudiantes, con los hombres que van a sucederlo, con la sociedad del mañana.
Y allí, en la universidad, tiene a un asistente.
Y se detiene Nikolai Stepanovich en hacer algunos comentarios sobre este asistente.
Es un asistente trabajador, ordenado, pero carente de cualquier imaginación.
Un hombre disminuido voluntariamente.
Dice de él, de su asistente, "Trabaja de la mañana a la noche, lee libros sin cuento y recuerda a la perfección todo lo leído.
En este aspecto vale más que pesa.
En todo lo demás es un caballo de carga, o como suele decirse, un seporro ilustrado.
Los rasgos característicos del caballo de carga que le diferencian de la persona de ingenio, de talento, son los siguientes.
Sus horizontes son reducidos.
Y todo él se circunscribe al marco de la especialidad.
Y su falta de pensamiento independiente, cuya ausencia ni siquiera advierte, son ciegos y esclavos".
Son los de un ciego y un esclavo.
Es difícil disuadirlo de una idea.
En este sentido, aquí entra ya el elemento de la libertad o de la falta de libertad.
La imaginación y la carencia de imaginación, que para Chekhov es lo mismo.
Esta crítica a su asistente por no permitirse ninguna libertad fuera de la que le permiten las autoridades de su ciencia, y sobre todo las autoridades alemanas, lo va a repetir en la historia aburrida, lo va a referir a la literatura, a los literatos de la época, a los jóvenes, a quienes la libertad asusta, a quienes necesitan siempre un preceptor, un maestro que los guíe, a los escritores que necesitan presentarse de otra manera para que nadie imagine sus pensamientos reales, sus aspiraciones reales, sus ideales.
Este tema de la libertad y el rechazo a la libertad, a la libertad de pensamiento, a la libertad de acción, es un elemento que va a ser como un leitmotiv en el relato.
Y es una de las preocupaciones que se palpan, que se detectan en toda la obra de Chekhov.
En una carta escrita en 1888, es decir, ya hacia el final de su vida, no recuerdo aquí dónde tengo mi...
Bueno, ya luego lo veo.
En una carta a un amigo íntimo, un amigo íntimo que le dice, que le escribe también, que la gente puede... que muchos de los lectores no saben qué es lo que quiso decir, si quiso defender una idea liberal o una idea conservadora, que tiene que precisar más el concepto moral, el rasgo específico de su pensamiento, para que lo puedan entender.
Él le conté que algunas veces parece un fraile y otras veces un libertino, y que eso desorienta a algunos lectores.
Y entonces él contesta, "No soy ni liberal, ni conservador, ni gradualista, ni monje, ni indiferente.
Me gustaría ser un artista libre y nada más.
Lamento que Dios no me haya dado la fuerza para hacerlo del todo.
Odio la mentira y la violencia en todas sus formas.
El fariseísmo, la estrechez de miras, la arbitrariedad, no sólo reinan en casa de los comerciantes y en las comisarías de policía, sino que las encuentro también, más mal que bien, disfrazadas en la ciencia, la literatura y entre la juventud.
Me siento por encima de falsedades y prejuicios.
Para mí, lo más sagrado es el cuerpo del hombre, su salud, su inteligencia, su talento, su inspiración, su amor y su libertad, la más absoluta libertad que cualquiera pueda concebir, la libertad para oponerse a la violencia y a la mentira".
En este relato, como digo, estas palabras que ha escrito están debajo, en el subsuelo del relato.
En varias ocasiones, refiriéndose a científicos, refiriéndose a estudiantes, refiriéndose a literatos, a escritores, el reproche es siempre su ausencia de una libertad, la carencia de medios o de estímulos para ganar esa libertad.
Después de hacer un esbozo de su ayudante, de algunas personas de la universidad, del placer inmenso que le produce la exposición de un tema ante sus alumnos, que califica de esta manera, "No recuerdo discusión, coloquio, entretenimiento, juego que me haya proporcionado el placer que me proporcionan mis lecciones.
Sólo en la cátedra he conseguido entregarme íntegramente a mi pasión y comprender que la inspiración no es un invento de los poetas, sino que existe en la realidad.
Creo que Hércules, después de la más extraordinaria de sus hazañas, no sentiría la dulce languidez que yo experimentaba al terminar toda clase".
Luego habla de cómo este placer se tiñe de temor al saber que dentro de muy pocos sus condiciones físicas, en su enfermedad, se lo va a impedir.
