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MW-10010
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Esta obra ofrece un recorrido exhaustivo por la herencia cultural de México a través de su producción artística, abarcando desde los orígenes prehispánicos hasta la era contemporánea. Presenta una visión unificada que destaca lo más profundo y valioso de la identidad nacional, plasmada en cuatro periodos fundamentales: prehispánico, virreinal, independiente y contemporáneo. Se propone como una celebración del arte como máxima expresión del rostro creativo de México
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Recorrido por el arte mexicano desde la época prehispánica hasta la actualidad, mostrando lo más profundo y valioso de nuestra identidad nacional
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SINOPSIS_PROGRAMA
La cultura nació en el territorio de lo que hoy es México hace más de tres mil años. Como todas las civilizaciones antiguas, la mesoamericana se enfrentó al desafío de las fuerzas naturales y convirtió en manifestaciones de los dioses a muchos de sus elementos. Surgieron entonces las expresiones artísticas de una misteriosa cultura que conocemos con el nombre de Olmeca, una de las culturas fundacionales de Mesoamérica
EXTRACTO_PROGRAMA
La cultura en México nació hace 3 mil años. Civilizaciones como la olmeca, fundacional en Mesoamérica, transformaron las fuerzas naturales en expresiones artísticas y manifestaciones divinas
N_PROGRAMA
1
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:52:06:17
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Carlos Fuentes (1928-2012)
Escritor, diplomático y ensayista mexicano. Reconocido como una de las figuras centrales de la literatura hispanoamericana del siglo XX, fue parte del llamado "Boom latinoamericano". Su obra abarca novela, cuento y ensayo, explorando la identidad mexicana, la historia y las tensiones entre modernidad y tradición. Entre sus libros más destacados se encuentran La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Terra Nostra (1975). Desempeñó también una importante labor diplomática y recibió múltiples premios internacionales, consolidándose como una voz influyente en el panorama cultural y literario.
Guillermo Sheridan (1950-)
Ensayista, editor y crítico literario mexicano. Ha desarrollado una amplia labor de investigación sobre la poesía mexicana moderna, especialmente en torno a la obra de Octavio Paz y otros autores del siglo XX. Ha sido profesor, coordinador de proyectos académicos y colaborador en diversos medios culturales. Su trabajo combina el análisis literario con la divulgación crítica, lo que lo ha convertido en una referencia en los estudios literarios contemporáneos de México.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
INSTITUCION_PRODUCTORA
CONACULTA | Coordinación Nacional de Medios Audiovisuales (CNMA) | TELEVISA
TRANSCRIPCION
Guiados por el jaguar de los Olmecas, ascendemos a los altos miradores de los antiguos mexicanos. Y desde ahí vemos un país inmenso, un país en forma de corducopia. Algunos de sus frutos son dulces, otros amargos.
México ha sido comparado a un país de tres pisos. El primer piso, la costa tropical. El segundo piso, los valles sub-tropicales y templados. El piso más alto, los grandes macizos montañosos y los altiplanos.
Cuando el emperador Carlos V le preguntó a Hernán Cortés que le describiera ese país que acababa de conquistar, el capitán español tomó un duro pergamino de la mesa del emperador, lo hizo un puño y volvió a depositarlo sobre la mesa diciendo eso, es México.
País de valles aislados que se convierten en montañas, montañas que se convierten en desiertos, país de comunicaciones difíciles, cortado a la mitad por el trópico de cáncer y recorrido de norte a sur por las dos vertientes de la Sierra Madre, hasta culminar con los grandes volcanes, el Popocatépetl, el Iztásíhuatl, el Nevado de Toluca, el Sítlaltépetl.
Qué extraordinario esfuerzo le requirió a los primeros mexicanos crear en medio de esta naturaleza desafiante sus grandes templos y ciudades.
¿Qué amor les llevó a crear tan extraordinarias obras de arte, pinturas, esculturas, poemas, cánticos? ¿Y con qué voluntad opusieron un mundo humano tanto a la naturaleza como a los dioses?
Cuicuilco, La Venta, Cacáxtla, El Tajín, Teotihuacan, Sochicalco Mitla, Montialban, Tula. Estos son los nombres baptismales de los antiguos mexicanos.
La cultura nación el territorio de lo que hoy es México hace más de 3 milenios Fue el amanecer luminoso de una civilización que surgió y se desarrolló sola, aunque desde época a temprana tuvo contacto con América del Sur.
