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CUID
MW-07567
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 32
SINOPSIS_SERIE
Este encuentro reúne jornadas de reflexión y diálogo dedicadas a la creación y fortalecimiento de espacios que impulsen la lectura y la literatura en ámbitos públicos y privados. El foro propone debatir sobre la importancia de la lectura, especialmente la literaria, como herramienta para construir significado, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de formas de pensamiento
EXTRACTO_SERIE
Encuentro de reflexión y diálogo sobre la creación de espacios que impulsen la lectura y la literatura, destacando su importancia para construir significados, expresar ideas y emociones, y reconocer la diversidad de pensamientos
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Marco Aurelio Chávez Maya (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
Sobre la experiencia lectora y el modo en que la lectura transforma al individuo. A través de un recorrido por conceptos, anécdotas y referencias literarias, se explora la lectura como espejo, ventana, camino y encuentro. Se analiza cómo el acto de leer implica entrega, imaginación y vulnerabilidad, distinguiendo entre diferentes tipos de lectores y celebrando al lector apasionado que se sumerge plenamente en el texto. La exposición afirma que la lectura puede revelar identidades, abrir mundos, conducir a nuevas rutas de pensamiento y convertirse en una forma de vida, incluso un “vicio” luminoso que moldea la sensibilidad, la memoria y la relación con los otros
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre la lectura como práctica que revela, transforma y acompaña. Explora al lector apasionado, los modos de leer y la lectura como espejo, ventana y camino, destacando su poder para abrir mundos e iluminar la experiencia humana
N_PROGRAMA
6
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:55:35:24
PARTICIPANTES
Marco Aurelio Chávez Maya, escritor y poeta
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Marco Aurelio Chávez Maya
Narrador, poeta y promotor cultural cuya obra destaca por su amplitud de registros y su presencia constante en la literatura mexicana contemporánea. Autor de cuentos, noveletas, poesía para adultos y para niños, así como textos de corte erótico, ha construido una trayectoria versátil y reconocida desde su debut en los años ochenta con Los Amorosos.
Entre sus títulos más representativos se encuentran Aquí habita la felicidad, El león duerme esta noche, Memorias sensuales de Herod Meliá y Letras Sencillas de Amor y Desamor. Su libro Árbol de la Vida (FCE, 2010), ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños, lo consolidó como una figura relevante en la poesía infantil en México.
Ha recibido diversas distinciones nacionales, como la Presea “Sor Juana Inés de la Cruz”, el Premio Nacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada” y el Premio Nacional de Cuento “Gregorio Torres Quintero”. Asimismo, ha contribuido al ámbito institucional como consejero y miembro ex officio del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Estado de México.
Con una obra que combina sensibilidad poética, fuerza narrativa y un constante interés por la expresión literaria en sus múltiples formas, Chávez Maya se ha posicionado como una voz significativa dentro de las letras mexiquenses y nacionales
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Marco Aurelio Chávez Maya Nace el 7 de agosto de 1960 en Metepec, Estado de México Es narrador, poeta ha publicado los libros Los Amorosos en 1984, Centro Toluqueño de Escritores. Aquí habita la felicidad, cuento de 1987, del Aguaén. El león duerme esta noche, cuento 1992, del Instituto Mexiquense de Cultura. Memorias sensuales de Herod Meliá, noveleta de 1996, Centro Toluqueño de Escritores, La Carne, La Gridunce Carne, Textos Eróticos, Ediciones El Nahual Desatado, 2000, Letras Sencillas de Amor y Desamor, Poesía 2005 UAM, Estética Unisex, Cuento Gobierno de Colima 2009, Árbol de la Vida, Poesía para Niños, Fondo de Cultura Económica 2010. y la expulsión del paraíso o del paraís, más bien, disculpa, cuento breve, editorial ficticia y gobierno del Estado de Yucatán en el 2011. Entre sus reconocimientos pueden citarse los siguientes, Presea, Estado de México, Sor Juana Inés de la Cruz, del 84, Presea Metepec en Ciencia y Cultura, del 93, Premio Nacional de Poesía, Gilberto Owen Estrada, del AWAEM, 2005, Premio Nacional de Cuento Gregorio Torres Quintero, Colima 2008 Premio Nacional de Poesía, Juegos Florales de San Juan del Río, Querétaro 2008 y Premio Nacional de Cuento Breve Agustín Monreal, Yucatán 2009 Asimismo le fue adjudicado el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños en el 2009 convocado por la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo de Cultura Económica gracias a su libro Árbol de la Vida, publicado por el Fondo en el 2010. Actualmente se desempeña como consejero y miembro ex oficio del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Gobierno del Estado de México. Adelante. Gracias. Muy buenas tardes a todos. Es un placer estar en este lugar y participar en este encuentro. le quiero agradecer la invitación gentil a Rebeca Cerda a quien le gusta mucho el árbol de la vida la lectura como espejo y ventana camino y encuentro sé que el título parece ambicioso y quizá no lo sea tanto si nos detenemos a reflexionar en las insospechadas cualidades de la lectura La lectura, y aquí recuerdo con afecto al señor Perogrullo Además de espejo, ventana, camino y encuentro Es consuelo, revelación, amor a primera vista Fuente de placer y de angustia, búsqueda y condena Artero, vicio o enfermedad crónica Y muchísimas otras cosas que cada lector puede identificar Y definir sinceramente desde su corazón Pero no podría comenzar los comentarios personales que he esbozado sobre el tema Sin antes establecer el perfil de mi lector ideal Hablaré