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CUID
M-02808
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 24
SINOPSIS_SERIE
Sobre cómo la lectura se configura en el cruce entre experiencia familiar, entorno social y acceso a la cultura escrita y de qué modo las desigualdades, la precariedad y la movilidad condicionan la relación con los libros, así como las tensiones entre lo heredado en el hogar y lo vivido en contextos escolares y comunitarios. Se analizan las posibilidades de que espacios educativos, bibliotecas y proyectos locales compensen ausencias, acompañen procesos de identidad y generen encuentros significativos con la palabra.
EXTRACTO_SERIE
Se destaca la necesidad de crear condiciones materiales y afectivas que permitan a niños y adultos construir una práctica lectora libre, compartida y sostenida, especialmente en contextos de marginación.
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Michéle Petit (Francia)
SINOPSIS_PROGRAMA
El papel de la lectura en contextos de crisis —sociales, emocionales o colectivos— y analiza cómo los relatos pueden sostener, acompañar y ayudar a reconstruir la vida interior de quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad. A partir de reflexiones sobre la relación entre crisis, afectividad y procesos simbólicos, se plantea cómo la lectura abre espacios de sentido, permite elaborar experiencias dolorosas y favorece la continuidad psíquica. El enfoque destaca la lectura como un acto profundamente humano que crea refugios imaginarios, activa la capacidad de narrarse y contribuye a reconfigurar vínculos con uno mismo y con el entorno.
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre cómo la lectura, en tiempos de crisis, ofrece un espacio simbólico que sostiene, acompaña y ayuda a reconstruir la vida interior mediante relatos que generan sentido y fortalecen la resiliencia emocional.
N_PROGRAMA
1
N_TOTAL_PROGRAMAS
16
DURACION_TOTAL
01:02:06:27
PARTICIPANTES
Michéle Petit, antropóloga e investigadora de la lectura
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Michèle Petit
Antropóloga francesa cuyo trabajo se ha centrado durante más de tres décadas en el estudio de la lectura y su papel en la construcción de la subjetividad. Ha investigado prácticas lectoras en zonas rurales, barrios populares y espacios en crisis, así como la función de las bibliotecas públicas frente a procesos de exclusión. Ha desarrollado análisis sobre la lectura en contextos afectados por conflictos armados, pobreza y desplazamientos.
Entre sus obras traducidas al español destacan "Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura", "Lecturas: del espacio íntimo al espacio público" y "El arte de la lectura en tiempos de crisis".
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Hola, sean todos ustedes bienvenidos a esta nueva edición del seminario que todos los años organiza la Feria Unida y Unida de Juvenil. Me toca a mí un honor, una inmensa alegría, de presentar a una amiga, de presentar a una autora, de presentar a una de las personas más importantes en mi propia formación como editor, como doctor, como persona que ha pensado alrededor de estos temas. Michelle es francesa por parte de su adolescencia la pasó en Colombia, por eso habla en español, es tan bonito. Estudió antropología, estudió también sociología, lenguas orientales y psicoanálisis. Es investigadora del Laboratorio de Dinámicas Sociales y Recomposición de los Espacios, del Centro Nacional para la Investigación Científica de la Universidad de París I. Ha trabajado en las diásporas chinas y griegas, y después se concentró en el trabajo en dos vectores, tanto con jóvenes como con población campesita. Ha publicado en español dos libros, que creo que son dos libros muy leídos. Uno es Nuevos Acercamientos a los Jóvenes en la Lectura, y otro es la lectura del espacio íntimo al espacio público, que es de alguna forma un campo que estamos tratando de problematizar en este propio seminario. Como sé que Michelle es una persona que ha sido muy leída y muy querida, creo que no quisiera presentarla simplemente quisiera reflexionar por qué es tan leída y tan querida y me parece que una de las razones más importantes es que Michelle nos da un equilibrio entre esos discursos catastrofistas que dicen que ya nadie lee que se lee poco, que se lee mal y esos discursos optimistas, ingenios y a veces estéril, en donde todo parece ser voluntario, en donde parece que si toda la gente lee mucho, el mundo va a estar salvado. Giselle tiene la rara virtud de hacer evidentes cosas que nadie antes o pocos antes habían puesto en relieve. Y creo que tiene esa virtud y es tan querida por todos porque empezó por donde me parece que es importante empezar, por escuchar a los lectores, por no calificar a los lectores, por hacer preguntas y escuchar a los lectores y ver lo que la lectura efectivamente hizo con ellos. Los lectores a los que ella escuchó son pocos, son todos los lectores, siempre se rescate esa parte particular de la lectura, de la experiencia. Son lectores para los que la lectura les hizo algo, les ayudó a ser más dueños de su vida y me parece que eso es importantísimo. Ojalá que las palabras de Michelle, que ahora inaugura una nueva línea de investigación, como ella lo va a explicar, nos permitan también a nosotros formularnos una pregunta, nuevas preguntas, formularnos nuevas rutas de investigación, y nos permita establecer un equilibrio entre esos discursos catapultistas y un optimismo voluntarista en general para abrirle a muchos otros espacios para la educación. Gracias. Gracias. Gracias, Daniel. Buenos días a todas y a todos. Antes que nada, quisiera agradecer muy afectuosamente a las personas que me han dado esta oportunidad de encontrarme hoy aquí entre ustedes y particularmente a Inelda Martorell, directora de la FILI, a Ana Bustillo, subdirectora de las Ferias en Conaculta, a Cristian Muar, agregado para el libro en la Embajada de Francia en la Ciudad de México y a Daniel Goldín, quien ha apoyado mi trabajo desde años con su confianza y su amistad. Mi gusto es aún mayor, pues ese seminario lleva por título prácticamente el mismo de uno de los libros que publiqué en ese país, gracias a Daniel, y ustedes comprenderán a qué grado me siento honrada e intimidada por ese guiño de ojo que me dirigió. Además, el título de esa primera jornada también aceco a mis investigaciones, pues desde hace algunos meses estoy trabajando en la lectura en espacios en crisis y es de lo que voy a hablarles ahora. Por supuesto, se trata de un tema muy