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CUID
MW-07038
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 31
SINOPSIS_SERIE
Espacio de reflexión y discusión sobre la lectura y la literatura que reúne a ponentes y participantes del país y del extranjero. Se centra en la generación de espacios de diálogo que fomentan la lectura en contextos públicos y privados, y subraya el valor de la lectura literaria como medio para la construcción de significados, la expresión de ideas y sentimientos, y el reconocimiento de la diversidad de perspectivas. Ofrece una visión amplia sobre los debates actuales en torno a las prácticas lectoras y su papel en el desarrollo cultural
EXTRACTO_SERIE
Espacio de reflexión sobre lectura y literatura que reúne ponentes del país y extranjero. Fomenta el diálogo en contextos públicos y privados, y subraya el valor de la lectura literaria en la construcción de significados y diversidad
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Vlady Kociancich (Argentina)
SINOPSIS_PROGRAMA
Reflexión sobre el vínculo entre quien escribe y quien lee, invitando a explorar la literatura como un espacio donde conviven lo real y lo imaginado. Presenta la escritura como una experiencia abierta y compartida, en la que ambos—escritor y lector—participan en la construcción de sentidos y en el descubrimiento de nuevas posibilidades narrativas.
EXTRACTO_PROGRAMA
Explora la relación entre quien escribe y quien lee, mostrando la literatura como un territorio donde se mezclan realidad y ficción, e invitando a adentrarse en la experiencia creativa que ambos comparten
N_PROGRAMA
7
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:44:55:09
PARTICIPANTES
Vlady Kociancich (Argentina), colaboradora en los diarios La Nación y Clarín de Argentina con artículos, cuentos y reseñas
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Vlady Kociancich (1941–2022)
Fue una narradora, periodista, crítica literaria y traductora argentina reconocida por sus cuentos, novelas y ensayos. Colaboró con artículos, reseñas y textos literarios en los diarios La Nación y Clarín, donde aportó análisis, recomendaciones y reflexiones sobre literatura contemporánea. Su obra, traducida a varios idiomas, combina imaginación narrativa, observación crítica y un interés constante por el lenguaje y sus matices. Fue autora de títulos emblemáticos como Coraje y La octava maravilla, y recibió premios relevantes como el Jorge Luis Borges y el Torrente Ballester. Además mantuvo una intensa actividad como traductora y formó parte de círculos literarios
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
INSTITUCION_PRODUCTORA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Bueno, Vlady Kociancich es Argentina, nació en Buenos Aires, donde reside actualmente. Desde su primer volumen de relatos, los viajes como experiencia personal y literaria y el arraigo en Buenos Aires como base de sus ficciones, Ha asignado todos sus libros que han sido traducidos a varios idiomas. Entre otros, ha publicado La octava maravilla en 1982, Últimos días de William Shakespeare en 1986, Los bajos del temor, 1992, El templo de las mujeres, 1996, Amores sicilianos en 2005 y Cuadro de una muerte dudosa el año pasado. Su obra incluye además los volúmenes de cuentos Todos los Caminos, Cuando leas esta carta, La Ronda de los Jinetes Muertos y un libro de ensayo sobre literatura y sus creadores titulado La Raza de los Nerviosos. Actualmente colabora con artículos, cuentos y reseñas en los diarios La Nación y Clarín de Argentina, entre otros medios. Los dejo con Vlady Kociancich. Buenos días a todos ante todo quiero decir que me siento no solamente honrada sino muy feliz de haber sido invitada a este encuentro tan importante para mí porque la lectura evidentemente es la vida de los escritores y quiero dirigirme a ustedes diciéndoles, queridos amigos, ya que lo que nos sume a todos los que estamos acá, tanto el público como conferenciantes, es la de una gran amistad, la amistad