de la lectura, es verdad, pero debo intentar un retrato Aunque sea parcial del tipo de lector en el que estoy pensando En el que yo creo, sin olvidar desde luego que, como expresa Felipe Garrido en su epílogo cómo aprendí a leer, nadie en verdad puede jactarse de haber terminado de aprender a leer. De manera que haré a continuación dos citas, una de ellas es de Robert Louis Stevenson y la otra de Octavio Paz. Paradójicamente, ninguna se refiere al lector sino a su contraparte, el escritor. Dice Paz en el arco y la lira. El acto de escribir entraña como primer movimiento un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al vacío. Ya está solo el poeta. Todo lo que era hace un instante su mundo cotidiano y sus preocupaciones habituales desaparece. Si el poeta de verdad quiere escribir y no cumplir una vaga ceremonia literaria, Su acto lo lleva a separarse del mundo y a ponerlo todo, sin excluirse a sí mismo, en entredicho. Ahora bien, les propongo sustituir las palabras escribir por leer y poeta por lector. ¿Qué resulta? Permítanme leer la misma cita con los cambios. El acto de leer entraña como primer movimiento un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al vacío. Ya está solo el lector. Todo lo que era hace un instante su mundo cotidiano y sus preocupaciones habituales desaparece. Si el lector de verdad quiere leer y no cumplir una vaga ceremonia literaria, su acto lo lleva a separarse del mundo y a ponerlo todo sin excluirse a sí mismo en el entredicho. Stevenson toma un fragmento de aquella famosa carta a un joven que se propone seguir la carrera artística, en el que para previar, pues la cita es larga, ya me permití cambiar apenas tres palabras, escritor por lector, escribir por leer y escribe por leer. Así que con esas brevísimas modificaciones el texto epistolar de Stevenson diría, y es verdad que el lector trabaja un material rebelde, y que el mero acto de leer es entumecedor y fatigoso para la vista y el ánimo, Pero obsérvele usted en su trabajo, cuando el asunto se desborda encima de él y abundan las palabras, en qué continua serie de pequeñas victorias transcurre el tiempo, con qué sentido de la fuerza, como quien mueve montañas, él se dispone, él dispone sus personajes ínfimos, con qué placer de los ojos y del oído ve crecer en la página toda su aérea estructura, y cómo desempeña su labor a la que toda su vida contribuye y que da entrada a todos sus gustos, sus aficiones, sus convicciones y sus odios, de modo que lo que lee es solamente lo que ha anhelado pronunciar. El propósito de estas dos largas referencias no es gratuito. Solamente equiparando la propia tarea del escritor he podido encontrar la dimensión del lector ideal, ese tipo de lector que no duden en arrojarse al abismo, que establece una relación de intenso y perdurable amor con la lectura, en lugar del contrato matrimonial que suple el placer por la obligación. De manera que pienso en el lector amante en contraposición al leedor que decía Pedro Salinas, o al lector ginecólogo como le digo yo, y que abunda en nuestros días. Ese tipo de lector que casi se coloca cubrebocas y guantes y estableciendo una distancia séptica, abre un libro, no para leerlo, sino para revisarlo, para emitir un diagnóstico, una opinión profesional. El tipo de lector ginecólogo es una especie de desastre, pues abre el libro porque es su obligación, porque representa un trabajo que debe hacer. El lector amante, por el contrario, abre el libro sencillamente para gozar, para amar. El lector amante abre el libro y se sumerge en el placer de recorrer las palabras con los ojos, sin guantes, sin cubrebocas, saboreando con los labios esa palabra, esa frase, ese párrafo, al que vuelve una y otra vez como se vuelve a los labios de la amada. Regreso a Stevenson, quien dice, en todo aquello susceptible de recibir el nombre de lectura, el proceso tiene que ser absorbente y voluptuoso. Si repasamos con atención estas dos palabras, absorbente y voluptuoso, la conclusión es que el lector asciende o se abisma o entra, o las tres acciones a un tiempo, a un estado de total enamoramiento. Enamoramiento, ni más ni menos. Fijado pues el retrato de mi lector ideal, aunque sea parcialmente, culmino esta introducción y procedo a continuar con los aparatados. La lectura como espejo. El lector es un escritor que escribe con los ojos, que hace suyos los personajes y los hace crecer con la mirada intensa, continua y amorosa. Esta virtud arquitectónica de la mirada consiste esencialmente en ir erigiendo a los personajes en la superficie ideal del Los ojos son arquitectos, pequeños dioses que en la lectura van construyendo a los personajes a nuestra imagen y semejanza. El libro es pues un espejo y el personaje central o alguno de los personajes principales se va convirtiendo en el reflejo de la persona que uno quisiera o hubiese querido ser. Marcel Proust en su texto sobre la lectura escribe que todo lector es cuando lee el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que se ofrece al lector para permitirle discernir aquello que sin ese libro él no podría ver de sí mismo. Esto del libro como espejo se me ocurrió hace mucho tiempo y ya hace unos meses lo recordé ante la necesidad de dar nombre a esta charla. pero desde luego yo tenía no la intuición sino la absoluta certidumbre de que otros muchos autores y poetas y escritores ya se les había ocurrido antes que a mí por lo pronto la encontré en el libro de Juan Domingo Arguelles que leen los que no leen, donde el reconocido autor escribe un libro en realidad es un espejo, esto lo supo y lo advirtió el gran Lichtenberg quiso decir con ello que lo que se refleja en sus páginas es lo que somos lo que pensamos, lo que apreciamos y aborrecemos. Toda lectura se da incluso desde nuestros propios prejuicios. Lo que leemos es lo que interpretamos desde nuestra propia visión del mundo. Por eso decía con sorna, si un mono se asoma a un libro, no puede