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CUID
MW-03575
TITULO_SERIE
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 25
SINOPSIS_SERIE
Mirada sobre la vigencia de obras que, más que objetos de prestigio, funcionan como marcos culturales y estéticos para dialogar con la experiencia, construir sentido y ampliar la interpretación del mundo. Su potencia radica en conectar tiempos y generaciones, ofreciendo modelos narrativos, éticos y simbólicos que iluminan conflictos contemporáneos y fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico.
La consigna es leer con—y no desde—los clásicos: en prácticas vivas, con mediación sensible, acervos disponibles y espacios de intercambio. Así, cada lector resignifica los textos desde sus circunstancias, evitando su uso normativo.
Se invita, además, a concebir el canon como repertorio dinámico: un territorio que se reconfigura según las prácticas de lectura y la diversidad cultural, en lugar de una lista fija. Leer con los clásicos implica también cuestionar y ampliar lo considerado valioso transmitir.
En suma, la lectura de los clásicos se entiende como práctica social y estética que sostiene la memoria, fomenta el diálogo y enriquece la vida cultural
EXTRACTO_SERIE
Leer con los clásicos implica dialogar con obras que conectan tiempos y generaciones, fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico, y permiten construir sentidos propios desde prácticas lectoras vivas y diversas
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Juan Villoro (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
En su 25ª edición, la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), es punto de encuentro que fomenta diálogos y promueve la lectura
EXTRACTO_PROGRAMA
El escritor mexicano Juan Villoro habla de cómo enfrentan los niños a la literatura a través de crearles el gusto por la lectura y de una buena experiencia
N_PROGRAMA
10
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:53:58:10
PARTICIPANTES
Juan Villoro, escritor mexicano
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Juan Villoro (Ciudad de México, 1956)
Escritor y una de las voces más reconocidas de la literatura y el periodismo en español. Su obra narrativa y ensayística ha tenido amplia proyección internacional, y su trabajo aparece con frecuencia en medios como Reforma, The New York Times, El País y El Mercurio.
A lo largo de su trayectoria ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos el Premio Herralde por la novela El testigo y el Premio Iberoamericano José Donoso, otorgado por el conjunto de su obra. Asimismo, su novela juvenil El libro salvaje se convirtió en un éxito notable, superando el millón de ejemplares vendido.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Juan va a hablar en la que te dicen sobre los clásicos es lo que hace que permanezcan los clásicos, cuál es la escritura literaria de los clientes clásicos. Y yo, como usted, que viene muy cansado, me lo agradezco. Muchas gracias, Daniel. ¿Qué tal? Muy buenos días. Me da muchísimo gusto estar aquí y además de ser presentado por Daniel Golding. Cuando yo era niño no tenía yo acceso a libros infantiles como la mayoría de los niños de mi generación. Ahora que recorro actos como el que aquí nos convocan, veo los libros que hay, las editoriales, las ilustraciones, los seminarios de promoción de la lectura, pues naturalmente me gustaría retrasar el tiempo y volver a ser niño y poder leer todas estas cosas que nunca tuve oportunidad de leer. Yo le agradezco en especial a Daniel Boydini las colecciones magníficas que dirigió en el Fondo de Cultura Económica y que abrieron la posibilidad para que gente ya de mi generación se involucrara como autores a la literatura para niños y también nos dieron la oportunidad de poder leer estos libros a nuestros hijos. Yo creo que una de las cosas esenciales de la iniciación a la lectura es compartir la lectura, ese momento privilegiado en donde se le lee al niño y también de alguna manera el adulto se educa en el niño. Creo que este trabajo de rejuvenecimiento no deja de ocurrir nunca y nosotros al leer para los niños regresamos a esa edad que si somos suficientemente sabios conservamos dentro de nosotros. Decía Baudelaire, tenemos de genio lo que conservamos de niños. Esta capacidad de conservar dentro de nosotros algo propiamente infantil es lo que podemos ver de pronto en la pintura de Joan Miró o de Picasso, esta imaginación celebratoria de la realidad hecha con unas cuantas líneas que aparece muchas veces en los dibujos infantiles. Cuando uno recorre las exposiciones de dibujos que han hecho los niños en una escuela, uno de pronto ve y dice aquí está Matisse, aquí está Picasso, aquí está Van Gogh y dice ojalá esto perdurara para siempre en los niños. y parte del genio estético consiste en poder recuperar ya en la vida adulta esta capacidad de infancia, esta capacidad de imaginación sin fronteras que tienen los niños. De modo que este ejercicio compartido de la lectura yo creo que es significante en doble sentido. Para los niños en lo que reciben de las letras y el afecto compartido de quien les lee y para el adulto también esta capacidad de preservar dentro de ellos la actividad central del niño que muchas veces perdemos. Recordemos la dedicatoria, una de las más famosas que hay del principito, que está dedicado a un amigo de él, y dice, se lo dedico al amigo, pero mejor dicho, se lo dedico al amigo cuando era niño, porque todos los hombres han sido niños, pero muchos lo han olvidado. Entonces, no olvidar esta faceta resulta esencial, creo yo, para tener una capacidad de entender el mundo en una riqueza mucho más plena. El tema de la lectura yo creo que es esencial para cualquier persona que se dedica a escribir, porque a todo escritor lo antecede un lector. Nadie se forma directamente en la escritura, hay algo que nos rapta para la lectura, hay algo que nos rapta para el mundo de los libros y de repente encontramos en ellos que la realidad se desdobla, que tenemos la realidad que