de los libros. Si ustedes han visto el título de la conferencia, que no me gusta llamar la conferencia, llamémosla charla. Es el escritor, el lector y la literatura. Es decir, las relaciones y... Gracias. No había probado el micrófono. ¿Ahora se oye bien? Gracias. Como esta charla trata de la relación de los escritores con la lectura y el lector, voy a comenzar aclarando que buena parte de las reflexiones del escritor, y naturalmente de mis modestas reflexiones sobre este tema, Sobre cualquier aspecto de la literatura se basan casi exclusivamente en la lectura y escritura de esa mezcla de realidad y de fantasía metafórica que llamamos ficción. Ese es mi caso. Como tantos autores, aunque he escrito y escribo ensayos breves, siempre he seguido el impulso de narrar, esa manía de convertir lo que en principio solo es una impresión o una modesta anécdota en una historia. Leer y narrar generan una suerte de vida paralela que acompaña a la propia y que termina por fundirse en una. Nadie sabe por qué, solo que existe y que vale la pena, literalmente, es un oficio solitario. Recuerdo que cuando yo era chica, muy chica, esa curiosa voluntad de la imaginación, todavía inconsciente, me ganó el calificativo de mentirosa. Y también la amargura de la injusticia que sufren los niños si están seguros de decir la verdad. Pero aprendí a leer y la lectura me absolvió de aquel pecado de inventar historias. Descubrí que los cuentos que leía desbordaban de mentiras maravillosas. Uno particularmente me fascinaba. Mi primer deslumbramiento fue la belleza de aquel libro como objeto, en comparación a las blandas, frágiles revistas de historietas que había empezado a descifrar como tantos chicos gracias a cuadros y dibujos. El libro al que me refiero pertenecía a una colección titulada Cuentos de Hadas Ingleses. Las ilustraciones eran realmente hermosas, como las que vi deslumbrantes a la entrada aquí. Había una que representaba la estatua de la reina del cuento. Era una reina asesinada por orden del rey, su marido, enfermo de celos. Ese rey, luego arrepentido, llegó a desear su propia muerte. Entonces, el mismo noble a quien le había ordenado matar a la supuesta infiel, le dijo que poseía una estatua tan idéntica a ella que parecía estar viva y que podía mostrársela. Al verla, el rey lloró. La estatua se puso en movimiento, habló, lo perdonó. Era la misma reina, por supuesto, a quien el noble había escondido desobedeciendo la orden de matarla. Solo años después supe que ese cuento de hadas era la adaptación de una obra de Shakespeare, el cuento de invierno. Pero fue la primera versión la que se grabó en mi memoria como la más preciosa. es que la narración y su lectura comparten una misma naturaleza lúdica. Como todos los niños, mi fe en la existencia de hadas, reyes, reinas, palacios, estatuas que cobran vida, era una fe en suspenso, generada por el deseo de aventuras extraordinarias. El cuento de invierno de mi libro no solo era un cuento, Era un juego en que en la historia, para volverse cierta, exigía mi participación. Es decir, citando una frase memorable, exigía la suspensión momentánea de la incredulidad. Sabemos que la gracia de los juegos infantiles reside en la conciencia de que impostar un personaje, un pirata, un hada, un guerrero invencible, es una convención deliciosa pero temporal. Los niños no son tontos. convención que acaba cuando los adultos nos llaman para hacer los deberes de la escuela o entrar porque oscurece, pero que se prolonga en el secreto de la intimidad de los sueños. Sin embargo, aquel supuesto cuento de hadas inglés me revelaba mucho más que el alivio de constatar que gente grande sabía armar espléndidas mentiras por escrito. Porque bajo el recurso fantástico de una estatua tan perfecta en su hechura que el rey no se da cuenta de que su mujer, aunque podría tocarla, había verdades de la realidad que yo desconocía y que me estremecieron. El horror de un crimen designado a pura autoridad. El arrepentimiento tardío. el