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CUID
M-05068
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 28
SINOPSIS_SERIE
Participantes de México y otros países comparten en un espacio centrado en la reflexión sobre la lectura y la literatura. El encuentro impulsa conversaciones que fortalecen la creación de entornos que favorezcan el acceso a los libros y el intercambio de ideas. Se destaca el papel de la lectura literaria como medio para construir sentidos, expresar experiencias y reconocer la diversidad de formas de pensar
EXTRACTO_SERIE
Un encuentro que convoca voces nacionales y extranjeras para dialogar sobre la lectura literaria como medio para construir sentidos, compartir experiencias y reconocer la diversidad de pensamiento.
SUBTITULO_PROGRAMA
Michèle Petit (Francia)
SINOPSIS_PROGRAMA
La lectura como una práctica formativa que se adquiere por transmisión y ejemplo, en especial dentro del ámbito familiar. Reflexiona sobre lo que ocurre en el lector durante y después del acto de leer y destaca su dimensión sensible. A partir de recuerdos y experiencias en contextos complejos, muestra cómo distintas mediaciones —que integran libros, conversación y expresiones artísticas— generan espacios abiertos donde las personas pueden encontrar sus palabras, ordenar emociones y ampliar su comprensión del entorno. Señala el valor de los desvíos creativos para estimular el pensamiento y favorecer el acercamiento a lo escrito, y desaconseja limitar la literatura a un análisis técnico. Propone fortalecer comunidades de lectura acogedoras y sostenidas institucionalmente, que promuevan el interés por leer y el intercambio de experiencias
EXTRACTO_PROGRAMA
La lectura se aborda como experiencia íntima y transformadora, transmitida por el ejemplo. Mediaciones sensibles que combinan libros, conversación y artes abren espacios de libertad para pensar, nombrar y transformar lo vivido
N_PROGRAMA
1
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:57:51:27
PARTICIPANTES
Michèle Petit, antropóloga dedicada al uso de las prácticas culturales y artísticas de los espacios en crisis
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Michèle Petit
Antropóloga francesa dedicada al estudio de la lectura y las prácticas culturales en relación con la construcción de la subjetividad. Formada en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París e investigadora asociada al CNRS, ha desarrollado investigaciones que combinan antropología, psicología cultural y estudios literarios.
Su trabajo se centra en cómo la lectura, la escritura y otras experiencias estéticas funcionan como recursos simbólicos en contextos de vulnerabilidad y crisis. Ha documentado el impacto de bibliotecas, talleres y mediaciones culturales como espacios que favorecen la elaboración personal y el fortalecimiento comunitario. Con una metodología cualitativa basada en entrevistas y narrativas, ha estudiado prácticas lectoras en zonas rurales, barrios periféricos y comunidades migrantes.
Autora de obras ampliamente difundidas, su pensamiento ha influido en la bibliotecología social, la educación y las políticas culturales. Su aporte subraya que el acceso a la cultura y a la experiencia literaria es un elemento clave para el desarrollo humano y la participación social.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
La experiencia lectora pensamos en dedicar a la experiencia lectora porque nos parece que es fundamental que más allá del análisis de los libros, del análisis de los diferentes géneros literarios, tengamos siempre presente al lector, lo que vive el lector, los procesos que tiene el lector para formarse como tal y que sin conocer esos procesos es realmente muy difícil que cada uno de nosotros pueda afrontar la tarea de formar lectores. El título de su conferencia es Sentir y transmitir el arte de los mediadores de lectura en contextos de crisis. Le doy la más cordial bienvenida a Michelle, que es verdaderamente un honor tenerla acá y darle el honor de inaugurar este seminario. Muchas gracias. Muchas gracias, señor. Bueno, buenos días a todos y muchas gracias. Gracias a Daniel, gracias a Mónica González Dillon y a Antonio Barquet, a los otros responsables de la FILIG y organizadores de ese seminario por su confianza y su invitación. Gracias también a Josefina Anaya, que ha traducido el texto de esa conferencia. Gracias a todos ustedes que han venido en ese día de feria. Hablabas de encontrar la propia voz. La verdad, yo perdí mi voz con un resfrío y les ruego perdonarme. Espero que no voy a sufrir demasiado y espero que ustedes no van a sufrir demasiado. Veremos. Empieza la cosa. Bueno, del tema vasto y complejo que nos reúne ese año, me gustaría pensar que fue escogido especialmente para mí a la manera de esos lectores que piensan que el libro que están leyendo fue escrito justamente para ellos. A mi modo de ver, en efecto, la experiencia de la lectura es lo que he estado tratando de abordar, de alcanzar por todas las vías que se me presentaron desde que realizo investigaciones en esa práctica. Esa curiosidad posiblemente tiene origen en un recuerdo. Y como Daniel me invitó a evocar también mi experiencia personal, hablaré un poco de ello a manera de introducción. Tengo quizá ocho o nueve años y veo a mi madre sumergida en un libro o en hojas que cubre de palabras. Menos precisa es la imagen de mi padre, cautivado también por el soporte impreso que tiene entre las manos. Los dos fueron grandes lectores, curiosos de todo, y mi madre lo sigue siendo a los 87 años. En mi memoria, de vez en cuando, levanta la cabeza del libro que está leyendo o del que está escribiendo con la mirada perdida a lo lejos, muy lejos de mí. Esa obra a la que parece estar tan íntimamente ligada tiene el poder de llevarla a un sitio donde intensamente está viviendo algo que no sé qué es. Sus pensamientos y sus sensaciones son casi palpables, pero unos y otras me escapan. Estoy a las puertas de un mundo a cuya entrada no tengo acceso. Había olvidado esa imagen de mi madre entregada a su ensoñación desencadenada por lo escrito. Me volvió a leer un texto donde Gustavo Martín Garzo relata un recuerdo de su propia infancia. Ya evoqué ese texto en la Ciudad