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M-06807-04
TITULO_SERIE
SINOPSIS_SERIE
Ciclo que ofrece un acercamiento profundo y reflexivo a textos esenciales de la literatura universal. En cada edición, un destacado escritor mexicano analiza una obra de su elección, explorando su riqueza temática y estética e invitando al público a descubrirla desde una perspectiva personal y crítica. Esta serie brinda una oportunidad única para redescubrir clásicos literarios de todos los tiempos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
EXTRACTO_SERIE
Escritores mexicanos analizan obras literarias de su elección, revelando su riqueza temática y estética. Oportunidad única para redescubrir a los clásicos y a los contemporáneos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
TITULO_PROGRAMA
SINOPSIS_PROGRAMA
Ricardo Garibay, destacado escritor mexicano, dedicó parte de su obra a reflexionar sobre El Cantar de los Cantares, un texto bíblico del Antiguo Testamento compuesto por 8 capítulos y 117 versículos. Este libro es conocido por su complejidad y profundidad en la exploración del amor
EXTRACTO_PROGRAMA
Ricardo Garibay reflexiona sobre El Cantar de los Cantares, texto bíblico del Antiguo Testamento con 8 capítulos y 117 versículos, conocido por su complejidad y profundidad al explorar el amor
N_PROGRAMA
4
N_TOTAL_PROGRAMAS
19
DURACION_TOTAL
01:30:58:00
PARTICIPANTES
Ricardo Garibay, escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Ricardo Garibay (1923–1999) fue un destacado escritor, periodista y cronista mexicano, reconocido por su prosa precisa y su habilidad para capturar la esencia del lenguaje oral. Originario de Tulancingo, Hidalgo, dejó un legado literario compuesto por novelas, ensayos, cuentos y crónicas. Entre sus obras más notables destacan Beber un cáliz y Fiera infancia. Su estilo se caracterizó por la profundidad psicológica de sus personajes y una narrativa ágil. Además, se desempeñó como periodista cultural, dejando testimonios invaluables sobre la sociedad y la cultura mexicanas del siglo XX
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
TRANSCRIPCION
Venga el amado a su vuelta, como acabo de hablar en Huertas el esposo, la esposa, avisada de ello, acuérdase de uno que tenía a su amado, que por ventura es el mismo de que hizo la comparación arriba noche, y ruéganos que se deje ir con coraje y que se vaya a un momento a comer de las palmas abajo, o mejor decir, que le hagan de ello que se dejan ante un hermoso vuelo de la noche.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Centro Nacional de las Artes en su ciclo de lecturas guiadas presenta "El Cantar de los Cantares" por Ricardo Garibay.
Si la ley no nos hubiera sido dada, el cantar de los cantares sería suficiente para guiar al mundo, dijo en el siglo primero después de Cristo el rabí Akiva.
El Cantar de los Cantares es uno de los libros más breves y a la vez más problemáticos del Antiguo Testamento. 117 versículos cuyo texto apenas ocupa 10 páginas impresas en las ediciones tradicionales de la Biblia y que han dado lugar a un sinfín de traducciones, comentarios e interpretaciones.
Los problemas comienzan en el mismo primer versículo, "Cantar de los Cantares de Salomón".
Este cantar, estas canciones, fueron compuestas verdaderamente por el rey Salomón.
En diversos versículos de la Biblia el monarca es descrito como un gran amante y fecundo compositor, además de que su nombre aparece en varios pasajes del cantar.
Sin embargo, es posible que estas menciones no comprueben su autoría, ya que pudieron ser añadidas en épocas posteriores, de acuerdo con la teoría de algunos investigadores, que consideran la obra como un cajón desastre, con materiales de periodos muy diversos.
La interpretación religiosa que se hizo en la tradición judía salvó a la obra de perderse en el olvido, pues afortunadamente cuando en el siglo uno después de Cristo los rabinos decidieron fijar y cerrar el canon de las escrituras, la obra era identificada con la relación de Yahvé y el pueblo de Israel.
