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SWC-60670
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120 aniversario de su natalicio
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A 86 años de la llegada de Seki Sano a México, esta actividad recupera la trayectoria y el legado de uno de los principales impulsores de la modernización teatral en el país. A partir del análisis de su labor como director escénico y formador de actores, se revisan sus aportaciones pedagógicas, sus métodos de trabajo y la influencia que ejerció en generaciones de creadores teatrales. Asimismo, se aborda el impacto de sus prácticas escénicas en el desarrollo del teatro mexicano. Enmarcada en la investigación sobre la historia del teatro en México, la actividad también da cuenta de los esfuerzos de documentación, estudio y difusión dedicados a preservar y valorar su obra y pensamiento, incluyendo publicaciones, materiales audiovisuales y reconstrucciones escénicas que permiten revisar y contextualizar su legado.
EXTRACTO_SERIE
A 86 años de la llegada de Seki Sano a México, se revisa su legado como director y docente, la influencia de sus prácticas escénicas en el teatro mexicano y los esfuerzos de investigación, difusión y reconstrucción escénica de su obra.
TITULO_PROGRAMA
SINOPSIS_PROGRAMA
Lectura dramatizada de La rebelión de los colgados, adaptación escénica realizada por Seki Sano y estrenada en México en 1941, basada en la novela homónima de Bruno Traven publicada en 1936. En esta conmemoración del 84.º aniversario de su estreno, alumnos de tercer grado del Centro de Educación Artística de Televisa, bajo la dirección de Ignacio Escárcega, recrean oralmente una historia ambientada en las monterías de Chiapas, donde trabajadores indígenas enfrentan condiciones de explotación, violencia y despojo. La actividad recupera una de las obras más representativas del teatro social en México y propicia la reflexión sobre la memoria histórica, la resistencia colectiva y la defensa de la dignidad humana, a partir de los conflictos sociales y humanos planteados por Traven y retomados por Sano.
EXTRACTO_PROGRAMA
Alumnos de tercer grado del Centro de Educación Artística de Televisa, dirigidos por Ignacio Escárcega, realizaron una lectura dramatizada de La rebelión de los colgados, adaptación de Seki Sano basada en la novela de Bruno Traven.
N_PROGRAMA
2
N_TOTAL_PROGRAMAS
7
DURACION_TOTAL
00:53:57:21
PARTICIPANTES
Jovita Millán, investigadora del Centro Nacional de Investigación Teatral Rodolfo Usigli.
Grupo de tercer año de Actuación del Centro de Educación Artística (CEA) de Televisa.
Ignacio Escárcega Rodríguez, actor, director, dramaturgo, investigador y profesor en la Escuela Nacional de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literartura.
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Jovita Millán
Investigadora del Centro Nacional de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli” (CITRU), especializada en teatro mexicano del siglo XX. Es miembro fundador del Seminario “Seki Sano y el Teatro Mexicano y Latinoamericano”, coordinado por Michiko Tanaka. Ha publicado diversos estudios sobre la vida y obra de Seki Sano, entre ellos textos incluidos en libros y revistas especializadas de México y Japón. Ha presentado ponencias en congresos de la Asociación Mexicana de Investigación Teatral (AMIT) y participado en actividades de difusión sobre el legado de Sano en instituciones educativas y culturales del país.
Ignacio Escárcega
Actor, director de escena, dramaturgo, investigador y docente. Ha desarrollado una trayectoria vinculada al teatro universitario y a las instituciones culturales de México. Ha dirigido obras como Afterplay, secuelas chejovianas de Brian Friel, La amenaza roja de Alejandro Licona, El juego de Yalta, Señor Clarini y La cueva de las orquídeas. Como dramaturgo es autor de Muebles en la cabeza y Granito de arena. Ha ocupado cargos de gestión cultural en la UNAM y el INBAL, incluyendo la Dirección de la Escuela Nacional de Arte Teatral y la Coordinación Nacional de Teatro. Asimismo, ha publicado trabajos de investigación y crítica teatral en revistas especializadas y fue integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Aniversario | Aprendizaje | Director de teatro | Docente | Dramaturgo | Japón | México | Teatro | Teatro contemporáneo
TRANSCRIPCION
Muy buenos días, continuamos desde el aula magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes. Seguimos con las jornadas de Quisano y su legado en México en el 120 aniversario de su natalicio 1905-1966. Cedo ahora la palabra a Jovita Millán Carranza, que nos irá unas palabras antes de la lectura dramatizada La rebelión de los colgados. Basada en la novela de Beth Traven, la adaptación teatral de Sequisano de La rebelión de los colgados se estrenó el lunes 19 de mayo de 1941 en el Teatro Ocampo de Morelia, Michoacán, en el marco de los festejos por el cuarto centenario de la fundación de esta ciudad. La ocasión fue propicia para que la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgara a C. Quizano el reconocimiento honoris causa por su trayectoria profesional y aportaciones a la vida artística y cultural de México. Organizada en tres actos y 25 escenas, el elenco estuvo integrado por alumnos de primera generación de la Escuela del Teatro de las Artes, entre ellos Ignacio Retes, José Gelada, Benjamín Lagunas, María Douglas y Celia Rubí, que años más tarde se consolidarían como actores y docentes, dejando la impronta de Sekizano en la historia del arte escénico de nuestro país. Podemos saber qué corresponde a Betraven y qué corresponde a C. Kizano. ¿Qué es esta obra? ¿Qué teatro es este? Se pregunta Carlos Fernando Bevia en su libro