de México hace unos años. Él también un día a los seis años regresando de la escuela, encuentra a su madre en la cocina, sola, leyendo en medio de un círculo encantado. El chico se queda ahí parado, fascinado por la visión de su madre, que al darse cuenta de su presencia, termina diciéndole que está leyendo un libro de amores desgraciados, El Cabalero de los Bresos. No obstante, en su rostro hay una expresión de felicidad como si le ocultara algo, algo relativo a los secretos más hondos de su vida. Elia le lee en voz alta un pasaje que describe a una joven, su cuerpo, su rostro, pero el enigma no se despeja. Varias veces el niño va a robar El cabalero de los brezos u otras novelas para leerlas en un pequeño cuarto bajo las escaleras sin lograr adentrarse al misterio, a sorprender en sí mismo el embeleso, la emoción que ha visto en el rostro de su madre. Buscó esa emoción, el sentimiento de estar traspasando una frontera, pero no lo consigo. La experiencia lectora vivida por su madre lo esquivará mucho tiempo, y durante toda su vida sus lecturas no serán, según él, más que una tentativa de elucidar el misterio de la escena inaugural. Cito, esos libros son entonces el que él ya estaba leyendo, todos los libros El Caballero de los Bresos. Lo he tomado en secreto, de hecho, durante un tiempo nada me gustó más que robar los libros que iba a leer, y vuelvo a estar escondido en un cuarto que había bajo las escaleras. Eso es leer para mí, estar escondido. Todos los libros son ese único libro y yo me inclino sobre sus páginas tratando de adivinar los pensamientos de mi madre, joven y hermosa. Al leer esas líneas, recordé los días en que veía a mi madre o a mi padre leer y perderse en una ensoñación y en que yo me preguntaba dónde tenían la cabeza, a dónde se habían ido. Tal vez para resolver ese misterio empecé a aventurarme en los libros cuando era niña, para conocer los pensamientos de mi madre joven y hermosa, como bien lo dice Gustavo, o de mi padre joven y hermoso. Y tal vez también a eso se debió que muchos años después me haya convertido en antropóloga de la lectura. Mis preocupaciones infantiles se transformaron en temas de investigación. Quería comprender qué es lo que desencadena el encuentro con un libro o un fragmento de texto. Al principio fue, pues, la experiencia lectora del otro. En ese caso de mi madre, a veces de mi padre, y fue el misterio tanto más fascinante cuanto que, al igual que el joven Martín Garzo, sentía que atanía al cuerpo, a las emociones, al deseo. Por lo demás, por experiencia suele entenderse el hecho de experimentar, de sentir algo. Estamos de entrada del lado del cuerpo y de verse transformado en mayor o menor medida. Porque después de una experiencia ya no seríamos exactamente los mismos. Habríamos adquirido un conocimiento con lo que ese término sugiere de iniciático, más que un saber que puede ser objetivo y enseñarse. Tengo la impresión de que sentí, o más bien imaginé, o fantaseé cuando era niña, y más aún adolescente, esa dimensión iniciática ligada a la experiencia, a toda experiencia. Por ejemplo, durante los años en que fui scut, donde existía un rito llamado de totemización, durante el cual una noche, después de algunas pruebas un poco sádicas, le conferían a uno el nombre de un animal. Todas las noches del verano al acostarme temía que me despertaran y que tuviera que pasar por dichorito y los que lo habían pasado me fascinaban como si a partir de entonces ya fueran de una naturaleza diferente. Experimentaba esa fascinación todavía más por aquellas y aquellos que, un poco mayores, estaban iniciados ya en el amor carnal. También estaban del otro lado de la barrera, de la frontera. Ellos sabían. Frente a quien había vivido lo que yo ignoraba aún, yo estaba en la puerta, tal como cuando contemplaba a mi madre y a mi padre sumidos en la lectura o soñadores después de haber apartado los ojos de su libro. Quien, Eloelia, se supone que tiene experiencia, suscita sentimientos ambivalentes. Se le suele arrogar un poder gracias a una sabiduría, a un arte o a ese conocimiento adquirido por las pruebas a que se vio sometido, como si se hubiera aproximado o hubiera visto lo que queda velado a los ojos de los demás. Aun cuando a la mayoría de nosotros nos parezca baladí, la experiencia de la lectura puede suscitar en los no lectores tales sentimientos de envidia marcados por el temor o la rabia. Los que no la han experimentado, aquellos a los que los libros no les inspiran más que aburrimiento, se sienten excluidos de algo que se les escapa. Como el joven chofer de taxi que me dijo un día, en la escuela les pegábamos a quienes les gustaba leer. Creo que en el fondo era envidia. Nos preguntábamos qué es lo que podía haber en los libros. En la desconfianza de quienes parecen tener un vínculo casi carnal con lo escrito, es posible que entren otras inquietudes. Como esa que menciona Jean-Louis Baudry, ver a alguien leer es de inmediato presumir que detenta un don que le permitirá leer en nosotros. Baudry observa también con agudeza, a propósito de sus recuerdos de la niñez, cito, la lectura me parecía una actividad destinada específicamente a las mujeres, como el baile, por ejemplo. Los hombres solo tomaban parte de Elia para acercarse más directamente a las mujeres. Leer un libro permitía convertirse en galán, en caballero acompañante de placeres, que eran ante todo placeres de expresión. Por otra parte, la lectura era tan femenina que feminizaba a los que se dedicaban a Elia como mi padre. Los feminizaba hasta el punto de que gracias a Elia podían reflejar la luz de esas virtudes que hacían resplandecer a las mujeres, virtudes asociadas al ejercicio y al dominio del lenguaje, inteligencia, sutileza, fineza, imaginación y un don que le parecían poseer el deber más allá de las apariencias. Pero sobre todo y quizás paradójicamente, la lectura constituía uno de los atributos de la autonomía que yo les adjudicaba. fin de cita. En muchas sociedades contemporáneas, las mujeres leen más que los hombres, pero sobre todo, más bien se atribuye a las mujeres una cierta experiencia de la lectura suscitada particularmente por la literatura, aun si hay hombres que la conocen, por supuesto. En ese