Fue una cultura original, con un legado artístico, enigmático y en ocasiones inescrutable. Esa gran civilización que conocemos como Mesoamericana encierra múltiples misterios que no han terminado de resolverse.
Mesoamérica abarco un territorio que comprende parte de lo que hoy es México y Centroamérica. A lo largo de 35 siglos, desde el año 2000 a.C. hasta su ocaso en 1521 con la conquista española, florecieron en Mesoamérica gran diversidad de culturas conformadas por características comunes, una sola civilización con múltiples rostros.
El paisaje de Mesoamérica se cubrió de centenares de centros ceremoniales y ciudades, algunas de ellas más grandes y pobladas que sus contemporáneas europeas.
Epicentros de religión y de poder, nudos de comercios y de vidas cuyo diseño urbano tomó en cuenta los puntos cardinales y las trayectorias astrales.
Centros urbanos presididos por pirámides, la forma emblemática de la arquitectura prehispánica, armonizados por un manejo magistral del espacio exterior en el que tenían lugar sus fastuosas ceremonias religiosas y políticas.
La diversidad cultural se unificaba bajo las cuadrículas de la cosmovisión. como todas las civilizaciones antiguas, los mesoamericanos se enfrentaron al desafío de las fuerzas naturales y convirtieron en manifestaciones de los dioses a muchos de sus elementos.
El sol, la luna, la lluvia o el fuego, convivían con los hombres y fueron representados en diversidad de formas y estilos, unidos por una idea del mundo que fue común a todos los pueblos mesoamericanos.
Los antiguos mexicanos tenían una concepción dualista del universo. Nacimiento, muerte, día, noche, lluvia, sequía, ciclo perene de creación, destrucción.
Los enigmas del cosmos se resolvían en un choque constante entre fuerzas antagónicas que debían ser apaciguadas. El deseo de que se tornaran más venebolas engendró una impenetrable jungla de dioses y de símbolos.
Lo que hoy nombramos arte de Mesoamérica no es sólo entonces la múltiple huella de una expresión estética, sino también el testimonio de una necesidad religiosa que en ocasiones se combinaba con fines de dominación política.
A pesar de su variedad, los rasgos de muchas los rasgos de muchas de estas deidades muestran una asombrosa continuidad desde la aparición de su pensamiento mágico-religioso hasta el colapso de su civilización.
Huehueteotl, Dios del fuego, también conocido como el Dios viejo, aparece en Cuicuilco, en el Altiplano Central, hacia el siglo III a.C. Es el mismo que vemos en Teotihuacán y el de esta cerámica de la cultura del golfo.
Esta imagen azteca de Huehueteotl fue esculpida en el siglo XV. Entre la primera y la última obra transcurrieron 1.700 años. Lo mismo ocurre con Tlaloc, Dios de la lluvia, que define sus caracteres distintivos en Teotihuacán. Toma el nombre de Chaac, entre los mayas, y se denomina “Cocijo" entre las culturas zapoteca y mixteca de Oaxaca.
Observadores del movimiento celeste, los antiguos mesoamericanos alcanzaron altos conocimientos astronómicos y matemáticos que aplicaron con maestría en la elaboración de calendarios de asombrosa exactitud, sólo igualada hasta la edad media en Europa.
Asimismo, antes que cualquier otra civilización en el mundo, los antiguos mayas descubrieron el cero. La Mesoamericana fue una religión agrícola. Descubrieron y domesticaron la planta del maíz, que se volvió la base no solo de su alimentación, como lo fueron el arroz y el trigo en otras latitudes, sino también el fundamento de su cultura.
Del maíz se manaban las fuerzas de la naturaleza transformadas en deidades para que ellas hicieran posible la continuidad de la planta sagrada y de la vida.
El juego ritual de pelota es otra evidencia de la continuidad cultural de Mesoamérica. Su afición o devoción se extendió a todos los confines de su geografía. Hasta ahora han sido descubiertos más de 1500 campos para ese deporte sagrado asociado con el sacrificio.
En el mundo prehispánico existió un desarrollo intelectual avanzado y complejo que paradójicamente convivió con un relativo atraso tecnológico debido al desconocimiento del uso práctico de la rueda y hasta muy tardíamente del metal.