amor de la reina que perdonaba, la nobleza del hombre que la protegió. De algún modo, aquella versión acostada y disfrazada de una obra de teatro había salvado pensamientos y acciones del original. Me había alcanzado la voz de Shakespeare, la trágica poesía de la muerte, el aura de la vida, su confusión y sus contradicciones, es decir, la literatura. Y, hablando de cuentos y de hadas, Vladimir Nabokov, en las lecciones que dictó el autor de Lolita en una universidad de Estados Unidos, afirmaba contundentemente La novela es un cuento de hadas. Quien crea que después de leer Ana Karenina, la obra maestra del conde Tolstoy, ya conoce cómo era el San Pertesburgo de 1850 que se describe, está totalmente equivocado. Esa sociedad de la novela es una creación de Tolstoy y no tiene nada de real, salvo los detalles necesarios para dar vigor al argumento. Naturalmente, en un sentido, Nabokov tiene razón. Historiadores y sociólogos podrían encontrar fisuras y anacronismos en el panorama social, político y filosófico en que se enmarca el inolvidable retrato de Ana Karenina. Pero la ficción, la mejor ficción, es siempre otra cara de la verdad, una verdad humana más reveladora del misterio que somos que los datos precisos de un serio estudio histórico. Sin esa verdad de la ficción, a la necesaria, exacta, minuciosa crónica de una determinada sociedad en una determinada época, el lector común, no el especialista, la vería como un panorama unidimensional, despojado de esa clase de vida hecha en palabras donde uno puede reconocer la propia o descubrir la ajena. ¿Es la novela el género ficcional más popular únicamente un cuento de hadas, según la audaz definición de Nabokov? ¿Sólo un cuento de hadas? Sin desmerecer su importancia en la niñez, yo estoy en desacuerdo. Los cuentos de hadas no se evaden de la edad de la inocencia a la que pertenecen. La novela, en cambio, perdura a través de todas las edades, la personal y la del mundo. Una gran novela siempre transpone los límites de su tiempo, atraviesa los años sin perder su atracción, y leída siglos después por lectores que ignoran todo sobre el país y el tiempo en que transcurre, nos atrapa y emociona como si hubiera sido escrita ayer y para nosotros. los que hoy estamos aquí. Por ejemplo, una de mis novelas favoritas pertenece al siglo XVIII de la China Imperial. Hablo del sueño de las mansiones rojas o historia de la piedra, dos de una lista de títulos elegir que dejó el autor, Tsao Tzu-kin, quien murió antes de concluir su libro. Esta novela se lee sin que uno sienta la inmensa distancia en tiempo y en espacio que nos separa, no solo de Tsao y de su época, sino del ámbito que despliegan sus aproximadamente 2.000 páginas, Porque conmueve todavía. No por la mera curiosidad de entrar en un mundo desconocido como la China que describe. Cualquier obra de información cumpliría ese propósito. Si atrapa y emociona es porque el genio narrativo del autor nos hace participar intensamente de las aventuras y desventuras de los protagonistas e incluso identificarnos con personajes o situaciones, como si uno estuviera ahí en compañía de esas vidas imaginarias armadas con los signos del alfabeto que aprendimos a decodificar. Obviamente, nuestra lectura nunca será la misma que la del público del siglo en que vivió Zhao Tzuaiqin, aquel público de lectores entusiastas que la convirtieron en lo que hoy llamaríamos un best-seller y que generaciones posteriores elevaron a la categoría de un clásico. Sin embargo, la humanidad, el humor, la fantasía y el realismo magistralmente combinados del sueño de las mansiones rojas, aún nos convencen de que la historia y esas mansiones rojas destinadas a las mujeres de la familia verdaderamente existieron tal como se cuenta, y al leerla la incorporamos a la memoria como una experiencia compartida. paso ahora a comentar la relación entre lectura y escritura con un primer ejemplo, el de Jorge Luis Borges cuando Borges en la cumbre de su celebridad decía que al cabo de una larga