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CUID
MW-08917
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 34
SINOPSIS_SERIE
Se analizan distintas formas de fortalecer la formación de lectores desde una perspectiva amplia y creativa. Mediante conferencias, homenajes y diálogos con especialistas, se abordan aspectos que enriquecen el trabajo de maestros, bibliotecarios, promotores de lectura y profesionales vinculados con la literatura infantil y juvenil. Las reflexiones impulsan a vincular diversas disciplinas y a reconocer el papel del juego como origen del pensamiento. Con la integración de múltiples experiencias y enfoques, la propuesta resalta la literatura como una herramienta formativa y lúdica que favorece la relación de niños y jóvenes con los libros, las historias y la imaginación
EXTRACTO_SERIE
Se exploran enfoques para fortalecer la formación de lectores mediante conferencias y diálogos que apoyan a profesionales de la literatura infantil y juvenil, resaltando el valor del juego y la diversidad de disciplinas para enriquecer relación con libros
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Gustavo Martín Garzo (España)
SINOPSIS_PROGRAMA
La lectura como arte y juego: un espacio de silencio, reflexión y asombro donde los libros reactivan mitos, cuentos de hadas y sueños para iluminar la experiencia cotidiana. Se indaga en la frontera entre realidad e imaginación, el deseo como motor de los relatos y el papel de la infancia, la madre y el padre en la transmisión de la palabra. Se propone el cuento como territorio de libertad y conocimiento, capaz de devolvernos “la maravilla de estar vivos” y de abrir huecos en lo real para decir lo indecible
EXTRACTO_PROGRAMA
Lectura como juego y revelación: los cuentos, mitos y sueños abren huecos en lo real, reactivan el deseo y la memoria, y devuelven la maravilla de estar vivos desde la infancia hasta la vida adulta
N_PROGRAMA
2
N_TOTAL_PROGRAMAS
15
DURACION_TOTAL
00:59:30:09
PARTICIPANTES
Gustavo Martín Garzo, escritor y periodista
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Gustavo Martín Garzo
Escritor y periodista con una amplia trayectoria en narrativa, literatura infantil y juvenil, y colaboración en medios nacionales. Desde la publicación de Luz no usada en 1986, ha desarrollado una obra constante que incluye títulos como El lenguaje de las fuentes, galardonado con el Premio Nacional de Narrativa, y Las historias de Marta y Fernando, Premio Nadal. Ha fundado las revistas Un ángel más y El signo del gorrión, y participa habitualmente en congresos y publicaciones literarias. También ha obtenido el Premio Miguel Delibes, el Premio Mandarache y el Premio de Novela Ciudad de Torrevieja.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
¿Cómo se presenta a Gustavo Martín Garzo? Debería decir que Gustavo nació en España, como muchos otros. Como muchos otros también estudió filología y se especializó en psicología. Como menos, es escritor, es novelista, es ensayista, es periodista. Como aún menos, ha ganado el Premio Nacional de Literatura y merece que se gane todos los premios del mundo. Como muy pocos o casi como ninguno o como ninguno, al menos para mí, Gustavo es un maestro de lectura. Y digo maestro y sé que a Gustavo quizás no le guste y quizás para ustedes ser maestro remita a esos salones de clase en donde hay alguien que está enseñando. Pero un maestro es también alguien que ejerce con maestría un oficio. Y Gustavo, para mí, es un maestro de lectura. ¿Lectura de qué? Se preguntarán ustedes. Gustavo, para mí, ejerce con maestría el arte de leer y de tener presente a la literatura. Y hacerla presente. Quizás en ningún momento se puede sentir más fuerte eso que cuando de tanto en tanto, porque nunca puede ser prevista cuándo va a aparecer su columna en el periódico en el país. De repente nosotros ojeamos ese periódico que habitualmente, como todos los periódicos, traen las urgencias y las novedades y nos vienen a recordar en este mundo en el que vivimos. Y de repente está la columna de Gustavo y nos hace presente y hace presente cosas que habitualmente no valoramos. Nos hace presente desde el Decamerión hasta los cuentos de hadas, desde la importancia de la figura materna y de la voz de los personajes fantásticos que muchas veces hemos relegado y los trae ahí, nos hace presentes, los revive. Gustavo a mí siempre me enseña y yo como siempre soy un mal alumno y cada que lo leo digo, tengo que volver a leer aquello de lo que él ha estado hablando, aquello de lo que él leyó y yo no había visto. Tengo que volver a observar a mi hijo, tengo que volver a observar a mi mujer, tengo que volver a recordar a mi madre y a la voz, porque Gustavo me los hace ver de una forma distinta. Hay un ritornelo que aparece muchas veces en los textos de Gustavo. Nos dice qué nos enseñan, qué nos dicen los cuentos. Y yo a veces he tratado y he tenido la tentación de agarrar los cuentos que él rememora y decir, bueno, acá una vez nos dijiste que este cuento nos dice algo. Y de acá nos lo estás diciendo que nos dice otra cosa y otra cosa. Y es casi siempre lo mismo. Pero no es lo mismo. Nunca es lo mismo. y entonces Gustavo lo que hace es presentarnos un mundo, el mundo como podrían narrar en algunos cuentos de hadas que tanto a él le gustan, que está como encantado y que está esperando que alguien pase, lo vea, lo escuche para romper ese encanto. y para decirnos, decirnos, decirnos, algo, algo urgente que no se termina de decir y que podría yo intentar resumir como decir la maravilla, la maravilla de estar vivos. Así, con esas palabras quiero presentarlo. Para mí es en verdad un honor. Ha sido cuando oí por primera vez de él, me dijeron, es muy extraño y te va a fascinar. Y las dos cosas son ciertas. Puesto que ya no estoy ahí, puedo recomendar en verdad que salgan y compren sus libros. Yo tuve el honor de publicar un libro que se llama La Casa de las Palabras. Aprendí mucho leyendo y releyendo todos sus textos. Lo he olvidado, probablemente algún día lo recuerde. Pero les recomiendo ampliamente que salgan de aquí y vayan a buscar sus novelas, sus cuentos, sus libros de ensayos y que los atesoren. Y no solo los lean, sino que los relean. Bueno, Gustavo, no fui corto y no me dijiste cómo te tenía que presentar. Ya te presenté como yo pude o quise. Ahora tienes toda la palabra. Gracias. Bueno, muchas gracias, Daniel. Yo cuando le había pedido que fuera corto era precisamente para evitarme este trago