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CUID
M-04388
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 26
SINOPSIS_SERIE
Espacio de reflexión y diálogo en torno a la lectura y la literatura, que congrega a ponentes y participantes nacionales e internacionales. La serie aborda temas como la responsabilidad de autores e ilustradores, los criterios para la selección de textos y la colaboración entre ilustrador y editor en la construcción de sentidos. También se exploran las formas de expresar ideas y sentimientos, así como el respeto a la diversidad de pensamiento.
EXTRACTO_SERIE
Espacio de reflexión y diálogo sobre lectura y literatura con ponentes nacionales e internacionales. Aborda la responsabilidad de autores e ilustradores, la selección de textos, la colaboración entre ilustrador y editor, y el respeto a la diversidad de pensamiento.
SUBTITULO_PROGRAMA
Armando Bartra Vergués (España - México)
SINOPSIS_PROGRAMA
Reflexión sobre el oficio de crear historieta desde la escritura del guion, destacando la colaboración entre guionista y dibujante, la construcción de mundos narrativos y la relación entre imaginación, técnica y lenguaje visual. El texto aborda la variedad de géneros en la historieta contemporánea, desde el humor hasta la ciencia ficción o el relato histórico, y examina cómo este medio permite explorar temas complejos, incluidos los dilemas morales, la identidad, la pérdida y la convivencia en sociedad. Asimismo, se discute el papel de la historieta como puerta de entrada a la lectura, su potencial para dialogar con las preguntas profundas de la infancia y la importancia de ofrecer narraciones que amplíen horizontes y cuestionen estereotipos.
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre la creación de historietas, su riqueza narrativa y su capacidad para explorar temas complejos, acompañar la imaginación infantil y cuestionar visiones simplificadas del mundo.
N_PROGRAMA
6
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
01:00:19:05
PARTICIPANTES
Armando Bartra Vergés, filósofo y escritor.
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor.
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Armando Bartra Vergés
Filósofo y sociólogo español naturalizado mexicano cuya obra, hasta 2006, lo convirtió en una de las voces más influyentes en el análisis del campesinado, la cuestión agraria y los movimientos de izquierda en México. Formado en Filosofía en la UNAM, desarrolló una perspectiva crítica nutrida por el marxismo, que llevó a la docencia en la Facultad de Economía y en la ENAH, donde abordó temas como la economía política, las estructuras agrarias y los movimientos campesinos. En 1983 fundó el Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural Maya, desde el cual articuló investigación, acompañamiento a organizaciones y participación en proyectos de política pública.
Para 2006, su producción escrita reunía estudios fundamentales sobre historia social, luchas agrarias y crítica económica, con títulos como 1968: el mayo de la revolución, Economía política del Plan Puebla-Panamá, Cosechas de ira y El capital en su laberinto. Su labor como articulista reforzó su presencia intelectual mediante una prosa rigurosa y reflexiva, abierta al humor y la ironía. A esa fecha, Bartra era ya un referente central en el pensamiento social mexicano, con una obra que combinaba investigación, docencia y compromiso sostenido con las causas del campo.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
La historia de la vida revista de historietas en México es una visión distinta que ya Armando les va a platicar, es una historia de los cómics de las revistas de historietas en México es probablemente ustedes han leído artículos de él en la jornada también publica cuadernos agrarios es un miembro del la editorial de la web digital cuadernos federales de Chiapas y bueno, en fin, es una persona que sabe un montón de cosas y que sabe comunicar las cosas le doy la bienvenida vamos, lo mismo, él habla y después subo y después les pregunto Buenas noches o tardes, no tan buenas, pero aceptables y agradeciendo que pudieran estar aquí, a pesar de que el clima no nos es demasiado favorable. Quizás no cumpla por completo las expectativas que me dio Daniel, porque me voy a ocupar de la historieta mexicana, pero no de manera central, no voy a contarles cómo era, cómo surge, quiénes la hacen, sino más bien voy a tratar de abordar un tema no tan habitual, que es la relación entre la historieta, que es un lenguaje narrativo, y la literatura en general, y particularmente la relación entre la historieta mexicana y los autores de novelas, de cuentos mexicanos del siglo XX. Por esto es que se llama lo que lee el que escribe. La pregunta es, ¿qué leen los que escriben, los que escriben profesionalmente? ¿Qué leen los literatos? ¿Qué leen los novelistas? ¿Qué leen los dramaturgos? ¿Qué leen los poetas? ¿Qué leen los cuentistas? Uno supondría que leen novelas, cuentos, literatura dramática, poesía, cuando lo que trataré de demostrar es que leen historias. Cuando se debate todavía, hace dos años o un poco más, fue muy intensa la polémica, cuando se debate apasionadamente la conveniencia de que gracias a las bibliotecas de aula, bibliotecas que están en las escuelas mexicanas, Los niños puedan leer La Iliada, La Odisea, El Quijote. Cabe uno preguntarse qué leían de pequeños los hombres de letras. ¿Leían La Iliada, La Odisea, El Quijote? ¿Eso es lo que leían los literatos cuando eran niños? Por ejemplo, al entrevistar a alguien que hace historietas, que dibuja historietas, es frecuente que el periodista le pregunte por sus lecturas, por sus lecturas de verdadera, de auténtica literatura. Le pregunta si tiene influencias literarias en su trabajo como monero, en su trabajo como historietista. En cambio es muy difícil que a un escritor, que a un literato, que a un dramaturgo, que a un poeta, se le pregunte por las historietas que lee, que leía, que le gustaban. Lo primero parece un halago preguntarle a alguien que hace historietas que sí también lee verdadera literatura. En cambio, preguntarle