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CUID
M-02797
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 24
SINOPSIS_SERIE
Sobre cómo la lectura se configura en el cruce entre experiencia familiar, entorno social y acceso a la cultura escrita y de qué modo las desigualdades, la precariedad y la movilidad condicionan la relación con los libros, así como las tensiones entre lo heredado en el hogar y lo vivido en contextos escolares y comunitarios. Se analizan las posibilidades de que espacios educativos, bibliotecas y proyectos locales compensen ausencias, acompañen procesos de identidad y generen encuentros significativos con la palabra
EXTRACTO_SERIE
Se destaca la necesidad de crear condiciones materiales y afectivas que permitan a niños y adultos construir una práctica lectora libre, compartida y sostenida, especialmente en contextos de marginación
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
David Huerta (México)
SINOPSIS_PROGRAMA
Se explora la relación entre lectura, infancia y memoria familiar, entendiendo los libros como espacios donde se forman vínculos afectivos y formas de comprender el mundo. Aborda cómo las experiencias tempranas con los textos configuran hábitos, sensibilidades y modos de pensar, así como la influencia compleja de la herencia, el ambiente y la libertad personal en la construcción del lector. También reflexiona sobre la lectura como un acto íntimo que conecta pasado y presente, permitiendo dialogar con voces ausentes y afirmar la propia identidad. El eje central es la lectura como viaje interior, diálogo con la memoria y ejercicio de autonomía
EXTRACTO_PROGRAMA
Una reflexión sobre cómo la lectura moldea identidad, memoria y vínculos familiares, mostrando su poder para acompañar la infancia, abrir pensamiento propio y conectar con voces del pasado
N_PROGRAMA
6
N_TOTAL_PROGRAMAS
16
DURACION_TOTAL
00:52:46:01
PARTICIPANTES
David Huerta, poeta, ensayista y traductor
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Investigadora y ensayista con amplia trayectoria en estudios de lectura y formación de lectores. Ha desarrollado una obra significativa en interpretación, teorías de la lectura y políticas públicas del libro. Fue organizadora del Proler en la Fundación Biblioteca Nacional y cofundadora de la Cátedra UNESCO de Leitura no Brasil y de la red RELER. Dirigió el Instituto Interdisciplinar de Leitura de la PUC-Rio y actuó como consejera en la Política Nacional de Leitura, además de publicar numerosos libros y artículos sobre lectura, hermenéutica y prácticas educativas.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Inicio nuestra ficción a la parte final de este ciclo, que lo hemos agrupado en torno a los diversos acercamientos a la familia y la lectura. Y qué mejor para hablar de la familia y la lectura que tomar la experiencia biográfica de un inmenso poeta llamado David Huerta, que es hijo de un inmenso poeta que escribió uno de los poemas más conmovedores y muchos de los poemas más divertidos que se han escrito en este país. Me refiero a David Huerta. David Huerta nació en el 49 en el Distrito Federal, es poeta, es periodista. Y cuando digo es poeta, no solo me refiero a que ha escrito 10 libros, incurable probablemente el libro de poesía más grande, por lo menos escrito en español, un poema inédito. También me refiero a que David mira, estudia, ve la vida como poeta y estudia la poesía como un terreno en donde siempre se está resurgiendo de ideas para escribir y para pensar. Por eso cuando pensábamos en este seminario, me pedimos, me sucedió, que era muy importante invitarlo. Y David accedió a hacer un viaje, un viaje autobiográfico, no sé exactamente a dónde vamos a ir, Pero estoy seguro que es un viaje que a muchos de nosotros, como la poesía, nos va a tocar zonas oscuras, nos va a tocar también zonas luminosas y nos va a anudir algunos de los tópicos que hemos estado tocando en este seminario. Con esto le dejo la palabra a David, que además me pidió que le dijera que él me va al Atlántico. y que es director del periódico de poesía de la Universidad. Muy buenas tardes. El título original de la conferencia que preparé era muy sencillo, era doble. Algo así como los poemas y los niños. Pero en el curso de mis conversaciones con Daniel Golding El título creció porque el horizonte de temas que abordo aquí también creció, de modo que esta ponencia se llama La lectura, los niños, los poemas y los muertos. Los padres de un lector de toda la vida, de un lector como yo, no son necesariamente los creadores o inventores de un estilo de leer con sus hijos, pero algo han tenido que ver en ello sin la menor duda. No puede ser de otra manera. Los padres proyectan una sombra, a veces opresiva, a veces nitricia, sobre las páginas que sus hijos leen o no leen. Esa silueta se dibuja sobre los libros de la infancia, nos acompaña desde temprano y no nos abandona nunca. ¿Cómo podría abandonarnos esa sombra querida, la de nuestros padres, de la que estamos hechos y que en tantos sentidos ha sido como un fundamento, raíz, tronco y ramajes de todo aquello en lo que nos convertimos, en lo que debilimos? Digo sombra querida, por supuesto, pero también debo decir, aunque suene extraño y plenástico, sombra oscura, obstáculo, problema que debemos resolver y no siempre podemos aclararnos esos términos reales y simbólicos, simbólicos, tan decisivos a nuestra conducta, nuestro pensamiento y nuestros valores. Lo que les he traído aquí, por lo tanto, es esa relación posible, extraña, difícil de comprender, prestandole una atención especial a la relación que tengo en mi vida con la poesía, con