Teatro y Revolución Mexicana, publicado por la Universidad de Guadalajara en 1991, y se contesta en los siguientes términos. Es la puesta en escena de un estallido de cólera, una tormenta de cólera de dos revolucionarios integrales, Betraven y Sekizano. Prevalece la cólera violentísima muy japonesa de Sekizano. En este caso concreto, le ayudó para lograr una pieza de gran fuerza dramática. Hay algo propio de Betraven que no está en la adaptación que hizo Sekizano. el humorismo en la novela para reducir la tensión, la violencia y la solemnidad de la misión recién comprendida. No hay ni siquiera humanidad, cuanto menos humorismo. Como es lógico, pertenece también a C. Kizano el final en que, mediante transparencias, se proyecta en el escenario la frase, así empezó la revolución mexicana. Los historiadores corregirían esta frase, pero creo que los espectadores teatrales estarían de acuerdo en la verdad que se encuentra en el fondo de la frase. A saber, fue la explotación inmisericorde la causa última de la revolución. Hoy, a 84 años de su estreno, tenemos la oportunidad y el privilegio de asistir a una lectura contemporánea de la Rebelión de los Colgados a cargo de alumnos del tercer año de actuación del Centro de Educación Artística de Televisa, dirigidos por Ignacio Escarcega. La fecha de la acción de la rebelión de los colgados no fue fijada en el texto, pero podemos deducir que se desarrolla a principios de 1911 por las alusiones que en el diálogo se hacen al chaparrito rebelde del norte y a que el fuego recorre por todo el país. Está adaptada en breves escenas que buscan dinamismo para hablar de abusos que prevalecían y podemos decir que prevalecen en el estado de Chiapas, en particular a los indígenas chamulas que trabajan en las fincas cafetaleras o en las monterías, campamentos de tala de árboles para obtener maderas preciosas. Casi siempre es propiedad de extranjeros. Si vas al campo donde los muertos reposan ya, Busca mi tumba, que ahí solita la encontrarás. Llevarle flores, muchas gardenias y un rosal. Que sean violetas y no me olvides nunca jamás. Primer acto. Bajo el látigo de los capataces se cortan vidas, sueños y selva. Pero la rebeldía empieza a germinar. Camino, mediodía, calor, plantas tropicales. Cándido, llevando a Marcelina, su mujer, a cuestas. Ella está a punto de dar a luz. Ya no aguanto. Cándido, ya no aguanto. Bájame. Ya vamos a medio camino, mujer. No, no, por favor. Me va a reventar. Cálmate. No grites. Pronto llegaremos a Jovel y el doctorcito te curará. ¿Qué haces, pues, Cándido? Es Marcelina. Está muy mala del vientre. Yo quería llevarla cargando porque grita y sufre. Y espero... a ver qué pasa. Pues, ¿qué tiene? Tiene un dolor muy fuerte en el costado. Dijeron que si seguía así no pasaba la noche. Qué amolada. Es una buena esposa. Buena para el trabajo. Si muere, la cargo y me regreso a casa. ¿Y tu chamaco? No hay que desesperarse, Cándido. Si Marcelina tiene que morir, morirá. Pero eso no es seguro. Espérate, te vamos a dar una manita. Oye, Damián Patio de la casa del Dr. Correa Jovel, entrada la noche La escena está casi oscura La luz de una linterna revela al grupo El Dr. Correa palpa la parte dolorida de Marcelina Quien está tendida en el suelo Rodeada de Cándido, Mateo y el mismo Dr. Correa Es necesario abrirle el vientre Sacarle un pedazo de intestino que está infectado Y que provocará la muerte antes de 12 horas Si no la operó ¿Cuánto puedes pagarme, chamulita? 18 pesos, patroncito Doctorcito ¿Pero no te das cuenta? El algodón, la gasa yodoformada Costarán más de 18 pesos Sin contar el cloroformo que costará 10 pesos por lo menos Pero por el amor de Dios, doctorcito Jefecito Yo no puedo dejar que mi pobre mujer reviente como un perro Óyeme, chamulita Voy a decirte una cosa Si Dios nuestro Señor pagara mi renta trazada Mis deudas con el tendero, el panadero, con el carnicero y con el sastre Entonces sí podría operar por el amor de Dios Pero tú sabes, chamulita Tengo más confianza en el dinero y en las buenas garantías que puedas darme Que en el amor de Dios Puede que él cuide del chango que se cae de una rama Pero no cuida de un pobre doctor agobiado de deudas Pero doctorcito, si usted no opera, mi mujer se va a morir Y si yo opero gratuitamente, me moriré de hambre, chamulita ¡Papacito! ¿Tú no regalas tu maíz? Ni tu lana, ni tus puercos, ¿verdad? ¿Cómo quieres entonces que yo, doctor Correa, te regale mi trabajo y mis medicinas? Sale silbando. Cándido queda desconsolado. Mientras, en la cantina Tienda el Globo, los hacendados conviven. No, Gabriel. ¿Estás loco? Son muy pocos hombres. Ni para una montería alcanza. Pero, don Félix, no se pueden conseguir más. Fíjese, don Félix. Ofréceles 20 pesos más de enganche. O sácalos de la cárcel o lo que tú quieras. Pero tú me consigues 50 hombres. Debe haber indios necesitados en cualquier parte. Sí o no. Diles que habrá dinero. Buena comida. Que se podrán regresar a su casa cuando se les antoje. Pero, don Félix, les tiene que pagar más. Si no, se van a seguir escapando. Bueno, bueno. ¿Cuánto más necesitas? Mil pesos. Aquí los tienes. Pero Gabriel, ¿ahí de ti si no traes esos hombres? En la botica de Don Luis. Él y el doctor Correa juegan a la baraja. No se apure, Don Luisito. Mientras más enfermos haya, más dinero. Para usted y para mí, ¿no es verdad? Ah, eso sí, doctor Correa. Cuando el médico y el boticario se entienden bien, los negocios son prósperos para los dos. Pero si no se entienden, los enfermos aumentan de peso y llegan a viejos. Y las fábricas alemanas de productos farmacéuticos despiden a sus obreros. Pero hay de enfermos a enfermos. Entra cándido. ¿Qué? ¿Otra vez? Ah, ¿ahora estás aquí? ¿Qué quieres, chamulita? Vengo a lo mismo. Ya te dije