vasto, considerando que en esos tiempos de globalización liberal podríamos decir que el mundo entero es un espacio en crisis. En efecto, una crisis surge cuando los modos de regulación sociales y psíquicos que hasta entonces estaban funcionando se vuelven inadecuados por causa de unos cambios brutales, incluso si se prepararon por mucho tiempo, o por causa de una violencia omnipresente y durable. Y en la época contemporánea, la aceleración de los cambios, el crecimiento de las desigualdades, la amplitud de los desplazamientos de las poblaciones han alterado todos los marcos en los que se desarrollaba la vida, haciendo vulnerables a los hombres, las mujeres, los niños, de manera evidentemente muy variable según los recursos materiales, simbólicos, afectivos con los que contaban. Pero si el malestar en la civilización es ampliamente compartido, si en todas partes procesos segregativos crecientes marginalizan a los más frágiles, evidentemente el hecho de vivir en ciertos países, regiones o barrios expone más a esas violencias o a esos cambios brutales. Cuando todo el lugar en el que vive uno se encuentra afectado por una catástrofe, las alternativas, las posibilidades de escaparse, aunque sea solo en la imaginación, están muy limitadas. Todo se ve bloqueado, sin salida posible, excepto a exiliarse muy lejos. En cada uno, esas crisis despiertan antiguas heridas. Se viven como rupturas, aún más cuando están acompañadas de una separación de los familiares, de la pérdida de la casa en que uno vivía, de los paisajes que uno amaba. Reactivan el miedo al abandono, afectan la autoestima y el sentimiento de continuidad de sí mismo. Perturban la relación con el tiempo, acorralando a un tiempo inmediato, sin proyecto. Provocan a veces una pérdida total de sentido y una inhibición de las funciones mentales. Sin embargo, también pueden estimular la creatividad y la capacidad de inventar, contribuyendo a que se elaboran otros equilibrios, ya que en nuestro psiquismo, como lo dijo René Caez, una crisis libera al mismo tiempo fuerzas de muerte y fuerzas de regeneración. ¿Qué puede hacer la lectura en una época de desconcierto? ¿Puede sostener esas fuerzas de vida? ¿Qué podemos esperar realmente de la lectura sin una vana emisión en espacios en los que la crisis es particularmente intensa, ya sea que estén afectados por guerras o violencias repetidas, por desplazamientos forzados de poblaciones o por degradaciones económicas rápidas? Antes de intentar aportar algunos elementos de respuesta a esa pregunta, quisiera recordar que la idea de que los libros podían hacernos sentir bien es muy antigua, al igual sin duda de la creencia de que los libros pueden ser peligrosos o perjudiciales. A lo largo de la historia, frecuentemente se han observado los poderes reparadores de la lectura. Pensemos en el siglo XX, en el papel que jugaron la poesía y la literatura para tantos deportados en los campos nazis, en la relegación staliniana o en las cárceles argentinas. Recordemos, por ejemplo, a Primo Levi recitando a Dante, a su compañero Piccolo en Auschwitz. Más allá de esas situaciones extremas, la contribución de la lectura a una reconstrucción de sí mismo después de una pena de amor, de un duelo, de una enfermedad, etc., toda pérdida que afecte la imagen de sí mismo y al sentido de la vida, es experiencia común y ha sido descrita por muchos escritores. No tomaré a uno de ellos como ejemplo, sino a un teórico de la literatura, a Marc Soriano, quien dedicó su vida al estudio de los cuentos. Soriano relató un día como Pinocho le había ayudado cuando era niño a sobrevivir a la muerte de su padre y a la muy grave anorexia que posteriormente amenazó su vida. él hubiera, cito, devorado, masticado, engullido y regurgitado a Pinocho. Un libro verdaderamente reparador en el que encontró, cito, al mismo tiempo su crimen y la saludable rebelión que le dio la fuerza de luchar contra un agobiante sentimiento de culpabilidad por la muerte de su padre, un sentimiento que amenazaba con volverse irremediable y fatal. Aquí lo vemos algunas veces, un libro alimenta literalmente la vida. También citaré las palabras de dos periodistas que me encontré al redactar esa conferencia. Lord Adler, directora de una gran estación de radio cultural, explicó al referirse a la muerte de su hijo, si no me suicidé fue porque por casualidad encontré una barrera contra el pacífico de Marguerite Duran. En realidad, creo que hay libros que salvan la vida. Lo que dice también Philippe Lefe, un día hasta me hice un verdadero maletín de primeros auxilios en una maleta real de farmacía en la que puse los pocos libros que me salvaron la vida. Pero se trata aquí de personas que probablemente desde su más tierna edad vivieron entre libros y pagaron su deuda a esos objetos, volviéndose grandes mediadores culturales. La experiencia de Mark Soriano o de Laura Adler puede extenderse a otras categorías sociales, a otras generaciones, a la vivencia de otras pruebas. Puede considerarse para otras partes del mundo en las que el estatuto del libro, aunque también del relato, de la palabra, del silencio, no son los mismos. Para entrar directamente al tema, quisiera compartirles tres experiencias. La primera sucedió en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, en donde una mujer, Mida Rottenberg, un día se ve obligada a dar clase a un grupo de niños judíos originarios de Europa Central, con edades entre 11 y 13 años. Algunos de ellos han nacido en campos de concentración, otros han sido abandonados por sus padres durante la guerra para darles una oportunidad de escapar a los nadres. Sobrevivieron como pudieron, recogidos durante un tiempo por campesinos o deliciosas. Después, tras la guerra, a petición de organizaciones o de sus propias familias, fueron transferidos a Estados Unidos. Son niños con una mirada de piedra que han construido fortalezas para protegerse de los horrores por los que han pasado. Son niños desoleados vivos, violentos, que no tienen confianza en nadie y día tras día repiten, en una lengua o en otra, que quieren volver, encontrar su tierra de origen. Cito a Miradopendor. Yo debería enseñarles historia, lectura, escritura aritmética. Yo debería civilizarles, hacerlos aceptables a los ojos de los Estados Unidos. Era un chiste amargo y cruel. No aprendían nada. Luego, un día, aprovechando un sosiego en sus arranques de odio, les hablé de los indios de América. Les conté cómo esos hombres a los que les perteneció el país habían llegado a ser refugiados en su propio territorio, del cual los habían después