de tener que hablar después de todo lo que él ha dicho. Inevitablemente os voy a decepcionar. Pero, en fin, estoy encantado de estar de nuevo en México, de haber sido invitado para eso. Y en torno a un tema que me parece tan hermoso y tan atractivo, esto de vincular la literatura y el juego, pues que en el fondo la literatura es juego. De la misma forma que podemos decir que la vida es juego. Hay una frase de un escritor judío, Marcel Cohen, que a mí me gusta mucho, Y él dice que los libros son como los juguetes que damos a los niños chicos, como los juguetes nos proporcionan placer tenerlos en las manos y añade, y lo más importante es el silencio que se gana al tenerlos. Y es verdad que no hay nada más silencioso que un niño cuando está jugando en sí misma o en lo que hace. De la misma forma que no hay imagen más enigmática que la de alguien, la de un hombre, una mujer, un adolescente, un niño, con un libro abierto en las manos, llevando una vida misteriosa que no sabemos exactamente cuál es. Ese espacio del silencio es un espacio de reflexión, fundamentalmente. Y yo creo que este mundo necesita reflexión, necesita pensamiento. Nada más, solamente quiero dedicar estas charlas a estos muchachos y muchachas que han sido asesinados porque tristemente ya no podrán jugar. Dos niños, un niño y una niña, crecen juntos. Sus familias viven en casas vecinas y poco a poco surge entre ellos un tierno y absorbente amor. Pero muere la madre del niño y su familia decide trasladarse a otra ciudad, por lo que tiene que separarse de su amiga. Pasan los años y el niño se transforma en un joven arquitecto al que vemos trabajar en su estudio. Un día recibe la llamada de un noble que le encarga la construcción de unas caballerizas. El joven viaja a sus propiedades para dirigir las obras de ese edificio que la mujer del noble visita con frecuencia Un día ella le cuenta un sueño que ha tenido y el joven descubre asombrado que también él ha soñado lo mismo Se dan cuenta entonces de que son los niños que los adultos se pararon al crecer y que desde entonces no han dejado de buscarse La clama se complica y por un hecho accidental el duque muere de un disparo y el joven es acusado de su muerte y condenado a cadena perpetua. Los carceleros le golpean hasta quebrarle la espalda, pero allí, en su jergón, sigue reuniéndose en sueños con su amiga hasta que ésta muere y se presenta por última vez en esos sueños para decirle que ya no volverá. ¿Quién puede decir lo que es real y lo que no lo es? exclama ella poco antes de morir al reflexionar sobre su extraña historia. Este es el argumento de Sueño de amor eterno, la película que Henry Hathaway firmó en 1935, basada en una novela de George de Morier titulada Peter y Besson. La película entusiasmó a los surrealistas que vieron en ella un ejemplo de ese arte nuevo que preconizaban, capaz de indagar en los estratos más hondos del ser humano. En su primer manifiesto del surrealismo, André Breton había escrito, Creo en el encuentro futuro de esos dos estados en apariencia tan contradictorios como son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta de surrealidad. Sueño de amor eterno con su historia de amor fu y su atmósfera de irrealidad y locura no hace sino indagar en esa frontera sutil que separa el mundo real del mundo de los sueños. Tal era la convicción de los surrealistas que más allá de la realidad física había otra realidad distinta, una realidad subconsciente, onírica, imaginaria e irracional en la que residían las claves de nuestra vitalidad y de nuestra capacidad de crear. Todos los cuentos hablan de esa realidad oculta a la que nos abrimos durante el sueño o a través del movimiento del deseo. Suelen empezar con un niño o una muchacha que se ven forzados a abandonar el mundo de lo conocido para adentrarse en un espacio peligroso y extraño donde hasta lo más siniestro puede suceder. En Blancanieves, la pequeña princesa se ve arrancada bruscamente del cómodo palacio donde vive, clodeada del amor de los suyos, para ser arrojada a un territorio hostil donde debe aprender a sobrevivir. Abandona, en suma, el reino del día para ingresar en el de la noche, que es el reino de lo distinto, de lo irreductible, de lo otro. Y hablar de lo otro es hablar de los animales, de los dioses, de las criaturas que pueblan los sueños, pero también de todo lo humano marginado, los extraños, los locos, los extranjeros, los niños, los muertos. Todos ellos son los habitantes de la noche. Pero en la noche no solo hay oscuridad, no solo hay vejaciones y daño. La noche es también el reino de las luciérnagas. Pierpaolo Pasolini habló en un artículo famoso de cómo estos insectos, que tienen el poder de brillar en la oscuridad, estaban desapareciendo de los bosques y campos de Italia. Y dio, en ese hecho, un símbolo de la desaparición del mundo en el que creía. Pasolini, que había recibido como herencia del cristianismo la idea de la sacralidad de la vida, no podía resignarse a vivir en un mundo donde el cuerpo fuera una mercancía más. En una de sus cartas escribe a un amigo napolitano, no le tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres, transformándoles en brutos y estúpidos autómatas adoradores de fetiches. Toda la obra de Pasolini será una protesta frente a la fealdad creciente del mundo que les rodeaba, una sociedad egoísta inclinada predominantemente hacia el lucro y el placer, adolescentes a los que les ha sido robada la cultura, una visión del sexo alejada de la alegría, Es lo que tenía delante de los ojos. Y las luciérnagas simbolizan para él el mundo libre e inagotable del deseo y del sexo. El mundo donde se celebran las bodas entre sueño y realidad, entre la vida y la muerte. Y eso representa la noche en el mundo de los cuentos, el rey donde se celebran esas bodas. En un cuento de Jock MacDonald, los gigantes dan su corazón a una nodriza para evitar la responsabilidad que supone tener que ocuparse de él. No hacemos nosotros lo mismo. Vivimos rodeados de injusticias y horrores, de seres arrogantes y déspotas, capaces de cometer los crímenes más atroces y miramos para otro lado como si nada de lo que hacen tuviera que ver con nosotros. No queremos tener corazón por el compromiso que supone tenerlo. Son los niños los que no pueden vivir sin él. Por eso necesitan jugar, por eso necesitan escuchar historias. Lo necesitan sobre todo cuando se sienten solos y abandonados, como Blancanieves. Los cuentos le piden a la oscuridad un lugar donde