ver reflejado a un apóstol. En nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, Michel Petit lo señala con otras palabras también plenas de sabiduría. Leer le permite al lector en ocasiones descifrar su propia existencia. Es el texto el que lee al lector, en cierto modo el que lo revela. Es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las palabras del texto constituyen al lector, lo suscitan. ¿Cuántas ocasiones no nos ha ocurrido que metida la cara entre las páginas levantamos de pronto la vista para decir en voz alta? Pero esto que dice fulano yo ya lo había pensado, o bien, yo siento lo mismo que este personaje. Y no es verdad que en otras innumerables veces creímos que el escritor se estaba refiriendo precisamente a nosotros al describir las situaciones venturosas o desventuradas de su protagonista. Leer a sabiendas con todas sus letras, con absoluta entrega, es un ejercicio peligroso, un deporte extremo, porque nos pone frente a frente con nuestra esencia. En este sentido, George Steiner expresó que leer bien es arriesgarse a mucho, es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos. La lectura y los libros como un conjunto espejeante, ya lo había señalado también Jan Polsart en su espléndido testimonio titulado Las Palabras. Dice, nunca he arañado la tierra ni buscado nidos, no he hecho herbáreos ni tirado piedras a los pájaros, pero los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo. La biblioteca era el mundo atrapado en un espejo, tenía el espesor infinito, la variedad, la imprevisibilidad. Yo recuerdo, yo, Marco Orellas Chávez Maya, que a la edad de 15 años leía aquella obra de Julio Verne, un capitán de 15 años. Debo decir que el libro llegó a mis manos cuando tenía 14, pero que por un prurito de exactitud esperé para leerlo largos meses hasta cumplir los 15 y así establecer, según yo, una identificación especial con el protagonista. Leía el libro tumbado en el viejo gallinero de la casa o bien sobre una barda de adobe junto a una nopalera. Pero en los instantes de la lectura, instantes anudados lentamente por las palabras que yo iba conociendo, degustando a media voz, aquel viejo gallinero o aquella barda junto a la nopalera desaparecían para ceder su lugar a la cubierta del Pilgrim, el bergantín de James W. Weldon, en la que Dick San era yo mismo transformado, era yo mismo avisando del barco que había naufragado, era yo ciertamente el que repetía gritos, ballena, escribor. Dick San tenía mi rostro en esas páginas que yo devoraba y desde luego su astucia, su alentía, eran las mías propias. De manera que las aventuras y desventuras de San las vivía yo página tras página. Lo leído está nuestro como lo vivido, dice José Emilio Pacheco, y en aquellos momentos era yo el que capitaneaba el Pilgrim cuando el Capitán Hull ya andaba embarcado en la cacería trágica del Vallenato, y era yo sin duda el que apuñalaba a Harris y el que al cabo de tantos episodios, de tanto y tanto drama saboreado renglón tras renglón, terminaba siendo adoptado felizmente por la familia Huelvo. En cambio, también viene a mi memoria que por esa misma época, en la secundaria, me sentaba atrás del salón en las clases de matemáticas y me ponía a leer una historia ilustrada de los tres mosqueteros. Allí todos los personajes estaban a la vista, delineados y diseñados según el gusto o las ideas del dibujante. Tengo muy claro que en este caso nunca logré identificarme con D'Artagnan y menos aún con Atos Porto Faramiz. ¿por qué? ¿qué sucedía? ¿qué obstáculo impedía la identificación? la explicación es sencilla y seguramente ya la han adivinado respecto a Dick San, el capitán de 15 años yo lo imaginé por completo lo hice mío, le puse mi rostro y al imaginarlo le daba una dimensión vital que por el contrario no podía otorgar a los mosqueteros ilustrados estos ya estaban dados, dibujados por una cabeza que no era la mía y al ser concebidos y presentados por otro lector mi propia imaginación no detonaba y permanecía dormida uno se mira con más verdad en las páginas de un libro entrañable a condición de que el arsenal imaginativo y sensible que habita en cada lector se despliegue y entre en funciones esto ocurre sobre todo con los libros que llamamos clásicos un clásico explica que en el Ipad es un libro que inventa una gran aventura una situación llena de peligros que el niño va a vivir de manera total e intensa es un libro que crea personajes verdaderos la imagen que nos devuelve el libro espejo es más nítida que la de cualquier espejo porque es una imagen ideal, una imagen deseada o buscada aunque sea terrible Uno es entonces verdaderamente Tom Sawyer o Edmundo Dantes o Julian Sorel o Romeo Montesco o aún Gregorio Samsa Vale decir que todo gran personaje es necesariamente un espejo, un referente que al reflejarnos nos determina En su libro Literatura Europea y Edad Media Latina, Ernest Robert Curtius cita a Alanur de Insulae, un escritor del siglo XII a quien son atribuidos estos versos. Toda criatura del mundo como libro y como pintura es para nosotros un espejo, señal fiel de nuestra vida, de nuestra muerte, de nuestra condición, de nuestra suerte. Eso lo supo a sí mismo Juan José Arriola, quien en la palabra educación anota, hay poemas enteros que los siento totalmente míos porque me dicen a mí mismo, me ayudan a saber quién soy. Y así, el afán que nos guía como lectores es la ilusión de hallar espejos a nuestra medida. ¿No es verdad que adquirimos libros y pasamos sus páginas con fruición en busca del espejito espejito que nos refleje, idealizados, que nos ofrezca una imagen de nosotros mismos en la que seamos los más guapos, valientes, terribles, obscenos, comunes, tímidos seres de este valle de lágrimas, exactamente igual que los personajes que contienen. Sergio Pitol expresa que una persona es los libros que ha leído, y podríamos parafrasearlo diciendo que alguien es los personajes con los que se ha identificado. Se dice que