nos consta, donde vivimos habitualmente y un mundo paralelo imaginario que enriquece esta realidad. Este rapto esencial de la lectura, ser patentados como lectores que pueden estar en otra realidad y viajar por ella, no siempre se da. Y es, curiosamente, en la infancia donde esto debe inocularse por vez primera, porque resulta un tanto extravagante pensar en alguien que empieza a leer tardíamente. Es difícil de pronto a los 30, 40 años adquirir el gusto por la lectura. Mucha gente lo ha hecho y es extraordinario que así sea. Pero es en la infancia en donde si nosotros tenemos ya este hábito, quizá después volvemos a él con mayor o menor intensidad. Pero si ya nos hemos acostumbrado a leer desde la infancia, siempre podemos acudir a este cuarto imaginario adicional en nuestras casas donde las cosas pasan de otro modo. Eso es la literatura, la oportunidad de tener una habitación adicional y uno de pronto se siente cansado, frustrado con el mundo, constata lo que constatamos a diario, que la realidad está mal hecha, que podría ser de otra manera, que podría ser mucho mejor, entonces abrimos esa habitación imaginaria y pasamos al sitio en donde ocurren las historias. Si desde niños contraemos este saludable vicio, obviamente podremos crecer con él y tener para siempre esa habitación que nos acompañe donde quiera que nosotros vivamos. Les decía que esto no es siempre común y no lo fue en mi caso. Yo leí tardíamente, los primeros libros que recibí en la escuela fueron libros hechos más que nada para torturar niños. Yo tuve la desgracia de estudiar en el colegio alemán y caer en el grupo de los alemanes, y en donde todos los cuentos que nos daban eran cuentos edificantes sobre travesuras que hacían los niños y en los que acababan terriblemente mal. Había, por ejemplo, un personaje que era tocayo mío, Hans Kucktindilup, que quiere decir Juan, el que mira al cielo o el que mira el aire, que siempre iba caminando muy distraído con la cara hacia el cielo, naturalmente terminaba ahogándose en un río por no ver bien. Había otro de un niño que se chupaba siempre los dedos, entonces llegaba un ogro que le habían prometido que llegaría si no se dejaba de chupar los dedos y le cortaba todos los dedos. Entonces la ilustración final era un niño así con unos muñones sangrantes, verdaderamente espeluznante. Entonces bueno, así eran esas historias que naturalmente inspiraban poco el gusto por la lectura. Posteriormente, ya un poquito más avanzado del tiempo, en la escuela primaria, yo leí por obligación un libro que seguramente muchos de ustedes habrán leído, Coración Diario de un Niño. Es un libro muy sentimental, muy doloroso, donde se narran la muerte de la madre de un niño, los problemas en la escuela. Es un libro hondamente sentimental y bastante cursi. Yo lo leí llorando, como se debe leer este libro. y de pronto me preguntaba si alguien leería eso para llorar por gusto, ¿no? Yo por lo menos estaba llorando para aprobar una materia, ¿no? No pensé que la literatura fuera, digamos así, un placer, ¿no? El primer libro clásico que yo leí, y esto nos va ya adentrando en el tema, fue El Cantar del Mío Sí, una obra fundamental de la literatura española que leí por obligación porque nuestra titular de sexto de primaria consideró que ya estábamos en edad de merecer un clásico y llevó varias opciones de lectura. El Quijote, por supuesto, que solamente tomaron los más aplicados de la clase, que naturalmente estaban dispuestos a leer tantas páginas. El Lazarillo de Tormes, que era el más delgadito y que tomaba la mayoría. Y el cantar del niño Sid, que yo tomé por una razón mediática, porque había visto la película con Charlton Heston y Sofía Loren del Sid Campeador, una película épica, maravillosa, en donde me enamoré de Sofía Loren y me encantó la historia de las cruzadas y el contenido épico de la trama. Recordarán ustedes la última escena, quienes hayan visto la película, en donde el Cid Campeador, ya muerto, es montado su cadáver en su caballo babieca y el caballo es lanzado contra los moros. Y los moros, al ver que el Cid Campeador sigue vivo, eso creen ellos a la distancia, huyen despavorillos. El Cid seguía ganando batallas después de muerto. Entonces, bueno, a mí me entusiasmó tanto esta trama que le pedí a mi abuela, que era una notable costurera, que me hiciera un traje del Cid Campeador. Había una costumbre extravagante hace bastantes años, hace cuarenta y tantos años, cuando ocurría esta historia, en que los niños nos disfrazábamos para ir a jugar. Nos gustaba mucho disfrazarnos de vaqueros, de Batman, de Robin, de Superman. Salíamos así a la calle disfrazados, era un poco raro el asunto. Y yo salí una vez disfrazado a mi barrio, Nesquac, como el circampeador, con una cota de malla hecha con un mosquitero que me había hecho mi abuela, y dispuesto a combatir a los moros. Por primera vez los vaqueros, los indios, Batman, Robin y Superman se unieron para combatirme a mí. Y entonces mi aparición fue bastante ridícula. Y hasta ahí terminó, digamos, mi participación en las cruzadas. Sin embargo, conservé el traje del Sid Campeador como un talismán secreto. Y cuando supe que había un libro de mi héroe clandestino, nada me interesó tanto como leerlo. Ustedes saben que el Sid Campeador está escrito en español antiguo, de los ojos tan fuertemente llorando, así comienza. Yo al tratar de leer este libro me estrellé naturalmente porque yo no tenía los suficientes rudimentos culturales para poder comprenderlo. Y me sorprendió que una película tan maravillosa se hubiera hecho con un guión tan malo. No podía yo entender que todas las batallas que yo había visto, todas las escenas extraordinarias del Cid, Por ejemplo, aquella escena en donde el Sid está en el desierto y se le acerca un leproso y él le da de beber agua del cuenco de agua del que él está bebiendo y el leproso le dice gracias Sid. Y él le dice, ¿cómo sabes quién soy? Y dice, solo el Sid le daría de beber de su cuenco a un leproso. Este tipo de circunstancias que a mí me habían cautivado a los 