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CUID
M-04367
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 26
SINOPSIS_SERIE
Espacio de reflexión y diálogo en torno a la lectura y la literatura, que congrega a ponentes y participantes nacionales e internacionales. La serie aborda temas como la responsabilidad de autores e ilustradores, los criterios para la selección de textos y la colaboración entre ilustrador y editor en la construcción de sentidos. También se exploran las formas de expresar ideas y sentimientos, así como el respeto a la diversidad de pensamiento
EXTRACTO_SERIE
Espacio de reflexión y diálogo sobre lectura y literatura con ponentes nacionales e internacionales. Aborda la responsabilidad de autores e ilustradores, la selección de textos, la colaboración entre ilustrador y editor, y el respeto a la diversidad de pensamiento.
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Antonio Saborit García Peña (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
Reflexión sobre la enciclopedia ilustrada del siglo XVIII como proyecto cultural que transformó la organización del saber y cuestionó las formas tradicionales de autoridad. El texto describe su compleja producción, la circulación de sus volúmenes, las tensiones con la censura y el papel que jugó en la difusión de nuevas maneras de pensar en Europa y en América. Asimismo, analiza cómo la ilustración impulsó prácticas de lectura, debate intelectual y revisión crítica de la realidad social, al tiempo que interroga la vigencia de ese legado en el presente y los desafíos para sostener la reflexión, la imaginación y el ejercicio de la razón en un entorno cultural cada vez más frágil.
EXTRACTO_PROGRAMA
Análisis del sentido histórico y cultural de la enciclopedia ilustrada y de su legado crítico, junto con una reflexión sobre la transmisión del saber, la lectura y los retos actuales para renovar el ejercicio de la razón
N_PROGRAMA
9
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
01:00:34:26
PARTICIPANTES
Antonio Saborit García Peña, historiador y ensayista
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Antonio Saborit García Peña
Historiador, ensayista, traductor y editor mexicano cuya trayectoria, hasta 2006, lo consolidó como una figura destacada en el estudio de la historia intelectual y cultural del país. Su formación inicial en Letras Modernas en la UNAM, complementada con estudios de cine, definió una mirada crítica y sensible que atraviesa toda su obra. Desde 1980 desarrolló una relación estrecha con el INAH, donde participó en el Seminario de Historia de la Cultura Nacional y más tarde dirigió la Dirección de Estudios Históricos, articulando investigación, docencia y trabajo editorial.
Durante las décadas de 1980 y 1990 se convirtió en una voz constante en suplementos culturales, donde cultivó un ensayo atento a figuras y episodios poco explorados de la vida cultural mexicana. Su labor investigativa se reflejó en libros que combinan archivo, biografía intelectual y análisis estético, entre ellos Una mujer sin país, Los doblados de Tomóchic y El mundo ilustrado de Rafael Reyes Spíndola. Paralelamente, desarrolló una importante labor como traductor de autores fundamentales y asumió responsabilidades en consejos editoriales y museísticos. Hacia 2006, su producción y su presencia institucional lo habían posicionado como un ensayista de referencia, reconocido por su escritura precisa y su capacidad para vincular literatura, historia y cultura visual.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Toño estudió cine, estudió literatura, después estudió historia y fue antes de haber estudiado historia, como nos decía antes, pero al mismo tiempo fue director del Instituto de Investigaciones Históricas. Lo quiero mucho y me da muchísimas ganas de escucharlo y de presentarlo. Gracias. Muy buenas tardes. Muchísimas gracias por la por la invitación siempre es un un privilegio que uno nunca valora del todo sino al tiempo poder compartir algunas de nuestras pasiones en foros de esta naturaleza. Debo empezar por decir, no le hagan caso a Daniel Golding, es muy generoso. Le faltó, en todo caso, en mucho perfil decir que también tengo mi carácter y sentimientos. Y en estos días está un poco Bruno, así que ustedes disculparán el tono que identificarán, por supuesto, en algún momento de estas páginas. Ese es un escrito sobre la enciclopedia, como decía Daniel, está dividido en tres partes, tampoco se las tengo que cantar, las van a percibir. Me pedía a Daniel que me demorara en la parte material de la enciclopedia. En efecto, desde la escuela nos han platicado de la enciclopedia y los enciclopedistas, de su papel en el siglo XVIII como detonadores de una serie de acontecimientos históricos de gran trascendencia, pero pues la verdad es que sabemos muy poco o nos damos muy poco tiempo porque en realidad sí existe mucha literatura, nos damos muy poco tiempo para enterarnos sobre esta historia material de la enciclopedia y el valor que tenían los libros en el siglo XVIII. De pronto en Occidente se llenaron las ciudades de libros, una cosa extraña, pero llamó la atención. había libros por todos lados, se imprimían libros, circulaban los libros, se prohibían libros y se las arreglaban los editores y los comerciantes para contrabandear libros de la manera de la gente. Lo hacían muy bien, iban y venían los libros, se compraban por catálogo, se enviaban con terrestres clandestinos o con terrestres especializados, pero el caso es que iban y venían los libros a un grado que hoy no nos imaginamos. Uno de esos libros fue la enciclopedia y de esto va el asunto. Hace algunos meses cuando conversamos, Daniel surgió la enciclopedia, un proyecto cultural y nosotros sus herederos. pero hace unos días conversando con Daniel le dije, y nosotros ¿por qué no le ponemos una interrogación a su cerebro? de verdad somos heredores de esto va lo siguiente venimos de comer es un crimen que nos reunan en tan