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CUID
M-20187
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 35
SINOPSIS_SERIE
De qué manera potenciar la creatividad y la imaginación infantil a través de los libros, que despiertan curiosidad, enriquecen el lenguaje y favorecen la reflexión. Se explora cómo la lectura en familia fortalece los vínculos afectivos y promueve el deseo de descubrir ideas, historias y nuevos mundos. El contenido también aborda el papel de mediadores, espacios culturales y prácticas cotidianas que facilitan el acercamiento temprano a los libros, así como diversas perspectivas sobre la importancia de crear en el hogar un entorno que impulse el desarrollo intelectual y emocional de niñas y niños mediante la lectura
EXTRACTO_SERIE
Exploración de cómo los libros impulsan la imaginación infantil, fortalecen la lectura en familia y crean entornos que favorecen el desarrollo emocional e intelectual de niñas y niños
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Héctor Abad (Colombia)
SINOPSIS_PROGRAMA
Carta a un joven lector, es un texto escrito por el escritor colombiano Héctor Abad y dedicado a su hijo. En ella habla de su padre y la lucha que sostuvo por los derechos humanos, y del gran amor que le inculcó por la lectura. Su labor como bibliotecario la resume con la frase: “guardián de libros y pastor de lectores”. Héctor Abad es escritor, traductor y periodista. En el año 2000, su novela Basura recibe el primer Premio Casa de América de Narrativa Innovadora. En 2006 publica su libro más celebrado, El olvido que seremos, en donde revive la historia de su padre, el doctor Héctor Abad Gómez, y las circunstancias de su asesinato.Evento grabado el 11 noviembre 2015, dentro del marco del XVIII Seminario Internacional de Fomento a la lectura, en el Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes (CENART), Ciudad de México
EXTRACTO_PROGRAMA
Reflexión sobre la lectura como puente entre tradición y presente, su poder formativo y afectivo, y los retos que enfrenta en la era digital, destacando su valor como espacio de imaginación, memoria y pensamiento
N_PROGRAMA
11
N_TOTAL_PROGRAMAS
19
DURACION_TOTAL
01:02:47:28
PARTICIPANTES
Héctor Abad, escritor, traductor y periodista
Julio Trujillo, poeta y editor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958)
Escritor, periodista y editor colombiano, autor de una obra reconocida en América Latina y traducida a múltiples idiomas. Entre sus libros más destacados se encuentran El olvido que seremos, ganador del Premio Casa de América Latina de Portugal y del Premio Wola-Duke en Derechos Humanos, así como Angosta, premiada como mejor novela extranjera en China en 2005. También ha publicado Asuntos de un hidalgo disoluto, Basura y La oculta. Colabora como columnista en El Espectador y ha recibido distinciones como el Premio Nacional de Cuento y el Premio Simón Bolívar de Periodismo de Opinión.
Julio Trujillo (1969–2025)
Poeta y escritor. Publicó poemarios como Una sangre, El perro de Koudelka, Sobrenoche y Jueves. Recibió el Premio Punto de Partida (1991) y el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (1994)
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Bienvenidos a este seminario. Como ustedes saben, está dedicado al tema de la familia y la lectura y las conjugaciones posibles entre ambas esferas. Gracias por estar aquí. Bueno, pues hoy tenemos el gusto y la fortuna de tener como invitado especial para esta conferencia magistral a Héctor Abad Faciolince, extraordinario escritor que desde hace años leemos y seguimos muy de cerca. Lo voy a presentar muy brevemente para luego ya dejarlo a él en su exposición, que como ustedes pueden ver es una carta a un joven lector. Héctor, escritor y periodista colombiano de la región de Antioquia en Medellín es justamente reconocido como una de las principales voces de la literatura latinoamericana contemporánea y aunque pasó por las universidades Pontificia Bolivariana y la de Antioquia sus estudios realmente los hizo y terminó en Turín en la carrera de letras modernas y ha traducido a muchos autores italianos como Lampedusa, Bufalino, Eco, Calvino, Shasha y otros más. De joven y gracias a su padre pudo conocer a los poetas Porfirio Barba Jacob y Leon de Greif. No es un tema gratuito, tiene que ver con esto de la influencia familiar en el hábito de la lectura. Desde siempre ha sido un columnista en varios periódicos y hoy publica semanalmente en El Espectador de Colombia. Tanto en sus columnas como en sus novelas, la voz de Héctor se distingue por su punto de vista crítico y personalísimo. Entre sus libros destacan Asuntos de un Hidalgo Disoluto, Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes, Fragmentos de Amor Furtivo, Basura, Angosta, El Olvido que Seremos, El Amanecer de un Marido, Traiciones de la Memoria, Testamento Involuntario. Este es un libro de poemas porque Héctor también es poeta y el último publicado hasta ahora, la novela La Oculta. El olvido que seremos, la multipremiada y multileída novela que cimentó el reconocimiento de Héctor, está dedicada a la relación del autor con su padre, Héctor Abad Gómez, de quien se dice que era cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política, quien fuera asesinado por dos sicarios en 1987. Médico alegre, apasionado, convencido de la necesidad del compromiso social de la medicina, defensor de la paz y la tolerancia, el padre, creo, y no sé si Héctor nos vaya a hablar de esto, es una influencia que sin duda tuvo que ver en los hábitos de lectura de nuestro invitado. Y ese es el tema que nos convoca. Así que los dejo con Héctor Abad. Bueno, buenos días. Muchas gracias a Julio Trujillo por esta generosa presentación. Muchas gracias a ustedes por estar aquí. Estoy muy feliz de estar en este Centro Nacional de las Artes que no conocía en este día luminoso del DF, en este otoño tan bonito que le devuelve a uno el recuerdo de que de verdad esta sí es la región más transparente del aire. Bueno, es muy curioso, ayer yo estuve, la vida es muy extraña, ayer estuve presentando mi última novela, La Oculta, en la librería