11, 12 años, obviamente me costó mucho trabajo descifrarlas en el libro. Y esto me lleva a una reflexión de cómo se ha enseñado muchas veces la literatura clásica, sin darle a los estudiantes la oportunidad de que entiendan que estos libros están hechos de materia viva. Yo creo que es muy difícil que un niño que nunca ha leído un libro por gusto, de repente se enfrente con una obra que ciertamente tiene un valor clásico y que ha perdurado en el mundo contemporáneo, sin que el niño entienda ese idioma, el mundo del que está hecho ese libro. Es decir, este tipo de experiencias en ocasiones alejan para siempre a alguien de la lectura. Yo me estrellé en este libro y no quise repetir la experiencia de leer una obra clásica, al menos no me lo propuse. Algún tiempo después leí como tanta gente a Julio Verne, y en especial me cautivó el Capitán Ateras, Trata de una epopeya al norte, al polo norte. El capitán embarca a toda la tripulación sin decirle a dónde van, lo sube a bordo de un barco y cuando el barco ya está en alta mar les confiesa que van a descubrir el polo norte. El capitán Ateras es un maniático del descubrimiento y esta obsesión que tiene por la exploración del polo norte lo vuelve loco y al final de la novela termina en un manicomio caminando invariablemente hacia el norte. Este libro sí me cautivó y me pareció extraordinario, pero al mismo tiempo me sacudió en tal forma, como sacuden las expediciones extremas, que no pensé en repetir la proeza. De alguna manera consideré que el libro era extraordinario, pero era ajeno a mi experiencia y yo ya había pasado por un caso límite como el de descubrir el Polo Norte. Y no fue sino hasta las vacaciones entre la secundaria y la preparatoria que leí un libro que me convirtió para siempre a la lectura. y que trata justamente de un muchacho que está en las vacaciones entre la secundaria y la preparatoria. Yo me había mudado entonces de Miscuaca a la colonia del Valle, la novela se ubica en la colonia Narvarte, que es muy parecida, es la historia de un adolescente sin rumbo y se trata de Perpil, la novela de José Agustín. Esta novela me cautivó en tal forma que yo pensé que el protagonista no tenía nombre para que me ahorraran a mí la vergüenza de ser descubierto en las calles porque ese personaje era yo. Hice una lectura en espejo. Por primera vez un libro se convirtió en parte directa de mi vida. Si a mí me preguntaran cuál es el lector ideal que puede tener un escritor, en los términos más románticos posibles dentro del intercambio cultural, yo pensaría en alguien que nunca ha leído un libro por gusto y que de repente encuentra en una historia el placer de la lectura. Alguien que se convierte por primera vez y para siempre a ese mundo imaginario de los libros. No me parece casual que los libros desde el punto de vista físico se parezcan a una puerta. Entonces abrir esa puerta y entrar a la habitación imaginaria donde las cosas ocurren de otro modo es un rapto esencial, como yo decía hace un rato, que una vez ocurrido nos revela que ese mundo nos acompañará por siempre. Yo entré a partir de esta constatación de que la literatura tenía que ver con mi experiencia, con mi mundo, con mis temores Leí de perfil como si fuera un libro de autoayuda, no lo leí como una obra de ficción Me lo recomendó un amigo de la calle, al que le decíamos el Chinchulín, que era bastante latoso, Jorge Mondragón Que tampoco había leído un libro por su cuenta y él lo leyó y se cautivó de que el protagonista lograra conquistar a una cantante de rock que se llamaba Keta Johnson, que naturalmente para nosotros era el ideal de la vida, y entonces leímos el libro así, como un libro de superación personal en ese sentido. Esto me lleva a la reflexión de que en muchas ocasiones ofrecer la oportunidad de que los niños o los jóvenes entren a la lectura con algo que tiene que ver con su experiencia, posibilita que posteriormente se vayan alejando en el tiempo y muchas veces en otras lenguas, hasta llegar a autores fecundos que son los autores que también deben ser leídos y que también su literatura está hecha de materia viva, pero que no siempre se percibe en el primer contacto con ellos. Muchos años después pude regresar al Cantar del Mio Cid y darme cuenta de que se trata de una obra extraordinaria y que el primer ingreso que yo había tenido a ese libro había sido equivocado. De modo que si nosotros logramos que alguien tenga gusto por la lectura y que forme parte esta experiencia de su mundo cotidiano, estamos mucho más cerca de que pueda ir logrando poco a poco leer a otros autores. ¿Cuáles son esos autores? Me refiero por supuesto a los autores que perduran en el tiempo, los autores clásicos. Dice Ítalo Calvino, un clásico es un libro que nunca deja de decir lo que tiene que decir. Un clásico es pues un libro que no cesa, es un libro cuyos mensajes siguen siendo emitidos. Lo significativo de esta idea es que debe ser extendida, a mi modo de ver, a la lectura. Lo que dice un clásico es un mensaje siempre inagotable, pero también es renovado por la forma en que lo leemos. Hace rato decía yo que al leer de perfil hice una lectura en espejo. Nosotros al leer un libro aportamos también lo que nosotros llevamos dentro. Nosotros entendemos también en el libro lo que nosotros somos. Un libro es la arriesgada oportunidad de vernos reflejados como no nos hemos visto reflejados antes. Por lo tanto, entendemos los libros también por lo que nosotros somos culturalmente en el tiempo y en las épocas. No es lo mismo leer el Quijote hoy en día que leerlo hace 100 años o que leerlo hace 200 años. Esta obra inagotable se ha ido leyendo de manera distinta y cuando nosotros decimos hoy en día que el Che Guevara tenía un impulso quijotesco, estamos hablando de una cosa muy contemporánea que no hubiera podido ser dicha hace 100 años o hace 200 años. De hecho, el Quijote hace 250 años era leído, por ejemplo, en el campo de la lengua española básicamente como un divertimento, un libro enormemente exitoso, simpático, ameno, entretenido, pero