seguido. Encontré un libro de poemas de indios que hablaban de la tierra que amaban, De los animales con los que ellos vivieron, de su fuerza, de su amor, de su odio y de su orgullo y de su libertad. Los niños reaccionaron. Algo se había movido en ellos. Los indios debían experimentar por América lo que ellos mismos sentían por su país de origen. Todos los convertimos en indios. Quitamos los muebles del medio del salón, instalamos cartas y pintamos un río sobre el suelo. construimos unas canoas, unos animales de tamaño natural en papier maché, los niños comenzaron lentamente a liberarse de sus caparaceros. Aquí vemos que incluso los más golpeados, una narración, una metáfora poética, pueden ofrecer un eco de su propia situación bajo una forma transpuesta, un eco de lo que pasa en el mismo mismo, en las regiones de uno que no pueden ser nombradas. Y eso es abrir un espacio, evitar enloquecer de dolor, suscitar un movimiento psíquico. Permitir en ese caso, al filo de las semanas siguientes, hablar de los indios en que ellos mismos se han transformado. Aprender a coger o hacer cerámica, leer poemas o escribirlos. Incluso estudiar la historia y la cultura de los indios y compararlas a las de su país de origen. o tomar el metro para visitar un parque en pos de las antiguas pistas de los indios, pasar tiempo en grutas y aprender geografía para localizar dónde estaban, matemáticas para evaluar distancia, etc. Hoy en día, en estos tiempos en los que el audiovisual ha conquistado un lugar tan importante, ¿todavía sería posible la experiencia de Mira Rottenberg? Al parecer, sí. 50 años después de Mirarothenberg, en una provincia de Francia, otra mujer, Claire Gaville, cuenta un cuento a unos niños cuyo imaginario es muy limitado, a causa de las dificultades, tanto sociales como psíquicas, de quienes los educaron. No pudieron contar con una psicoterapia porque sus padres se mostraron reacios y lo único que podrían considerar era una reeducación. Durante el taller de cuentos, esos padres se encuentran presentes, al igual que una psicoterapeuta, alma y romana, quien interviene de vez en cuando. Después del cuento, los niños pueden salir a jugar, dibujar y pintar con toda libertad, en la pieza de junto, mientras que los padres hablan con la terapeuta. Elia es quien relata la experiencia. Observa que la voz de la narradora y sus entonaciones construyen el espacio, acompasan el tiempo. Y que su mirada, cito, al encontrarse con la mirada de los niños y de los padres, teje una red de intercambios que pueden observarse entre madre e hijo durante los primeros meses de la vida. Intercambios que cruelmente hicieron falta a los niños del grupo y sin duda a sus madres en su propia infancia. Y narra el taller, cito. El invierno es duro, la nieve cubre los campos y las casas, el pobre leñador parte al bosque, etc. A partir de esas historias que fueron sucediendo al transcurrir del tiempo, al transcurrir de las sesiones, los padres se atreven a asociar fragmentos de su propia historia y, posteriormente, diensos completos de su pasado. La señora S. nos cuenta un poco de la vida de su abuela en su país. las cargas de leña en el bosque, una carga en la espalda y un niño en cada mano. Más tarde, la narradora interpreta una canción con el acento del idioma de la señora S, quien la escucha con una gran emoción. Después de eso, él ya contará, con un tono inhabitualmente alegre, las veladas al lado de la chimenea durante las cuales su abuelo les contaba cuentos. Es cierto, las condiciones de vida difíciles hicieron que sus padres inmigraran a Francia, pero Elia pudo recordar placeres de su infancia y hacer de su historia personal traumática desde muchos puntos de vista una historia que Elia puede contar a su hija y a nosotros. De manera progresiva, Elia va relajándose y su actitud hipercontroladora y desvalorizante con su hija Sabrina va cambiando para volverse más tolerante y más alentadora. Sabrina, quien, según su madre, no tiene memoria, comienza a acordarse de los cuentos. Observamos con la narradora que su mirada, vaga y ensombrecida, se vuelve luminosa y chispeante. Sabrina comienza a tomar la palabra, pronto empieza a leer y a interesarse por la escuela, lo que observan sus maestros. Claro está, no es por arte de magia, se necesita tiempo, la fuerza de los cuentos y el arte de la narradora, alternándose con el de la psicoterapeuta, pero, como él ya dice, se ha construido un espacio, un espacio para pensar, un espacio para soñar de madre a hijo. Un lugar en el que las palabras y lo que surge del fondo de uno mismo van a poder unirse. Ahora vamos más cerca de aquí, a Colombia, en donde Beatriz Elena Dobredo también leyó cuentos a adolescentes, varones y niñas, dentro del marco de un programa intitulado Escojo la Palabra, desarrollado por el CERLAC y coordinado por Marina Valencia. Enrolados en el conflicto armado que atraviesa su país con la guerrilla o con los paramilitares, esos adolescentes han visto morir allegados o han matado a sus enemigos, a menudo en combates cuerpo a cuerpo. Luego fueron aprisionados o se nirieron o fueron abandonados por sus grupos armados porque estaban enfermos. En la residencia piloto en la que se encuentran editadores, psicólogos, asistentes sociales, artistas, intentan que vuelvan a encontrar su infancia perdida para que puedan a continuación proyectarse en un futuro. Cito a Beatriz. Estábamos contando mitos y leyendas ante un mapa de Colombia que tenía ubicados los diferentes grupos indígenas que pueblan nuestro país. Nunca imaginamos que un mapa pudiera significar tanto. Verlo, tenerlo ahí presente mientras escuchaban los cuentos y las leyendas, les fue configurando sus propias historias, pero también su propia geografía. A medida que leíamos y señalábamos la procedencia del mito o de la leyenda, ellos iban recordando lugares, ríos y pueblos por los que habían pasado. De pronto, como un abracadabra, al hablar de la Llorona, de la Madremonte, el Moano, la palabra de esos jóvenes, reprimida hacía tantos años por la guerra, reemplazada por el ruido sordo de los fusiles, empezó a fluir y comenzaron a contar. Beatriz Robledo comenta, una biblioteca o una colección de libros tiene mucho que hacer en una población marginada, muchísimo más que brindar información o apoyar la educación formal. Para ciudadanos en condiciones medianamente normales de desarrollo, un libro puede ser una puerta más que se abre. En cambio, para aquellos que por circunstancias de la vida han sido despojados de sus derechos fundamentales o de sus mínimas condiciones humanas, un