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CUID
M-02826
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 24
SINOPSIS_SERIE
Sobre cómo la lectura se configura en el cruce entre experiencia familiar, entorno social y acceso a la cultura escrita y de qué modo las desigualdades, la precariedad y la movilidad condicionan la relación con los libros, así como las tensiones entre lo heredado en el hogar y lo vivido en contextos escolares y comunitarios. Se analizan las posibilidades de que espacios educativos, bibliotecas y proyectos locales compensen ausencias, acompañen procesos de identidad y generen encuentros significativos con la palabra.
EXTRACTO_SERIE
Se destaca la necesidad de crear condiciones materiales y afectivas que permitan a niños y adultos construir una práctica lectora libre, compartida y sostenida, especialmente en contextos de marginación.
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Ema Wolf (Argentina)
SINOPSIS_PROGRAMA
Reflexión sobre la lectura en el ámbito escolar y cómo se configuran las prácticas lectoras de los niños y el papel que desempeñan las instituciones en ese proceso. Se analizan tensiones entre la lectura íntima y el uso escolar del libro, así como las limitaciones que impone la mediación didáctica cuando transforma la experiencia lectora en actividades mecánicas. También se aborda la relación entre autor, escuela y lectores, y la necesidad de garantizar acceso real a los libros. Se cuestiona modelos pedagógicos homogéneos y enfatiza la importancia de prácticas que favorezcan curiosidad, autonomía y vínculos significativos con la lectura.
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre cómo la escuela moldea la experiencia lectora infantil, señalando tensiones entre lectura íntima y prácticas didácticas, y destacando la necesidad de acceso, autonomía y mediaciones que favorezcan el encuentro genuino con los libros.
N_PROGRAMA
15
N_TOTAL_PROGRAMAS
16
DURACION_TOTAL
01:06:00:07
PARTICIPANTES
Ema Wolf, novelista
Ana Arenaza, promotora de la lectura
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Ema Wolf
Narradora argentina cuya trayectoria se ha desarrollado principalmente en la literatura infantil y juvenil. Desde mediados de los años setenta ha publicado más de cuarenta títulos, incluidos cuentos, libros de ficción y obras que han sido traducidas a varios idiomas. Fue cofundadora de la revista "La Mancha", dedicada a la literatura para niños y jóvenes, y ha colaborado en numerosos medios culturales. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Literatura Infantil por "Historias a Fernández" y el Premio Alfaguara de Novela por "El turno del escriba".
Ana Arenaza
Promotora de la lectura con experiencia en la coordinación de programas dedicados al fomento lector en instituciones culturales.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Música final de este riquísimo seminario, creo que todos lo hemos disfrutado mucho, hemos aprendido muchas cosas y creo que nos vamos a quedar criticados, al menos hablo por mí y por muchas voces de compañeros que se han acercado diciendo ya queremos el propio. Hoy es un día especial, tenemos como invitadas a dos compañeras especialistas queridas amigas argentinas que hoy está cerraremos con un doble broche de oro con Argentina aquí arriba de la mesa y con Argentina para dialogar con todos ustedes. En principio, esta mañana la abre Emma Wolf, deliciosa escritora, que en muchos de nuestros cursos para formar mediadores y en muchas de nuestras salas de lectura disfrutamos su obra. Ella nos va a hablar, ha titulado su charla, confusiones de una autora antivislectora. No confesiones como todo el mundo se ha confusado en este seminario, a lo mejor sí empieza con la… ¿no se oye? Sí. No son confesiones, estas son confusiones. Y les voy a platicar un poquitito de Ema, para quien no la conozca. Emma, como decía yo, nació en Buenos Aires, se licenció en Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Buenos Aires. Durante dos años investigó en el Instituto de Literatura Argentina de su facultad temas relacionados con la estética kitsch, el folletín y la novela popular. Por largo tiempo trabajó como redactora y colaboradora en distintos medios periodísticos y en publicaciones para empresas, escribiendo artículos y realizando entrevistas. Paralelamente, casi como hobby, comenzó a escribir cuentos paralelos, afortunadamente como hobby. Los primeros fueron publicados en la revista Antiojito en el verano de 75 y 76 y su primer libro de historias, Barba Negra y los Manuelos, en la editorial Capelucía en 1964. Desde entonces, para suerte nuestra, no ha dejado de escribir y impulsionar y de aportar las excelentes obras para los lectores y los artículos y los lectores, yo diría que para todos, porque los adultos ahí estamos muchísimo. Actualmente sus libros circulan en las editoriales Aequel Arubos, Alfaguara, Coligüe, Norma y Sudamericana Está vinculada a Lija, que es la sección argentina del libro Desde su fundación integró el comité fundador de la revista La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil Recibió numerosos premios y parte de su obra ha sido traducida al portugués, al alemán, al italiano, al catalán y al alemán. Sus cuentos se reprodujeron en revistas de Argentina y en el exterior. Su breve historia a Fernández le valió el Premio Nacional de Literatura Infantil de su país. En los últimos años, alternó sus trabajos para chicos en una columna en el diario La Nación, un importante