que no era un libro clásico. Hace 250 años era un libro clásico en alemán, en inglés y en francés. No era un libro contundentemente clásico en español. Solo en el siglo XVIII se convirtió en un libro clásico entendido como un libro fundamental en el repertorio de la alta cultura. Hasta entonces se consideraba como un divertimento que se mofaba de una subliteratura que eran las novelas de caballería. Entonces, la apreciación de un libro depende no solamente de la capacidad que tiene el libro de seguir diciendo cosas, esta capacidad intrínseca de sus mensajes, sino de la forma en que lo leemos. Por eso me parece esencial la participación de los maestros en la lectura, porque los maestros son los grandes intercesores entre las épocas y entre las literaturas. O sea, los maestros son los que hacen este trasvase del tiempo, este trasvase de las épocas y permiten muchas veces que el flujo de los clásicos siga siendo posible. Establecen las condiciones para leer un libro, facilitan primero con la lectura de otros libros la llegada de un libro. me parece esencial considerar que la literatura solamente ocurre en densidad. No hay libros solitarios, no hay libros que existan solos. Cuando se dice qué libro te llevarías a la isla desierta, bueno, es una fabulación, ¿verdad?, de un caso extremo. Pero lo importante de la literatura es la posibilidad que tienen los libros de dialogar unos con otros. Y ustedes, los que dan clases, los que coordinan salones de lectura, saben de la importancia de un libro para llegar a otro libro. Muchas veces a mí me dicen, bueno, ese libro que está leyendo mi hijo, considero que es muy superficial. Y yo pienso, si lo está leyendo con pasión, si lo está leyendo con interés, encontrará ahí registros, emociones, que seguramente le facilitarán llegar a otros libros, quizá más exigentes para él, quizá más profundos, pero es importante que ya tenga este hábito de estar a solas dialogando con un libro, porque quien está con un libro está curiosamente consigo mismo, está en este diálogo introspectivo consigo mismo y al mismo tiempo está dialogando con algo que viene de muy lejos, algo que muchas veces viene de otras épocas. El título de esta conferencia se ampara en el lema que los hermanos Grimm le dieron a sus obras completas. La frase de ellos es, entonces, cuando desear todavía era último. Esta frase trata de capturar la esencia de los cuentos infantiles. Me parece muy reveladora de lo que es este territorio imaginario. En primer lugar, la partícula entonces. Los cuentos infantiles provienen de un tiempo, digamos, que tiene origen, como los mitos, pero que no tiene un principio definido. Hubo un momento perdido ya en la noche de los tiempos en que quizá al calor de una fogata alguien contó por primera vez un cuento, en que los hombres insatisfechos con la realidad que los rodeaba necesitaron agregarle una realidad adicional y aportar al modo de un conjuro para esta realidad Historias de hechiceros, de fábulas, de cosas que podían ocurrir y que de alguna manera explicaban y mejoraban el mundo que nos rodea. Este impulso esencial es muy lejano, por eso es significativo que los hermanos Grimm dijeran entonces. Y luego la siguiente proposición, cuando desear todavía era útil. Esto nos remite a la situación esencial, a mí me parece absolutamente cardinal, de la literatura infantil, que tiene que ver con la combinación de la realidad y el deseo. Es decir, un mundo precario en donde necesitamos algo más, necesitamos pedir, Necesitamos que un talismán, un hada madrina, un ponche mágico nos conceda un deseo, una lámpara maravillosa. En fin, todos estos artilugios que ha inventado la literatura para conceder los deseos. Los hermanos Green postulan, pues, la necesidad de que la literatura para niños surja del deseo de transformar la realidad. Es ciertamente un deseo rebelde, es un deseo de agregar algo que no existe y de llevarnos a un territorio que es el territorio de la imaginación, donde todo lo que ocurra puede ser valido. En la literatura para niños, con frecuencia, nos encontramos en un territorio absolutamente sobrenatural, digamos, el país de Oz, donde un mago hace que todo sea posible. Este territorio imaginario es convocado por el autor para que ahí se puedan cumplir los deseos, para poder pedir cosas. Es algo tan lejano como la mente de los hombres, la necesidad supersticiosa de que algo nos mejore, de que algo que está fuera de nosotros nos conceda un beneficio. Sin embargo, lo más interesante, a mi modo de ver, en la estructuración entre la realidad y el deseo, es el esfuerzo que tienen que correr los protagonistas para que se cumplan los deseos. Esto me parece absolutamente central, que en la literatura infantil no sólo se trata de que llegue una damaadrina o que llegue un hada mágica con polvos, como en Peter Pan, la gran obra de teatro de Barry, que luego se volvió novela, para que los niños puedan volar al país de nunca jamás. Esto también tiene que ser merecido por los protagonistas. Y aquí llegamos a una idea que me parece absolutamente central. El desenlace de los cuentos infantiles suele ser la felicidad, el famoso colorín colorado. o vivieron felices como perdices, todas estas terminaciones que resultan inaceptables en la literatura para adultos. En la literatura para adultos, como mucho, la felicidad es algo que se posterga para que ocurra terminada la lectura. Se insinúa que los personajes se reconciliaron, si acaso esto es posible, se postula alguna posibilidad de felicidad en algunos casos, pero en la mayoría de ellos la literatura para adultos surge de una fisura. Cuando a Augusto Monterroso le preguntaron por qué había hecho una antología del cuento triste, él contestó porque todos los buenos cuentos son tristes. En la literatura para adultos nos interesa la pérdida, la caída, este dolor, que nos da el paradójico placer de leer ese sufrimiento como un dolor trascendido en la lectura. al principio de Ana Karenina, Tolstoy dice famosamente, las familias felices no tienen historia, imaginemos