libro es quizás la única puerta que puede permitirles atravesar el umbral y saltar al otro lado. Julio, uno de los adolescentes presentes al que nunca se le había oído la voz, de un momento a otro se puso de pie tras haber escuchado una leyenda, apuntó en el mapa la región que había recorrido y habló como no lo había hecho desde hace años, comenzando a recordar los mitos escuchados en su infancia y después a contar su propia historia, a encontrar un vínculo en lo más profundo de él mismo y otros que siguieron. Hoy en día, en diferentes puntos del mundo, se están implementando programas como este, en espacios en crisis. Muchos profesionales, bibliotecarios, docentes, trabajadores sociales o humanitarios, psicólogos, artistas, escritores, aunque también militantes y o benévolos, recurren a la lectura, que habitualmente se asocia a otras actividades culturales, para ayudar a los niños, los adolescentes y los adultos para que se construyan o se reconstruyan y también algunas veces para apoyar procesos de adquisición de la lectura y de la escritura. Y es probable que una parte de ustedes podrían enseñarnos mucho al respecto. Puesto que la mayoría de las veces esas experiencias circulan mal y permanecen ignoradas o desconocidas, no solo en Europa, en donde la presunción etnocéntrica prohíbe pensar en lo que se ganaría al aprender lo que está intentándose en otras partes del mundo, aunque también a veces a unas cuantas decenas de kilómetros de los lugares en los que se efectúan. Si bien algunas de esas experiencias se han pensado apoyándose en una conceptualización sabia, Otras se han iniciado a partir de un conocimiento más intuitivo, lo que no quiere decir que su eficacia sea menor, sino que los discursos que dan sus protagonistas no siempre rinden cuenta de la complejidad de los procesos que se están realizando. Se pueden explicitar esos procesos reparadores de la lectura con la finalidad de aclarar los beneficios que pueden esperarse de él ya, al igual que los límites, los bloqueos, la eventual parte de ilusión o de riesgo que incluyen esas iniciativas. Podemos precisar las condiciones propicias para su implementación y definir el papel de los mediadores, sumarían de maniobra las colaboraciones que supone el éxito de tales programas. Para aportar elementos de respuesta a esas preguntas, estoy reuniendo actualmente materiales sobre experiencias de ese tipo vividas en diferentes partes del mundo, principalmente en América Latina. Por cierto, me interesará mucho escucharles en esos días. No hago más que iniciar esa iniciación, pero tampoco soy totalmente novata, puesto que es una prolongación de mi trabajo anterior y particularmente de los estudios que he realizado en espacios rurales o en varios urbanos relegados. y me sentí muy impresionada por el hecho de que aquellos o aquellas a quienes encontraba mencionaban ampliamente y de manera espontánea y detallada la importancia que había tenido la lectura en la construcción de sí mismo, en la elaboración de sentido y todo eso, incluso si ellos solo leían de vez en cuando. Al basarme en el análisis de sus experiencias singulares, intenté desprender algunas hipótesis o líneas de investigación en cuanto a la contribución de la lectura en espacios en crisis. Mencionaré tres de ellas que me parecen esenciales. La primera es que todo parte de situaciones de intersubjectividad gratificante que el colegio, el instituto, la biblioteca, un centro cultural, una asociación, hacen posible. Todo parte de encuentros personalizados, de una acogida, de hospitalidad. A partir de ahí, y es el segundo aspecto que trataré, lecturas abren sobre un lugar lejano y tiempos de ensueño que permiten construir un país interior, un espacio psíquico y sostener un proceso de autonomización, la constitución de una posición del sujeto. Pero también es un relato interno lo que la lectura hace posible. Y ese es el tercer elemento que desarrollaré. Leer permite desencadenar una actividad narrativa y lanzar puentes entre los eslabones de una historia y, a veces, entre universos culturales diferentes. Aún más cuando esa lectura procura no un calco de la experiencia propia, sino una metáfora en la que el cuerpo está tocado. Tres elementos que los distingo y separo por las necesidades del análisis, pero que están entrelazados y forman una sola y única experiencia, según los testimonios de chicos y chicas de diferentes orígenes sociales y culturales que han practicado la lectura de manera individual o que se refieren a lecturas en grupo. Una misma experiencia que, sin embargo, supone una condición que el texto leído haya pasado por una verdadera apropiación que no haya sido percibido como algo impuesto sobre lo cual tendrán que rendir cuentas. Todo comienza por encuentros personalizados, decía yo. Escuchemos a Zora, una joven que me había encontrado en un barrio relegado, cito. Yo estaba muy unida a los profesores de manera individual. Es decir, que adoraba a la maestra. Le escribía tarjetas postales que nunca le enviaba. Quería mucho a los maestros porque transmitían cosas, estaban allí. Eran personas sensatas que razonaban, que comprendían, mientras que mis padres no comprendían. Eran adultos diferentes a los que me rodeaban. Me dieron una fuerza. Después de todo, había algo más. Había otras personas, aparte de los padres, de la vida tradicional en familia. Me ayudaban a abrirme hacia el exterior, al igual que las bibliotecarias. Eran otros adultos que no me consideraban una bebé o una niña que está para hacer los quehaceres. O escuchemos a esa joven, saber que hay alguien ahí que me escucha. El hecho de tener un sitio en la biblioteca. Te dan los buenos días, te llaman por tu nombre, todo va bien, todo va bien. Con eso es suficiente, se nos reconoce, tenemos un lugar, estamos como en casa. Para niños estigmatizados a uno u otro título porque son pobres o refugiados, porque forman parte de un grupo dominado y más aún si perdieron una parte de aquellos que cuidaban de ellos, comprendemos la importancia que tiene esa hospitalidad, el ser reconocido en su singularidad, el ser llamado por su nombre, escuchado, y además hecho eso por alguien que es diferente a sus semejantes, que es del otro mundo y que considera al niño con otra mirada, como decía Sora. Pero también hay otro asunto. Escuchemos a Samir hablar de una bibliotecaria que le aconsejaba en su infancia. Elia conocía mis gustos. Al principio me atraía algo, pero Elia sentía que no era mi gusto principal y yo no lo sabía. Y me aconsejó otros libros. Yo pensé, no tiene nada que ver con