grato lugar de comer es obligatoria la frase que dice que aquellos que se aburran, esto tiene un fin, no va a seguir hasta las 9 de la noche, pero quienes se aburran, le solicitamos que salgan de prinditas del auditorio y que no despierten a veces que ya se quedaron dormidos. Por favor. Es obligatoria. Igual al rato conversamos, igual no tengo respuestas para sus preguntas, igual los confundo todavía más. Digo los que sobrevivan la sesión, pero me dará mucho gusto verlos después de que levante la vista. Para empezar, conviene traer a esta mesa algunos de los datos que se tienen sobre la más legendaria de las enciclopedias en el mundo occidental. El primer volumen de la lujosa edición en folio llegó a manos de sus suscriptores en 1751. Y con la publicación del último volumen en 1772, al cabo de 21 años lentos y tortuosos, Denis Diderot decidió pintar su raya no sólo con sus editores, que eran André-François Le Breton, Antoine Claude Dreson, Michel-Antoine David y Laurent Dugan, sino también con el mismo proyecto de la enciclopedia, la cual decía en su portada Diccionario Razonado de Ciencias, Artes y Oficios. Esta última, casi desde su arranque, reventó los límites materiales establecidos y pactados por todos los implicados en su mero proyecto, desde los colaboradores hasta los suscriptores, pasando por un amplio reparto de papeleros, impresores, promotores y funcionarios del Estado francés y de ocho volúmenes originales a razón de 1.625 ejemplares por cada uno. 1.625 ejemplares. ¿Se imaginan? La bibliografía que imprimió Joaquín Garcícas Valseta, un siglo después, bibliografía mexicana del siglo XVI, a la que le dedicó buena parte de su vida, don Joaquín Garcícas Valseta, y de la cual contamos con una edición facsimilar en el Fondo de Cultura Económica, imprimió 350 empleados. En la misma línea, José Juan Tablada, cualquiera de sus libros de poesía publicados en Nueva York, imprimieron 200 ejemplares. Vamos a jugar con el número uno. Entonces, y de ocho volúmenes originales, a razón de 1.625 ejemplares por cada uno, Liderot terminó por entregar a Le Breton y sus socios 17 volúmenes de texto, integrados por 71,818 entradas más 2,885 láminas que se acomodaron en otros 11 volúmenes. Muy pronto, con la circulación de los primeros volúmenes de la enciclopedia y sobre todo gracias a la promoción colateral de diversos escándalos, la demanda de los lectores transformó la idea inicial de imprimir poco más de millar y medio de ejemplares, llevándola hasta la cifra de 4.255. No tan pronto, en cambio, llegó el descanso para Diderot, sobre todo por el grado de responsabilidad implícito en una empresa que para los 4.000 suscriptores supuso una inversión estimada entre el millón y medio y los dos millones y pico de libras, mientras los editores pactaban pesados préstamos para solventar los gastos en las diferentes etapas del proceso editorial. Al final, los 28 volúmenes de la primera edición de la enciclopedia en folio comportaron 4 millones de libras, de los cuales 2,5 millones eran utilidad pura. Acaso suene muy espectacular los 2 millones de utilidades, pero no los quiero desanimar, nada más piensen que recargaron 21 años de nacer esto. Las ediciones en folio de la enciclopedia no eran precisamente accesibles al gran público y mucho menos lo eran en el siglo XVIII francés Ediciones en folio fueron las cuatro primeras que circularon de esta obra El dato ayudará a imaginar el tipo de suscriptores lectores que Leberton y sus socios tenían en la cabeza al inmiscuirse en la aventura de la enciclopedia muy pocos lectores provenientes del llamado Tercer Estado sin duda y si en cambio un puñado de suscriptores provenientes de la nobleza de la corte, de los parlamentos, de los ministerios, incluso del clero en fin, suscriptores que a la postre no eran sino parte integral de las ortodoxias que desafiaba el contenido de los mismos artículos de la enciclopedia ya produjeran libros al alcance de la bolsa de cualquiera o bien para un mercado bastante más restringido, los impresores necesitaban entonces de un permiso o privilegio del rey para publicarlo. El control sobre la palabra impresa en Francia era una autoridad exclusiva del rey quien la ejercía por medio de un canciller, quien a su vez la delegaba en el titular de la dirección de la librería, que en este caso era un ilustrado de un hombre largo como un alejandrino, Cretien Guillón de la Moignón de Malézard. Al frente de la librería entre 1750 y 1763, Malézard fue uno de los numerosos funcionarios del Estado francés que entendía en la cabalidad las paradojas en las que tenían sumida a la corona la misma autoridad del rey, más una burocracia barroca y diversos gremios monopólicos, en este caso el de la comunidad de libreros y de impresores, en donde los impresores debían registrar cada uno de los textos que daban a la frente. En fin, Kemal Esdá entendía bien hasta qué punto el sistema en su conjunto de censura, privilegio, aprobación y hasta de recomendación simbólica de un libro en realidad solo estimulaba la producción de libros franceses fuera de las fronteras de Francia, pues en toda Europa existía una enorme demanda por las ediciones piratas y baratas en francés, mientras que en el interior de Francia solo se podían imprimir los libros aprobados. Cada libro llevaba la estampa del rey y en el nivel simbólico, en el nivel práctico, era una autorización, un permiso para imprimirse, pero en el nivel simbólico el rey estaba recomendando, con este permiso, estaba recomendando su lectura. Por supuesto, si el rey iba a estar inmitido en este par de procesos, había de por medio un aparato de censura muy pesado que generalmente impedía que se publicaran los libros y por lo mismo los impresores tendieron a salirse del territorio francés ubicándose en las fronteras para publicar libros en francés y luego contrabandearlos al país. Por supuesto, este ingreso, en muchos casos multimillonario, como les decía, había una gran cantidad de