una familia feliz, los niños hacen siempre la tarea, obedecen a sus padres, los padres se llevan magníficamente, todo mundo quiere ver el mismo programa de televisión, nadie se pelea para ir al baño, todo es perfecto, todo es perfecto, pues eso es una maravilla, yo creo que eso es un anhelo de vida perfectamente válido para todos nosotros, pero no es una historia interesante. En cambio, dice Tolstoy, las familias que sufren hacen que cada una de ellas sufra de manera distinta. Es decir, el sufrimiento es ya la clave de una historia. Nadie sufre del mismo modo. En el sufrimiento surge la historia. Este es, digámoslo así, el sentido fundamental de las historias para niños, perdón, para adultos. Quienes hemos escrito tanto para niños como para adultos, Muchas veces hemos sentido el anhelo compensatorio de decir, bueno, al fin voy a escribir una historia en la que tenga yo un final feliz. Todos serán felices y todo saldrá maravillosamente. Pero entonces uno se encuentra con el gran problema argumental y de sentido de que la felicidad, para que se cumpla en las historias infantiles, tiene que ser una felicidad merecida. Hay que pasar por pruebas, hay que pasar por trabajos para llegar a la felicidad. Y esto no es fácil. Esto no es fácil, lo digo como alguien que ha tratado de escribir historias de este tipo y también como alguien que ha leído muchas historias en donde nosotros vemos los padecimientos por los que pasan los héroes. Me parece importantísimo desde el punto de vista cultural que se preserve el trato de la felicidad en la literatura a través de la literatura infantil. Hay un libro del filósofo Fernando Sabatero que se llama El contenido de la felicidad. Y en ese libro dice, en la época contemporánea, la felicidad es vista generalmente como una forma de la banalidad. Si alguien es muy feliz o si alguien es muy alegre, parece inmediatamente bobalicón. O sea, decimos, ay, esa persona está muy contenta, está muy feliz, lo imaginamos sonriendo un poco de manera un tanto subnormal. y en cambio la inteligencia crítica, la inteligencia comprometida es la del hombre que sufre y padece. Entonces dice Sabater, en la cultura contemporánea la felicidad desde el punto de vista filosófico suele tener un contenido en el mejor de los casos vacío, es decir, si no es negativo muchas veces es vacío, no se postula con un anhelo importante de la inteligencia, que la inteligencia tenga un compromiso con la felicidad. O sea, que alguien que analiza la realidad de manera inteligente, al mismo tiempo busque alegría, busque felicidad. La literatura para niños es justamente ese estado en donde la felicidad no solamente es posible, sino que es lógica y es necesaria. Esto no siempre se cumple. Hay un libro extraordinario de Francisco Hinojosa que se llama Una semana en Lugano. Es un libro en donde muchos personajes pasan una serie de pruebas para conquistar un premio y al final les hacen trampa y no les dan el premio. Y les dicen, bueno, no te vamos a dar el premio porque la vida es dura y muchas veces es injusta. Entonces los niños le escriben cartas a Francisco Hinojosa diciendo que eso no se vale, que si habían pasado por las pruebas tenían que recibir el premio. Francisco Hinojosa es uno de los más audaces y variados escritores para niños. Como había escrito muchas historias, se dio el lujo de romper esa regla esencial en este libro, Una semana en legal. Pero yo en lo fundamental creo que es una apuesta central de la literatura para niños el manejo cultural de la felicidad. Es decir, que los niños se salven del ogro, que Caperucita sea rescatada del lobo, etc. eso, preservar esa posibilidad no es un logro menor, sobre todo por lo que yo decía antes, porque es muy difícil desde el punto de vista de la lógica de las historias y sobre todo desde el punto de vista de la moral de las mismas, que la felicidad cumplida realmente se justifica. O sea, suena totalmente arbitrario cuando un personaje no pasó por las pruebas suficientes y de pronto tiene por casualidad los premios. Digamos, para buscar el anillo del Señor de los Anillos hay que recorrer toda la Tierra Media y hay que pasar por toda serie de pruebas. La literatura de los hermanos Grimm y la literatura de Perrault y la literatura de Colón y de muchos clásicos de la literatura infantil suele ser una literatura de lo sobrenatural, es decir, donde se explican cosas a través de portentos mágicos, donde hay una poción que permite cambiar las circunstancias de la realidad, donde hay talismanes mágicos, donde hay objetos sagrados, donde hay una espada que tiene poderes. Esto no se explica por razones realistas, sino sobrenaturales. Ítalo Calvino distingue la literatura de lo sobrenatural de la literatura fantástica, moderna, en que la literatura fantástica moderna requiere de claves psicológicas, requiere de ser aceptada de manera un tanto más racional. Entonces, los personajes de la literatura moderna muchas veces se acercan a portentos que se explican más, a veces científicamente, como en el caso, por ejemplo, de Julio Verne, o a veces por una combinación, digamos, de una lógica interna muy bien trabada en las historias. Por ejemplo, es la lógica a la que apelan clásicos contemporáneos como Roald Dahl o clásicos contemporáneos como Gianni Rodari. Tanto Roald Dahl como Gianni Rodari tienen estructuras enormemente lógicas en donde un inventor, un sabio, alguien muy especial, como en el caso de Charlie y la fábrica de chocolate, por ejemplo, ha creado un mundo alterno, una especie de parque temático que es totalmente distinto a la realidad, pero participa de una racionalidad propia. Entonces, en este tipo de estructuración del relato, sí es importante que haya un mayor compromiso con la lógica. O sea, no llega un gigante, no llega un fantasma, no llega un hada a resolverlo todo, sino que en la propia dinámica interna de la lógica que se ha establecido ahí, ahí están todas las claves para que ese mundo sea lógico, con una lógica, por supuesto, que no ocurre en nuestra realidad, pero que es una lógica