del Fondo de Cultura Económica, y en el público había una sola persona. Hoy veo que hay, bueno, hay por lo menos 100, hay muchos, y entonces sí, la vida es muy extraña, espero que ustedes no estén aquí obligados. Esta charla, en realidad, en el fondo es sobre las diferencias entre hablar y escribir, entre leer y escribir. Y por eso yo no sabía bien si escribir mi conferencia o si simplemente prepararla, si decirla o leerla. A veces a mí me parece que las conferencias leídas son muy aburridas y estuve tentado de aprendérmela y decirla simplemente. Pero también me parecía que el tema era serio, que el tema era difícil y prefería escribirla. Tampoco sabía si traerla en papel o traerla en este aparato, pero como yo todo lo corrijo hasta el último instante, pues lo que traía en papel ya no me servía y tuve que traer este aparato. Yo trataré de leerla. Me preguntaron al entrar que si tenía presentación. Ahora en el mundo audiovisual se supone que los puros textos son muy aburridos. Pues yo voy a hacer una presentación que espero ustedes soporten, toleren, aguanten, que yo no los duerma. Bueno, pero es muy a la antigua, es puro texto, no hay imágenes, no hay nada. Y es una carta a un joven lector, según el modelo de Rilke, carta a un joven poeta. Rilke tenía a un poeta en mente, concreto. Yo, este joven lector, lo identifico con mi hijo. Con mi hijo que ya no es niño, que ya no es adolescente, que ya está en su primera adultez, pero que es un gran lector. De alguna manera esta carta está dirigida a mi hijo Simón, que por fortuna es un lector. No hace mucho eras niño, pero ahora ya tienes ese extraño don de los humanos que consiste en saber leer mentes. Ya podrías mentir si quisieras y ya te das cuenta de cuándo te están mintiendo. Ya tienes la intuición de lo que ocurre en la caja cerrada, que es la mente de los demás, de los otros. Y ya sabes también que las palabras sirven para que te digan cosas verdaderas y también para que te engañen. Hablando y por escrito. Ahora sabes cuándo entregarte con ingenuidad y confianza y cuándo desconfiar. Eso que oyes, eso que lees, ¿es verdad o es mentira o no importa si es verdad o mentira? Si el amor entra por los ojos, la lectura entra por los oídos. Cuando eras niño y tus padres o tu abuela te relataban una historia familiar, estabas empezando a leer sin darte cuenta. Y entonces todo lo creías. Es necesario que los niños crean todo lo que les dicen. No deben ser escépticos. No deben desconfiar si les informan que pasar la calle sin mirar es peligroso. Que si te internas en la selva sin compañía te puedes perder o puedes ser víctima de las fieras. Que tu grupo, tu tribo, tu familia cree en tal Dios, en tal equipo de fútbol y que habla esta lengua en la cual entiendes y te expresas. Cuando tu abuela o tu hermano o un disco o una página web o una maestra te leían un cuento infantil, estabas también empezando a leer con los oídos. También en la historia humana, la lectura entró por los oídos. Antes leían solo algunas castas elegidas y ellos les leían a los demás, a los analfabetas. Tal vez recuerdes si alguien o tú mismo abría un libro de los hermanos Grimm y podías leer u oír, leer u oír, oír que es leer con las orejas lo siguiente. Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma y cuando vio que se acercaba a su fin, llamó a su única hija y le dijo, querida hija, pórtate siempre bien y no me apartaré de tu lado y te bendeciré. Poco después cerró los ojos y murió. La niña iba todos los días a llorar al sepulcro de su madre y continuó siendo siempre buena. Llegó el invierno y la nieve cubrió el sepulcro con su blanco manto. Llegó la primavera y el sol doró las flores del campo y el padre de la niña se casó de nuevo. La esposa trajo dos niñas que tenían un rostro muy hermoso, pero un corazón duro y cruel. Entonces comenzaron muy malos tiempos para la pobre huérfana. Le quitaron su ropa buena y la mandaron a trabajar a la cocina. Por la noche, cuando estaba cansada de tanto trabajar, no podía acostarse, pues no tenía cama, y la pasaba recostada al lado del fuego, y como siempre estaba llena de polvo y ceniza, la llamaban cenicienta. Leer es imaginar dentro de la mente lo que las palabras dicen y transmiten. Leer es traducir a ideas las palabras ajenas. Leer es tener tras el cráneo imágenes que se forman a partir del sonido de las palabras. Figurarse la nieve aunque no la conozcas. Ver a una madre morir, imaginar que eres huérfana, ver un rostro y unas manos cubiertas de ceniza. oír un nombre y saber que es preciso e inolvidable, Cenicienta. El cuento de la Cenicienta no era verdad o mentira, simplemente era. No importa si Cenicienta existió o no realmente, pudo haber existido. Todos los niños temen ser huérfanos, y si son huérfanos, temen ser la Cenicienta y padecer a una horrible madrastra. También te consolaba constatar que aun si te trataban injustamente, había alguna posibilidad real o mágica de salir adelante, una justicia poética. Cuando tu novia te cuenta lo que hizo anoche, también estás leyendo. O cuando tu padre te regañaba con palabras por algo que habías hecho, tu cerebro estaba haciendo una operación muy parecida a la operación de leer. Con esto, digo que la lectura existe desde antes de la invención de los caracteres de la escritura y mucho antes de la invención del papiro, de los códices y de la imprenta. La escritura es la extensión a la mano del habla y la lectura es la extensión a los ojos del sentido del oído que descifra las palabras. Como dice Platón en el Fedro, el libro, y esta es la definición que prefería Ortega y Gasset, el libro no es otra cosa que decires escritos. Como ya eres mayor, lees también poemas. Si lees este de Quevedo, que yo te recitaba desde niño, descubrirás otras virtudes de la lectura, ese escuchar con los ojos, esa música callada de la lectura. Es un soneto de Quevedo muy bonito sobre, dedicado a su editor, Don José. Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos, libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan o fecundan mis asuntos, Y en músicos callados contrapuntos, al sueño de la vida hablan despiertos. Las grandes almas que la muerte ausenta, de injurias de los años vengadora, libra o gran don José, docta la imprenta. En fuga irrevocable huye la hora, pero aquella el mejor cálculo cuenta que en la lección y estudios nos mejora. En tiempos de Quevedo, lección era lectura, que en la lectura y en el estudio nos mejora. Ahora, permítanme hacer un paréntesis, ya que este seminario es sobre familias y lectura y las conjugaciones posibles. Permítanme hacer un paréntesis sobre mi experiencia familiar de la lectura. Yo creo que empecé hablándoles del sentido del oído, porque lo fundamental en mi casa era que mi mamá contaba muchas historias familiares y mi papá recitaba de memoria muchos poemas en voz alta, incluyendo este que les acabo de decir. Por eso para mí la lectura, la literatura, entró por las orejas, entró por el oído. Y esto que dice Quevedo en este libro, de que leer es escuchar con los ojos a los muertos, hablar con los sabios del pasado, que cuando un muerto ya no habla, lo que dice este poema, cuando un muerto ya no habla, puede seguir hablándonos a través de la lectura, a través de su escritura. Los muertos pueden dejar un mensaje cifrado, un testamento involuntario que consiste en, no sé, si alguien se suicida, deja una carta, si alguien está enfermo puede hacer un testamento. La persona que a mí me enseñó a leer, mi papá, la persona que pacientemente me mostraba libros con láminas, me mostraba las letras del alfabeto, me enseñaba a que yo las hiciera planas en su máquina de escribir para que yo fuera aprendiendo a distinguir las vocales, las consonantes. Bueno, esa persona, el 25 de agosto de 1987, por ser un defensor de los derechos humanos, un médico que defendía valores muy normales como la vida, el agua, el derecho a manifestarse, a la libertad de expresión. Cuando a él lo mataron a las 5 de la tarde, ese 25 de agosto, ese muerto pues ya no podía hablar. Pero mi mamá y yo cuando lo encontramos en el suelo, buscamos en sus bolsillos qué tenía. Y todavía entonces él, con palabras escritas, siempre lo he pensado yo, nos dejó un mensaje. Es la maravilla de la escritura y de la lectura. Un último mensaje. Era un mensaje que consistía en dos cosas. En un papel despreciable, un papel, digamoslo así, asqueroso, porque era una lista de las personas que iban a ser asesinadas, una lista elaborada por los paramilitares donde decían, creo que eran como 17 personas, este lo vamos a matar por tal cosa, a este por tal cosa. A mi papá decían que por comunista y no sé qué más. pero envolviendo ese papel asqueroso que se podía leer, uno puede leer cosas horribles y cosas maravillosas envolviendo ese papel había un soneto, un soneto firmado con las iniciales JLB un soneto que nosotros pusimos después como epitafio en la lápida del cementerio cuando enterramos a mi papá Las iniciales JLB, pues para uno, podrían ser Jorge Luis Borges. Yo siempre pensé que eran Jorge Luis Borges. Y era un soneto, ya se los voy a decir, que hablaba de la muerte y del olvido. Título, Aquí, Hoy. Y decía así, dice así. Ya somos el olvido que seremos. el polvo elemental que nos ignora y que fue el rojo Adán y que es ahora todos los hombres y que no veremos. Ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el término, la caja, la obscena corrupción y la mortaja, los ritos de la muerte y las endechas. No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre. Pienso con esperanza en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la tierra. Bajo el indiferente azul del cielo, esta meditación es un consuelo. Mi papá ya no podía hablar, naturalmente. También dejó un cuaderno escrito con muchos apuntes que yo febrilmente edité en los meses siguientes y publiqué un librito. Yo soy editor, colega de Julio, un librito que se llama Manual de Tolerancia, con esos apuntes. Y me di cuenta, pues, de que mi papá, después de muerto, seguía hablando a través de los escritos. Y eso es lo maravilloso de la escritura. Y lo maravilloso de yo poder recuperarlo a él, después de muerto, con una herramienta que él mismo me había enseñado, leyéndome cuentos, contándome cuentos, contándome historias familiares. haciéndome pensar con la voz y dándome la idea de que aprenderse poemas de memoria era siempre una gran compañía para toda la vida. Yo descubrí, yo no soy religioso, pero descubrí cuando le tenía miedo al avión, que eso que hacen las monjitas y los curas de rezar el rosario, rezar en los aviones, y van ahí tan tranquilos, es porque la recitación tiene un gran poder de calmar. Yo descubrí en los aviones recitando así, murmurando poemas para mí mismo, que eso me calmaba. Y cuando estoy aburrido, si voy en un carro por el tráfico del DF y sé que voy a llegar tres horas tarde, pues yo me pongo a recitar. Ahí me pongo a recitar muy tranquilo y llego sereno, sereno. Entonces sí, leer es escuchar con los ojos a los muertos, es una conversación con los difuntos, es un diálogo con los sabios de la antigüedad. Un diálogo, precisamente esa fue la primera crítica, o al menos la crítica más célebre que se le hizo a la lectura, y la hizo nada menos que Sócrates. La lectura era algo pernicioso porque no se le podía pedir al texto que aclarara algo confuso, que no nos quedaba claro. No se le podía preguntar al texto y que el texto contestara. Desde esa anotación de Sócrates, que conocemos gracias a que Platón escribió sus diálogos, y este está, como les dije, en el Fedro, Ha habido también en el mundo una secta de hombres que se oponen a la lectura, que la consideran dañina, perniciosa, peligrosa, y que sienten desprecio por la cultura del libro. Pero de ellos voy a hablar más adelante, pues son una secta de enemigos del libro, poderosa y muy creciente, hoy en día en el mundo digital. Dice Quevedo que de la injuria de la muerte, que la injuria de la muerte también se comete contra las grandes almas, pero que podemos hablar con esas grandes almas a través de la lectura. Incluso podemos leer cosas compuestas por infinidad de grandes almas del pasado que ni siquiera sabían escribir. Se sabe que hoy en día leemos libros compuestos antes de la invención de la escritura. Esos