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CUID
M-05397
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 29
SINOPSIS_SERIE
Jornadas de reflexión y discusión centradas en la apertura de espacios para el diálogo, lugares que promueven la lectura y la literatura en distintos ámbitos, tanto públicos como privados. Este foro permite el diálogo sobre lo indispensable que son la lectura, y en particular la lectura literaria, para construir sentidos, expresar ideas y sentimientos, y respetar las diversas formas de pensamiento
EXTRACTO_SERIE
Jornadas de reflexión que abren espacios de diálogo y promueven la lectura literaria como herramienta esencial para construir sentidos, expresar ideas y respetar la diversidad de pensamiento
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Merdedes Calvo (Uruguay) y Norma Muñoz Ledo (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
La reflexión aborda cómo la lectura y la escritura se forman en la infancia a partir del vínculo afectivo con el lenguaje, la oralidad y las experiencias familiares. Se destaca la influencia duradera de las primeras historias y de la mediación cercana en la construcción de hábitos lectores. También se cuestiona la función moralizante de la literatura y se defiende su valor estético, imaginativo y libre, así como la importancia de ofrecer obras diversas que permitan a cada lector crear sus propios caminos y sentidos.
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre la formación lectora desde la infancia, basada en oralidad, afecto y experiencias familiares, destacando la literatura como experiencia estética y libre, que impulsa imaginación, autonomía y caminos personales de lectura
N_PROGRAMA
3
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
01:32:37:06
PARTICIPANTES
Mercedes Calvo, poeta y maestra.
Norma Muñoz Ledo, escritora especialista en libros infantiles y juveniles
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Mercedes Calvo
Autora y maestra nacida en Uruguay, cuya trayectoria combina más de tres décadas dedicadas a la educación con un interés profundo por el desarrollo del lenguaje poético. Su experiencia incluye la coordinación de talleres de expresión para adolescentes y la labor editorial en el ámbito educativo. Ha contribuido con textos especializados sobre la formación literaria y el desarrollo creativo en la infancia. Su obra poética obtuvo reconocimiento internacional con un premio destinado a literatura para niños, lo que impulsó su participación en espacios de reflexión sobre poesía y pedagogía. Se ha consolidado como una voz que articula la sensibilidad literaria con la experiencia docente, promoviendo una aproximación respetuosa y creativa al lenguaje.
Norma Muñoz Ledo
Escritora y especialista en literatura infantil originaria de México, formada en pedagogía y con estudios de posgrado en literatura infantil en el extranjero. Inició su carrera con premios tempranos que destacaron su habilidad narrativa y su interés por la tradición oral. Ha colaborado en proyectos de fomento a la lectura y desarrollo editorial, además de incursionar en medios educativos como guionista. Su obra, publicada en diversas casas editoriales, abarca relatos, novelas breves y propuestas que exploran la imaginación, el humor y el vínculo afectivo con las historias. Con una producción amplia y constante, se ha consolidado como una figura destacada en la literatura infantil y juvenil, reconocida por unir la formación pedagógica con una vocación narrativa versátil.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Hola a todos ustedes, les agradecemos mucho su presencia. Pues daremos inicio a esta primera mesa del seminario de la 29 edición de la FILI. El tema de la mesa es un poco que Mercedes y Norma nos cuenten su experiencia como lectoras, como escritoras a lo largo de su vida, cómo la lectura y la escritura ha marcado su vida y ha determinado un poco su dirección y su postura en la vida y con las cosas. Entonces, bueno, pues les presento Mercedes Calvo, quien está aquí a mi izquierda. Nació en Salto, Uruguay, en 1949. Es maestra desde hace más de 30 años. Ha sido también coordinadora de talleres de expresión con adolescentes en varios institutos privados de enseñanza secundaria. Además, trabajó como corrector en el Departamento de Publicaciones de Enseñanza Primaria de Uruguay. ha colaborado con artículos sobre el desarrollo del lenguaje poético en revistas de actualización docente. Su poemario, Los Espejos de Ana Clara, ganó el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2008, organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo de Cultura Económica. A partir de la publicación de su primer y hasta ahora único libro, Mercedes se ha abierto las puertas del mundo de la literatura infantil, participando en distintos foros y escribiendo para las revistas más prestigiosas del ramo. Un ejemplo de ello es su presencia aquí con nosotros. Solo me gustaría contarles un poco, yo tuve la fortuna de participar en el proceso de edición del libro de Mercedes y pues es una historia muy singular porque ella atendió a la convocatoria y es la primera vez que se animaba a escribir un libro y el libro resultó ganador, es un libro extraordinario que pone en el lugar donde debe estar la poesía y sobre todo la poesía para niños. Ahora les presento a Norma Muñoz Ledo. Nació en 1967 en la Ciudad de México. Desde pequeña se vio seducida por el mundo de las historias y por el placer de narrar. Siempre ha sido una ávida lectora y desde los ocho años escritora. Estudió la licenciatura en pedagogía en la Universidad Panamericana y posteriormente hizo una maestría en literatura infantil en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. En 1992 ganó el premio Antonio Robles, otorgado por la sección mexicana de IBI con el cuento Provolone y Gorgonzola. También obtuvo el premio Castillo por los cuentos de La Casa del Árbol, textos que retoman la oralidad. Entre 1994 y 1995 formó parte del equipo IBI México y con el apoyo del Ponca colaboró para la formación de la colección temas de literatura infantil. Entre 1996 y 97 participó como guionista del programa infantil Bisbirige, producido por el Canal 11 y fue becaria de la generación de jóvenes creadores del Fonca en la disciplina artística de cuento. En Editorial Citeza, en coedición con Conaculta, publicó en 1996 Provolone y Gorgonzola. Publicó Chimichurri con el Instituto Electoral del Distrito Federal. En la colección El Barco de Vapor de SM tiene publicados El Gran Mago Sirazfi, El Nuevo Restaurante de Pierre Quintonil, Zorrillo, Mamá Tlacuache y Cuentos para Tlacuaches. De la mano de Editorial Norma ha publicado en la colección Torre de Papel Mate Mágicas, Moldavita y Fernando y el Genio. Con Editorial Castillo publicó los cuentos de La Casa del Árbol en la colección Castillo de la Lectura y con alfavor infantil y juvenil ha publicado Cállate perrito, polvo de estrellas y me quiero casar. Entonces bueno, le cedo la palabra a Norma Muñoz Ledo para que nos platique. Bueno, pues buenas tardes. Yo preparé un texto para esta tarde que espero leer rápidamente y que sea, bueno, es una lectura ligera porque es una cuestión bastante autobiográfica. Cuando me dijeron que este era el tema, el momento para el encuentro entre el niño y el adulto a través de la lectura de literatura, pues me puse a pensar. Lo primero que me viene a la memoria es todos los momentos en que hubo alguien o un adulto y que intervino en crear esta relación. Bueno, ahorita lo van a ver en lo que les cuente, no siempre fueron adultos. Pero, pues bueno, es una relación de amistad, de hermandad con las palabras que pienso contarles. ¿Cómo fue que surgió? ¿Y cómo es que yo ahora, como escritora y en mi vida adulta, me doy cuenta de mi papel? De este papel del adulto como intermediario entre las historias y los niños. Bueno, pues empiezo. Cuando supe conocer el tema del seminario, la lectura de literatura como un momento de encuentro entre el niño y el adulto me dio mucho gusto. De inmediato recordé las preguntas que suelen surgir cuando visito escuelas y converso con los niños. El acto mismo de asistir a una escuela es enriquecedor pues la literatura infantil tiene una dificultad inherente. La presencia de una serie de intermediarios entre los niños y los libros que se hacen para ellos. Padres, profesores, editores, bibliotecarios, libreros y promotores forman verdaderas cadenas entre los niños y sus libros. Cuando uno platica con los lectores, es el momento en el cual, a final de cuentas, autor y lector estamos frente a frente y ambos volvemos al esquema básico de la comunicación. En las visitas que he realizado en los últimos meses, he escuchado las mismas preguntas una y otra vez. ¿Qué estudiaste para escribir? ¿Dónde aprendiste? ¿Cómo se te ocurren las historias? ¿Cómo te inspiras? ¿Por qué parece que lo que escribiste es cierto? Todos estos cuestionamientos se refieren en última instancia a la generación del texto. podrían resumirse en uno solo. ¿Por qué eres capaz de generar un texto? Cuando me preguntan en dónde aprendí a escribir, hago de pronto contesto que alguna vez estuve en un taller. Pero la verdad, esta respuesta no tiene sentido. No estoy contestando nada a una pregunta que en realidad tiene muchas respuestas. Como pedagoga, sé que la didáctica puede ofrecer muchos caminos para alcanzar un mismo objetivo. Yo, por mi parte, siempre seré fiel seguidora de la metodología de aprender haciendo. En este sentido, la principal escuela que yo tuve para aprender a escribir fue y sigue siendo mi familia. Desde luego he tenido otras influencias, pero mis experiencias familiares fueron las más importantes y significativas. René Descartes revolucionó al mundo cuando dijo pienso, luego existo. Yo no intento revolucionar a nadie, pero mi experiencia personal me dice que si vives y convives con las palabras, luego eres escritor. Desde este momento quiero quitarle toda posible seriedad al contexto familiar en el cual aprendí a escribir, pues no me refiero a la BC, a la decodificación y decodificación del texto. Me refiero a ese acto que yo llamo bailar con las ideas. Y les diré, ya que el día de hoy hablaré de muchos anécdotos familiares, porque lo llamo así. Resulta que tengo un hermano que casi fue futbolista. Toda su infancia se la pasó pendiente del fútbol y era el más ferviente admirador de Brasil. Un buen día le pregunté por qué siempre le iba a Brasil. Lo pensó un poco y me dijo, porque los