paralela, es la lógica generalmente de la invención de un territorio al modo de un parque temático. Y luego también está la posibilidad de combinar ambas lógicas, lo sobrenatural con lo riguroso de la literatura fantástica. Es el caso, pienso yo, de la escritura de Tolkien en El Señor de los Anillos o de la escritura de J.K. Rowling en Harry Potter, que son libros que tienen, por un lado, algo muy atávico, legendario, inexplicable, mágico y al mismo tiempo una psicología contemporánea para mirar esos portentos. Digamos que la literatura de J.K. Rowling, la literatura de Tolkien, nos pone a pensar en la modernidad de lo ancestral, en cómo cosas que vienen desde hace mucho tiempo, por ejemplo, la Edad Media inglesa en ambos casos, puede tener una modernidad mirado por ojos contemporáneos. Entonces ahí también tenemos un cruce de estructuración de los relatos que me parece muy fecundo y muy interesante. Curiosamente este cruce desconcierta muchas veces más a los lectores adultos que a los niños mismos. Tolkien nunca pensó en tener éxito con sus libros, era un profesor de historia de Oxford y se sorprendió de que empezara a tener éxito. Primero tuvo éxito con niños grandes, que fueron los hippies, los hippies que querían reconquistar una edad arcádica, del buen salvaje, cercana a la imaginación infantil. Empezaron a leer mucho a Tolkien, lo convirtieron en un libro casi sagrado y peregrinaron a Oxford para visitar al autor. En el caso de J.K. Rowling, el libro fue rechazado por nueve editoriales, como ustedes saben, porque consideraban que era demasiado largo, tenía más nombres y más raros que la guerra y la paz. de Tolstoy, era muy violento, tenía una imaginación gótica llena de basiliscos, de apariciones, tenía además muchos modismos ingleses que tienen que ver con la educación pública inglesa, un juego como el Quidditch que se parece mucho al cricket con reglas muy abstrusas y pensaron que eso no podría cautivar a los niños y fueron los niños los que decidieron en primera instancia que eso les interesaba y posteriormente ya se convirtió en un fenómeno de mercadotecnia y todo esto, ya los digamos que empezó a operar en automático, pero el primer contacto con Harry Potter fue claramente un triunfo de lectura de los niños. Entonces, esto nos lleva pues a sostener, creo yo, el territorio de la imaginación en la literatura infantil. yo creo que ha pasado por un pequeño, digamoslo así, un énfasis en donde la fantasía nunca deja de operar, se sigue deseando como en los primeros tiempos, siguen operando estos artilugios, estas máquinas, estos talismanes para cumplir deseos, pero ciertamente en la literatura de Mijael Ende en Alemania, Janne Rodari en Italia, Roald Dahl en Inglaterra, o Francisco Hinojosa en México, hay una lógica mucho más cercana a la realidad del mundo en que nosotros vivimos y en ocasiones la mezcla de ambos territorios. Ahora bien, yo decía al principio de la charla que un clásico depende no solamente de sus mensajes intrínsecos, sino también de la forma en que es leído. Y culturalmente, a través de los años, ha cambiado de manera notable la percepción que nosotros tenemos del niño. Hay una escena famosa en la novela Los Miserables de Víctor Hugo, en donde un niño de las barricadas durante la Revolución Francesa está muy comprometido con la transformación de la realidad, es un niño revolucionario. Este niño se llama Gavroche y canta La culpa es de Rousseau. En efecto, la culpa es de Rousseau. En 1762, él escribió El Emilio, que es o de la educación, seguramente el libro sobre la educación que más ha incluido en la cultura de Occidente. Un libro que transformó absolutamente la forma que tenemos de ver al niño y que tenemos de ver a la infancia. Este libro le costó al autor el exilio porque condenaron el libro a ser quemado en la gran escalera del Palacio de Justicia de París. Condenaron a la cárcel al autor, el autor se dio a la fuga, no pudo ser encontrado y siguió escribiendo desde el exilio. Era un libro que rompía con todos los cánones hasta entonces, donde consideraba primero que todos los niños eran iguales, que la educación laica era preferible a la educación religiosa y que el niño no es un anticipo del adulto, sino que el niño es ya un destino consumado. Es decir, el niño no es sólo adulto en potencia, sino que el niño tiene su propia lógica y que es el adulto quien se debe educar en el niño. Principios absolutamente fundamentales de la sociedad contemporánea y que fueron tomados como anatema en aquella época. Entonces, el Emilio de Rousseau es justamente este anticipo del niño contemporáneo. A partir de Rousseau y de la Ilustración, el valor cultural del niño ha cambiado por completo. y es posible encontrar niños en la literatura que tienen un papel protagónico como antes hubiera resultado impensable. La idea de Rousseau es que el niño debe preservar lo que tiene de natural, debe ser en la sociedad contemporánea una especie de buen salvaje. Extremando esta idea, podemos llegar a un libro como el libro de la selva, en donde Mowgli es un humano entre animales, es un buen salvaje entre animales. Otra derivación de esta idea es, por supuesto, Tarzán de los monos, de Rice Burroughs, en donde un adulto se comporta como un niño permanente. Es más, no tiene barba porque no le sale barba, es permanentemente lampiño Tarzán. Entonces, esta valoración del niño ha hecho que también cambie la manera que tenemos de leerle cuentos, la manera que tenemos de interpretar los cuentos y la manera que tenemos de tratar al niño como protagonista de nuestros cuentos. Los niños de hoy en día que aparecen en la literatura suelen ser niños mucho más independientes e inteligentes de los que aparecían en la literatura de los hermanos Grimm, que básicamente eran niños subordinados, Eran niños a los que el azar les ofrecía una alternativa. Por cierto, los hermanos Grimm fueron grandes amigos de Rousseau y luego se pelearon con él y consideraban que el Emilio era una locura absoluta. Es decir, ellos no llegaban tan lejos como para considerar