vida de escritor su único orgullo era el de ser un buen lector esta declaración se interpretaba como una postura de exagerada modestia. Todavía hoy hay quienes consideran que su humildad con respecto a su obra era más o menos fingida. Ustedes recuerdan esta frase sobre sus libros que repetía en las entrevistas. Quizá he dejado alguna página, algún poema que merezca leerse. Y nada más. Pero en el énfasis de Borges sobre la importancia que para él tenía la lectura, no había ninguna modestia, había orgullo. Era su verdad, su convicción y su profundo agradecimiento por lo que había leído y leía, y luego transfería, como todos sabemos, a la espléndida arquitectura de sus poemas y sus cuentos. En cuanto a la incertidumbre sobre el real valor literario de su obra, tampoco era impostada. Expresaba públicamente el sentimiento más o menos oculto y pasajero, pero común a todos los escritores que no sufrimos de megalomanía, el de la duda o el de la decepción. ¿Por qué una vez escrito y publicado ese libro que iba a ser el mejor de los libros, ese poema que iba a ser el mejor de los poemas, para el autor no se compara con la visión del todo en que se concibieron? La grandeza inicial del impulso creativo, ese enamoramiento de la imaginación que no ve en el objeto de su deseo, ni defectos, ni obstáculos, parece empobrecerse cuando finalmente es alcanzado y abrazado por el lenguaje, siempre un paso atrás de la ilusión primera. El único consuelo, diría Borges, es sentarse a escribir otra cosa. Sobre la duda y la importancia que adquiere como generadora de una obra, escribió apasionadamente la novelista francesa Marguerite Durand. Cito. La duda es escribir, por tanto, es el escritor también. Y con el escritor todo el mundo escribe, siempre se ha sabido. Y agrega. cuando un libro está acabado al leerlo ya no podemos decir que ese libro es un libro que ha escrito uno ni que se ha escrito en él ni en qué desesperación o estado de felicidad en el de un hallazgo o de un fallo de todo tu ser porque al fin y al cabo en tu libro publicado no se puede ver nada semejante. La escritura es uniforme, en cierto modo atemperada, ya no sucede nada más en el libro acabado y distribuido y recobra la descifrable inocencia de su llegada al mundo. En los muchos años de Memistá con Borges, una amistad que comenzó con el estudio del anglosajón o inglés medieval y que se prolongó en lecturas y conversaciones sobre literatura hasta poco antes de su muerte, sus propios libros estaban excluidos de la charla. Nunca los comentaba. Esa exclusión de su obra era parte civilidad, cuestión de no aburrir al prójimo, parte desinterés, parte la duda que expresaba Marguerite Duhal. Si solicitaba la bellísima estrofa de alguno de sus poemas, sonreía entre asombrado y complacido. Caramba, decía, eso no está nada mal, e inmediatamente cambiaba de tema. Con la lectura, en cambio, su actitud era muy diferente. La ceguera lo obligaba a escuchar las páginas de un libro, páginas que le acercaban distintas voces. La de un amigo, una amiga, un estudiante, una visita, cuando la madre, que había sido lectora de padre de Borges, también ciego en los últimos años, no podía leerle. Para Borges, esos momentos de lectura eran indiscutiblemente los mejores momentos de su día. Horas de la mañana o de la tarde en que algún lector privilegiado con el sentido de la vista le permitía recobrar libros y autores que vagaban por el infierno de su ceguera. libros y autores admirables, silenciosos y melancólicos como las almas de los héroes en el Hades al que decían de Ulises hasta que una voz se los leía. La selección de textos o de poemas para esos momentos era aleatoria. A veces respondía a un comentario ocasional o a la nostalgia. A veces a una necesidad. la del tema de una de sus conferencias que exigía un repaso de información. Recuerdo una caminata de casi dos horas recorriendo con Borges las librerías del centro de Buenos Aires en busca de una novela de Víctor Hugo, Los trabajadores del mar, que finalmente