Aunado a esto, la autoría de Salomón era en ese entonces un hecho incontrovertible.
Fueron los factores decisivos para que una obra carente de espíritu religioso entrara a formar parte de los libros sagrados.
Durante muchos siglos se ha visto al cantar de los cantares como una alegoría del amor sagrado entre el creyente y Dios, siendo matizada esta interpretación por cada periodo de la historia con sus circunstancias determinantes específicas.
Inicialmente se pensaba que el cantar representaba las relaciones del Dios de Israel con su pueblo, después pensaron que se trataba de Israel mismo, que en el exilio lloraba a su amado.
Luego se interpretó como la unión de Israel y Judá, hasta que al llegar el cristianismo el cantar se ha interpretado como una representación de la iglesia en su relación con Cristo, al alma y su salvador, a la Virgen María y aun a la historia de la iglesia evangélica hasta la segunda llegada de Cristo.
Así en el siglo XV encontramos un autor que comenta cada capítulo en tres epígrafes diferentes, la iglesia como esposa universal de Cristo, el alma como su esposa particular y la Virgen María como su esposa singular.
En otra interpretación los senos de la pastora representan el antiguo y nuevo testamento, el color moreno de la mujer, las tribulaciones del justo, la yegua del faraón, la iglesia militante, el hecho de los enamorados, la humanidad de Cristo, las siervas del campo, los patriarcas, profetas y apóstoles, y así cada uno de los elementos que aparecen en la obra.
También se encuentran múltiples autores que hacen una interpretación literal.
El cantar de los cantares es simplemente el canto de amor entre un hombre y una mujer.
En el siglo pasado un cónsul prusiano en Damasco publicó un estudio sobre las costumbres nupciales en Siria.
El día de la boda la novia viste con gran riqueza y lleva el pelo suelto, ceñido por una corona de plata adornada con monedas.
Por la noche a la luz de hogueras baila la danza de la espada.
Un recitador canta un poema en el que se describe la belleza de la novia y el esplendor de su atavío.
Las fiestas duran siete días.
Durante ese tiempo los recién casados reciben los títulos de rey y reina y se entornan en honor suyo los cantos.
Ya en nuestro siglo surgieron teorías que analizaban el paralelismo del cantar con textos de otras culturas del medio oriente, como la egipcia, la cananea y la agadia.
Aunque también esto ha sido explicado como una mera coincidencia surgida de sentimientos humanos universales que se expresan con patrones literarios semejantes, de la misma manera se han estudiado las posibles relaciones del cantar con obras dramáticas o líricas de la literatura griega.
Esta tesis parte de la idea de que el clímax y el mensaje del cantar están contenidos en el verso "fuerte como la muerte es el amor".
Como se ha visto son diversos los ángulos por los que podemos acercarnos al cantar de los cantares y este es uno de los rasgos de su riqueza.
Igualmente son abundantes las versiones e influencias directas en la obra de muchos poetas.
Por ejemplo, Francisco de Quevedo escribió una paráfrasis a partir de la primera parte del libro.
Otros autores que se han inspirado en él son Pablo Neruda, Federico García Lorca y Miguel Hernández, entre muchos otros.
De hecho todo poeta que en algún momento ha escrito sobre el amor tiene una deuda con el cantar de los cantares.
En el ciclo de lecturas guiadas que organiza el Centro Nacional de las Artes, destacados escritores se dan cita con el público para platicarnos su acercamiento a cada autor.
Como lo conocieron, cuál es su interpretación de la obra, qué destacan de su literatura para que nosotros nos acerquemos a la lectura a través de sus experiencias.
El autor que nos guiará en el cantar de los cantares, Ricardo Garibay, nació en Tulancingo, Hidalgo.
La mayor parte de su infancia transcurrió en la colonia San Pedro de los Pinos, en la Ciudad de México.
Estudió leyes, aunque desde muy joven se ha dedicado a la narrativa y el periodismo.