que no queda otro remedio que abrirle la barriga. ¿Aquí está el doctor? Sí, patroncito, pero... ¿Pero qué? Aquí estás perdiendo el tiempo Pero don Luis ¿Cómo puedo operarla si el chamula no tiene más que 18 pesos? ¿Seguro que usted no puede operar por ese precio? Pero dime chamula ¿No conoces a alguien que pueda Prestarte lo que se te paga? ¿Quién? ¿No te podrías enganchar como cortador de café? En el Soconusco El enganchador no se negaría a adelantártelos No, no quiero ir al Soconusco Allá los alemanes nos tratan peor que a los perros Entonces Entonces no veo la posibilidad de ayudarte Y tu mujer morirá Y tu mujer morirá Morirá, ciertamente Llega don Gabriel Quien ofrece prestar a Cándido los 100 pesos Más dos botellas de aguardiente a manera de adelanto Siempre y cuando se comprometa a trabajar en la montería de don Félix Angustiado y presionado Firma pensando en salvar la vida de su mujer Pero nada se puede hacer en el consultorio del doctor Correa Y Marcelina muere Enrollan su cuerpo en un petate y la colocan encima de una carreta Con su permiso, doctorcito Oye, muchacho, ¿tienes intención de irte sin pagar tus deudas? Me olvidaba, doctorcito Perdóneme, ¿cuánto le debo? Son cinco pesos por la primera consulta Y cinco más por el examen postmorte Por haber verificado si estaba muerta Perdona, doctor, pero usted no la ha curado ¿No la examiné cuidadosamente? ¿Y no te dije a ti que era preciso operarla? Sí, doctor Bien, ¿es trabajo o no? Ciertamente, doctor, es trabajo, pero se murió Ya usted lo vio y cualquiera puede verlo Amigo, tengo suficiente que hacer para discutir contigo O me pagas 10 pesos que me debes O te meto preso ¿Está claro? ¿Y el cuerpo de tu mujer no saldrá de aquí hasta que hayas arreglado tus deudas yo soy un hombre consciente y siento la mayor benevolencia por los pobres indios por ti en particular pero ahí está lo que hacen música para velorios, borrachera y al médico no le pagan otro médico te habría cobrado 10 pesos más por la permanencia de tu mujer en el patio no ignoras que me veré obligado a limpiar con criolina el lugar donde murió Es una orden de las autoridades sanitarias de las que yo soy jefe y nadie me regala el desinfectante. Extiende la mano cobrando a Cándido. Este saca los 10 pesos de su faja roja de lana y los deposita uno a uno en la mano del doctor. Un poco después, Modesta, hermana de Cándido, se entera y llega con él a dar su apoyo. ¡Cándido! ¡Cándido! ¡Modesta! Hermanita. Cándido, ya lo supe. No, no sabes todo. Me enganchó don Gabriel. El de las monterías. ¿A las monterías? Me van a arrancar de aquí. De mi tierra, de mi Marcelina, de mi chamaco angelino. Pasan los días. Y lo que junta Cándido no alcanza ni remotamente para intentar siquiera pagar la deuda. Cuenta minuciosamente su dinero ayudado por su hermana. Uno, dos, tres para el machete nuevo. Tres pesos. Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro reales. Un puerquito. Uno, dos, tres, cuatro. Otro puerquito. ¿Cuánto queda? Quedan veintidós. Gastaste cuarenta... Cuarenta y dos pesos en una semana. En una semana. No puedo. Modesta, no puedo irme. No quiero separarme de esta tierra. Ya hablamos de eso. Un buen día vendrán los rurales y te llevarán a la montería. No me buscarán. Al cabo, don Gabriel no me dio la cuenta completa. A lo mejor se le olvidó. Al menos Marcelina no sabe lo que pasa. No lo ve. Se hubiera muerto de pena. Ella se hubiera ido contigo. Dicen que Ocuzin es muy grande. Mucho más que chamo tan grande como Vistán. Creo que te pagarán mejor. Ya podrás entrar. No entraré. Iré contigo. No, Modesta. Las monterías no sirven para las mujeres. Si ya no quieres trabajar con los ladinos, puedes vivir con los tíos en mi casa, porque mi casa es la tuya. Ellos me dijeron lo mismo, y los vecinos también. Pero yo quiero ir contigo, por ti y por tu hijo. No, Modesta. No, en las monterías hay puros hombres. Ya lo sé. ¿Cómo voy a dejarte solo con Angelino? Mientras, en la cantina tiende el globo interior. Los ricos de la región comentan sobre lo que ocurre en el país. Pero no, don Alejo. Yo sé que se han recibido cartas hablando acerca del tren que descarrilaron en Monterrey y de profesores encerrados en los cuarteles de Yucatán y Puebla. ¡Al viejo! ¡A nuestro buen dictador no le hace nada! ¡No tenga miedo, hombre! ¿A qué, don Ranulfo? Pues le voy a decir, comandante. Hasta en las monterías ya llegan rumores y algunos han intentado fugarse. Pero si hasta en los periódicos que los tienen tan amarrados, no dejan de decir sus cosas. Ayer publicaban que encontraron bombas de dinamite en una casa de Chapultepec. Y al chaparrito rebelde, ese del norte, lo desprecian. Pero le tienen miedo. Hay miedo los cobardes. Pero aquí, en Jovel no pasará nada. La policía a mi mando controla la situación. Pues a la hora buena no se olvide de los amigos. Entran Cándido, Modesta y Angelino, cargando bultos. Ah, aquí andas, Chamulita. Justamente te esperaba. Oye, Chamulita, no olvides que formas parte del grupo que se va el lunes a las monterías. Pero, patroncito, yo no he recibido el dinero. Mi mujer murió antes que llegara al doctor. Los 100 pesos están a tu disposición. Puedes recogerlos en la botica cuando quieras. No, jefecito. Yo no quiero el dinero. No estoy enganchado. ¿Ya has aceptado 50 pesos, sí o no? Sí, pero podemos devolverlos. Devolverlos. ¿Creen que voy a escuchar sus cuentos? Aún cuando me devolvieran los 50 pesos, no por eso estarías desligado de tus obligaciones. Has firmado el contrato ante testigos y has recibido un anticipo también ante testigos. Aunque solo hubiera recibido 3 pesos, sería igual. Estás obligado. Será preciso que te lleve a la comisaría para que allí te digan quién de los dos tiene razón. Modesta, Angelino, ¡córrele! Los