libros se mantuvieron en la memoria de pueblos, de poetas, de juglares, por tradición oral. Muchos cuentos infantiles vienen de muy antiguas tradiciones orales y son parecidos en distintas culturas. Hay muchos cuentos de niños huérfanos y madrastras o padrastros malévolos. El hecho de que no se nos hayan olvidado, de que hayan resistido al gran filtro de la memoria y del tiempo, nos indica que en esas historias se encierra una verdad profunda. Las mismas palabras de Sócrates o de Jesús, dos hombres que nunca escribieron, son las huellas mnemónicas que sus palabras habladas dejaron en los discípulos. Bien fueran ellos Platón, los apóstoles o los evangelistas. Jesús dijo, no escribió el sermón de la montaña. Y las palabras de Sócrates sobre el alma o sobre el amor estaban tal vez destinadas a que se las llevara el viento. Los antiguos decían, verba volant, scripta manent. La voz vuela, lo escrito permanece. Si esas voces no se hubieran grabado en otras mentes, y si esas mentes no las hubieran transcrito a un alfabeto, hoy no sabríamos nada de ellas. antes de seguir adelante con el elogio de la lectura y de la escritura es necesario tal vez que yo haga algunas salvedades no es bonito encarar la escritura y menos la lectura con arrogancia con superioridad no debemos no debemos decir los lectores somos mejores los lectores somos superiores, y no sólo por humildad o por falsa modestia, sino porque a veces, muchas veces, no es verdad. Todos hemos conocido grandes lectores que son muy malas personas. Leer, sin duda, nos puede dar muchas ventajas, pero conviene siempre recordar que la humanidad, el Homo Sapiens, que lleva dejando huellas sobre la tierra, sobre la arena, sobre el polvo, unos 300.000 años, escribe y lee apenas en los últimos 10.000. Y durante la mayor parte de estos últimos 100 siglos, esto era un privilegio de unas pocas castas sacerdotales o políticas y de unas pocas culturas o pueblos, los sumerios, los egipcios, los mayas, los griegos. El arranque del discurso de José Saramago al recibir el premio Nobel es hermoso hermoso porque nos devuelve a la humildad del mundo antiguo anterior a la lectura. Dijo así Saramago, el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. Saramago se refería a su abuelo, a un abuelo que lo que hacía era cuidar cerdas y vender los lechones apenas destetados. No sabía leer y escribir, pero para él era el sabio más grande que había conocido en su vida. Quienes no saben leer ni escribir, los iletrados, si han sabido dialogar y pensar bien en lo que oían y en lo que decían, pueden ser tan sabios como los letrados. Como dijo Lichtenberg, hay lectores que se refugian en la lectura como los malos toreros en un burladero. Él dice, realmente hay muchísima gente que lee sólo para no tener que pensar. Hay lectores perezosos, lectores malos y lectores inútiles, y ha habido y hay y letrados maravillosos. Así que lo primero es que desterremos, creo yo, la arrogancia de la escritura y de la lectura. Pero sigamos, sigamos con la carta al joven lector. A mí, como a ti, me encanta leer. Soy un enamorado de los libros y de la lectura en cualquiera de sus formas, la utilitaria y la placentera, la intensa y la despreocupada, la que busca un fin y la que es un fin en sí misma. He hallado en la lectura horas tan maravillosas y placenteras como comiendo un buen mole o abrazando un hermoso cuerpo ajeno, pero detesto el estímulo a la lectura como sermón, como receta de felicidad. A veces he pensado que ponderar la lectura, recomendarla, es tan tonto como recomendar la buena comida, los paisajes bonitos, la buena música o el buen sexo. Hablo de la lectura más bien como de una gran tentación que puede volverse una enfermedad, así como las buenas enchiladas te vuelven obeso. Una de las críticas que se le hacían a la lectura ya en el siglo XVIII es que ésta podía volverse un vicio, una enfermedad. Había predicadores que sermoneaban sobre los daños que producía la lectura, sobre todo de novelas, en las mentes puras de los lectores y sobre todo de las lectoras. La lectura era mucho más peligrosa para las mujeres. y se había contraído, ellas contraían leyendo un vicio solitario tan dañino como el otro. Si hoy nos lamentamos de la adicción al Facebook o a los videojuegos de los jóvenes, en el siglo XVIII los moralistas predicaban contra el vicio excesivo de la lectura. Se hablaba, por ejemplo, podía tener efectos tan dañinos, que se hablaba, por ejemplo, del síndrome de Werther, la novela de Goethe, porque se decía que leer el Werther producía suicidios entre los jóvenes. El mismo don Quijote se había enloquecido de tanto leer, y esto desde antes. La lectura ha tenido siempre detractores. A mí mismo, en el colegio, los curas me decían que se me iba a indigestar el cerebro de tanto leer. Y jamás olvidaré que uno de estos curas maestros quemó uno de mis libros, de Nietzsche, un libro que me había dado mi papá, o que yo había tomado de la biblioteca de mi papá con su permiso absoluto y que él me volvió a comprar. Y él quemó en el patio del colegio el libro de Nietzsche, pues este era veneno para un cerebro joven. Ya ven cómo es. La lectura, en efecto, tiene algo de vicio. Cuando uno le encuentra el gusto, tiene mucho de vicio. Y uno puede enviciarse incluso si se acerca a ella sin ganas de leer. Por eso es bueno siempre forzar un poquito al principio a todo el mundo. Porque es como cuando no quieren probar, yo no sé qué, ¿cómo se llaman estos tacos azules que tienen ese aspecto tan raro? El hongo del maíz. El huitlacoche, como cuando uno no quiere probar el huitlacoche o las hormigas estas que venden tan ricas acá y uno dice, no sé si quiero comer. Bueno, la lectura en los niños tiene algo de huitlacoche y de hormiga, como que la primera vez hay que, pruébalo, pruébalo, vas a ver, que no sabes lo que te estás perdiendo. Y puede que haya que esperar mucho y que primero digan, qué asco, qué cosa tan horrible, pero después, si se insiste, en italiano dicen el apetito viene maniando. El apetito nos llega cuando vamos comiendo. También el apetito de la lectura nos llega cuando vamos leyendo. Porque