que los niños de los que ellos escribían y para los que ellos escribían tuvieran un destino en sí mismos. Con esta idea contemporánea del niño, ¿qué es lo que ha cambiado? Bueno, en el Emilio, Rousseau critica de manera fulminante las fábulas de La Fontaine y de Sopo. Me parece absurdo, por ejemplo, que haya fábulas donde un cuervo tiene un queso en el pico. Dice, ¿de cuándo hemos visto que un cuervo tiene un queso? Eso es absurdo para los niños. Le molesta la irrealidad de la fábula respecto a la experiencia de los niños, pero también le molesta la noción de moraleja. O sea, el hecho de que un cuento se explique a sí mismo. Dice Rousseau, el niño tiene que entender por cuenta propia. La educación no es otra cosa que la herramienta para que cada quien piense por sí mismo. O sea, no hay educación que se aprenda forzosamente. Por ejemplo, previene Rousseau contra aprender cosas de memoria. Me parece que el que aprende de memoria no usa la palabra robot, porque no existía Robert, pero sí usa la palabra autómata, es un autómata, es alguien que repite como un perico lo que ha enseñado y que no procesa por cuenta propia lo que ha aprendido. Entonces, esto hace que los cuentos con moraleja ya sean inviables, porque la moraleja debe ser consecuencia de la lectura. Cada niño debe extraer los consejos que él quiere extraer en el cuento. Esto no quiere decir que los cuentos no planteen problemas morales, por supuesto que los plantean. Todos los cuentos para niños, de una manera o de otra, tienen que ver, por ejemplo, con la lucha entre el bien y el mal, con paradigmas de lo bueno, con paradigmas de lo malo, ¿verdad? Pero, digamos que el trato moderno de estos temas ya no pasa por decirle, bueno, y este perdió la batalla porque no supo entender que una persona egoísta nunca se sale con la suya, como suelen ser las fábulas con moraleja, o no supo entender que el que desobedece a sus padres nunca acaba bien. Este tipo de circunstancias en la literatura moderna a veces todavía se dan, pero digamos que es deseable que sea el niño el que saque esta consecuencia, que entienda por qué pasaron las cosas y que él aprenda a través de su propio raciocinio. En esta lucha entre el bien y el mal, obviamente es muy importante que el triunfo del bien se justifique, es decir, que el paso a la felicidad sea, como ya adelanté antes, merecido, que tenga un sentido lógico para quien está leyendo y que los personajes realmente deban estar en ese final en donde deben estar. Con frecuencia el arranque, la estructura de los cuentos para niños tiene que ver con una sensación de pérdida. No es casual que muchos de los protagonistas de la literatura infantil cuando son niños sean huérfanos o sean niños que se han desplazado y viven con sus tíos, con parientes que no los quieren mucho, que no los entienden o que han llegado a una ciudad que no conocen. Es decir, hay una sensación de extrañeza. La sensación de extrañeza que, como yo decía al principio, nos lleva muchas veces a leer. Necesitamos historias para completar algo. Algo nos falta, hemos perdido algo y entonces tenemos que recuperarlo. Deseamos, anhelamos eso. O, por ejemplo, casos extremos, la historia de Pinocho, ¿verdad? La historia de un muñeco al que le falta vida real, que quiere ser un niño. Entonces este anhelo, esta pérdida es justamente lo que va a llevar a una búsqueda. La mayoría de los cuentos infantiles se estructuran a partir de una búsqueda, que puede ser una investigación minuciosa que nos lleva ya en la literatura juvenil de Julio Verne a investigaciones científicas incluso, puede ser una investigación de ese tipo, puede ser la búsqueda de un talismán, por ejemplo, el anillo de poder en el señor de los anillos, algo que transforme esa realidad. Entonces, de la pérdida pasamos a que sería el planteamiento general de la historia, pasamos a la búsqueda, que sería el conflicto, el segundo acto de las historias, para luego llegar al tercer acto, que es por supuesto el hallazgo de aquello que se buscaba, pero, como yo insisto desde hace tiempo, el hallazgo merecido, el hallazgo que realmente justifique los esfuerzos del protagonista, que las tareas del héroe se hayan cumplido todas cabalmente. Entre los pocos libros que Rousseau recomienda a su pupilo, a su pupilo que se llama Emilio, se encuentra Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Me parece que es un libro esencial para que el niño aprenda por sí mismo, porque considera que la infancia se parece mucho a esa isla desierta en la que solamente se han salvado algunas cosas del naufragio, y con esas cosas hay que ir aprendiéndolo la realidad. Me parece un libro ideal para que un niño aprenda por cuenta propia. Robinson Crusoe no fue escrito para niños, Y hay varias adaptaciones para niños. Yo creo mucho en las adaptaciones para niños si están bien hechas. No creo que hay que tenerle miedo a estas adaptaciones. En ocasiones se prefiere, como en el caso, por ejemplo, que yo padecí en la infancia con el cantar del mío Cid, se prefiere que el niño lea lo original porque lo original es el clásico ya prestigiado. Pero muchas veces el niño entra mejor en contacto con el clásico si dispone de una adaptación provechosa. Ítalo Calvino en la literatura italiana hizo adaptaciones al italiano moderno de muchas leyendas populares. Algunos escritores han hecho lo mismo en la literatura contemporánea y creo que a nosotros nos faltan todavía muchas más adaptaciones de este tipo. No me parece casual que uno de los libros que más incluyeron a Alexander von Humboldt, el gran viajero ilustrado, haya sido precisamente Robinson Crusoe, el libro que Rousseau quería que leyera su enilio. Sin embargo, Humboldt no leyó el Robinson Crusoe original de Daniel Defoe, sino que leyó una adaptación que al alemán había hecho Heinrich Kampel, que en Berlín fue también el tutor de Alexander von Humboldt. Campe escribió silabarios, uno de los principales pedagogos de la literatura infantil escribió pequeñas historias para que los niños aprendieran a leer utilizando