tres intentan escapar. Solo Cándido lo logra. Con la ayuda de la policía retienen a Modesta. Y Angelino, al darse cuenta de ello, Cándido se entrega a esas autoridades. Ruptura de contrato, don Alejo. O más bien, tentativa de ruptura de contrato. Tentativa. Buena, así sí. Tentativa de ruptura de contrato. Tentativa. Segundo acto Nos desplazamos kilómetros a La Armonía Así se llama la montería de los hermanos Montellano Don Acacio y su amante Áurea están bebiendo Ayer me vi con mosquito Muy chiquitito, muy querendo Ayer me vi con mosquito Muy chiquitito, muy querendo Llega el gusano, capataz Y le daba unos picatitos Malditos, punta de cochinos hediondos y vomitados Que creyeron que nunca regresaría de Villahermosa Yo creía encontrar los tumbos como montañas O por lo menos como la catedral de Villahermosa No encuentro nada, ni siquiera una triste brisna de caoba Golfos, borrachos, eso es lo que son, borrachos Por el diablo me van a contestar, atajo de vagos Vamos a ver qué responden a mí, a don Acacio Pero don Acacio, hace seis semanas que no se emborrachaban porque no teníamos ni una botella Hasta ayer que vino el turco y nos trajo algunas, era natural Pero por el diablo, ¿cómo es posible que no hayan hecho más? Es un pecado, un crimen Pero don Acacio, los troncos estaban invadidos por las raíces. Por las raíces, por las raíces. Eso es lo que debo oír. Como si esto fuera razón para flojear. Se construyeron andamios de por lo menos dos metros de alto para alcanzar los troncos. Se diría que es la primera vez que esto sucede, como si yo mismo no lo hubiera hecho durante años. Eso no me ha impedido hacer producir hasta tres y cuatro toneladas por día. Y hoy resulta que unos cochinos capataces A quienes pago salarios tan altos como los de un contratista Encuentran el modo de producir cuatro veces nada Ustedes son unos bandidos Que solo saben parrandear y hartarse Apenas una tonelada diaria por hombre ¿Qué más podríamos hacer, jefe? Los hemos golpeado como a perros Entre más los azotamos, menos trabajan Ya te he dicho que el látigo Si se abusa de él, no sirve de nada ¿Por qué no los has colgado más seguido? Pero no éramos más que el pícaro y yo Y para colgar a media docena hay que ser por lo menos tres ¿De qué sirve la pistola? ¿Eh? ¿Para presumir o para cazar gallinas? Efectivamente, jefe No sirve para nada No tienes más que meterle el cañón por el hocico al que rezongue Y ya verás cómo se calman Seguramente, jefe Claro que sí, ¿qué es lo que te imaginas? Ya nos hemos visto en otras, mi hermano y yo Ya, Cacho, cálmate Mira, ven Cacho, cacho. No le hace que sean muy hombres, yo también me sé pelear. Si me han de matar mañana, que me maten de una vez. Pero la cólera de Acacio, cacho, es mucha. Por primera vez aparece el término colgados. ¿A qué se refiere? Días después, en un campamento de la montería Vemos a otros campesinos indígenas Celso, Urbano y Pascasio Solo uno de ellos tiene años de trabajo allí En la tala de árboles de maderas preciosas Allí está también Cándido Y un maestro que ha llegado del centro del país Martín Trinidad Llevo tres años en esta montería y la conozco como a mi casa Bueno Santiago, si conoces tan bien esto, ¿por qué no te has escapado? No por falta de ganas, Urbano Todos queremos. Bueno, Pascasio, bueno. Ya es muy tarde. Hay que cenar algo. ¡Celso! ¡Tráete las gordas! Voy, voy. Pascasio, olvídate de eso. No queremos aquí otro velorio. Con eso no creo que engorden. No tenemos más y comemos lo que podemos. ¿Alguno de ustedes ha estado antes en una montería? Yo no. Yo creo que ninguno de ustedes tienen conocimiento de las monterías. Tener conocimiento. Tú sí que estás bueno. A lo lejos se oyen los gemidos de los colgados. Otra vez esa palabra, los colgados, es un castigo, una tortura que consiste en colgar a los que no cumplen con la cantidad de madera talar. De las muñecas, tobillos y cabeza. ¿Qué pasa allá en el monte? Es de los matorrales que bordean el río. Parece que martirizan animales. ¿Animales? No, no son animales los que atormentan. Atajo de burros. Son 20 leñadores. 20 hacheros los que gritan. Los cuelgan por tres o cuatro horas porque no producen las toneladas que les ordenan. Ya sabrán dentro de tres días lo que son cuatro toneladas. Dos toneladas ya son mucho para un leñador fuerte como un buey. Te cuelgan la mitad de la noche de un árbol, amarrado de los cuatro miembros, y para no olvidar nada, hasta de la cabeza. Y entonces llegan los mosquitos a zumbar alrededor. Caramba, y las hormigas llegan por batallones. Yo creía que solamente azotaban, como en las fincas de café. Sí, antes nos azotaban como podían, pero nos acostumbramos pronto y ya no servía de nada. Entonces fue cuando los Montellano, Don Acasio sobre todo, vinieron con una invención, el colgamiento. Celso fue el primero en rebelarse. Ahora ya somos media docena. ¿Colgarlos? Sería mejor que los mataran. No, Cándido, no se mata gente que puede cortar cuatro toneladas diarias. Un muerto no puede cortar árboles, ¿no es cierto? Por todos los santos del cielo Dios mío, es que pueda cortar mis cuatro toneladas para que no me cuelguen ¡Ay, fregados moscos! Pero Dios, que vino al mundo hace dos mil años para salvar a los hombres Se olvidó de los indios Es cierto, el país de los indios era desconocido Y cuando fue descubierto, lo primero que hicieron los conquistadores fue plantar una cruz en la arena de la playa Y decir una misa. Por esa ceremonia sufren los indios todavía. Será preciso esperar otros dos mil años para que llegue nuestro turno. ¿Para qué esperar la llegada del Salvador? Sálvate a ti mismo, hermano, y entonces llegar a tu Salvador. Es cierto. Dios vino al mundo hace dos mil años y salvó a los hombres. La próxima