la lectura de poemas y de toda clase de textos que tienen. Leemos cuando lo hacemos de veras con todo nuestro ser. Y en el curso de esta actividad ponemos en movimiento nuestras capacidades, nuestras habilidades, los diversos poderes de intelección y de sensibilidad que hemos podido allegarnos. Leer es una actividad ciertamente intensa. Diremos contra quienes piensan, a veces algunos padres, que leer es no hacer nada. No es casi un lugar común en la vida de ciertos escritores y estudiosos. una o varias anécdotas de este tipo, pero no porque sea un lugar común es menos cierto. Mejor dicho, es un lugar común precisamente porque muchos hemos estado ahí, que se den a muchos de nosotros, lo conocemos y lo hemos padecido de diferentes maneras. Los lectores tienen estilos de acercarse a los textos, a los libros. Son estilos que les son propios y en los que intervienen esas dos grandes fuerzas formadoras o formativas, el ambiente y la herencia. Todo lo que somos, todo lo que hacemos, está como sellado simultáneamente por lo heredado y por el influjo del medio ambiente. Es difícil, prácticamente imposible, saber cuánto de nuestra personalidad y de nuestro pensamiento se debe a uno u otro de esos dos elementos. Es un hecho, sin embargo, que ambos están presentes y activos en todo instante en el curso de nuestros actos y de nuestras positaciones. esos dos polos son a la vez un obstáculo para nuestro libre albedrío y la vía para desahogarlo son simultáneamente adjetivos y sustantivos de la frase que vamos formulando o escribiendo en el transcurso de nuestra vida nacemos con una serie de determinaciones genéticas y al mismo tiempo formamos nuestro ser rodeado por toda clase de influencias e informaciones externas que se suman y se enredan con los múltiples herencias que decidimos. Lo razonable en el estado actual de nuestros conocimientos sería darle una parte importante a cada una de esas influencias. Sin olvidar que la tensión excesiva o exclusiva a esas dos grandes fuerzas, o a una de ellas sobre la otra, dejaría fuera del cuadro de nuestras reflexiones un tercer elemento que es, con seguridad, más importante que ellas y cuya presencia dinámica y profunda debería ser valorada en todas sus dimensiones. La libertad. Diré entre paréntesis que esta última palabra, libertad, sobre la que el poeta francés Paul Éloard, muy admirado y amado por mí, escribió un hermoso poema que leí con pasión en mis años infantiles y que me ha acompañado desde entonces. Es de las que hacen torcer la boca esta palabra, libertad, con un gesto de desdén, sino que de franco desprecio a los científicos. Yo me la tomo muy en serio y es todo lo que diré por el momento. Libertad, libertad. A propósito de este doble tema, la herencia y el medio ambiente, sus interacciones, como potencias formadoras de la personalidad, contaré una pequeña historia de la que fui protagonista en medio de un cruce pistolar de textos polémicos. No hace mucho, hace algunos meses, un escritor y poeta cubano me mandó una carta en la que abordaba temas de orden político. Discutía conmigo algunos asuntos y se declaraba afectado o sorprendido, hasta decepcionado, lo cual no dejó de asombrarme, y aquí lo cito textualmente, por el hecho, evidente a sus ojos a lo largo de nuestros intercambios, de que yo no pensara igual que mi padre. Confieso que esa especie de extraña declaración de orden sentimental pero con un mayor calado aún, en mi opinión de hijo, de escritor y de dueño de mis propias visiones políticas y de mis ideas acerca del mundo en general me desconcertó y me pareció profundamente desagradable Mi desconcierto inicial se debía en gran medida a mi desacuerdo fundamental con esa extraña reclamación También, desacuerdo que aquí expresaré con una pregunta en la que ya se insinúa una respuesta que quizá no sirva para abordar el tema de la lectura y la familia. ¿Por qué debo yo pensar y, consecuentemente, leer, opinar, sentir de una manera idéntica a mis padres? No, respondo. Yo pienso diferente. Leo, opino, siento de un modo diferente y creo que así debe ser. lo cual no significa que en un primer largo momento de varios años, quizás, momento que abarca mi vida entera, mis estilos de relacionarme con el mundo, con la experiencia y con las ideas, no hayan sido influidos por lo que aprendí de mis padres y aún hayan sido modelados de acuerdo con lo que ellos hacían como lectores o en cualquier otro renglón o asunto de la vida. Ocurre que tuve la fortuna de tener padres que eran capaces de respetar mi individualidad. no así nada más como al desgaire o de una manera declarativa, sino de verdad, evitando en lo posible imposiciones u orientaciones excesivas. Una de las maneras en las que se expresaba ese respeto a mi individualidad consistía en lo siguiente. Se me decía, si no quieres leer, no leas. Y hasta recuerdo a mi madre, como contraparte curiosa, diciéndome cuando me descubría a ella tumbado en el suelo y con un libro abierto en las manos, mientras afuera brillaba el sol despertino sobre los jardines del barrio, sal a jugar con tus amigos y ya llevas horas aquí encerrado. No está en la naturaleza de los padres que en el mundo han sido no dar órdenes o no hacer por lo menos sugerencias a los hijos. Evoco aquí ese pequeño cuadro de mi vida familiar, sin embargo, para que se vea cómo iban las cosas en el ambiente doméstico de mi infancia. Mi madre pertenecía a una familia religiosa. Formaba parte de la minúscula comunidad protestante mexicana, mucho más importante de lo que uno creería en un país tan mayoritariamente católico como el nuestro, específicamente de la iglesia metodista, implantada