además un libro contagia las ganas de leer otro libro y otro libro y otro. Entre otras cosas porque los libros suelen referirse, suelen hablar de otros libros. y así la curiosidad va revoloteando y uno va pasando de uno a otro con esa dicha de ir descubriendo, de saber que hay un mundo infinito al frente que es inagotable, que nunca podrás agotar, pero eso para mí nunca ha sido angustioso, sino feliz, saber que nunca me faltará un libro. Además, puede haber lectores de muchos tipos, no todos tienen que ser lectores de literatura. Hay lectores de novela, hay lectores de ciencia, hay lectores de economía, de poesía, hay lectores carroñeros que leen basura y libros podridos, hay lectores de periódicos o de revistas y hay también lectores omnívoros con un pico como esos picos de algunas aves que son capaces de entrar, de algunos colibríes que son capaces de entrar en cualquier flor. De todas maneras, yo sí creo que estamos asistiendo a un cambio. A mí me gusta mucho rastrear lo que veo, lo que pasa, ir mirando con curiosidad qué está haciendo la gente, lo hice mientras venía a México, en el avión, qué está leyendo, qué hacen en los cafés, en los aeropuertos, en el metro, en el tren, en las bibliotecas. Yo trabajo en una biblioteca en una universidad en Medellín. soy guardián de libros como se decía antes cultivador de lectores o alguien que tiene que hacer el oficio que muchos de ustedes hacen estimular a la lectura a jonear a los jóvenes y a los niños para que lean como trabajo en esta biblioteca me gusta pasearme por ahí para ver qué hacen o qué leen, qué están leyendo los estudiantes de la universidad y en los aviones y en todas partes ya no cabe ninguna duda. Cada vez hay más gente leyendo o tecleando en los móviles, mucha más gente en las computadoras que ofrecemos, con internet en la biblioteca, más gente ahí consultando cosas que leyendo libros o periódicos. Mucha más gente, también los que leen, Digamos que cuando encuentro gente leyendo libros, ya la proporción es igual entre una tableta y un libro de papel. Yo no estoy juzgando ni estoy maldiciendo este tiempo en que vivimos. Yo mismo, un lector empedernido, que crecí antes de la llegada del computador personal y antes de la llegada de Internet, por supuesto, ahora paso la mitad, si no más de mi tiempo, de lectura frente a una pantalla del computador. Aquí mismo les estoy leyendo de una pantalla. Paso mucho tiempo frente al teléfono, frente a la tableta, frente a alguna fuente de lectura de sonidos o de imágenes, conferencias, y la otra mitad frente a esos objetos analógicos, tradicionales, libros, periódicos, revistas, hojas de papel. No voy a juzgar si esto es bueno o es malo. siempre con los cambios se gana y se pierde. Cuando íbamos a pie de una ciudad a otra, o cuando íbamos a caballo, como Don Quijote, seguramente conocíamos mejor la tierra, las aldeas, los cultivos, los campesinos, los accidentes del paisaje. Mi abuelo tenía una finca, una finca que yo describo en mi última novela, En la Oculta, y recuerdo muy bien que con mi abuelo y con mi papá entrábamos a esa finca a caballo, no había carretera. Y esas conversaciones o estar oyendo durante una hora a mi papá hablar o recitar o contar algo, pues era muy valioso. Ahora que entramos rápidamente a esa misma casa por una carretera, eso pues hemos perdido. Hemos ganado en tiempo, hemos ganado en facilidad, pero hemos perdido naturalmente en contacto, en mojarnos en el río, en oler flores, en sentir insectos, etc. Yo creo que con la lectura tradicional y las nuevas lecturas pasa algo parecido, se gana y se pierde. Cuando viajamos en avión, pues ni se diga. Yo me imagino lo que habrá sido para Humboldt venir por América del Sur y luego venir a México en barco, a pie, a caballo, pues hemos perdido contacto con la geografía, con la orografía. Todo ha perdido consistencia real, todo se ha vuelto más virtual, ya solo con la revolución del transporte. Casi cualquiera de nosotros ya ha recorrido en kilómetros más que lo que recorrió el mismo Marco Polo, Colón o magallanes. Lo que hemos perdido en intensidad y en cercanía lo hemos ganado en cantidad y en lejanía. Ahora podemos ir muy lejos. Sumergirse en el profundo e inmenso océano de una gran novela decimonónica de mil o más páginas, correr la maratón de leer en busca del tiempo perdido o correr los 10.000 metros de Jane Eyre, es muy distinto al zapping de la lectura de hoy, que en general va de Google a Wikipedia, a un blog, a un trino de Twitter o a una página de Facebook. Es muy distinto, sin duda. Y como en el viaje a pie o en automóvil, al hacerlo uno o lo otro, hemos ganado y perdido. Pedro, el diálogo de Platón que antes les mencioné, está al alcance de un clic. Es posible encontrar en pocos segundos las palabras de Sócrates contra la lectura. Y para él lo grave de la lectura era que producía muchos ignorantes que se hacían los cultos aunque no hubieran entendido nada. En palabras más contemporáneas, lo que Sócrates temía era a los snobs, los que parecen entendidos pero en realidad engañan y se engañan con sus conocimientos a medias, sin verdadera comprensión ni profundidad. este es un destino de la lectura si no estás verdaderamente preparado para ella no podrás sacarle mucho provecho yo creo, por ejemplo, que si uno no ha vivido si uno no ha vivido intensamente entiende mucho más mal las novelas yo creo que hay que vivir para poder sacarle provecho a la lectura uno no puede ser siempre lector tiene que vivir también para ser un buen lector y vuelvo a acudir a Lichtenberg que era tan agudo en sus sentencias decía, un libro es como un espejo si un mico se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol en una conferencia muy conocida de Ortega y Gasset la misión del bibliotecario él sostiene que la sociedad democrática de tipo europeo es hija del libro es el triunfo del libro escrito por el hombre escritor sobre el libro revelado por Dios y sobre el libro de las leyes dictadas por la autocracia, así dice Ortega. Ortega era hijo todavía de las ideas optimistas de la ilustración. El libro nos había sacado de la oscuridad, nos había sacado del