sentido, también existe la idea de un conocimiento un poco misterioso y de un goce particular en el que las mujeres descuelan, lo que sería el encanto de esa lectura para algunos, como Jean-Louis Baudry que citaba, y su índole angustiosa para otros. Mangel, en su historia de la lectura, hace notar, cito, la inquietud común respecto a lo que podría hacer un lector entre las páginas de un libro. se parece al temor eterno que sienten los hombres ante la idea de lo que las mujeres podrían hacer en los lugares secretos de su cuerpo, de lo que podrían realizar en la oscuridad brujas y alquimistas detrás de sus puertas cerradas con triple liave. No es sorprendente que muchos se hayan esforzado por poner orden en esas zonas de sombra, por controlar esa experiencia. autoridades morales, religiosas, políticas, pero también investigadores y pedagogos. Se sabe que en general los científicos desconfían de la experiencia, imprevisible y siempre singular, aun cuando compartida en gran medida. Ellos prefieren la experimentación, repetible a voluntad, cuyo marco, desarrollo y resultados pretenden dominar. Recuerdo el asombro de mis colegas cuando les dije un día que lo que me interesaba eran las experiencias de los lectores y las lectoras, a veces en las ranjas de lo indecible, pero que tratan de encontrar forma de modo fragmentario durante una conversación o una autoficción. No prefieres utilizar otra palabra. Retrocedían como si yo hubiera pronunciado palabras obscenas. Luego preguntaban nerviosos, ¿y cómo vas a aprender esas experiencias? ¿Siguiendo qué método? Su desconfianza redoblaba cuando les decía que iba a escuchar a las personas hablar o leer lo que habían escrito, a prestar atención a esos actos de narración por medio de los cuales intentaban transmitir una vivencia que se resiste o se evade. Al igual que los científicos, muchos pedagogos desconfían de la experiencia, y en ese caso de lo que los lectores experimentan. Como escribe Jorge La Rosa, la pedagogía, quizá toda pedagogía, ha intentado siempre controlar la experiencia de la lectura, someterla a una causalidad técnica, reducir el espacio en el que podría producirse como acontecimiento, capturarla en un concepto que imposibilite lo que podría tener de pluralidad, prevenir lo que tiene de incierto, conducirla hacia un fin preestablecido. es decir, convertirla en experimento. Bourdieu, por su parte, observó que la escuela destruye una cierta experiencia popular, erradica una cierta necesidad de lectura, en la que el libro es percibido como depositario de secretos mágicos y del arte de vivir para crear otra necesidad de forma diferente. En ese sentido, lo que me sorprendió mucho cuando yo empecé a trabajar sobre la lectura fue descubrir que una parte de quienes, hombres y mujeres, estaban encargados de enseñar la lengua y la literatura, parecían no haber tenido acceso a esa experiencia lectora personalmente, o bien la habían olvidado, perdido, reprimido. Hablaban de literatura como una persona frígida dando un discurso sobre el amor carnal. Con los libros no tenía más que una relación de dominio. El texto era algo que había que disecar con ayuda de escalpel pelos tomados de la crítica textual, de las teorías de la enunciación, de la retórica, etc. Bueno, es verdad que en Francia, quizás más que en otros países, hace ya largo tiempo que se consumó la ruptura entre el mundo de la inteligencia, de la razón y de la sensibilidad. En la escuela durante mucho tiempo se estudió la literatura como algo externo a sí mismo, que no tiene que ver con las vivencias, las experiencias o las sensaciones. Porque tuve oportunidad de toparme en el camino desde la infancia con personas que leían con fervor, porque excitaron mi curiosidad y porque el mundo entero me intrigaba, pasé muchas horas en los libros. Desde muy pronto sentí que entre ellos había compañeros maravillosos, que me hacían reír, soñar, que me daban calor, que me embarcaban con ellos hacia tierras lejanas. En Helios descifraba secretos, indagaba sobre lo que me rodeaba, sobre lo que yo sentía, encontraba sitio. Me pasé la vida rodeada de libros, pero era como una evidencia. Curiosamente, incluso cuando estuve en psicoanálisis, hablé muy poco de la importancia que siempre tuvo la lectura. Con el transcurso de los días se dio, gracias a los libros, esa otra recomposición constante de mi historia, esa otra elaboración simbólica, psíquica, diferente de la inducida por la escucha de un psicoanalista, esa otra medicina lingüística que me acompañó siempre, ese diálogo continuo, pero eso ocurrió naturalmente, sin que me tomé el tiempo de pensar. Fue cuando escuché a las personas contar sus recuerdos de lectura, o cuando leí obras en las que los escritores habían transquito escenas fundadoras de su propia relación con los libros cuando mis propios recuerdos empezaron a surgir. Escribí entonces una infancia en el país de los libros que Daniel acaba de publicar para acercarme a lo que yo buscaba entre líneas cuando era niña, para hacer explícita esa experiencia. Al filo de las páginas que escribía, me di cuenta de que esos recuerdos eran la cara oculta de mis investigaciones y que un trabajo científico, entre comillas, era una autobiografía disfrazada. Muchos lectores viven así en compañía de los libros sin preguntarse por lo que sienten, sin tratar de hacer explícita la forma en que se tejen la vida, las sensaciones, el pensamiento, la lectura. A veces dejan caer una frase que aclara un poco qué pasa entre ellos y las páginas leídas. En las entrevistas que realicé es a esas frases a las que presté atención, para comprender cómo se había modificado el mundo interior gracias al encuentro con un texto, incluso con una simple frase a veces, para alcanzar la subconversación que desencandena un libro, y en ocasiones aproximarse a lo indecible, a lo que transcurre fuera del lenguaje. Al oír hablar a los lectores, comprendí que las tierras desconocidas, inquietantes, a las que se aproximaban los lectores no tenían que ver más que con la parte de uno que es la más secreta, la más singular, la mejor compartida, la de nuestros deseos, nuestras sensaciones, nuestras emociones. Me di hasta qué punto estamos todos en busca de ecos