vez, nosotros salvaremos a los hombres. Al día siguiente, en la oficina de la montería, Cándido intenta demostrar, con la madera que ha logrado cortar, que su deuda ha disminuido. Sin embargo, patroncito, con la venia de usted al engancharme, don Gabriel, me dijo que serían dos toneladas. Y el alcalde Ucud, sin que avisó mi contrato, también lo dijo. Lo que diga tu contrato no me importa. Para ti serán cuatro toneladas, coyote piojoso. Y hay de tu cuero y de tus huesos si no las cortas. Cándido Castro, cuatro toneladas. Pero, patroncito... Ya te he dicho que solo tienes derecho a cerrar tu cochilo, zico. Aurea interviene para contener la cólera de don Acacio, que ha comenzado a golpear a Cándido. Oye, Cacho, la comida se enfría. Ven. Más adelante, Modesta, la hermana de Cándido intenta convencer a don Félix que la deje tener un comedor para trabajadores. Pero a cambio de ese permiso, él le pide más cosas. Montaré una casita aquí en el campo. Engordaré los puercos y haré comida para los leñadores. Eso no es tan fácil como crees. No podrás construir una choza si no te doy permiso. En cuanto a lo de engordar cochinos, también necesitas mi autorización. Si quieres trabajar, puedes hacerlo para mí. Es menos penoso trabajar para uno solo que para veinte. Serás mi sirvienta. Para todo. Si te portas bien conmigo y sabes gustarme, te irá bien Pero si eres mala, entonces te sonaré el cuero y te mandaré de nuevo a tu chiquero lleno de piojos y majada Tendrás que atravesar la selva, y quién sabe si llegues Porque puedes encontrarte un tigre que te morderá las piernas y puede que hasta el resto Yo no quiero ser su criada, patroncito Eso lo decidiré yo, y no tú De nuevo en la selva Luz de luna, días después Grillos, ruidos Comienza un aroma de rebelión Celso, pásame tu cigarro Dime, ¿de dónde sales exactamente, compañero? Voy a decírtelo, Celso Soy de Pachuca, de la región de las minas de plata Allá era maestro de escuela ¿Maestro de escuela y ahora leñador? Sí, ¿qué quieres? Abrí demasiado el hocico entre los mineros Y les dije que ningún hombre tiene derecho de oprimir la voluntad y el pensamiento de nadie. Y aunque en concepto de otros muchos un hombre se equivoca, tiene perfecto derecho a decir lo que piensa, lo que cree mejor para que las cosas marchen bien cuando está mal gobernado. Les dije también que debían pedir aumento en sus salarios, formar sindicatos, Porque si los propietarios de las minas quieren plata, es preciso que den a los mineros lo que necesitan ¿Y los mineros? ¿Se negaron a trabajar? ¿Se negaron? Todos, todos juntos Pero entonces llegaron los soldados y fusilaron a diez ¿Y a ti? ¿A ti no te fusilaron? No, no me fusilaron Me encerraron porque supieron que yo había sido el autor de todo esto Dijeron que yo no tendría la suerte de ser fusilado, como los otros Durante tres días me azotaron, mira Con esto querían hacerme gritar ¡Viva el dictador! Me negué porque odio al cacique y no deseo más que su muerte Cada vez que abría la boca era para gritar ¡Muera el tirano! ¡Abajo los catrines! Un día después, en otro lugar del monte, al ver que Cándido no puede cortar a chazos un árbol desde la base Celso le enseña a hacer un andamio Para comenzar a cortar de más arriba Comienza a llover, hay truenos ¿Ya ves, manito? Ahora sí, ándale ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Ya ves, muchacho? Todo es fácil cuando uno sabe Era necesario levantarse por encima de las costillas del árbol De manera de golpear directamente el tronco sin tocar sus raíces Compañero, dime, ¿por qué me ayudas así? Apenas nos conocemos y te arriesgas a que te cuelguen Ya perdiste mucho tiempo conmigo haciendo estandamio. No, no te apures, hermano. ¿Qué no somos de la misma raza? Chamulas y vecinos. Sí. ¿Ya ves? Esa es razón suficiente. Y luego puede que yo tenga otra razón. Modesta. Me gusta su nombre. No conozco otro más bonito. Ya me lo dijiste ayer. Pero yo ya lo sabía. Será un gran gusto para mí. Una vez quise a una muchacha. Ya debe haberse juntado al ver que no regresé. Buena, pero prefiero no pensar. ¿Todavía vas a trabajar? Seguro. El trabajo no me hace nada. Mira estas manos. La piel se me ha volteado centenares de veces. Dura como una piedra. No te miento. Cuando estas manos caigan sobre la cabeza de un capataz, tronará como cáscara de nuez. Mis manos no son como las tuyas Todavía Pero ya lo serán Ojalá y pueda cortar mis cuatro toneladas En las noches, en el descanso, ha comenzado a crecer la afinidad entre Martín Trinidad, el profesor exiliado, y Celso, el chamula punto de la rebelión. Juan Méndez era sargento de infantería en Mérida. Lucio Ortiz era cabo del mismo batallón. Los tres fuimos del campo de prisioneros de Yucatán y llegamos a Campeche. Y luego a la región de donde eres tú. Ahí encontramos a don Gabriel, el enganchador. ¿Qué historias me cuentas, compañero? Pero, tonto, no has hecho más que cambiar de prisión. Ahora tu prisión se llama Montería de los Hermanos Montellano. Ya ves, qué simple maestro de escuela soy yo. Pero más tarde, cuando la paz reina en el país, cuando por fin nos hayamos liberado de la tiranía y del dictador, cuando cada quien tenga su tierra y tenga libertad, entonces... Eso es lo que quiero yo. Pero hasta ahora no lo sabía bien. Te lo cuento porque sé que tienes las mismas ideas y creo que no estamos muy lejos de lo que tú piensas. Del día en que todo esto acabe, en que comencemos a colgar y no a ser colgados. Deja que los muchachos sigan creyendo que somos tres vagabundos, tres escapados de la cárcel o lo que quieran. Pero no creas que yo era el único que pensaba así en Pachuca. También conocí a otros en Yucatán. Yo quería que tú supieras quiénes somos nosotros y que pensamos y queremos lo mismo que tú