libros, se iba de las manos de la corona. Por la misma naturaleza de la organización editorial francesa, Malesard entendía que las imprentas de ciudades como Ámsterdam, Bouillon, Ginebra y Nochatel terminaran atrayendo a la ilustración y que la rigidez de estas cartas de privilegio no hacía otra cosa que mantener una industria bollante, multimillonaria en libras, fuera del imperio de la ley, y de ahí que el mismo Malesdav y otros funcionarios alentaran el desarrollo de una franja de tolerancia para la industria por medio de la expedición de nuevos documentos legales o casi legales, como los permisos tácitos, los permisos simples, las tolerancias y los permisos de policía, todos los cuales no eran sino un estratagema para que aparecieran los libros sin sello real, ni derechos de propiedad, ni exclusivos, ni formas. De este modo, si el clero o algún miembro del Parlamento ponía el grito en el cielo por la publicación de un libro no ortodoxo, el gobierno no daba la impresión de haberlo alentado y podía incluso prometer que lo confiscaría, cuidándose, por supuesto, en algunas ocasiones, de poner sobre aviso a los impresores para que tuvieran a buen resguardo sus existencias cuando llegara la redada policíaca por ellos. Ojo la manera en que se toleran en la actualidad algunos cometidos que no cumplen con todas las formalidades para ejercer esa especulación en la vida pública. La enciclopedia siempre contó con un permiso de los buenos, no de estas tolerancias que les acabo de decir o de los permisos clásicos, siempre tuvo un permiso de los buenos uno de los mencionados privilegios que eran las únicas licencias que expedía la librería hasta antes de la llegada de Malesder pero además gozó de la protección de este mismo funcionario durante los 13 años que él permaneció al frente de esa oficina se puede afirmar que Diderot no pisó la cárcel de Vincené en esta etapa de su vida gracias a Malesdao, siendo que su actividad como enciclopedista lo comprometía mucho más, como editor de la enciclopedia lo comprometía muchísimo más que su obra Carta sobre los Ciegos por la que purgó dos años de encierro. Yo no sé a quién le debemos más, si a la carta sobre los ciegos o a la policía francesa a propósito de Rousseau. cuenta Rousseau en sus memorias que se iba a visitar a Diderot precisamente a esta cárcel precisamente por haber sido, por esta obra, por la publicación de esta obra, Carta sobre los Ciegos, iba caminando, le dio calor, se tiró a la sombra de un árbol, Un árbol que estaba enfrente de un asfixio donde se iban a tirar a los hijos naturales. Rousseau había tenido varios y habían terminado ahí, que generalmente significaba la muerte. Tirado debajo del árbol, sacó un pampleto de una revista de su bolsillo, Rousseau, pidió la convocatoria a un concurso que decía, un concurso literario, que convocaba la escritura de un ensayo, que era el siguiente tema. ¿La cultura corrompe al ser humano? Esa fue la epifanía de Rousseau, y Rousseau empezó a ser Rousseau a partir de ese momento, de esa insolación que le llevó a tirarse a la sombra de ese árbol y que le hizo ver su propia vida bajo otra óptica y gracias a lo cual conocemos al otro otro. Entonces tiene un impacto fenomenal en su época, en la mentalidad de su época, en las costumbres de su época y de las décadas por venir. Entonces les decía que la actividad de Diderot como editor de la enciclopedia lo puso constantemente durante 21 años, lo puso más cerca de la prisión que su obra Carta sobre los Ciegos y que gracias al apoyo de Malesda nunca volvió a apretar la carta por este motivo. Y los mismos suscriptores de la obra fueron quienes se encargaron de localizar y denunciar la amenaza de los elegantes volúmenes detrás de los cuales respiraba una conspiración para destruir la religión y socavar el poder del Estado. Cierto que algunos suscriptores llegaron a demandar a Le Breton y sus socios por estas querellas, pero estas querellas siempre se mantuvieron en el terreno del incumplimiento de cuanto ellos, como impresores habían dicho que ofrecerían en el prospecto de su diccionario razoné, o por las demoras en la entrega de cada volumen y, por supuesto, por el incremento en el número de volúmenes y los gastos que a la larga supuso esta misma suscripción. Gracias a estas demandas, ha sido posible conocer algunas de las condiciones materiales de la primera edición de esta obra, toda vez que en el laberinto judicial francés se extravieron los papeles y documentos de Le Breton y sus documentos. Pero estas demandas a las que me refiero versan sobre el contenido de la enciclopedia, además de que en efecto más de una vez llegaron a poner en riesgo la sobrevivencia misma del proyecto, sacaron a la luz el sentido editorial profundo de esta empresa. Con lo que a la postre, estos suscriptores estimularon la demanda por la obra en Francia y en el extranjero, pues sus reclamos no hicieron sino difundir a grosso modo la soterrada estrategia intelectual de Viderot y los suyos. Es una paradoja, era un libro caro de enciclopedia, un libro en folio. No cualquiera podía acceder, no cualquiera podía pagar la suscripción para la obra. El sistema de suscripción es un sistema segurísimo, probadísimo, lo deberíamos ensayar entre nosotros cuantas veces fuera posible. Es muy sencillo. Consistía en vender suscripciones por adelantado entre un mercado de lectores o de coleccionistas interesados en tener determinada obra. los editores tomaban el dinero de los suscriptores, ese dinero lo invertían en la producción del libro y entregaban. Así funcionó parte de las iniciativas editoriales entre nosotros durante el 18, durante el 19 y todavía en estos tiempos hay iniciativas de esta naturaleza que nos permiten imprimir y poner en circulación obras sin recurrir al asfixiante circuito de la distribución que suele llevarse una parte importante de la tajada. Les decía que estos suscriptores, los primeros suscriptores de la primera edición de la enciclopedia no eran