un texto en cuanto obra existe solamente en el momento de su lectura. Tal afirmación contiene tanta verdad como el hecho irrefutable de que un espejo no tiene razón de ser si alguien no se refleja en él. La vida de un espejo en un cuarto vacío es tan intensa como la de un libro metido en el estante de un librero. El estudioso alemán Harald Benric lo explica del siguiente modo. La obra literaria como tal existe sólo en potencia cuando no es leída. Es la lectura la que actualiza esta virtualidad. La obra no existe en las páginas y empresas del libro, sino que se realiza como tal obra en el lector. Estamos pues, Ortega y Gassetianamente, dueños de nuestra circunstancia, cuando de pronto hay un momento mágico en el que todo cambia, todo se suspende. Ese momento es cuando atinamos a tomar un libro y procedemos a mirarnos en ese espejo. y este espejo que abrimos, que es el libro particular que hemos elegido, nos devuelve una imagen que no es de nadie más que de nosotros, una visión de cómo somos en ese momento, de cómo hemos sido en el pasado, de cómo nos gustaría ser o tal vez cómo podríamos ser en el porvenir. En palabras de Arguelles, Juan Domingo, cada quien se lee en el libro que lee según sean su cultura, su disposición, sus ideas, su temperamento. Cada quien hace la lectura vital que lo configura y lo retrata. También cada quien se refracta en ella y lo que queda después de leer es lo que somos ante el lienzo personal íntimo que trazamos con cada autorretrato lector. Para finiquitar este apartado, yo quiero agregar que la lectura no es tan solo un espejo que nos retrata frontalmente. no, es más que eso en el espejo en el espejo del libro que hemos elegido del libro que nos gusta miramos nuestra vida sí, pero asimismo miramos a nuestros muertos no sólo los familiares muertos los amigos que se han marchado para siempre los conocidos que conocimos y que ya no están en este mundo no en las páginas que leemos en ese espejo amable o trágico. Están nuestros deseos muertos, nuestros sueños fallecidos. En las historias leídas, en las que leemos cuando leemos de verdad, aparecen las palabras muertas que nunca dijimos, las cosas que pensamos y que olvidamos. En la lectura se espeje a nuestra vida viva, pero también y a veces sobre todo nuestra vida muerta, la que dejamos ir y que ahora es irrecuperable y por eso leemos también, porque leyéndonos abriga de pronto el blando consuelo de que es posible reconquistar algo de lo que se han llevado los años. Le he hecho esta breve pausa para recordar a nuestro público que pueden enviarnos preguntas para el maestro en relación con el tema de esta ponencia, levantando la mano y pidiendo, solicitando una tarjeta que nuestros compañeros van a proporcionarles, nos los van a hacer llegar y aquí les damos la lectura. Gracias. La lectura como ventana. Dice León Felipe, la poesía es una ventana, para mí es la ventana, la única ventana de mi casa. Con este epígrafe a manera de cortenilla quiero continuar y decir que siempre me ha parecido de una claridad asombrosa la metáfora de la hoja abriéndose como la ventila de una ventana. es verdad que muchos colegas contemporáneos o del pasado han dicho que los libros son puertas siempre abiertas para entrar a esos mundos que de algún modo ya nos estaban esperando pero a mí la acción física de abrir la tapa del libro y pasar la guarda y la primera hoja la primera hoja de un libro que no conocemos es una réplica del momento en que abrimos esa ventana que nos permitirá sumarnos a un paisaje novedoso a un mundo distinto del que solemos ver todos los días. Abrirse al mundo es una de las metáforas visuales más comunes y más ocurridas, pero en el caso de la lectura adquiere una reverberación algo distinta en la que está implícita una franca curiosidad por parte del que ejecuta la acción. Si el libro y las hojas del libro son ventanas, entonces el lector es una suerte de viajero consumado que abre la ventana repetidas veces para mirar ese mundo a su disposición. A diferencia del espejo, la página como ventana nos ofrece, en nuestro carácter de lectores, no la imagen de nosotros, sino la vista a un paisaje, a un mundo, a un escenario que está más allá de la pequeña realidad de nuestra habitación. Eso ocurre con los libros de viajes, de aventuras. Pienso en las maravillas de los viajes de Marco Polo, Las Mil Una Noches o El Señor de los Anillos, por citar solamente tres ejemplos notables. Leer un libro entonces, hundirnos en la lectura de un libro que nos ha atrapado, es como hospedarse en un sitio muy grato y abrir a cada momento la ventana y asomarnos a ese bosque, a esa calle, a ese mar sereno, a ese poblado prodigioso o a esa montaña nevada que, eventualmente, se irán haciendo familiares y queridos conforme se vayan acentuando la costumbre y el gesto de abrir la tapa como si fuese de verdad una ventana. Santa Teresa de Ávila ya lo manifestaba de la siguiente manera. Aprovechábame a mí también ver campo o agua o flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Criador. Digo que me despertaban y recogían y servían de libro. El mundo como libro y el libro como imagen del mundo constituyen asimismo dos de los tópicos comunes que suelen frecuentar los autores expertos y no expertos en cuanto abordan estos asuntos. La visión religiosa que invita a leer y descifrar el mundo abierto como un libro ante nosotros es recurrente. Dicen que Dios, autor del mundo, espera y desea que leamos su obra. Dejaré de lado pues este lugar común para ocuparme del punto de vista contrario, es decir, del que está en el lado exterior de la ventana, sin dejar de reconocer por supuesto que es probable que también esté incurriendo en otro cliché. Bien, aceptada la metáfora de que la ventana también funciona al revés, imaginemos a alguien que se encuentra en el exterior y que está interesado en acercarse y asomarse y mirar hacia adentro de una habitación, a través de tal o cual ventana que alguien