Por carecer de animales de tiro, en Mesoamérica no existieron ni el arado ni el carro de guerra. Para el conocimiento de estas culturas se cuenta, en muchos casos, solo con el lenguaje de sus obras artísticas.
Aunque las fuentes originales escritas no son escasas, su desciframiento es extremadamente complicado.
Si bien el arte revela con viva ilocuencia lo más auténtico y profundo del alma de los pueblos, Las creaciones artísticas del México antiguo están impregnadas de una compleja simbología que no ha resultado fácil de centrañar.
Sus pinturas y esculturas poseen, además de una magnífica factura, una misteriosa fuerza expresiva. Pero ¿qué nos dicen? En su intento por develar los secretos de estas obras completamente originales, estudiosos de todo el mundo han intentado elaborar una estética del arte mesoamericano, partiendo del pensamiento mágico-religioso de sus creadores.
Algunas visiones europeas han intentado juzgar el arte de cualquier región del mundo con base en los canones establecidos por la estética grecolatina. Ello resultan no sólo injusto, sino limitante y simplificador.
Salvador Toscano postuló que "lo terrible y lo sublime" eran los conceptos definitorios del arte mesoamericano. Mientras que Paul Westheim encontró que el dualismo es el principio esencial del mundo precolombino.
Las manifestaciones más antiguas de la imaginación plástica en estas tierras surgieron diez mil años antes de Cristo. El hombre prehistórico se impuso paulatinamente al mundo que lo rodeaba en la medida en que se afirmó como ser racional y expandió las posibilidades de su imaginación.
Así, plasmó en el norte de México su potencial creativo en pinturas rupestres como estas encontradas en Baja California Sur.
Datan de 7.500 años antes de Cristo y han sido declaradas por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuatro mil años antes de Cristo empezaron a surgir las primeras sociedades agrícolas sedentarias que lograron domesticar varias plantas como el frijol, la calabaza, el aguacate y el maíz.
Hacia 2500 antes de Cristo aparecieron dos fenómenos que marcan el inicio del llamado "período preclásico" o "formativo de la civilización mesoamericana", nuevas formas de organización social y alfarería.
La cultura germinó sobre tres pilares, sedentarismo, agricultura y alfarería. La cerámica tuvo fines meramente utilitarios para almacenar alimento so beber agua.
En Tlatilco se produjeron las célebres estatuillas de barro conocidas como "Mujeres Bonitas", símbolo vivo de la fecundidad y expresión de la sensualidad del cuerpo femenino.
Las bicéfalas aluden al principio de dualidad. Poco a poco los antiguos mexicanos fueron enseñando a mentir al barro, como decían los nahuas, hasta convertirlo en maravillas de gracia y delicadeza.
Durante el período preclásico, hubo manifestaciones culturales en varias regiones de Mesoamérica. En el Altiplano Central, lo que hoy es la Ciudad de México y sus alrededores, en la costa del Golfo, en el área Maya. En Oaxaca y en el Occidente.
Entre todas ellas, los Olmecas se erigieron como una de las culturas fundacionales de Mesoamérica. La cultura Olmeca floreció junto a ríos y pantanos, en un terreno de exuberante vegetación, parte de los territorios de los actuales estados de Tabasco y Veracruz.
Sus principales asentamientos se ubicaron en la venta, San Lorenzo y tres sapotes. Presisten infinidad de enigmas alrededor de los Olmecas.
No sabemos siquiera cómo se llamaban así mismos, ni qué lengua hablaban.
Los conocemos por Olmecas, habitantes de la región de Lule, porque así los nombraron los mexicas más de mil años después. Resulta realmente asombroso que en el origen mismo de la civilización mesoamericana, esta cultura primigenia haya creado obra de espléndida factura y complejidad simbólica, solo igualada a cientos de años más tarde por los mayas y los aztecas.
Por ello, los Olmecas constituyen una de las culturas más enigmáticas de la humanidad. Su inconfundible y magistral estilo artístico marcó de manera indeleble el espacio y el tiempo del México antiguo. Desde su origen en las costas del Golfo, las culturas del México antiguo han evocado la leyenda de los cinco soles, como una manera de medir el tiempo del hombre sobre la tierra.
El sol nace, asciende a su cénit, desciende y muere, solo para renacer al día siguiente y reanudar el ritmo de la vida. El primer sol de México viene del Oriente y aparece en las costas del Golfo, es la cultura Olmeca.