a un literato si también lee historietas es una suerte de ofensa, es una suerte de trato peor. Y no debiera ser así. Esto es lo que trataré de argumentar. Durante todo el siglo pasado, durante todo el siglo XX, la literatura, toda la literatura, estuvo marcada por artes narrativas emergentes, como el cine, como la historieta. Y en la segunda mitad de esta centuria, los escritores, los novelistas, los dramaturgos, reconocieron esta marca, esta huella, esta influencia. En un siglo, como el siglo pasado, definido por la caída de los muros canónicos que separaban a las diferentes ramas de la creación, que distinguían a las obras cultas de las vulgares, a los artistas verdaderos de los artesanos, a las bellas artes de los medios, aún de los bellos medios, en el siglo en que las barreras que separaban esto, arte culto, arte popular, medios, artes, artesanos, artistas, múltiples vasos comunicantes enlazan los distintos lenguajes expresivos. No es posible pensar en un lenguaje, el cine, el teatro, la televisión, la historieta, la literatura, sin referirse a los demás lenguajes. Entre estas comunicaciones, este intercambio, este flujo, el más obvio, pero el menos importante, finalmente, es el tráfico de argumentos. Las tramas se repiten una y otra vez con diferentes lenguajes. Vemos en el cine lo que quizás leímos en historieta o en otro momento, en una telenovela o quizás en una radionovela o en una novela o en un cuento. Y estas tramas, estas historias se vuelven finalmente del dominio público, se incorporan al imaginario colectivo. Pero esto no es una novedad, no es un fenómeno propio del siglo pasado. Esto ha sucedido siempre quizá porque el nacimiento y la muerte acotan nuestras opciones, de modo que las historias posibles no son tantas, no son más que unas cuantas finalmente. Y el chiste no está en inventar una historia distinta, nueva, sino en el modo de contarlas, en las variaciones de estas historias, en el tratamiento de estas historias. Entonces sí hay un flujo, sí hay un comercio de argumentos, de historias, de temas, de anécdotas, Pero repito, esto no es novedad y tampoco es lo más importante. Las influencias trascendentes entre los diferentes lenguajes en el siglo pasado y en este siglo, hay que buscarlas, me parece a mí, en la manera de narrar, en el modo de narrar. Los préstamos entre lenguajes que verdaderamente cuentan tienen que ver con sus posibilidades, con sus distintas posibilidades, con las envidias que un medio genera en otros medios, con la aspiración a lograr a través de la literatura lo que puede lograr el cine, o al revés, lograr en el cine lo que la literatura consigue. En una centuria, en un siglo como el siglo pasado, que inventó tres o cuatro modos nuevos de contar historias, tres o cuatro lenguajes narrativos diferentes, el tráfico más fértil es, me parece a mí, el de técnicas narrativas. Si nos vamos a hace 100 años, a principios del siglo XX, nos encontramos con una crisis y una ruptura en el modo de narrar. Los modos narrativos de la literatura decimonónica están en cuestión. Los narradores de principios del siglo XX se cuestionan por el modo de contar historias, un modo distinto de contar historias o incluso de no contar historias o hacer una literatura que no necesariamente sea estrictamente narrativa. Y una de las motivaciones de esta crisis, de esta incomodidad con un lenguaje del siglo XIX, un lenguaje literario del siglo XIX, que ya no les funciona, está en el que los relatos se ceñen o se ceñían, cuando menos en el siglo XIX, a la línea del tiempo. Nos mostraban, nos desarrollaban las historias en una sucesión más o menos lineal. Y los escritores de principios del siglo pasado, como todos los seres humanos, percibían como percibimos que la vida es simultánea, que los acontecimientos se atropellan, se amontonan, suceden, al mismo tiempo nos envuelven, que no se dan uno detrás de otro como cuando son narrados. Esta contradicción entre las simultaneidades que percibimos como parte de la vida, como parte de nuestra experiencia, y un lenguaje narrativo como el literario, rigurosamente sucesivo, se volvía traumático para quienes trataban de hacer literatura. Pongo un ejemplo. Virginia Waltz, una espléndida modelista, que escribía esto en los años 20 del siglo pasado, en una nota de su diario referida al final de la novela Alfaro, una novela espléndida que estaba acabando de escribir, en las notas que ella tomaba referentes a sus problemas literarios, escribe Virginia Woolf. Dice, me propongo terminar la novela extra de Alfaro en el momento en que Ramsey desembarca. Pero en este caso, dice, ¿qué ocurrirá con Lili Briscoe? ¿Qué ocurrirá con Carmichael? Están mirando ese seno al mismo tiempo que Ramsey y de Sembarte. No podría resolverlo, se pregunta con un paréntesis, para que al leer, dice, se tenga la sensación de que ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Trata de contar dos hechos sucesivos en los que termina, dos hechos paralelos, simultáneos, en los que termina una novela, y la literatura no le da para eso, el lenguaje verbal no le da para eso. El problema está, me parece a mí, en el férreo carácter sucesivo del lenguaje verbal, que sólo permite sucedáneos, aproximaciones, para que, como dice la novelista, se tenga la sensación de simultaneidad. Pero esto que le pasa a la literatura, a la narrativa literaria, no le sucede a otros lenguajes, en particular a la historia. El cómic, en el cómic, la secuencia de las viñetas se combina de manera natural con la simultaneidad de estas mismas viñetas. El relato en el modo del tiempo coexiste con el despliegue en el espacio, cuando menos en la escala de los bloques narrativos que son las páginas. Si nosotros estamos leyendo una historieta y pasamos una página, En lugar de empezar por arriba a la izquierda y de ahí hasta que se nos acaba, vemos el conjunto. Bueno, hay que ser muy lector de literatura para no mirar la página entera de una historieta antes de empezar por la bineta de arriba a la izquierda. Cuando hay una bineta de arriba a la izquierda, porque hay muchos historietistas que componen en toda la plana. Hay