Y al hablar de su clase y de su entusiasmo por ella, hay una tesis que Chekhov repite en muchas ocasiones, en sus diarios, en su correspondencia, en algunos otros cuentos, en su teatro, su amor por la ciencia, la liberación por la ciencia.
Recuerdan que la vez pasada...
Del pensamiento de Tolstoy, estas virtudes religiosas, del ayuno, la castidad, que le parece que las virtudes como el ayuno y la castidad no le satisfacen, y que él encuentra más amor al hombre en la electricidad y en el vapor que en esas aparentes virtudes.
Hoy ocupado de la muerte, lo único que me sigue interesando es la ciencia como hace 20 o 30 años.
En el momento de expirar, mantendré la convicción de que la ciencia representa lo más importante, lo más hermoso y lo más necesario en la existencia humana, que siempre ha sido y será la más alta manifestación del amor y que sólo con su ayuda el hombre podrá vencer a la naturaleza y a sí mismo.
¿Acaso esta fe peque de cándida y de desvariada?
Pero no tengo la culpa de pensar así y no de otra manera.
Y, desde luego, me declaro incapaz de sobreponerme a esta creencia.
Bueno, el siglo XIX es el siglo de la ciencia.
El siglo XIX es el siglo del positivismo.
En la ciencia, el filósofo positivista encuentra la única llave para la liberación del hombre.
El hombre superará, el hombre vencerá a la naturaleza y a sí mismo, como dice Chekhov aquí, como dice el profesor.
La ciencia ahora para nosotros es un espanto, ¿no?
La ciencia y la tecnología contemporánea, el mundo de clones, las deformaciones genéticas, la ciencia que ha creado toda una maquinaria que puede destruir en cualquier momento el mundo, que destruye constantemente la naturaleza, que degrada no solamente los entes biológicos, sino el ámbito en los que debe vivir, en esta época era ignorada.
Ahora vemos la ciencia destruyendo la naturaleza y destruyendo al hombre en muchos aspectos.
En este periodo era una de las soluciones que se encontraba frente al atraso de la humanidad, frente al pensamiento inquisitorial sobre la estrechez de mira, sobre la estrechez de pensamiento.
El XIX crea una gran corriente de apoyo a la ciencia en la que Chekhov confía totalmente.
Una de las cosas que más le impresiona a Thomas Mann en el momento en que escribe este estudio sobre Chekhov, del cual les leí el elogio de "La historia aburrida", es la pregunta que está al final de este cuento, "¿Qué hacer?"
La pregunta que alguien le hace a un maestro, "¿Qué hacer?"
y la respuesta, "No sé, no puedo darte ninguna respuesta".
Mann escribe ese estudio sobre Chekhov en la inminente posguerra, en Suiza, ante una Europa destruida, degradada, insegura, sin una certidumbre de futuro.
Dice que esta parte del cuento de Chekhov le produce una... le llega a partes muy cercanas a la pregunta que él y otros humanistas después de la guerra se preguntan, "¿Qué hacer?"
Esta es una pregunta que está en todo el siglo XIX ruso.
En toda la literatura XIX se encuentra el "¿Qué hacer?", "¿Cómo solucionar esto?", "¿Cómo volver?"
y las respuestas son múltiples.
Las respuestas son por la religión, por experiencias personales, por experiencias espirituales, por experiencias astrológicas, por experiencias políticas.
Tolstoy tiene un libro, precisamente uno de los finales, "¿Qué hacer?", un libro de ensayos políticos, un libro que plantea la situación de Rusia, el atraso de Rusia, el horror que él siente hacia la industrialización, hacia la pérdida de virtudes, de las virtudes de la tierra, que él asimila como virtudes religiosas, y el título es "¿Qué hacer?"
Y Lvov Tchernyshevsky, un gran pensador, un pensador de gran peso en el siglo XIX, escribe otro libro, "¿Qué hacer?", "Hershen", el liberal del XIX, exiliado en Inglaterra, "¿Qué hacer?"
Es una pregunta que parece formar parte del vocabulario moral y espiritual ruso.
Vuelve a insistir el personaje, el maestro, en el insomnio y cómo el insomnio le va afinando ciertas percepciones que nunca había tenido.
Este es el capítulo primero.
Son varios.
En todos ellos se va describiendo, sin algunas peculiaridades, del avance de su enfermedad, de su pérdida de fuerzas.