diario de Buenos Aires. No voy a mencionar toda su obra porque le robaría su tiempo y yo creo que lo importante es que lo escuchemos. Solamente voy a listar los títulos que han sido premiados en distintos países y por distintas instituciones. Tenemos los imposibles y la Aldo Bramira, que me cuesta trabajo la palabra, en el mercado, que fueron seleccionados entre los mejores libros del año por el Banco del Libro IRI Venezuela en 89 y 91 también. Marujas, Pollos de Campo y Libro de los Prodicios fueron incluidos en el White Travel International, yo ven, a eso si no lo puedo decir, si me ayudas, tampoco tú, de Alemania, en la lista de honor de IRI, También Barba Negra y los Buñuelos, Perafán de Palos y Animales, Pollos de Campo, Nabuco y El Libro de los Prodicios, obtuvieron también el premio Aliza en 87, 93, 97, 98, 99 y 2003 respectivamente. Historias a Fernández, como habíamos ya mencionado, fue primer que finalice en el premio Casa de las Américas en Cuba en 94 y en el primer Premio Nacional de Literatura para Niños en Argentina, que es convocado por la Secretaría de Cultura de este país. Recibió el Premio Fundación Conex de Literatura Infantil en 1994, pues finaliza en el Premio José Martí, que es convocado por Costa Rica y ha sido finalista y nominada por la lista Hans Christian Andersen en 2002, por Alija, y también por la Fundación Conex de Literatividad y Sancto y Sancto en 2004, para las mejores figuras de la última década de las décadas argentinas. Bienvenida. Gracias. Buenos días. Gracias a todos ustedes por estar acá. Gracias a la gente de Conapulta, Editorial Norma, por haber hecho posible esta, mi primera vez en estos seminarios y también mi primera vez en México, era un doble debut muy interesante. Cuando supe que el tema de esta reunión era la lectura, ya teniéndome a la sugerencia de Daniel Golding, cuyo mail decía, habla de algo que te importe. Se me ocurrió compartir con ustedes algunas impresiones, más bien personales, sobre la lectura en las escuelas de mi país, impresiones vinculadas con las visitas que hago como autora, que es el único vínculo que tengo con la literatura para chicos, y es también el único vínculo que tengo con la escuela. Se calcula que el 70% de nuestros libros para chicos circula a través de la escuela, de modo que bien se puede decir que es la que hace leer. Habría que pensar que en la misma medida hace lectores con su etudinario, la palabra es horrible, pero vale, y que así como está hoy nuestra escuela, después de largos años de desatención, se le puede pedir que los hagan. Lo cierto es que, a excepción de algunos otros encuentros ocasionales, ese es el lugar donde los autores nos reunimos regularmente con los chicos que nos han leído. Son lectores, alumnos. Los primeros encuentros me ponían muy nerviosa porque sentía que estaba dando examen. Después noté que a los chicos les pasaba lo mismo. Ellos y yo nos veíamos de algún modo obligados a rendir cuentas. Yo de lo escrito, que era entonces muy poco todavía, ellos de lo leído, las maestras por su lado tratando de encontrar su papel y su espacio. Al principio todo era bastante incómodo. De a poco, no sé cómo, supongo que la multiplicación de este tipo de experiencias y que todos aprendiéramos y nos tranquilizáramos, se fue armando un espacio donde pudimos conversar, yo siempre evitando a los más chiquitos, los de preescolar, los de cinco años, porque hacen observaciones surrealistas que me descolocan y que solo a sus maestras les parecen naturales. Un espacio, digo, de intercambio, más o menos confortable, si bien es imposible ignorar la impronta institucional. La charla se da en un marco reglado, a veces también hay padres, inspectores presentes. Nunca estamos solos, mis lectores y yo. Y en ese momento no puedo evitar acordarme de la escuela que me hacía decir y hacerlo adecuado, que no siempre era lo que yo pensaba, y a la que yo respondía del mismo modo, bastante insincero. Entonces se me ocurre que el intercambio quizás no sea totalmente franco, pero a lo mejor esto pasa porque en realidad yo nunca dejé de sentir miedo por la escuela y de imaginar que los chicos también lo sienten. Pero bueno, ahí estoy en el aula o en la pequeña biblioteca investida de, o más bien acarreando, tres facultades como tres señales de poder, para mí relativas y confusas, que son la de quien ha escrito esos libros, la de quien tiene por ahí algún título en letras, que bueno, alguna responsabilidad, y otras menos visibles, que a mí me compromete mucho más, la de haber leído bastante. No digo ser una lectora, que rechazo esa categoría, tanto como la de lectores verdaderos, no se me ocurre que pueda haber lectores falsos. Digo solamente haber leído bastante. Alguna seguridad agrega en ese momento ser todas esas cosas, pero también establece una distancia. Yo no estoy entre los chicos, estoy delante de ellos y en el medio los libros, ese pequeño capital que circunstancialmente no se ha vuelto socio. Quisiera dejarles muchas cosas a esos chicos, pero no tengo más que un rato y casi con seguridad el único. La intimidad que tenía con el texto mientras lo estaba escribiendo, esas semanas, meses, inventando, restregando y puliendo, esa cercanía tan estrecha que a mí me dura incluso después de que lo veo impreso, desaparece completamente la primera vez que lo veo en manos de los chicos. Ahí hay un salto muy grande, que es la certeza de que eso que había hecho para mí resulta que lo había hecho para ellos. Y ellos están allí ahora tiernos