pues una simultaneidad que uno capta de un solo vistazo y después la recorre en la sucesión de las viñetas igual que en la literatura de arriba a abajo, de izquierda a derecha. Esta combinación de la secuencia temporal y la simultaneidad espacial es un recurso brillantemente utilizado por historietistas, pensando en los clásicos de la historieta de principios del siglo XX, Windsor Mackay y Joseph Herriman, Y además, por cierto, publicaban composiciones untuosamente simultáneas en las anchurosas páginas y coloridas páginas de los diarios en su versión dominicana. Eran quienes publicaban historietas de formato muy grande, porque los periódicos eran grandes, sigue habiendo de la historia en esta hora, y en los dominicales era una página de historiadores. Estos autores trabajaban con la simultaneidad, sabían que el lector de historietas miraría el conjunto de la página y así la componían. Y después el lector de historietas miraría el recorrido en su sesión como cualquier lector de literatura. Esos historietistas sin duda eran conocidos por Virginia Woolf y quizás de ahí y de otras experiencias venía esta frustración, Esta tortura de no lograr en la literatura que emplea este lenguaje sucesivo la sensación de simultaneidad a la que aspiramos. Después del primer tercio, esto es en cuanto a la literatura y la historieta, después del primer tercio del siglo pasado, ya no se puede escribir literatura sin tomar en cuenta de algún modo las posibilidades del montaje cinematográfico y del corte directo sin asumir la multiplicidad de lecturas posibles, de interpretaciones posibles, la polisemia, diríamos, de una fabulación historietil donde las viñetas son a la vez sucesivas y simultáneas, sin recoger las implicaciones de la creación instantánea mecánicamente asistida, propia de la fotografía moderna, esta captura del instante, cómo captar el instante en un modo de narrar sucesivo como la literatura. Y la influencia de la historieta en otras artes, y en este caso específicamente en la literatura, es una influencia particularmente fecunda, pues al narrar con palabras, pero también con imágenes, imágenes que son analógicas y por lo tanto de un significado abierto, se propician lecturas polisémicas con múltiples sentidos. Podríamos decir que ciertamente el lenguaje escrito provoca la imaginación visual, no hay que ver las cosas, uno puede imaginarlas, las palabras suscitan el trabajo de nuestra imaginación. Pero la literatura dibujada, aquella que presenta las imágenes ante nosotros, tiene la densidad, tiene la ambigüedad, tiene el misterio, que tiene las cosas vistas, que por lo tanto pueden ser interpretadas de muy diferentes maneras. Me parece a mí que el predominio en el siglo XX de una literatura que a diferencia de la del siglo XIX no editorializa, no nos dice, es que los celos son un sentimiento terrible, etc., pero después contarlo en una escena de celos, sino que va directamente al grano, es más testimonial, diríamos, esta literatura del siglo pasado que la decimónica. Tiene que ver, al menos en parte, con el carácter testimonial o documental que queremos, de artes como el cine, como la fotografía, como la propia historieta que documenta, que testimonia en sus imágenes aquello de lo que nos está viendo. Imágenes que son expresivas e irreductibles, Aún si en el cine se las pretende acotar con comentarios de no, que están diciendo lo que vemos en la pantalla, aún si en la fotografía se las acota con los pies de foto que tratan de delimitar lo que tenemos que interpretar en la foto que viene arriba, o en el caso de la historieta, con las apoyaturas y con los globos, es decir, con textos que comentan la cimera. Aún así, estas imágenes falen en el cine, en la fotografía, en la historieta por sí mismas. claro, estos comentarios estas vidas calias y verbosas que pueden estar en el cine que pueden estar en la fotografía en el pie de la foto que pueden estar o están en las historietas son las que desaparecen en las mejores lecturas la mejor lectura de historietas posible me parece a mí es la lectura infantil los niños sobre todo los niños muy pequeños los niños que no saben leer todavía y que miran historietas, omiten por la obvia imposibilidad de descifrarlas estos comentarios verbales, estos diálogos o estas apoyaturas que presuntamente acotan la imagen. Miran únicamente las imágenes, se van únicamente en un relato de imágenes. Y para estos niños pequeños, niños pequeños que todos los de Swim, ya a esta altura no lo parezca, los primeros acercamientos al cine, los primeros acercamientos a las historietas, suscitan, suscitaron experiencias vertiginosas, experiencias imborradas. Estamos marcados por la primera o las primeras películas que vimos, estamos marcados por las primeras historietas en las que nos entrascamos cuando todavía no sabíamos leer. Y este impacto de estas percepciones de una narrativa que no se va sobre las palabras, es un hecho trascendente. Pues con el advenimiento de los medios de masas desde el siglo XIX, con unos medios de masas quizás rústicos y los del XX mucho más sofisticados, los menores, los niños, pasaron de abrevar solo en la narración oral a consumir también fabulaciones igualmente directas, igualmente contundentes, pero con vehículos mucho más sofisticados. Se pide el cine, la historieta en la primera mitad, la radionovela también en la primera mitad del siglo pasado, las formas narrativas de la televisión en la segunda mitad del siglo, la telenovela, pero de realmente. Estos acercamientos iniciáticos a la ficción marcan mucho más o tanto más que los relatos de la nana o de la abuela. Hubo un tiempo en que uno se enteraba de historias, de historias de ficción, de historias que a uno no le habían sucedido, que había sucedido antes o que no habían sucedido nunca, a través de lo que contaba proverbialmente la nana, proverbialmente la abuela. De un tiempo a esta parte nos enteramos de estas historias, de cosas que no han sucedido nunca o que cuando menos no nos sucedieron a nosotros, por medios mucho más, bueno, decir que el cine es más sofisticado que la nana o que la abuela, es