aquí por inmigrantes ingleses, algunos de los cuales trabajaron en la explotación de minerales en el estado de Hidalgo, en las generaciones de la ciudad de Pachuco. Yo fui bautizado en el Templo Metodista de la calle de Gante, en el Centro Histórico, en los terrenos cedidos por el presidente Benito Juárez a esa comunidad en la que fueron dominios de la Orden Franciscana. Uno de mis tíos abuelos era pastor y una tía abuela mía había sido diaconisa en el Templo de Real del Monte, en el estado de Hidalgo, hace mucho tiempo, en las primeras décadas del siglo XX. Eso quiere decir que en esa parte de mi familia había un buen conocimiento de la Biblia. Y eso, sin embargo, que nunca estuve cerca de las actividades deliciosas de sus parientes. No fui al templo, o mejor dicho, no fui al templo, o mejor dicho, fui muy pocas veces, algunas de ellas memorables, por cierto, como los servicios funerales de mi abuela y de mi madre. Lo curioso es que al paso de los años he recordado intensamente a esa porción importantísima de la familia, y hace algunos meses me propuse rescatar, por así decirlo, esa parte de mi herencia negada o descuidada por mí y me encaminé a la calle de Bolívar a adquirir una Biblia en la traducción de Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina, hecha nada menos que en pleno siglo de oro y conocida como la Biblia de los protestantes. Yo conservé durante muchos años otro ejemplar de la Biblia que había pertenecido a mi madre, que luego extravié en hora mala en las vueltas de la vida y quise reponer en mi edad adulta, de acuerdo con las condiciones actuales de mi agravada amnipía, con tipos grandes y claramente impresos. Una tarde, ¿qué hacen estas ediciones? Seguramente lo saben ustedes, ¿no? Para gente de vista cansada o gente de... Una tarde, encompañada de un querido amigo mío de los años de la preparatoria, la presenté, como he dicho, en esa librería del Centro Histórico y adquirí mi Biblia. Cuando la tuve en las manos, con sus encodernaciones rojas y sus grandes tipos bien negros, impresos con toda claridad, eran mis ojos de cincuentón, sentí que de algún modo misterioso recuperaba algo que había perdido, pero que a la vez siempre me había acompañado a lo largo de la vida. No sé cómo decir qué es o qué era aquello y sigue siendo, pero supongo que se trata de un miligramo de aliento trascendental. En el ámbito de ese aliento, esmaltado de vivilismo, de recogimiento, de devoción, de contemplación, sentí también que me acercaba a mi madre, a su fantasma generoso, a su ejemplar cristianismo, ejemplado en un razonable y vivible puritanismo. Aquí cabe hacer otra evocación que complica dentro de este cuadro de recuerdos los anudamientos de la vida literaria, por así llamarlo, de la familia. Sé que mi padre conversaba con enorme interés con los miembros protestantes de su familia política, él que venía de una tradicional familia católica mexicana. Estoy seguro de que mi tío Chanano, el pastor metodista de aquella parte de mi familia, mi tía Clarita, quien fue diaconista, como ya he dicho, en Real del Monte, y mi abuela Ana María, mamá Anita para nosotros, La suegra a quien mi papá, contra el lugar común caricaturesco, literalmente adoraba, lo orientaron en la lectura de los poetas profetas del Antiguo Testamento, como Isaías y Ezequiel, de cuyo conocimiento quedan huellas, quien queda verlas, en los poemas que él escribió a partir de los años 30 y 40. Cuando cumplí los 35 años de edad, me propuse dos cosas. Leer de punta a cabo la Divina Comedia y tratar de redescubrir el mundo con la mirada de mi padre. El primer verso de la Comedia dice, como ustedes saben muy bien, así, en una lengua hecha de nieve y fuego, en el idioma de ese poema monumental, es la lengua, la lengua volgare elegida por Dante Alighieri como su instrumento, en el toscano prodigioso de los perfectos divinos. Dice así el primer verso de la Divina Cometa, en el mezzo del camino de nuestra vida. Lo que significa que Dante va a hablarnos a lo largo de su grandioso poema de lo que le ocurrió a los 35 años de edad, exactamente en la Pascua del año 1300, en el mezzo del camino de nuestra vida, a la mitad del camino o de la carrera de nuestra vida. Las escrituras indican que el tamaño ideal de una vida humana es de 70 años, de manera que esos 35 años de edad son, como dice Dante en este verso, la mitad del camino, el momento de lo que nosotros llamaríamos la madurez o el primer instante de la vida adulta. Es el colmo, dice Dante, el colmo en el arco de ese camino. el nexo del camino en cuanto a mí a mi vida de hijo y de lector a los comienzos de esa vida que es la mía debo decir que cuando yo nací mi padre tenía esa misma edad 35 años me pregunté ¿cómo vería el mundo él a esa edad? la edad que ahora es decir entonces me decía era el año de 1984 yo mismo tengo. Se me ocurrió una idea más bien peregrina. Ahora que tengo la edad que tenía mi padre cuando yo nací, me estoy convirtiendo de una manera misteriosa en el padre de mi padre. Es decir, a partir de este momento puedo imaginarme todo, puedo experimentar el mundo como él lo veía y sentía conforme yo iba creciendo y cumpliendo años. No cumplí la primera parte de mi propósito Leí con fervor, completa, creo que bastante bien La comedia danteana, hasta hace algunos años En medio de los bosques del oeste de Canadá Al pie de las montañas rocosas Como la mayoría de los lectores de Dante Me había concentrado en el infierno Que pasa por ser lo más movido de la obra Con algunas visitas distraídas a las otras dos partes pero en cambio le recomendé a mi hija que hiciera lo que en 1984 yo no hice