brasileños bailan con la pelota. Desde entonces siempre que los veo jugar me acuerdo de esa frase, y sí que bailan con la pelota. Pero por eso a mí me gusta pensar que bailo con las palabras y las ideas. Esa es la relación que me gusta tener con ellas, somos compañeras de baile. Me he dado cuenta de que cuando pensamos en promover la lectura normalmente lo hacemos en términos de acercar al niño a los libros. Sin embargo, creo que esta idea debe ampliarse. Los libros contienen textos, que son un conjunto de palabras, pero el conjunto completo de las palabras constituye el lenguaje. Pienso que el objetivo debe ser, más bien, acercar al niño a los diferentes usos y matices del lenguaje, dentro de los cuales se encuentra la literatura. Interactuar de diversas maneras con el lenguaje nos permite percibir sus tonos, su forma de fluir, nos deja distinguir sus ritmos y, a final de cuentas, sus usos. Así nos damos cuenta de que si bien el uso general del lenguaje es la comunicación de las ideas, podemos hacerlo de muchas formas distintas. Por ejemplo, a través de un discurso, un ensayo, un guión, un cómic, un cuento, un poema. Este proceso no es un simple hilito. Yo lo veo más bien como un entramado, como la hechura de una tela, el tejido de un suéter. Y para lograrlo se requiere la presencia de al menos una persona clave. Aunque los adultos suelen tomar este papel, a continuación les contaré acerca de la presencia de otros actores. Los últimos descubrimientos en materia de neurología que han revolucionado desde la nutrición y la educación física hasta la psicología y las ciencias de la educación, hablan de un fenómeno absolutamente químico y biológico, pero que al mismo tiempo resulta tan sencillo y lleno de lógica que no podemos más que sentir admiración. Me refiero a los carriles, los surcos que forman las neuronas al transitar un camino una y otra vez. El sistema nervioso, todos sabemos, tiene un director de orquesta que es el cerebro, el cual al recibir y enviar el mismo mensaje una y otra vez, obliga a las neuronas a transitar por el mismo camino una y otra y otra vez, hasta que la respuesta se vuelve automática. Esto es válido para cualquier hábito que un ser humano adquiera en su vida, desde una postura anatómica equivocada o la aceptación de ciertos alimentos hasta aspectos mucho más sofisticados de la mente, como el uso del lenguaje. Este descubrimiento me parece fascinante. ¿Por qué tenemos habitualmente las mismas reacciones ante las situaciones? La respuesta es bien sencilla, porque ese es el camino que nuestros neuronas están acostumbradas a seguir. Reflexionando en este movimiento continuo del sistema nervioso, pienso en mi propia infancia y veo en ella las mil y una veredas que mis neuronas caminaron a través de las palabras de las más diversas maneras. Sin que en mi familia existiera el objetivo explícito de educar a alguien para que fuera escritor, el uso del lenguaje era tan variado que fueron las mismas palabras las que forjaron su camino en mí. Hemos vivido juntas siempre. Las palabras son portadoras de la comunicación y eso es lo que experimenté, lo que aprendí haciendo toda mi vida. Hacé receptora y emisora de ideas de muchas formas diferentes. Tenía seis años y una amigdalitis que me tuvo en cama casi toda la primaria y parte de primero. Odeaba además ir a la escuela. Confieso que el esquema escolar siempre me costó mucho trabajo No por el aspecto académico, sino por la disciplina Sentarme derechita, en silencio y sin hacerle caras a la profesora Era un martirio que nunca pude sobrellevar bien Pero no hablaré ahorita de mis problemas con la disciplina Sino que cuando era niña, preferí estar en mi casa Y la amigdalitis me proporcionaba el pretexto perfecto Teniéndome en cama semanas enteras Hasta que un médico le anunció a mi zapato que tenía que operarme Ese fue el fin del reposo en cama pero el buen recuerdo que tengo de ese periodo de mi vida es que mi mamá se sentaba conmigo en mi cama, sobre todo por las tardes, y me leía. Mi mamá, no está de más contarles, quiso estudiar filosofía y letras. Y aunque no pudo hacerlo, no pudo hacerlo porque era una familia extremadamente conservadora y mi abuelita dijo que a la universidad solo iban las locas. Entonces mi mamá no podía ir a la universidad. Y además quería estudiar filosofía y letras. Es la más entusiasta lectora que conozco y en aquellos tiempos creo que le tenía la autoconsigna de leer no solo a los clásicos griegos, también a los premios Nobel. Y como sabía que Selma Lagerlof había ganado este premio, considero que el maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia sería una buena lectura para mí. Aunque la obra es considerada clásica de la literatura infantil, yo volví a leerla cuando tenía 17 años. Y salvo la parte inicial, que es lo mejor de la historia, me pareció el libro más árido que pudiera existir. De hecho, su autora lo escribió como un libro de texto para enseñar geografía sueca a los niños suecos. Pero en aquel entonces, a mis 6 o 7 años, el mejor momento del día era cuando mi mamá se sentaba junto a mí para leerme la historia del niño maloso que por molestar a los animales es castigado y convertido en un pulgarcito, capaz de comprender el lenguaje de las bestias. Transformado en una especie de duende, Nims viaja alrededor de Suecia trepado en la espalda de un pato migrante, conociendo lugares de nombres maravillosos. Al final, el protagonista aprendió la lección, volvió a su tamaño normal y desde luego vino la despedida del pato que se había convertido en su amigo. Y con ello yo supe que los libros no solo te pueden transportar a lugares tan lejanos como Laponia, Estocolmo o Gotemburgo, también te pueden hacer llorar. La despedida de Nims y el pato me trajo las primeras lágrimas con una historia. Por favor, no vayan y compren este libro para regalárselo a un niño, sugiriéndole que lo lea. Yo no lo haría. Para mí es muy claro que lo más bello de Niels fue que mi mamá me lo leía, que se sentaba junto a mí en mi cama, yo me acurrucaba y recargaba mi cabeza en su hombro mientras ella me leía la novela en aquella edición que no tenía un solo dibujo. El entorno de afecto que rodeó esa lectura fue casi toda la magia del libro y fue tan fuerte que constituyó un punto de partida fundamental en mi vida. Más tarde regresaré a esta idea del punto de partida, porque me da muchas vueltas en la cabeza, tantas como en ese momento me hizo dar Nils Holgersson. Y es que ese libro me dejó mucho. Sembró en mí una plena aceptación por un mundo fantástico, donde los personajes se hacen diminutos, adquieren poderes y tienen aventuras en lugares remotos, helados, que en ese momento me parecían llenos de misterio. Nils fue mi primer contacto literario con la magia y también con la singular belleza de la literatura nórdica, lo cual abrió una ventana de curiosidad por la cual llegaron muchos otros libros, entre ellos un ejemplar bastante maltratado de los cuentos de Andersen que había pertenecido a mi papá y luego me regaló. Se trataba de una versión muy cercana a la original y la devoré sin reparar en su crueldad o su eterna melancolía. Simplemente, nos leí una y otra vez buscando siempre las piedritas que Nils había dejado señalándome el camino, la magia, los seres fantásticos, la belleza helada del paisaje nórdico. Por años, hasta que fui mucho más grande, seguí buscando estas piedritas y así me topé con otros autores escandinavos como Astrid Lindgren, Tove Jansson, María Gripe y también con Roldal, a quien se identifica como un autor británico. Sin embargo, a lo largo y ancho de su obra se desliza su cultura nórdica, pues sus padres eran noruegos. En el camino cayeron en mis manos muchos cuentos de hadas, de orígenes totalmente distintos. Yo tenía 12 años cuando tuvo lugar la primera feria del libro infantil y juvenil, entonces en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Mis zapas me llevaron y mi única intención era buscar libros de cuentos de hadas sin dibujos, porque ya me había dado cuenta de que cuando estaban muy ilustrados eran muy dulzones y no tenían ese dejo de nostalgia, ese toque de crueldad, de primitiva sinceridad que tienen los cuentos populares en las versiones más cercanas a lo original. Aunque estos factores en la actualidad causan mucho escosor entre los adultos, confieso que a mí me parecían entonces y todavía fascinantes e irresistibles. Nils me dio una pasión, una curiosidad insaciable por la magia y los seres mágicos que todavía tengo y reflejo en la mayoría de mis historias. Pero el camino del niño duende no fue el único, hubo muchos otros. Les he platicado que mi mamá me leyó esta historia, pero también mi papá contribuyó, y bastante, a la hora de crear la relación que hoy tengo con las palabras. Me acuerdo de varios detalles relevantes. Uno es, como ya les conté, el regalo de ese libro de Anderson que había sido suyo. Pero también me recuerdo cuando me enseñó a leer los cómics más o menos a la misma edad. La lectura del cómic tiene su propio código, su propia forma de leerse, y aunque es muy sencilla, hay que aprender a hacerla. Mi papá, especialista en temas tecnológicos e industriales, pasa el día pensando en estos asuntos. Pero desde que yo era pequeña, los cómics han sido su manera de crearse un momento tranquilo antes de dormir. Compartí con él la lectura de Superman, Batman, el Hombre Araña, el Abispón Verde y también del Patodón. Más tarde llegaron a nuestra vida Asterix, Lucky Luke, las aventuras del Gran Viserys, No Good y Tintín, y nunca hemos dejado de compartir el gusto por este tipo de literatura. Pero la lectura de cómics era solo la cereza del pastel. Hace unos años, mis zapas se cambiaron de casa y entre las muchas cajas que tuvieron que sacar, todavía no terminan. Han aparecido un buen número de cartas escritas por mis hermanos y por mí cuando éramos chicos. Mi papá las lee, se acuerda y lo disfruta Yo ni me atrevo a leerlas otra vez Y le ruego que no las lea en voz alta En una comida familiar Si es que las encuentra Y es que mi papá ha tenido siempre la idea muy fija De que las palabras hay que escribirlas Porque si no se las lleva el viento Les contaré la historia de esas cartas Como cualquier niño, mis hermanos y yo hacíamos travesuras Que tenían como consecuencia castigos Mi mamá no siempre se dejaba convencer Cuando pedíamos perdón para librarnos del castigo Mi papá, simplemente para mi papá Estaba claro que las peticiones no bastaban. Solía pedirnos una carta