Siempre está referido a las circunstancias más cercanas, las comidas en la casa.
Parece un cuento muy rudimentario y tedioso.
La historia aburrida tiene, yo creo, este título, de esta forma, que es bastante engañosa, de irlo contando, como una historia de trivialidades.
En el día de personajes que entran y que salen, alumnos, maestros, todo.
En casi todas estas entradas de personajes a su estudio, a su alcoba, a su aula, hay una nota despectiva que a él le había parecido, que él va descubriendo en sí mismo, un sentimiento despectivo hacia los demás.
Ve claramente sus errores.
Y esos errores son la falta de seguridad, la falta de seguridad que les permite, como digo, que les permite su propia independencia.
El miedo a cortar un cordón umbilical que los ata a la familia, a la universidad, al trabajo, a la sociedad.
Nadie quiere ser verdaderamente.
El único personaje que no le suscita este recelo, esta preocupación por un adocenamiento que ve en todas las maneras, en todos los grados, es una visita que llega diariamente, que recibe diariamente en su casa.
Una joven pupila, una joven Katia, que ha sido su pupila, porque es huérfana, y él ha sido tutor, y que ha tenido una vida desgraciada.
Una vida desgraciada porque tiene una carrera teatral, que no cuajó en nada, tiene un amor desdichado, que está ligado a esta carrera teatral, tiene un hijo con un actor, se le muere el hijo, y después de estas tribulaciones, ha llegado a vivir a cinco cuadras, ha llegado a vivir de nuevo a la ciudad, a cinco cuadras de su casa, y la relación que se nos marca, el tono mismo del relato, adquiere una calidez que difiere del todo con la sequedad con la que Nikolai Stepanovich ha ido diseccionando a todos los demás como si fueran animales, como si fueran insectos, que va estudiando y marcando sus características, todas características negativas, pero el tono es el de un diseccionador de insectos.
En cambio, sea su mujer, su hija, el recuerdo de su hijo, sus colegas, sus alumnos, sus ayudantes, en cambio, en este momento, el relato toma otra tonalidad.
Al llegar Katia a su casa, a su estudio, que es una visita diaria, es una visita casi muda, porque el maestro trabaja y Katia lee revistas o ojea libros, le produce una plenitud que nada de todo lo otro que ha mencionado le podría producir.
Y aquí hay una de las reflexiones que hace el maestro, que es interesante.
"Varia y Lisa odian a Katia.
No consigo comprender su odio.
Para llegar a comprenderlo habría que ser mujer.
Respondo con mi cabeza de que de los 150 muchachos que veo casi a diario en mi aula y con un centenar aproximado de hombres maduros con quienes trato cada semana, apenas habrá uno capaz de justificar el odio y la repulsa al pasado de Katia, su relación de amor libre, el nacimiento de un hijo sin padre, la muerte del hijo, etc.
Bueno, apenas habrá uno de tantos cientos de hombres capaz de justificar el odio y la repulsa al pasado de Katia, es decir, al alumbramiento de un hijo ilegítimo.
Y no recuerdo una sola mujer, casada o soltera, que no haya sentido consciente o instintivamente ese odio y esa repulsa.
Ello no debe atribuirse a la mayor virtud y pureza de la mujer, pues la virtud y la pureza se diferencian poco del vicio, si no están exentas de sentimiento maligno.
Yo la atribuyo pura y simplemente al atraso de la mujer.
La compasión y el pesar del hombre moderno ante la desgracia me demuestran mucha mayor cultura y elevación moral que el odio o la repulsión.
La mujer de hoy es tan plañidera y dura de corazón como en la Edad Media, y a mi entender, llevan sobrada razón los que le aconsejan educarse como a los hombres.
Mi mujer odia a Katia también por otras razones, porque fue actriz, por su ingratitud, por su orgullo, por excentricidad, y por los innumerables defectos que una mujer puede encontrar siempre en las demás.
Este no es un juicio antifeminista ni una manifestación de misoginia.
¿No?
Los mayores, los más ordinarios personajes de Chekhov son mujeres.
Es un reproche a esta educación separada, a esta falta de instrucción.
La universidad todavía no es accesible a las mujeres.
Es un mundo de mujeres que viven fuera del universo intelectual del hombre, o emocional.