gente como nosotros, sino eran precisamente los mismos que podían haberse sentido y de hecho se sintieron amenazados por las cosas que se decía en la enciclopedia y fueron ellos quienes dieron la voz de alerta sobre el contenido de estos volúmenes y quienes hicieron escándalo y al hacer escándalo despertaron prodigiosamente la demanda y de los 1.600 ejemplares que se había pensado originalmente, el proyecto creció a 4.000 Y ya entrados en gastos de siete, de ocho volúmenes, nos brincamos a rendir. Un delirio. Tiene que ver con la demanda. Las enciclopedias y los diccionarios razonados, por otra parte, como los libros en general, se multiplicaron en la primera mitad del siglo XVIII. Y no pocos de sus volúmenes llegaron a cruzar el Atlántico. José Antonio de Alzati Ramírez, uno de los grandes sabios novohispanos, discutió por escrito algunos de los datos consignados sobre la población de la Ciudad de México en las dos ediciones de la obra de Antoine Agustin Bruncet de la Martinière, el gran diccionario geográfico y crítico, la de la Haya de 1726 y 1729 y la de París de 1768, por dar un solo ejemplo. Pero el diccionario razonado que ahora nos ocupa era diferente al resto, pues nació atado a los movimientos intelectuales que hoy identificamos con la ilustración y acabó convirtiéndose en una herramienta importante para extenderse en la sociedad, sobre todo cuando entre 1777 y 1782 esta enciclopedia se difundió en escala masiva al circular en diversas ediciones en cuarto y en octavo. Sale la edición en folio, lujosa, hay cuatro ediciones, hay tres ediciones, tres réplicas más en folio, sí. El tamaño de los pliegos, el pliego de papel en que se imprimen las páginas. El folio es el más grande, es aproximadamente de este tamaño, es lujoso. Y de ahí se va dividiendo el folio en octavo y cuarto. Y luego de seisavo y la otra, ahí chiquito, es el pocket. Octavo y cuarto son ediciones más baratas, más pequeñas, más accesibles. Y Robert D'Arton ha estudiado en un libro que publicó el Fondo de Cultura Económica estas ediciones masivas de la biblioteca, para quien esté interesado, es un libro gordo, lleno de números, maravilloso, sobre la manera en que se organizaron los editores para adquirir los derechos de la edición de Lebreton y pasarla a pequeños formatos y distintos. En este formato fue que la enciclopedia llegó a las manos de todos. No en los volúmenes que mencionaba Daniel al principio, que se pueden consultar en la Biblioteca Nacional, sino en los pequeños. en donde intervinieron cantidad, cantidad de redactores para adaptar los textos y en algunos casos para emascular, dice Robert Danton, los textos originales de los colaboradores de la enciclopedia de Diverod, de donde quizá nos expliquemos por qué después la ilustración no circuló a cabalidad, por decirlo de esta manera. D'Armpton no duda en llamarla la obra suprema de ese movimiento de la ilustración y ve en sus volúmenes una prueba contundente de que las casas editoriales no tuvieron empacho en invertir su capital y su experiencia en el mundo de las ideas. D'Alembert explicó el sentido de la enciclopedia al descubierto su base epistemológica en el discurso preliminar, Pero entonces, como hoy, este tipo de avisos o prólogos suelen ser lo último en lo que reparan hasta los lectores más curiosos. Nadie leyó a Dallanberg, nadie lee los prólogos. Todo el mundo nos brincamos. Yo escribo muchos prólogos con la confianza de que nadie los va a leer. Nos brincamos el prólogo y llegamos a la obra, que es lo que hay que hacer. Al final, vamos al prólogo. Bueno, en el caso de la enciclopedia no volvían al prólogo y D'Alembert lo puso muy claro desde el principio, desde el primer volumen. Lejos de anticipar o de promover la revolución social a la que sus volúmenes quedaron asociados por interesadas explicaciones express de la historia de Francia, el principio básico de la enciclopedia, según lo detallaba D'Alembert, era más o menos el fin. Si bien los autores de esta obra reconocían la autoridad de la Iglesia, partían de que el conocimiento no es fruto de ningún tipo de revelación mística ni de los mandatos de Roma, sino de las tres piezas claves de nuestro entendimiento, la memoria, la razón y la imaginación. Fiel a su objetivo como diccionario razonado del conjunto de las actividades humanas, esta nueva enciclopedia pretendía evaluar con patrones racionales y así ofrecer un punto de apoyo para que nosotros repensáramos el mundo. Estudiar las visiones del mundo podía tener su riesgo, pero reorganizar el universo del saber en torno a la razón y reorientar a los hombres en el interior de ese universo por medio de la combinación de los datos de los sentidos dejaba de ser nada más riesgoso para convertirse en un verdadero peligro, pues en el momento en el que el lector aprendiera a hacer uso de su propia razón, descubriría su ausencia en muchas de las esferas de la vida política y social. Esta era la pieza radical de la enciclopedia. No llamaba a las armas, llamaba a aprender a pensar. Y tan lo entendieron los defensores de las ortodoxias y del estatus quo, como los diputados y consejeros del rey y del papa, como los jansenistas y los jesuitas, que ellos mismos no dudaron en emplear los dones de la letra impresa para responder a semejante afrenta por medio de artículos, panfletos, libros y edictos. La ruptura con las nociones establecidas de conocimiento y autoridad intelectual, dice Darnton, fue lo que convirtió a la enciclopedia en un libro tan herético. El blindaje intelectual de esta empresa habría servido de muy poco si los editores no se hubieran ocupado en blindarla también en términos financieros. con la estrategia de una suscripción adicta al libro como novísimo elemento en el estatuto de sus privilegios, los propios privilegios de clase, y sobre todo al darle el apropiado blindaje político, gracias a la protección de Maledad, quien salvó la publicación al menos en dos crisis importantes. Una al comienzo, al mero