donde teníamos que explicar qué, por qué habíamos hecho la travesura, según nosotros, y también por qué razones podríamos ser disculpados. De igual manera, como todo niño, teníamos cosas que pedir, por ejemplo, permiso para tener un gato o para tomar unas clases de baile. Y otra vez la carta, la petición escrita que incluyera las más exhaustivas y detalladas razones por las cuales queríamos algo y si estaba acompañada con muchos dibujos, mejor. Aunque parece riguroso, en realidad era parte de un reto intelectual bastante divertido. Recuerdo que una vez tuve una ardilla y fue la mejor mascota que una niña pudiera imaginar. Desafortunadamente su vida fue breve y su muerte trajo ríos de lágrimas. Entonces decidí que un gato podía llenar ese vacío y tuve que hacer una larga carta para pedir al tal gato. Por lo visto fui convincente porque tuve varios gatos en los siguientes 14 años de mi vida. Ahora pienso que esas cartas eran mucho más que una petición de perdón o de algo que queríamos. En realidad, fueron todo un ejercicio de reflexión y persuasión que todavía realizo. Pues la creación de una historia requiere de un constante estado de reflexión, del diálogo conmigo misma, con mis personajes y con la historia. Y una permanente convicción de que lo que estoy escribiendo es cierto en el mundo ficticio que he creado. Solo así podré persuadir a mis lectores de que lo que están leyendo parece cierto. Solo así lograré que me pregunten, ¿cuándo te pasó? ¿Le pasó a alguien que conoces? ¿Qué tanto es cierto? Pero eso no era todo. También está el asunto de los periódicos y esta es una herencia familiar fuertemente arraigada. Leer el periódico es una costumbre en la familia de mi papá, a la cual él siempre ha dedicado momentos agravados e intocables. Cuando éramos chicos, solía ser el domingo por la mañana. Mi papá, ahora lo pienso, estaba bastante consentido. Los domingos mi mamá le llevaba el desayuno a la cama y ahí se quedaba un buen rato leyendo el periódico. Pero no solo lo leía, señalaba con crayola roja las notas que le parecían más relevantes de acuerdo a sus intereses. Y a los de cada uno de nosotros. Luego las recortaba y nos las daba. Eso lo sigue haciendo. Ellos viven en Cuernavaca y cada vez que voy a verlos me tiene mis recortes con los temas que ahora me interesan. Lo curioso es que mi abuelito hacía lo mismo con mi papá y con mis tíos. Siempre les tenía sus recortes. Esta herencia familiar me ha hecho a mí misma recortar noticias que pienso que podrían ser del interés de mis hijas, y ha ido más lejos que eso, pues mi hermana, que desde muy chica se identificaba con Luisa Lane, es ahora periodista de investigación. Otros de los muchos caminos que mis neuronas han recorrido brincando por las palabras me los dieron mis cuatro abuelitas. Mi mamá tiene tres hermanas solteras que le llevan muchos años. Cualquiera de ellas pudo haber sido su mamá y todas nos quisieron mucho, por eso digo que tuve cuatro abuelas maternas. Su casa, que fue demolida hace unas semanas, conserva en mi memoria un halo de magia y cariño que nunca podrán tirar picos y palas, pues entre otras cosas, era un lugar donde las historias surgían, no solo de la construcción en sí, sino de las personas que la habitaban. Construida en un terreno de casi 2.000 metros cuadrados, era una amplia casona de techos altos, construida en los años 30. Hay dos lugares de esa casa que por su ambiente y las cosas que ahí sucedían se han deslizado a mis historias. Uno era la cocina. Sitio pequeño y único era el auténtico corazón de la casa, pensando que en inglés la palabra heart no solo significa corazón, también significa fogón. Por su tamaño, la casa hubiera sido helada de no haber sido por el espíritu de fuego que presidía la cocina, una estufa literalmente de las de antes, que utilizaba como combustible carbón de coque. Prender el carbón de piedra cuando está frío en una estufa apagada es una hazaña que puede requerir más de un día de esfuerzos. Pero quitando la ceniza todas las noches al tiempo que se agregaba carbón nuevo a los tizones todavía calientes, permitía tener la estufa prendida las 24 horas del día todo el año. Un horno de buen tamaño y un par de hornillas tipo plancha permanentemente calientes eran una invitación maravillosa para cocinar todo tipo de platillos. Mi invitación que mi abuelita y dos de mis tías no podían resistir y que llevaban a cabo con absoluta entrega, cariño y buena sazón. Ahí aprendimos mi hermana y yo, en diferentes momentos, a preparar muchas cosas. Yo me acuerdo en particular de las galletas de naranja. Con una mezcla de fascinación y antojo veíamos coserse los bistecés directamente sobre la plancha caliente y tostábamos las tortillas bajando la enorme y pesada tapa de la hornilla para que alcanzaran el máximo grado de calor posible. En esa cocina, con su eterno olor a carbón, las tres cocineras, mi abuela y mis tías, preparaban viandas sobre las cuales parecían echar polvos mágicos y reconfortantes, que nos hacían sentir que tomábamos cariño a cucharadas. Yo no diría que este ambiente se deslizó, más bien se desparramó sobre el nuevo restaurante de Pier Quintonil. Yo estaba segura de que comer en casa de mis tías era más que simplemente llenar el estómago, era transportarse a un momento feliz. Además de los alimentos, el eje central de la comida y la sobremesa era la conversación, contar y recordar, compartir y también disentir. Aunado a la sensación inmediata que provocaba la comida, tengo el recuerdo de las pláticas, de los rostros interesados, de los chistes, de las carcajadas y aún de las discusiones que siempre intentaban resolverse en paz. Estoy segura de que casi cualquier familia en nuestro país atesora estos momentos que en el fondo reviven la tradición milenaria de reunirse en torno a los alimentos para hablar del pasado, el presente y el futuro. Fue en una sobremesa cuando escuché a mis tías hablar por primera vez del circo Alegría, que visitaba el defeño barrio de Miscuaca ya por los años 30 junto con su mago, Sirazvi. De esa plática surgió una de mis primeras novelas, El gran mago Sirazvi, de la cual les voy a contar que hace tres semanas me escribió un señor de 65 años que vive en Poza Rica y me dijo que había leído el libro y que él había conocido al mago cuando él tenía 12 años, porque ese mago, que era un vidente espectacular, después trabajó en un circo veracruzano que se llamaba El Circo México. Me dijo que acababa de cumplir 50 años de haber muerto en octubre y que estaba enterrado en Poza Rica. Yo tenía interés en ir a ver su tumba y platicar con él sobre el tiempo que él convivió con el mago, porque podía hacerlo cuando quisiera. Y también me dijo que hay un libro que se llama La historia del circo en México, en donde aparecen fotos de este mago. Me pareció, bueno, me dio muchísima emoción su carta y me pareció algo muy curioso ese encuentro a través de un libro. En ese entorno tuve otros momentos y lugares donde escuché historias que fueron enormes puntos de partida para ideas que desarrollarían el futuro Como muchas construcciones de su tiempo, la casa tenía un sótano del mismo tamaño Aunque sus techos no eran tan altos Era un sitio bastante lóbrego, pues solo unos ventanucos a la altura del jardín permitían que entrara una brisna de luz del día Pero en la tarde, si uno no encendía los escasos focos que había dentro haciendo acopio de todo el valor posible para encontrarlos a oscuras los apagadores. Aquel lugar era negro como la tinta, tan negro que no podían verse las manos. En la familia de mi mamá había dos fiestas anuales de rigurosa importancia. Las dos celebraban a mi abuelita, el Día de las Madres y su cumpleaños el 31 de diciembre. En esas fiestas se reunían todos los hermanos de mi mamá y por lo tanto los primos. Al ser la menor de todos y por bastantes años, no me quedaba más que pegarme en calidad de chicle a los juegos de los más grandes. Y uno de los juegos favoritos de mis primos, quienes tenían un rancho en el Estado de México, era contar historias de miedo en el sótano totalmente apagado. Mis hermanos siempre me decían que no podía ir con ellos porque luego me asustaba y no podía dormir. Eso era 100% cierto, pero entre quedarme sola o con los adultos e ir con todos a escuchar historias de miedo en el sótano, definitivamente prefería esto último. A veces llevábamos una vela, pero casi siempre los grandes opinaban que en tinieblas era mejor. Y ahora me río, pero en aquel tiempo era una temblorina entre las historias de la llorona y el charro negro y saber que compartía a oscuras el mismo espacio con los seres tenebrosos que de verdad vivían en el sótano, como arañas tan gordas como ratones y ratones del tamaño de conejos. Y la verdad no podía dormir en semanas. Esos habitantes de la tradición mexicana no solo me quitaron del sueño. Se quedaron por años y años rondando en los rincones de mi mente hasta que escribí Matemágicas, donde aparece un misterioso libro adentro de la novela. un antiguo y raro volumen que habla de duendes, brujas y demonios mexicanos quienes por obra de las matemáticas se salen del libro y causan estragos Matemágicas fue para mí mucho más que solamente un libro fue un punto de partida fundamental en los últimos 10 años de mi vida en los que he dedicado la mayor parte de mi tiempo y energía al estudio de recopilaciones orales con el ánimo del gambusino que busca pepitas de oro entre las piedras de los ríos mis pepitas son los seres fantásticos de México personajes vivos y presentes en la tradición oral y en el pensamiento de todo el país. Cada vez que leo o escucho una historia contada como un testimonio, siento escalofríos. Una curiosidad irreprimible me lleva a un lugar donde se funden la oralidad, la tradición, la imaginación fantástica y también una insondable verdad que nos es muy difícil reconocer justamente porque rompe todos nuestros parámetros. Y todo comenzó en el sótano de la casa de mi abuelita. Dejo momentáneamente esos mundos mágicos cuya frontera es el monte, la selva y el desierto y sigo hablando de mi pasado pues la historia de mi temprana convivencia con las palabras todavía no termina. Algunas veces mis papás salían de viaje y nos dejaban a los cinco hermanos al cuidado de mis tías y aunque los días transcurrían felices las noches eran difíciles para mí en su casa. Lo único que quería era mi cama, mi almohada y no estar durmiendo sobre ese sótano. No podía dormir y punto. Yo solía compartir el cuarto con mi hermano Felipe, el