Que como otras grandes civilizaciones, la de Mesopotamia, la de Egipto, nace junto a los grandes ríos y ahí se establece como cultura sedentaria.
Establece espacios ceremoniales, levanta pirámides y en las estelas fija su tiempo y su linaje. Pero como en todas las culturas aboriginales, la de los Olmecas también presenta una tensión sorda entre el hombre y los dioses.
Las colosales cabezas de la cultura Olmeca siempre me han parecido como cabezas de dioses pugnando por salir de la tierra. Las cabezas monumentales Olmecas han asombrado al mundo de la arqueología y el arte desde 1862, en que fue descubierta la primera de ellas en el poblado de Hueyapan, Veracruz, hoy conocida como el Monumento A de Tres Zapotes.
Las facciones negroides del personaje representado hicieron pensar a su descubridor, José Melgar, que provenía de etiopía, especulación sin fundamento, ya que los primeros inmigrantes africanos llegaron a América hasta el siglo XVI, cuando fueron traídos en calidad esclavos por los colonizadores españoles.
Hasta ahora se han descubierto 17 que por primera vez se muestran juntas en televisión.
Estos inmensos monolitos de expresión sabia guardan celosamente su misterio.
Fueron esculpidos en piedras volcánicas que pesan entre 6 y 50 toneladas y tuvieron que ser transportadas entre 60 y 100 kilómetros hasta el lugar en que fueron colocadas, lo que implicó una organización sociopolítica avanzada, así como una sorprendente destreza tecnológica.
Las cabezas de San Lorenzo constituyen el grupo de mayor perfección artística debido a la calidad de su factura y la profundidad de su expresión.
La cabeza uno de San Lorenzo es la más grande de este grupo. Su mirada apacible, perdida en el tiempo y la suavidad de sus facciones, le confieren un carácter de tranquilidad. Se le conoce como el rey.
La muy deteriorada cabeza dos presenta evidencias de destrucción intencional. Esta obra tiene forma semitriangular, con el vértice trunco hacia abajo, lo que la hace ver pequeña. El personaje representado es joven y expresa una cierta candidez.
Tal vez la más armónica de todas las cabezas monumentales olmecas es la cabeza cuatro de San Lorenzo. Formalmente perfecta, es una obra maestra que expresa los más altos valores de la espiritualidad humana, aunados a una serena sensualidad Su verticalidad, sus vigorosas facciones, la inteligencia de su mirada y su actitud de profunda concentración, dotan a esta escultura de una impresionante energía y fuerza expresiva. Es un vivo retrato de la sabiduría.
Esta tiene un tocado que se distingue por llevar dos garras de ave de presa a los lados.
Su entrecejo fruncido, su estrabismo y la calidad del modelado de sus facciones le confieren un carácter de poderío y firmeza.
La cabeza 6 de San Lorenzo, ligeramente asimétrica, tiene una expresión de dureza. La erosión impide apreciar la verdadera expresión de la cabeza 7.
La ocho de San Lorenzo destaca por la pureza y el rigor de su composición simétrica. La precisión del diseño, su impecable factura y la expresión de onda-reflexión, serenidad y señorío del personaje dan testimonio de la insondable sapiencia de sus creadores.
Esta, en cambio, esbosa una leve sonrisa. Con su elaborado tocado, la cabeza 10 de San Lorenzo representa a un joven de expresión apacible.
Las cuatro cabezas provenientes de la venta en Tabasco, Quizá no tienen la calidad de factura de las de San Lorenzo, pero no por ello dejan de ser impresionantes y grandiosas.
La uno es la mejor conservada y la de mayor calidad escultórica de esta zona. Es una figura asimétrica. Su rostro adusto está imbuido de severidad.
Proyecta la personalidad de un hombre iluminado. De armónica proporción y estructura lograda, la cabeza 2 de la venta esboza una sonrisa, lo que le imprime jovialidad.
Más esbelta que las otras, esta, la más dañada de todas, parece haber sido mutilada intencionalmente. La cabeza cuatro fue esculpida en un tipo de basalto distinto al de las otras cabezas
de la venta, por lo cual muestra una erosión a manera de desprendimiento de láminas de piedra.
Las cabezas de tres sapotes son las menos conocidas y las de menor calidad artística. La cabeza uno, conocida como el monumento A de tres Zapotes, es célebre por haber sido la primera en ser descubierta.