ese corazón pueda seguir latiendo. porque ese territorio donde sus protagonistas andan perdidos no sólo es el reino del horror y la muerte, sino también el de la libertad y el conocimiento, el de los deseos que por fin pueden decir lo que quieren. Es en un territorio así donde Blancanieves será abandonada y tras su encuentro con los enanitos pasará a formar parte de una comunidad de iguales donde por fin podrá tener una vida hecha a la medida de lo que desea. ¿Por qué no deja de ser extraño que el verdadero peligro para Blancanieves no proceda del bosque ni de sus ocultas criaturas, sino del interior mismo del palacio en que habita, de su propia familia y de los adultos que le rodean? ¿Por qué? ¿Por qué su marrastra se porta así con ella? ¿Por qué la quiere matar? ¿Aún más, por qué nadie la defiende de sus terribles y delirantes celos? ¿Dónde está su padre? ¿Qué hace? ¿Por qué no corren su ayuda? ¿Por qué los padres en los cuentos se desentienden de sus hijos tan pronto les dan el mínimo problema como si no les importara lo que les pudiera pasar? Los padres de Hansel y Gretel los abandonan sin más en el bosque cuando no tienen que darles de comer y tanto el padre de Cenicienta como el de Elsa, la princesa de los cisnes salvajes, viven ajenos al trato que sus respectivas marlastas dan a sus hijos. Lo suyo no es ocuparse de los niños. Viven pendiente de sus negocios y gobiernos, de sus tratos con eso que hemos dado en llamar realidad, y no les preocupa en exceso lo que pasa en el interior de sus casas. Es esto un mero reflejo del papel que los hombres han cumplido hasta hace muy poco y en cierta forma siguen cumpliendo en la educación de los niños, os responde también a una razón más honda. Aún más, ¿no son los padres varones en todas estas historias un símbolo de lo real? ¿Y es justo su falta la que propicia la aparición del mundo de los cuentos y el de los juegos, es decir, del mundo siempre esquivo y peligroso de los deseos de los niños? Detengámonos un momento en el papel que José, el padre de Jesús, cumple en el universo del catolicismo. Hasta mediados del siglo XV apenas tenía protagonismo en el calendario de las devociones de esta religión. La Iglesia evitaba su culto temeroso, temerosa de que pudiera pensarse que tales honores se le tributaban como padre carnal de Jesús. Nunca se le llamaba padre a seca, sino putativo, es decir, alguien a quien se tiene por padre no siéndolo de verdad. Por eso, en todas las representaciones medievales, José aparece en la sombra, es un cero a la izquierda, alguien que asiste a un misterio que no comprende, el misterio de la maternidad de María. José, o el santo que calla, podríamos escribir, ya que el silencio es su cualidad más esencial, el silencio del que no protesta ni dice nada, del que se sabe al margen y renuncia a entender. Bien mirado, ese silencio podría representar la perplejidad de todos los padres del mundo ante el nacimiento de sus hijos. Hasta hace poco, ese momento solo pertenecía a las mujeres. Eran ellas quienes sabían lo que debía hacerse y actuaban con diligencia en medio de aquel barullo de palanganas, toallas y agua caliente. Es cierto que las cosas han cambiado y que el hombre asiste hoy con su mujer a clases de preparación al parto, aprende a respirar a su lado e incluso está presente en el quirófano cuando nace su hijo, pero aún así su papel apenas es otro que el de un mero acompañante. Ningún hombre puede saber lo que pasa entonces en el corazón de una mujer. En esos momentos y por mucho que se empeñe, el padre siempre estará en una situación de inferioridad. De eso habla la bella historia de José, de alguien que llega tarde cuando todo está decidido, como le pasa a todos los padres del mundo, pues los recién nacidos de quien son de verdad es de sus madres. Por eso los niños son más sensibles a todo lo que tiene que ver con ellas, al sonido de sus voces, a la calidez de sus cuerpos, a su olor y a su suavidad. Son las madres quienes dan el alimento que necesitan para vivir y crecer y las más dotadas para hacerlo. Además, suelen ocuparse de su hijo como si su nacimiento fuera un milagro. La historia de José, más allá de su significación religiosa, es la historia de todos los padres del mundo. Una historia que nos dice que los recién nacidos pertenecen a las mujeres que los paren, a sus pactos secretos, a las apuestas de su fantasía, al menos mientras son pequeños y aún no saben hablar. Y que los padres son meros comparsas en esas escenas de sus primeros pasos por el mundo. Hágase en mí según tu palabra, dice María al ángel de la Anunciación, y lo primero que hace la madre tras el parto es ponerse a hablar con su pequeño. Eres un niño, le dice, no eres como los corderos, los pollos o los conejos que hay en el cordal. Y para convencerle, le da las palabras. El mundo de las recién parida es el mundo de las canciones, de los juegos verbales, de los cuentos maravillosos, el mundo de los encantamientos, los balbuceos y la poesía. La madre le da al niño el lenguaje y la libertad de utilizarlo. El padre le dirá más tarde lo que puede decirse y lo que no. Esa es su misión, señalar al niño el camino que lleva a lo real. José enseña a su hijo su oficio de carpintero, vigila sus pasos y corrige sus desvaríos. En los evangelios apócrifos, cuando le ve realizar milagros, se vuelve hacia María y le pide que hable con él y le diga que renuncia a esos poderes extraños. La huida a Egipto supone el abandono del mundo del mito. Es José quien conduce el pequeño burro que lleva a la madre y al hijo en ese itinerario. Eso significa el mito de la matanza de los inocentes. Sólo los niños que renuncian a ser reyes o enviados, pueden entrar en el espacio del humano. Dejar atrás la escena de la adoración es acceder a lo real. Es allí donde empieza la tarea del padre. José la desempeña de manera ejemplar. Está atento, se ocupa de su hijo sin dejar de percibir su belleza, la huella del mito. Es como Holden, el protagonista del guardián, entre el centeno, la novela de Schalinger, ve jugar a los niños y oculto entre el centeno, vigila para que no les pase nada. Todos los padres deberían seguir el ejemplo de José y cuidar a sus hijos sin dejar de estar secretamente maravillados por ellos. Y claro que también ellos pueden hacerlo con la misma pericia y ternura con que lo hacen las buenas madres, pero para ello deben ver en el niño algo más que un ser en formación lleno de imperfecciones que hay que corregir. Porque un niño no