que me sigue en edad tres años mayor que yo. Y como suele ocurrir, cuando uno no duerme, tampoco duerme el otro. Entonces tenía que venir mi tía Paxi y nos contaba cuentos a los dos. A mi tía le gustaban mucho los cuentos de la selva de Quiroga, pero sabía que no todos son tan dulces como para atraer el sueño. Así que sabiamente nos contaba la gamita ciega. Mi tía acababa el cuento, nos daba un beso y se iba cerrándonos la puerta. Mi hermano y yo nos quedábamos como perros y gatos. No podíamos de todas maneras dormir. Ahora estoy convencida de que esas noches él sí tenía sueño. Y lo más importante era que yo me durmiera para que él también pudiese dormirse. Así que cuando yo decía que todavía tenía miedo, él se ofrecía a contarme los siete cabritos y el lobo, donde el más chiquito era el héroe y al fin y al cabo solamente era un cuento. Y todo terminaba en paz. Es imposible hacer la cuenta de las veces que mi tía contó uno y mi hermano el otro. Lo que sí sé es que las historias animales que me unen a Felipe han resbalado más de una vez a mis libros. Ahí está Zorrillo, donde dos hermanos deben cuidar un apestoso zorrillo escondido de su mamá, y el atoso perrito de las praderas de Callate Perrito, que no tuvo a nadie que le contara un cuento cuando no se podía dormir. Cuando estaba buscando los ruidos de los animales del desierto para este cuento, fue Felipe, conocedor del mundo de las aves, quien me ayudó a buscar sus cantos en algunos sitios en internet, y también los reprodujo pacientemente para que pudiera escribir la onomatopeya. En compañía de mi mamá y mis tías, crecí entre refranes Mi familia le afecta a usar dichos para sazonar cualquier momento La verdad es que son muy útiles para destrabar situaciones incómodas A los hijos cuando se portan mal, es bueno decirles Hijos son y padres serán Un berrinche, a la edad que sea, puede calmarse cuando dices ¿Para qué tanto brinco estando suelo tan parejo? Y desde luego, la tradición es portadora de muchos otros dichos, canciones, rimas y refranes picosos y escatológicos que muchas veces se pierden en aras de la decencia. Tal es el caso del güero huerumbo. Justamente mi teapa aquí me cantaba la rima. Güero huerumbo, de un cátete tumbo. ¿Alguien se sabe el verdadero güero huerumbo? ¿Sí? Tenía yo más de 30 años cuando escuché una recopilación de las rimas de los hermanos Rincón y entonces supe toda la verdad. Le voy a tener que decir, aunque ustedes sean una audiencia muy educada, pero dice. No era güero huerumbo de un catete tumbo, era güero huerumbo de un pedo te tumbo. De dos te levanto, de tres te paranto y de cuatro te mando al campo santo. La reclamación no se hizo esperar y mi teapaquí reafirmaba su posición. ¿Cómo iba ella a decirnos eso? Para mí la pérdida de la tradición es como la pérdida de una parte del alma, del genoma. Es como quitarle a alguien las dos piernas y los dos ojos. Enfrentemos la realidad. Las rimas y las canciones emblemáticas de nuestro idioma mueren cada día a manos de Rebelde, Barney y Disney. Horror total y reacción en consecuencia. Me decidí a escribir Me Quiero Casar, donde los personajes provienen de las rimas, canciones y dichos que hasta hace poco tiempo todos no sabíamos. En ese libro, el güero güembo se casa con la cucarachita mondinga, algunos le dicen mandinga, piuda del ratón Pérez. No debemos olvidar que el ratón se cayó en la oiga de los frijoles por querer que comeste la cebolla. La víbora de la mara se pareja con Lero Lero Candelero y Naranja Dulce tiene muchos problemas con el amargo del limón partido. En varios momentos de mi vida profesional he trabajado en la televisión escribiendo guiones para Bisbirige y Camino a Casa y recientemente en la creación de cuentos de pelos. Pero la primera vez que tuve contacto con los medios ocurrió cuando yo tenía 8 o 9 años y fue en unas vacaciones de verano. Mi papá tenía un proyecto de transparencias que estaban de moda en ese tiempo. Ahora creo que ya son objetos de museo comparados con los modernos cañones de computadora y todos los defectos especiales del PowerPoint. Y aquí la persona clave fue otro de mis hermanos, Pablo, 8 años mayor que yo, a quien le gustaba jugar con sus dos hermanos menores. Ese verano nos puso a dibujar. Con papel albanena y plumones hicimos filminas. A cada uno nos recortó una tira larga de papel de unos 5 centímetros de ancho por 60 de largo, cuyos extremos pegó con cinta adhesiva a unos palitos pequeños un poco más grandes que el ancho del papel y luego los enrolló. Cada 5 centímetros más o menos trazó una línea. Cada quien tenía una tira con 12 cuadritos para contar una historia. Mi cuento era sobre mi mamá y un pastel quemado. La historia de Felipe se trató de unos perros, su tema favorito después del fútbol. Y la de Pablo, no me acuerdo, solo recuerdo que él dibujaba muy bonito y estaba muy padre. Después colocamos la pantalla, prendimos el proyector y pasamos las filminas recorriéndolas con la mano en el lugar donde deberían ir las transparencias, con lo cual nuestros pequeños dibujos se veían al gran tamaño en la pantalla. Primero lo pasamos entre nosotros, luego a mis zapas y demás hermanos, después a toda la familia. También intentamos hacer nuestras propias transparencias con el mismo papel. luego Pablo tuvo novia y los veranos ya no fueron para hacer filminas y transparencias con sus hermanos menores no sé dónde estén esas tiras de papel pintado quizás estén en alguna de las cajas de que mi papá todavía no desempaca de su mudanza quizás ya no existan pero aún recuerdo algunos de los dibujos tan vividamente como si los estuviera viendo en ese momento solo queríamos entretenernos en vacaciones aunque en realidad lo que hicimos fue un pequeño intento de cómic una historia contada con imágenes mi propia adolescencia me llevaba intentos, me llevó a varios intentos por escribir un diario. Confieso que nunca pude. Mi hermana, sin embargo, sí. Entre los 17 y los 22 años, no solo tuvo uno, sino más o menos siete cuadernos que narraban minucioso y detalladamente los acontecimientos de su vida. Sueños, proyectos, amigas y novios, sobre todo, escapadas de las secretas con un novio no aprobado por mis zapas, estaban contenidas en esas páginas ultra secretas. En una familia de cinco hermanos es difícil encontrar un sitio lo suficientemente seguro como para mantener un documento tan sagrado lejos de ojos profanos. En más de una ocasión comenzábamos a escuchar la voz de Pablo desde algún lugar de la casa, leyendo en voz alta algún selecto párrafo del diario. A mi hermana se le iba el color y corría como loca para salvar su vida íntima. En realidad la lectura no duraba más de unos cuantos renglones, pero para mi hermana la desesperación era total. Lo peor era cuando mi hermano se encerraba en el baño y desde ahí leía. Creo que los gritos de mi hermana todavía están en el recuerdo de nuestros vecinos. Si bien yo nunca escribí un diario así, era sabroso verla a ella escribir el suyo. A mí, en general, me dejaba leerlo. Esa idea del amigo incondicional al cual puedes contarle desde el más íntimo secreto hasta el más loco de tus sueños, aparece en polvo de estrellas, donde la protagonista enfrenta la secundaria y la adolescencia acompañada de su diario. En mi vida no solo existió una, sino muchas personas clave que me hicieron amiga de las palabras. Ese es otro término que define bien nuestra relación, la amistad. Nos acompañamos, me apoyo en ellas, ellas en mí y juntas creamos. Crear, ser creativo. Esa es otra pregunta que me hacen en las escuelas de diferentes maneras. ¿Cómo se te ocurrió? ¿De dónde sacaste la idea? ¿Por qué eres creativa? Esta última, hay que decirlo, nunca me la hacen los niños o los maestros. Yo no considero que la creatividad sea un don particular de unos cuantos elegidos. Al contrario, todo ser humano nace con una mente que es capaz de crear. Cada vez que solucionamos un problema, por pequeño que sea, estamos creando. El hecho de que sea creativa con las ideas se debe a la innumerable cantidad de veces que mis neuronas han recorrido el camino de jugar con los pensamientos. Porque cada historia que comienzo es para mí un juego. Es el más intenso sentido de la palabra. Yo establezco algunas reglas, pero la historia misma y los personajes irán estableciendo sus propias reglas conforme se van desarrollando. De pronto me doy cuenta de que la historia no necesariamente está en mí, es como una entidad aparte y tengo que respetarla. No puede suceder lo que yo quiera, sino lo que ella quiera. Y no solo hay placer en este principio cativo y lúdico, más de una vez mi propia historia me ha hecho llorar. Me ha hecho meterme tan adentro en los sentimientos, en mi sentimiento y en la idea del sentimiento como tal, que acaba siendo como estar en el centro de un tornado. La idea de la muerte y la enfermedad de una persona muy cercana que aparecen tanto en Pierre Quinton Hill como en Moldavita fueron muy fuertes y no fue fácil para mí escribirlo. Muchas veces pensamos que los libros para niños tienen que ser divertidos y nos regimos por un principio del placer. No hay por qué sufrir. Sin embargo, el arte es un reflejo de la vida en todos sus matices y la vida es multicolor. Hay momentos negros y hay otros que son como un arco iris. Al pensar en este encuentro del adulto como creador y el niño como recreador de la literatura, me complace reconocerme como cómplice de la magia y de la tradición. Desconozco hasta dónde me lleve esta complicidad, pero sé que desde este privilegiado lugar puedo abrir innumerables puertas a la imaginación, para mí y para quien la lea. Aquí vuelvo a la idea del punto de partida que mencioné hace unos momentos. Para mí lo mejor de un libro es lo que va a surgir a partir de su lectura. Las historias más significativas que he leído o escuchado son las que de alguna manera se convirtieron en plataforma de lanzamiento de otras ideas y hasta de actitudes y formas de ver la vida. Un libro que tuvo un gran impacto en mi adolescencia fue El Señor de los Anillos. Los elfos de Tolkien, me refiero a los del libro, no al actor Orlando Bloom, son probablemente los personajes literarios que más aman y respetan la naturaleza. Al terminar la obra me quedó una profunda nostalgia, una verdadera necesidad no solo de volverlo a leer, cosa que desde entonces hago de cuando en cuando, sino de no salir nunca de la Tierra Media. Hubiera querido vivir ahí, construir una casa con puertas y ventanas redondas en la comarca y vestir