lo que yo quería, pero luego me gustaba. Y cada vez Elia me daba algo diferente y siempre me gustaba. Maliká lo señala casi igual, ¿cierto? Mi mejor recuerdo era Philip, el bibliotecario. Tengo la impresión de que realmente éramos amigos. Siempre sabía todo, los libros que me gustaría. Sabía qué tipo de libro le gustaría a tal o cual persona. Maliká, como Samir, se ha sentido acogida por alguien que parecía disponer de un conocimiento sobre Elia que Elia aún no poseía. Pues esos álbumes que el bibliotecario compartía con Elia, esas pequeñas historias que le leía o aconsejaba, la concernían por completo. Esos libros sabían mucho de sus deseos, de sus miedos, sabían de zonas de Elia misma que no había explorado o sabido expresar. expresar. Claro está, se trata de una experiencia que no es propia de niños que viven en contextos de crisis. A lo largo de la vida buscamos los balones que nos devuelven, que nos permitirán discernir mejor lo que hay a nuestro alrededor y aún más lo que ocurre en nosotros mismos, de manera indecible. Necesitamos al otro para revelar nuestra propia fotografía, por tomar una imagen de Proust del tiempo recuperado, evocando esos innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha desarrollado. Los primeros valores que se devuelven al niño son fundamentales, pues de ellos van a depender en gran medida su desarrollo. Todos los especialistas de la infancia reconocen el papel determinante del intercambio precoz de la madre o la persona que la sustituya con su bebé al regular la actividad psíquica del niño. La importancia de esos momentos en los que Elia se dedica en su compañía a un uso lúdico, gratuito, poético del lenguaje, al cantarle una cancioncita o a contarle un cuentito, sin otro objetivo que el placer compartido de los sonidos y de las palabras. También la importancia de esos instantes en los que el bebé extiende el dedo para señalar a un ave y en los que el adulto le dice, sí, has visto pasar un precioso pájaro blanco por el cielo, anticipando los procesos de relación del pensamiento y del lenguaje que todavía no están más que bosquejados en el mundo. De una manera cercana, los libros anticipan, devuelven un eco en forma articulada y estética de lo aún inefable. A lo largo de la vida, solo cantamos en eco a las melodías escuchadas, solo pensamos en respuesta a algo que nos lanzan nosotros, aún más cuando suponemos que saben cosas, que conocen un secreto al que no tenemos acceso. Sin el otro no hay sujeto. Dicho de esa manera, el gesto de compartir, el intercambio, la relación, son la base misma de la cultura. constituyen el inicio mismo de la interioridad, que no es un pozo donde buceamos, sino algo que se constituye entre dos, a partir de un movimiento hacia el otro. Constituyen el principio mismo de la identidad, si es que hay identidad, cosa que podría discutirse, que se crea tanto en un movimiento centrífugo como centrípedo, en un impulso hacia el otro, un salir de sí, una curiosidad, una envidia también, a veces feroz, cuando queremos apropiarnos de algo del otro, algo que no tendríamos, y esa es la causa de numerosas rivalidades y racismos, pero también de unos descubrimientos científicos o de obras de arte. En la búsqueda de sentido lo robamos donde podemos, buscamos en los bolsillos de los otros y chapuceamos a partir de frases oídas en el autobús, en la calle, pero también a partir de lo que nos encontramos en esos conservatorios de sentido propios de las sociedades donde vivimos, que son los mitos, los cuentos, las leyendas, las creencias, la literatura, las ciencias, las bibliotecas. Y esos profesionales de la observación, que son los escritores, que hablan de lo más profundo de la experiencia humana desempolvando el idioma, tienen aquí un papel esencial. Gracias a aquelio de los que nos apropiamos, transformamos lo extraño, lo inquietante, en habitable. Un poco de orden sustituye al caos, y al hacerlo nos sentimos conectados a los otros, a quienes descubrimos compartiendo las mismas emociones, las mismas ansiedades. Todo ser humano necesita, de manera vital, tener a su disposición lugares en los que pueda asirse de mediaciones ficticias y simbólicas, de hogares prestados en términos de presidencia. Puesto que eso también está en cuestión, sobre todo cuando la vida ha estado marcada por catástrofes, rupturas, separaciones, exilios. Escuchemos a Arida, quien ha pasado su infancia en un barrio marginado, hablar de las historias que el bibliotecario le leía cuando era pequeño. Es algo parecido al encuentro. No me dijeron, haz eso y haz aquello, sino que me mostraron algo, me hicieron entrar en un mundo, me abrieron una puerta, una posibilidad, una alternativa entre miles tal vez, una manera de ver el mundo que no es necesariamente la que hay que seguir, que no es necesariamente la mía, pero que van a cambiar porque habrá tal vez otras puertas. Para mí, un libro es un cuadro, es un universo, un espacio en el que se puede evolucionar, en el que se puede entrar. Un libro es eso, es una puerta que se abre y se ve algo. Sí, lo que está en juego es, en efecto, la construcción de un espacio en el que se puede evolucionar, como dice herida, continua. espacio muy próximo de lo que desde Winnicott conocemos como el espacio transicional, noción probablemente familiar a una parte de ustedes. Para los demás, abro aquí un paréntesis para que podamos entender mejor la naturaleza y la importancia de ese espacio al que puede introducir la lectura cuando nos entregamos sin demasiadas obligaciones. Pero también quisiera remitirles al libro tan bello de Graciela Montes, La frontera indómita, en el que Graciela nos habla de esa especie de zona oblicua, esa ronda, ese círculo mágico, esa rayuela donde se construye infatigablemente todo lo nuevo. Para Winnicott, el espacio transicional designa un área de juego que se inaugura entre el niño y su madre si el niño se siente en confianza. Se forman esos momentos en los que el niño se agarra de objetos que le proponen, en los que, por ejemplo, repite la cancioncita que su madre le canta o el cuentito que le cuenta, ese algo que viene del interior de la madre, que expresa su voz, pero que el niño también considera como de su propiedad. Fortalecido con las sílabas o con la melodía incorporada que lo protegen, El niño se lanza, algo lo empuja desde su cuerpo, va y viene, elabora su capacidad de estar solo, construye el espacio del secreto, de un pensamiento independiente. La canción cita, la rima o la historia reestablecen una especie de continuidad y permiten sobrellevar la angustia