no encontramos. Borges iba a dar una charla sobre el clásico francés de quien admiraba la poesía. Le pregunté por qué buscaba esa novela y no una de las más famosas y de mayor circulación. Y me contestó, porque Víctor Hugo fue un gran poeta, pero un pésimo novelista. Me acuerdo de que esta me pareció la menos mala. Ya que no puedo dejar de mencionar las novelas, por ahí encuentro algo decente que elogiarle. en la vuelta a su casa de la calle Maipú con las manos vacías la inallable novela dio pie a una relectura hilarante de los defectos que Borges hallaba en la obra de ficción de Víctor Hugo desarmando argumentos y personajes yo estaba acostumbrada a estos despliegues de una memoria poderosa y a sus vueltas de humor, de tuerca de un humor cáustico y brillante, más típicas de la iconoclásis reprimible de la juventud que de un escritor con obra que había pasado los 60. Pero fue esa mañana cuando descubrí algo antes solamente vagamente percibido en las lecturas que hacía Borges. Yo había leído a Víctor Hugo y creo que hasta lloré con los miserables, pero tenía con su obra esa distancia fría, apolínea, de reverencia en lo alto que uno tiene con los clásicos. Borges no. En la conversación, mejor dicho, el monólogo, cuadra por cuadra, librería por librería, Borges había bajado a Víctor Hugo a las calles de Buenos Aires. Lo había convertido en un coetáneo al que se discute o se elogia, hablando de él como se habla de un vecino que conocemos porque está en el mismo barrio y en el mismo momento. Ese contacto estrecho, personal, con una obra que abarcaba a la vez en análisis de un texto y del lenguaje, las posibilidades exploradas o refutadas de un argumento, de un verso, más la curiosidad nunca saciada del lector que a pesar de haber recorrido muchas veces las mismas páginas, busca en ellas una nueva revelación y lo encuentra. ese contacto, digo, no solo daba calidez y entusiasmo a sus comentarios, sino que destruía el falso postulado que separa a la vida de la literatura. No es extraño que a Borges el calificativo de intelectual le pareciera casi un término ofensivo. Para él, leer, pensar, imaginar, escribir, emocionarse, eran un todo indivisible que a través de la palabra nos conecta con la vastedad y el enigma del universo. Borges dijo una vez, a los nueve años era el mismo de hoy, solo que no sabía expresarme. Se refería, por supuesto, a su vocación de poeta y escritor, pero asimismo a una visión del mundo que libros y vida irían profundizando hasta lograr ese poder expresarse. Como sabemos por sus declaraciones, la primera lectura que recordaba era la de la enciclopedia, letra por letra, palabra por palabra. Pero sería absurdo atribuirle una precoz vocación de erudito. La enciclopedia estaba en la biblioteca de su padre, biblioteca de la que Borges en su vejez afirmaba no haber salido nunca. Nacido y criado en un medio intelectual, en el círculo literario de un padre culto y de parientes y relaciones que escribían y publicaban, para ese niño presente en las reuniones que tenía lugar en su casa, la enciclopedia no solo estaba amada. Era, como en el más famoso de sus cuentos, su alej de historias, de personajes, de tierras extrañas, de una nueva lengua a descifrar, como las acepciones y conceptos que a esa edad no entendía. Aquella enciclopedia era, en suma, una versión agigantada de los cuentos de hadas y de las historietas que leen otros niños. porque lo que más le gustaba eran los mapas y las ilustraciones. Borges nunca olvidaría la impresión que le dejó el dibujo de un tigre en una página más real para él que los tigres vistos en el zoológico y que duplicaría en su obra como símbolo o metáfora. el novelista inglés Graham Greene como si hubiera leído esa confesión de Borges sobre su identidad a los nueve años escribió lo siguiente la infancia es la patria del escritor una definición que corroboran incontables ejemplos en la historia de la literatura. Gran parte de los autores que reconocen la niñez como proveedora directa o