como los elfos con colores y materiales que se mimetizan con la naturaleza. Si hoy en día me declaro una entusiasta ambientalista que firma cartas, apoya campañas, usa papel reciclado y productos biodegradables, consume alimentos orgánicos y comparte regalías con organizaciones conservacionistas, se debe casi exclusivamente a Tolkien y sus elfos. Eso es para mí lo que hace significativa una historia, lo que detona, lo que se genera a partir de ella. Por eso defiendo el derecho del lector a que la respuesta a cualquier libro sea privada, personal y no solo libre, libérrima. La reacción no siempre es inmediata. Es más, puede ser que las respuestas más profundas sean justamente tan hondas que se acomodan en el rincón más íntimo del alma del lector y desde ahí envíen mensajes quizá toda su vida. Cuando visito las escuelas y me doy cuenta de que un libro ha despertado inquietudes e ideas, me siento bien. Sé que esa historia será un punto de partida. Igualmente, cuando veo a una tercera persona interferir en la respuesta del lector al libro, queriéndola dirigir, hurgando en la historia para resaltar los valores y la moraleja, tengo un brinco pues te parece una intromisión. Me parece una irrupción en un lugar en donde no cabe nadie más que el libro, el lector y su propia respuesta. Para terminar, quisiera comentar dos aspectos que estuvieron siempre presentes en este proceso de acercamiento a los usos del lenguaje, que comenzó cuando era pequeña y no terminara mientras viva. En primer lugar, siempre había un aspecto afectivo que antecedía al aspecto intelectual, que lo enmarcaba, lo abrazaba. Era cuestión de compartir, de cercanía física. Nada hubiera sido igual. Si yo hubiera intentado leer por mi cuenta a Nils Holgerson, estoy segura de que ni lo habría terminado. Si hubiese aprendido a leer solo los cómics, si no hubieran necesitado mis primos para darle sabor al sótano, si no hubiese habido siete cabritos y un lobo para ayudarme a dormir, sin los cates del güero huerumbo. En segundo lugar, aunque no menos importante, nunca hubo una intención explícita de encontrar un valor determinado. Muchas veces los niños me preguntan, ¿cuál es la moraleja de tu libro? Y siempre contestaré lo mismo, ninguna. Hay tantas formas de leer una historia como lectores, cada quien le dará una interpretación distinta y cada quien encontrará su propio detonador. La literatura es un arte y como tal debe apreciarse. Cuando escuchamos un concierto, asistimos a un espectáculo de ballet, apreciamos una pintura o una escultura, simplemente nos entregamos incondicionalmente a su belleza, teniendo como fin último el goce estético, dejando que la perfección de la forma toque libremente nuestra sensibilidad. Eso es lo más importante que yo le diría a quien desee poner a los niños en contacto con el lenguaje, dejar que las historias encuentren sus propios caminos dentro de los lectores. Lo más que podemos ofrecer son oportunidades y la presencia física que invita, que ofrece aceptación, apoyo y afecto, pero las veredas neuronales las hará cada quien. De esta forma, los usos del lenguaje se revirán como el punto de partida, la referencia, el impulso, a la vez que el faro que ilumine la cena de piedritas, que al igual que Pulgarcito nos señala en el camino una y mil veces en la vida. Muchas gracias, Norma. Le cedo la palabra a Mercedes. Bueno, buenas tardes. Ustedes ya escucharon la presentación. Soy una maestra jubilada, es decir, que ya no tengo alumnos, y una escritora que recién tengo un libro, y que todavía no tengo lectores porque el libro acaba de salir. Así que si ustedes se quedan, es a cuento y riesgo, ¿no? Ya saben lo que se van a encontrar. Bueno, pero vamos a tratar de defraudar a esta gente que nos ha invitado y que piensan que yo tengo que, puedo aportar algo. Ellos consideran que yo puedo aportar algo y que tengo alguna experiencia en el asunto. Bueno, la experiencia que yo tengo es esta, ¿no? Experiencia de vida. el haber pasado de mis 60 años por los distintos actores del acto de leer. Entonces, vamos a ver qué podemos sacar en conclusión de revivir en esa experiencia el reencuentro con el otro. Es decir, niño y adulto encontrados juntos en el acto de leer. Si yo voy muy atrás en la máquina del tiempo, me veo en brazos de mi madre, de mi abuela, de mi tía, escuchando historias, de las que recuerdo en verdad muy poco, pero sin embargo es muy fuerte el recuerdo de otras cosas. El perfume del jabón que usaba mi abuela, el movimiento del sillón en que me amacaba mi madre, los dedos de mi tía caminando por mi brazo, un personaje que iba y otro que venía, y yo disfrutaba muchísimo todo eso y después me enteré cuando fui madre que ellas también lo disfrutaban pero después recuerdo otras experiencias otra vez el regazo pero esta vez ya con la presencia del libro y ahí ya cambiaba el panorama la historia tomaba cuerpo primero en las ilustraciones pero pronto descubrí que mi madre no las miraba miraba esa fila de marquitas oscuras parecidas a caminitos de hormigas y descubrí que ahí estaba la historia y descubrí la permanencia todas las noches las palabras eran las mismas en el país de Caracolandia vivía la señora Caracola con sus dos hijitos poseían una hermosa casita que sostenía airosamente su mamá todavía me acuerdo y descubrí también palabras distintas es decir, palabras que solo estaban en los libros en casa nadie sostenía airosamente nada y por eso cuando después una vecina le comentaba a mamá pero mire doña Celia, como me dejaran las abejas fui a sacar miel y me picaron entonces yo dejé caer desde mis tres años recién inaugurados un comentario que me pareció muy adecuado. Ah, sí, la miel se destila de los panales y se recoge en un platillo de nácar. ¿Se imaginan con qué cara me miró la vecina? Yo creo que ese fue mi primer texto escrito. No escrito materialmente porque yo no sabía escribir todavía, pero sabía que estaba utilizando frases de libro. Y descubrí también otra cosa, que mi madre, al leer, dejaba de ser mi madre y encarnaba a la mamá caracola, y de pronto le prestaba su voz al caracolito más pequeño y dialogaba este con su mamá, todo con la voz de la mía. Y después que uno descubre que adentro de los libros existe un mundo así, ¿cómo logra cruzarse de brazos y esperar pacientemente tres años más en aquella época para que llegue el momento de la escuela? Había que dibujar casitas y flores hasta los cinco años, once meses y veintinueve días. Yo no pude. Empecé a mirar carteles, revistas, a aventurar hipótesis, a sacar mis propias conclusiones. Tuve la suerte de vivir en una casa con libros, donde la lectura era una actividad natural y cotidiana. Y aprendí sola. Y aquí la primera reflexión. Yo no creo haber sido una niña excepcional, por el contrario. Creo que todos los niños puestos en un ambiente de lectura leen naturalmente, por imitación, por hacer lo que hacen los grandes. Nosotros no nos planteamos cómo promover la televisión. Los niños miran naturalmente porque es la actividad que hacen los adultos, porque es compartir un momento con ellos, es sentirse de igual a igual. Y miran todos los programas, no específicamente los infantiles. Pero cuando digo que no fui una niña excepcional, no significa que fui una niña igual a todas. Porque, cosa muy obvia pero que frecuentemente olvidamos, todos los niños son diferentes. El niño, así con mayúscula, masculino, singular, solo existe en los libros de psicología y pedagogía. Yo nunca lo encontré en mis clases. Tuve a Daniel, que le gustaban las historias de terror, a Lucía, que solo leía poemas de amor, a Jorge, que odiaba todo lo fantástico, a Martina, que no leía si no había hadas y princesas, y a Rolando, que no le gustaba leer en absoluto. Y todos eran distintos. El niño de 5 a 7, de 7 a 9, no existe. Yo en cuanto me largué a leer por mí misma, no diré que abandoné los libros de cuentos, pero sí que al tener acceso a los libros que leían los adultos, los fui alternando y poco a poco fueron sustituyendo a los infantiles. Tal vez porque descubrí que en los libros para adultos no había intenciones ocultas. Cuando pienso hoy en las lecturas que marcaron mi infancia, recuerdo en primerísimo lugar a Lorca, no solo en poesía sino fundamentalmente en teatro. Y no en el maleficio de la mariposa, más bien en bodas de sangre, o así que pasen cinco años. Recuerdo Góngora, Cernuda, Valle Inclampio, Baroja, Machado, Azorín, los españoles. Pero poco después, Arthur, Simón de Beauvoir, François Zagin y Colette, toda la serie de las Claudinas. En mi caso, lo que hicieron los adultos fue dejar leer, no poner trabas. A veces se reían cuando me veían a los nueve años ensimismada con Claudina en la escuela, por ejemplo, que pese al título no se puede decir que sea una temática infantil. Y fue lo mejor que pudieron haber hecho. La promoción de la lectura se dio naturalmente con el ambiente, con el ejemplo y con el no interferir, con el no guiar. El diálogo intergeneracional es una forma bellísima de comunicación, pero no olvidemos que hay una relación de poder del cual los adultos generalmente nos aprovechamos. Porque fue un accidente que yo tuviera acceso a estos autores. Ni Cernuda ni Sartre estarían pensando en un mensaje especial para mí. Los que sí lo estaban pensando eran los educadores. Educación y literatura infantil forman siempre una alianza, a veces no muy saludable. Y las autoridades de la enseñanza sabían, sin duda, qué es lo que los niños debían leer. Las grandes obras de la literatura universal, a través de páginas seleccionadas, obras moralizantes, descriptivas, realistas. Los cuentos de la selva de Quiroga, tan caros a la tía de Norma, y que habían sido escritos específicamente para niños, así lo consignaba el autor, fueron rechazados de plano. No eran cuentos de hadas, no eran fábulas, a pesar de ser historias de animales, no tenían una moraleja. El autor no vivía en Uruguay y sobre todo vivía en un ambiente poco civilizado. Uruguayo era entonces sinónimo de civilizado y casi europeo, no teníamos indios y ese era nuestro orgullo. Las batallas ideológicas de una época se manifiestan de manera descarnada en la literatura y en la literatura para niños. Pero además de todo esto, después de pasar el filtro de las autoridades de primaria, estaba la barrera de las maestras. Eran libros escolares. Había que usarlos. Después de leer Platero y yo, había que subrayar los sustantivos, clasificar los objetivos, marcar con rojo el sujeto, con azul el predicado, etc. ¿Cómo no