e inexorables. Por eso, junto con la innegable satisfacción, también me nace por dentro algo defensivo del tipo, bueno, así que me leyeron, pero yo que tengo que ver. Y si por caso me piden que yo misma les lea el texto en voz alta, Como para mí también la lectura es un acto íntimo y silencioso, el repliego es todavía mayor. Me siento expuesta, como medio desvestida. Además, descubro comas mal ubicadas y desvizar toda clase de cortezas irreparables. Porque una cosa es publicar algo que con tiempo y suerte habrán de leer a lo mejor miles de chicos. Y otra, para mí, mucho más perturbadora, tener que leerlo allí mismo para que me escuchen solamente 30. Brevísimo paréntesis. Esto de solamente 30 es lo que yo traía escrito desde Buenos Aires. Ahora les cuento que apenas terminen el encuentro con ustedes. Me espera otro con 500 chicos en la que me han dicho es la mayor escuela de Latinoamérica. Es otra experiencia fuerte de la que México depara a sus huéspedes. Bueno, la lectura en la escuela tiene poco que ver con las formas adorables de lectura infantil que describieron tantos amantes de los libros. El lector como un iniciado, los libros como tesoro privado y hogar permanente, la lectura absorta, voraz, leer todo, hasta los papeles de la basura. La lectura gatuna entre sábanas de altillo, de baño, de piso, panza abajo. Pensemos en la ansiedad del pequeño Sartre por poseer los libros, al principio tamarreándolos como si fueran muñecos, por vencer a las frases que se le resistían. Ese niño que escribiría años después no arañaba la tierra ni buscaba nidos, pero los libros fueron sus pájaros y sus nidos, sus animales domésticos, su establo y su campo. Wem Borges, escondido en la azotea de su casa para poder leer las mil y una notas que se lo habían prohibido, y quien ya mayor, parafraseando a Emerson, describiría la biblioteca paterna como un gabinete repleto de espíritus exquisados que al abrir los libros se despertaban. Sin ir a buscar referentes tan altos, la lectura escolar tampoco tiene mucho que ver con la mía, que transcurría según dos variantes. Debajo de un árbol, como después supe, recomendaba Omar Cayán o Encina. Los autores, por supuesto, adherimos a la manera personal y secreta de leer, libidinosa, llegó a decir Daniel Penaz, y la escuela nos pone ante una manera ruidosa, exterior, utilitaria, a plena luz, colectiva, interferida. Una lectura entre privada y pública, no sé bien cómo calificarla. Los chicos leen textos de ficción, incluso textos que a veces ellos mismos han elegido libremente, pero lo hacen de un modo estructurado, según modalidades más bien previsibles. Sabemos desde la sociología que la lectura nunca es una experiencia del todo íntima. El lector opera en función de lo que intercambia, comparte y se contagia. Se lee con los valores que recibió y con el imaginario, gestos y gustos que tiene en común con otros. pero acá, por supuesto, me refiero solo a leer, a la práctica, al modo en que se abordan los libros en nuestra escuela. Y lo que de inmediato echo de menos, más allá de otros beneficios más sofisticados, es el ocio que acompañaba mis lecturas. Ellas pedían tiempo, silencio, tranquilidad, concentración, y yo podía proporcionárselos, y ahora pienso que me devolvían más de eso mismo. No quisiera tener una mirada reaccionaria sobre este punto de puro conservadora, la sociedad ha cambiado, pero sigo pensando que estos son bienes valiosos aún para emplearlos en no leer. Estos bienes están bastante acorralados, especialmente en nuestras grandes ciudades. Se les va reportando el hábitat como a los otros pandas. Y es en las mismas escuelas donde a menudo conversando con los maestros se asocia este déficit con ciertas conductas de los chicos. Tenemos chicos hiper excitados, ansiosos, con dificultad para entender, profundizar, escuchar. No lo planteo como único motivo desde ya, ni como una relación directa a causa-efecto, porque sería simplista pensar eso, pero sí como dos fenómenos que de algún modo se apoyan o se alimentan entre sí. Claro, los autores somos adultos y sabemos del modo gratuito de leer, ni emocional, ni crédulo, del distanciamiento. Nos parecemos más a esos lectores llenos de manías y de tí, que describía Ítalo Calvino. Leemos por placer, pero placer nos da leer a Borges, a Guimarães Rosa, Salgari, Anderson, London, daban otra cosa, daban alegría, eran apasionantes. Y es eso lo que yo quisiera comunicarles a los chicos cuando estoy con ellos, solo que ya pertenece al territorio de la memoria, que tiene todas las cosas, y que no soy más aquella lectora incondicional. No voy a decir ingenua nunca, sino lectora incondicional entregada. Quisiera transmitirles lo que a mí me ocurría al leer, yo cuidando de no imponérselo, que no piensen que necesariamente les debe ocurrir eso, porque quería volver a instalar la paradoja, ya demasiado conocida por todos, de obligarlos a disfrutar. Es lo que me sugieren, por ejemplo, las consignas y las frases fuertes que nuestros maestros pegan sobre la pizarra en celebración de la lectura o los discursos pro lectura de los actos públicos del distrito. Son voces que instan como si instar a leer pasaran. La escuela irrita a veces a los autores, usa los textos de ficción, los formulan así, nosotros usamos sus libros, los manipula y los transmuta. Una vez leídos, a los chicos invariablemente los ponen a trabajar con ellos, los hacen hacer dibujos, pósters, dramatizaciones, manualidades de todo tipo, redactar nuevos finales y nuevos textos