de la separación. De esa forma, el niño pasa del estado de unión con su madre al estado en el que se relaciona con ella, en el que puede aceptar la separación e incluso beneficiarse de ella. A partir de ese momento, algo se les va de las manos a los adultos, con esos primeros trazos de una interioridad, de una subjetividad, de una capacidad para simbolizar y entrar en relación con nosotros más allá de la unión primera, más allá de los brazos maternos. En el lugar mismo en el que se lleva a cabo la separación, se abre el campo de la simbolización del juego, después del arte y en particular de la literatura. Gracias al espacio transicional, la actividad psíquica y el juego, y después la actividad psíquica y la cultura, el arte, el humor, van a sostenerse y a fecundarse recíprocamente. A lo largo de la vida, ese espacio psíquico, que se construyó también con el cuerpo, Es indispensable para los humanos para vivir de manera un tanto creativa y con una relativa buena salud psíquica. Para estar en condiciones de establecer lazos tanto con el mundo interior como con el mundo exterior, para que uno y otro puedan sintonizar y reconciliarse. Resulta de importancia crucial en las situaciones que nos interesan esa mañana. Sobrepasar una crisis ya supone la recreación de un área transicional de una u otra manera para volver a encontrar su facultad para jugar, simbolizar, aprender, pensar y crear. Puesto que lo que observan los psicoanalistas y los psicólogos es que en los contextos de crisis, el espacio del juego, del ensueño, los tiempos de intercambios gratuitos, lo imaginario, disminuyen. Al sentirse amenazados por el exterior, ciertos miembros de la familia la convierten en fortaleza. Otros han vivido catástrofes. La madre no ha podido cantar, reír, jugar, hablar gratuitamente con sus hijos. O la dimensión de lo útil prima durante cada momento de la vida. No hay relación lúdica con los objetos ni el lenguaje. Sin embargo, un tercero, una persona ajena, puede en ciertas condiciones proponer objetos culturales permiten abrir un margen de maniobra. Narraciones, poemas, mitos, transmitidos por un mediador, contados por una voz que protege, son a veces el modo de abrir un espacio de ensueño, de fantasía. Eso lo saben mejor que yo los psicoterapeutas que trabajan en contextos de crisis. Frecuentemente, con el soporte de cuentos o mitos, buscan precisamente elaborar la transicionalidad. Pero esa creación o recreación de tal espacio no pertenece solo al ámbito de las familias o de los psicólogos. El trabajo de los mediadores culturales puede aportar mucho, y eso es lo que, al parecer, conocen de manera intuitiva o sabia, Mida Rottenberg o Beatriz Robledo, que yo mencionaba hace un momento cuando leen poemas o leyendas a los adolescentes que están a su cargo. Más allá, a cualquier edad con tales mediaciones, lo que la lectura hace posible es la apertura de un espacio donde las relaciones se sosiegan gracias a la presencia y al uso de objetos culturales. La apertura de un lugar donde cada uno se relaciona con nosotros por una multiplicidad de lazos, pero donde desarrolla un sueño propio, elabora un espacio íntimo, secreto, a partir del cual se concibe como separado, diferente a lo que le rodea, capaz de un pensamiento independiente. Por esa vía se esboza un despliegue de los posibles. Por consiguiente, no se trata solo de una huida, como dicen a menudo de manera un tanto despreciativa, como si fuera más honorable abandonarse enteramente a su dolor. Es una verdadera apertura a un espacio en el cual se hace posible la ensoniación y por consiguiente el pensamiento, el recuerdo, la imaginación de un futuro. En contextos violentos, una parte de sí mismo ya no será rehén, una parte de sí mismo se escapará de la ley del lugar o de los conflictos cotidianos, como sucedió para Alice, que se echaba a volar leyendo historias de aviadores. No me contaban cuentos. De hecho, cuentos, lo que yo entendía eran las disputas cotidianas entre mis padres. La escuela y los libros eran la calma, la serenidad, la orden que contrastaba con lo que pasaba en la casa. Un remanso de paz donde yo existía. Leí todo Saint-Exupéry o la biografía de Mermors. En cuanto me encontraba un héroe, ya no podía escaparse. Él entraba en mi mundo y yo entraba en el suyo. O para Louis Calafert, un hijo de inmigrantes italianos que se convirtió en escritor después de haber crecido en un barrio marginado de una ciudad francesa en donde reinaba una muy grande violencia. Un ghetto en el que no se comía todos los días, en el que se era pobre hasta en las sonrisas, dice, en el que lo que predominaba en materia de lenguaje eran la injuria y la grosería, en donde la bebida era la hostia del pobre, en donde se hacía el amor sobre un montón de carbón o en vagones oxidados en total promiscuidad, en donde todo se arreglaba a puñetazos o a cuchilladas. Hasta que un día encontró a un maestro de escuela que toma a los niños en serio, que a veces lo lleva a pasear a través de la ciudad fuera de ese barrio y que le presta un viejo libro que escribió un sacerdote que colgó los hábitos. En los años siguientes, y habiéndose convertido en un maniobrista de fábrica, es en una ferretería donde Luis Galapert descubre un casiero con libros usados entre cubetas salpicadas. Gracias al recuerdo de tal o cual pasaje de esos libros, logra aguantar, soportar todo el día los enojos de su jefe de taller sin replicar su pena de que le encargaran tareas peores. Cite. Yo me ponía a batir las alas por encima del parque zoológico con una caja de pernos nuevos en la espalda o con la bomba de engrasado en la mano derecha. Yo no sé por qué proceso de proyección me sentía metamortizado, sin tener nada en común con toda esa miseria, con toda esa flojeda mantenida, mórbida. El hecho de que haya sido mezclado a todo eso ya no era, según yo, más que un accidente por fruto. Si hablo tanto de los libros es porque propiciaron en mí una especie de sistema de autodefensa con respecto a mi condición. Maniobrista en la fábrica, ese futuro no me prometía nada que valiera la pena y sentía miedo. La lectura contribuía a templar en lo más profundo de mi ser esa ansiedad por la que sufrí tanto tiempo por no ser más que un fracasado. Los libros le permitieron, dice, bailar a otro ritmo. Los libros me dieron confianza, un sentimiento tan indefinible. Representaban una fuerza segura, un auxilio permanente, un libro siempre receptivo. A la primera lectura se dejó una marca, en tal cual página, la esquina doblada, es el pasaje que respondía a una preocupación, a una