En el prólogo a "Las cartas de Chekhov", Mikhail Karlinsky, un estudioso ruso, dice, "En relación a la sonata Kreutzer y a Resurrección de Tolstoy, donde toda sexualidad, incluida la relación sexual dentro del matrimonio, era tratada como una abominación que sólo podía conducir a la perdición total, y contra ese pasado de terror, culpa y represión sexual, la actitud de Chekhov hacia el sexo llegó a Rusia como un refrescante aliento de salud.
Los meros conceptos de adulterio, de mujeres adúlteras, de mujeres caídas, tan importantes en la literatura rusa del siglo pasado, sencillamente no existen en lo que se refiere a Chekhov.
El hecho de que un hombre y una mujer no casados puedan dormir juntos no tiene dimensiones ni morales, ni inmorales.
No representan ningún valor en sus relatos, ni en sus obras teatrales.
Cuando en Chekhov el sexo es degradante, es porque los personajes involucrados lo han degradado, no porque la degradación esté implícita en la relación sexual, como a menudo sucede en Dostoyevsky.
La incapacidad de las mujeres, aún de las instruidas, para lograr su libertad y su independencia personal, sin la ayuda del hombre, es uno de los temas importantes del autor y es recurrente en toda su obra.
La excepción es la novia, su último cuento.
Chekhov considera que la mujer debería educarse al igual que el hombre para solucionar estas situaciones.
La grandeza del autor, concluye Karlinsky, no deriva sólo de su actitud ante la sociedad.
Lo que aún ahora nos hace admirarlo es la forma literaria radicalmente novedosa con que trata sus temas.
Chekhov creó un estilo absoluta y radicalmente personal, hecho a base de reflejos, de mínimos de reflexión, hecho a base de reflejos, de mínimos detalles, que expresan en su insignificante apariencia las contradicciones de la conducta humana.
Su método para construir un relato se asemeja al método musical.
Sus relatos son al mismo tiempo fluidos y precisos.
Las líneas a lo largo de las cuales él los construye, él construye estos relatos, son unas curvas complicadísimas, pero trazadas con extrema precisión.
Chekhov es excelente en el arte de trazar las primeras fases de un proceso emocional y en el hecho de iniciar los primeros síntomas de una desviación, cuando a los ojos de los demás y a los ojos del mismo narrador resultan apenas perceptibles.
Los cuentos de Chekhov son una especie de unidades líricas que es imposible dividir en episodios, porque cada uno de ellos está estrechamente condicionados por el todo y carece de significado autónomo.
Por su unidad arquitectónica, Chekhov supera a todos los escritores rusos del gran siglo de la Creación, es decir, el XIX.
Sí, me interesó aquí en estas notas cómo el comentario de Mirski a ciertas peculiaridades de los cuentos que se dan en la misma construcción, en el arte de construcción, en el arte de estructurar un relato.
De repente, aparece una línea ligeramente sesgada.
Rivero nos da una línea amplia, que es la presentación, y después va situando casi invisiblemente ciertas notas que van a tener un efecto posterior sobre la ruptura de esa primera línea y la ruptura posible que va a sufrir la trama o la evolución, antes de que el lector y aún el narrador del cuento, del relato, parezca percibirlo.
Aquí la presencia de Katia crea un cambio de tono en el relato.
Y la relación de Katia con el entorno, con el mundo, la relación de Katia con el profesor, con su mundo científico, profesional y familiar, va a crear otra tonalidad en el relato.
Hasta ahora, ha sido una enumeración que responde casi al título del libro, al título de la novela corta.
Una historia aburrida, una historia tediosa.
Un hombre que va contando qué hace todos los días, qué pasa, quién entra, con quién habla, qué características tiene, hasta que entra Katia y surge una nueva esencia narrativa, una nueva tonalidad narrativa.
A partir de este momento y engarzado a lo demás, a partir de esto, la novela va a encontrar su complementación, casi a esbozarse como novela.
Hasta ahora no lo ha sido.
En Chekhov, la trama se adelgaza hasta lo indecible.
Y esta novela es quizá el ejemplo más radical.
¿Cuál es la historia que cuenta Chekhov en una historia aburrida?
Hasta ahora no la hemos visto.
Hemos sabido simplemente que hay un profesor que es eminente, que pertenece a muchas academias, que es muy respetado, que tiene una mujer y una hija y un hijo lejano a los que ha dejado de querer.
Y que va a morir y que tiene insomnios.