con los mismos personajes, cuando no ocuparse de analizar aspectos de la morfología o de la sintaxis. Y como si la lectura no pudiera permanecer como pensamiento, como interioridad, como conversación, y debería dar prueba física de su existencia, porque esa es a la vez la prueba de que sirve. Yo les pregunté a menudo a los maestros por qué los ponen a trabajar, a los chicos, después de haber leído un texto de ficción. En realidad nunca encontré una respuesta satisfactoria, sí una inquietante, que es porque si no, los padres creen que no hicimos nada. Siempre siento que esas prácticas alejan a mis textos de mí y que alejan a los lectores de mis libros, de mis formas deseables de leer. Desde ya que la escuela actúa en función de necesidades, yo no tengo, pero nunca me convencerán de que una maqueta de plastilina o un disfraz de mi personaje maruja sean extensiones necesarias de mis textos Y que después de haber hecho todas esas cosas, los chicos los habrán comprendido mejor o disfrutado más o se sentirán más estimulados a leer. Me pareció muy interesante lo que le escuché a mi compatriota, a mi ciro, que anda por ahí, ayer a propósito de instalar nuevas formas de leer que fueran en profundidad, reconociendo las distintas capas de un texto, repitiendo la lectura. Y no esto que acabo de mencionar, que todavía es la práctica habitual en la mayoría de las escuelas. O sea, el libro termina convertido en una actividad práctica. La escuela también parece mandada a ser para alimentar la reconciliante relación que tenemos los autores con el análisis de contenido, la interpretación, la traducción, como la describía Susan Sondas. Usted cuando dijo aquello, en realidad quiso decir esto, ¿no? qué mejor que preguntarle al autor entonces que de seguro ha de tener todas las claves. La ambigüedad, el segmento de la historia que se escapa, el por qué sí, la sin razón de la conducta de los personajes, es mejor pasar todo eso en limpio, normalizarlo. No importa que el texto sea transparente, cavarán para mirar qué hay abajo y, como yo digo, hundirán el dedo en el sufleo. No me preocupan las lecturas que hacen los chicos, sino las que les hacen hacer, porque de esas no me puedo acercar. En estos 20 años que pasaron desde que salió mi primer libro, siempre incursioné en las formas que menos se dejaran atrapar por la lectura interpretativa, desde la parodia hasta los catálogos de animales, con mucho éxito, debo decir, pero no todo el éxito, por lo que llegué a la conclusión de que para encontrar un contenido útil basta la voluntad. Pero, ¿qué pasa? siempre me voy de la escuela con la duda de que tal vez algo en el texto invitó a que fuera leído de ese modo. El sistema no estimula las lecturas originales, pero ¿quién me asegura a mí que mi texto no fue cómplice involuntario de la lectura didáctica? A pesar de estas cosas, nuestra escuela, sobra decirlo, es fundamental como promotora de lectura. La necesitamos muchísimo, cada vez el más consciente de cuánto la necesitamos. Y todo lo que me escuchen decir aquí será apenas variaciones de un único conflicto no resuelto entre la importancia que tienen y asigno y el escozor que me causan algunos de estos métodos que a veces se parecen conspirar contra sus propósitos. Pero me toca estar ahí y los chicos preguntan, y en esas preguntas aparecen otras lecturas que tienen hechas, y estas ya sobre el mundo de los libros y de la escritura. Me hizo gracia descubrir en un viejo artículo de Michel Tournier que las preguntas que le hacían los chicos eran exactamente iguales a las que nos hacen los nuestros. No son más pueriles que las de los adultos, decía, y en conjunto quizás menos, porque de un modo brutal van directamente a lo esencial. ¿Cuánto tiempo tarda en escribir un libro? ¿Cuál? ¿Cuánto gana? 10% sobre el precio de tapa. Los libros no se recogen en los prados como fritos silvestres, no hacen engañosas fientes que podría aparecer en un libro para niños. Si tiene faltas de ortografía, ¿qué le dicen en la editorial? ¿Alguien le ayuda a corregirlas? Nos tranquiliza mucho saber que estamos respaldados en ese aspecto, tanto como saber que a la edad de ellos también teníamos faltas de ortografía. Algunas preguntas son fáciles, otras hay que responderlas como si lo fueran. ¿Qué hay de verdad en sus historias? Esta última, decía Tourné, pone en entrevisto toda la estética literaria. ¿Cuál es la verdad de la ficción? El tema en el que se han pelado las pestañas, los ensayizan durante años. Yo agregaría esta variante más comprometida. ¿Usted escribe sobre lo que le pasa? Los derivaría a mi terapeuta si lo tuviera. Ya deben estar pensando que necesito un... Pues todos los que dicen. Bueno, les explico, yo tenía una gata igual a mi tía abuela e imaginé que el tío abuelo de alguien podía haberse reencarnado en un gato. Algunos se ríen, otros me miran como yo miro a los menores de cinco años. De cualquier modo, la cosa no pasa por ahí. Sé que la cosa no pasa por ahí, que esa es solo la anécdota, es la hipótesis. Ahora bien, ¿quiero indagar en esta cuestión? ¿Estoy obligada? No. La relación que tengo con lo que escribo es un mecanismo delicado. y a ver si todavía rompo algo. Quiero saber si leía de chica. Es precioso porque verán que muchas de las preguntas apuntan a que yo les dibuje una imagen de mí a la edad que ellos tienen. Les digo que para mí leer fue una suerte. Y es así, siempre que me preguntan qué es para vos leer, digo. Fue de mi suerte. Leía porque en mi casa había libros, porque