indirecta de estímulos que encarrilan una vocación, la dejan asomar en sus ficciones bajo distintas máscaras cuando no la usan casi en crudo. De la memoria del sufrimiento de Charles Dickens, arrojado con ocho años al trabajo de una fábrica de betún en Londres, nacen los melodramas protagonizados por los niños víctimas de la revolución industrial, clones del horror de Dickens Chico. Del infantil deleite en el sabor y perfume de una magdalena parte el camino narrativo de Marcel Proust. En el libro titulado Escribir, los apuntes finales de Marguerite Durand, que ya he citado, se vuelve obsesivamente al infierno de marginalidad que vivió de niña en los andurriales de una colonia francesa en Indochina, infierno del que fue extrayendo temas y personajes. Los episodios de la niñez feliz o trágica que abre una puerta a la literatura son muy comunes y, en general, tapizadas sus impresiones por las memorias que dejaron los escritores o por las biografías, resultan fácilmente discernibles. Pero, sin duda, en el origen siempre están los libros. La lectura como cueva prehistórica que guarda a la vez la epifanía de las letras y el instinto de reproducirlas. A esos libros regresa un día la memoria del narrador para extraer los primeros indicios de la construcción de sus ficciones enterrados durante largo tiempo bajo los estratos de todas las páginas que ha escrito. Libros cuyo interés desconcierta un poco por su falta de respetabilidad. Raro el clásico, la obra maestra, aunque alguno figure de paso en el menú de la niñez de aquel lector voraz. Ocurre que el futuro novelista o cuentista se alimenta de historias. Las toma de la vida o de las letras, indiferente a que sean buenas o malas. Si no las vive ni las lee, las escucha. Siempre hay alguien cerca que tiene una historia para contar. Algo de alguien a quien le sucedieron cosas extrañas, terribles y lejanas en el momento en que se cuentan. Padres o madres que detectan la inteligencia o la curiosidad precoz de un hijo fuera de los juegos naturales de la niñez. Abuelos pródigos en libros que no corresponden a la lectura de la infancia, como el abuelo de Stendhal, nunca olvidado por el nieto en sus escritos íntimos. Parientes subversivos que se inmiscuyen en las reglas de una educación moralista con relatos prohibidos en la familia. Y sí, todos ellos componen una sinfonía de historias que, aún sueltas y desordenadas, aún oídas y leídas a medias, y a medias también su comprensión, se graba en el recuerdo para convertirse gradualmente en notas de la voz de un escritor, en la sinfonía de palabras que hace al fondo de la literatura. Veamos otra definición de esta búsqueda de pertenencia en el territorio de los libros. Cito, el lenguaje es la patria del escritor. Lo afirmó el autor argentino Adolfo Bioicasares y abarca una realidad que todos los escritores compartimos. ¿Cómo no sentir que el lenguaje es una patria personal, un alter ego que acompaña al escritor desde el momento en que empieza a escribir hasta el momento en que le llega la conciencia de haberlo incorporado internamente, de que sin las palabras se pierde el sentido de las cosas, al modo que la falta de la sombra que sigue al cuerpo podría borrar al cuerpo que la proyecta? Ciertamente, la relación entre el lenguaje y la vida del escritor parece tomada de la alianza ritual de un matrimonio, hasta que la muerte lo separe. Solo que esta promesa sacramental se cumplirá al pie de la letra, incluso más allá de la voluntad de seguir escribiendo o de no escribir nunca más. Toda ruptura con la palabra escrita, por debilidad o por hartazgo de las batallas que se libran en la página en blanco, de una guerra en solitario como la eterna vigilia del desierto en espera de los enemigos invisibles de la novela de Dino Busati, El desierto de los tártaros. Esa ruptura siempre para los escritores una especie de muerte. En el testimonio de quienes han sufrido la violencia del exilio surge el pánico de perder la lengua natal y con ella el lenguaje de sus