insultar a la nana o a la abuela, pero bueno, con medios mucho más elaborados y mucho más compartidos que los relatos a altas horas de la tarde de los niños alrededor de un narrador. Quien de pequeño leyó historietas, quien de pequeño fue al cine, de grande tendrá un concepto visual de la narrativa, un gusto por las cosas vistas, el que posiblemente carecerá quien siendo niño solo conoció historias contadas o historias leídas. y a esto quería yo llegar prácticamente todos los escritores del alto siglo XX que lejeron sus obras en la segunda mitad de su siglo de pequeños disfrutaron historietas y esta lectura de historietas esta visita a las oscuras salas de la pantalla de plata que existían, ahora ya no están tan grandes y la pantalla tan puesta, tan impresionante. Y están marcados por esta experiencia. Uno de estos autores, uno de estos escritores, Carlos Calvino, italiano, autor de espléndidas novelas, pero también de muy innovadores, muy originales, relatos breves, y de ensayos, ensayos muy filosos, muy profundos. Este autor, ya muerto, en uno de sus últimos ensayos, en realidad fueron unas conferencias que se publicaron después, en forma de libro, que llama Seis Propuestas para el Próximo Milenio, confiesa Calvino. En mi mundo imaginario, dice, influyeron ante todo las figuras del correo de los pequeños. Vivía con esa revistía. Me pasaba las horas recorriendo las imágenes de cada serie de un número a otro. Me contaba mentalmente las historias, interpretando las escenas de diferentes maneras. Fabricaba variantes. Fundía cada episodio en una historia más vasta. Descubría, aislaba y relacionaba ciertas constantes en cada serie. Contaminaba una con otra. Imaginaba nuevas series en las que los personajes secundarios se convertían en protagonistas. Esta costumbre, incluye el escritor, retrasó sin duda mi capacidad para concentrarme en la palabra escrita. Pero la lectura de las figuras fue para mí una escuela de fabulación, de estilización, de composición de la vida. Estos niños que se retrasan en aprender a leer porque parece que solo miran las imágenes y que esto es un acertamiento inferior a la narrativa, quizás están aprendiendo a favorar como lo hizo Calvino. Esta formación narrativa en la historieta, esta formación narrativa donde la imagen tiene preeminencia y a partir de ella se construyen relatos y se construyen conceptos, resulta muy evidente en los cuentos cortos de Calvino, por ejemplo, como los de Cosmicómica, y también en la presentación de uno de estos textos, Marco Baldo, el autor admite una vez más su deuda con el cómic, dice Salvino en este texto. Marco Baldo, dice, es el protagonista de una serie de fábulas modernas que se mantienen fieles a una clásica estructura narrativa, la de las historietas sentidas de ilustraciones en los periódicos infantiles. Pero no hay que irse a Italia, no hay que irse a Europa, podemos ir mucho más cerca de encontrar esta influencia de la historieta en los antores literarios. El amor por la brevedad, por ejemplo, de Augusto Monterroso, de Augusto Monterroso, guatemalteco, que tiene muchos años habitados en México, que manifiesta en todas sus obras, en particular, que creó la más memorable, La oveja negra y otras fábulas, que origina, presumiblemente, en su relación iniciática con las tiras de historietas que leía en su natal Guatemala. En su autobiografía de 93 dice Monterroso, el mismo niño por la tarde espera inquieto la entrega del diario El Cronista, con tira de tres dibujos sucesivos, en que momentos más tarde observará, como detenido en el tiempo, Un mínimo, pero para él importantísimo episodio de viajes del navegante portugués, Marco de Gama, en busca de un niño. Esta noche, Vasco de Gama y sus compañeros llenaron la imaginación del niño y guiaron a su absurdo admirador hacia la literatura. Y en tiras, como se leía en un diario que el cronesto dice, y que mente rosa, lo dio a la literatura. Julio Cortázar, para los que tienen mi edad o más o menos, un autor imprescindible, pero que siga haciéndolo para los más jóvenes, mascarón de proa del boom de la literatura latinoamericana durante los 70. No solo es autor de una obra monumental, muy original, es Rayuela, Escribe también otras cosas más, aparentemente más ligeras, cuando menos más breves. Una de estas, Vampiros multinacionales, una utopía realizable, es un pampleto político, una narración de 1975, inspirada en la historieta mexicana Fantomas, la amenaza elegante, que algunos habrán, sin duda, conocido. Fantomas es un folletín francés de fines del siglo XIX, principios del XX, pero en México se transforma en una historieta exitosa en los años 60 y 70. Y es en esta historieta y con imágenes de esta historieta que construye Julio Portaza este pampleto vampiros multinacionales, una utopía realizada. Y en general, así habla del cómic, el gran don Opio. Dice, las revistas de tiras cómicas tienen eso. Uno las desprecia y demás, pero al mismo tiempo empieza a mirarlas y en una de esas fotonovelas o Charlie Brown o Mafalda te van ganando. Y entonces, un hombre que viene del Tribunal Russell, que trabajó mucho tiempo como traductor en el Tribunal Russell, no se pone a leer tiras cómicas, ni imagina los pechitos de una chica romana. o si bien si lee la tira cómica o si se imagina los pechitos pero no lo dice y sobre todo no lo escribe porque inmediatamente le caerá encima uno de esos fariseísmos de la gente seria que para qué te cuento es difícil leer a Taza que escribe como se habla y a la hora de leerlo no sabe exactamente cómo hacer pero Cortázar no tenía vergüenza en confesar imaginaba los pechos de las mujeres a las que veía en la calle y que leía historietas y se llevaba a la parte de ella. Vámonos a un Nobel, García Márquez, de todos conocido. En Vivir para Contarla, su biografía reconoce que empezó a dibujar historietas, dice, antes de aprender a escribir. Y continúa García Márquez. Las historias gráficas las conocí en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces, dice, empecé a inventar cuentos y a dibujarlos sin diálogos, no sabía escribir. La verdad es que yo no necesitaba entonces la