mis padres y abuelos leían. Para mis padres la inscripción determinaba mejoras y ascenso en la sala laboral y social, por consiguiente. Pero la lectura era un hábito que se valoraba por sí. cualquiera fuera en la condición del individuo, no se la tomaba como un medio, se la alentaba bien, en forma natural, sin énfasis y sin ningún discurso. Sin embargo, en esta sociedad estaba previsto un desarrollo que no sé qué pasó, se truncó o se perció, y el modesto caprichal de lectura que había en las casas de aquellos hijos de inmigrantes, hoy parecería un lujo. Lo mismo cuando los chicos me preguntan cómo llegué a escribir. Tengo que decirles que para escribir hay que leer, sin que me malentiendan. Ser escritor no es el premio por haber sido lector. Pero ocurre que hay lugares donde una afirmación tan simple como esta basta para ver su marzo la posibilidad. Falta de libros, no hay, o hay pocos donde los chicos están. Y no entiendo por qué no hay mayor conciencia de eso. Entre nosotros se organizan numerosos eventos de promoción a la lectura y entre los promotores culturales hay desde entusiastas y eficaces francotiradores a burócratas de las dependencias oficiales. Pero mi impresión es que si sus esfuerzos dieran 100% de resultado, Los chicos no leerían más porque su acceso a los libros es mezquino y defectuoso. Les comento esto. Últimamente, en la ciudad de Buenos Aires, el estímulo de la lectura está adoptando la forma de megaeventos públicos, Episodios que abultan, hacen ruido, rodeados de mucha prensa. Ejemplo, una donación masiva con desfiles en Avenida Corrientes, con gente que pone libros de su carta de su biblioteca en contenedores para una escuela aparenciada de provincia, como si fuera descendible que esas escuelas llevan nutrición de libros usados. O una gigantesca maratón de lectura, también con libros donados, como la que estaba a punto de comenzar cuando me venía, tengo el artículo en la baliza, patrocinada por la fundación que lleva el nombre de un gran matricino. Pero ocurre que el trabajo en penumbra, el trabajo sistemático, silencioso, permanente, encarado a largo plazo, que implica la provisión de libros y de gente que sabe qué hacer con ellos, no se hace y quizás por eso, porque no es un trabajo que repite, que no es un trabajo que brinque. Hay lugares, y tengo tres recuerdos muy vívidos, donde de verdad sentí que hablar de libros y de literatura era ofensivo. No había rol de escritor que se pudiera sostener en ese lugar. Para esos chicos, el universo de las letras y el de las palabras era un territorio casi amenazante. No tenían libros en sus casas, no había libros ni biblioteca en la escuela y tampoco tenían biblioteca en su barrio. No existía el lugar de fuga para ellos y no eran chicos de la calle, eran escolares. Una escuela los contenía, estaban dentro del sistema, pero había que recomponer algo antes para que luego la lectura pudiera contribuir a hacer de ellos lo que ya sabemos, individuos autosuficientes, mejor equipados, capaces de pensar. Mientras tanto, cualquier discurso sobre su función reparadora era provisorio. Es el punto, creo, donde el voluntarismo encuentra su límite y el problema de la lectura trasciende la lectura. Es político y sin duda lo es. Y sería ingenuo circunscribir la tarea al contacto, al provocar o alentar el contacto como si lo único que estuviera faltando fuera la oportunidad. En nuestros países no deberíamos soslayar esta instancia política que seguramente trae ruidos y turbulencias en esta voluntad permanente que tenemos todos de llegar a acuerdos tan armoniosas y aparentemente sin fisuras, que es muy deseable, esos acuerdos son muy deseables, pero que se consiguen, es decir, están todos los problemas con todos sus ingredientes y alcances expuestos a la vista y en consideración. Estoy pensando en las palabras de Gregorio Hernández el otro día que me interesaron porque justamente instaló en un lugar como este la cuestión de la política, como algo a considerar de máxima importancia. Por eso, ante cuadros como este, también me pregunto si la preocupación por cómo leen nuestros chicos no es por parte de los autores hilar demasiado fino. En realidad, leen como pueden, como los dejan. Sin embargo, no podemos dejar de hacerlo justamente porque a veces esa escuela es la única proveedora de alguna precaria forma de lectura. Por cierto, a los autores nos invitan casi siempre a las escuelas donde los libros, digamos, que circulan, a escuelas muy humildes también. Y ahí estoy de nuevo pensando que es mejor privilegiar las preguntas más bien generales, que se apuntan a todos los libros y que duran para siempre, o atender más bien a la curiosidad que tienen en este momento, pensando siempre cómo intervenir sin interferir. ¿De chica te gustaba leer? Leer me gustaba, sí. Pero tengo que decirles que también se leía y se lee por angustia, carampión, timidez, aburrimiento, insomnio o jactancio. Otra vez, Arte, Cita, corría a los libros, sinceramente, ¿qué quiere decir eso? ¿Cómo podría fijar ahora, después de tanto tiempo, la inascible moderita frontera que separa la posesión de la representación? Me satisfacía gustar y quería tomar baños de cultura, la lectura explotada como de su atributo de la persona. Vaya comedia. Fin de la cita. No existe la lectura en estado de pureza, si saben. Los libros son bálsamo, gruta, moleta, herramienta de seducción, son tantas cosas. ¿Cuántos abandonamos por su perífero? Adivinen niños, muertos. En aquellas lecturas más isquilosas, los