ha dejado entreabierta. Desde luego no pienso en esa clase de persona que pretende meterse a la casa por la ventana y apropiarse de lo que no es suyo. Eso se llamaría plagio y de ese tema ya estamos un poco cansados en estos días. Pienso en quien por puro placer libertino no resiste la tentación de abrir un poco más la ventana para espiar, para fisgonear, qué ocurre en ese espacio cerrado. Si es verdad que la lectura, como dijo Gabriel Zahid, es un vicio, una felicidad. Leer viene a ser sin duda el oficio delicioso de un mirón, de un boyer impune, que es capaz de emprender socarronas e intrépidas acciones, con tal de poder abrir a hurtadillas una ventana, invadir la intimidad ajena y admirar a la mujer que reposa dentro. Tal mujer es, ya lo adivinaron, la historia que ese libro contiene. La lectura es siempre una intromisión a la privacidad de alguien. La lectura no es el procedimiento amable para conocer otras vidas, sino la herramienta perfecta para espiarlas. Por esa razón, el lector de novelas, diarios, biografías, autobiografías, conmemorias, tiene incluso ese aire escurridizo y taimado del que subrepticiamente se acerca una ventana para echar aunque sea una miradita. ¿Cuáles son las ventajas o las recompensas de este oficio con que el mirón pasa sus mejores horas? Por lo pronto el placer desinteresado de conocer la vida íntima de otros seres ficticios o reales que no son él. seres alejados en el espacio y en el tiempo que viven en apariencia vidas enteramente distintas a la suya. Recuerdo que una tarde de hace casi tres décadas, en una librería de viejo de Don Celes, compré en una edición de bolsillo la novela Hambre de Gnud Hanson. En el viaje de la Ciudad de México a Toluca empecé a leer el libro y lo terminé esa madrugada en mi casa. Durante todas esas horas estuve acodado en una ventana invisible de cristianía, esa ciudad singular que nadie puede abandonar sin llevarse en presa su huella, oyendo la voz débil del protagonista que murmura cerca de las penurias de su vida. Ante los apuros de los últimos tiempos, todos mis efectos habían tomado, uno tras otro, el camino de la casa de mi pendio. Me incorporé. Fui al rincón de la cama a inspeccionar un paquete en busca de algún alimento para desayunarme, pero no encontré nada y volví a la ventana. Lo peor de todo era que mi traje estaba tan deteriorado que ya no podía presentarme a ningún sitio en forma conveniente. ¿Con qué regularidad, con qué movimiento uniforme había bajado la pendiente? Me hallaba privado absolutamente de todo. Ni siquiera me quedaba un peine, ni un libro que leer cuando la vida se me hacía triste. Un dicho japonés dice que nadie es feliz sino por comparación. Abatido por la miseria del personaje, yo me sentía sin embargo contento de que mi propia situación no fuera tan lamentable como la suya. Yo vivía en la casa de mis padres y pude levantarme y hacerme un café con leche y comerme un pan y calentarme una cena en forma, a diferencia del personaje de Hamson que no tenía que llevarse a la boca. Frente a la desgracia, el hambre y la atmósfera depresiva que emanaban de las páginas, recuerdo haber devorado con delicia mi cena en la profunda madrugada. Pero en cambio, como joven escritor, el protagonista de hambre me llevaba ventaja. durante todo el verano rodé por los cementerios o por el parque del castillo o me sentaba y hacía artículos para los periódicos cuartilla tras cuartilla sobre las cosas más diversas al terminar uno de ellos preparaba otro y rara vez me dejaba descorazonar por el no del redactor jefe y en efecto cuando estaba inspirado y cuidado a mi artículo llegaba a veces a cobrar cinco coronas por el trabajo de una tarde Por mi parte, yo era incapaz de cobrar un peso por los textos que en ocasiones me publicaban los suplementos dominicales de Toluca Sí, el dicho japonés, según las evidencias, también podía ser adaptado y tener esa variación Nadie es infeliz sino por comparación De manera que este fisgoneo profundo vital que es la lectura sirve, entre otras cosas para comprobar cuánto más o menos miserables somos en comparación con los personajes de esos universos cerrados, novelas, diarios, autografías o memorias que nos es permitido atisbar gracias a nuestra curiosidad desatada de lectores sin remedio. La maravilla, la revelación, es que en el transcurso de ese espiar que es la lectura, el mirón va descubriendo que lo que mira se parece mucho a su propia vida. eso me ocurrió la ocasión en que fui a apostarme en una de las ventanas de la casa de Kafka ¿y quién no lo ha hecho? en alguna parte de carta al padre, Franz cuenta lo siguiente la imposibilidad del trato tranquilo tuvo otra consecuencia más en verdad muy natural, perdí la costumbre de hablar seguramente tampoco sin esa circunstancia hubiera llegado a ser un gran orador pero de todos modos hubiese dominado el lenguaje humano con fluencia normal. Ya muy temprano tú me prohibiste la palabra, tu amenaza, ni una palabra de réplica, y la mano levantada al mismo tiempo me acompañan desde siempre. Debo reconocer con absoluta sinceridad que en este caso, como lector de ese testimonio, en verdad, Capciano, no me sentí un intruso sino un hermano del mismo dolor. Profundamente avergonzado, lastimado, me sentí coautor de estas palabras de confesión. La escena que yo había esperado encontrar al asomarme por la ventana a esa habitación, a ese libro de Kafka, no era ajena a mi propia vida y más parecía que lo que estaba viendo era ni más ni menos lo que habría podido reflejar la luna de un gran ropero colocado al fondo del cuarto, es decir, mi propio rostro asustado y mudo, es decir, mi propia experiencia personal. La lectura como camino. Se dice y se repite con frecuencia que la lectura es una inmejorable compañera de viaje. Puede ser. A mi juicio no es una compañera, ni tiene las virtudes de un acompañante, por muy maravillosa que sea. Para mí la lectura es o puede ser el camino mismo. A la lectura