es sólo un adulto en potencia, es algo más. Es una criatura abierta a otros mundos y otras realidades. François Adolto dijo que era el medium de la realidad, dando a entender que era a través suyo como el adulto podía abrirse a una realidad más honda que aquella que constituía su vida ordinaria. Los niños pertenecen al mundo de los cuentos. Un mundo por seguir utilizando el cuento del Belén, donde las madres hablan con los ángeles, los animales les calientan con su aliento, hay estrellas que se detienen en el cielo sobre sus cunas y magos que viajan desde países lejanos para celebrar su llegada. Pero también donde reyes envidiosos quieren acabar con ellos para seguir detentando su horrible poder. Eso es Herodes, el terrible rey de la realidad, el rey que prohíbe los cuentos y los juegos a fin de que nada escape a su poder, pues el reino que cuentos y juegos llevan a los niños es el mundo de la libertad y el goce. Un mundo que, sin embargo, el niño tiene que abandonar para crecer y hacerse adulto. ¿Abandonarle completamente? Los cuentos nos dicen que no, que ese mundo nos acompañará siempre y que los momentos más decisivos de nuestra vida serán aquellos en que encontremos la manera de regresar a él. Los adultos que saben esto no leen cuentos a los niños por pura condescendencia, esperando sólo el momento en que al crecer y volverse razonables como ellos, dejarán de necesitarlos, sino para que nunca olviden ese reino del que proceden. Todo esto que te cuento, les dicen, habla de un lugar muy lejano, que es el lugar de donde vienes tú. En realidad, todos los padres son como María y José y sienten la misma extrañeza que ellos ante el niño que acaba de nacer. Todos sienten que ese niño no les pertenece y que tienen que hacerse cargo de él sin saber lo que querrá. Eso es una familia, un grupo de personas que se ocupan de una criatura pequeña que tienen que cuidar sin saber quién es ni de dónde viene. De eso hablan los cuentos y por eso los padres se lo cuentan a sus hijos para hablar de lo que son de verdad. Y jugar para el niño no es otra cosa que dar cuenta en el mundo de la vida de sus deseos, llevar su verdad a la vida leal. Las extravagancias que tanto abundan en los cuentos y los juegos tienen que ver con la incapacidad de los niños para aceptar una vida no marcada por lo excepcional. En eso radica su radical inocencia, en su incapacidad para separarse de su propia verdad. En la mística iraní se piensa que el nacimiento de cada hombre está presidido por un ángel llamado Daena que tiene la forma de una niña bellísima. El rostro de ese ángel no permanece inalterable a lo largo de la vida, sino que se va transformando imperceptiblemente con cada uno de nuestros gestos, palabras o pensamientos, de forma que al final de la vida, cuando nos encontramos por fin con él, se ha transformado en un ser bellísimo o en una criatura monstruosa, seguro han sido nuestros actos. Me atrevo a decir que es en los cuentos donde los niños se encuentran con ese ángel secreto y el juego no hace sino traer a la realidad la vida de los cuentos, por eso surge siempre de un sentimiento de insatisfacción, del afán de salvar ese abismo que existe entre nuestros deseos y la realidad. Jugar es anhelar lo que no podemos tener, estar enfermo de deseo. Una hoja cuya trama no existe, un mundo cuyo cielo no existe, una pregunta cuya respuesta no existe. Así definió Luis Cernuda el deseo. El deseo del hombre es una enfermedad porque nos enfrenta a lo que de desconocido hay en los seres que amamos y en nosotros mismos. Una pregunta cuya respuesta nadie sabe. Eso es el deseo. Nuestra misma conciencia es una enfermedad, pues nos descubre que tenemos que morir. ¿Qué haremos cuando ese momento llegue? Eso es estar enfermo, no poder dejarte preguntar. Pensemos en Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora de París. Se enamora de la gitana Esmeralda, pero ésta no corresponde a su amor. Su verdadera joroba es ese amor no cumplido. Muere, en definitiva, porque enferma de amor. Por eso, el corazón enamorado se representa como un corazón atravesado con una flecha. King Kong, al encontrarse con la muchacha blanca, deja de ser el ensobervecido dominador de su isla para transformarse en un ser herido, como el griego Filotestes. El corazón es esa herida. También enferma la sirena del cuento de Andersen. Ve al marinero y al enamorarse deja de ser alguien que se confunde con las olas, con las fuerzas desmesuradas del mar, y se transforma en una muchacha real, alguien que es portador de un corazón. Para hacerlo debe perder su voz y soportar el dolor de sus piernas. Tener un corazón nos hace enfermar, porque el corazón es el lugar del extrañamiento, de la apertura hacia el otro. Un poema de Luis Cernuda habla de esa transformación, dice así el poema. Unos cuerpos son como flores, otros como puñales, otros como cintas de agua, pero todos, temprano o tarde, serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden, convirtiendo, por virtud del fuego, a una piedra en un hombre. Transformar una piedra en un hombre no es otra cosa que entrar en el mundo de los cuentos y el juego, que es el mundo de la ilusión. La palabra ilusión procede del verbo latino yudere, que significa jugar. Aparece en todas las lenguas románicas con un significado negativo relacionado con la ficción y el engaño. Lo ilusorio es lo que no existe en la realidad. El ilusionista es un vencedor de humo. el iluso alguien que tiene esperanzas infundadas. Pero esta palabra ha adquirido en nuestro idioma un valor muy diferente. María Moliner la define como la alegría o felicidad que se experimenta con la posesión, contemplación o esperanza de algo. Por ejemplo, miraba con ilusión a su hija. Se ve que no tiene mucha ilusión por su novio. Julián Marías nos recuerda que este cambio es parecido a lo que sucedió con la palabra sueño. Cuando Calderón afirma que la vida no es más que un sueño, lo que quiere decirnos es que no es verdadera realidad. Pero en el siglo XVII, escribe Marías, se opera en Europa, en los filósofos y en los poetas, el descubrimiento del sentido positivo del sueño y la ficción, no como opuestos a la realidad, sino como formas de realidad, y precisamente aquellas que mejor reflejan la condición del hombre. Tener ilusiones para nosotros ya no será refugiarse en quimeras, sino vivir queriendo otras cosas. La ilusión tiene que ver con lo que María llama la condición indigente o menesterosa del ser humano, es decir, con el