palabra escrita porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. Y podríamos seguir indefinidamente con escritores que han publicado en el siglo XX y que leyeron historietas a principios del siglo pasado. Pero alguien dirá, bueno, estos son escribidores del siglo XX, pero los grandes hombres de letras, los monumentos literarios del siglo XIX y para atrás, estos se las arreglaron muy bien sin leer, monitos, y sin embargo escribieron una gran literatura. Falso. Johann Wolfgang von Goethe el autor del doctor Fausto el autor de Berter el autor de obras que son cumbres de la literatura de ensayos de crítica de obras científicas polígrafos, pues si los hay era un entusiasta lector de monito, Goethe sí. En particular le gustaban los del ginebrino Rodolf Tuffer, quien entre otras realizó una que le gustaba particularmente al autor de Fausto. La historieta se llama Las aventuras del doctor Festus y es una adaptación chusca de la misma historia que Goethe adaptó. en forma de literatura de poesía dramática, pero que es una historia legendaria. Acerca de estas historietas que leía, dice el alemán, es admirable, está todo lleno de talento y de espíritu. Toffer me parece personalísimo y tan original como el que más. Esto se lo dice Goethe a su amigo Eckerman, quien deja constancia de ello en las conversaciones, un libro que publica. Gigantes, pues, como Goethe, en nuestro siglo, escritores notables como Calvino, como Monterroso, como Cortázar, como García Márquez, han documentado sus fecundas relaciones con el cómic. Y lo admitamos o no, espero que lo admitamos, el hecho es que casi todos nos abismamos alguna vez en los monitos. Hoy podríamos reclamar sin temor al descalabro que quien no haya leído historietas tire la primera piedra. Hoy difícilmente nos tocaría alguna pedrada. Un poco gritones lo sabrá, pero la verdad es que todos hemos leído historietas alguna vez y algunos las seguimos leyendo con gusto. Pero esto es hoy, esto es a principios del tercer milenio o en el siglo pasado, diríamos desde los 60 en adelante, desde los años 60 en adelante. Pero en la primera mitad del siglo XX, las cosas no funcionaban así. Las pedradas contra el cómic eran numerosas, eran arteras, eran tiracundas. El alegato, por ejemplo, sobre la inmoralidad de las historietas, sobre el daño que las historietas le hacían a los niños y adolescentes, titulado La seducción de los inocentes, publicado por el psiquiatra Frederick Bertram, 54, es la expresión quizás más visible de este ataque contra las historietas que encontraban en ellas la culpa de todos los males, Pero no es más que la culminación de una furibunda campaña, una furibunda campaña que arranca en los años 20, cuando la historieta en los diarios y después los comic books en los 30 y 40 son arrasadores en términos de consumidores, de lectores. Y es una campaña que moviliza a los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense contra la pasmosa popularidad de los plebeyos comic books. En el caso de México, el acoso, la persecución, las pedradas, pues, son contra las pequeñas revistas de historietas. Algunas eran grandes, pero las que finalmente permanecieron en el mercado eran de formato muy pequeño. Una se llamaba Chamaco, otra se llamaba Paquito, otra se llamaba Pepín, y de manera genérica fueron conocidas como Pepines. Estas historietas, primero dedicadas a niños, luego para adultos, alimentaron los truculentos melodramas que consumían los alfabetizados de la posrevolución. Porfirio Díaz deja un país con un quizás 20% de personas que sabían leer y escribir. La segunda década del siglo no se presta para la alfabetización precisamente, pero a partir de la tercera y en la cuarta década del siglo las campañas de alfabetización se generalizan hasta que para mediados del siglo pasado más de la mitad de los mexicanos sabían leer y escribir y la mayor parte de los jóvenes sabían leer y escribir, quedaba todavía el analfabetismo residual de las personas mayores que no habían sido capacitadas. Y estos lectores, estos neolectores masivos, estos millones de nuevos lectores, leían cómics, leían pepines. Pero al grito de mejor iletrados que corruptos, se lanzan contra ellos una serie de actores en los que encarnaba la derecha de la época. La Liga Mexicana de la Decencia, otros hablan de la Legión Mexicana de la Decencia, era la Liga Mexicana de la Decencia, la Iglesia Católica, la derecha confesional, alimentan la pira purificadora. Las historietas deben ser quemadas, deben ser destruidas porque en ellas se encarna Satanás. Y esta satanización no corre sólo por cuenta de sepulcros blanqueados, digamos, de la derecha católica, sino también de la intelectualidad progresista y en la post-revolución mexicana, la intelectualidad progresista era abiertamente de izquierda, si no es que socialista. Bueno, estos intelectuales progresistas de izquierda de la post-revolución y también los no tan progresistas, más cosmopolitas, más en otro perfil, todos ellos coinciden en sumarse al coro pepinizida, en sumarse al coro que trataba de destruir y acabar con la perniciosa influencia de los pepines. Así pues, en la primera mitad del siglo XX, las relaciones entre la historieta y los literatos fueron rasposas, fueron tensas, fueron incómodas. Algunos escritores, algunos novelistas, dramaturgos, poetas, habían leído en un diario en el Universal la historieta Mamerto y sus conocencias, no porque leyeran historietas, sino porque la dibujaba Hugo Tillman, un espléndido caricaturista y dibujante que era amigo de los contemporáneos, amigo de ese grupo de poetas intelectuales importante en ese momento, porque era militante del estridentismo, una corriente literaria y pictórica también importante en este momento, y por lo mismo se permitía meter en las historietas que los domingos publicaba en el Universal al muralista Diego Rivera como un personaje, junto con Mamerto, junto con otros de historietas. Y bueno, Hugo Tillman era reconocido no porque hiciera historietas, sino porque a pesar de que hacía historietas, era un buen ilustrador, un gran dibujante, un estridentista de mérito. Otros habrán