duda. El diálogo es y en ininterrumpido, tan vasto puesto que podemos agregar todo lo que uno quiera. Alice devoraba biografías de aviadores, Calafer batía las alas o bailaba a otro ritmo. Metáforas como esas, que hablan de un despegue o de un movimiento ascendente eufórico, son frecuentes cuando los lectores que han vivido dentro de contextos violentos evocan sus recuerdos de lectura. Al escucharlo se entiende que el cuerpo es tocado. El tema del despegue está asociado al de una fuerza que está como depositada en el libro y de la que el lector puede abrevar. Y es que en el texto encuentra la huella del trabajo psíquico y literario realizado por un escritor que se ha mantenido lo más cerca de su propio cuerpo, de sus pulsiones, de las experiencias sensibles que ha vuelto a encontrar, es de su placer de haber podido darle una forma simbolizada. En eco, el texto despertará en ciertos lectores, no solamente de pensamientos, sino incluso emociones, potencialidades de acción, una comunicación más libre entre cuerpo y espíritu. y la energía liberada, recuperada, apropiada, dada en ocasiones la fuerza para pasar a otra cosa, para salir de ahí en donde el lector se encuentra inmovilizado. En lo que dice Calafert, podemos entender también hasta qué punto la imagen de sí mismo puede modificarse, desprenderse del entorno de sus componentes mortíferas gracias a una lectura. Y de una manera más amplia podemos afilatar el valor que una lectura puede tener en situaciones en las que nos sentimos muy deteriorados, en las que se despiertan angustias y fantasmas arcaicos, como puede ser el caso en el hospital, por ejemplo. A veces nos llega la idea de que si la historia que leemos o la imagen que contemplamos es bella, quizás también el interior de nosotros mismos es bello. Aquí los libros son como tantas miradas benévolas que a veces nos recuerdan de manera inconsciente los rostros de aquellas o aquellos que se inclinaban hacia el niño que fuimos para protegerlo. Y como lo dicen Calafec o Alice a quienes citaba, esos libros son siempre deceptivos, siempre dispuestos. Los héroes ya no pueden escaparse y el poder contar permanentemente con ese recurso posible ayuda a mantener o a recuperar el sentimiento de su propia continuidad y su capacidad de establecer lazos con el mundo. Los textos leídos van a ser además propicios a otra cosa, a ese diálogo ininterrungido que mencionaba Calacer, y es el tercer aspecto que yo deseaba desarrollar. van a ayudar a construir sentido, a dar forma a la experiencia, y en particular a elaborar una especie de narración interior que juega un papel esencial en la construcción o la reconstrucción de sí mismo, un relato que siempre hay que retomar, recomponer. En todas las sociedades existen mitos, cuentos, teatro, leyendas, poesías, etc. y personas cuyo trabajo consiste en construir sentido de forma condensada y estética, manteniéndose un poco al margen. En todas las culturas existen relatos, narraciones que unen sucesos entre ellos, instauran una continuidad en una historia puesta en escena, en orden, en perspectiva. Ray Bradbury dice de los libros que cosen las piezas y los pedazos del universo para hacernos con ellos una vestimenta. Cuando yo escuchaba a esos adolescentes o a esos adultos contándome sus descubrimientos en los libros, me venía a la cabeza la imagen de un tejido progresivo que habían ido confeccionando con la ayuda de una historia, de un cuento, de dos frases extraídas de un libro o de una canción. Esos materiales, cocidos, esas unidades de sentido puestas en relación, en coherencia, les habían ayudado a edificar su casa interior en refección constante. Me han hecho comprender que si estamos habitados por muchas pequeñas historias, es más fácil pensar la propia historia, emplazarla en un conflicto y pensar el lugar propio en espacios ampliados. Me hicieron comprender también que la dificultad por representarse el pasado puede impedir proyectarse en el futuro. Por ejemplo, más que de una pérdida de tradiciones, una parte de los hijos de migrantes que encontraba sufrían de un pasado violento imposible de expresar con palabras, imposible de socializar, de compartir, porque contenía capítulos censurados. Pienso aquí en una joven que durante un tiempo había estado obnubilada, cautivada por episodios marcados de crueldad, de misterio que había vivido su padre durante la guerra de Argelia. Al encontrar respuestas a sus preguntas, gracias a un libro de historia, un testimonio, una novela, Elia había podido pensar la vida de sus padres en una historia más larga, distanciarse de ese pasado doloroso y tomar parte más activamente en la historia del país en el que Elia vivía, comprometiéndose en actividades asociativas en el militantismo político. y había conjugado en él ya universos culturales que tanto habían guerreado en el transcurso de los siglos. Por días frecuentemente insólitas, leer a veces permitía a los que encontraba desenredar en sí mismo lo que se encontraba anudado y reunir los fragmentos de una historia, construir puentes entre episodios, dar un poco de continuidad y coherencia a un recorrido. Insertarse en una historia, pero llevando a cabo saltos, mutaciones con respecto a lo que habían vivido sus antepasados. Distanciarse de los lugares prescritos, de las asignaciones sociales, comunitarias, familiares, territoriales y, a fin de cuentas, asciarse de una cultura a priori extranjera, la de la ciudad o del país delegada, más que representársela como un dominio arrogante y hostil. Aún cuando se practique de vez en cuando, la lectura pone en movimiento al pensamiento, relanza una actividad de simbolización, de construcción de sentido. Un texto leído es la oportunidad de recomponer las representaciones que uno tiene de su historia, de su mundo interior, de su vínculo con el mundo exterior. Lo que podemos comprobar en las experiencias que he mencionado al inicio de mi exposición, pensemos en aquella mujer que después de haber escuchado un cuento, recuerda a su abuela con su carga de leña en la espalda y un niño en cada mano. Al recuperar un lazo con las generaciones anteriores del mismo movimiento, él lea a su hija de otra manera. O pensemos en ese joven colombiano que sale del silencio, que recuerda los mitos de su región de origen y después hace el bosquejo de su propia vida. Muchos investigadores en diferentes disciplinas o escritores han observado que la necesidad de unir sucesos en una historia, la necesidad de relatos quizás hacia nuestra especificidad humana. Vladimir Propp decía del relato que este representaba una