despertores que también quedábamos más disimulados. Hoy en nuestras aulas, los chicos que leen ya no son dos como las mías, todos han leído un poco. Sigue la cuestión de si la escuela fomenta la pasión primordial, como la llama Harold Bloom. A lo mejor los lectores de ese tipo siempre serán pocos. Pero no hay duda de que la escuela democráticamente ayudó a nivelar el terreno y obligó a sincerar el mito algo apolillado del gran niño lector. La escuela avanza compensando incluso por sobre los padres que no quieren que sus hijos varones lean, No por temor a que se vuelvan aseminados, sino simplemente individuos desinteresados de la contienda, con esplines, de reflejos lentos y mercados perezosos para apartar obstáculos. No es fácil filtrar allí, en la escuela, la idea de que la lectura nos va a hacer diferente, de que hay libros que subierten valores, no estas lecturas de iniciación, sino otros que probablemente no les serán recomendados por sus mayores. Como lo pienso y lo digo con cautela, y por supuesto si estos chicos están en edad como para entenderlo, pero consciente de la contradicción que implica emitir este mensaje, siendo yo también parte de esos mayores, y emitirlo en la institución. No sé hasta qué punto no es pretender abarcar también esas lecturas, incluirlas en futuros permisos que por supuesto ignorarán. Por cierto, ellos no tienen la fortuna de Harry Potter de que haya un sector de libros prohibidos en la biblioteca de la misma escuela. De momento tienen estantes con libros ordenados más o menos estadísticamente por edad. ¿Cuáles son sus escritores favoritos hoy? Nuestros chicos tienen muy internalizada la cuestión del ranking, de qué o quién ocupa el primer puesto de la lista. tu autor favorito, tu libro más vendido, el que más trabajo te dio, el que más tiempo te llevó a escribir, el primero que publicaste, el momento más importante de tu carrera. De más está decir que son los valores que reciben del entorno y cualquiera puede encontrarse con las preguntas estereotipadas de algún periodismo que le hicieron. Si uno no tiene esa mirada, si para eso el primer puesto no tiene ninguna importancia, ahí también aparece algo en lo que vale la pena detenerse para hablar, para revisarlo y mostrarles una alternativa. Volviendo a la pregunta sobre mis autores favoritos, al principio, sobre todo, que eran de unos chicos y unos chicos, alguna vez les dije, ¿tiene sentido que los nombre gente que todavía no conocen? Ustedes van a ir desarrollando su gusto, construyendo el camino propio y encontrando de a poco escritores que les parecerán hechas a medida. Solo porque no quería abrumarlos con nombres. Es una respuesta positiva. Pero ocurre que si les doy nombres, los escuchan con atención. Algunos les suenan, otros en la menor idea. Ninguno tiene efecto por sí. Pero uno más otro, pienso, son como spots que se van encendiendo alrededor. luces aisladas que aparecen en un espacio muy vasto, en gran teatro oscuras, sin paredes, nombres extranjeros, enigmáticos, remotos pero no inalcanzables, que suenan en torno a ellos sentados allí en sus sillitas. Son los que conocí, les estoy diciendo, y resultaron buenos para mí. Viajé hasta allá y valió la pena porque volví con un botín interesante. Allá hay mucho, mucho más de lo que ustedes puedan imaginar. Sí, darles nombres es lo mejor, porque en estos casos creo, mucho mejor que razonar es instalar la curiosidad. ¿Y qué clase de libros te gustaban? Con seguridad los que hablaban de mundos distintos del mío. Buena parte de la literatura que llega a sus manos les habla de niños como ellos, que están buscando la identificación inmediata. Pero yo lo digo por si acaso estos libros no los convencen y por si sus ganas de leer avanzan como avanzaban las mías en dirección a las antípodas y prefieren dejarse seducir por gente de otras épocas, lugares y calaña. Ya que quieren conocer mis preferencias, les digo, no me gustaban las historias sentimentales, los relatos de puertas adentro, los mensajes, el famoso asilo de Clumpfield, mucho menos los padres metidos en las historias. Lo digo por si coinciden, para que no se sientan solos. Yo debería ser absolutamente prescindente en esta cuestión y no lo soy. No soy del todo honesta en realidad. Quiero llevarlos a mis lugares tan dilatados y llenos de oxígeno. Un poco me los quiero robar. Quiero que quieran lo mismo que yo quería. Esto viene a cuento porque me inquieta que en la escuela les hablen bien de todos los libros, porque los hace sentirse en falta cuando o porque son muy malos o porque no coinciden con sus gustos, los rechazan. ¿Cómo interesarlos en la lectura hablándoles bien de todos los libros? Solo el que no lee habla bien de todos los libros y de todos los autores. El que lee habla peste porque elige, elige todo el tiempo, descarta y se apropia. Entonces, si la coyuntura me habilita, como casi siempre ocurre, los aliento a que no se demoren en libros que no les interesan porque hay muchos mejores esperando como gatos callejeros que ellos los adopten. Es mi modesta contribución a aliviarlos del desconcierto y del mandato. Decirles que rechazar libros no los convierte en réprobos de ninguna causa. Me piden que les explique cómo nacen las ideas, si escribir es fácil o difícil, qué siento cuando escribo. Las respuestas a estas preguntas son un estado de ánimo. Sobre todo quieren conocer la fuente de las historias. Si les doy el dato, podrán acudir ellos también. Sigue de mi parte una serie de balbuceos donde