refugiarse en la biblioteca de mi tío? Yo leía un poema que decía, labra el silencio cofres de arreboles y en el aire hay nostalgia de bajeles. Y no sabía que eran los arreboles ni los bajeles, pero sonaba tan bonito. Si lo hubiera leído en la escuela, hubiera tenido que buscar en el diccionario y hacer tres oraciones con la palabra arrebol, tres con bajel. Ni me acordaría hoy del poema. O sea que esa fue, a grandes rasgos, mi relación niña-libro. Y esa, la intervención del adulto. El adulto, en la persona de mi familia, de los autores, de las maestras, de los autoridades, los intermediarios. Uruguay en la década del 50. Adolescente en enseñanza secundaria, me encontré con una asignatura que pensé que me iba a entusiasmar, la literatura, ingenuamente creí que se trataba de leer libros, pero no. Consistía en tomar un capítulo de una obra, enterarse la mayoría de las veces sin leerlo, más de lo que había querido decir el autor que de lo que había dicho en verdad. Y después el análisis, biografía, época, género literario, escuelas, influencias. Se acercaba mucho más a la biblisección que a la lectura. Creo que nunca vimos un libro completo, nunca lo tuvimos en las manos, circulaban copias de los temas. Alegoría y didactismo en la de Gonzalo de Bercego. Simbología de las cabezas de Cerbero en el círculo 3 de la Divina Conmedia, como le decíamos a la obra de Dante. Tratamiento del valor del ingenio en el libro del buen amor del archipreste de Ita. En el programa también estaba el tratamiento del placer corporal, pero no sé por qué el profesor nunca daba ese tema. Después fui maestra y mamá casi simultáneamente. Y casi simultáneamente también se oyó el redoble de botas militares en mi país. Y botas y libros no se llevan bien. Tuvimos en las escuelas libros prohibidos, otros permitidos pero con páginas arrancadas. Pero sobre todo tuvimos una autocensura tan feroz que ya en el 86, en un homenaje a Lorca en los 50 años de su muerte, hubo compañeros que plantearon si no sería una provocación llevar claveles rojos a su monumento. Y acá también estoy hablando de la relación adulto-niño en la literatura. Después, como maestra, tuve que asistir a otro periodo diferente, ya en la década del 90, cuando hubo un rebrote de literatura para niños, en narrativa especialmente, Libros que no pretendían transmitir valores ni tenían intenciones ocultas. Libros bien escritos simplemente. Y entonces comenzó el acercar no solo los libros a las escuelas, sino también a los escritores. Que los niños vieran que eran personas comunes, que pudieran hacerles preguntas. Y esto, que al principio pareció tan transparente, se convirtió en algunos casos en una maratón permanente de los escritores visitando escuelas y de maestras leyéndoles apuradas a sus alumnos el cuento del escritor de turno, porque es una vergüenza que venga y no sepamos nada de él, y a más kilómetros recorridos y más escuelas visitadas, más libros vendidos, por supuesto. Y hubo excelentes libros que pasaron desapercibidos porque sus autores no entraron en esta forma de promoción y hubo también libros y autores menores que se pusieron de moda. Yo promoví la lectura indirectamente, si se quiere, a través de la escritura. Creo que el lector no se construye solo leyendo, así como el hablante no se construye solo escuchando, sino también produciendo habla. En el libro que les entregaron anda un material que yo traje donde explica más detalladamente esto y yo cuento mi experiencia en la escritura de poemas por parte de los niños Es un proyecto que llevé a cabo con chiquitos de primer año que recién iniciaban la escuela Si les parece después podemos ampliar este punto Bueno, con mis hijos traté que repitieran mi experiencia gozosa con los libros los resultados no fueron los mismos por supuesto no tuve en cuenta que eran otras personas les leí todas las noches antes de dormirse recitaron en todas las fiestas escolares fueron todos los días a la biblioteca del barrio y después tomaron otros caminos no alejados del libro pero sí muy diferentes al mío mi hijo mayor tiene en su mesa de luz ecualizadores paramétricos en los procesadores de audio no es mi libro de cabecera Bueno y como escritora mi relación con los niños es todavía una incógnita yo espero que puedan buscarse en el reflejo de los espejos de Ana Clara que así se llama mi libro no creo que encuentren respuestas a sus preguntas no es esa tampoco la finalidad pero tal vez encuentren la inquietud de formularse nuevas preguntas Yo, a decir verdad, no pensé en ellos cuando escribí, pero fue sin embargo también un momento de encuentro niño-adulto, un encuentro especialísimo porque yo era los dos al mismo tiempo. Fue una experiencia nueva y riquísima. Y para terminar, quiero acercarles una página de un excelente libro de mi cotarránea Magdalena Alguera, que ha realizado un análisis de la narrativa uruguaya, narrativa, poesía prácticamente, no hablamos, y que plantea, Si algo hemos aprendido es que tenemos que ofrecerle al niño muchos libros distintos, de ahora y de antes, con mundos conocidos y mundos extraños, humorísticos y poéticos, realistas y fantásticos, de narrativa y de poesía, cortos y largos, de aquí y de allá. Tenemos que darles muchos libros distintos para elegir, pero eso sí, libros bien hechos, honestos, sin trampas ni segundas intenciones. Libros escritos por gente que escribe porque no puede vivir sin hacerlo y pone en ello lo mejor que tiene para dar, pero siempre le parece poco y quiere dar algo mejor la próxima vez. Gente que escribe sin pensar qué valores va a transmitir esta vez o qué cosas les van a gustar a las maestras o a los editores o a los críticos y sin ponerse a anticipar si en la próxima temporada se van a usar los sapos, las brujas, las arañas radioactivas o los roperos parlantes. Porque todo libro bien escrito tendrá siempre su lector esperándolo. Pues muchas gracias Mercedes. Antes de pasar a las preguntas del público, a mí me gustaría hacerles un par de preguntas para ahondar un poco en lo que nos han comentado. Sobre todo me interesa que nos platicaran de su postura en cuanto a la relación entre literatura y pedagogía, esta necesidad que hay en muchos ambientes y muchos espacios de que las historias contengan un mensaje, una moraleja. y también esta utilización que se acostumbra de usar el arte más como una herramienta pedagógica que como un fin en sí mismo. Entonces, no sé si tú, Mercedes, nos quieras comentar algo. Sí, bueno, yo creo que es un poco lo que comenté en la conversación, en la plática, como lo dicen ustedes. Yo creo que sí, que la literatura tiene el valor de ser literatura, de ser buena literatura, más allá de si es literatura para niños o no. Y que los niños leen diferente si saben que están a solas con el libro o si saben que después viene el ejercicio o la memorización, si es un poema o incluso si no hay nada. En el mejor de los casos, siempre le pedimos algo a los niños, aunque se hagan un dibujo de la parte que les haya gustado más. Y si es un poema, ¿qué quiso decir el autor? Y el autor lo sabe. Yo me doy cuenta cuando escribo, cuando terminé mi libro, me di cuenta de que los temas me buscan a mí, no yo busco los temas. Yo creo que uno siempre está escribiendo sobre lo mismo. Y uno no sabe qué es lo que quiso decir. Entonces, ¿qué va a saber el niño? Además, me parece que el libro no lo escribe solamente el escritor. El libro lo escribe el lector. El libro se hace de a dos. Yo fui muy consciente de eso cuando vi las ilustraciones de Ana Clara. Vi allí por primera vez otra sensibilidad interpretando, leyendo los poemas. y Fernando Vilela, el ilustrador que hizo las ilustraciones de los espejos de Ana Clara, vio otra cosa diferente de la que yo vi y yo creo que así el libro se enriquece y cuando llegue a la mano de los lectores, cada uno lo enriquecerá y le dará su aporte y allí será poesía en este caso. pero creo que tenemos una mala costumbre los maestros de utilizar todo. Todo tenemos que aprovecharlo para algo. Y como que tenemos la necesidad de justificar ante el director y ante los inspectores y ante los padres mismos qué es lo que estamos haciendo. No podemos perder tiempo en cuentos. Eso está bien para los chiquitos. Bueno, ni poesía ni qué decir. Pero está bien hacerles cuentos a los niños cuando recién empiezan. pero un quinto y sexto, que ya tienen que hacer otras cosas. Entonces, si damos un encuentro, bueno, por lo menos lo damos como para motivar algo que va a venir después. Y tal vez motivemos, pero estamos matando el placer de la lectura. No sé, tú Norma, en tu proceso creativo como escritora, ¿Qué tanto tomas en cuenta este asunto de abordar cierto tema o mandar cierto mensaje, cierta moraleja? Buscar la moraleja en las historias, ¿no? Y siempre suele suceder en las escuelas que los maestros o los papás cuando están presentes, ¿cuál es la moraleja? ¿y cuál es el mensaje? ¿y cuáles son los valores? Y pues tan conozco de contestar, pues es que ahí están. O sea, es una cuestión en la que uno se fije y ponga la lista de estos valores y hay que tratarlos. No, no sucede. Yo creo que uno puede tratar cualquier tema porque los niños tienen toda la inteligencia para recibirlo. Es obvio que tienen menos experiencia en la vida y que en tal sentido tiene que haber un respeto por la edad y una elegancia en la forma como se presenten las cosas. y también, bueno, con buena suerte, un humanismo de parte del escritor. Pero de ahí a decir, a ver, este va a ser el mensaje, este es el ariete con el que voy a derrumbar tal muro, es algo que verdaderamente incluso me molesta, que se vea así. Mucho trabajo, mucho tiempo, mucho esfuerzo le ha costado la literatura infantil despojarse de la didáctica y del moralismo con el cual nació, porque surgió de la mano de, pues sí, de una literatura clásica totalmente, de los mitos, de las leyendas que eran principalmente para educar a los niños. Y le costó mucho trabajo despojarse de este halo de moralismo y de didacticismo como para caer otra vez en ello. Es como si tú vas a ver, este ejercicio a veces lo hago con los maestros, y entonces les digo, a ver, ¿quién me puede decir cuál es su obra de teatro favorita, o su película favorita, su pintura favorita y así? Y luego les digo, ¿y cuál es la moraleja? Muchos me dicen, no, es que yo disfruté mucho el diluvio que viene. Y eso como que medio tiene, ¿no? Pero la actuación de Héctor Bonilla en aquel entonces, ¿y cuál es la moraleja? y entonces la gente se saca un poco de onda