Esto en sí no hace una novela, y menos una novela del siglo XIX.
La trama está adelgazada, está subterránea.
A partir de ahora, a partir de este momento, hay otros elementos, pero que van a ir trabajando subterráneamente de este relato que parece seguir de la misma manera que al principio, pero que ya es otro.
Va a seguir habiendo enumeraciones, va a seguir habiendo de actividades, de contratiempos, de temores por la próxima muerte, pero se le ha injertado a esta especie de diario, que no es diario, un grumo, un núcleo narrativo.
Un núcleo que se va a ir desarrollando sin salir nunca del todo a la superficie.
¿Ustedes leyeron todos o casi todos el relato?
Sí.
Bueno.
A partir de este momento, el profesor va a centrar casi todo en su interés en las visitas que le hace a Katia y las visitas que Katia le hace a él.
En los reproches que el maestro le hace a Katia, por la ociosidad con la que la ve vivir, por el desgano con que lleva la vida, por la falta de vigor, por la falta de emoción en esa vida, y los reproches que le hace ella también por no cuidarse, por no atender a su salud, por estar en manos de esas mujeres, dice Katia, que lo descuidan, que no se ocupan de él, que son unas nulidades, ¿no?
Y empieza una guerra sorda entre las mujeres de la casa del profesor y Katia en su departamento o en su dacha, donde siempre tiene lista un estudio para el maestro.
Y un personaje más, que es un filólogo, que llega de cuando en cuando, bueno, que llega de cuando en cuando, es decir, que llega todos los días a la casa de Katia, como por casualidad, como por azar, y que va sufriendo una transformación interior y física en estas visitas.
A partir de la aparición de Katia, al contarnos el pasado de Katia, que es mucho más interesante que cualquiera de los pasados que nos ha hablado el profesor de sus amigos o familiares, empieza verdaderamente una historia.
Sí, después de esta primera aparición de Katia, después de que se nos cuenta sus aflicciones en el pasado, su orfandad, su apasionamiento por el teatro, su desencanto por el teatro, su apasionamiento por un actor, la revelación de que ese enamoramiento no tiene sentido, el nacimiento de su hijo, la muerte de su hijo, van apareciendo aún más críticas las notas que el maestro, ¿cómo se llama?
Nikolai Stepanovich, va haciendo a su familia.
Casi inmediatamente después de la primera llegada de Katia a su casa, que nos dice, es una visita diaria, que se suspende cuando se oyen los preparativos ya de la mesa para la comida, a partir de entonces los comentarios de Nikolai Stepanovich hacia su familia son más y más ásperos, más y más agrios.
Las visitas de Katia al maestro y del maestro a Katia son diarias, sin embargo, la familiaridad va siendo más y más grande, hay una relación casi telepática, hay una relación casi emocional de una intensidad que Katia adivina las crisis del maestro.
Es tan íntima la relación que puede llegar a deshoras de la noche, es evidente que el maestro tiene una casa con una puerta inglesa, ventana inglesa, que son puertas hacia el jardín, porque Katia entra en varias ocasiones, a horas muy tardías, porque tuvo un presentimiento sobre la salud, sobre algo que está pasando en la casa, y casi siempre es correcto, a medida que Nikolai Stepanovich va teniendo, va agravándose, a medida que va agravándose su salud, va teniendo crisis y algunas de estas crisis son adivinadas por ella.
Al mismo tiempo, la relación de Nikolai Stepanovich con Katia va teniendo una fase casi posesiva, y la tertulia, o las conversaciones, los juegos que se presentan en la casa de Katia y todo, sacan de quicio a Nikolai Stepanovich.
Todas las noches sale pensando que estos dos personajes, Katia, su querida Katia, y el filólogo son unos sapos, porque se burlan de la vida, porque son irónicos, porque tienen un sentido crítico, escarnecedor, y a ciertas concepciones que él respeta, entonces se levanta, se indigna, los apostrofa, les dice que son unos sapos porque emiten veneno, sale jurando no volver y vuelve, claro.
Pero a medida que se repiten estas visitas, hay un momento en que el maestro tampoco siente el tránsito a esta admisión, a tres.
A estos juegos él empieza a participar y dice, "Ya no son dos sapos, sino tres, uno con una risa vieja y cascada, que es él".