comienzo de la publicación de la enciclopedia, en 1752, cuando uno de los colaboradores de la enciclopedia, un abate, el abate de Jean-Marie de Prat, se vio envuelto en un enorme escándalo, sacó una tesis doctoral que fue considerada una verdadera heredad, y entonces por ser colaborador de la enciclopedia, la enciclopedia salió tocada. Y otra más, otra crisis más, entre 1757 y 1759, a raíz del intento de asesinato de Luis XV, tras el cual los enemigos de la empresa arremetieron con toda la fuerza sus capacidades propagandísticas en contra de las herejías que ya tenían localizadas en los primeros siete de los. en buena medida quedó bien definido por las voces de alerta de sus numerosos adversarios, los anti-enciclopedistas. Es generalmente sucedido que los adversarios de una causa terminan definiendo lo mismo que, o acotando lo mismo que atacan. Los anti-enciclopedistas ayudaron a ver a muchos lo que Diderot y los colaboradores enciclopedí habían tenido la precaución de filtrar con mucho cuidado en los volúmenes, pero los ataques asimismo permitieron apreciar hasta qué punto los enciclopedistas identificaban su filosofía con un desconocimiento derivado de la memoria, de la razón y de la imaginación antes que de los mandatos del Estado y de los dogmas de la Iglesia. A partir de Diderot, el árbol del conocimiento de la enciclopedia, con la filosofía en el tronco más las artes y las ciencias como derivaciones de las tres principales facultades humanas, se grabó en la percepción general de los ilustrados y empezó a realizar una lenta labor de zapa con la ayuda de otro tipo de artefactos literarios, como las memorias y ensayos de los escritores a quienes atraía pasar de la reflexión íntima y mundana a las consideraciones de alcance político, pero también con la ayuda del género literario más popular del siglo XVIII, la novela pornográfica. La novela pornográfica, hay un montón de estudiosos muy sugerentes todos, y nos dicen, ah, la novela pornográfica estuvo prohibida en el siglo XVIII, claro, por pornográfica, no, o no solo. La novela pornográfica fue uno de los canales por medio del cual los filósofos, los llamados filósofos del siglo XVIII, promovieron sus ideas. Si han leído al Marqués de Sade, si han leído a Teresa Filósofa, si han leído algunos de los títulos clásicos de la pornografía francesa del XVIII, me entenderán, si no lo han hecho pueden ir a, no creo que en la materia, pero pueden ir al sótano, hay algunos, y verán que entre una escena salaz y la siguiente, hay discusiones filosóficas. Y esas discusiones filosóficas tienen que ver con esta manera de pensar, de pensar al ser humano, de pensar al hombre, de pensar a la mujer, y de actuar en el mundo y la manera en que la memoria, la razón y la imaginación participan en la construcción de esa edad. Por eso eran peligrosas, por supuesto también por los grabados, algunos sensacionales, pero insisto, uno de los grandes canales para difundir las ideas de los ilustrados o lo que nos asociamos al siglo XVIII fue la novela pornográfica. rara vez se encuentra en los estudios realizados sobre bibliotecas personales en el siglo XVIII, rara vez se encuentran libros de Rousseau como el Contrato Social o bien otros títulos que asociamos de manera inmediata con el pensamiento crítico del siglo XVIII, no, estos libros no aparecen, en cambio si aparecen estos otros ya dije el Contrato Social, Rousseau filtró su idea sobre el Contrato Social en la entrada sobre la economía en la enciclopedia. En fin, estrategias de difusión eran unos grandes, fueron unos grandes difusores no fueron grandes pensadores, pero sí fueron grandes escritores y grandes difusores de la ocasión, pero creo que de eso hablo más allá. Antes que afirmar que de algún modo somos herederos de la enciclopedia, o al menos de la aventura editorial que vivieron Diderot y los suyos hace ya un par de siglos y con todo eso del movimiento intelectual de la ilustración, tal vez convenga preguntarnos en primer lugar ¿qué heredamos de la ilustración en general y del enciclopedismo en particular? Ensayo una respuesta. La pregunta, creo, exige más de una respuesta en consideración a las diversas reacciones sociales y culturales que en su momento suscitaron estos movimientos en el continente americano y más adelante en las diversas sociedades en sus particulares procesos históricos. Para empezar, propongo entonces elegir un solo rasgo de la ilustración para explicar el sentido del conjunto, a saber, la manera en la que ese movimiento se sirvió del modo más pragmático posible del orden material existente durante el siglo XVIII para lanzar la imaginación de las diversas minorías letradas, urbanas, religiosas, formadas lo mismo por hombres que mujeres, en pos de las más amplias indagaciones relacionadas con una humanidad reformada, como escribió Maurice Bora en su libro La imaginación humana. Esta elección pone el énfasis más que nada y con todo propósito en las palabras y en el rastreo de las muy diversas construcciones verbales ilustradas en un ámbito esencial y casi exclusivamente verbal como es el nuestro, las colonias americanas de la España borbónica. Las palabras, me refiero, anteriores a la acción, las palabras como acto, las palabras como sucedáneo de la acción. ¿A qué me refiero al subrayar que las colonias americanas de la España borbónica, es decir, de la España del final del 18, eran un ámbito en esencia y casi exclusivamente verbal? No lo sé muy bien. Tal vez me refiero a que la definición, la cronología y la sociología de la España borbónica en América están marcadas por diversos conjuntos de palabras que devinieron construcciones de tipo histórica sin más sustento material que el soporte del papel en el que circularon esas palabras, libros, folletos. La ilustración borbónica comportó una nueva manera de pensar el espacio de los hombres, mas no solo eso. A la distancia luce como un mundo textual, sin referencia concreta a lo real, o bien se trata de un