tentativa de hacer cara a todo lo que es inesperado o desgraciado en nuestra experiencia humana. Jerome Brunner, uno de los pioneros de las ciencias cognitivas, hacía notar que, cito, al parecer desde el principio de la vida tenemos una especie de predisposición al relato. Y Pascal Quiñá, cito, somos una especie sujeta al relato. Nuestra especie parece estar atada a la necesidad de una regurgitación lingüística de su experiencia. Esa necesidad del relato es particularmente intensa en ciertos momentos de la existencia individual o colectiva, por ejemplo, cuando hay depresión o crisis. En ese caso, el relato proporciona un recurso casi único. De hecho, en contextos de crisis individual o colectiva, los que analizaron los factores que van en el sentido de una reconstrucción de sí mismo encontraron dos elementos esenciales, el lazo con los demás y la posibilidad de hacer un relato a partir de su historia, de darle un sentido, una coherencia, de expresar de otra manera sus emociones y compartirlas, de ilbanar una narración a partir de experiencias descocidas. Como lo dice Alejandro Rojas Urrego, un psicoanalista colombiano, cito, por supuesto siempre habrá vivencias que se quedarán sin traducción posible, pero el intento de ponerlas en relato, de hacer de ellas no una serie de cascajos, sino un testimonio capaz de otorgarle un sentido, seguramente es en tales condiciones la única alternativa posible, la única apertura hacia la vida. Sin embargo, si muchos enfatizan la contribución del relato cuando hay crisis, se cuestionan menos los dispositivos y condiciones propicias para su surtimiento o su desigual eficacia. Ahora bien, una narración de sí mismo no siempre tiene un efecto benéfico y no siempre es fácil ni siquiera posible. Después de un suceso doloroso, evitar o incluso negar lo que se le relaciona a veces impide toda elaboración de un relato. Y para desencadenar una actividad narrativa, algunos psicoterapeutas recurren precisamente a un cuento, a un proverbio. Al respecto, la contribución de la lectura y más ampliamente de las prácticas culturales a ese relato de sí mismo sigue estando poco explorada. No obstante, en diferentes lugares, algunos mediadores culturales dicen haber podido relanzar una palabra ahí donde los psicólogos no la habían logrado gracias a una lectura. Pero el mediador está ahí en una posición muy delicada. ¿Hasta dónde puede él? ¿Hasta dónde puede él ya? Pues son mujeres, generalmente, hacerse depositario de las palabras de los otros, de las emociones, de los pensamientos que una lectura va a desencadenar, de las expectativas de los dramas relatados. Un mediador cultural no puede sustituir a un profesional de sufrimiento psíquico, y si sus funciones están muy delimitadas en ciertos casos, en otros es menos evidente. A veces algunos parecen desbordados por los que se ha desencadenado al no sentirse con los medios para hacerle frente, Y probablemente aquí es donde requieren relevos de colaboración. Por otra parte, claro está que no se trata de ser inclusivo, de presionar para que se exerce quien no lo desea o quienes no puede hacerlo. No se trata de transformar grupos de lecturas en psicodramas o en sesiones de concesiones públicas, sino de crear un clima de atención benévola y discreta en donde la palabra sea posible, respetando ciertas reglas, pero también en donde el diálogo quizás sea sobre todo interior. Además, es útil definir el estatuto de la palabra y del silencio en tal grupo cultural o en tal categoría social. Sin duda es universal la necesidad de sentido de relatos, de darle forma a su experiencia, pero en cada contexto tenemos que estar atentos no solo a las representaciones de lo escrito, del libro, a los temores que bloquean su acceso, sino también a las formas de la narrativa, a las relaciones entre oral y escrito, al estatuto de la palabra y del silencio. Pienso en una charla en la que Juan Rulfo habla del silencio que me señaló Elsa Ramírez el año pasado. Mi abuela no hablaba con nadie. Esta costumbre de hablar es del Distrito Federal, no del campo. En mi casa no hablábamos. Nadie hablaba con nadie. Ni yo con Clara, ni Elia conmigo, ni mis hijos tampoco. Nadie habla. Eso no se usa. Además, yo no quiero comunicarme. Lo que quiero es explicarme lo que sucede y todos los días dialogo conmigo mismo mientras cruzo las calles para ir a pie al Instituto Nacional Indigenista. Voy dialogando conmigo mismo para desahogarme. Hablo solo. No me gusta hablar con nadie. Y al leerla me acordé que Eva Janovitz me había dicho que estaba sorprendida del silencio que reinaba en ciertas comunidades indígenas a las que había asistido. Pero se trata de un silencio provocado por una molestia antes que viene la ciudad, a un amordazamiento de la expresión de los afectos, aparte de grandes liberaciones regulares, a una censura sobre tiempos traumatizantes de la historia, a la preferencia que se da a otros modos de simbolización, de expresión de sí mismo, mediante vías no verbales o incluso. Se trata del silencio de los que no aprendieron el lenguaje de la subjetividad porque viven en comunidades que hasta una época reciente no conocían más que el nosotros y donde el yo no tenía derecho de expresión. Al difundir la lectura, es probable que contribuyamos a esa individualización de las sociedades, que por mi parte no me preocupa, porque no hay que confundirla con el ascenso de un individualismo cínico, del que no considero que sea omnipresente. En muchos lugares encuentro mujeres y hombres que se emplean, a veces de manera benévola, o en todo caso sin escatimar sus fuerzas, en hacer uso de su inteligencia y su imaginación para hacer que existan espacios que permitan un despliegue de las posibilidades, una apertura, una respiración, a pesar de las adversidades y de las opresiones. Los veo muy preocupados por el bien común, pero atentos también a que cada quien pueda encontrar lugar y expresarse en su singularidad. Me parece que están trabajando en pro de un pasaje a otras maneras de elaborar una sociedad, menos comunitarias, pero no menos solidarias, y en donde cada uno tendría más voz en el capítulo, tanto en la casa como en el espacio público. you
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
15/11/2004
FECHA_INGRESO_ENTREGA
18/11/2004
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF481
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
24
CONDUCCION
Daniel Goldin Editor del Fondo de Cultura Económica
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Raúl Maldonado Alvarado
PRODUCCION
María Enriqueta Godoy Mendoza