puede aparecer la hipótesis de que las ideas ya están en alguna parte, solo que hay que hacer el esfuerzo de testarlas, o bien de que nacen de una suerte de cortocircuito mental, o de una alquimia entre ingredientes fortuitos inesperados o de tener el hábito de mirar al pecho más desarrollado que otras personas. A veces también, no sé por qué, les digo que es lo más parecido a iniciar una conversación o es también la suma de varias de estas cosas. Lo que sigue seguro es perseverante. No les digo nada en realidad o casi nada y es porque de verdad no sé qué decir. Es la respuesta que más esperan, creo, y es la que me encuentra más desprovista. Pero creo que entienden la dificultad o la intuyen o simplemente se conforman y no insisten porque son niños educados. Bueno, finalmente sabrán que las fuentes de las ideas están en todas partes, en lo que ven, lo que escuchan, en la televisión, la música, en todos los lugares. A veces también nos toca acomodarles el foco cuando alguien por ahí atrás dice con razón que los mexillones no hablan, o cuando creen que el mercillón que cuenta en primera persona y yo somos una única entidad, entonces aparece nuestra amable pedantería para encauzarlos, no tiene un poco de culpa en el modo legal de leer. Es rara esta situación, eso de los autores en la escuela, porque como autores nuestro lugar está a un lado del puente, pero tenemos que atravesarlo a la vez. Nos toca proporcionar el objeto y reflexionar sobre él y barajar de algún modo las reacciones que provoca. Somos mediadores de nuestros propios libros. Participamos de una situación que ya está armada, pero al mismo tiempo muchas veces sentimos que tenemos que desarmarla para reacomodar, revisar afirmaciones, limpiar el terreno de prejuicios que están instalados en los chicos porque antes lo están en los adultos. A menudo me doy cuenta de que mis respuestas a los hijos se transforman sin querer un buen tiro por elevación al mundo de los adultos. Me invitan a la escuela por lo que escribí, pero a la vez represento a una especie. y la especie escritor es vista a tal punto como rara que un nene quiere saber si me peleo con mi marido o si me gusta pagar las facturas de la luz para poder asirme, bajarme del lugar en el que me han puesto las circunstancias. Mi otro yo, más escéptico, irrumpe para preguntarme si conocer a los autores de mi infancia habría estimulado mi gusto por la lectura. Tengo dudas. Además, algunos debían ser sujetos mucho menos encantadores que sin libros. En cualquier caso, no será mi presencia la que modifique algo en ese sentido, sino las expectativas que hayan traído al encuentro y cómo la proceden. Probablemente el chico que ya tenga el hábito de leer no nos necesite. Sí es seguro que nuestra presencia sirve para mostrarles el oficio como más accesible, lo que implicaría de nuevo tener que acercárselo desde una mirada positiva. Pero nadie desea algo que carece de misterio y si la lectura como la escritura no tuviera misterio, a nadie le importaría. La ironía desnotificadora de Gianni Rodari cuando les decía traten de comprar un kilo de jamón con mi autógrafo y verán qué les contesta el vendedor. Tiene su gracia brutal y su razón en respuesta a la mirada exitista que existe sobre la profesión. Pero tal vez no sea eso lo que los chicos esperan, sino que les permitan conservar algo de la belleza del mito. La creencia como necesaria para la práctica. Es una frase que leí en un artículo de Jean-Marie Privat, que dice que es perfecta. Por otro lado, a menudo a los chicos les presentan a los autores como magos irrepetibles, como si el autor mismo fuera una composición literaria y una aspira a contrarrestar esa imagen aportando una dosis de normalidad. El día inolvidable en que volví a mi escuela primaria como autora y dos hijos habían representado mi visita con el dibujo de un pintero y una pluma de Gámito, pensé que algo había que hacer al respecto. cómo atender a tantas cuestiones en un único encuentro tan breve, hasta que me di cuenta de que les interesaba mucho que les hablara del trabajo, los prestaban atención. Me refiero al trabajo de escribir, a la tarea menuda. Y me alegra haber encontrado esa beca. Dado que ellos componen textos o los hacen componer en clase o en concursos, trato de hacerles ver que un autor también compone, que el músico, el escritor también compone y que las dificultades en su instancia no son tan distintas. siempre se trata de maniobrar con esa materia prima y herramienta a la vez tan escurridita que es el idioma. Entonces, les comento cuánto se hacen esperar las ideas a veces, cómo algunas quedan en eso y no llegan a desarrollarse nunca, la cantidad de información que demandan algunas historias, que a veces tuve que recurrir a libros de escuela de mis hijos o a los míos para poder obtenerla, la cantidad de gente que molesto mostrando esa información y las situaciones, las historias a veces grotescas que eso genera y que yo disfruto con total conciencia, y los modestos y extravagantes documentos que me proveen de nombres para los personajes. No les cuento lo que conseguí, que por otra parte está a la vista y en ese caso me volvería una tonta redundante, sino los problemas del movimiento de los filos detrás de la pequeña maquinaria. Y si puedo, siempre con relación a un texto, a un libro en particular. cosas del tipo, bueno, ¿por qué en tal historia hago caer? Tuve que hacer caer la nieve sobre la localidad de Acazuto, que es como hacer nevar sobre México, Distrito Federal. O