quizá alabado el buen dibujo de su majestad segundo primero, rey de Moscavia, una historieta que también aparecía en el Universal, que realizaba Carlos Dionisio Neve, un ilustrador modernista, que se codeaba con Efraín Rebolledo, con Ramón López Velarde, con Enrique González Martínez, que publicaba dibujos en la revista literaria Pegaso. Pero estos historietistas eran reconocidos porque además de hacer historietas, cosa que era una suerte de pecado inconfesable, Tenían otro tipo de militancia artística o literaria. Pero los pepines, los pepines, las historietas, el chamaco, el paquito, cartones. Esto era otra cosa. Sotacos, en formato muy pequeño, prietos, se imprimían habitualmente en tinta sepia, mal hablados. No solamente porque no usaban precisamente un castellano muy literario, sino porque eventualmente cometían faltas de sintaxis y de ortografía. Corruptores de mochilas sin verbes, de bolsas del mandado, de bolsillos traseros de proletarios soberoles, los comic books mexicanos fueron vistos por nuestra intelectualidad en los años 30, 40, 50, como enemigos de la necesaria redención cultural de un pueblo ignorante, un pueblo requerido de ayuda para salir de su atraso y de su incultura, que no debía leer El Charro Negro, que no debía leer Estrellitas, La Flor de Arrabal, sino Los Diálogos de Platón, en las ediciones verdes de Vasconcelos, que en esa época circulaban propulsamente. En lo tocante a las artes plásticas, pintura, a la música, en menor medida al teatro, años después, la danza, La política cultural por revolucionaria trató de fusionar lo elitista con lo popular. Tiene razón Monsiváis, en un ensayo ya viejo que se llama El arte y la cultura nacionales de 1910 y 1930, cuando escribe que la política cultural de esa época no enfrentaron drásticamente a la civilización con la barbarie. De manera quizá desilvanada, pero genuina, decidieron hacer de lo que entonces se llamaba barbarie la materia prima de una civilización heroica. Diríamos la incorporación de las artesanías, la incorporación del arte popular, la pintura mural, por ejemplo, de Diego, sobre todo de Diego. O la incorporación de melodías y de ritmos y de modos populares, musicales, en, qué sé yo, en Chávez, en Revueltas. y efectivamente José Vasconcelos y quienes lo siguieron al frente de la política cultural del Estado promovieron el muralismo que en su versión riberiana cuando menos apelaba al pasado épico y a la artesanía abanicaron el stravinsquismo musical revueltas por ejemplo que abrevaba en las tonadas populares pero en lo tocante, no tanto en los tonadas en el caso de revueltas, pero sí los ritmos populares pero en lo que toca a la letra impresa Vasconcelos tenía una idea bastante plumbia bastante solemne, bastante cuadrada bastante excluyente, diríamos ahora de lo que el pueblo debía leer en la nota preliminar del primer volumen de la Iliada de Homero, que publica, creo que es de los primeros libros que publica la colección de clásicos unos volúmenes en tirajes enormes que se distribuían en todas las escuelas y en todo el país. En la introducción a esta edición de Homero, escribe Vasconcelos. Hacer llegar el libro excelso a las manos más humildes y lograr de esta manera la regeneración espiritual que debe preceder a toda otra suerte de regeneración, es otro de los propósitos de estas ediciones, que en su mayor parte se repartirán gratuitamente. La divulgación de estas obras viene a constituir la segunda parte de la campaña que estamos desarrollando contra el analfabetismo, pues de esta manera, después de enseñar a leer, damos lo que debe leerse, seguros de ofrecer lo mejor que existe. hasta ahí vas con celos es decir que una vez alfabetizado el pueblo debía leer lo mejor es decir Homero, Platón, Tucídides en sus ediciones verdes y si decidía leer otra cosa por ejemplo historietas de monitos ensuciaba, emporcaba esa habilidad recién adquirida envilecía pues una habilidad que sólo debía ejercerse leyendo lo mejor sin raíces precolombinas que los dignificaran sin referentes en el folclor que les dieran sabor a pueblo industrioso los pepines eran demasiado plebellos demasiado bárbaros demasiado incivilizados para el módico populismo cultural postrevolucionario. Los ejemplos del maltrato a las historietas son inagotables en esos años 30, 40, 50. En un ejemplar de la revista literaria Letras de México, espléndida revista que hacía sobre todo gente de los contemporáneos, de 1939, en una sección permanente que se llamaba El Pes que Fuma, que escribían diferentes colaboradores, particularmente Javier Villaurrutia, por lo tanto probablemente lo que voy a leer es de Javier Villaurrutia. Encontramos el siguiente texto. ¿Qué están leyendo? Les pregunta el profesor entre curioso y desconcertado. Los infantes responden, yo el paquín, yo el chamaco chico, y así sucesivamente. El profesor siente que una parte de su ser tiembla y se cristaliza. Pero una oleada de esperanza acentúa el rubor de su rostro y en tondo de consejo les dice, no lean eso, muchachos. Sucede que estas son lecturas para tontos, para retrasados mentales. El profesor no continúa su sincera admonición porque uno de los alumnos lo ha interrumpido. No, señor profesor, leer el paquino o el chamaco chico no es cosa de retrasados mentales, no es cosa de tontos. ¿En qué te basas para contradecirme? Pregunta alarmado el profesor en que mi papá también los lee. No es una apología de la universalidad de la lectura de historietas. Es el reconocimiento lamentoso, alarmado, preocupado, de que estas lecturas para tontos, para retrasados mentales, no solo son frecuentadas por los niños en su ingenuidad, sino también por los adultos. Alfonso Reyes, patriarca de la cultura mexicana en la primera mitad del siglo XX, se ocupa de la historieta, entre otras cosas, en una conferencia de 1943 que lee ante los maestros normalistas y que va destinada a exaltar el castellano y el buen uso del castellano, dice Alfonso Reyes. Por supuesto que también hay enemigos solapados en el interior, tales son todas las fuerzas de la incultura, y entre las subrepeticias y dañinas, esas que se disfrazan de