Es un gran conocedor de la literatura mística.
El origen de su interés se localiza en una educación religiosa a fondo.
Sus principales actividades de niño eran rezar de rodillas el rosario de 15 misterios, luego la letanía seguida del salve, mientras oía la gritería de la calle.
Para él fue una tortura, se llenó de supersticiones eclesiásticas que lo lastimaron mucho.
En cuanto pudo, se liberó, no de Dios ni de Cristo, pues, aunque se declara agnóstico, no creyente, es un tema que le duele.
Se liberó de la iglesia.
Para él fue un gozo ilimitado llegar a la preparatoria, libre ya de la casa paterna y su vigilancia incesante.
Poder decir majaderías en voz alta, sin ocultarse, sin pena y sin vergüenza, era un descubrimiento y un placer.
De este encuentro con el lenguaje y un diambular incesante, desarrolló un oído experto para recoger los acentos, los gritos propios de lugares, profesiones y condiciones, plasmándolos a lo largo de novelas, cuentos, guiones cinematográficos y radiofónicos, además de argumentos para televisión.
Garibay ha explorado por todos los géneros en donde la palabra toma cuerpo y es el protagonista.
Podemos decir que este autor conquistó su libertad a base de palabras, desde las terribles hasta las exquisitas, sin temer a ninguna.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
Suena más, dice más.
Cuando el verbo precede al sustantivo, hay un énfasis que si el sustantivo precede al verbo, no se escucha.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
¿Es poner dos verbos juntos?
Pido un cenicero, por favor.
¿Es poner dos verbos juntos que le dan mucha velocidad a la frase?
Y que hacen variar de modo instantáneo la atención de uno a otro verbo.
Yo dormía, pero mi corazón velaba.
Está bien, pero ya el segundo verbo queda muy lejos del primero.
Y si decimos yo dormía, pero velaba mi corazón, los dos verbos quedan juntos y la frase adquiere una velocidad espléndida.
La atención también se dispara violentamente de una acción a otra.
Estos son los secretos de la lengua española que poniéndolos juntos, hacen la riqueza de la propia lengua, la elegancia o la puntualidad en aquello que se describe o de qué se habla.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
Muy bello porque es ella, es la mujer del cantar, la que está diciendo esto.
Y las dos acciones casi simultáneas, al juntarse la trasladan de una a otra acción, de uno a otro mundo, de uno a otro hemisferio, de uno a otro universo.
Está durmiendo, pero no hay tal.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
Está durmiendo y está despierta.
Está durmiendo, pero vigilante.
Está durmiendo, pero con ciertos ojos abiertos no pierde de vista su pasión, su única voluntad.
La voz del corazón es una y la voz de la boca es otra.
Y la voz del corazón habla muchísimas veces antes o al mismo tiempo que la voz de la boca.
Yo puedo estar pensando ahora mismo en algo y hablando esto que estoy hablando.
Y hay una gran distancia entre ambas cosas, lo que pienso y lo que digo.
Pero en el alma o alma adentro, que es muy bella expresión, suceden al mismo tiempo.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
Yo dormía, pero estaba despierta, vigilante, atenta, amorosa, amante, amada.
Que es el cantar de los cantares.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
La voz de mi amado que llama.
Ella dormía, aquí no hay misterio ninguno.
Ella dormía y punto.
En el velaba mi corazón si hay misterio.
Como dormida velaba mi corazón, mi encendedor.
Es el corazón el que está vigilante, el que está despierto al mismo tiempo que ella duerme.
En reposo todos sus sentidos, como dice Aray Luis de León.
El corazón sigue vigilante, despierto, en total vigilia, en total atención, en total entrega.
Yo dormía, pero velaba mi corazón.
Y lo que velaba el corazón y que ahora dice es la voz de mi amado que llama.
Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía.
Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía.
Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles son mis cabellos del relente de la noche.
El relente es el aire que sopla en el anochecer, habitualmente húmedo.
También, habitualmente, su muy fresco, muy vivificante.