entramado verbal ajeno a la realidad material tanto de los hombres como de sus espacios, y que aún así defendía su pertinencia y utilidad y su puesta en práctica. Básicamente es un poquito enredado, pero la idea es que las palabras van antes que la realidad. Que ideologizamos la realidad imponiéndole determinadas palabras. Este es lo que quiere decir con la verbalidad de las colonias americanas del Estado de la República. Ilustración, dijo Kant, es la salida del hombre de su culpable minoría de edad. Como dije Kant, a lo mejor tuvieron unos campos magnéticos para prevenir, viene una frasesota de ese filósofo inmenso que fue Kant, pero imagínense que no la dijo Kant y la voy a leer sin Kant. Ilustración, la ilustración es la salida del hombre de su culpable minoría de edad. Lo puso en cursivas, en un escrito muy hermoso, muy breve, publicado por el Fondo de Cultura Económica, por don Eugenio Ima, lo puso en cursivas, Kant, para beneficio de nosotros, los lectores comunes y corrientes. Y añadió, minoría de edad es la imposibilidad de servirse de su entendimiento sin la guía de otro. Esta imposibilidad es culpable cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino de decisión y valor para servirse del suyo sin la guía de otro. Sapere aude, ten valor de servirte de tu propio entendimiento. Tal es el lema de la ilustración. Ilustración era algo muy semejante a lo que algunos autores americanos, como el ya citado Alzate, entendían por curiosidad ilustrada. Y los extremos de la ilustración rozaban el mundo natural y el pensamiento jurídico, la física y la moral, las bellas letras y las antigüedades. más aún el espíritu de la referida minoría de edad, se lo hayan propuesto o no, fue asimismo un adjetivo que los ilustrados en las Cortes Europeas embarcaron hacia sus castellanizadas y plurilingües colonias americanas, tan alfabetas como letradas. Y con el término colonia se les ubicó en uno de los márgenes de la historia, no se ubicaron en uno de los márgenes de la historia, empezaron a ser los márgenes de la ilustración. Ilustración y enciclopedismo son palabras muy requeridas, entre muchas voces más, que para decirlo con una frase del filósofo español Emilio Lledó, arrastran una larga historia, ilustración y enciclopedismo, arrastran una larga historia y que han estado desde siglos organizando la vida de los hombres y han sido objeto de usos múltiples y de manipulaciones diversas. Asimismo, esas palabras constituyen una parte de los entramados dichos por Weber por medio de los cuales ha circulado la vida humana. Entre estas palabras nos hemos movido, ilustración y enciclopedismo, desde hace 250 años, 300 años, según pongan los límites de la ilustración. El manual recomienda pensar en la ilustración a partir de 1700. Las investigaciones históricas jalan la ilustración hacia 1650. Ustedes decían. Desde entonces, ilustración. La ilustración y más adelante la voz enciclopedismo han sido dos palabras por las que hemos nadado, en las que nos hemos enredado o las que nos han sacado a flote. Ellas influyeron en la sensibilidad y la inteligencia, y los vestigios de su actividad se encuentran en la figura de no pocos mentores intelectuales, en ciertas obras, en ciertos esquemas. Dice Carlos Ivo en la Ilustración Olvidada, sabemos que hubo muchas y diversas ilustraciones, así como hubo muchos renacimientos, muchos clasicismos, muchos romanticismos, no solo diversidad de ilustraciones nacionales, las ilustraciones anglosajonas, la inglesa y la escocesa, las alemanas, las francesas, están diferentes entre sí, sino también en esos ámbitos ilustraciones de tonos distintos, Ilustración moralista, ilustración sospechosa, ilustración irónica, frívola, fuertemente racionalista, fuertemente motivista. Puede sugerirse que a pesar de esas diferencias y esos acentos diversos, lo que llamamos ilustración contiene al menos los siguientes rasgos centrales. Una confianza en la razón crítica y en sus capacidades de interpretación de la naturaleza y de la sociedad. Consiguientemente, un relato naturalista o naturalizado de los procesos sociales y de nuestro urdimbre moral. En términos morales, un acento en el individuo como agente de conocimiento y de la acción. Y en términos políticos y culturales, un rechazo de las imágenes y costumbres heredadas y por tanto un fuerte sentido de la innovación a la que cada época está comprometida. A la cuenta de los rechazos, es importante añadir dos elementos más. los dogmas y los privilegios. Ahora bien, ¿qué rasgos mostró la ilustración en la América Española? Dicho de otro modo, ¿cómo fue que esta primera América acabó por instalarse en la retaguardia de los procesos, de la imaginación, de la razón y de la memoria del siglo XVIII? Un movimiento, una causa, una campaña hay en el seno de la Ilustración, todos ellos tendentes a cambiar las mentalidades y reformar las instituciones. Así recomendaba Darnton observar al movimiento de la Ilustración. ¿Cuál de estas tres piezas, movimiento, causa, campaña, tocó más honda y profundamente la imaginación cultural americana? Las tres, dependiendo de los estudios que atendamos para despejar la pregunta. Y sin embargo, la ilustración como un movimiento ha sido hasta ahora la idea más extendida. La ilustración es la palabra revolucionaria de los tiempos modernos, la clave del cambio y la explicación de una transformación permanente, incontestable, avasalladora. Los veintitantos volúmenes de la enciclopedia, una herramienta vista y palpada por muy pocos. Pero lo cierto es que fue mucho menos que lo anterior y mucho más de lo que sugieren las desafiantes partes de ese inabarcable todo. El estudio de la ilustración en América no será sin la observación minuciosa de sus minorías, las cuales para beneficio de esta exposición resulta útil caracterizar como lo hiciera Ortega y Gasset. Son minorías coherentes, decía él, con o sin ilustración, con o sin enciclopedismo. El papel en política de estas minorías es cosa complicada, decía