infantilismo, que consiste en creer todo lo que nos dicen pasivamente, en poder ser manipulados, de la sumisión a un poder eclesiástico o político. Pero luego, esto lo escribía Ortega en 1934, creo. El siglo XX, con sus tragedias de guerras devastadoras, sanguinarias, en los pueblos más cultos, nos dejó una cierta desconfianza en la ilustración. Pueblos alfabetizados, pueblos amantes del libro y de la lectura, fueron seducidos, incluso por escrito, a las mayores mentiras y barbarias de la historia. Los optimistas dicen que eso fue solo una desviación momentánea del camino correcto. Los pesimistas perdieron para siempre la confianza en el libro y la confianza en que este era el antídoto razonable contra el fanatismo, contra el prejuicio, contra la tiranía. Era eso lo que nos habían prometido, que la lectura y los libros nos iban a salvar de todo eso. Yo, sin embargo, soy de los optimistas, pero debo decirte, joven lector, que ya no podemos ser ingenuamente optimistas. También en los libros se cuela la semilla del odio, de la barbarie, de lo más dañino que puede producir la mente de los hombres. Y ahora, además, como les decía, probablemente ya estemos saliendo de la civilización del libro y estemos entrando en otra, la de la red, que no sabemos bien cómo va a ser. Antes de internet, un gran intelectual mexicano, Gabriel Zahid, se quejaba por la avalancha de los libros, por los demasiados libros. No sé qué habrá dicho hoy, qué dirá hoy Gabriel Zahid, frente a Internet, con casi todos los libros al alcance de un clic y con la posibilidad de publicar de inmediato todo lo que se escribe. Un gran tratado de neurología, se puede escribir y publicar de inmediato, pero también un eructo mental, un hipo inútil, un revueldo de algo mal pensado, mal digerido. Ahora no es que haya demasiados libros, ahora todo el mundo, cualquiera que tenga un teléfono o un portátil, puede tener también un blog, una cuenta en Twitter, un pequeño o un gran megáfono para proclamar lo que piensa mediante la escritura. Si la frase de los antiguos que les cité ahora, verba volant scripta manent, el verbo vuela, se va, se lo lleva el viento y lo escrito permanece, en nuestra era me da la impresión que estamos entrando en un periodo en que también scripta volant, lo escrito vuela. Lo escrito ya se parece mucho más a lo hablado de antes. Pierde trascendencia de inmediato. Queda, sí, queda un registro, pero hay tantas voces, tanto ruido, que es probablemente imposible de recuperar. Yo he tenido muchas cuentas de correo electrónico, y mis primeras cuentas de correo electrónico a principios del siglo pasado, todas esas cartas que escribí fervorosamente, con el cuidado con que se escribían antes las cartas a mano. Todas esas cartas se me perdieron al cambiar de correos una y otra vez. Todo eso yo creo que no está en ninguna parte, ni siquiera en los cuarteles del Pentágono o de la CIA, en ninguna parte. Creo que todo eso se ha perdido, que en nuestro mundo, scripta volant, lo escrito también vuela. La escritura casi ha pasado a ser como el habla, es una propiedad de prácticamente todo el mundo. Si antes todos hablaban, hoy en día casi todos escriben. Así sea solamente para leerse a sí mismos, así sea tan solo mensajes, SMS del teléfono. Sócrates pensaba que el problema de la escritura era que esta a la escritura la interrogábamos y no respondía. El chat en todas sus manifestaciones, la interacción de escritores y lectores o de dos que escriben hace que hoy la escritura sea también un diálogo, que esa crítica de Sócrates deje de ser válida en cierto sentido. Es un diálogo casi tan instantáneo como el habla. Estamos invadidos por aluviones, por erupciones, por desbordamiento de lava y de baba de palabras. Ortega, en 1935, decía que ya los libros eran tantos que eran una selva inextricable. Se lee demasiado, decía, y no se sabe distinguir entre los libros buenos y los libros estúpidos. Nos daba a los bibliotecarios ese deber de orientar a la gente. Pero la libertad y el censor no se llevan muy bien. Así que, ¿cómo orientarse en esta selva salvaje? Si Ortega decía esto para el pequeño monte de los libros, ¿qué no diría hoy para esta verdadera foresta amazónica interminable de la red? Como se puede rastrear fácilmente repasando la historia de la escritura, podríamos decir que esta, que la escritura y su correspondiente, la lectura, se ha ido popularizando, democratizando cada vez más. El paso de la escritura en una lengua ceremonial o religiosa, como el latín, a una lengua vulgar, que significó que el conocimiento podía circular sin que fuera el monopolio de una secta de iniciados en los misterios de un lenguaje cifrado, de una lengua muerta y casi secreta. Cuando fue posible escribir y publicar en lengua vulgar, la iglesia y los monasterios dejaron de ser los dueños del conocimiento, de tener el monopolio de los textos. Hoy el alfabetismo no es el privilegio de una pequeña élite, sin duda, así haya muchos analfabetos funcionales. En realidad, llegar a ser un lector verdadero, no basta saber descifrar letras para ser un lector, es como llegar a ser músico o al menos intérprete de música. Es algo raro y difícil, que no tiene nada que ver con el hecho de decodificar unas letras y distinguir sin dislexia la D de la B. Ser lector es mucho más que saber leer, así como ser escritor es mucho más que saber redactar. Ser lector es saber interpretar y comprender lo que se lee. Y comprender, como dice bellamente Joan Margarit, el poeta catalán, comprender es llevar mucho tiempo entendiendo, es haber entendido muchas veces hasta que al fin se comprende. Una cosa es entender teóricamente lo que es la nieve o el mar y otra cosa un día al fin zambullirse en el mar y ser capaces de nadar en él, de jugar con las olas y quizá de atravesar a el canal de la mancha. Así pues que hoy, querido joven lector, querido lector de libros largos y variados, querido lector que entiendes y comprendes, es casi extraño que tú leas así como si estuvieras todavía en el siglo XVIII. Me parece que te estás quedando con poca compañía, que te estás convirtiendo en un bicho raro. No dudo que