cuando ella misma cumplió 35 años de edad. Y el mixte Tania, lo que te toca ahora es lo mejor que puedes hacer, lo que yo no lo hice es leer la Divina Tania. Ahora bien, ¿de dónde, de qué sitio en el caudaloso río de las Escrituras sacó Dante Alighieri ese dato, o más bien mandato, diríase, de que la edad ideal de una persona cualquiera, o mejor dicho, la medida ideal de una vida humana, es de 70 años, ni más ni menos. Aquí tengo ese pasaje, frente a mis ojos lectores, en la traducción áurea, de Casiodoro de Reina y Citiano de Valera, es el versículo 10 del Salmo 90 que dice, Los días de nuestra edad son 70 años, y si en los más robustos son 80 años, con toda su fortaleza, es molestia y trabajo, porque es portado presto y volamos. Quizá no es una casualidad que la misma mañana de un domingo de noviembre en que transcribo estas palabras del salmista, haya leído también la más reciente novela de Gabriel García Márquez, titulada Memoria de mis putas tristes, publicada en octubre de 2004. Una historia devastadora y tierna en la que nada menos que un nonagenario descubre el amor a su edad venerable. He aquí uno de los grandes temas en la obra del genio de Aracataca, ya explorada con minucia por manores poéticos y una penetración psicológica y emotiva casi milagrosa en el otoño del patriarca y en el amor en los tiempos del cólera, y referendado en esta novela de 2004 de apenas poco más de 100 páginas, la vejez, tratada continuamente en una especie de controversia, no sé si voluntaria o no, tanto con Dante, cuanto con el salinista. Tampoco es una casualidad que Gabriel García Márquez sea el mayor heredero del mundo actual y un novelista que comenzó tarde, ya viejo, el alcalaino Miguel de Cervantes. Releer, se ha dicho, es una actividad que se desempeña mejor en la vejez que en edades tempranas. A mis 55 años de edad puedo afirmar que esto no es cierto, por lo menos en mi caso, aunque esté todavía lejos oportunas de la ancianidad y la deprecidad. Cuanto he releído a lo largo de los años ha sido siempre una nueva lectura, no una visita a territorios ya aburridos, explorados, cartografiados y conocidos desde todos los ángeles. Leí de niño en medio del determinante ambiente familiar. Seguí leyendo cuando ya me había ido de la casa original y lo he seguido haciendo por mi propia cuenta, haciéndome a mí mismo en mi relación con los libros. Los analfabetas me parecen, como a Michel Tournier, aquejados por una especie tremenda de ceguera. Una ceguera devastadora que dibuja límites infranqueables entre el espíritu y el mundo. O mejor dicho, entre la mente y la expresión del mundo por medio de ese milagro minúsculo y resplandeciente que son las letras escritas, impresas, de cibre. No concibo una vida sin libros. Han significado para mí uno de los nortes o estrellas polares de la existencia. No he buscado en ellos respuestas, sino sus citaciones. Son para mí algo tan indiscutiblemente importante que suelo desconfiar por instinto de quienes pudiendo hacerlo sin problemas no leen libros. Hace poco, hace un par de meses, de hecho en septiembre de 2004, pasé dos semanas en la Biblioteca Palafoxiana de la Ciudad de Puebla. Fue fundada gracias a la donación de los libros que hizo el obispo y virrey Juan de Palafoxi Mendoza, un humanista y político excepcional. Todos los días de esas jornadas septiembreinas me encaminaba a la biblioteca y entraba en ese ámbito en el que el tiempo, como dice Jorge Luis Borges, se haya conservado mágicamente. Una biblioteca era, para ese gran escritor argentino, una especie de paraíso. Entiendo esa imagen no solo como admirador de Borges, sino como simple lector. En el curso de mis trabajos en la Biblioteca Palafoxiana, examinando ediciones del siglo XVII, encontré una serie de datos que me permitieron comprender mejor la vida lectora de mi padre en relación con los poemas que escribió en diferentes momentos de su vida. Por el camino más inesperado, esos libros de hace casi cuatro siglos, volví a sorprenderme con la sagacidad intelectual y poética de mi padre. He escrito esta frase. Soy el hijo de dos muertes. Ahí, ante mí, están dos ausencias, dos figuras vacantes, mi madre y mi padre. Entiendo las explicaciones de quienes examinan el deseo de escribir y concluyen que se trata de una compulsión para llenar el vacío que han dejado, que han creado al escribirse, esos muertos. Pero yo, como lector, ¿en qué forma soy afectado por esa doble desaparición? Me digo, soy un lector huérfano. Como todos, soy un hijo, hijo de dos, y ahora mis padres han desaparecido. Leo en medio de mi propia orfandad, y lo digo sin el menor patrón. Llamamos a nuestro idioma lengua materna, y en el acto, en ese mismo momento, la inscribimos en el círculo de la familia, del familiarismo, de la generación de las identidades. Desde hace algunos años, yo mismo, agrego entre paréntesis, soy padre de una familia. Pero esta orfandad lectora no es algo nuevo. Lo sé con certeza desde siempre, desde los años en que mis padres vivían. La soledad del lector huérfano es mayor y más complicada que la orfandad biológica. Es una soledad en medio de otro cosmos, el cosmos del lenguaje que lo crea, que crea a ese lector conforme éste va leyendo. El lector, más todavía que el escritor, es creado por el lenguaje, en una fabricación continua de su ser, en tanto lector, en tanto organismo hecho de palabras. Otro de los poemas que me ha acompañado a lo largo de la vida, como ese poema de Paul Eloá sobre la libertad que ya mencioné, es un canto extraordinario de José L. Zama Lima que se titula Llamado del deseoso, parte de su libro de 1945 llamado Aventuras y