amena literatura para niños y propagan tantas vulgaridades criminales ajenas a las tradiciones de nuestro gusto y con innumerables dolencias lingüísticas. Termino con un texto que personalmente me gusta mucho, porque además de un autor que no ha sido demasiado reconocido o estimado, pero escribía muy bien. René Hernández, parco pero brillante narrador, autor de Tachas, autor de La Paloma, El Sótame, La Torre, autor de una novela humorística poco difundida que se llama El Corsario Besh. No, estoy atribuyéndole a René Hernández un texto de Renato Leduc. No me hagan caso. Efraín Hernández, pues, esto sí, tachas, esto sí, la palabra, la paloma, el sótano y la torre, escribe en la revista Futuro, una revista que dirigía Lombardo Toledano, el siguiente texto. Los Paquines, las revistas de moniquitos de la época, dice, no son nada, son sandeses inferiores todavía a minerías. En rigor no habría que ocuparse de ellos, pero esta aceptación universal, este extendido éxito con que se multiplican, es evidentemente un índice desolador del nivel medio al que ha bajado la mentalidad de la comunidad que lo recibe. Este hecho, digo, este hecho de que babosadas tales como son los paquines encuentren acogida tal, es lo que resulta ya no nada más inquietante, pero verdaderamente trágico, verdaderamente desalentador. Toda suerte de absurdos, de quimeras, de maravillas, de disparates, de imposibles, sin átomo de seso ni brisna de sustancia, son recibidos con aplauso general y beneplácito de todos. Y ves, finalmente, a este dulce niñito de mirada todavía limpia, de sonrisa graciosa, que se pasa al parecer inofensivamente largas horas volteando las páginas de su paquín. Pues ese, si continúa en este uso, mentalmente jamás deberá ser menos que un niño. Sus circunvoluciones cerebrales, su espina dorsal irá uniformándose, sus jugos de su tuétano se irán ensombreciendo, su corazón se irá secando y cuando sea grande será otro pobrecito sin penetración, ciego, ignorante, quimerista, seco y ególetra, bueno para candidato a presidio, para general matón, para mercader, para estafador. Le falta decir que salen pelos en las manos. Pero será verdad que los escritores mexicanos, que en la década de los 30, 40, 40, 50, eran niños, evitaron que se les ensombreciera el tuétano, como dice Fren, apartándose de los pepines y cobijándose en tomas manos. De plano, ¿no? En un artículo ya muy viejo de 1965, un veracruzano muerto prematuramente, Juan Vicente Melo, reconoce que de niño leía la novela semanal cinematográfica, una autonovera de historietas de esos años, El tesoro de la juventud, Salgar y Julio Verne, y termina desesperada, ansioso, todas las mañanas, el pepino. Y no miente Juan Vicente Melo, el Pepín salía todos los días y los domingos dos veces porque había más tiempo para leer el Pepín, era una publicación no solo diaria sino dos veces diaria en los domingos, es decir, de ocho veces a la semana. Pues bien, Juan Vicente Melo esperaba todas las mañanas ansiosamente al leer el Pepín, lo que no le impidió escribir numerosos cuentos de una novela espléndida a la obediencia nocturna. Y Sergio Pitoli, multipremiado, reconocido y además un extraordinario narrador en el arte de la fuga, recuerda, dice nuestra novela, está hablando de él y Carlos Monsiváis, nuestra novela, lo confesamos, está de alguna manera determinada por el humor paródico del primer pago. Sabemos que también lo está por el desparpajo y la imaginación de la familia Burrón, el cómic de Gabriel Vargas. Sergio está hablando aquí de la novela que a fines de los 50 pretendía escribir con Carlos Monsiváis en el Kicos del Caballito, cuando había caballito y no el caballote amarillo de Sebastián. Pero en las narraciones que sí escribió, no junto con Monsiváis sino ya solo, Tomara la Vina Garza, El desfile del amor, están presentes las influencias de las historietas por él mencionadas. Ya que hablamos de Monsiváis, del indispensable Carlos Monsiváis, cabe recordar que en una precoz autobiografía que le mandan a hacer y hace en 1966, cuando era, no, un adolescente, pero sí un joven, el polígrafo reconoce. Mi infancia, dice Monsiváis, es la síntesis y la acumulación de libros, series en episodios, revanchas mexicanas del Charro Negro, colección Billiken, una colección argentina de historietas, himnos protestantes y soledad. Mejor Bela Lugosi en los misterios de Chandú, mejor los pequeños grandes libros y la figura obsesiva de la Dama del Dragón, un personaje de historietas memorable. Mejor el espíritu, una historieta de Bill Eisner extraordinaria, que la literatura solemne. El apetito intelectual omnívoro que Monsiváis conservó, ha conservado, y que espero que conservará, le permitió introducir a la otra cultura mexicana en nuestro almidonado olimpo intelectual, haciendo visibles, más allá de los puestos de periódicos donde siempre lo fueron, las historietas de Gabriel Vargas, las historietas de Rafael Araiza, del Che Araiza, las historietas escasas pero brillantes de Abel Quesada. José Emilio Pacheco, si les parece, en su espléndida novela Las batallas en el desierto, José Emilio también, como Monsiváis, como Pitol, frecuentaba el Kikos del caballito, ahí en esta novela Las batallas en el desierto reconstruye literariamente sus recuerdos de infancia, dice o escribe Pitol Jim, leía cómics en inglés que Mariana le compraba en el Sanborns. Por lo tanto, despreciaba nuestras lecturas, Pepín, Paquín, Chamaco, cartones, para algunos privilegiados el Billiken argentino o el Peneca chileno. Minucioso y preciso, como siempre, José Emilio hace un recuento escueto, pero a la vez completo, exacto, del repertorio monero de los 50 en esta metrópoli chilanga. Quieren Fernando del Paso El chico Fernando del Paso no solo Frecuentaba las historietas como todo mundo Sino que además tenía un tío que escribía historietas Lo cual era mucho más importante Carlos del Paso, guionista de una historia Muy prolongada, Don Proverbio Que dibujaba un monero muy brillante Antonio Gutiérrez Y creador para los que son jóvenes de el inolvidable monje loco, hoy monje moco y está en la televisión. Pues bien, tenemos 60, 