algunos de tus coetáneos te miren con desconfianza, o incluso con algo que es peor que la desconfianza, con admiración, pues todavía los libros conservan cierto prestigio heredado. El problema de la admiración es que te quedas solo, ya no te tratan de igual a igual, y eso es muy molesto, pero sí, te estás volviendo una excepción y no la norma. pero hay que tener en cuenta algo los lectores los lectores profundos los lectores que entienden y comprenden hemos sido siempre una minoría en tiempo del imperio romano si mucho el 10% de los ciudadanos sabía leer y escribir y el porcentaje era más bajo entre los esclavos aunque había esclavos que eran maestros de filosofía y entre los extranjeros Pero si no leían, como les dije al principio, muchos oían leer, muchos estaban sometidos a veces a esta tortura o a esta gracia de que les lean en voz alta. Había que leer en voz alta además porque todas las palabras se escribían de seguido. Apenas en el siglo IX en Irlanda los copistas empezaron la moda de separar las palabras para favorecer la lectura silenciosa y solitaria. Con el Renacimiento aumentó muchísimo el porcentaje de alfabetizados. En la Florencia del siglo XV, el alfabetismo había alcanzado probablemente un 35% de la población, de la población masculina por lo menos. Esto lo aprendí hace poco en un libro muy ilustrativo de Frank Furedi, Power of Reading, donde da todos estos datos. nosotros tal vez respetamos tanto el libro porque pertenecemos a una tradición a la tradición judeocristiana que es la de uno de los pueblos del libro los pueblos del libro son los judíos los cristianos y los musulmanes y los pueblos del libro confiaban en que no bastaba el pensamiento pensar o razonar para llegar a la verdad y al conocimiento. Para alcanzarlo se requería la lectura del libro. Venimos de 500 años, tal vez de 2.000 años, de mucho respeto, incluso de idolatría por el libro. Yo no sé si tal vez exageramos al tenerle esa veneración, ese respeto reverencial a los libros. Desde niños vimos curas que besaban la Biblia cada vez que la leían, y cuando nos liberamos de los curas, estos fueron reemplazados por una serie de curas laicos, filósofos iluminados a quienes les dimos el papel de alumbrarnos la vida. El iluminismo es heredero de esta creencia o de esta superstición. En las lecturas contrastadas es posible llegar o al menos acercarnos a la verdad. No ya a la verdad revelada por el libro sagrado, sino a la que se nos revela a través de muchas lecturas disímiles y contradictorias. El lector busca revelaciones, epifanías entre las líneas de un libro. La lectura es una forma de educación solitaria, de autodidactismo. Tú y yo creemos, joven lector, que la lectura favorece la introspección, el pensamiento sobre uno mismo, las decisiones vitales que se toman dentro de la mente. La lectura es una forma intensa de meditación. Esta es una especie de fe de la que muchos descreen hoy en día. Los descreídos dicen, ¿qué puede darte un libro que no te dé una buena película, una conversación, un programa de televisión, una conferencia de TED? Quizá hemos exagerado la importancia del libro y ahora la cultura visual y oral, la cultura digital, se toma la revancha por 500 años de dictadura libresca. Hasta ahora, pero en realidad, perdonen, nosotros los bibliotecarios, los promotores de lectura, queremos que los niños y que los jóvenes lean. Pero al mismo tiempo yo me pregunto, ¿qué queremos que lean los jóvenes? Ya pasó el tiempo de las lecturas recetadas, normativas, obligatorias. Ya nosotros no estamos en el tiempo en que creamos conveniente imponer un canon de lecturas. Sin embargo, tampoco creo que sea, que esté prohibido o que sea inconveniente proponerlo. Esa era la labor de la crítica, de los sabios y de los educadores. proponer una lista de libros que nos parecía, nos haría mejores personas, o personas más felices, o personas menos ignorantes. Proponer no es imponer, y los lectores pueden leer según un amplísimo abanico de gustos. Hoy en día ese abanico es casi infinito, y en todo caso es imposible de abarcar en una vida entera de lectura. Los lectores pueden leer, al menos como entrenamiento visual, incluso eso que ahora yo llamé basura. Paulo Coelho ayuda a entrenar el músculo ocular, así no estimule mucho el músculo neuronal. La gran pregunta es si los viejos lectores, como muchos de aquí supongo, los viejos lectores que se sumergían horas, días y semanas en la lectura de un solo libro amado, venerado, o del único libro sagrado que se leía repetidamente desde la cuna hasta la tumba. Los protestantes alcanzaban a leer 50 o 100 veces la Biblia desde que aprendían a leer hasta que se morían completamente. si esos viejos lectores enamorados de la lectura intensa y extensa van a subsistir, o si más bien pasaremos a ser especímenes tan extraños, tan raros, como los profesores de latín y de griego. Muebles viejos de una cultura anterior, arrasada por la historia, por la técnica, por las innovaciones de la era digital. Hay teóricos, y la frase fue acuñada por Lars O. Sauerberg, que hablan de Gutenberg como de un paréntesis de 500 años en la cultura humana. El paréntesis Gutenberg, que habría durado desde el año 1500 hasta más o menos el año pasado. Y ahora, este paréntesis, después de este paréntesis, regresamos a lo más natural, a lo más primitivo, primigenio del hombre, a lo oral, a lo interactivo. Este paréntesis, dicen con desprecio, fue una imposición de machos blancos de Occidente que quisieron dictar su visión del mundo a través de los libros y ahora deben caer derrotados, correr en retirada. La pregunta es, pues, si los lectores de hoy, los ágiles e inestables que vuelan, que navegan como colibríes picando brisnas de néctar literario o científico o tonto aquí y allá, si estos nuevos lectores hiperactivos del zapping digital serán el reemplazo de nosotros, el viejo paradigma, los lectores de libros gordos que nos cambiaban la vida. Sin duda, ser alfabetos, sencillamente, saber descifrar signos y codificar mensajes, sigue siendo útil, ofrece sus ventajas en el mundo digital. Al menos hay que escribir el nombre de la canción de