Pilosos. Lo leí por primera vez en mi adolescencia. El primer verso es contundente y definitorio Deseoso es aquel que huye de su madre Como los buenos poemas, este de Lezama Lima es misterioso y claro Está bañado por una misteriosa claridad Entendemos de inmediato cada una de las palabras de sus enunciados De sus versos, de su sintaxis y de su gramática Pero lo que nos dicen no es evidente ¿Por qué razones o sin razones el deseo está contrapuesto a la cercanía de la madre? El psicoanálisis nos dice algo diferente. Las pulsiones del niño son las de un perverso polimórcio. Tiene necesidades y deseos que se satisfacen antes que por otra cosa, por el contacto con el seno materno, con el cuerpo de la madre, su regazo, sus brazos, sus manos, su cuello. Pero esa relación entraña un secuestro. Lezama Lima lo dice en el tercer verso el llamado del deseoso este es el verso la hondura del deseo no va por el secuestro del fruto más adelante casi al final de su extraordinario poema Lezama Lima vuelve a la definición el deseoso es el univiso con una violencia delicada el poeta ha señalado con nequidez la opresión del vínculo maternal su peso, su pesadumbre no es este el mejor lugar para hablar del increíble apego contra lo que dice en este poema que el poeta cubano detuvo a su madre una mujer de muy fuerte personalidad a quien literalmente adoró durante toda su vida pero vale la pena hacer algunos apuntes Doña Rosa Lima y Rosado era viuda de un coronel del ejército cubano el padre de los famalinos muchas páginas de la gran novela poética lesamiana titulada Paradiso un cosmos narrativo y poético único en las letras hispánicas de nuestro tiempo están dedicadas a la vida familiar de los de Sama Lima en la Habana Vieja de la primera mitad del siglo XX. Lo que me interesa subrayar aquí es el tema de la huida, de la escapatoria de los enlazamientos familiaristas, de la evasión necesaria para que el deseo se cumpla, para que exista el deseoso. Y en el curso de una reflexión en torno de la lectura, el tema no puede ser más pertinente, pues la lectura suele considerarse una forma de evasión, a veces es probable. ¿No existe, pregunto, toda una estantería de nuestras librerías y bibliotecas públicas y domésticas, consagrada precisamente a la llamada literatura de evasión? Pero no está bien visto que la literatura, quiero decir, la literatura en general, la que se escribe y la que se lee, constituya una vía de escape. Para algunos, por ejemplo para los marxistas, la literatura debe establecer otro vínculo que en ese caso, en el caso de la recomendación ante los mandatos marxistas ante la literatura, toma la forma y el nombre de un compromiso, de un pacto ideológico o político. No es así, no fue así para el poeta cubano José de Zamalina. El escritor alemán Gerhard Swerens escribió una de las páginas más enérgicas sobre el tema del compromiso. Se ocupa del compromiso ideológico-político en literatura y lo examina con una lucidez ejemplar. Esto es lo que dice Gerhard Swerens. Admito que sin compromiso no se va a ninguna parte ni se puede sustituir. La cuestión es si uno debe comportarse constantemente como un transigente y de este modo caer en un canal poco profundo y oportunista, o si debe buscar una y otra vez salvarse del compromiso en la radicalidad de la teoría del pensamiento y también de la realización. En la literatura tenemos, como siempre, un margen libre donde, aunque solo sea a modo de ejemplo, tendríamos que renunciar al compromiso. Más aún, deberíamos renunciar. Allí debemos ser radicales. En cambio, en el ámbito político y en todo lugar donde nos importe lo practicable, es evidente que no hay salida alguna sin compromiso. Aquí termina la cita de toda esta historia. Aun cuando en apariencia el poema de Lezama de Lima y este párrafo de Sverens tienen poco que ver, quiero ponerlos en relación. Para mí lo están. Están unidos en mi memoria. Para el poeta cubano, el aerojamiento del familiarismo se opone al deseo. Para el narrador alemán, el compromiso político se opone al radicalismo. Contra lo que algunos creen, la afilación a una línea ideológica es una forma de conformismo. Hay que conformarse al partido, a sus líneas, a sus guiandades. En este curioso cuadrángulo, los términos relacionados son los siguientes. al deseo corresponde al radicalismo, al compromiso político y a su gestión familiar. ¿Cuáles son las vías o los caminos de escape por medio de los que el deseoso y el radical pueden oír o evadirse? En el caso de que el material no es radicalmente como pueden siquiera existir. Uno de ellos es la actividad literaria en la que tanto Gerhard Ferentz como José Luis Amalima son auténticos maestros. Al menos no ha sido para mí su discípulo y su lugar de su tema. En este sentido, hay que revalorar, limpiándola de todo aquello que al reprobarla la ensucia, la idea de que la literatura es una forma de vacío. Si lo es, y no tenemos por qué pensar que no lo es, es una huida hacia la libertad, hacia lugares o formas de la experiencia en los que podemos ser libres, cumplir nuestro deseo, explorar nuestras raíces, sin determinaciones ni mandatos esterilizantes o paralizantes. La lectura libre no determinada por mandatos exteriores, escogida con libertad y escogida con gozo, es una de las vías de escape de esas sucisiones y opresiones. ¿Cómo conseguirla, acceder a ella y disfrutarla con plenitud? Un poeta está hecho de otros poetas. Los que lo precedieron en el tiempo histórico, aquellos a los que admira y en cuyos versos o imágenes se reconoce o reconoce sus propias escrituras. quienes van influido y aún los poetas detestados a los que rechaza o