de lo que hemos vivido de manera oscura, confusa y que algunas veces se revela, se explica, se explica de manera luminosa y se transforma gracias a una historia o un fragmento. Llega a ocurrir que un desconocido en la calle o en un café, en la televisión, pronuncie una o dos frases o cuente una anécdota que ilumina una región en nosotros que no habíamos podido expresar. No obstante, la cultura, especialmente la literatura, prodiga ecos, recursos inigualables. Para decir la experiencia humana, todas las sociedades han recurrido a especialistas, a traductores profesionales, narradores, poetas, dramaturgos o, en distinta forma, psicoanalistas, todos los cuales trabajan lentamente, a cierta distancia. Ahí donde la experiencia de la lectura tal vez sea irreemplazable es cuando abre los ojos o cuando suscita ese pensamiento vivo en movimiento, cuando hace que surjan ideas, sugiere asociaciones insólitas, inspira, despierta. El valor de la lectura son esos momentos en que surgen palabras, en que se tejen lazos, en que somos como fecundados, y aquí de nuevo, a los lectores del lado de la feminidad. A eso se debe que tantos escritores lean antes de ponerse a escribir, que a tantos sabios les guste leer poesía o una novela para dar un nuevo impulso a su actividad inventiva, para que emerjan conexiones inesperadas. Insistimos en que se trata aquí de un pensamiento muy diferente del pensamiento racional. Se trata de un pensamiento completamente abierto hacia el exterior, y tal vez por eso el que alza los ojos de su libro mira a lo lejos. Siempre pensamos en otro lugar, decía Montaigne. En esos instantes pensamos afuera de nosotros, lanzados a una lejanía a donde el libro nos lleva. Ese pensamiento es de una esencia diferente del que Rodin quiso representar, replegado por completo en sí mismo. Corresponde a la imagen del pensamiento solicitada por una época que acababa de salir del fervor contemplativo. Obsesionada por el progreso y las hazañas tangibles, en su pesadez y hasta en la violencia con que se instaura en la presencia, dejo muy atrás cualquier posibilidad de deslizamiento pensativo o asombrado. Es la imagen misma de una concentración que necesita parecerse a la alegoria de un trabajo, la imagen misma, para decirlo claramente, de esa mirada cerrada a lo abierto. Para Bally hay otras imágenes que podrían representar el pensamiento, menos pesadas, menos heroicas, mostrando paseantes, descansando, listos para seguir el vuelo de una libélula, el paso de una barca, una fumarola que se pierde en la lejanía. Yo por mi parte veo también a esas lectoras y a esos lectores soñadores asombrados que han inspirado a tantos pintores. Y aquí no los tenemos, pero Daniel va a ser la lectora de Matisse, la de Van Gogh. Bueno, a menudo han suspendido su lectura y miran hacia otro lado. No han hecho más que pasar por el libro que los lanza a aventurarse hacia otra escena. Esa experiencia no nos se da cada vez que tomamos un libro, pero tal vez es lo que más o menos conscientemente buscan los lectores fervientes. Esos momentos de revelación siempre fugaces, en el que el mundo es como nuevo, intenso, en que encontramos lugar en él poéticamente, en que vemos lo que no veíamos, en que somos receptivos a lo que nos rodea, así como a los pensamientos que nos vienen. Espera, a menudo frustrada, pero volvemos a él ya en busca del ángel que nos abrirá las puertas por un instante. Puertas que son también las de nuestro mundo interior, una de cuyas facetas se dibuja, se revela de repente. En el curso de mis trabajos me he nutrido mucho de los recuerdos de los lectores. Por ese sesgo, pude entrar en contacto con las sensaciones que habían experimentado, con los pensamientos que nacieron gracias a un libro, con los vínculos secretos que hundieron con historias, personajes, frases o imágenes. Todo ese mundo interior que se me escapaba cuando era niña y que veía en los adultos sumergidos en los libros. Estaba en todo mi derecho científico para plantear por caminos indirectos esas preguntas que solían venir a mí, que incluso me taladraban cuando era pequeña. ¿Qué es lo que hay en ese libro? ¿Qué es lo que te hace? ¿Por qué parece que estás en otro lado? ¿A dónde te lleva? ¿Dónde está tu cabeza? ¿En qué estás pensando? Por medio de mis investigaciones pude aventurarme en esa interioridad del otro, que nos fascina y que tememos. Y aquí me viene a la cabeza un texto velio de David Grossman en la piel de Gisela. Grossman dice que él llegó a la conclusión de que nos ponemos fuera del alcance, en otras palabras, nos protegemos de quien sea, de la proyección de su interioridad en nosotros, de aquello que le llama el caos que reina en el prójimo. Incluso en las parejas que viven en felicidad relativa, es posible que haya instintiva inconscientemente un acuerdo tácito que consiste en no conocer a fondo al cónyuge. Lo mismo ocurre entre padres e hijos, y lo mismo ocurre con el otro en nosotros, naturalmente. Lo que ocurre realmente en el fuero interno del otro nos asusta, escribe Grossman, y según él, la escritura sería, entre otras cosas, un acto de protesta, de resistencia hasta de rebelión en contra de ese miedo. A medida que escribe, al escritor se le impondría la necesidad de conocer al otro del interior, de contactar ese misterio humano. La escritura sería el único medio de lograrlo, mucho más que la fusión física, erótica, en la que a veces imaginamos que conocemos al otro como nadie lo conoce. La enseñanza de la literatura sería entonces una calidad de escucha, de atención a los matices, a las singularidades, a ese milagro único que representa cada ser humano. Haciendo eco a la escritura, sin duda la lectura de obras literarias es también un medio para conocer al otro del interior, para deslizarse en su piel, en sus pensamientos, sin que su caos nos inquiete demasiado, sin que nos invada, sin que nos atemorice demasiado la proyección de su interioridad en nosotros. Es un medio no solamente de rebelarse contra el temor del otro, como dice Grossman a propósito de la escritura, sino también de domesticarlo, de suavizarlo. El valor de la lectura de obras literarias es que ésta nos permite no solamente elucidar nuestra experiencia singular, sino también