Su factura es defectuosa y es la más pequeña de todas.
La cabeza dos, conocida como monumento Q de tres Zapotes, revela una personalidad recia y firme.
En 1970 fue encontrada la cabeza conocida como "de la cobata", que a diferencia de las demás, representa a un individuo muerto.
Se ha dicho que estas obras son retratos en piedra de guerreros, gobernantes o jugadores de pelota.
En efecto, lo más probable es que se trate de personajes de alta jerarquía dentro de la sociedad olmeca, tal vez chamanes, sacerdotes y gobernantes, que combinaban sus funciones mágico-religiosas con el ejercicio del poder político.
Para Beatriz de la Fuente, las cabezas colosales no son exclusivamente retratos de personajes. Son, además, expresiones simbólicas de ideas y creencias profundamente arraigadas en la cultura que las creó.
Son retratos de individuos, a la vez que símbolos culturales. Creaciones únicas e inconfundibles en la historia del arte universal, las cabezas monumentales olmecas son la expresión de un pueblo que quiso exaltar la dignidad del hombre. Hombres congelados en piedra, símbolos culturales hundidos en el silencio de la naturaleza, cuyos secretos viajan en la noche de los tiempos.
Pero quizá todo esto lo vigila el jaguar, un jaguar comparable al de las pinturas del aduanero Rousseau o a ese tigre del famoso poema de William Blake que brilla en las selvas de la noche.
Y es también quise el jaguar, el que guía a los pueblos de la costa hacia el alta meseta metafísica de Oaxaca, de Montialván, para que allí lo sagrado y lo profano se reúnan y el mundo vuelva a nacer.
El jaguar ocupa un lugar preponderante dentro de la iconografía Olmeca. Así lo han señalado la mayoría de los especialistas. Otros han exaltado la importancia de la serpiente y algunos más han descubierto lo que llaman el dragón Olmeca, combinación de cierpe y ave con algunos rasgos felinos.
El debate se asemeja a un juego de adivinanzas premiado por el rigor científico.
A pesar de su importancia como animal sagrado, las representaciones realistas de Jaguar son escasas en el arte Olmeca.
Esta pequeña obra maestra puede ser la representación plástica de un rito chamánico. La figura de Jaguar se funde con el clásico personaje sobrenatural Olmeca, que aparece en muchas otras esculturas. que aparece en muchas otras esculturas.
El personaje parece realizar un viaje mágico, recostado sobre el lomo del Jaguar, sujetándole la cola para invuirse de sus poderes sobrenaturales.
Desde los remotos tiempos de los Olmecas hasta los Mexicas, hay una línea de continuidad del jaguar como animal sagrado. Los Olmecas tampoco esculpieron muchas imágenes realistas de serpientes.
En el monumento 19 de la venta, una serpiente de Cascabel envuelve a un personaje. Lo excepcional de este relieve es que en él están representados los elementos esenciales de la serpiente emplumada, uno de los símbolos centrales de la religión mesoamericana.
Este maravilloso ejemplo de continuidad del simbolismo mágico-religioso en el México antiguo se confirma en las múltiples representaciones de serpientes emplumadas a lo largo de la historia y de la geografía de Mesoamérica.
El destacado artista mexicano Miguel Cobarruvias realizó un minucioso estudio del estilo Olmeca para mostrar la continuidad de sus elementos iconográficos y su influencia en culturas de oaxaca, los mayas y los mexicas.
El resultado hace evidente el influjo de la simbología y de la estética de la cultura fundacional Olmeca sobre sus continuadores.
Además del jaguar y la serpiente, se ha identificado a un animal mitológico llamado Dragón Olmeca, constituido por elementos de caimán, águila, jaguar, serpiente y algunos rasgos humanos.
Este ser mitológico, representado en las hachas votivas, está vinculado con la fertilidad de la tierra, el maíz, las nubes y la lluvia, el agua, el fuego, así como con el poder de los gobernantes.
El arte y la simbología olmeca se caracterizan por su capacidad de sintetizar y estilizar elementos de diversos animales, combinándolos mediante una asombrosa imaginación plástica que alterna el realismo con la abstracción.
La prodigiosa imaginación de los Olmecas creó otras misteriosas esculturas monumentales en monolitos con forma de prisma rectangular que han sido llamados por los arqueólogos "altares" y más recientemente "tronos".