confía uno sus pasos para que nos conduzca hacia un lugar, hacia un sitio que no se conoce. La lectura es la pasión inexplicable que comparte el aventurero que se encamina por sendas y rutas desconocidas, peligrosas. Sobre todo eso, peligrosas. La lectura y posterior escritura de sus ideas condujo a Giordano Bruno a la hoguera. La lectura de las iluminaciones de Rimbaud llevó al Paul Clodel a encontrar su propia iluminación. La metamorfosis de Kafka fue el camino para que García Márquez se encaminara a sus pasos hacia su vocación de novelista. La lectura de cómo el amor hirió a Lanzarote llevó a Paolo y Francesca al adulterio. Y también la lectura fue la alcahueta que condujo los amores ilícitos de Abelardo y Eloisa. Dostoyevsky cuenta en los hermanos Karamazov que una muchacha se quitó la vida tan solo por imitar o asemejarse a la Ofelia de Shakespeare. Y del mismo modo, no pocos jóvenes, leyendo el Werther de Goethe, se encaminaron hacia el suicidio. Tras la muerte de Beatriz, Dante caminó hacia los brazos del consuelo leyendo el libro de Boesio, Consolación de la Filosofía. y Jean Pozzard, el niño que no buscaba nidos ni tiraba piedras a los pájaros, dice de sí mismo en las palabras. Tumbado en la alfombra, emprendía áridos viajes a través de Fontenel, Aristófanes, Ravelé. Yo era la Perús, Magallanes, Vasco de Gama. Amado Nervo, o al personaje poético de Nervo, la obra del beato Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, lo condujo a la enfermedad y a la tristeza. A muchos años que busco el yermo, a muchos años que vivo triste, a muchos años que estoy enfermo, y es por el libro que tú escribiste. Sí, un libro, la lectura de ese libro es un país, un bosque, un desierto, una selva. Pero el libro de su lectura es a sí mismo una ciudad o una calle. ¿O es acaso, por qué no, un barrio que nos atrae especialmente y por el que transitamos de ida y vuelta con la feliz frecuencia del onanista? Yo tenía veintitantos y Rayuela, por citar otro ejemplo querido, representaba para mí una ciudad por la que me fascinaba perderme todos los días. Aunque siempre volví a mi barrio, a mi calle, que era el capítulo 7, toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca. pero es sobre todo don Alonso Quijano quien los ratos que estaba ocioso que eran los más del año se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto que vendió muchas panegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballería que leer es digo sobre todo don Alonso Quijano ya convertido en don Quijote de la Mancha quien ejemplifica ese camino soberano río, misterioso que la lectura es y que en su caso lo condujo gustosa o inevitablemente a la locura. ¿A quién de nosotros alguna vez en la vida no nos dijeron, vas a quedarte loco de tanto leer? En su libro, El concepto de ficción, Juan José Saer apunta que a nadie se le ocurriría definir las novelas de Sade o de Batelle como simples novelas eróticas. La sexualidad de Sade y Batelle es un camino personal que lleva al todo. Sin embargo, el camino que el autor plantea o indica o sugiere no es necesariamente el camino por el que el lector avanzará a pie juntillas a ciegas. El poder del lector consiste, quien lo duda, en la libertad de elegir sendas alternas, atajos, brechas inexploradas. En su libro Las revoluciones de la cultura escrita, Roger Cartier apunta que, según la bella imagen de Michel de Certeau, el lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro. Apropiado por la lectura, el texto no tiene exactamente o en absoluto el sentido que le atribuyen su autor, su editor o sus comentaristas. Toda historia de la lectura plantea en su principio esta libertad del lector que desplaza y subierte lo que un libro intenta imponerle. En el mismo sentido, pero con aliento poético, Machado y Serrat cantarían al unísono, Caminante son tus guías el camino, nada más. Caminante no hay camino. Se hace camino al andar. Caminar entre líneas, leer entre líneas, serían imágenes justas entonces para ilustrar la desobediente libertad del lector que sin desdeñar la ruta marcada por el escritor se atreve a diseñar caminos nuevos. En leer y escribir, Ezequiel Martínez Estrada apunta, hay una manera de leer que consiste en ir colaborando con el autor. Muchas veces el procedimiento lleva a leer lo que no está escrito. Sobre este mismo asunto, Sabater en su libro La tarea del héroe expresa, si no se hubiese abusado tanto últimamente del término transversalidad, podríamos utilizarlo ahora para calificar esta forma de lectura que se pretende no lineal, que cruza los textos sin aposentarse definitivamente en ellos y sin seguir dócilmente el itinerario trazado que levanta la piel de lo escrito para ver hasta dónde llegan las raíces de las palabras y de qué humus se alimentan. Con todo, ante la libertad del lector, hay una pregunta punzante en el Uribe y Juguetona que surge de pronto. ¿Cuán importante es el lugar de destino? La respuesta no es sencilla y en todo caso habría una por cada lector. Y talo Calvino en esa belleza que es, si una noche de invierno un viajero declara, para mí importa el final de verdad último oculto en la oscuridad, el punto de llegada al que el libro quiere llevarte. Pero enseguida agrega Calvino, y ese enunciado es lo que me interesa subrayar como un pequeño pero vigoroso manifiesto de la autonomía, y libertad que ejerce el lector. Busco atisbos para tratar de distinguir qué se perfila más allá de la palabra fin. A mí me parece, en suma, que el lector anda y desanda por el libro que le gusta como un amigo a quien se visita con frecuencia y sin avisar. Y en todo caso, lo que realmente importa no es a dónde se dirige el camino, sino las atracciones del camino mismo. Y de cualquier modo, el lector aventurero al lector aventurero y rebelde, como deben ser por cierto todos los lectores, le da lo mismo un destino que otro, y por supuesto dicho lector no ignora que al volver la vista atrás en el texto es muy probable