La hora del ángeluz dentro de la iglesia católica es la hora del relente.
Tocan las campanas del ángeluz despidiendo el día, llamando a la noche en el momento en que sopla el aire fresco del relente.
A este aire se refiere el amante en el cantado de los cantares cuando dice, Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía.
Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos del relente de la noche.
Perdón.
Pide, pues, que le abra.
Ella está durmiendo y el amante viene.
¿Por dónde?
¿Cómo?
Antes ha dicho, "Vedlo viene brincando sobre los collados, saltando sobre los montes, parecido a Nagasela, a un cervatillo.
Viene a una enorme velocidad, casi volante.
Viene, quién sabe de dónde.
Ahora, viene, quién sabe de dónde, y pide que se le abra.
Pide con las mayores delicias al alcance de su voz, que le abra la puerta, que lo deje entrar.
Que está lleno de rocío, de frío, del relente, que está lleno de agua.
Y ella sale con esto.
Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?
He lavado mis pies, ¿cómo volver a mancharlos?
Pueblo rudo o primitivo de pastores, recuerden.
Ninguna mujer hoy día se lava los pies para poder dormir, pero allá sí andaban descalzas.
Ya lavé mis pies, ¿cómo voy a lavarlos de nuevo?
Si bajo de la cama los ensuciaré, ¿voy a lavarlos de nuevo?
Me he quitado ya mi túnica, ando desnuda, ¿tendré que volver a ponerme la túnica?
Es decir, frente a la urgencia amorosa del amante en el cantar, la amante pone pretextos fútiles, baratos, delesnables, para no abrir.
Esto los comentaristas lo han entendido habitualmente, tradicionalmente, como una humorada femenina, como un coqueteo femenino para encender la gana del amante.
No te abro, calma.
Ya me descalcé, no me voy a poner otra vez las sandalias o no voy a ensuciar mis pies de nuevo.
Pero por Dios, he venido desde no sé dónde diciendo, además que estoy empapado, abréme hermana mía, perfecta mía, adorable mía, etc.
No, no te abro.
Dice el fray Luis de León, las mujeres son así, quieren someter de tal manera al hombre, al macho, al amante, que les basta cualquier futileza para negarse, para rechazarlo, para alejarlo.
No sé si esto sea cierto.
No sé si el capricho sea el corriente de modo natural, la conducta de una mujer, al grado de que por ellos, por los caprichos, alejen al ser amado.
No sé.
Habría que preguntarle a mucha gente a ver qué piensa.
He lavado mis pies, cómo volver a mancharlos.
Me he quitado mi túnica, cómo ponérmela de nuevo.
Pero él está urgente, está urgido.
Mi amado metió la mano por la hendedura y por él se estremecieron mis entrañas.
El amado, el amante impaciente, mete la mano para destrabar la aldaba.
Ella ve la mano y basta la visión de la mano para que se estremezcan sus entrañas.
La Biblia de Jerusalén dice que este estremecimiento entrañable de la mujer hace ver su amor y su urgencia por tenerlo a él y que los pretextos anteriores hacen ver su naturaleza femenina que traiciona su propia pasión, dice, para volver a las mujeres como son, por naturaleza o de su yo, sumamente contradictorias.
Yo no creo.
Yo creo que ella oye la voz de él perfectamente dormida.
El corazón está velando.
Despierta.
Y en ambos hay la misma prisa, la misma gana.
Pero ni él puede esperar un segundo, ni ella puede estar en un segundo en la puerta.
Por mucho que se apresure, las instancias de él son de tal manera apremiantes que no puede esperar ni un momento.
Y ella se levanta.
Me levanté para abrir a mi amado y mis manos destilaron mirra, mirra fluida, mis dedos en el pestillo de la cerradura.
Todo esto es de extrema delicadeza, extrema delicadeza.
Ella se ha ungido con mirra antes de echarse en la cama, esperándolo.
Él llega, llama, pide, habla, grita.
Ella se levanta, corre y ya no lo encuentra.