en tal historia no pude avanzar hasta que apareció el conflicto y que el conflicto era este. O tal idea era buena porque ya venía con un motor incorporado y la historia se puso en movimiento gracias a él. O que a veces se avanza contando hasta un punto del laberinto y una encuentra el camino bloqueado y qué difícil es retroceder después en las sucesivas distinciones que se fueron haciendo. O tal libro lo empiece por el final y tal otro por el medio, o si lo primero fue el título o el texto, y sobre todo mostrarles que hay una lógica hasta en el cuento más absurdo. Digamos, si el texto es un mueble, no les doy el plano para que lo estudien, sino que les explico cómo tuve que hacer para que de pronto la pata de adelante no me quedara más corta que la de atrás. Descubrí que estas cosas son en sí mismas sorprendentes y misteriosas y que los entretienen. Me refiero a que alguien sea capaz de inventarse un problema que a lo mejor pobre no será capaz de resolver. El trabajo de por sí es tan bizarro y tan extraordinario que logra interesar seriamente a sus cabezas. otra vez la creencia buena para la práctica. De este modo, ven que también la imaginación encuentra su camino en operaciones sencillas, que el proceso de algún modo se puede describir, por lo tanto, está al alcance de ellos y de muchos otros, y perciben muy bien, sin que el asunto pierda su atractivo, que todas estas operaciones que son funcionales están más cerca de la verdad que la pluma de Ganton y los magos irrepetibles. Creo que es lo más productivo y lo más atractivo de todo lo que puedo dejarles, que a la vez también reacomoda varias de estas cuestiones que veíamos antes, pone las cosas en su lugar y sobre todo aparece la idea de que la disciplina también puede estar asociada a una tarea placentera. Es curioso que me sienta más segura mostrándoles los procedimientos que siempre son vacilantes que los resultados. Este es el único punto sobre el que no tengo confusión. Además, otras personas, otros mediadores podrán darles otras cosas, pero estas solo se las puede dar quien hace regularmente el esfuerzo de escribir. ¿Qué será de estos lectores? No tengo posibilidad de saberlo, no sé qué va a pasar al día siguiente, cuál va a ser la devolución de mi visita. y mucho menos años después leerán, leerán para hacer preguntas, como decía Kafka, leerán con independencia o consumirán libros y también a qué habrán contribuido los míos. Tengo que admitir que las lecturas de mi infancia eran menos cautelosas de las que les ofrezco como autora, menos preservadas. Algunas no estaparían a las listas negras de los jacobinos y de la corrección política. No todos mis héroes eran trigo limpio, sin embargo no me dejaron más que cosas buenas. Y al no ser los libros que escribo tan desaprensivos, me pregunto si serán igualmente eficaces a la hora de hacerlos desear más libros. También me pregunto si con estas visitas los autores contribuimos a ese acto de resistencia del que tanto se habla, reafirmar la ventaja del libro ante la uniformidad creciente que ofrecen los otros medios. La escuela instala, vimos, formas de lectura más bien homogéneas, pero la homogeneidad campea también en nuestros libros. Yo ya no confiaría tanto en ellos como espacio de autonomía. No todos los libros contribuyen a afianzar la propia identidad, desarrollar el espíritu crítico, pensar. La industria editorial en los últimos años avanzó con una producción cuantiosa e indiscriminada. El libro no siempre es el fruto del trabajo lento y concienzudo y se me ocurre que hoy debe revalidar sus títulos como cualquier hijo de vecino. Me molestaría idealizar en este sentido, pasar por alto que la literatura que escribimos para la gente joven también se corta sobre moldes y a menudo arriesga por poco. Por eso es obvio que el trabajo de los mediadores, digo los verdaderos mediadores, no los mediadores ocasionales como somos los autores, se haya vuelto tan exigente. Se les pide muchas cosas. A mí me sorprende de que se las arreglen para poder llegar a discernir entre tal maraña de títulos. Cuesta admitir que las cosas sean tan inciertas, que la lectura se produzca a los profesores y por un terreno irregular, que nada se pueda dar por seguro, que el lugar de la lectura que más necesitamos no sea óptimo. A veces salgo de las escuelas encurruñada, otras emocionada, cuando los maestros, sobre todo los de la escuela pública, armaron una movida de lectura interesante en condiciones adversas. Por cierto, la escuela siempre me confunde. Es común que me reciban como a una estrella del patín. Tengo que aclarar, no niño, nadie me pide autógrafos por la calle. Y no es raro que me vaya con el narcisismo mellado. La maestra pregunta, ¿cómo se imaginaban a la autora? Más joven, contestan. Un niño levanta la mano y afirma complaciente, el libro tuyo que más me gustó fue, y nombra el de otro autor. Pero no importa, las cosas son así, esa es la lectura, ellos mezclan todo, los libros y los autores son sus formas de apropiar. desplorizas, pero siempre les íbamos. Bueno, es así.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
22/11/2004
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF481
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
24
CONDUCCION
Ana Arenaza, Coordinadora de Fomento a la Lectura. DGP
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
FECHA_GRABACION
19/11/2004
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Raúl Maldonado Alvarado
PRODUCCION
María Enriqueta Godoy Mendoza