niega y si acaso constituyen el lado negro de su condición y son la sal, el vino, la pimienta y el agua de sus imaginaciones verbales. Un poeta ha leído, pues, a los poetas que lo antecedieron. Lo ha hecho con preocupación y por sobre, emociones que se corresponden con el perrito contrastan con el desdén que esmalta a menudo la configuración de sus contemporáneos y poléguas. Los ejemplos abundan. Piénsese, por ejemplo, en la conflictiva relación que tenía Ramón López Velarde con Leopoldo Lugón, el poeta argentino, y con Francisco González León, el poeta calestino. Ese congreso de fantasmas de los autores anteriores a un poeta es también su familia. Son todos ellos sus parientes literarios. Por eso, no es arbitrario hablar de la genealogía de una obra. Fue escrita por un individuo, pero este ha sido formado por una larga serie de autores. y pancestros o antepasados, cuyo principio está encarnado en ese aeda ciego del Mediterráneo prehelénico al que llamamos, y no por mera retórica, el Padre Homero. Dos poetas españoles de nuestros días, Gabriel Ferraper y Jaime Gil de Viedma, ambos extraordinarios, muy admirados por mí, abordaron este problema genealógico de los poetas para buscar la libre singularidad u originalidad de sus obras. conscientes de que un poeta no se puede fiar a la docta ignorancia, a menos claro de que sea un género absoluto, lo cual no puede ser el caso, entendieron que antes que nada un poeta debe leer a los poetas anteriores y luchar contra ellos en una contienda paterno-filial, cuyo resultado ideal, deseoso, deseante, radical, emancipador, es la originalidad de una explicación. Filde Viedma explica este predicamento y la extraordinaria decisión que Ferraker y él tomaron ante el problema señalógico y lo que el antipático profesor Harold Bloom, incapaz de reconocer su enorme deuda con escritores como José Luis Borges, llama la angustia o ansiedad de la consciencia. He aquí el precioso párrafo de Jaime Filde Viedma sobre este tema. Todo poeta eminente suele hacer más difícil el trabajo a sus sucesores, según decía L. Para llegar a ser contemporáneos de nosotros mismos, yo diría más simplemente para llegar a ser nosotros mismos, es necesario enseñar que analizar críticamente la inmediata tradición en que nos hemos formado y es necesario emanciparse mediante la formulación de los propuestos estéticos fundamentales de la poesía que intentamos hacer, que no son exactamente los mismos en que se fundaba aquello. Emanciparse hasta cierto punto, puesto que, según observaba Gabriel Ferraté, la necesidad de innovar auténticamente obliga al escritor a no innovar demasiado y aligarse a los modelos y a los escritores con respecto a los cuales pretende innovar. En tanto que se opone a ellos, depende de ellos. Por eso, levantarse en el pasado, desde el estilo de Viedma, más allá de la tradición inmediata, es quizá el medio más sutil y eficaz para innovar. Aliarse con los abuelos contra los padres. Aliarse con los abuelos contra los padres. Es una fórmula sorprendente y como dice Gil de Viedma, un medio sutil y eficaz de innovación. Digamos que para Gil de Viedma y Cerrater había dos generaciones de padres, una muy cercana, la generación del 27, que todos conocemos, Alberto, García Lorta, Alejandro, etc. Y los otros padres del siglo XVI y XVII, los poetas del siglo de oro. entonces la alianza con los abuelos consistió en remontarse a la edad media y buscar en las moralidades y en los cuentos en el libro de San Manuel y en el libro de Polonia y en el libro de Alexandre y en el remontero viejo las fórmulas que les permitirían desligarse de su estado sin innovar en el tiempo esa innovación es la vía segura de la emancipación o liberación de la angustia de las influencias la salida de la prisión genealógica de la cadena opresiva que constituye la tradición literaria. De manera similar, un lector tiene que saber aliarse con otros modos de leer que lo liberen de la opresión familiarista, genealógica o ambiental, modos que le permitan leer como él mismo puede y acaso debe hacer. A veces me descubro tratando de leer como lo hacía mi padre, al menos como dice lo hacía en algunas ocasiones en verdad memorable. Voy a recordar aquí un ejemplo de esto que vi. Él solía acompañar las lecturas con materiales ajenos en apariencia al texto mismo que tenía enfrente. Lo vi así leer las novelas de Julio Cortázar o de Jean Paul Sartre con mapas de la ciudad de París a un lado. De esa forma seguía los desplazamientos de los personajes por el metro, los bilbares, las callejuelas, el barrio. que daba una especie de multidimensionalidad a su lectura. Esa manera de leer me asombraba y fue uno de los factores principales de mi educación literaria. Mi padre, sin proponérselo, me enseñó a considerar los libros como un punto cualquiera en medio o en cualquier otro sitio de una red isomática de relaciones. Así, por ejemplo, la cartuja de Parma, bien de puentes de todos los estilos, dimensiones y formas, con la historia, con la vida de Estendal, con la tradición literaria histórica, con la intrahistoria de las pasiones. En cuanto a las pasiones estendalianas, digo entre paréntesis aquí, remito a los curiosos, a los párrafos formidables y esclarecedores que les dedica W. G. Sebald al hablar de este autor en el comienzo de su libro Vértigo. Menciono este libro de Estendal, La Cartuja de Parma, con toda intención, porque Ítalo Calvino dice algo con lo que concuerdo. Es muy posible que miles de jóvenes en el mundo, en el momento de cerrar esta novela, hayan dicho para sí, este es el libro más hermoso del mundo. Ítalo Calvino acierta, lo afirmo porque yo