el mismo Ortega en el segundo tomo de su espectador. Lo cito. Sin ellas no puede existir un vigoroso organismo de Estado, pero ellas no se bastan para crearlo o manejarlo. Solo puede imaginarse una situación en que efectivamente a un puñado de hombres les es fácil adueñarse del poder público. cuando este, el poder público, es res nulis, cuando el resto del cuerpo social no se siente solidario con él, cuando nadie estima las instituciones vigentes. Entonces, claro está, cualquiera que tenga alguna resolución y no se ande con miramientos podrá echar manos de un gobierno que todos se enfiguran desamparados. Pero esto nos lleva a una regla contradictoria de la que el susodicho lugar común formula. Basta que una minoría resuelta se haga dueña del poder público para poder afirmar que en la vida política en ese país atraviesa una etapa de gravísima anormalidad. Las minorías coherentes americanas, tan numerables como las francesas que suscribieron originalmente el proyecto de la enciclopedia, albergaron en su seno un conjunto de curiosos, esto es, de individuos sedientos de saber y hambrientos de lectura. Los libros sin duda fueron su consuelo y por eso la lectura constituyó un elemento fundamental de su perfil social. De ahí que la América española fuera territorio félix para los trabajos de autores divulgadores que dieron a conocer entre sus contemporáneos las novedades intelectuales provenientes del viejo continente. No encontramos en América a ese tipo de pensadores llamados colonialmente originales, pero tampoco se dirá que en el siglo XVIII encontramos en Europa al menos los equivalentes de Pascal, Locke, Descartes, Newton, Leibniz. En cambio, y en abundancia, aparecen por ahí autores que se encargaron de propagar ideas, credos, intuiciones ilustradas. Su propósito no era otra cosa que el de alcanzar la vista y la conciencia de lectores educados y en su propia tierra. Se trataba de una literatura de autoconsumo que en el mejor de los casos buscaba explicar la realidad social inmediata. ¿Hasta dónde fue que esa literatura no pasó de decir a explicar? de glosar a encontrar, ya se verá algún día. Pero al margen de lo anterior, no es discutible que el propósito de muchos autores americanos en el siglo XVIII y XIX puede terminar, cuando menos en principio, las propiedades y los comportamientos de cada partícula en el organismo social americano, y eso con un grado de precisión y sencillez nunca antes imaginado. Orden y claridad, esto es, los dos elementos que parecían negarse sistemáticamente en la historia de las colonias. Orden y claridad gobernaban sus escritos. Signo de la impiedad francesa seguía siendo el enciclopedismo hacia final del siglo XIX para un autor como Marcelino Menéndez Pelayo quien escribió lo siguiente. De Francia irradió a toda Europa contagiando a reyes, príncipes y ministros, a todos los rectores de los pueblos, a la vieja aristocracia de la sangre y a las otras dos de las letras y de la banca que desde Voltaire y desde el sistema económico de Law habían comenzado a levantar la cabeza. Al pueblo llegaron los efectos mucho más tarde y solo después que sus monarcas habían agotado los esfuerzos por descristianizarle y corromperle, por descontado que ellos fueron las primeras víctimas en cuanto rompió la valla el furor de la plebe amotinada. Los estragos de la enciclopedia en Italia y en España son más subterráneos y difíciles de descubrir que en Rusia o en Alemania. en España, donde está la penuria de memorias, relaciones y correspondencias, y tratándose del siglo XVIII, que casi todos los españoles miran por instinto como época sin gloria, la dificultad sube de punto. Producciones literarias, francamente volterianas, o traducciones, que no pueden ser clandestinas, no las hay ciertamente hasta fines del siglo, se refiere al XVIII, pero si antes no se ve el monstruo cara a cara, Harto se le conoce por sus efectos en las regiones oficiales, por lo que informa y tuerce el espíritu económico, por el colorido general que imprime las letras y por el clamor incesante de sus impugnadores. No tan rápido, don Marcelino, que en América, una de las regiones oficiales a las que hace alusión en el párrafo anterior, las preguntas sobre el encyclopedismo y su legado las complica un poco más la anglización del mundo, como se refirió a este proceso el querido historiador El Mundo Gorman, a mediados de los 1940, cuando reseñaba un libro de ensayos, una antología que preparó Medardo Bittier para el Fondo de Cultura Económica. En esas páginas, decía Gorman, planteó esta atractiva interrogante que en buena medida hoy sigue en espera de una o varias respuestas. Cito a Ogorman, ¿por qué precisamente es el ensayo el tipo de prosa en que se exponen y discuten las cuestiones vitales latinoamericanas? Esta y no otra cuestión es la que verdaderamente interesa, pero Vittier ni siquiera se la formula, Medardo Vittier, con lo que creo señalar la deficiencia capital de este libro, por otra parte tan sugestivo y tan lleno de lecciones amables. Un libro que desgraciadamente no se ha vuelto a reimprimir. Y es grande lástima que así haya acontecido, porque el autor aporta los materiales que quizá permitan disipar la atractiva interrogante. Señala Vittier los orígenes ingleses del ensayo moderno, destacando fuertemente en el segundo capítulo la importancia histórica de estas revistas. de Tattler, 1709, The Spectator, 1711, la Edinburgh Review de 1802 y de la Quarterly Review de 1809 y de los escritores y ensayistas como Steele, Addison, Jeffrey, Scott, Macaulay, Gladstone, Lamb, de Quincy, todos de la flota de la flora archivritánica. ¿Qué? ¿Las fechas no le dicen nada? Te pregunto, Gorman. ¿olvida acaso las conexiones entre Londres y los anhelos de independencia iberoamericana? Y Blanco White y el padre Mier, Mina, el anglicismo de Bolívar, nada significan, quien que esté dotado de algún olfato dejará de percibir las conexiones. Nos avisa Ogorman, tenemos el canal, el chorro