Y toda esta situación de intensidad, toda esta situación de intensidad llega a un punto crítico, en el verano, donde pasa mucho más tiempo en la dasha de Katia que en su casa, donde van a recogerlo en un carruaje, Katia, van a recogerlo en un carruaje, y pasa y juegan, donde va viendo, él desde el principio ha visto, ha advertido signos de interés por Katia, del filólogo.
Va viendo cómo éste retrasa un viaje que tenía que hacer a Europa y no lo hace nunca.
Cómo además empieza a demacrarse, empieza a ser implorante.
Pero todo esto es así como pequeños vislumbres que no tienen ninguna prioridad sobre las otras circunstancias que está relatando el maestro.
Pero si se buscan, se unen, estamos en presencia de una pasión amorosa de la cual se nos dicen poquisísimas cosas.
Hay un clímax, uno de los pocos clímax que se dan en la novela, porque nunca se permite Chekhov, el pathos.
Un pathos, una alteración de tono, una crispación grave.
Hay un momento en que su esposa le dice, "Sé que vas a enfadarte", le está hablando a Nikolai Stepanovich, "sé que vas a enfadarte, pero es mi obligación prevenirte".
Perdona Nikolai Stepanovich, todos nuestros conocidos y vecinos han empezado a murmurar que vas demasiado a menudo a casa de Katia.
Es una mujer inteligente e instruida, no lo discuto.
Con ella se pasa el tiempo agradablemente, pero a tus años y con tu posición social, vamos, es extraño encontrar placer en su compañía.
Por otra parte, tiene una reputación que, y ahí la corta él, "la sangre se me revuelve en el cerebro, mis ojos despiden chispas, me levanto de un salto y la cabeza entre las manos, pateando el suelo, grito con voz totalmente desconocida, déjame, déjame, déjame.
He puesto una cara horrible y hablo con voz extraña, porque mi mujer palidece repentinamente y exhala un grito con acento de desesperación.
Al oírnos, acude en Lisa, la hija, Necker, el novio de la hija, y luego Yegor, el mayordomo.
Dejadme en paz, vocifero, fuera de aquí, dejadme.
Las piernas se me aflojan, no las siento, noto como caigo en brazos de alguien, oigo llantos por poco tiempo y sufro un desvanecimiento que ha de durar dos o tres horas".
Es la crisis más fuerte que se ha presentado en la enfermedad.
Después y casi al final hay una crisis moral, hay una crisis de anagnorisis, como decían los viejos, de reconocimiento personal, de reconocimiento de su ser, que lo asusta mucho.
Pero esta es la más estridente, la más llamativa, y es en referencia a los reproches que su mujer le hace por las visitas a Katia, por estas frases venenosas, como esta de "pero a tus años y con tu posición social, vamos, me parece extraño que encuentres placer en su compañía".
Por otra parte, tiene una reputación que es de todas las, en todo el relato, en toda la historia aburrida, quizás el momento en que más se advierte esta relación estrecha del viejo maestro con su antigua pupila.
Y al final, ya estamos muy cerca del final, al final él sabe que va a morir, no quiere tener mayores problemas con su familia, va a cumplir, aunque sea formalmente, a cumplir formalmente los ruegos o las exigencias de ellos.
Y para esto tiene que hacer un viaje a Kharkov para conocer los antecedentes de la familia del novio de la hija, para saber cuál es su situación, quiénes son, si lo que el novio ha dicho es cierto o no es cierto.
Y en ese momento ya muy, muy, muy desgastado, va a tener una crisis terrible.
Pero entre las muchas, muchas, muchas cositas que se van diciendo, que va anotando en este diario, dice poco antes de salir a Kharkov, "Hace tiempo que Mijail Fyodorovich, el filólogo, debe partir de viaje al extranjero".
Él ya lo había dicho desde hace tiempo, dentro de poco iré a despedirme de su señora porque viaja al extranjero.
"Debe partir de viaje al extranjero, pero lo aplaza todas las semanas.
Últimamente se han operado en él ciertos cambios, se encorva, se embriaga, cosa que antes jamás le ocurría, y sus negras cejas comienzan a encanecer.
Cuando nuestro carricoche se detiene ante la puerta, en el que van Katia y Nicolay Fyodorovich, no oculta su alegría y su impaciencia.
Nervioso, ayuda a descender a Katia y a mí, nos hace preguntas precipitadas, siempre se frota las manos, y aquel rasgo de suplicante timidez y de pureza que antes se percibía solo en su mirada, ahora se ha extendido a todo su rostro.