que vea una senda que nunca de volver a pisar, pero no le importa en verdad pues al lector rabioso, amoroso, inclemente, siempre está dispuesto a seguir caminando o regresando, aunque frente a sí haya tan solo estelas en la mano. La lectura como encuentro. Toda lectura antes que encuentro con algo o con alguien es la incertidumbre de saber qué nos aguarda en las páginas. Toda lectura es promesa, expectativa, una estremecida posibilidad de encontrarse con quién. Con la vida. Con la vida así, la vida siempre late en la superficie de las páginas. Ahí está, latente, potencia pura. Se dice con frecuencia y con razón que el lector recrea la obra, leerla e interpretarla, es verdad, la vuelve a la vida. Sabater piensa que los libros funcionan a costa de nuestra energía, somos su único motor. De manera que un libro cerrado es, ¿por qué no decirlo? ¿por qué no proponerlo? como el sepulcro de un vampiro. Al abrirlo, el vampiro vuelve a la vida ante nuestra mirada. Si el vampiro es bueno, quiero decir eficaz, nos hincará enseguida los colmillos y nos convertirá en uno de los suyos, es decir, nos contagiará de su vida, dándonos una vida distinta. Un libro, un clásico, digamos, es entonces un vampiro a quien nuestra sangre lectora le añade un poquito más de inmortalidad. Abrir un libro es siempre, al principio, una incesante promesa de encuentro y enseguida la realización de ese encuentro deviene una forma de vida diferente a la que uno vive todos los días en la casa, en la calle, en la escuela o en el trabajo. Porque hay un punto, escribe Pedro Salinas, en que el mundo actual y presente debe detenerse. Ahí da comienzo el otro, el que el libro crea y al que invita o arrastra al lector mundo de tiempo distinto y de lluvia e irreal. El libro vive en el instante en que es leído. Podemos recordar en este punto unas palabras de Gabriel Zahid cuando dice que los libros son letra muerta mientras no favorezcan la animación de la vida. Las páginas y las historias que los mejores libros contienen, lejos de ser piezas de museo, hermosas pero estáticas, se caracterizan por el aliento reverberante de una vida que no cesa de mostrarse ante cada lector y de provocar en él un eco también vivísimo. Por eso yo creo que se confundió Walt Whitman al decir, ya no recibirás de segunda o de tercera mano las cosas, ni mirarás por los ojos de los muertos, ni te alimentarás de los espectros de los libros. Igual que se confundió también el propio padre Quevedo al exclamar, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos. No, muertos no, digo yo, porque ese escuchar con los ojos los resucita y el muerto leído ya no es muerto. Aunque claro, algunos aquí me dirán, objeción válida, que hay autores zombies que están muertos en vida. Walking Dead. Y no es menos verdad que un libro es a sí mismo como un nuevo día, en el sentido de que somos incapaces de saber qué nos depara si no lo abrimos, si no lo vivimos. Toda lectura es un encuentro con lo desconocido de la misma manera que todo nuevo día es un enjambre de pequeñas o enormes sorpresas que incluso pueden modificar de un golpe nuestra vida. La frase dicha por un personaje, la opinión de él o de la protagonista de una historia, equivalen a ese encuentro con lo imprevisto y con cierta frecuencia tienen el poder de simbrar nuestros pensamientos y hundirnos en una reflexión trascendental que tal vez modifique el curso de nuestra existencia. Y así la lectura como encuentro se transforma sutil, pero necesariamente en una lectura como destino. A eso se refiere Sabater en su diccionario filosófico cuando dice que la lectura constituye un destino excluyente, absoluto y fatal. La lectura como destino es ese momento terrible y gozoso a un tiempo en que nos unimos a la lectura en un compromiso amoroso que va a durar hasta que la muerte nos separe, pase lo que pase con una fidelidad a prueba de cualquier tragedia No la lectura matrimonial que decía yo antes en la que el lector se siente forzado a cumplir sus deberes conyugales No, sino una lectura que privilegie el placer antes que la obligación una lectura de amantes impostergables, rabiosos, sin remedio, una lectura como evangelio en la que el lector es un pescador que oye una voz que le dice, sígueme, y ese sígueme, que es menos conversión que seducción y magnetismo, me lleva a un epílogo que no estaba presupuestado, la lectura como vicio. Creo que al concebir y componer este último y pequeño apartado estaba pensando más bien en hacer mi propio el ojo del libro en la lectura. Y así como el borracho que enaltece el trago y lo sueña a deshoras y bebe a escondidas y adora el vicio, su vicio, y no le importa ser un paria o un condenado social, así yo quiero compartir con ustedes mi alcoholismo lector. Pero alcoholismo lector no es una frase afortunada. Le podemos llamar lectorismo. Y entonces los celebrantes, practicantes, vacantes, todos seríamos llamados lectóricos. Imagínense ustedes centros de lectóricos anónimos. Hola, me llamo Marco Aurelio y soy lectórico. Qué lugares tan terribles serían esos en los que grupos de ebrios de lectura se presentaran con la mirada baja y arrepentidos de su vicio expresaran públicamente su promesa de no volver a leer una página en su vida. Ni una página más. no, no, no, nada de eso preferirles mil veces las cantinas los centros de perdición qué hermosas ciudades serían aquellas donde no existieran las bibliotecas sino las cantinas de libros irse a emborrachar después del trabajo o mejor aún salirse de la oficina en horas hábiles para irse a leer con los amigotes unas páginas de quienes ustedes gusten hasta parece que los estoy viendo llegar y sentarse entre risotadas y palmadas en la espalda y enseguida el mesero solícito que se acerca a preguntar ¿qué van a leer los señores? a mí me da una quemadita de Borges no, yo voy a leer un caballito de Marcel Proust añejado por favor y usted a mí me da un mojito de Hemingway por supuesto a esta clase