YouTube para poder hacer clic en la que es correcta y saber leer el nombre del cantante. Al menos es importante también para identificar cuál es la categoría de porno que nos interesa ver. Los chats siguen siendo una serie de emoticones salpicados aquí y allá por algunas palabras. Pero exactamente para qué será usado el viejo alfabetismo en la era digital, no lo sabemos bien. Yo soy un emisario, como seguramente ustedes también, muchos de ustedes también, soy un emisario o un sobreviviente de la vieja cultura. No soy un nativo digital. Nací antes del último gran invento de la humanidad, de Internet. Un emisario que trata de adaptarse y de entender la era de mis hijos y de mis nietos. A veces, cuando he pasado en Twitter cuatro horas como un picaflor que trina y a veces liva, me pregunto si el tiempo así empleado ha tenido sentido. Quizá lo mismo se lo puede preguntar un adolescente que ha estado sumergido en videojuegos toda la tarde y de repente siente la punzada de la depresión y del sinsentido. O el joven que se da cuenta de que lleva en Facebook meses hablando solamente de sí mismo o curioseando banalidades entre sus conocidos o mejor, entre sus seguidores en busca de una novia que no llega. Yo no les tengo la respuesta para estas nuevas sensaciones. Hace dos siglos se hablaba con alarma del vicio de la lectura, de sus peligros, ya les mencioné el síndrome de Werther, y hoy se habla con el mismo temor de la adicción a Internet, del exceso de contactos virtuales en detrimento de los contactos reales. Sé de dónde venimos, sé que las novedades, incluso el invento de la escritura, despertaron siempre sospechas y que en cada era los tradicionalistas se han rasgado las vestiduras denunciando el fin de la humanidad, de la fraternidad y de la decencia. No les tengo respuestas, sino perplejidades. Sé cuáles eran los ideales de mi generación, hija de los ideales ilustrados, pero crecida en la desconfianza por la ilustración. Repito, sé de dónde venimos, pero no hacia dónde vamos. No soy un apocalíptico ni un integrado. La vida se ha acelerado, la historia se ha acelerado, la autoría, el autor ha perdido autoridad. Antes los amores, salvo la viudez, eran para toda la vida, les gustaran o no. Nuestros abuelos no se casaban, como decía un autor alemán, no se casaban con su mujer, sino que se casaban con el matrimonio. Antes también las novelas eran largas y duraban un mes o al menos una semana. Ahora los amores suelen ser efímeros, los divorcios son la regla y las lecturas tan breves como el amor, tan breves como un tuit o como una entrada en un blog. Pero uno se pregunta, en Antioquia se dice, de grano en grano llena la gallina el buche. Uno se pregunta, si la gallina llena el buche de grano en grano, ¿podrá también un joven adquirir cultura, los valores que defiende nuestra vieja cultura, asimilar todo un bagaje de conocimientos humanos de tweet en tweet, como de grano en grano. Yo incluso intenté escribir una novela por Twitter, le puse un título, Los mil trinos y un trino, se trataba de escribir una novela en mil y un tweets, Pero no pude pasar del tuit 263. El formato no me parecía apto para la novela. Se perdía el hilo. Los lectores perdían el hilo y yo también perdía el hilo. Después del tuit 60 se me olvidaba ya cuál era el nombre del personaje que había puesto 60 días atrás porque era un tuit diario. Me pregunto si a través de este tipo de lectura se perderá también el hilo de la ética que defendemos, si podemos así, a través de esos textos cortos, enseñar, permear la tolerancia, el respeto por el otro, la protección de la vida, del ambiente, la no violencia, la igualdad, la libertad, cierta amabilidad y decoro en el trato, la cortesía en las relaciones humanas. Yo tiento a creer que sí. Lo que ciertas novelas nos enseñaron a través de historias, no sé si nos lo podrá enseñar también en Facebook o en chat, pero hay en la red otros recursos. Yo no sé la respuesta, pero son los jóvenes lectores, el joven lector al que me dirijo, el que me lo dirá. Ellos pueden hacer mil cosas al mismo tiempo. Ellos están sometidos a muchos estímulos y los asimilan bien. Son, como se dice ahora, multitask. y no son, sin duda que no son más tontos que nosotros, a lo mejor son menos tontos que nosotros. De nosotros, en realidad ellos dicen lo mismo que se contaba de un presidente gringo, que era incapaz de caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Ellos parecen ser capaces de verdad de hacer muchas más cosas al mismo tiempo. Sea como sea, nosotros sí tenemos el deber de contarles a ellos, de explicarles a ellos, de explicarles a los jóvenes cuál era y cómo era nuestra dicha de lectores lentos. La buena comida casera o de un buen restaurante, como ustedes bien saben, si han comido comida de la mamá o de la abuela, es algo incomparable al fast food. Si la buena lectura es como la comida lenta, bien preparada, los consumidores de lectura rápida deberían al menos saber que también existe la lectura lenta. No estoy en contra, ojo, de una hamburguesa una vez al mes con papas fritas y Coca-Cola. Lo que me inquieta es ese menú cotidiano, siempre y todos los días, el mismo fast food todos los días. Que no haya un festín de Babette, como en ese cuento y en esa película maravillosa de Karen Blixen. Que no haya nunca un banquete de lectura extensa e intensa, con muchos ingredientes, de digestión lenta, que se sigue procesando incluso durante el sueño. Esta desaparición de los banquetes científicos, literarios, filosóficos, es lo que me parecería una catástrofe cultural. una gran pérdida de hondura, de intensidad y, sobre todo, de placer y de alegría. Muchas gracias.
SISTEMA
ATSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
11/11/2015
FECHA_INGRESO_ENTREGA
14/08/2018
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF490
BARRA
Difusión
TEMPORADA
35
TEMA_CONTENIDO
Seminario para el fomento de la lectura
FECHA_GRABACION
11/11/2015
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
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REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
María del Socorro López Arenas