expandir los límites infinitamente, permitiéndonos entrar en la piel de Gisela de un hombre si soy mujer, del cuidador brasileño de un rebaño o de una mujer de letras japonesa si soy europeo, de un loco si me creo sabio o de una santa si soy atea. Blanca Calvo dice que si se topara con un genio y pudiera pedir tres deseos, elegiría la facultad de volverse invisible a voluntad, la aptitud de hablar a la perfección 20 lengua y la capacidad de transportarse en cualquier momento del pasado o del futuro. Pero ese genio, observa Blanca, se encuentran los libros. Invisibles podemos evolucionar al lado del Quijote o de Emma Bovary, pasearnos por Macondo y conversar con escritores que hayan concebido sus obras en lenguas indescifrables para nosotros. Inmenso tesoro del arte y de la cultura en el que podemos abrevar cuando nos plazca, por poco que poseamos las llaves, por poco que no nos asuste. ahí donde la lectura nos habla de lo más hondo de la experiencia humana en forma condensada y estética donde la esclarece donde despierta el deseo y el pensamiento no hay motivo alguno para que no conmueva a cualquiera cualquiera tiene sed de inteligencia de sí mismo y del mundo de belleza de poesía cualquiera se siente atraído siendo niño por esa interioridad fascinante e intrigante, ese sitio de tantos secretos. Ahí lo más íntimo es lo más compartido, lo que nos acerca los unos a los otros. Por lo demás, los trabajos que realicé en entornos inicialmente alejados de la cultura escrita pronto me enseñaron que la experiencia de la lectura, cuando se asedía a Elia, no difería ni por pertenencia social ni por generación. En las zonas rurales francesas, tanto como en los barrios marginados, escuché a personas procedentes de medios de pobreza que habían tenido esa experiencia en toda su amplitud, en especial que se habían encontrado con palabras que las habían movido, cautivado, despertado, revelado, que habían reactivado su pensamiento, transformado su representación de sí mismas y de lo que las rodeaba. Sin embargo, son una minoría los que conocen esa experiencia, que leen libre, intensa y vívidamente. Y en su mayoría se trata de mujeres y de hombres que tuvieron contacto con los libros desde su más tierna edad o que, al menos, fueron introducidos precozmente en los usos de la cultura escrita. La lectura es un arte que más que enseñarse se transmite y la transmisión en el seno de la familia es la más frecuente. Lo más común es que alguien se vuelva lector porque de niño vio a su madre, a su padre o a su abuela con la nariz metida en los libros, porque los oyó a leer historias o porque las obras que había en la casa eran temas de conversación. En esas familias, las posibilidades de conocer esa experiencia lectora se dan desde el nacimiento o casi. En otras, por el contrario, las prohibiciones culturales se suman a las dificultades económicas y a la lejanía de lugares donde se pueda encontrar apoyo escrito. Si los niños o los adultos llegan a leer y más aún a vivir la lectura aventurosamente, es entonces gracias a un encuentro, a la cálida y discreta compañía de un facilitador que tiene afición a los libros y que, fortalecido por su propia experiencia, sabe hacer que esos objetos sean deseables con mania. Ya había observado eso en Francia cuando realicé investigaciones en barrios marginalizados o en el medio rural. Después tuve la fortuna de que mis trabajos fueran bien recibidos en México y en toda América Latina. Desde hace 10 años he viajado en muchas ocasiones a Argentina, Colombia, Uruguay, Brasil y al propio México. En esos viajes conocí a un gran número de maestros, bibliotecarios, promotores de lectura, escritores, psicoanalistas, editores, etc., con los que dialogué. De ese modo, descubrí otras experiencias lectoras, algunas sorprendentes experiencias literarias compartidas, desarrolladas en espacios que son objeto de conflictos armados, de crisis económicas intensas, de movimientos forzados de poblaciones o de gran pobreza. Puestas en práctica por diversos profesionales, se proponen a jóvenes procedentes de las filas de la guerrilla o de grupos paramilitares, a drogadictos que viven en la calle, a adolescentes detenidos, a niños maltratados o a personas desplazadas que han perdido su lugar de morada, etc. En pocas palabras, a niños, adolescentes y adultos provenientes de entornos pobres, marginados, cuya cultura ha sido soyuzgada y que han crecido muy alejados de los libros. Dejantes experiencias les son conocidas a muchos de ustedes, pero en Europa no se oye mucho hablar de ellas. Por eso me pareció importante dar a conocer las voces y las tácticas de los mediadores y de los lectores latinoamericanos en Francia, de la misma forma en que había trasladado a América Latina las experiencias de los adolescentes o de los bibliotecarios de medios rurales o de los suburbios franceses. Así pues, en los últimos años he tenido intercambios continuos con quienes dan o han dado vida a una quincena de programas desarrollados en contextos difíciles. Los oí hablar, visité algunos de los sitios que animaban, leí textos que habían escrito y estudié materiales que me proporcionaron. De manera más puntual, he recabado datos sobre muchas más experiencias. Escribí un libro a partir de su análisis, El arte de la lectura en los tiempos de crisis, que se está traduciendo y que será publicado como en tres meses. Espero que Daniel no tenga inconveniente en que extraiga algunos elementos ya, desde ahora, para hablarles un poco más del arte de los mediadores, pues se trata efectivamente de un arte. Y me viene a la memoria aquí Daoud, un joven que conocí en una biblioteca del área parisina que dijo, en esa biblioteca hay algo artístico, ya desde el momento en que uno entra. Aquí el libro vive, respira. Arte del que se habla poco. El arte de sentir en las dos acepciones del término en español, experimentar y oír, y de transmitir con un poco de gracia, de inventiva. Muchos de ustedes practican cotidiamente ese arte de los mediadores. Bueno, la verdad, más bien debería yo decir el arte de las mediadoras, porque tanto en América Latina como en Europa son sobre todo mujeres quienes lo ejercen en nuestros días. Sin embargo, como decía el psicoanalista