hecho de que nuestra vida sea un proceso lleno de necesidades que tenemos que satisfacer. Vivir humanamente, sentirse incompleto, proyectarse hacia un futuro en busca de algo que nos falta. y la ilusión es la expectativa de que lo podemos conseguir. Tiene que ver con los sueños del despierto, del cablofroid. Anhelamos algo y anticipamos en nuestras fantasías el momento en que por fin lo tendremos. La naturaleza del hombre es no dejar de anhelar y el que anhela lo hace con la esperanza de que su vida pueda estar a la altura de lo que proyecta. La ilusión en suma no es la espera de lo sabido sino también de lo que ignoramos. estar ilusionado es no conformarse llenarse de preguntas querer saberlo todo de lo que nos gusta su mundo es el mundo de las fabulaciones de los niños y de los amantes la ilusión es una condición de lo amoroso ya que enamorarse es esperar algo del otro querer saber quién es pero también lo que quiere de mí una entrega encantada así definió Ortega el amor vivir en un mundo sin cosas como les pasa a los niños. Esa es la búsqueda de la ilusión. En el sueño de amor eterno, la película de la que hablé antes, es el sueño el que vuelve reales a los protagonistas, pues les arranca de esa mentira que ha sido su vida desde que siendo dos niños les separaron. Todos los amantes lo saben y por eso y para no despertarse del todo se cubren el uno al otro de delicadezas. Los amantes son, son ámbulos que en su merodear inconsciente llegan inesperadamente un mismo lugar, un lugar que sólo ellos conocen y al que volverán cada noche, un lugar que sólo existe en el mundo gracias a ellos, reconocer en el otro el mismo sueño que tienes tú, tal es la sorpresa que nos depara el amor. Alguien encuentra a una persona y empieza a soñar con ella, sueña que vive a su lado, que caminan juntos, que hablan interminablemente, sueña con caricias y abrazos, con lechos, como cálidos nidos, con noches interminables, con juegos y palabras que sólo tienen sentido si están juntos. Y un día descubre con asombro que aquel o aquella en la que no deja de pensar tiene sus mismos pensamientos. Y es así como su amor se vuelve real, pues la realidad no es sino lo común, lo que se puede compartir. Eso es el amor, un sueño que se comparte. La poesía nos recuerda lo que somos, dice Octavio Paz. Por eso el niño necesita cuentos, por eso necesita jugar, para traer al mundo su propia verdad. En Peter Ibbetson, la película, digo, la novela de George de Moguette, en que se basa sueño de amor eterno, hay un momento en que su protagonista femenino hace la siguiente reflexión. Escucha, mi querido padre me enseñó un misterio singular del cerebro, un modo de saber recordar y evocar en sueños las personas, las cosas y los lugares ya desaparecidos, tal y como habían sido en realidad, hasta las cosas ya olvidadas. Él lo llamaba soñar de verdad, y tras una larga práctica me dijo que había conseguido llegar a la perfección, a la completa perfección. El único consuelo de su vida azarosa era soñar y soñar siempre con las épocas felices de su niñez y de su juventud, y con los años fugaces que pasó junto a su mujer adorada, y antes de morir, cuando vio mi desgracia irremediable y comprendió que la vida no podía darme muchas esperanzas de venturas ni de placeres, fue cuando me descubrió su sencillo secreto. Por eso he ido evocando en sueños todos los lugares por donde he pasado, y sobre todo ese rincón predilecto donde por primera vez te conocí siendo yo una niña. No concebía por qué tomabas parte en mis sueños, puesto que yo siempre había soñado la verdad, es decir, con cosas que habían sucedido en mi vida, no con cosas que hubieran podido suceder. Tampoco comprendía la causa de la fuerza y claridad de tu mano, ni por qué no te esfumabas cuando yo te tocaba, nublando así el sueño. Fue un misterio insoluble para mí que trastornó muchas horas de mi vida real y de mi vida en los sueños. Luego surgió nuestro encuentro en Cray y parte de ese misterio desapareció, puesto que después de todo tú eras mi antiguo amigo, Gogo. Pero aún continúa habiendo un misterio, un misterio horrible. El hecho de que dos personas se encuentren, como nos encontramos nosotros ahora, tomando parte de un mismo sueño y el portento de que sus cerebros coincidan y se compenetren de tal modo. En realidad, todo el mundo del relato, las criaturas que lo pueblan, son pura psicología. Hablan de nuestra vida oculta, de lo que nos constituye más íntimamente y está más allá de nuestra vida consciente. Aún más, nos dice que sin descender a esas zonas silenciadas y extrañas y abrirnos a lo que allí se esconde, nunca podremos tener una vida completa. Es en ese mundo, en las historias que hablan de él, como bien mostraron Freud y Jung, donde se guarda la verdad de lo que somos. Esas historias no son reales, pero hablan de esa verdad. La historia de Eros y Psique habla del eterno misterio del otro, que nunca es más presente que en el amor, la historia de Orfeo y Eurídice de la lucha contra la muerte. Los sueños en que se encuentran los amantes de nuestra película cumplen una función semejante. Sueñan porque lo real no les basta y necesitan regresar de alguna forma al reino del mito, al mundo de los relatos esenciales. La infancia pertenece a ese reino, también el amor. Por eso tanto el niño como los amantes necesitan jugar. Es en el juego donde nos abrimos no sólo al misterio de los demás sino al de nosotros mismos. El que juega siempre convoca su sombra. Quiero ser real. Es la plegaria silenciosa que acompaña al comienzo de todos los juegos. Pero ¿la realidad qué es? ¿Sólo lo que tenemos delante de los ojos? ¿Aquello que percibimos con nuestros sentidos y que compartimos con los demás? Una calle es real porque sus tiendas, sus aceras son visitadas por una multitud de personas que pueden encontrarse en ella y detenerse ante sus escaparates. Pero los sueños, los deseos ocultos, todo lo que esas personas callan acerca de sí mismos y de lo que quieren, ¿acaso son menos reales? Hace unos días, en una intervención pública, Juan José Millás habló de lo resbaladizo del concepto de realidad. Recordó el cuento de Anders en el traje del emperador. Unos pícaros ofrecen al emperador unos tejidos maravillosos para que se haga el más precioso traje, le dicen que la prenda fabricada con aquella suave tela tiene la especial cualidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna, sino que los pícaros hacían ver que trabajaban en la ropa, pero se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin. Sintiéndose algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Ninguno de ellos admitió que era incapaz de ver la prenda y comenzaron a alabarla. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpida era su vecino. Por eso, aunque vieron desfilar a Osley completamente desnudo, todos alabaron su traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo, pero si va desnudo. Para Juan José Millás, ese niño es el poeta, que es quien tiene la capacidad de ver más allá de las mentiras y las ilusiones colectivas. Pensemos, por ejemplo, en lo que pasa en Roma, donde una persona dice que es el representante de Dios en la tierra y como en el cuento de Andersen, todos cuanto le rodean obispos, cardenales, monjitas, no sólo le siguen la corriente, sino que terminan ellos mismos por creérselo. No sólo eso, sino que grandes multitudes se reúnen cada semana ante su palacio para aclamarle como si lo que estuvieran viendo fuera la imagen del mismo Dios. Esa vestidura radiante que dice portar, ¿no es como el traje invisible del emperador del cuento de Andersen? Lo real, entonces, ¿dónde está? Estamos en el circo. Suena la música y las luces se concentran en la pista donde vemos aparecer a un hombre delgado y flexible vestido con una larga capa roja. Alcanza el centro de la pista y tras saludar al público y despojarse de la capa que deja en manos de una hermosa compañera, nos pide que guardemos silencio. Se encarama una cuerda y empieza a subir por ella. Llega hasta lo alto de la carpa y allí alcanza al trapecio, su único reino en esta tierra. Y comienza su actuación. Vuela de un lugar a otro, realiza insólitas piruetas ajeno en apariencia a esas leyes de la gravedad que limitan los movimientos de las otras criaturas del mundo. Y sin embargo, no es cierto que sea así y que no le cueste lo que hace. Su corazón late apresuradamente y teme caerse. Puede que no se sienta bien ese día y que permanecer en el trapecio, lejos de ser algo gozoso, sea una fuente de sufrimiento. O que simplemente le aburra, pues ha realizado tantas veces esos ejercicios que ya no suponen nada nuevo para él. Por fin, desciende y regresa a la pista. Todos le aplauden y él acepta ese homenaje con con descendencia, como lo haría una criatura de otro mundo que exhibiera orgullosa sus facultades ante los simples mortales. Pero es un impostor y él sabe que desde que ha subido allá arriba no ha hecho sino jugar y mentir. Ahora estamos en el teatro. Un grupo de bailarinas se mueve sobre la escena iluminada. Van vestidas con trajes leves y gráceles y recuerdan flores esbeltas milagrosamente dotadas de movimiento. Van de un lado a otro como si vivieran en un espacio mágico donde fueran enteramente libres. Pero en realidad sólo son unas pobres muchachas. Muchachas que desde niñas han tenido que someterse a un régimen implacable de ejercicios cuyos pies han llegado a sangrar y que han tenido que soportar el mal humor de sus maestros. Que viven en un mundo de celos, delirios y de satinos y cuyos cuerpos reales nada tienen que ver con esos idealizados que sirven en el escenario. Por lo que bien podemos decir que también ellas, como los rapecistas, se engañan a sí mismas si es que de verdad creen en lo que hacen y, sobre todo, tratan de engañar a los que las vamos a ver. Eso es el arte, un mundo de autoengaños y simulaciones, fingir algo que no se es o que, al menos, no se es del todo ni en todos los momentos. ¿Necesitamos ser engañados porque de otra forma no podríamos soportar la vida? Puede ser, pero no es menos cierto que la carpa de un circo, la escena de un teatro, son lugares sustraídos al engaño que es todo y que si vamos a ellos es buscando alguna forma de verdad. ¿Cómo se entiende esto? Seley escribió un hermoso poema llamado El velo pintado. El poema habla de la vida como de un velo pintado, tal vez lleno de hermosas imágenes, pero que no conviene levantar, y habla de alguien que una vez lo hizo, buscando algo que amar, pero que no encontró nada, quería la verdad y no la pudo hallar. Eso hacemos todos, queremos ver más allá de ese velo, pero a vez lo necesitamos a nuestro alrededor, tal vez porque sentimos que la vida no sería soportable sin él, ya que oculta nuestro desamparo y nuestro dolor. Pondré otro ejemplo. Una pareja joven tiene un niño y viven felices cuidándole. Todos los días le llevan de paseo, lo muestran como si fuera un pequeño dios, alguien que han encontrado flotando sobre las aguas, ajeno a la miseria del mundo, que ha venido a cumplir un destino de luz y clarividencia. Y sin embargo, no es cierto que lo hayan encontrado en un lío sagrado, ni que tengan ningún destino que cumplir. Aún más, desde el primer momento, ese niño está marcado por el estigma de la muerte. Pero nuestra pareja no piensa en eso. No lo hace porque eso les llenaría de angustia. Por eso tienden sobre su niño ese velo pintado, que son los cuidados maternales. Se trata de una dulce y extraña impostura que, sin embargo, les gusta representar, tal vez porque, como dice el poema de Seley, más allá sólo anida el miedo. Nunca abandonamos la escena del teatro o la pista de un circo y bien podríamos decir que todos somos un poco impostores. Lo somos cuando llevamos a nuestros hijos a la escuela, cuando nos vestimos para una fiesta, cuando vamos a un tribunal o a una reunión de negocios. En todos esos casos estamos representando un papel. En ninguna otra esfera de la vida social es más patente esto que en la política. El político es básicamente un actor, alguien que actúa sin descanso ante los demás, cuyo ser mismo es representación. Algunos llegan a olvidarlo y cuando se ven forzados a dejar esa vida pública que llevan, literalmente enloquecen. Algo así es la locura, que bien podría consistir en empeñarse en continuar con el papel que estuvimos representando cando a obra terminou. De aí a súa obscenidade, que en griego significa o que deve quedar fora da escena. É a dizer, o obsceno é aquello que, debendo permanecer escondido, nos empeñamos en hacer aparecer ante os oitos de todos. A pornografía é obscena porque o que mostra debería haberse quedado en o ámbito da intimidade, e a loucura tamén o é, porque faz público o que só debió existir en el ámbito de nuestras fantasías. Pero el arte es otra cosa. Consiste en representar un papel, pero manteniendo un resto de cordura. Se parece al juego de los niños, que vive como escribió el gran psicólogo Winnicott, en esa zona intermedia que hay entre el mundo real y el mundo de los sueños. Es un puente entre ambos. El artista como el niño es un soñador realista. Le importa su sueño, pero también regresar al mundo real, como el trapecista, vuela a lo alto, pero sabe que tiene que descender, ocuparse de ese mundo que le espera aquí abajo, entre los simples mortales, de su familia, de su trabajo, de sus compromisos con los demás. ¿Cuál de esas vidas es la suya? O mejor dicho, ¿dónde está su verdad? ¿Allí arriba en el trapecio o aquí abajo, cuando lleva a su hija a la escuela? yo diría que sube al clapecio para poder llevar con dignidad a su hija a la escuela. Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años, dijo Julio Cortázar en una entrevista. Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías, mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mí. En fin, la gente que me veía crecer se inquietaba por mi distracción o enseñación. Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas, si puedo usar esa imagen, y por eso, desde muy niño, me arrajo la literatura fantástica. El niño busca sin descanso esos huecos, pues lo real raras veces recoge sus verdaderos deseos. Por eso abundan en los cuentos esos padres ausentes de los que antes hablaba y de los que el propio padre de Julio Cortázar, al abandonar su familia, es un ejemplo. El padre es el guardián de la realidad y su ausencia implica una fisura en ese reino que le presenta. Es el hueco entre las sillas del que habla Cortázar, un hueco no sólo por donde escapar, sino por donde abrirse a otras formas de realidad. Ese espacio escondido en los intersticios de lo real es el que explora el mundo de los cuentos y del juego. En las crónicas de Narnia ese mundo escondido vive en el interior de un armario, en Alicia en el país de las maravillas y en el hueco de un árbol. El mundo de los cuentos está lleno de huecos así, fisuras en el tejido de lo existente que abren al niño a zonas de lo real donde se juegan sus verdaderos deseos. También Blancanieves escapa del palacio de la realidad, ve ese hueco y se hace pequeña para entrar por él. Eso es lo que simbolizan esos hombres diminutos con los que se encuentran. Ha entrado en el reino de lo pequeño, que es el reino de los cuentos y los juegos. Las casas de muñeca, los soldaditos, los trenes eléctricos, todos esos objetos que tanto gustan a los niños y de los que se sirven para jugar son el acceso a la habitación de los deseos. También los amantes buscan esa habitación y esa es la razón de que haya tantas historias de parejas que huyen al enamorarse, como pasa con Tristán e Iseo cuando huyen al bosque para vivir su amor. El amor reclama burlar a los guardianes de lo real, como lo hacen los protagonistas de Sueño de Amor Eterno con sus carceleros. Todos los niños lo hacen cuando juegan, todos buscan un lugar indefinible que sólo a ellos pertenece, un lugar muy semejante al juego al que luego accederán a través de su sexualidad, pues el sexo como el juego sólo puede tener lugar lejos de la mirada de los padres. Recuerdo una película sobre Simbaz el marino. Su prometida ha sido transformada en una criatura diminuta y Simbaz tiene que correr todo tipo de peligros en busca de una flor cuyo erixir posee el poder de devolverle su tamaño original. Simbaz lleva a la princesita consigo y de vez en cuando la saca de su cofrecillo y la deja correr por la mesa, lo que ella aprovecha para provocarle con sus palabras y sus movimientos, como si le dijera, para amarme tienes que hacerte tan pequeño como yo. Esas escenas son una metáfora preciosa del amor, porque el amor, como el juego de los niños, es el reino de lo pequeño. Es justo eso lo que significa el anillo que se entregan los amantes. Tienes que caber por este hueco, se dice en el uno al otro cuando se lo ponen. El reino de lo pequeño es el reino de lo amor y del juego, de ahí el gusto de los amantes por los diminutivos, su tendencia a tratarse como si fueran dos niños que nunca abandonan del todo el territorio del sueño. El anillo también es una metáfora del acto sexual. Al fin y al cabo, el falo erecto es un cuerpo diminuto, es hacerse pequeño para poder entrar en un reino escondido. Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, a punto de escabullirse, lo abierto a otras formas de realidad, al lugar donde viven los deseos. Platón habla de un anillo así en uno de sus diálogos, el anillo de Ciges. Ciges es un pastor que un día pierde una de sus ovejas al abrirse un agujero en la tierra. Al adentrarse en la profunda grieta, descubre un precioso anillo. Tras este incidente, el pastor se une a un grupo de conocidos que están hablando mal de él y, al acercarse lo siguen haciendo, comprende que el anillo que ha encontrado le vuelve invisible. Los amantes y los niños tienen un anillo así. Es él quien les permite encontrar ese hueco en lo real por el que abrirse a zonas escondidas del mundo, donde por fin tener la vida que desean. Lo pequeño marca siempre el acceso a esa vida encendida por el deseo. Pero entonces, ¿por qué llamamos realidad a lo que pasa en el palacio del rey y no a lo que sucede en el bosque? ¿Es el bosque el sueño de los que viven en el palacio, el territorio de sus pesadillas? El lobo en Caperucita simboliza entonces la angustia de todas las madres ante el proceso de independencia de sus hijas. En ese caso, ¿por qué Caperucita hace caso al lobo? ¿Por qué el príncipe de la bella durmiente abandona su camino para internarse en la espesura de las tartas, ¿por qué la esposa de Barbazul abre la puerta del cuarto prohibido? ¿Por qué, en suma, los personajes de los cuentos se internan en esos territorios inciertos? No queremos abandonar el espacio del sueño. Eso es lo que nos pasa. No queremos hacerlo porque es allí donde viven nuestros deseos. En el Museo de Cligny en París hay unos hermosos tapices flamencos que narran el encuentro de una dama con el unicornio. Son seis tapices llenos de símbolos en que ese encuentro es narrado desde la perspectiva de los cinco sentidos, el gusto, el tacto, el oído, el olfato y la vista. En el sexto tapiz se ve a la dama a la puerta de su tienda recibiendo al unicornio. En el dintel hay un lema que dice, a mi único deseo. Los tapices proceden del siglo XV y han sido amados por multitud de poetas, entre ellos Grilke, que en sonetos a Orfeo dedicó uno de ellos, uno de sus poemas, a esta misteriosa criatura que empieza así. He aquí el animal que no existía, para añadir enseguida, y no existe, es