y a mí me gustan mucho las pinturas de Frida Kahlo y tal y cual, y cuál es la moraleja nadie te pregunta, después de que vas a un museo cuál es la moraleja, qué valores, sacate o sea, es una experiencia estética, es una experiencia lúdica la moraleja está, no sé, en la experiencia en sí misma no sé de quién es el autor o autora de esta frase pero me encanta, todo arte es pedagógico pero todo arte pedagógico no es arte. Entonces yo creo que esa es la esencia del asunto. Cuando quieres educar, pues ya se pronunció el asunto, tú ya hiciste un texto moralista. Bueno, y por último, ya para que la gente pueda hacer todas las preguntas que tiene, un tema muy importante en la discusión de la literatura infantil es si existe tal cosa, si hay libros para niños o si hay literatura. Es decir, la literatura está o no está, no es que haya libros para niños y libros para adultos. Ustedes como escritoras de libros que leen los niños, ¿qué opinan de esa separación? ¿Qué opinan de la definición? de literatura infantil, si se ponen en mente el objetivo de escribir para niños, sale naturalmente, lo que hemos podido ver es que tienen una relación muy estrecha y muy íntima con su infancia, las dos, y si esa es una característica necesaria para escribir para niños. Bueno, yo debo decir que no sé, que el libro que escribí, no sé si es para niños, yo sé que lo escribí desde la niña. Hasta ahora todos los comentarios que he oído han sido de adultos. Yo pienso que un libro debe ser escrito desde el niño y para eso no tenemos que cerrar la puerta y decir, bueno, ahora somos grandes. poder transitar, poder volver a la infancia con fluidez, mantener vivo eso es algo muy importante. Creo que existe literatura, buena y mala. Creo no que haya temas específicos para los niños, se pueden tratar temas que consideramos que son dolorosos. La literatura no solamente es para proporcionar placer, es también para cuestionar. Sí debe hacerse con respeto y yo creo que algo que caracteriza a la literatura para niños, si es que le queremos llamar así, y es que sea con esperanza. Lo que no puede faltar en la literatura para niños creo que es el respeto y la esperanza. Creo que eso es lo que hace que un libro sea para niños o no. Pero eso no lo vamos a decir nosotros. Si el libro es para niños o no, lo va a decir el niño. Sí, bueno, yo creo que para quien está dirigido un libro es algo que llega a ser bastante inconsciente. Y desde luego está uno muy cerca. Toca a uno mucho esta cuestión de la propia infancia. En mi caso yo creo que estoy en permanente contacto con el asombro, que es como una capacidad muy propia de la infancia y que a veces perdemos al crecer y que posiblemente sea la base de mis libros, porque cuando a veces te dicen, bueno, ¿por qué surge tal tema o tal otro? Pues surge del asombro. El asombro es la inspiración. y bueno a mí me gusta mucho esta explicación que da Iser del lector implícito es el lector que tienes en la cabeza cuando estás escribiendo y que la mayor parte de las veces es inconsciente a veces eres tú mismo, a veces es un niño imaginario a veces sí es alguien que conoces, a veces es un adulto y ese lector implícito que tú tienes es el que define el público y muchos autores han escrito libros que consideran para niños y acaban siendo para adultos o han escrito libros para adultos que acaban siendo para niños entonces eso es como dice Mercedes una cosa que el público define bastante pero sí creo que es una idea bastante inconsciente Bueno, a ver, una primera pregunta es, dadas las circunstancias de hoy, muchos hogares sin ambiente lector, ¿Cómo crear un ambiente efectivo en relación a la lectura y los libros cuando no se ha tenido como vivencia en la niñez? Me imagino que es un poco con esto que ustedes comentaban, que veían a sus padres, veían a sus tíos, veían a sus seres queridos leyendo y a partir de ahí surgió el interés. Entonces, ¿cómo crear este ambiente cuando en la niñez no se tuvo eso? ¿Cómo crearlo en un niño que no tiene este ambiente o cómo crearlo cuando eres un adulto que no tuvo este ambiente? Como adulto, no sé si… Porque son dos lugares distintos. Bueno, yo pienso que siempre, cuando no somos adultos que hemos tenido eso, esa experiencia, no vamos a estar preocupados por transmitirla a los demás, porque no vamos a tener adentro nuestro la pasión por que otros lean, porque es simplemente eso, es una pasión. Es importante que haya alguien, y a veces no tiene por qué ser un adulto. Norma hablaba de su hermano, pero tiene que ser una persona que esté apasionada por los libros. Porque de nada sirve que nosotros digamos, ay, este nene no lee nada. Te compré un libro, mirá qué lindo, anda a leerlo. Yo mientras prendo la televisión y miro mi programa. Claro, solamente con el ejemplo, solamente si nosotros vemos a alguna persona de nuestro entorno, se llame maestro, amigo, vecino, quien sea, apasionado por la lectura, vamos a ver, a querer saber por qué el otro está allí metido, qué es eso que le interesa. Porque ¿cómo empezamos todo? Por imitación. ¿Por qué miramos televisión? ¿por qué los niños miran televisión? cuando nosotros le decimos tenés que mirar televisión mirá que bueno que es mirar televisión no, los niños miran televisión porque nosotros estamos allí sentados y la miramos si nosotros estamos leyendo si nosotros digo y no me refiero simplemente a los padres si los maestros leen, si los vecinos leen, si alguien lee si alguien en su entorno está leyendo y está disfrutando realmente Y no está pensando, a ver este libro, ¿qué le puedo sacar el jugo para explicarle a fulanito tal cosa? Si está simplemente disfrutando el libro, el niño va a querer ver qué hay allí simplemente y va a leer. Es contagioso. Sí, bueno, esta pregunta sí es difícil y es una realidad, porque muchos niños están pensando también en los niños que no tienen este ambiente. pues muchos niños están solos hasta altas horas de la noche que llegan los papás a trabajar y ni quién. Bueno, pues ahora sí que está difícil solucionar esta situación en casa. La escuela sigue siendo un lugar privilegiado en donde se puede, obviamente, aprovechar todo el tiempo que están ahí los niños. Es totalmente cierto lo que dice Mercedes, pues nadie da lo que no tiene. Y el que no tiene el hábito de leer, pues es muy difícil que pueda compartir este gusto con cualquiera, ni con un niño, ni con un adulto, ni con nadie. Entonces, pues sí tiene que haber un contacto al menos mínimamente amoroso, una cuestión afectiva que te llegue a acercarte a los libros. Hay quien dice, como Monsiváis, pues yo me acerqué a leer El Quijote yo solito. Es un caso en 10 millones. Realmente, sí en sí. Pero la escuela sí sigue siendo un lugar privilegiado, teniendo en cuenta que realmente los niños sí están solos en compañía de la tele. Y aún así, la tele también sería un gran recurso, debería ser un gran recurso. Un programa de narración oral debería ser parte de, al menos una pequeña parte de los canales públicos, de canal 11, de canal 22. Un pequeño programa de narración oral no le caería mal a nadie. En donde se viera maestros, en donde se viera cuentacuentos, en donde viera uno a papás leyendo con los niños. Esto es una cosa que ha sucedido en otros países. Entonces, pues tampoco es tan imposible. Habrá que pensar también por ahí. Esta es una pregunta para Mercedes. ¿Por qué escribir poesía en esta época en la que ya nadie lee poesía? Y luego también si nos podrías hablar un poco de tu proyecto con los niños de primer año. Bueno, primero, no creo que nadie lea poesía. Y segundo, escribo poesía porque no puedo no hacerlo. Es ridículo escribir poesía, me dicen muchos. Es ridículo escribir una cosa que no se vende. Bueno, eso no es problema mío. Yo no hago un producto para ser vendido. Yo me expreso en poesía porque, sí, tal vez por mi experiencia de niñas, no sé por qué. Pero la verdad es que yo los libros que releo son los libros de poesía. Los libros que tengo son mayoritariamente de poesía. Es como decir a una persona por qué escribe en su idioma y no en otro. Sí, tal vez como escritora me iría mejor si escribo otras cosas, si escribo cuentos, si escribo narrativa, no sé. Pero sé que no puedo dejar de escribir poesía. Además la poesía es una cosa como que fue una experiencia linda. Disculpen que les cuente una cosa personal, pero cuando yo escribí Los Espejos de Ana Clara, yo salía de mañana a pasear el perro por el parque que está frente a casa. Y muchas veces, la mayor parte de las veces, los poemas fueron escritos en el parque, y el perro es mi coautor porque los escribimos juntos. El otro día me escribió por un correo electrónico un escritor peruano que había encontrado un poemita mío en internet y me dijo que se maravillaba de la economía verbal y hablaba de la niebla y es un poema muy cortito y a él le recordaba la niebla de su lugar de Perú y a mí me da gracia lo de economía verbal porque yo se quería pasear con el perro el domingo de mañana había una niebla que dejaba todo fantasmagórico, los árboles parecían fantasmas y el poema salió como que alguien me lo dictara y fue tan así que yo saqué el celular, el telefonito que tenía en el bolsillo y lo escribí allí fue escrito en el celular tal vez por eso sea breve y con economía verbal entonces digo, es como que alguien me está dictando las cosas entonces, por eso es poesía ¿y lo otro era? que nos platiques un poco de tu experiencia con los niños bueno, sí, está más detallado aquí en el material este, ahí está un poquito más esbozado mi trabajo con los chiquitos, pero bueno, con esa locura que yo tengo de la poesía y de escribir poesía yo traté de y además pienso de que nosotros para llegar a la lectura tenemos que apoderarnos del lenguaje porque es eso y si nosotros consideramos que los poetas sobre todo los poetas, los escritores parece que somos dos categorías los escritores y los poetas los poetas no sé por qué es una categoría especial dentro de los escritores bueno, no entiendo muy bien, pero es así y los poetas como que están en un lugar alto el parnazo debe ser donde nosotros tenemos que leer y admirar durante mucho tiempo yo creí eso y qué voy a escribir si ya lo dijo Rubén Darío o Bóngora, para qué voy a escribir yo si ya está todo dicho. Y una vez leí, no sé quién dijo, la poesía no está hecha para ser admirada, sino para ser superada. Y con esa locura mía de la poesía, intenté que los chiquitos, yo tenía primer año, niños de seis años que todavía no sabían leer ni escribir, que empezaran a