libros. A los autores que adoptan un idioma extranjero, el cambio trae consigo el dolor y el esfuerzo del nacimiento de una criatura que puja por salir de su propio vientre hasta que esa nueva lengua crece y se impone. Ni la enfermedad ni la extrema vejez separan al escritor de las palabras con las que compartirá su agonía. Se adhieren, como él, a un último hálito de vida, en últimos intentos de una narración, en algún libro inconcluso y pobre como el cuerpo que se va despidiendo de este mundo, en el tibio consuelo de una última lectura. Balzac, hundido en el delirio de la gangrena que lo mató, pedía que llamaran al médico de una de sus novelas, un personaje creado por su imaginación, pero para él más confiable que los importantes doctores que lo atendían. En un hospital suizo, Jorge Luis Borges esperó el fin corrigiendo la traducción francesa de sus libros para la playa. Y, volviendo a Borges, hay una constante en su obra en la que todo lector se reconoce porque habla en nombre de nosotros como lectores. Esa constante es su insistencia en la infinitud de las lecturas que se modifican y generan tanto nuevas lecturas como nuevos lectores, no solo en el paso del tiempo, sino en el paso de mano en mano, de individuo en individuo, de diálogo en diálogo. Nadie lee un libro de la misma manera ni llega a las mismas conclusiones. Cada lector recrea lo que lee y esta interacción es lo que hace de la lectura una experiencia viva, flexible, nunca igual que ilumina el pensamiento, la imaginación y el lenguaje como las llamas de un fuego. solo pide que alguien encienda las palabras escritas. Sobre las diferentes lecturas o interpretaciones de un texto o un autor, tenemos pruebas históricas de cómo una obra se lee en cada época, cómo se altera no solo la lectura del siglo en que se escribió, sino la intención de quién la escribió. Un ejemplo de tantos es el libro Los Caracteres, escrito por Teofrasto, el brillante discípulo de Aristóteles. Se supone que Los caracteres fue una pequeña obra o parte de una obra mayor y que fue concebido en el siglo III a.C. como un compendio de defectos que debía evitar el hombre que aspiraba a la prudencia aristotélica. Pero digamos que también fue leído en su tiempo como un texto de estudio de buenos modales para el perfecto caballero ateniense. Siglos después, sorprendentemente, este libro se utilizó en las escuelas escolásticas de la Edad Media para educar a los monjes, pero con otro propósito, el de allanarles el camino hacia Dios. Nada más ajeno a la intención de Teofrasto y de la filosofía aristotélica. Basta leer hoy los caracteres y preguntarse con perplejidad qué eligieron las autoridades de la Iglesia para imponerlo como lectura obligatoria. Porque la crítica mordaz del griego Teofrasto sobre la decadencia de Atenas enfatiza la ironía y el humor, el grotesco y la comedia, recursos muy ajenos a un dogma religioso. Lo peor de la vida cotidiana ateniense que pinta Teofrasto con detalles realistas de ámbito, costumbres y escenario, debían parecerle a los monjes medievales tan fantásticos y remotos como la estatua de la reina en mi cuento de Shakespeare. Pero sin duda, hay una verdad irrefutable y familiar a todos en los caracteres. La humana persistencia en determinados defectos, la grosería, la tacañería, la charlatanería, la maledicencia, la altanería y otros de los que acusa Teofrasto a los atenienses de su época siguen vigentes. Así, de estos retratos de la Atenas pagana y desaparecida, se hizo en la Europa cristiana una lectura abismalmente distinta en la intención y contraria a la seriedad que imponía un convento o un monasterio. Por suerte, le debemos a esa nueva interpretación que la obra se conservara y llegara hasta nosotros. También, el efecto de la lectura en el lector varía según la edad y el individuo. Como los libros, tampoco los lectores somos los mismos a lo largo de nuestra vida. Recuerdo con bochorno haber dicho que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust era una