El identificado con el número uno de la venta, muy deteriorado, parece una representación del dragón Olmeca.
El trono, designado con el número cuatro, representa un hombre de tamaño natural, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, que surge de un nicho.
Con la mano izquierda se toma un tobillo y con la derecha sujeta una cuerda asociada con las relaciones dinásticas, la cual es recibida por un personaje, esculpido en alto relieve.
Sus facciones no coinciden con la fisonomía Olmeca, sino con la maya, pueblo que apareció tiempo después. Arriba del personaje central hay una especie de corniza con un relieve de un animal mitológico que la mayoría de los especialistas han identificado como un jaguar.
El poeta Ruben Bonifas Nuño mira en ese relieve dos serpientes vistas de perfil cuyos hocicos se unen. En otras obras esculpidas 2.000 años después por los mexicas, aparecen con mayor realismo dos cabezas de serpientes.
Las vemos en la Coatlicue, en el Tláloc de la colección Ude, y también en la piedra del sol. En el altar cinco de la venta, otro chaman lleva a un personaje del tamaño de un niño pequeño en sus brazos en actitud de ofrendarlo.
En los lados del monolito hay unos personajes adultos con infantes en brazos parecidos a las esculturas de cerámica conocidas como babyface o cara de niño.
El personaje que surge del nicho de este trono tiene características similares a las de la escultura de jade conocida como el señor de las limas, una de las obras más conmovedora de la cultura Olmeca por la calidad de su tallado, la complejidad de su simbología y su exquisito refinamiento.
El rostro del infante mitológico es semejante al de algunas hachas votivas. el sacerdote gobernante expresa una notable actitud de éxtasis. Ante las maravillas del universo Olmeca, nuestra admiración se desdobla en preguntas.
¿Representan estas criaturas a niños enmascarados a punto de ser ofrecidos en sacrificio? ¿Se trata de un simple objeto ritual o es acaso el símbolo del supremo poder sobrenatural? Tal vez nunca lo sabremos.
Los escultores Olmecas también dominaron la cerámica. Estas figuras con caracteres infantiles conocidas como Babyface o cara de niño son una muestra más del talento artístico de los fundadores de la cultura prehispánica.
Además de la gracia propia de los niños, estas obras tienen dignidad, señorío y como todo el arte Olmeca, grandeza. En la venta fue encontrada una ofrenda conformada por quince figuras humanas de Jade y hechas de granito que pudo representar una reunión de poderosos o algún rito iniciático.
El jade y la jadeíta fueron piedras especialmente apreciadas a lo largo y ancho de Mesoamérica. Desde la época de los olmecas se le atribuyeron poderes sobrenaturales, por ello abundan las esculturas talladas en ese material.
En 1982 tuvo lugar un extraordinario hallazgo arqueológico en el Cerro Manati, Uno de los espacios sagrados olmecas que se levanta entre lagunas y pantanos sobre la cuenca del río Coatzacoalcos al sur de Veracruz.
Ahí fueron encontrados estos maravillosos bustos humanos esculpidos en madera realizados hace más de 3.000 años que milagrosamente se han conservado a pesar de la elevada humedad de la zona.
Los ojos rasgados de estas enigmáticas figuras les dan una apariencia señaladamente oriental. Las estelas talladas en relieve fueron también invenciones originales olmecas.
La Estela 1 de la venta muestra una de las pocas representaciones femeninas en el arte olmeca. En la Estela dos está esculpido un soberano con un bastón de mando y un complicado tocado.
La Estela 3 plasma una ceremonia ritual en la que aparecen dos personajes frente a frente, ricamente ataviados y con tocados de compleja simbología.
El relieve identificado como Monumento 13 de la venta muestra también a un personaje barbado caminando con un portaestandarte, por lo cual se le ha llamado el viajero o el embajador.
Al frente del dignitario están labrados tres jeroglíficos que datan de entre los años 500 y 600 a.C. Son quizá los más antiguos de Mesoamérica y hasta la fecha no se han podido descifrar.
El relieve conocido como Monumento 63 representa un personaje barbado que sujeta un enorme estandarte. En la parte superior hay un elemento poco común en la iconografía Olmeca, la representación estilizada de un animal acuático.
Pero al lado de estas maravillosas cabezas colosales, las culturas del golfo son capaces también de crear esculturas menudas, cálidas, sonrientes y también figuras emancipadas, figuras de una enorme libertad humana como el famoso luchador.