abierto de la enciclopedia francesa, y O'Gorman nos dice, atención, que también del lado inglés se nutre nuestro enciclopedismo y nuestra ilustración. O'Gorman creía entonces que esto no era más que un indicio más de la anglización del mundo, esto es de la imposición de las virtudes inglesas con el carácter de absoluta. Algo habría que señalar al respecto, digo yo, la revista The Spectator, por ejemplo, se transformó en un hito en la historia de la cultura inglesa en los albores del siglo XVIII. Implantó una manera prosística, indispensable y peculiar en el registro literario inglés a principios del siglo XVIII. Y su estilo atrajo imitadores por todas partes y entretuvo a un buen número de lectores hasta el final del siglo XIX por medio de las imitaciones en el ancho mundo de la corona y la lengua española, Primero al traducirse en Madrid, se traduce The Spectator en Madrid como El Pensador, para que más adelante se lo apropiara otro súbdito de la corona, José Joaquín Fernández de Lizardi, al llamarse a sí mismo, o mejor dicho, al autor de sus escritos, El Pensador. Para corroborar la tesis de Donald B. Luguerner. me voy a brincar esto despiadado espero compasión para el conferencista después de esta aplicación mis atribuciones como torturador esta tarde una herencia incómoda por comprometedora y por demandante sí tengo que leer un poquito lo que viene antes ojalá un poquito es que es una parte larga sobre la ciudad la manera en que las ciudades el paisaje y la ciudad aparece aparece el odio a las ciudades caracteriza al siglo XX la ciudad como un elemento Hay grandes sátiras contra la vida en la ciudad. Y en contraposición aparece el elogio a la naturaleza y el elogio al paisaje. Empieza una alabanza y un estudio de la naturaleza a partir de la miseria urbana. Esto tiene también connotaciones ilustradas muy interesantes. muchas cuerdas de verdad interesantes donde lo mismo aparece Juvenal como inspirador de Juvenal aquel de chicas latinas inspirador del sobrino de Ramón de Viveró como inspirador de muchas piezas en el siglo XVIII y bueno viene a aterrizar en la Nueva España de una manera brutal, de la grandeza mexicana de Balbuena, que luego recicla Salvador Novo como la nueva grandeza mexicana, tenemos en medio una denostación prodigiosa de la ciudad de México, escrita por Hipólito Villarroel, un ilustrado español, interesantísima. Y por el otro lado tenemos el asunto del paisaje, que va a estar presente entre nosotros hasta el siglo XX. Total que esa ciudad, o la ciudad, es una de las sedes materiales y algo del sentido del desarrollo americano de la ilustración. No sé si los ejemplos anteriores hayan dibujado la simultaneidad conflictiva de las diversas ilustraciones y enciclopedismos, no solo temporales, no solo generacionales, no solo temáticas, pero al menos confío en que permitan apreciar que un artefacto tan complejo como el de la enciclopedia de Diderot y los movimientos intelectuales asociados a la ilustración nos ponen, ahora sí, ante una herencia interna, por comprometedora y por demandada, sí, pero sobre todo porque parece exponer las numerosas miserias de nuestra civilización. Si el género humano fue capaz de alcanzar tales alturas en la segunda mitad del siglo XVIII, al grado de dibujar para sí el derecho a la felicidad para todos, para no demorarnos en la libertad, la igualdad y la fraternidad, ¿qué salió mal? Esta pregunta la planteó George Steiner en la Facultad de Ciencias y Políticas y Sociales de la UNAM hace algunos años. Y en torno a ella ofreció un rápido inventario de las calamidades en los últimos 250 años de la civilización occidental. Que salió mal. Pero la pregunta en realidad es tan moderna como el famoso grabado de Francisco de Goya en el que vemos a un ilustrado, a un enciclopedista, recostado sobre su mesa de trabajo y rodeado por una amenazante parvada de aves de rapilla, al pie de la cual leemos la leyenda del sueño de la razón producen monstruos. Uno de mis autores predilectos describió alguna vez que si los sueños de la razón producen monstruos, entonces la razón está obligada a cuidar sus sueños. Creo que estaba en lo cierto y, sin embargo, también creo que la pregunta esencial tiene una respuesta, ¿qué salió mal? Me temo que no tenga una respuesta, pero se me ocurre por el momento buscar cobijo en el frondoso árbol del conocimiento de la enciclopedia, a la sombra de la memoria, de la razón y de la imaginación. ¿Seríamos de estudiar con la agudeza de los ilustrados las actuales visiones del mundo, de reorganizar en una serie de volúmenes el universo de cuanto ya sabemos en torno a la razón, así como de ajustar nuestra rosa de los vientos en el interior de ese universo por medio de la combinación de los datos de nuestro sentido. Si hace dos siglos, además de riesgoso, era un peligro, ¿Por qué no semejante ejercicio podría llevarnos a aprender a hacer uso de nuestra razón y descubrir su ausencia en muchas de las esferas de la vida política y social? Tengo absoluta confianza en la sabiduría de nuestras comunidades letradas y por lo mismo no dudo que fuera posible encontrar a un director a la altura de Viderot y a una orquesta tan buena y estridente como la que él dirigió durante 20 años. Y sin embargo, en esta época de ganancias rápidas y de ser posibles, ¿dónde encontraríamos a los editores dispuestos a emprender semejante aventura en el espacio de la letra impresa? Y hoy, además, que la lectura y el gozo de los libros parecen llegar, si llegan con el ocaso de la vida, con la edad y la madurez, y que el enorme universo estudiantil, desde la infancia hasta su primera juventud, parece enemistado con los libros, que salió mal. Muchas gracias.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
21/11/2006
FECHA_PUBLICACION
16/11/2006
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
26
CONDUCTOR
Daniel Goldin
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Miguel Ángel Gordoa
PRODUCCION
Illa Geisel Serna Munguía