letras capitulares que luego se repetían muchas veces para que los niños aprendieran una letra tenía una librería especializada en libros para niños fue un precursor en la ilustración de la literatura para niños y la pedagogía infantil y él hizo una notable adaptación de Robinson Crusoe. Y no me parece casual que este libro que trata de un naufragio que revela un mundo extraño, el contacto con un personaje viernes que viene de una civilización totalmente distinta, haya sido el libro esencial para Alexander von Humboldt en su infancia, y él muchas veces en sus cartas desde el Nuevo Mundo, cuando estaba aquí en México, cuando estaba en el delta del Orinoco, en Venezuela, se acordaba de aquel libro que le había revelado el gusto por el descubrimiento, el gusto por los viajes, el gusto por conocer lo ajeno. Yo creo que es uno de los cometidos más altos que puede encontrar un libro. La literatura, decía yo hace un momento, vive en densidad. No hay un libro que esté solo, no hay un libro que solamente hable para sí mismo. Muchas veces los autores queremos ser los únicos en el mundo, solo queremos que se lean nuestros libros. Es un pecado de la vanidad, eso no tiene que ver con cómo se estructura la literatura y cómo opera la literatura. La literatura solamente circula de manera colectiva. Y también la literatura circula en contacto con otras artes. De pronto nosotros vemos una película para niños que tiene que ver con la literatura y que revela la forma en que se pueden actualizar los mitos del origen y se pueden actualizar los temas de la literatura infantil. Ustedes seguramente han visto la película Buscando a Nemo. Es una película que tiene que ver con grandes temas de la literatura, tiene que ver con la odisea, un larguísimo viaje para volver a casa. Además, Nemo es el nombre de Ulises. Nemo quiere decir nadie en griego. y es el nombre que Ulises le da al cíclope, es el nombre que Ulises cuando el cíclope le dice ¿Quién me ha hecho esto? y le dice fue Nemo, para que le diga fue nadie. Entonces es un nombre que aparece mucho en la literatura, que por supuesto aparece en el capitán Nemo de Julio Verne, asociado con el mar, entonces es una figura que pertenece a la estructura de ese relato, que es un padre que busca a su hijo, invierte el mito de Orestes, la Orestíada que es la búsqueda del padre. Tiene que ver también, como todos los cuentos para niños que ya decíamos, con una pérdida esencial. La madre muere cuando nace Nemo y él tiene que reponerse de esta pérdida. También tiene que ver con un pecado de juventud, del pequeño Nemo, que es la desobediencia. Esto ocurre muchas veces en la literatura para niños. Un niño transgrede una frontera, desobedece, entonces se desatan una serie de portentos porque ha desobedecido. También ocurre en la literatura para adultos, por ejemplo, Robinson Crusoe se embarca y ha desobedecido a sus padres, sus padres no quieren que se embarque. Un poco el naufragio es el castigo que él recibe por haberse embarcado contra la voluntad de sus padres. Entonces Nemo desobedece a su padre que le dice no te alejes más allá del arrecife porque tienes una aleta defectuosa y él de esta pérdida, de esta aleta defectuosa va a crear toda una aventura. De modo que tan solo aquí vemos una condensación actualizada de numerosos mitos de la literatura tan lejanos como la primera historia, la historia de Ulises, que a fin de cuentas no es otra cosa que la historia de un hombre que quería volver a casa. Antes de terminar me gustaría invitarlos, si tienen alguna curiosidad, si tienen algún comentario, a que prosiguiéramos esta charla de la manera más fecunda que es la del diálogo. Yo para terminar quisiera remontarme una vez más a la fábula de los hermanos Green, a este lema esencial de la literatura infantil de todos los tiempos. Entonces, cuando desear todavía era útil. Los deseos, según sabemos por la literatura infantil, muchas veces se cumplen. A veces uno no tiene el deseo correcto, ¿verdad? Y es peligroso haber deseado algo. Este es uno de los problemas que también nos plantea la literatura infantil. A veces uno sí tiene el deseo correcto, Pero entonces, esto uno lo debe merecer. Y eso es muy complejo, es muy complejo que lo merezca el personaje. Y una vez que lo merece el personaje, surge la pregunta para todos nosotros, lectores infantiles, lectores adultos, padres, maestros, promotores de la lectura. ¿Realmente nosotros merecemos ese libro? Yo creo que ahí es donde los libros nos ponen a prueba a nosotros. Hay un autor alemán contemporáneo, maestro también de Alexander von Humboldt, maestro de Alexander von Humboldt en la Universidad de Gotinga, que escribió un maravilloso aforismo sobre la lectura. El autor se llama Lichtenberg, un físico, fue el que descubrió la electricidad positiva y la negativa, los signos de más y de menos que todos los días vemos en nuestras pilas, fueron puestos por Lichtenberg por primera vez, fue maestro de Alejandro Volta, el inventor de la pila, también maestro de Humboldt, como dije, y él escribió un aforismo que dice, un libro es como un espejo, si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol. Ya es sabio quien entiende a un hombre sabio. ¿Qué nos quiere decir esto? Los libros nos revelan lo que nosotros llevamos dentro. Si un mono se asoma al espejo, no puede ver reflejado a un apóstol. Los libros, los clásicos, son eso, la arriesgada oportunidad de ver lo que llevamos dentro. Muchas gracias. applause .
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
20/07/2015
FECHA_INGRESO_ENTREGA
23/11/2005
FECHA_PUBLICACION
21/11/2005
OBSERVACIONES
Agradecemos el apoyo de Canal 22 y la Dirección General de Televisión Educativa para la realización de este programa
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Difusión
TEMPORADA
25
CONDUCTOR
Daniel Goldin, escritor mexicano
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
21/07/2015
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
REALIZACION
Moisés Maximino Buenrostro Luna
PRODUCCION
Illa Geisel Serna Munguía