verdad, pero al amarle le hicieron un lugar en este mundo. Es decir, es el amor el que le hace existir, el que crea para él un lugar donde poder encontrarle. Es muy poco lo que se sabe del unicornio, solo que si una doncella se interna en el bosque y se queda dormida en uno de los claros, acude silencioso a su encuentro. Le cuesta entonces la cabeza sobre su falda y se queda dormido sobre su plegazo, y entonces se encuentran en sus sueños y tienen una vida secreta que la doncella olvidará al despertar. También nosotros tenemos una vida así, una vida a la que debemos renunciar para tener la vida que tenemos cada día. Esa vida secreta, sin embargo, siempre regresa, lo hace en ciertos instantes, en los momentos más reveladores y íntimos. Entonces todo eso que somos y tratamos de olvidar nos llama desde otro lado de lo real. Los niños son expertos en esas llamadas, eso es jugar, crear un espacio para que puedan escucharse. Los cuentos guardan la memoria de todas ellas, por eso les resultan incómodos a los adultos y no suelen gustarles, porque no hablan de lo que son, sino de lo que han olvidado. No se dan cuenta de que al hacerlo les ofrecen una segunda vida. Tal es el milagro de los cuentos, entregarnos la vida que la bella durmiente no pudo vivir. Todos los juegos de los niños, y ya estoy terminando, tienen ese poder, incluso los aparentemente más banales. Cuando una niña juega a las maestras o a imitar a su madre, cuando va a la compra o está leyendo un libro, está haciendo algo más que interiorizar los roles que ella misma desempeñará al crecer. Quiere ser como su madre, sorprender sus pensamientos, más secretos, compartir sus sueños. No ha perdido la razón, sino que hace de la razón el campo de sus deseos. El juego siempre es un viaje interior, un viaje al corazón de lo real. Un psicoanalista diría que más allá de nuestra razón, de nuestra vida consciente, hay otro mundo, un mundo oculto hecho de deseos apenas formulados, de visiones, de anhelos extraños. Es ese mundo el que el anillo de Ciges nos permite visitar. En la película de Henry Hathaway, de la que abriendo comienza, hay un anillo así. Peter agoniza en la cárcel y Mary se presenta en sus sueños para pedirle que resista y siga viviendo, porque a partir de entonces se encontrarán en sus sueños. ¿Y cómo sé que todo esto es verdad? Le pregunta él. Mary le enseña un anillo que llevan el dedo y le dice que hará que se lo lleven a la cárcel. Y por la mañana le llevan ese anillo y Peter comprende que Mary no le ha mentido. Parece un anillo, pero no lo es. Le dice entonces Peter al médico, son las paredes del mundo, dentro de él está la magia de los deseos, Dentro de él está ella y todo conduce a ella. Todas las calles, todos los caminos y el octavo mar. Es un mundo, es nuestro mundo. Peter y Mary compartirán sus sueños a partir de ese momento y seguirán teniendo una vida en la que se seguirán encontrando a espalda de sus guardianes. Son como el unicornio y la doncella de la leyenda. Se buscan en el bosque y tienen el mismo sueño. ¿Qué quiere el unicornio en ese sueño? ¿Qué quiere la doncella? No lo sabemos, pues todo lo que pasa entonces es indecible. El alma de la belleza es la distancia, dijo Simone Weil. Eso era la belleza para la pensadora francesa lo inasible, lo que nunca podremos poseer. Los sueños, los cuentos no tratan de desvelar los misterios de ese bosque que es nuestro corazón, solo de protegerles. por eso los necesitamos, son los sueños donde por fin padres e hijos se encuentran de verdad, porque ¿a quién le basta lo real para decir lo que quiere? En el relato cristiano del nacimiento del niño Dios hay un pasaje perturbador que es la matanza de los inocentes. Herodes entera de que ha nacido un niño que será el nuevo rey de Israel él y para evitarle ordena matar a todos los recién nacidos. José recibe la visita de un ángel que le dice lo que va a pasar y le pide que huya. Y eso hace esa misma noche con María y el niño, por lo que el pequeño logra salvarse. Atrás quedaron todos los niños que murieron poner. Esos niños recuerdan a los niños perdidos de Peter Pan, la novela de Barley. Barley dice que los niños que se caen de los cochecitos cuando sus madres los llevan por el parque, pero en realidad son los que se morían a causa de las numerosas enfermedades de la infancia. El mundo está lleno de santos inocentes, que son los niños que fuimos alguna vez y de los que tuvimos que separarnos al crecer. Ellos nos acompañan en ese viaje que nos lleva desde el mundo del mito al de la razón. Una leyenda victoriana habla de los otros hijos de Eva. Eva estaba en el paraíso con sus hijos y Dios los quiso conocer, pero ella no se los enseñó todos, sino que eligió los más guapos, limpios y educados para no tener que avergonzarse de los demás que escondió en el bosque. Pero una vez que lo hubo hecho, comprendió que para que Dios no descubriera su engaño, los hijos que había desuscaído a su mirada tendrían que permanecer ocultos para siempre. Y fue de esa estirpe de donde surgieron hadas, elfos, duendes y las otras criaturas ocultas del bosque. El mundo de los cuentos habla de todas esas criaturas, habla de los niños que mató Herodes, de los niños perdidos de Peter Pan, de los hijos que Eva apartó de la mirada de Dios. En ellos está todo aquello a lo que debemos renunciar al crecer, ese mundo de azoteas y ventanas iluminadas que solo vive en el interior de los sueños. Pero esos niños siempre se las arreglan para regresar. Regresan cuando leemos un libro o escuchamos una canción. Regresan cuando amamos a alguien, cuando jugamos con nuestros hijos, cuando buscamos la compañía de los animales. Pregresan en nuestros sueños, representan todo lo que vive más allá de las fronteras de nuestra razón, todo eso que somos y que no cabe en lo real. Jugar es mirar por los ojos de esos niños perdidos, reunirse en secreto con ellos, hacer lo que nos piden. ¿Cuánto durará un niño? Se pregunta Julio Cortázar y enseguida responde, un niño durará todo lo que dure en sus juegos. Muchas gracias. Thank you. .
SISTEMA
ATSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
10/11/2014
FECHA_INGRESO_ENTREGA
13/07/2015
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Difusión
TEMPORADA
34
CONDUCTOR
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor mexicano.
TEMA_CONTENIDO
Seminario para el fomento de la lectura
FECHA_GRABACION
10/11/2014
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
María del Socorro López Arenas