Jacques Lacan, hay hombres tan aptos como las mujeres o casi tan aptos. Y hay que reconocer a los hombres a menudo jóvenes que no temen la compañía de las mujeres y que ejercen ese arte codo con codo con ellas. Es muy importante que participen en ese movimiento. Para hablar del arte de los mediadores voy a tomar un ejemplo. No de México para no despertárselos. Y de más lejos, a Argentina. Insisto en que lo traigo a colación solamente a guisa de ilustración. No se trata para nada de un modelo ni de una receta. Ninguna experiencia es transferible y cada persona debe inventar con su propio ingenio, sus preguntas, su estilo. Por lo demás, como verán, tomé como ejemplo una experiencia un poco especial en la que la lectura no solamente está en el centro de lo que se impulsa, sino también la escritura y las artes plásticas. En la ciudad de Bahía Blanca, en Argentina, una mujer, Mirta Colángelo, animó durante 11 años un talier literario y artístico en el patronato de la infancia a donde esos niños son llevados cuando los tribunales de menores lo deciden. De edades entre 7 y 14 años, vienen de familias pobres, numerosas, rotas. Cuando Mirta comenzó a trabajar ahí, leían y escribían con dificultad, y no encontraban en él ningún placer. Incapaces de mantener su atención, hablaban todos al mismo tiempo. Mirta recordó cuando Paulo Freire rememoró su niñez. Freire decía que leyó el lenguaje de un árbol de mango en las diferentes estaciones. el de las ramas de los árboles, de la voz del viento y de tantas otras cosas, y que esa lectura del mundo le había facilitado el acceso a la lectura de la letra. Para Mirta, leer implicaba ya comenzar a recoger indicios para lograr la construcción de sentido. Esa construcción de sentido fue la que se dedicó a infundir a través de múltiples vías. Con grupos pequeños de niños, intentó, dice, trazar un camino de trabajo y de disfrute, con las palabras y los silencios, con las imágenes, lentamente, sin prisa. Desde el inicio se cruzaron diferentes artes, diferentes lenguajes. Una multitud de reproducciones iluminaron las paredes, se compulsaron libros de pintura. Les leyó muchos mitos, mucha poesía, esperando que esas lecturas darían lugar a las lecturas realizadas por ellos mismos sin haberlas puesto en palabras, que los llevarían a leer mejor el mundo y sus criaturas. Los llevó a los parques para hacer lecturas de lenguajes no verbales, como lo dice Elia, y cito, el de Tilo, que se lee con los ojos en otoño y con la nariz en primavera, el de las violetas, que nos regalan en invierno ramitos para todos, o el de los barcos de papel en los que los chicos escriben buenos deseos y que siempre echamos a navegar en el cordón de la vereda los días de lluvia. Nos quedamos en silencio cuando pasan los loros de chillido verde o los venteveos en contrapunto. Los escuchamos. Que noten las relaciones, los vínculos entre los lenguajes verbales y no verbales y el silencio, sin enfatizar el dar explicaciones y destacando el carácter provisorio de los aliasgos. Eso sería lo esencial para Mirta. Cita a un adolescente que escribió en una pared, en el cielo te leen poesía, en el infierno te la explican. Para Elia no es necesario ni deseable impulsar a los lectores a interpretarlo todo, ni a buscar en el acto significativos objetivos, que por lo demás son provisionales y aventurados. Cuenta también cómo los niños y Elia comenzaron a aprender coplas que se decían unos a los otros en diferentes tonos. Con el paso del tiempo, los niños se atrevieron a escribir coplas, pasando mucho tiempo trabajándolas, al punto que más adelante ganaron un concurso nacional. Recrearon obras pictóricas que encontraban en libros copiándolas o haciendo collage con materiales que encontraban en las playas o en los jardines. Un día Mirtha lee en voz alta un libro de Graciela Montes, Historia de un amor exagerado. El último capítulo cuenta la preparación de un sobre exagerado dentro del que el protagonista decide despacharse a sí mismo como regalo de cumpleaños a su amada. El final del libro queda abierto. La historia hizo que a los chicos les entraran las ganas de escribir cartas. Mirtha los acompaña entonces en una experiencia de arte correo con desconocidos, ya que muchos de ellos no tienen a quién escribir, con quienes intercambian dibujos, collages. Los primeros en recibir esos objetos son artistas plásticos o diseñadores de libros para niños que aceptaron participar. En sus correos, los chicos se presentan, cuentan algo de su vida, de sus gustos. Los artistas los responden con cartas personales acompañadas de pequeñas sorpresas que incluyen obra original. Por ejemplo, Sofía, de 12 años, regresó traumatizada de su casa, a la que va de vez en cuando después de una disputa violenta entre sus padres. La madre tuvo que ser internada. La policía detuvo al padre. Sofía no habló durante varios días. Escuchemos a Mirta. Cuando el cartero trajo un sobre a su nombre, en el que había un increíble gato pantera, que le estaba dedicado por Juan Lima, recuperó la palabra y me relató lo sucedido. Después lo escribió a Juan. El gato fue su talismán durante largo tiempo. Otra chica, Yamila, por su parte recibió del artista Hernán Aedo una máscara que permitía ver la Cruz del Sur. Él le escribió, cuando Hernán mira la Cruz del Sur, se le ocurre que vos también la estás viendo, y si te pones la carreta para mirarla, seguro que él estará ahí con vos haciéndote compañía. A veces, Mirta Colangelo lleva a los niños a la playa y lanzan botellas con mensajes para encontrar amigos. Cito, Después de un mes y pico, una de las botellas fue aliada en una playa distante de unos 80 kilómetros del puerto de White, lugar de donde había partido, por una familia que leyó la carta. Y no solo le contestaron al niño que la había escrito, sino que se acercaron hasta el patro, y como Cristian había puesto que le gustaban los chorizos y las naranjas, los trajeron y almorzaron con nosotros. Todavía Cristian mantiene correspondencia regular con la familia. En el taller impulsado por esa mujer, las palabras escritas en un principio tan distantes se filtraron poco a poco en la vida de esos niños y de esos adolescentes a través de toda una poética de lo cotidiano. Ahí