dije eso mismo cuando cerré las páginas de La Cartuja, novela de la que oí hablar por primera vez a mi padre en el curso de una conversación entre escritores y poetas. La admiración de mi padre por Estendal y por Rita Localdino, cuyos libros él puso en mis manos, tenía una especie de sello generacional. Uno de los más célebres personajes espandalianos, el averíntico Julián Sorrel, fue motivo de reflexiones durante muchas décadas para los jóvenes que lo conocían en la otra gran novela del escritor francés, El Rojo y el Negro. Dicho de un modo un poco tosco, es más o menos lo que significaron para mi generación, por ejemplo, los personajes de Silvio Cortázar, Mamaga u Horacio Oliveira. hablo también con toda intención de novelas tanto mi padre como yo escribimos versos pero la gente suele creer que por esa misma razón también leemos únicamente poesía lo cual es falso de todo el tiempo y algo me parece, por ejemplo en las encuestas que me parece una novela siempre le preguntan a los novelistas y a los cientistas nunca nos preguntan nuestra opinión a los que hacemos poemas es una especie de compartimentalización que también afectan nuestros modos de leer. Si algo me enseñaron tanto mi padre como mi madre es que lo que vale la pena es una actitud de curiosidad generalizada. Lo comprobé al enterarme de que el que se realizaba Lima, que los pasos que me he explicado, que ya a lo largo de muchos gustos, describía al poeta, al poeta en general, como el amateur de todas las cosas, el aficionado de todas las cosas. Mi hija vive en la ciudad de París desde hace muchos años. Siempre que puedo, le acerco algunos libros. Generalmente se los regalo. Mi diálogo con ella tiene todo que ver con lo que leemos y con las películas que vemos. Casi no hablamos de otra cosa. Ella estudió historia en una de las grandes universidades francesas en el Corbonne. Es una lectora nata. Lee lo que quiere, lo que le gusta, lo que le interesa. Pero al paso de los años comencé a percibir que ella se sentía incómoda con mis frecuentes regalos de libros. Yo no me lo explicaba, pues sabía que el ritmo y la intensidad de su vida lectora no habían disminuido. Hasta que se lo pregunté directamente y ella me dio una curiosa respuesta. La biblioteca pública de su barrio, sostenida con fondos municipales y apoyada en todo momento por el gobierno de la ciudad de París, le proporcionaba decenas, cientos y no es que miles de posibilidades de lectura, Así que poco a poco había abandonado la costumbre de pensar en una biblioteca doméstica como un proyecto siempre en marcha. Me quedé asombrado. Para mí y para la mayor parte de la gente que conozco, formar una biblioteca en la casa es algo natural, obvio, y es una de las actividades de nuestras vidas que desempeñamos con más gusto. Hay que comprar libreros, ya no hay que comprar tantos libros que no nos alcanzan, hay que hacer estas ampliaciones, deshacernos de ese mueble para poner más estantería. Pero para mí ya no es así. Sin abandonar en absoluto sus hábitos de lectura, había renunciado a formar su propia biblioteca, pues sencillamente no la necesitaba. Un poema es un pequeño rito y a veces un exorcismo. Hay una idea o estereotipo que afirma la positividad plena de la escritura y la consecuente positividad también en la lectura de un poema. Un poema es algo bueno, afirmativo, lleno de riquezas de toda clase. No tengo nada especial en contra de esta idea, pero siempre, con el menor pretexto, la pongo en duda. No olvido nunca, tampoco, que Pierpaolo Pasolini, al que me admiro mucho, afirmaba que siempre se escribe contra alguien, y al afirmarlo, pinta con una especie de negatividad o de extraña beligerancia el acto literario original. Me pregunto si lo mismo vale para la lectura. Respecho que sí. Leemos contra alguien, para entender mejor que otro, para descubrir motivos inéditos de gozo en la escritura, escribaciones que son sólo nuestras en el recorrido del texto. Leemos para afirmarnos y en contra de alguien. Convenio en que no siempre es así, pero muchas veces lo es. Nos creamos constantemente como lectores, pero esa creación solo puede ocurrir si nos hacemos espacio, lugar, aposta de quitar de medio o de nuestro lado a otro, a nuestro semejante, a nuestro hermano, a otro hipócrita lector, como escribió imborrablemente Charles Baudelaire en un edificio. O tú, mi semejante, mi hermano, lector hipócrita. Leer es una afirmación combativa de individualidad, lo cual fue muy bien visto por Belén. La casta de los leyentes, así la llama uno de mis autores favoritos, Diego de Torres Villarroel, tiene todos los atributos de ejércitos ignorantes que combaten en la noche, como en el poema de Matthew Arnur. El gran escritor checo de lengua alemana Franz Kafka decía que un libro es o debe ser un hacha que nos permita romper el hielo de nuestra soledad. Tres siglos antes de que Franz Kafka escribiera esto, un escritor totalmente diferente de él, el poeta barroco Francisco de Quevedo, escribió un poema en el que habla de lo mismo con otras palabras. En la soledad de su retiro y lejos de la turbulenta corte madrileña, Quevedo le hizo un homenaje maravilloso a los libres. Uno de los emblemas intelectuales de mi vida es un soneto muy conocido, el soneto tan conocido del autor del Buscón, compuesto en su vejez, pocos años antes de morir, luego de una vida llena de intrigas, ardos trabajos intelectuales y políticos, iluminada por los relámpagos, horas sombríos, horas cegadores y sus extraordinarios poemas. En las pocas ocasiones en que se trata de hablar de libros, como ahora, invoco siempre aquel soneto sobre la lectura y sobre la realidad retirada en el campo. Es el mejor elogio de la lectura que conozco y me extrañó de veras no encontrarlo citado o siquiera mencionado por mi corazón en la History of Reading de Alberto Manguel, muy buen libro, por otra parte, que no por esa razón dejaré aquí de recomendar con entusiasmo, porque está crecido en la historia de la lectura. Enorme. Tanto más me extrañó esa falta, por cuanto Alberto Manguel, ejemplar antólogo del género cuentístico, es un conocedor de la obra de Borges y este era un ferviente quevediano. El poema de Quevedo dice así, muchos de ustedes lo conocen con seguridad. Se titula Desde la Torre. Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos pero adoptos libros juntos, Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan o fecundan mis asuntos, y en músicos callados contrapuntos, al sueño de la vida hablan despierto. Las grandes almas que la muerte ausenta de injurias de los años, vengadora, libra o granda yose, docta la imprenta. En fuga irrevocable huye la hora, pero aquella el mejor cálculo cuenta que la lección y estudios nos mejoran. Siempre me ha llamado la atención el noveno verso, el que habla de esas grandes almas de la muerte del cénito. El verbo que escogió Quevedo como centro desenunciado no es extinguir, aniquilar, u otro cualquiera que signifique la conclusión definitiva de la existencia de esas almas. En Gada, aclara el poeta, que las injurias del tiempo por esa máquina perfecta de perduración y acaso de inmortalidad, la imprenta en cuya operación era un maestro del gran don Josep del undécimo verso, es decir, Giuseppe González de Salas, amigo, editor y confidente de que ve. Las almas se ausentan, es decir, se van de aquí, donde quiera que esto esté, y se sitúan en otro lugar, pero no quedan abolidas. Esas almas son las de los grandes autores leídos por Tevedo en su retiro campestre. Esas grandes almas no han desaparecido entonces, solo se han ausentado, están en otra parte y también aquí, en las páginas de los libros que Tevedo lee en su casita de campo en el poblado llamado Torre de Juan Abad, desde donde le envió sus 14 versos de bronce y fuego con el tema de la lectura a González de Salas. Están en el poema que las invoca, que las convoca, que las reúne en la fragilidad de sus versos y en el poder de sus imágenes. Son las almas o sombras de Séneca, de los poetas y profetas del Antiguo Testamento, de Juvenal y de Virgilio, de Fray Luis de León y del misterioso Francisco de la Torre, poeta de la noche y de los siervos heridos. Pero no es el tema de las grandes almas ausentes, de los grandes autores y filósofos morales, lo que más me interesa en este poema que voy a decir. En los versos del primer cuarteto está para mí el gran tema, el motivo imborrable, inolvidable, el de la comunicación con los muertos. Ahí encuentro ese gran elogio de la lectura del que he hablado antes. En esa doble descripción trascendental y mediúmica de la lectura, escuchar con los ojos a los muertos y ir en conversación con los difuntos, encuentro el hallazgo más llamativo de que veo en este poema. Con esas palabras, el poeta madrileño eleva la lectura con un solo golpe de genio, de mera actividad creativa, educativa o de distracción a la esfera de las actividades espirituales. La lectura nos permite romper el hielo de nuestra soledad viva para acercarnos al fuego de otras almas. Aquí, ahí, veo la unión de Quevedo y de Kafka ante la experiencia de la lectura. Concluyo. Si la lectura consigue esto que dice Francisco de Quevedo, permitirnos la comunicación con los muertos, entonces es, sin duda, como yo lo creo, una de las actividades más prodigiosas imaginables. Que cada quien escoja a los muertos que se han ausentado para conversar con ellos en el ejercicio del arte de la lectura. Al hacerlo, como en el acto de escribir un poema, se habrá consumado un mínimo rito por medio del lenguaje articulado, escrito, leído, el de convocar a los difuntos, y un exorcismo, distraernos de los demonios de la porosa del mundo, ausentarlos, y quiero durante el tiempo que tenemos una página impresa ante los tres. Gracias. Misterioso y claro, quiero citar un verso de la sala, a que tu escape en el instante mismo, en que no hayas alcanzado y la definición mejor. En muchos momentos, durante esta plática, pensaba acomodarle una conclusión. Después me di cuenta del sentido de esta plática, justamente, que vivimos en el lenguaje, y que el lenguaje es siempre un poder genéfico. Estamos, como a la vida en algún momento, recuperando a los muertos, también pariendo a nuestros padres. Estamos siempre tratando de definir algo, estamos siempre en un rito creativo. Me parece que la oportunidad que nos dio David de leer frente a nosotros su propia vida como lector es mucho más amplia que su propia biografía, es mucho más amplia que algunos de los temas que habíamos tocado. en realidad situarnos como decía uno de los poetas que mencionaba como un ejército de ignorantes que combatimos en la noche. Les agradezco y vamos a terminar en este momento la plática y le agradezco mucho a David el hermosísimo viaje lleno de resonancia de su propia vida y de la vida de nuestra lengua y de nuestra cataracta. ¿Estás bien? ...
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
16/11/2004
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF481
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
24
CONDUCTOR
Daniel Goldin, Editor del Fondo de Cultura Económica
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
16/11/2004
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Raúl Maldonado Alvarado
PRODUCCION
María Enriqueta Godoy Mendoza