Ella va destilando mirra.
Lo que es muy hermoso es hacer conciencia de que ella va destilando mirra con su andar, que escurre de todo su cuerpo, que se ha ungido para recibirlo en los hechos del amor.
Algunos dicen que es él el que va untado de mirra y que al meter la mano vierte la mirra en la lava en el pestillo, en la puerta.
No es así.
Es ella la que va ungida ya.
Él viene en la noche y está lleno del rocío y del agua de la noche.
Él no puede venir ungido con la mirra.
Es ella la que espera.
Es ella la que, según los usos amorosos de todos los tiempos, ella la que se unge, la que se baña en mirra para recibirlo.
Dice, me levanté para abrir a mi amado y mis manos destilaron mirra, mirra fluida, mis dedos, o mirra que corre, mirra de muy alta especie, en el pestillo de la cerradura.
Abri a mi amado, pero mi amado se había ido de largo.
El alma se me salió a su huida.
La Biblia, reina Valera, dice, pero mi amado se había ido, había pasado ya.
Y tras de su hablar salió mi alma, que me parece muy bello.
Llega, pide que le abra.
No se apresura suficientemente ella y él se va.
Y tras el hablar que todavía suena en sus oídos, sale el alma de la amada o de la amante en su busca, en pos de él, tras él, detrás de él.
Me levanté para abrir a mi amado y mis manos destilaron mirra, mirra fluida, mis dedos, en el pestillo de la cerradura.
Abri a mi amado, pero mi amado se había ido de largo.
El alma se me salió a su huida o en su huida.
Le busqué y no le hallé.
Le llamé y no me respondió.
Me encontraron los centinelas, los que hacen la ronda en la ciudad.
Me golpearon, me hirieron, me quitaron de encima mi chal, los guardias de las murallas.
En el primer capítulo, llega el amado y pide entrar.
Y ella no le abre y se va el amado.
Y entonces ella sale por la ciudad de noche buscándolo y encuentra a los guardas de la ciudad y simplemente les pregunta ¿Han visto a ustedes al que ama mi alma?
Que ya vimos qué sentido tiene esto.
No le contestan y sigue de largo hasta que lo encuentra.
Aquí encuentra a los guardias de la ciudad y no la tratan bien.
La confunden con una ramera, con una prostituta, con una nocturnal como se les dice.
Precioso nombre para las prostitutas, las nocturnales.
Qué bonito.
La confunden con una prostituta y la lastiman, la golpean, la patean y le arrancan el velo.
Que es una grave afrenta para una mujer en Oriente.
Arrancar el velo, dejarla más que desnuda, dejarla identificable.
En países de costumbres tan rigurosas a propósito de la mujer, estamos en el Medio Oriente hace 25 siglos.
Esto es una afrenta impagable.
Esto es ya verdaderamente el exceso de la afrenta, de la ofensa a la mujer.
Me golpearon, me hirieron, me quitaron de encima mi chal los guardias de las murallas.
Y dice, yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar?
¡Qué enferma estoy de amor!
Ya vimos que hay dos seres enfermos de amor en la Biblia.
Uno es Amnon, enamorado de su hermana Tamar, a la que viola, por lo cual su hermano Absalón lo mata.
Vivía enfermo de amor por la hermana.
El otro personaje enfermo de amor es la Sulamitá, que yace lánguidamente por la devoción por su amado.
Se enferman los seres humanos en la Biblia por el amor que sienten.
Curiosamente, no por otras cosas, Job se enferma de sarna, sufre como un perro con sarna.
Pero la verdadera enfermedad, la que postra, es la que produce el amor.
Habría que preguntarse, ¿de veras el amor produce una enfermedad?
¿Produce una postración que parece enfermedad?
¿De veras el cuerpo queda sin defensas?
¿De veras el cuerpo se acerca a la muerte por amor?
Vale la pena saber lo de cierto, porque lo cierto es que si imaginamos el amor, si imaginamos la alegría, la vida, la pujanza, la fuerza, la entrega, la felicidad.