mueblería de palabras en la que sobraban los muebles. me pareció muy ingenioso. Pocos años después de esa frase tonta, por terquedad nomás, intenté leerlo sin prejuicio. Hoy soy una fiel y agradecida admiradora de Proust con un trato que diría familiar del círculo de sus personajes, de Madame Verdurin, del inteligente y sensible Swan, esa víctima del amor fatal. Y también soy alguien que encuentra un espejo de sus propias ideas en ese ensayo deslumbrante de Prousto de crítica literaria que es Contra-Sendver. ¿Dónde quedó la lectora de la librería? No sé. Quiero concluir con una reflexión personal sobre un tema que preocupa y se debate en estos momentos. Y consiste en la siguiente pregunta, o varias. La tiranía de la imagen en la complacencia de su mayor facilidad de acceso y multiplicada por las novedades tecnológicas, ¿Terminará por imponerse a la palabra, reduciendo la lectura, que siempre implica un esfuerzo de la inteligencia y de la imaginación, a carteles indicadores de la imagen? y soy la literatura un conjunto de placeres obsoletos destinado a unos pocos nostálgicos, primero habría que examinar una frase que repetimos porque nos encanta. Es la siguiente. Una imagen vale por mil palabras. ¿Es cierto? No me parece. Creo que debería decirse, una buena imagen vale por mil malas imágenes. El valor de la imagen, originalmente, residió en suplir el faltante de las palabras a un espectador que las desconocía, mejor dicho, que aún no sabía expresarse con un lenguaje, o en ilustrar vívidamente un segmento de la realidad. es decir, arte. El arte creado por el hombre, ese arte que Leonardo da Vinci llamaba la segunda naturaleza. Si las palabras fueran solo una utilería descartable para comunicarnos, ¿por qué esa insistencia milenaria y heroica entre guerras, catástrofes, derrumbamientos de culturas para conservar el lenguaje y elevarlo a una cada vez mayor precisión y sofisticación, sea cual fuere el fin otorgado a ese medio. La historia de la lectura nos prueba contundentemente que resiste los cambios a lo largo del tiempo con una persistencia tenaz, a veces en silencio o en la oscuridad, a veces congregando multitudes, otras en minoría, individuo por individuo, pero sin alterar el antiguo, misterioso impulso humano de contarse a sí mismo. La literatura, la narrativa, la poesía, son puertas abiertas a la comprensión de la complejidad de la vida en todos sus matices. desde los más atroces a los más admirables. Pero sobre todo, la lectura es un camino a la libertad de pensamiento. La literatura no necesita imponer nada. Persuade. Nos revela situaciones y conflictos que desconocíamos o no tomábamos en cuenta. Nos formula preguntas que no hicimos hasta que las hallamos escritas en un libro. Nos otorga además un espacio a llenar con nuestras emociones y reflexiones, al gusto del interés de cada uno, el necesario espacio de la imaginación. Mientras leemos un libro, dejamos de ser los que somos para permitirnos ser otros en otras circunstancias. ¿Tenemos siempre, por instinto, esa generosidad de ponernos en el lugar del prójimo y tratar de entenderlo? No siempre. Creo que en esa generosidad, en esa libertad, se sustenta la eterna persuasión de la lectura, tan indispensable hoy como lo ha sido a través de los siglos, de las lenguas, de las diferentes civilizaciones, trazando un hilo de continuidad que nos conecta con el pasado, enriquece el presente y se tiende a ese futuro que aún ignoramos, pero que buscará expresarse, como lo viene haciendo desde la narración oral hasta el libro electrónico de nuestros días, con la materia cotidiana y mágica de las palabras. Nada más. Gracias. Muchas gracias. Thank you.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
SÍ
FECHA_INGRESO_ENTREGA
25/11/2011
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Difusión
CONDUCCION
Julio Trujillo, presentador
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
01/01/2011
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
Ernesto Leobardo Romero Flores