de cantinas además de mujeres y hombres entrarían los niños, solos en parejas o en grupos nutridos, niños que escapan de la escuela y van a la cantina a festejar el cumpleaños del amigo y en lugar de pastel devoran rebanada tras rebanada de Michael Ende o Tolkien o Roald Dahl o Hinojosa o Walter. La lectura como vicio debe ser una pasión, una imprudencia, una locura a la altura del arte para parafrasear y recordar a nuestro López Velarde. Lo que dice Juan Domingo Arguelles tiene algo de sentencia, no hay de otra, quien ha leído lo sabe, leer es un vicio, una inclinación recalcitrante que no admite explicación. Por su parte, Sabater asegura que la lectura es la única dicción verdadera que conozco, la que no tiene cura posible. Y Sartre, otra vez Jean Paul, confiesa su pasión por las novelitas que su madre le llevaba a casa, novelitas de aventuras, dicen las palabras, ¿era leer? No, sino morir de éxtasis. En De la realidad a la literatura, Sergio Pitol cuenta, hace 55 años leí La guerra y la paz, cuando apenas entraba a la adolescencia y fue una lectura apasionada, una especie de vicio que duró no sé cuánto tiempo, semanas o meses, para leer seis volúmenes de la editorial Málaga. De manera que si le eres un vicio, una enfermedad, mi tío que era un bebedor como nunca he vuelto a ver otro, le contagió su alcoholismo con una simple transfusión. Esta leyenda familiar es, según mi madre y otras voces autorizadas, absolutamente cierta. Así que por qué no pensar en un cuento divertido en el que las personas se contagien del vicio de la lectura con la sangre de los que ya son grandes degustadores de ella. Como bien lo dijo alguna vez Abater, los humanos sólo llegamos a ser seres en plenitud mediante el contacto, contagio y modelo de otras personas. Lo peor que puede pasar es que a algunos les dé leucemia lectora y entonces se vayan por esos caminos de Dios confundiendo también molinos de viento con pavorosos gigantes de brazos largos. Por eso todos los lectores deberíamos ser Borges cuando Borges dice, y otros se jacten de los libros que han escrito, yo me jacto de los libros que he leído, como si dijera yo me jacto de las mujeres que he amado o de las botellas que me he bebido. Y así, la frase, quien me quita lo bailado, pasaría a ser quien me quita lo leído. Los libros como las personas deben gustarnos para sentirnos bien en su compañía. Eso es lo que tienen los vicios, que nos gustan y por eso los frecuentamos. Y como todo vicio, la lectura tiene el poder seductor de cambiar a las personas. Somos diferentes, señala Juan José Zaire, antes y después de haber leído Palmeiras Salvajes. Eduardo Cazar, con otras palabras, dice lo mismo en su poema Velocidades. el tiempo está cambiando ya eres otro lector y no el que comenzó a leer estas letras por supuesto existen las lecturas fulminantes de revelación inmediata, de iluminación pero hay otras que, vicios que encarnan sobre piscios van plantando su semilla en el alma del lector y sin que éste lo advierta empiezan a germinar paulatinamente con el paso de los años son las lecturas de lenta floración cuyos frutos explotan mansos y jugosos en el alma y corazón del lector maduro vicioso, insalvable el verdadero vicioso, el lector de buró el lectórico que ya es un caso perdido, el que lee hasta los papeles que encuentra tirados en la banqueta con los ojos enrojecidos de tanto leer, siempre dirá, no, yo leo nada más dos cienes de semana a semejanza del bebedor quien declara que solo toma una copa en las fiestas o los días sábados con los amigos mirando el fútbol. Y aquí se me antoja un par de preguntas pertinentes. ¿Qué siente un vicioso de la lectura cuando lee? ¿Qué lo impulsa a no detenerse? Y la respuesta parece sencilla. Lo impulsa la felicidad de las palabras entrando por sus ojos, La electricidad de esas mismas palabras circulando por su sangre. Las palabras se iluminan cuando adquieren significado en las entrañas del lector, cuando resuenan. Y esas sensaciones de iluminación y resonancia nos ayudan a entender quiénes somos en este mundo, qué vida es la nuestra y cómo se relaciona con la vida de los demás. Henry Miller se pregunta, ¿de qué sirven los libros si no nos hacen volver a la vida, si no consiguen hacernos beber en ella con más sabidez. Al lector iluminado, el propio mundo parece hablarle. Gabriel Zahir, citado por Juan Domingo Arguelles, dice ¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle, las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decir. Y para terminar con esta participación que ha sido, por supuesto y en esencia, una declaración de amor por los libros y la lectura, quisiera compartirles dos citas más sobre los libros y el milagro que representan. Una es lo que dice un papiro egipcio de la dinamistía XIX, Ramsida. El hombre perece, su cuerpo se vuelve polvo, todos sus semejantes retornan a la tierra, pero el libro hará que su recuerdo sea transmitido de boca en boca. La otra es un dicho obsozil, pero para transcribirla debo contarles antes que hace unos días leí un reportaje en el Milenio Dominical. Un reportaje que me gustó mucho y que se refería al taller Leñateros, un colectivo editorial chapaneco fundado en 1975 por la poeta Ámbar Paz, manejado por artistas mayas contemporáneos, que trabajan con materiales reciclados y cuyas publicaciones están entre los 100 libros más bellos del mundo. Hacia el final del texto, la reportera Verónica Díaz le pregunta a Marush Méndez Pérez, una de las artistas, ¿qué representa para ella una publicación? Y la mujer responde, hay un dicho tzotzil que reza, una persona sabia es aquella que tiene el libro en su corazón. Gracias por explicarme.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
13/11/2012
FECHA_INGRESO_ENTREGA
21/11/2012
FECHA_PUBLICACION
27/11/2012
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
32
CONDUCTOR
Juan Carlos Cruz
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
Ana Patricia Gómez Ortiz