Se alegra y al mismo tiempo se avergüenza de su alegría.
También le da reparo su costumbre de visitar la casa de Katia todas las tardes, y cree indispensable motivar su visita de algún modo, llegando incluso a absurdos de este género.
Pasaba por aquí cerca y se me ocurrió entrar un ratito.
Bueno, este párrafo está incorporado, está incrustado en varias páginas, donde no se habla de la relación de Katia, sino se habla de cómo pasean, cómo es el coche, cómo va percibiendo el paisaje él, y de repente esto nos hace continuar esta historia secreta, esta historia que nunca vamos a entender bien a bien, cómo está conformada, qué componentes tiene.
Este hombre que al principio era muy frívolo, muy mordaz, muy paródico, se ha ido encogiendo, es muy suplicante, los adjetivos nos van dando una calidad de degradación, de declinación de su persona ante un poder mayor, ante un imperio superior a él, que es Katia, solamente puede ser.
Esta cosa de excusarse por pasar ahí cuando era lo lógico, cuando era lo habitual en toda la historia que pasara, era posponer el viaje al extranjero, todo esto va a tener una conclusión, o una posible conclusión, porque el cuento nunca concluye, nunca sabemos qué va a ser, que es el momento en que Katia va a pedirle consejo al maestro, en que Katia le pregunta qué hacer, qué puede hacer, dígame una palabra, y él no le puede decir nada, pero el maestro ve que en el bolso de Katia hay una carta abierta, una página abierta, que es una carta con la letra de él, y hay la palabra pasión, que es lo único que puede concluir.
Bueno, estamos terminando la lectura de "Historia aburrida".
Cuando va Harkov en búsqueda de antecedentes de la familia de su posible yerno, tiene una de las peores noches, una de las peores crisis nocturnas, en que cree que no va a poder amanecer, en que cree que esa es la noche definitiva.
Es esta parte.
Y escribe, "Se dice que los filósofos y los sabios auténticos son indiferentes.
Mentira.
La indiferencia es la parálisis del alma, la muerte prematura".
Y aquí viene el examen de conciencias, el último examen, cuando está ya postrado.
"Antes, cuando me venía el deseo de comprender a alguien o a mí mismo, no me guiaba por los actos donde todo es condicional, sino por los deseos.
Dime lo que quieres y te diré quién eres.
Ahora me examino.
¿Qué quiero?
Quiero que nuestras mujeres, nuestros hijos, nuestros amigos y nuestros alumnos amen a la persona que hay en nosotros, en cada uno, y no el nombre, la firma o la etiqueta.
¿Qué más?
Quisiera tener ayudantes y discípulos.
¿Qué más?
Desearía resucitar dentro de cien años y ver, aunque fuese con el rabillo del ojo, hasta dónde habría llegado la ciencia.
Quisiera sí mismo vivir otros diez años.
¿Y qué más?
Pues nada más.
Estás un rato cabilando, y por más que cabilo no logro acordarme de nada.
Aunque pensase mucho y volasen cuando volasen mis pensamientos, sé muy bien que en mis deseos falta algo importantísimo, algo esencial.
En mi pasión por la ciencia, en mi deseo de vivir, en este meditar sentado en una cama ajena, en el afán de conocerme, en las ideas, las sensaciones, y los conceptos que formo sobre todas las cosas, falta algo común que funda todo en un solo conjunto.
Cada sentimiento y cada idea viven en mí separadamente, y en todos mis juicios sobre la ciencia, la literatura o los alumnos, y en todos los cuadros que me dibuja la imaginación, el más experto analista no encontraría lo que se llama una idea general, o dicho de otro modo, el Dios que existe en el hombre vivo, el Dios del hombre vivo.
Y faltando esto, no hay nada.
En ese momento, cuando siente que ninguna de las cosas que le interesan en la vida tienen una relación común, nada entabla un concepto unitario, en medio de semejante pobreza, ha bastado una dolencia seria, el temor a la muerte, la influencia de las circunstancias y de los hombres, para que todo aquello que antes consideré mi ideario, y en lo que veía el sentido y el placer de mi existencia, se haya vuelto patas para arriba y haya estallado en mil pedazos.
No es pues de extrañar que yo mismo haya entenebrecido los meses postreros de mi vida con ideas y sentimientos dignos de un esclavo, de un bárbaro, que ahora sea indiferente a todo, y ni siquiera advierta la llegada del alba.