la lectura es atención delicada a los seres y a las cosas que empiezan a ser nombradas. Se despiertan todos los sentidos y múltiples artes se entremezclan con la lectura, el dibujo, el collage, el cine, a donde los llevan ocasiones, la música, la escritura. Todas forman parte de una misma experiencia. Los niños trabajaron durante mucho tiempo en la fabricación artesanal de sus propios libros, conjugando también aquí varias artes, y los presentaron al Museo de Arte Contemporáneo de su ciudad. Mirta me contó la escena en una carta. Cito, los chicos leyeron textos, pasamos un CD con imágenes de los libros, ya que como cada uno es único, creo oportuno que se pudieran conocer por lo menos unas 100. Están fantásticas. Escuchamos música de cámara y repartimos plumas de loros y de palomas como souvenir. Las habíamos juntado con los niños en un parque el domingo anterior. ¿Sabías que las cambian en otoño y se puede encontrar debajo de los eucaliptos donde suelen dormir? Vendimos casi todos los libros terminados, que fueron unos 60, y ya los chicos trabajadores cobraron un dinerito proporcional a lo trabajado. Compramos más papel y muchas tintas chinas de colores. Estamos muy contentos. Bueno, yo estuve también muy contenta cuando recibí esa carta porque no sabía que los loros que duermen en las ramas de los eucaliptos otoñan en plumas que caen e iluminan el suelo. En mi país los escasos pericos duermen en zoológicos. Su carta daba testimonio de una relación feliz y creativa con los libros por parte de niños que, sin embargo, estaban inicialmente muy lejos de ellos. Y fui muy feliz cuando recibí unos libros de los que había hecho, cuya calidad, tanto de los textos como de las imágenes, me maravilló. Efectivamente, cada ejemplar es único y no se repite como la vida, como dice Mirtha. Cada experiencia es también única e irrepetible. Por eso les dije desde el inicio que no vieran un modelo en ese bello talier, sino más bien una incitación a la libertad, a inventar sus propios caminos. En contrapunto con la obra de Mirtha, recordaré rápidamente el trabajo de otra mujer del otro lado del Atlántico. Escritora y crítica de arte, Monato Ma impulsa talleres de escritura creativa con adolescentes que atraviesan grandes dificultades escolares. Los lleva al Museo del Louvre, por ejemplo, donde contemplan la balsa de la medusa de Jericho. Podría parecer algo muy distante de ellos esa obra pintada hace cerca de 200 años. Y sin embargo, les habla esa historia de un barco que naufraga en la costa de África, donde hubo colonos que se salvaron, mientras que los simple marinos fueron abandonados a su suerte en esa balsa. Después de mostrarle el cuadro, les lee en voz alta relato de un náufrago, el texto de García Márquez, y luego les hace una propuesta de escritura como la siguiente. Si se encontraran en una isla, ¿a quién se comerían primero? ¿Al ser que aman o a otra persona? Y se ponen a escribir como nunca antes, en el más completo silencio. Juana trabaja con adolescentes que estén donde estén, siempre dicen, aquí no hay nada. Lo que los rodea no les dice nada, no les inspira nada. Entonces, Elia se esfuerza por infundirles curiosidad sobre lo que hay ahí, sobre la presencia, lo real, para que abran los ojos a lo que no veían. Trata también de permitirles que se apropien de otros sitios, de otras calles. En el centro de su trabajo se encuentra precisamente el hecho de sentir con el cuerpo los textos. Las obras pintadas, los espacios públicos, los mueliers del Sena o de un canal, etc. Todo es pretexto para abrir los ojos, para sentir, para leer y para escribir. Mona explica, yo abro pistas, ellos conocerán el camino. Puedo hacerlo con los parques, los edificios. Por ejemplo, les hablo de Versalles. Les cuento que es la historia de alguien que se consideraba un yos. Que vean que todo eso viene del deseo. Los mediadores que he conocido aquí y allá tienen diferentes maneras de actuar. Una parte de ellos dedican enteramente los espacios que animan en contextos de crisis a la lectura y a los intercambios orales que suscita. Otros mezclan lectura y escritura, vistas como dos momentos inseparables de un mismo proceso, para hablar como Paulo Freire. Otros más alternan o combinan, como Mirta o Mona, la lectura, la escritura y otras prácticas, visitas a museos, teatro, música, danza, realización de obras gráficas o audiovisuales. Sin embargo, más allá de las particularidades, varias características reaparecen en muchas experiencias que he estudiado y, tal como les decía, es un verdadero arte de la mediación el que se revela. Esas experiencias tienen lugar a intervalos regulares en espacios de libertad, sin calificaciones ni controles, o cuando menos sin la preocupación de una rentabilidad escolar inmediata o de resultados cuantificables. Su ambición es cultural y no es estrictamente pedagógica o terapéutica. O mejor dicho, aquellos y aquellos que las impulsan no han pretendido alcanzar un fin único. Sus objetivos están marcados por algo indeterminado, plural. Se podría ver aquí una debilidad, pero a mí me parece, por el contrario, que la eficiencia de esos programas estriba en gran medida en que las cosas no sean demasiado fijas, en que no se puedan reducir a una función, a un campo, la educación, la formación ciudadana, la salud, la transmisión cultural, aun cuando tengan toda su parte. En que haya juego en todos los sentidos del término, fluidez, y en que se procura la posibilidad de que surja lo imprevisto. Es quizá debido a ese carácter múltiple, difícil de circunscribir, plástico, flexible, aun cuando, por supuesto, haya reglas precisas que garanticen el sostenimiento de un marco, por lo que son particularmente aptos para enriquecer la actividad psíquica de los participantes, así como sus intercambios. Lo que se ofrece a los que toman parte es, en primer lugar, una atención cálida y esmerada. Los lugares son colectivos, pero cada individuo es considerado un sujeto al que se le ofrece una escucha, una disponibilidad profunda y una confianza en sus capacidades, en su creatividad. Los ritmos o las culturas o las adhesiones de cada uno se respetan. Se reciben y se valoran los enunciados de los niños o de los adolescentes ahí donde, en el