escribir poesía. Primero hicimos ahí un sondeo de a ver qué era la poesía, qué conocían, y bueno, íbamos a escribir poesía y esos fueron mis maestros y los que me animaron a escribir. Ninguno me dijo no, ninguno me dijo yo no puedo escribir poesía. Y no sabían no escribir poesía, no sabían escribir su nombre la mayor parte de ellos, porque no sabían escribir todavía. Sin embargo, si ustedes se fijan ahí en el trabajo, hay un poema de una niña donde aparentemente no escribe nada, son un montón de letras, pero ya están puestas formando versos, formando estrofas. Hay rima, es decir, que ya esta niña ya tenía una idea de lo que era la poesía. Y así como ninguno de ellos me dijo, no puedo escribir, los resultados fueron increíbles. y bueno, me entusiasmó muchísimo después hicimos también un proyecto con escritura de cuentos pero este de la poesía fue muy especial bueno, ya una pregunta más son muchas hay muchas felicitaciones también pero esta pregunta supongo que gira en torno al tema que trataron del mensaje la moraleja y es una pregunta abierta Nos olvidamos de educar a los niños y refrendamos al adolescente para formar malos adultos. Ustedes como tú Mercedes, como maestra, Norma como pedagoga, pero escritora también. Bien, el papel del escritor para niños debe ser formar buenos adultos. ¿Cómo se puede relacionar esta actividad que evidentemente es, porque la literatura debe ser transgresora para hacer buena literatura, cómo se puede relacionar con la necesidad de los maestros de la pedagogía de formar a los niños? Bueno, es que yo creo que la literatura para niños la mejor literatura para niños que hay yo creo que también surge, comenté hace ratito pues es un profundo humanismo como dice este texto de Sabater que viene en el programa que es un papel de los adultos enseñarle a la generación que sigue los valores de la generación anterior es cierto, nomás hay que ver cómo se hace porque creo que también firmemente la literatura es una experiencia estética en primera instancia y bueno, pues si partes de ahí y tienes un humanismo, creo que vas a lograr algo excelente y no quiere decir que los libros no tengan valores, no quiere decir que presenten antivalores o que presenten ideas de la vida que realmente nos dan que no nos gustan, es como si el héroe de un libro pues resulta que es un narco o el héroe o la heroína es una niña que abusa de los demás pues sería como muy loco o sea desde luego que podrás presentar al personaje que tú quieras las circunstancias que sean pero tú mismo vas obviamente no vas como haciendo el camino de lo que tú quisieras que fuera la vida obviamente creo que Mercedes o yo cualquier escritor para niños poesía y narrativa que le pregunten Claro que quiero un mundo mejor, claro que quiero un mundo más justo, claro que debe haber esperanza. Por supuesto que yo quiero que las cosas sean distintas, pero eso no quiere decir que yo vaya a tratar de educarte y hacerte ver el mundo como es y de acuerdo a este esquemita. Quizás yo lo que quiero es romper el sistema, quizás lo que quiero es hacerte ver las cosas de la manera que yo la veo, que hay que llegar por otro lado. Incluso a veces, ahorita dices, los buenos libros son transgresores. Desde luego, sí lo son. Porque existe un sistema en el cual estamos acostumbrados a vivir. Y creo que yo me pregunto, ¿este sistema, este mundo que vivimos es el que queremos? ¿Queremos refrendar este mundo que vivimos? ¿Estamos dispuestos a decir, yo apoyo todo esto que está pasando, esta destrucción del planeta, esta decadencia social? yo la apoyo o prefiero transgredir en el sentido de presentar una obra que te va a hacer pensar y que vas a decir, pues no, hay ciertas cosas que hay que cambiar. Y si lo haces partiendo de un respeto, como decía Mercedes, al lector, sea de la edad que sea, teniendo esperanza, teniendo esta idea de un mundo mejor, pues lo que va a salir evidentemente es un producto que te va a hacer sentir bien, te va a hacer decir, bueno, yo propuse una idea que era principalmente para mí, pero que yo creo que va a cambiar al mundo. Y yo creo que ya si hiciste eso, hiciste bastante, sin necesidad de decir, tienes que hacer esto y lo otro y no hagas aquello. Lewis Carroll se considera el autor que inicia la literatura infantil, con Alicia en el País de las Maravillas. Es un libro loco, es un libro que a mucha gente le da miedo, y sin embargo es una historia fantástica que te hace imaginar las situaciones más ridículas posibles, y ya eso en sí mismo es una transgresión, es el fin de la época victoriana y el inicio de la que sigue, y el autor hizo un parteaguas este libro, y si lo ves y dices, ¿qué me dejó este libro? No educa nada, no dice nada. Y dice mucho, rompe con todos los esquemas de la literatura que había habido hasta entonces. Entonces, yo creo que hay que ver la literatura desde un punto más libre. Y dejar que los niños disfruten. Creo que los buenos libros te dan mucho más allá de lo que una moraleja te puede dar. Bueno, no agregar casi nada, Norma, ya lo he dicho todo, pero yo creo que todos los libros nos dejan algo, incluso los libros que ni siquiera recordamos haber leído, a veces decimos, esto yo lo leí alguna vez, pero no me acuerdo, sin embargo ha quedado en nosotros. Y otra cosa, creo que descubrí por qué en este momento que ellos hablaban la respuesta a la pregunta recién de por qué escribo poesía. Creo que porque la poesía es aún más transgresora que la narrativa. Bueno, sobre eso mismo quisiera comentar, hace una semana fui a una escuela en donde fui con un libro que es totalmente para niños, para primeros lectores que se llamaba Cuentos para Tlacuaches, que es una mamá que vive unas experiencias con sus hijos tlacuaches. Y me dice una niña, estaban los papás también, ¿por qué no está el papá tlacuache? Pues mi respuesta fue del reino animal, porque las tlacuachas son las que viven con los tlacuachitos. pues la cuache, pues no está y muchos animales en muchos animales pasa esto los críos se educan solamente con la mamá y el papá no está entonces bueno pues una mamá empezó a decir que en los libros deberían estar el papá y la mamá entonces pues pues era un poco incómodo porque estaban los niños y también los papás pero pues a mí no me quedó hasta que preguntarle cuántas familias conocía a ellas en donde el papá fuera a comer porque lo que sucede en esa historia es durante la hora de la comida. ¿Cuántas familias conoces donde el papá vaya a comer? Y el 100% de las familias que conoces, ¿el papá está presente siempre? Entonces, ahí es donde digo, la literatura refleja la vida. No voy a atrever a leer otra pregunta. ¿Ustedes cómo distinguen un buen texto de uno que no lo es? También, bueno, ahora que estamos en la feria, ¿ustedes cómo escogen sus libros? ¿Cuáles son sus manías? Bueno, yo sí tengo una manía que es la poesía. Hoy salí a una recorrida y en verdad encontré poquito. Con todo, encontré más que en Uruguay, donde es prácticamente inexistente. Pero más allá de eso, de si es poesía o no, yo le decía hoy a Carlos que a veces hay libros que no son poesía y sin embargo son poéticos. Yo no sé si los libros de Monique Cepedas están en la categoría de narrativa o de qué, pero son maravillosos. Caso un guilá, por ejemplo, yo lo leí y tenía toda mi familia enloquecida con esto, pero léelo, léelo de nuevo, léelo otra vez. Fijate en las ilustraciones. Son esos libros que se pueden leer a cualquier edad y seguir leyéndolos y releyéndolos y siempre encontrándoles algo. Y yo creo que no hay otra receta que abrir el libro y sumergirse ahí en ese mundo. No quiere decir que uno diga este es un buen libro y a todos les tenga que gustar. Es un buen libro para mí, es un buen libro para otro, tal vez que tenga una sensibilidad parecida, pero no quiere decir que un buen libro sea un buen libro para todos. No hay buenos libros que… Yo siempre digo, Hertha Miller, el premio Nobel reciente de literatura, decía que ella escribía como cuando se iba a comprar zapatos, que se quería comprar negros, se probaba los negros pero terminaba comprándose los marrones siempre, es decir, que el tema siempre la elegía ella. Yo creo que esto es muy parecido. No por el hecho de ser unos buenos zapatos, le van a servir a cualquiera. Aunque el zapato sea excelente, de buen diseño, de buena calidad, cualquiera se los vaya a calzar y vaya a salir cómodos con ellos. Yo creo que con los libros es exactamente igual. Un buen libro, sí, obviamente existe un buen libro objetivamente, digamos. Pero el libro de cada uno, eso es tremendamente personal. Sí, porque también creo que hay que leer bastante porque en la variedad está el gusto. Y también uno aprende a distinguir cuáles libros son buenos y cuáles libros pudieran tener una producción pobre porque también existe. Mucho han hablado los editores que en los últimos años fueron testigos de una sobreproducción. y en esa sobreproducción puede ser que haya cosas de menor calidad. Pero yo creo que al leer uno toma la experiencia necesaria como para poder distinguir. Luego, luego lo sientes. Cuando ya eres un lector que tiene un buen número de libros leídos, luego, luego sientes si la trama te atrapa, si está bien escrito, qué tal están hechos los personajes. En fin, todas las características que se pueden tomar en cuenta para seleccionar los libros, las vas sintiendo. Es como una cuestión de irlo desarrollando y tú mismo lo vas a ir sintiendo. A mí, por ejemplo, siempre me maravillan los libros de Robert Louis Stevenson. Los personajes son algo maravilloso. Los define en unas cuantas palabras, ni siquiera son renglones. Defina los personajes. Los personajes para mí son muy importantes. Cuando en un libro los personajes son todos más o menos iguales, Entonces, bueno, pues el autor no se tomó demasiado tiempo en crear a cada uno de los personajes. En cambio, cuando cada uno respira una vida propia, dices, aquí hay algo, aquí hay un trabajo de crear esta historia, de crear estos personajes. Pero eso es algo que solamente te da la experiencia como lector. Bueno, pues el tiempo ha volado. Muchas gracias Mercedes, gracias Norma, gracias a todos. Thank you. .
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
20/11/2009
FECHA_PUBLICACION
23/11/2009
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
29
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
11/11/2009
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
REALIZACION
Edgar Mauricio Sánchez Alcántara
PRODUCCION
Edgar Mauricio Sánchez Alcántara