Cuando al hombre le falta ese algo que está por encima de todas las influencias externas, y es más fuerte que ellas, basta un buen catarro para hacerle perder el equilibrio.
En tales momentos, su pesimismo u optimismo, con todos sus pensamientos grandes y pequeños, revisten tan solo trascendencia de síntoma.
Estoy vencido.
Bueno, en esta última noche de Jarkov, este hombre eminente, este hombre que hasta en esta misma noche, poco antes, recuerda su fama al leer el periódico de la ciudad donde está, que anuncia su visita a la ciudad, el hotel donde se aloja, y los méritos que tiene, los títulos en el extranjero y en el interior, concluye con que su vida nunca ha logrado unificar nada.
Todo ha sido, todo ha estado parcelado.
No hay un concepto que lo unifique.
Todo se le vuelve trivial, todo se le vuelve anecdótico.
Vivir o no vivir ha sido lo mismo.
Y en ese desplome ontológico, en ese desplome del espíritu, de sus valores, se aparece Katia, desesperada, que dice que no puede llevar esta vida que lleva.
Él muchas veces le ha reprochado su negatividad ante la vida y ella está consciente.
Quiere que le dé un consejo, quiere que le diga qué hacer.
Y él, que acaba de tener esta crisis, donde ha visto que no sabe nada, no conoce nada, nada tiene sentido, lo que le diga o no diga puede ser una trivialidad, prefiere, por honradez, por modestia, dice él, callar.
Es decir...
"No puedo aconsejarte nada, Katia".
Y ella dice, "Ayúdeme, no me abandone.
Usted es mi padre, mi único amigo, usted es inteligente, instruido, tiene larga experiencia de la vida, ha sido profesor, dígame qué debo hacer".
"No sé, Katia, no sé, estoy desorientado", ya esto lo piensa él, "estoy desorientado, confundido, emocionado por los sollozos de ella y apenas puedo sostenerme de pie.
Mira, Katia, será mejor que desayunemos", le digo sonrientemente, sonriendo forzadamente, "basta de llantos".
Entonces ella se despide, "¿Vamos a desayunar, Katia?", le digo, "no, se lo agradezco", responde fríamente.
Se levanta y con una sonrisa fría, sin mirarse siquiera, me tiende la mano.
"Quiero preguntarle, entonces, ¿no vas a venir a mi entierro?", le dice que se va a Crimea, al Cáucaso, "pero él ha visto la carta con la palabra 'pasión' de él, pero ella no me mire y su mano está fría, parece la de una extraña.
La acompaño en silencio hasta la puerta, echa a andar por el largo pasillo sin volver la cabeza, sabe que la sigo con la vista y probablemente se tornará a mirarme al doblar la esquina, pero no, no se vuelve, su vestido negro brilla por última vez, se apagan sus pasos, adiós tesoro mío".
Y ahí termina la historia aburrida.
La historia aburrida puede... puede explicarse de varias maneras.
Cada quien puede crear una historia en torno a los datos que Chekhov, que el personaje de Chekhov va desgranando en esta especie de reseña de sus últimos, de su muerte.
Es la historia del final de una vida, de una pasión, que hasta dónde esta pasión no está nutrida de celos, de... no está herida por la presencia de otro hombre, no lo sabemos.
Todo puede suscitar, cada quien tendrá que explicarla y reconstruirla.
Simplemente nos ha dado una especie de parábola con varias interrupciones en las que se nos dice, pues, una... una historia de las mentalidades, la vida de una familia rusa de cierto prestigio, los enigmas que la muerte presenta, las susceptibilidades familiares o interiores, ciertas cosas exteriores, y una historia sumergida de la cual van apareciendo primero un grumo, un núcleo narrativo, luego algunas frases, luego un párrafo, luego una palabra final en una carta de lo que por otra parte no sabemos más.
Nos veremos el miércoles con...
"La celda" o "El pabellón número seis".
Gracias. [música] [música] [música] [Música]
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
OBSERVACIONES
Archivo que tuvo la CUID M-08392
INGESTO
Jorge Vallejo Gutierrez
BARRA
Divulgación
TEMA_CONTENIDO
Revisiones de autores mexicanos a obras literarias de alcance universal
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
REALIZACION
Sergio Nahúm Moreno Sotelo
PRODUCCION
Sergio Nahúm Moreno Sotelo