marco académico clásico, el docente tiene tendencia más bien a poner la atención en lo que no marcha bien en la producción oral o escrita del alumno. Con frecuencia, a esos jóvenes se les solicitará y se les formará para que se conviertan, a su vez, en pasadores de libros para otros. En contextos críticos, el arte de los mediadores es, pues, en primer lugar, un arte de la recepción, una hospitalidad. Es también una aptitud para interrogarse sobre sí mismo. Los que están comprometidos en esos programas han pensado en su propio recorrido, en su propia relación con los libros. Muchos de los mediadores que trabajan en contextos difíciles se consagran justamente a suscitar idas y venidas entre lo sensible y el lenguaje, a recuperar tras el texto la tierra adentro de sensaciones, de emociones, un movimiento, un ritmo, a permitir a los participantes entrar a la danza. Al hacer así, éstos se apoderan de fragmentos de obras leídas para apuntalar todo un trabajo de construcción o de reconstrucción de sí, aun si crecieron ajenos a los libros. No necesariamente se convertirán en grandes lectores, pero los libros ya no les repelen, ya no los asustan. La lectura deja de ser un desciframiento fastidioso. La austera faena a la que es necesario someterse para satisfacer a los adultos se vuelve experiencia íntima y compartida. No voy a decirles a través de qué procesos se opera esa reconstrucción, ni tampoco cuáles son las obras idóneas para propiciarlos. El tiempo no nos alcanzaría y además debo infundirles el deseo de leer mi libro. Me limitaré a decirles que lo que se ofrece a los que participan en estos programas es la posibilidad de dar un rodeo que movilice el deseo y de active el pensamiento. Ahora bien, se tiende demasiado a olvidar en esos tiempos de evaluaciones contables, de obsesión por una rentabilidad inmediata, que el rodeo es una necesidad antropológica, psíquica y más aún en tiempos críticos. El rodeo es vital cuando de evitar el dolor o el miedo se trata, en vez de enfrentarlos. Es igualmente esencial para el pensamiento y la creatividad. Dar rodeos o tomar desviaciones puede también constituir un preámbulo indispensable a todo verdadero aprendizaje. De otro modo, los libros seguirán siendo letra muerta aun si se aprende a descifrarlos. No se puede tomarle gusto al aprendizaje hasta después de haber jugado mucho con la lengua, tal como tampoco podremos interesarnos en la realidad y desear modificarla hasta después de haber transitado largamente por la fantasía, por lo imaginario. No obstante, René Yadkin observó que el interés literario de los malos alumnos a punto de volverse iletrados puede reavivarse. Los niños más grandes descubren tardiamente a veces el placer de leer, sobre todo cuando no se da en un contexto de examen. Para una parte de los que han crecido lejos de la cultura escrita, los libros son símbolos de una autoridad enemiga, hasta colonizadora, que los excluye. En la escuela, esa cultura y el saber formalizado pasan por encima de ellos sin tocarlos. Más expuestos a la vagancia escolar no pueden tampoco abrevar en los textos para tamizar sus angustias o formalizar su rebelión. Pero a veces es posible una reconciliación con lo escrito a través de experiencias como las que acabo de relatar. Por medio de un intercambio inicial gratificante y poético con un intercesor, los participantes dejan que entren en sus ensoñaciones, en su cuerpo, en su pensamiento, algunos textos, algunas imágenes, algunas frases, que les devuelven ecos de lo más profundo de sí mismos. Leen las dolorosas páginas de su vida en forma indirecta y se convierten poco a poco en los narradores de su propia historia. Desarrollan su capacidad de asombro, su facultad para discernir tanto sus paisajes interiores como los que los rodean, así como para nombrarlos, pensarlos, transformarlos, compartirlos Esta lectura ve de la mano del movimiento del deseo junto con una espera, la búsqueda de otra cosa Ayuda a despejar dentro de sí un sitio para el otro, con las posibilidades y los riesgos que implica todo encuentro Esos son algunos de los caminos a través de los cuales he abordado algunas experiencias lectoras. Hay otras que me alegra oír evocar en ese seminario. Una sola palabra más. Walter Benjamin pensaba que a fuerza de vernos sumergidos en informaciones siempre acompañadas de comentarios, perdimos el arte de la narración y la facultad de intercambiar experiencias. Me gustaría pensar que estaba equivocado. Gracias a la resistencia tosuda de creadores y de pasadores de libros y de historias que están decididos a no dejar todo el lugar al estrépido mediático y al mutismo, la experiencia lectora no se pierde y a veces se transmite a los que vivían completamente alejados de los libros. En contextos difíciles, a veces apoya precisamente el arte de la narración, la facultad de explorar lo vivido y de conversar sobre la vida con una veracidad y un esmero que ningún reality show haría jamás. En ocasiones reactiva una tradición oral perdida. Vemos cuán valioso es el arte de los mediadores que trabajan en esos contextos y que los que escriben la historia cultural deberían tenerlo en cuenta. Lo difícil que es también, sobre todo porque supone una aptitud más, la de mover cielo y tierra para obtener los subsidios que permitan que esos programas continúen, la de mantener el rumbo y batirse sin descanso, sin dejarse desalentar demasiado, a pesar de los altibajos políticos y de los eventuales caprichos de las autoridades tutelares. Ese arte debería ser sostenido y alentado y las iniciativas de los mediadores apoyadas, apuntaladas y multiplicadas por una voluntad política para que se ofrezca a cualquiera la oportunidad de encontrar múltiples ecos de su experiencia humana y de descubrir otros mundos. Muchas gracias por su atención. Thank you.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
21/11/2008
FECHA_PUBLICACION
24/11/2008
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
28
CONDUCTOR
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor mexicano
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
18/11/2008
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
REALIZACION
Alfredo Chávez
PRODUCCION
Ana Victoria Martínez Anaya