piensas y quieres. Ahora, cuando la cosa se desate, será preciso que si yo cojo la cabeza, tú lleves la retaguardia. Y si tú coges la cabeza, yo cojo la retaguardia. Puede que esperemos dos meses, puede que seis, pero sé que no esperaremos un año. El fuego corre por todo el país y las primeras llamas suben por todas partes. No tan rápido, manito. Todavía no. Pero cuando llegue el momento, es preciso que ni un solo hombre deje de responder al llamado. No necesitamos ni banderas ni estandartes. Lo que necesitamos es sangre en las venas. ¡Tierra y libertad! ¡Tierra y libertad! ¡Tierra y libertad! Selva. Lugar de los colgados. Luz de luna, misma noche, tres horas después. Pascacio esperando impaciente, cuando de pronto ve a quien espera. ¿Qué pasa? ¡Ándale! ¡Ándale! ¡Voy, ya voy! Ya es hora, no se darán cuenta. Ojalá no nos busquen hasta mañana. ¡Vámonos! Mira, manito, allá está un colgado. ¿Y qué? No hagas caso. ¿Cómo que no? No podemos huir sin descolgarlo. A poco ya se te olvidó lo que se siente. No seas tarugo. No podemos perder tiempo. Nos alcanzarán los capataces. Ya hace mucho que está colgado. ¡Ahí es Cándido! ¡Cándido! Tampoco lo estrenaron. Perros malditos. Canallas. Se han de haber emborrachado y se les olvidó descolgarlo. Algún día a los golpeados nos desquitaremos. ¡Cándido! ¡Cándido! ¡Cállate! ¿No oyes? Vienen a descolgarlo. ¿Qué hacemos? Cuélgate tú y yo aquí los espero con esto. y llegó ese momento del que hablaban Martín, Urbano y Pascasio. Emboscan al vigilante, lo apuñalan y liberan a Cándido, pero está desmayado y no lo pueden reanimar. Escapan, llegan más, hay disparos, uno de los chamulas cae alcanzado por una bala, gritos, amenazas, pero también decisiones tomadas. Esa misma noche, horas después, en la oficina de las monterías, vemos a don Félix, don Gabriel y don Acasio, sentados alrededor de una mesa y alumbrados con una lámpara de petróleo. Se escuchan truenos lejanos. Hay algo en el aire que no acaba de gustarme. Hablando francamente, creo que estamos sentados sobre un barril de dinamita. Que surja una chispa y todos saltaremos. No quedará nada de nosotros, ni un pelo del bigote. Si hay una pelotera en una de las fincas de los alrededores y alguno de los muchachos responden por aquí, Vémonos por contentos y tenemos tiempo de salvar nuestros pellejos. Bien, don Acacio. ¿Pero qué hacer entonces? ¿Ponernos a salvo? Seguro que no, cabeza de burro. ¿Crees acaso que vamos a abandonar así nuestro dinero? Después de la inundación, sería tiempo de que exijamos nuevamente cuatro toneladas diarias. Entre tanto, la atmósfera habrá aclarado un poco en todo el país y puede que el pequeño caudillo entre en razón. Es un enano que apenas alcanza una mesa. Pero puede ser que precisamente por eso logre encender un fuego peligroso debajo de la silla del viejo, que está a punto de respingar como si una avispa le picara las nalgas. ¿Por qué? ¿Por qué? Ya lo encerraron durante seis meses y naturalmente el chaparro ganó de golpe centenares de partidarios y adoradores. Fue necesario que el viejo lo soltara porque si no, sus amigos hubieran hecho soltar todos sus palacios regando las calles con petróleo y poniendo fuego a todo. ¿Qué puede hacer don Porfirio cuando en cada rincón hay un desgraciado con una bomba de dinamita? Cuando hay tantos miles en el campo de prisioneros en el Valle de los Muertos, a causa de una misma idea es porque el país está a punto de incendiarse. Dicen que mientras más cruel es un tirano, más collón se vuelve cuando recibe el primer garrotazo. ¿Tú qué sabes? ¡Cállate! Bueno, Acacio, yo me voy a dormir. Mañana temprano tengo que salir a ver la caoba del campo de arriba. No olvides mi recomendación, Gabriel. Sí, don Félix. No tenga cuidado. Comienza a caer una tormenta. Llegan dos capataces empapados. Traen la noticia del asesinato de dos de los suyos y el escape de los rebeldes. Pero traen consigo a Cándido, agotado y abatido. Ya hemos visto la cólera de don Acasio. Como la lluvia ha crecido, se desborda hacia todos lados, pero sobre todo hacia Cándido. Comete un terrible acto de violencia a manera de castigo. Le corta las orejas con un puñal y pide a sus capataces le hagan lo mismo a su hijo Angelino. Luego de ello, para llegar a un extremo de humillación, pide que lo dejen solo con él. Vamos a tener una pequeña entrevista a los dos, Chamula. No te irás de aquí ni harás tarugadas antes de pagar hasta el último centavo. En ese momento, solos, Cándido aprovecha una distracción del hacendado. Lo golpea y lo somete. Intenta matarlo con la pistola, pero no sabe cómo quitarle el seguro. ¡Maldito hijo de perra! ¿Qué es lo que pasa en tu cerebro de idiota? ¿Te imaginas que porque me has acorralado voy a quedarme así, tranquilamente? Detente enseguida, indio desgraciado. Vas a desatarme, perro. ¿Sí o no? ¿Es un idiota semejante? ¿Un indio piojoso de esta especie quien pretende matarme? No, no. Es demasiado bueno para ti. Demasiado bueno para un ladino sin alma. ¿No vas a soltarme, por Dios santo? Al ratito estarás libre. ¿Ves esta alcayata? ¡Verdugo! Nunca volverás a ver golpear. Nunca volverás a ver colgar a nadie. Nunca volverás a ver el sol. ¡Nunca volverás a ver a tu madre! ¿Has perdido la cabeza? Gabriel, gusano, pero en nombre de la Virgen. Muchacho, no hagas eso. Te irás al infierno en nombre de todos los santos. No hagas eso, Madre Santísima, Madre de nuestro Señor. Allí no se detiene la cólera. Cándido también experimenta la violencia. Con una alcayata le arranca los ojos al hacendado y luego huye, llevándose su pistola. Llegan guardias y capataces. La única persona que siente compasión por don Acacio es Áurea. Cacho, amorcito mío, ¿qué ha sucedido? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué te han hecho? ¿Qué te han hecho, mi vida? Vete, lárgate, lárgate, te digo. Ya no sirvo para nada. No quiero tu compasión, puerca. Ya no quiero piedad, ¿comprendes? Cacho, mi vida, sé razonable. Yo te quiero y me quedaré siempre contigo. ¡No te acerques porque te mato! Haz conmigo lo que quieras. Mátame si quieres. No te dejaré. Aquí estoy. ¡Hazlo, mátame! Don Acasio baja la cabeza y le da la espalda. Da unos pasos y se dispara él mismo. Aurea, horrorizada, lo ve tambalearse y caer por fin. Aurea se arrodilla junto al cadáver. ¡Cacho! ¡Cacho! ¡Cacho! Horas después, en la selva, continúa la lluvia. Hace rato oí que me llamaban. Me levanté y vi parado a un hombre ensangrentado. ¿Qué dices? ¡Era Cándido! ¿Cándido? No grites. Sí, era Cándido. Estaba como loco. Don Acasio le cortó las orejas, pero luego lo tumba y le sacó los ojos. Le pregunté que por qué había pasado eso. Pero estaba como loco. No sabía qué hacer el pobre. Medio le entendí que nosotros, tú y yo, cuidaríamos de Modesta y del chamaco angelino. Y que él no volvería ya. Por eso te llamé. ¿Qué haremos? Algo ha estado pasando en las monterías. Algo gordo. Tenemos que andarnos contentos. Agarraron a Modesta, la hermana de Cándido. Mira, me dejó Cándido esta pistola. Yo no sé manejarla. Enséñame. Aquí comienza el tercer acto Una semana después, estamos en la alcoba de Aurea Es de noche, está en penumbra Aurea canta una canción sentimental recostada en su cama Y te voy a llorar cada nota Trataré de afinar con el alma rota Y me duele pensar que no pude llegar Que este último beso es a través de este cristal ¿Y ahora qué vas a hacer, Aurea? No sé qué hacer, todo me es igual Estoy triste, eso es todo Acacio me había prometido que me sacaría de aquí y se casaría conmigo Esto te estabas creyendo ¿Por qué no te vienes conmigo? Pero don Gabriel, usted ya tiene dos mujeres ¿Y qué? Tengo dos mujeres, pero puedo mantener hasta cuatro Como usted sabe, a pesar de los pleitos, don Acasio siempre me respetó Tengo de buena familia, mi padre era comerciante Quiero que sepas Que me gustaste desde la primera vez que te vi Cuando estabas con él Está bien, don Gabriel Me quedo con usted Vamos ahora al exterior Chozas, noche al día siguiente Fogata en la que se cuece una iguana Celso y un grupo de campesinos Dan cobijo a Modesta Que llega con ellos luego de haber escapado De las agresiones de don Félix ¿Qué pasa, Modesta? ¿Desde cuándo andas así? Esta mañana, muy temprano, don Félix me llamó para que arreglara su casa. Cuando llegué, me agarró y me aventó sobre la cama. Me tenía agarrada del pescuezo y de las piernas. Nomás me quedó una mano libre, agarré una botella que encontré y se la zorrajé en la cabezota. Entonces me zafé y corrí para afuera, pero me alcanzó a agarrar el vestido y me lo arrancó. Y yo seguí corriendo. Y el atrasito de mí gritaba, no corras porque te aviento un balazo. Me aventó dos o tres balazos. Ya te agarraré tarde o temprano. Te cortaré las orejas como a cándido. Te juro que te cortaré la nariz. Me pagarás la cuenta de tu cochino hermano. Y lo hará. Me dio mucho miedo. Casi casi sentí ganas de volver para que no me cortara las orejas. Gritó, te amarraré desnuda en un árbol durante tres días. Así se te quitarán las ganas de darme de botellazos. Entonces me alcanzó el cocinero y me dijo, corre muchacha, corre, no te dejes agarrar. Vale más que te coma un tigra que te agarre don Félix. Y me vine para acá. Podríamos esconderla. Idiota, ¿dónde quieres esconderla? Celso, mira ahí viene el gusano. Celso, Celso. Llega el gusano, el capataz más violento. Toma con violencia modesta del brazo. Cochinos, ¿Cómo puede un cristiano comer iguana sin vomitar? Cochinos Aquí le llevo un plato muy bueno para don Félix Y cuando lo haya saboreado bien y se haya aburrido Será mi turno de probar Me prometió dejarme lo que sobre Aunque sea sin nariz Suéltala, suéltala desgraciado ¿Qué? ¿Vas a atreverte a tocar mi indio desgraciado? De nuevo se suelta la violencia Los campesinos someten al gusano Hace tiempo que te había prevenido Tengo miedo Martín Trinidad se arroja sobre el gusano y lo apuñala No tengas miedo, Modesta Ahora no podemos echarnos para atrás Tenemos que seguir adelante Todos Sí, todos Seguro que sí De todos los que sufren aquí, en las monterías Nadie regresará a su casa mientras seamos capaces de tenernos sobre nuestras piernas Primero que nada, tenemos que matar a los finqueros, a sus mayordomos, a los capataces Seguro, a los capataces y a los enganchadores A todos los que se atraviesen en nuestro camino A los policías, los rurales y a los federales también Pero en todos los rincones de la selva Hay otros muchachos como nosotros Hay que avisarles, enseguida Con ellos seremos capaces de conquistar toda la selva Tú, Lucio, vete a avisarles y a todos los que encuentres, mándales enseguida, diles que se junten con nosotros en el río Toma la pistola, si un capataz trata de detenerte, dispara tranquilamente, tú sí sabes tirar, si la primera bala no lo mata, aviéntale otra, nada de miedos, ahora hay que hacer las cosas a fondo o no hacer nada, o son ellos o somos nosotros Pero nada a medias. Ya empezamos y debemos acabar. Dentro de media hora nos veremos en el río. Dentro de media hora. En la oficina de la montería, esa misma noche, los poderosos escuchan aullidos lejanos. ¡Demonios! ¿Qué sucede? Nunca se puede tener tranquilidad aquí. Toda la horda debe de estar borracha. ¡Atajo de inútiles! Puede que sean los refuerzos que pedimos. Imposible. Se habrían ahogado antes de llegar. La inundación es muy fuerte. Serán más bien los bueyes que se han soltado y vienen para escapar de los mosquitos Es posible Dijiste a los capataces que debían reunirse aquí esta noche Seguro que sí No deben tardar