70 años de un personaje creado por Carlos del Paso, el tío de Fernando del Paso, y nos dice, Fernando del Paso en un texto autobiográfico, el autor de José Trigo, el autor de Noticias del Imperio, dice del Paso, Hace muchos años, cuando era niño, no existían más que dos revistas de cómics en México, bien, había tres o cuatro más, pero bien, El Pepín y El Chamaco, y resulta que un hermano de mi padre era escritor de El Pepín, etc. José Agustín no es de extrañarse en alguien que es amante del rock, fundador de la literatura de la onda, autor de una novela clásica en esta línea como este perfil, y otras muchas, proclama en una entrevista reciente su prolongada filiación a la historieta. En mi caso, dice, los cómics constituyen sin duda una influencia literaria. La familia Burrón, por ejemplo, la leí desde su primer número y aún la sigo leyendo. Todos estos nacieron en la primera mitad del siglo, pero los que nacieron después, los que nacieron ya en la segunda mitad del siglo pasado, Cuando ya había quedado atrás la época de oro de los monitos mexicanos, cuando yo la historieta no era lo que había sido en los años 40 y 50, abrevaron sin embargo en los cómics. Juan Villoro, autor del Disparo de Argón, tres, cuatro novelas más, además de ensayos, confiesa que de pequeño de chico leía cómics de fútbol, una de sus grandes pasiones, y en el testigo su novela más reciente, Espléndida por lo demás, introduce series de historietas y radionovelas en la construcción de sus personajes. Escribe, por ejemplo, uno de sus escasos pasatiempos, se trata de la tía del personaje central, era la radionovela Alma Grande. Esta gesta campirana corrió para ella una fuerza oracular. Hablaba de indios y vaqueros como de dioses clásicos. Por lo que se ve, pues, los escritores, estamos hablando de los mexicanos, pero no solo sucede con los mexicanos, que florecieron en la segunda mitad del siglo pasado y cuya infancia coincidió con el auge de las revistas de historietas, pues no se les alisaron las circunvoluciones cerebrales, no se les secó el corazón por leer el chamaco, por leer el pepín. Tampoco terminaron en el manicomio o en la cárcel, ni se hicieron generales matones ni estafadores. Quimeristas sí, algunos hasta ególatras, pero esto son gajes del oficio, y no por secuela de los muchos pepines que de pequeños leyeron. Historietas y literatura, pues, no son disfrutes excluyentes, no son disfrutes incompatibles. Mas aún todo hace pensar que se fermentan, que se alimentan unas a otras, que se enriquecen mutuamente. Y si a los que hacen historieta, a los moneros, les hace bien leer novelas sin duda, a los buenos novelistas de algo les servirá, algo pueden aprender en las modestas páginas de un cómic. En los alivianados años 60, el chileno Alejandro Jodorowsky hace unas semanas estaba aquí promoviendo algunos de sus libros. Era joven en estos años 60. Lector del tarot, sigue siéndolo, historietista, dramaturgo, director de escenas, cinematografista, mimo, músico, creador del teatro pánico y adelantado, importante adelantado del performance, concluyó el memorable efímero de San Carlos, los efímeros eran sucedidos acontecimientos que se estenificaban en un teatro, pero que no podían repetirse, terminó pues este efímero, el efímero de San Carlos, lanzando ciertos cientos de cómics sobre los azorados espectadores, mientras los increpaba gritando, tomen, lean, esta es la verdadera poesía del siglo XX, decía el provocador Jodorowsky hace 60, 50 años. No diré yo tanto, además no traigo historietas para lanzar, tenían que ser los sensacionales, no les tengo tanta estimación. Solo diré quizá que en las polémicas bibliotecas escolares de la CEPA, de las que hablaba al principio, deberían estar algunos novelistas que faltan y protestaron porque no estaban ahí, pero también deberían estar tres o cuatro clásicos de la historieta mexicana y de la historieta mundial. No haría daño que hubiera historietas en estas bibliotecas. Me parece a mí que no hay nada mejor para entender el holocausto, para entender el padecimiento de los judíos por obra del fascismo alemán, Una historieta, Maus, de Spiegelman, que por lo demás tiene un premio Pulitzer. From Hell, desde el infierno. Una historieta primero, después una película meditoria. La historieta es de Alan Moore, dibujada por Eddie Campbell. Me parece a mí que es perfecta para sumarse a la Inglaterra victoriana. Claro, para poder leer esa historieta hay que tener concentración. Es un trabajo de este volumen con notas al pie y bibliografía. decir las historietas no son lo que luego pensamos literatura ligera bien porque los chavos puedan leer a Homero pero que no les falte tampoco la batalla del mar salado por ejemplo una espléndida obra del italiano argentino Hugo Pratt yo votaría porque tengan a la mano Don Quijote de Cervantes pero también New York City o este contrato con Dios del prodigioso Bill Eisner que lean si quieren si es que todavía anda por ahí el educorado corazón diario de un niño de Don Elmundo de Amicís, al que sobrevivimos los que tienen mi edad, pero que también puedan optar por Almas de Niño, que es la primera versión de las aventuras de Memín, sí, Memín Pinguín, el de Yolanda Vargas, dibujada en aquel entonces por un gran, gran monero, Alberto Cabrera. Y si no es mucho pedir que estén mis primeros supermachos de Ríos, que esté México y otros problemas, de Abel Quesada, una antología de los supersabios de Germán Buche, una selección de la familia Burrón de Gabriel Varga. Si me hicieran caso, digo, si me hicieran caso, les aseguro que las bibliotecas de aula aumentarían vocaciones lectoras y hasta escribidoras. Y solo espero que en estas bibliotecas no hagan como en la hemeroteca de la UNAM, en donde no prestan las historietas que tienen en su acervo porque se les llena de lectores la sala. Gracias.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
04/12/2006
FECHA_PUBLICACION
15/11/2006
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
26
CONDUCCION
Daniel Goldin
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Miguel Ángel Gordoa
PRODUCCION
Illa Geisel Serna Munguía