El hombre, como soberano chamán sacerdote, fue el tema central de la arte olmeca. Además del luchador y de las cabezas colosales, existen magníficos ejemplos de esculturas antropomorfas mezcladas con elementos de animales sagrados.
Los artífices de la estética Olmeca supieron combinar el rigor de la geometría con el manejo de lo cóncavo y lo convexo. Respetaron la armonía de las proporciones y confirieron una admirable fuerza expresiva a cada una de sus esculturas.
Esta pieza, conocida no sin razón como "el príncipe", resume todas estas virtudes.
Las espléndidas esculturas de dos gemelos constituyen un hallazgo arqueológico reciente en el rancho El Azuzul, en Veracruz.
La postura felina es común en este tipo de esculturas antropomorfas. Sus tocados, en cambio, son excepcionales.
La escultura identificada como el Monumento 77 de la Venta representa a un alto jefe o sacerdote lujosamente ataviado, con vistoso tocado y capa ricamente decorada.
Espejo fiel de la personalidad de sus creadores, estas esculturas proyectan armonía con la naturaleza, contemplación y fortaleza de espíritu.
A lo largo de la historia del arte universal, el rostro humano ha sido un tema recurrente.
Las máscaras olmecas, esculpidas en jade de diversos colores, y en otras piedras semipreciosas, ocupan un lugar especial dentro de esta tradición. Es notable el dominio de los materiales, sin haber contado con herramientas de metal.
La precisión de las facciones, lograda mediante la sutil modulación de curvas y planos, dotan de nobleza a estas miradas inmóviles.
Este fragmento de máscara cortada de los lados para conservar solo la nariz y la boca posee una singular modernidad.
La creatividad olmeca en otras latitudes se manifiesta a sí mismo en estas obras de gran movimiento que representan a acróbatas.
Durante el Preclásico, la cosmovisión y el estilo Olmeca se extendieron en un vasto territorio que abarca desde el Río Pánuco, en el norte de Veracruz, hasta Costa Rica.
Sus huellas son visibles en la zona maya, el Altiplano Central de México, así como en Morelos, Guerrero y Oaxaca.
En Chalcatzingo, Morelos, fue descubierto este relieve que data del año mil antes de Cristo, conocido como el Rey.
Algunos estudiosos lo han identificado como antecedente de Tláloc. En otros relieves de Chalcatzingo observamos animales míticos con características del dragón Olmeca. Lo mismo en teopantecuanitlán en el estado de Guerrero.
También en Guerrero fueron descubiertas estas pinturas rupestres que datan de la época Olmeca.
Otro de los sitios en los que se hace patente la presencia del estilo Olmeca es Izapa, antecedente inmediato de la cultura maya, que floreció entre los siglos 1 y 2 a.C. en la costa de Chiapas.
Ahí se desarrolló un estilo en el que sobresalen las estelas, a veces asociadas a altares o homorfos, como este que representa un sapo, fue encontrado junto a la Estela 1 de Izapa, en la que están plasmadas las fuerzas relacionadas con el agua.
La Estela 21 de Izapa relata un rito de decapitación. El ocaso de los Olmecas fue un proceso largo que ocurrió entre los años 300 a.C. y 200 de nuestra era.
Su legado artístico y cultural dejó una huella imborrable en todos los pueblos mesoamericanos. Esta civilización primigenia creó la unidad cultural del México antiguo.
Sus obras nos conmueven por su especial belleza y admirable rigor conceptual. Son muestra de la grandeza y refinamiento de una de las culturas fundadoras de Mesoamérica.
Acaso los misterios de este arte único y los enigmas de su inconfundible estilo quedarán para siempre sepultados en la selva de los tiempos.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
OBSERVACIONES
Sin carta de derecho ni fecha de entrega
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
INFORMACION_ADICIONAL
Fernández, J; Garza, M. de la; Jiménez Codinach, G.; Monsiváis, C. Nava, J.A.; Sarmiento Donate, A.; Tajonar, H. (2001). México: CONACULTA, OCEANO. UNAM, Fundación Televisa.
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
1
CONDUCTOR
Carlos Fuentes Guillermo Sheridan – Voz en off
TEMA_CONTENIDO
La herencia cultural y artística de México, desde la época prehispánica hasta la contemporánea
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
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