en llegar En la selva, la misma noche, Celso y Martín Trinidad planean una emboscada a los capataces Tú, Juan, y tú, Lucio, los dos son militares Van a tomar 20 muchachos cada uno y cuando haya vuelto Santiago, comiencen a rodear la oficina por el lado del río, a modo de que nadie pueda escaparse saltando a un cayuco. Si ven que alguien trata de escaparse, dispárenle y no fallen. Nosotros ocuparemos el terraplén frente a la oficina. No hay más que tres pistas que conducen a la selva. A la entrada de cada una, esconderemos tres hombres. En cuanto aparezca un capataz, le caerán encima. Los atacarán a machetazos. Arréglenselas para que, en caso de que se escapen, no puedan correr más que hasta la oficina donde esperarán encontrar socorro. No sabrán lo que les espera. En cuanto a los muchachos, que no tardan en llegar, envíenlos a reunirse con nosotros en el terraplén. Muy bien, en el terraplén. Dentro de un instante probaremos estos juguetes. Los capataces han llegado. Van hacia la oficina. Entonces, adelante. La emboscada a los capataces tiene éxito. Con lo cual, la rebelión tiene armas y cartuchos para tomar y destruir la oficina de la montería. Malditos los golpeados que olvidan los golpes recibidos. Y tres veces malditos quienes flaquean y no luchan para devolver golpe por golpe. Si no matamos a los finqueros, a los mayordomos, rurales, a los federales, a los guardias, a los alcaldes y a los jefes políticos, jamás podremos obtener la libertad. Hay que matar a todos nuestros enemigos, hay que matar a todos los que puedan volverse nuestros enemigos. Si tenemos piedad de ellos, nos traicionarán a nosotros mismos, a nuestras mujeres, a nuestros padres, a nuestras hermanas, a nuestros hijos y hasta los que aún no han nacido. ¡Adelante rebeldes! ¡Tierra y libertad! ¡Tierra y libertad! Es preciso que todos los peones se vuelvan hombres libres. Todos, todos. Es preciso que todos tengan un pedazo de tierra que puedan cultivar en paz. Para ellos solamente, tierra y libertad. Que la tierra nos pertenezca un pedazo a cada uno. Porque sin tierra no hay libertad, ni para ustedes, ni para nadie. ¡Tierra y libertad! Si quieren hacer la revolución, háganla. Pero háganla hasta el fin. Porque si no, ella se levantará contra ustedes, contra nosotros, y nos hará pedazos. ¡Ataquen por delante y por detrás! ¡En pleno día y en la oscuridad! ¡Ataquen como quieran, pero ataquen por Dios! ¡Tierra y libertad, compañeros! ¡Adelante! ¡Tierra y libertad! ¡Viva la revolución! ¡Abajo los catrines! Con antorchas, prenden fuego a la oficina de la Montería donde los poderosos se han quedado ya sin apoyo y son capturados Matan a don Gabriel de un balazo Don Félix trata de contener lo que ya está desbordado Escúchenme muchachos, escúchenme bien Vamos a echar los troncos al agua Y cuando el trabajo haya terminado podrán regresar a sus casas Palabra de honor Métete tu palabra de honor en cualquier parte y revienten perros ladinos Al diablo tus malditos troncos ladino salvaje Cuatro toneladas, cuatro toneladas Córtalas tú mismo maldito ladino Indios cochinos, ¿cómo se atreven a hablarle así a su patrón? Perro lo mates, no lo mates, quiero tenerlo vivo, lo necesito vivo. Tú, que hayas querido tomarme esta mañana, yo te lo perdono, porque tú eres hombre y yo soy una mujer. Que le hayan cortado las orejas a mi hermano Cándido, eso también te lo perdono, porque Cándido estaba acusado de haber matado a los capataces y tú y tu hermano Susamos tenían derecho de castigarlo. Pero que a mi angelino, al niñito que ningún daño te hacía, que no podía hacerles ningún mal, por el que yo les imploré en el nombre de la virgencita, a ti ladino salvaje, ante quien el niño juntó sus manitas, arrodillándose como ante Dios, que tu demonio ladino lo hayas mochado para toda su vida, eso no te lo perdono. Y si nuestro Señor me quiere oír, yo exijo que jamás te perdone. No te escupo, no te tentaría por temor de que mis manos se ensuciaran. No te maldigo porque ni maldición mereces. Te abandono a la condena del Dios justo. Hasta la madre más misericordiosa se rehusaría a la más pequeña partícula de tu piedad. Recibe una pedrada, luego muchas, le dan la muerte. Ahora viene una escena con proyecciones, música y efectos de sonido. Un tren marcha. En la oscuridad se oye el trepidar de un tren, que se acerca mezclado con un coro que canta una canción revolucionaria. El rumor del tren y el coro cesan. Sobre una pantalla se proyectan las siguientes palabras. Y por todos los rumbos del país se extendió el fuego. La luz revela paulatinamente un vagón lleno de soldados, cantando y gritando. Sobresalen Martín Trinidad, Juan Méndez, Lucio Ortiz, Celso, Santiago y Modesta. Carabinas 30-30, que los rebeldes portaban, y decían los federales, que con ellas no mataban. Carabinas 30-30 que los rebeldes portaban y decían los federales que con ellas no mataban. Con mi 30-30 me voy a marchar, en las pilas de la rebelión. Si mi sangre piden, mi sangre les doy por los habitantes de nuestra nación. ¡Viva la revolución! Come on! Gobierno de México
SISTEMA
ATSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
29/08/2025
FECHA_INGRESO_ENTREGA
31/07/2026
FECHA_PUBLICACION
11/09/2026
OBSERVACIONES
Es archivo publicable.
INGESTO
Jorge Vallejo Gutierrez
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
1
CONDUCCION
Jovita Millan
TEMA_CONTENIDO
Conversaciones de teatro en torno a Seki Sano.
FECHA_GRABACION
29/10/2025
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
https://teatro.filos.unam.mx/2021/06/15/escarcega-rodriguez-ignacio/
REALIZACION
Carlos Andrés Alvarado Jiménez
PRODUCCION
Elvira Sánchez Salgado
LIGA_COLECCION_INTERFAZ
https://interfaz.cenart.gob.mx/video/jornadas-seki-sano-y-su-legado-en-mexico/