Pero el cantar de los cantares nos recuerda que el amor enferma, que junto con la alegría puede enfermar hasta la languidez de la muerte.
Más adelante veremos cómo lo único que se parece al amor por las penalidades que produce en el corazón es la muerte.
Lo único que es tan fuerte como la muerte es el amor, dice el cantar en sus últimos renglones.
Sí.
Ahora les pide a las doncellas de Jerusalén, al coro, en caso de que el cantar sea un canto de bodas, como se ha interpretado muchas veces, les pide que la ayuden.
Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar?
Que enferma estoy de amor.
Que distingue a tu amado de los otros, oh la más bella de las mujeres.
Que distingue a tu amado de los otros para que así nos conjures, dice el poema.
Entonces ella entra a describir las excelencias o las bellezas del amado.
Se ha hecho ya con las bellezas y las excelencias de ella.
Ahora le toca al varón recibir las alabanzas.
Aquí mi amado es fúlgido y rubio, distinguido entre diez mil.
¿Por qué diez mil?
Bueno, es una cantidad muy grande, esto es todo.
Son como los trescientos fijos d'algo del cantar de míosis en España, en la Edad Media Española.
Trescientos fijos d'algo son el mayor número de hidalgos, de guerreros que pueden contarse.
Aquí los diez mil es el mayor número que pueda imaginar la condición humana.
Y dice, es fúlgido y rubio y no hay tal.
Porque inmediatamente después dice que tiene los cabellos negros como el cuervo.
La traducción atinada es fúlgido y colorado o fúlgido y rojo o fúlgido y blanco.
No fúlgido y rubio, pero Jerusalén traduce fúlgido y rubio equivocadamente.
Mi amado es fúlgido y colorado, distinguido entre diez mil.
Su cabeza es oro, oro puro.
Y con esto no está indicando el color de los cabellos, sino la perfección de la armazón de la cabeza.
Dice, mi amado es fúlgido y colorado, distinguido entre diez mil.
Su cabeza es oro, oro puro.
Sus guedejas, racimos de palmera, negros como el cuervo.
Y dice para Luis de León, que en aquellas zonas, o en aquellos pagos como diría un argentino, el color oscuro en los cabellos, en la barba, qué sé yo, es mucho más atractivo que el color amarillo o rubio.
Que aprecian más lo negro en los cabellos, ella tiene los cabellos como cabras que ondulan por el Monte Galá, las cabras son negras.
Él tiene los cabellos negros como el cuervo, porque dice el color blanco de la tez, del rostro, de la cara.
Y el negro de los cabellos se alumbran mutuamente.
Esto me llamó mucho la atención por la calificación verbal que hace Fray Luis de León.
Se alumbran lo negro y lo blanco, no lo amarillo y lo blanco.
Los pintores entienden mucho esto de los contrastes.
Con frecuencia andan buscando un color, mezclando colores para producir la luz acá, que se reflejará acá en el cuadro.
Trato, suficientes pintores, como para haber visto esto con frecuencia.
Le digo, ¿qué buscas?
¿Por qué no has encontrado el matiz?
Porque debo alumbrar esta parte, este otro color del cuadro, dicen.
Y dice Fray Luis de León que el negro de los cabellos y el blanco de la tez se alumbran recíprocamente, dice Fray Luis de León.
Sus cabezas oro, oro puro, sus guedejas racimos de palmera, negros como el cuervo, y dice.
Sus ojos como palomas junto a rollos de agua, bañándose en leche posadas junto a un estanque.
Que no puede encontrar mejor manera de calificar los ojos del ser amado.
Ya no hay más.
Parecen palomas junto a un estanque, hermoso estanque, tranquilo, transparente o cristalino, y acabadas de bañarse en leche, las palomas.
Buscar, buscar, buscar la blancura de la tez, el contraste con la frescura, el contraste con el negror de los cabellos, por ejemplo.
Sus mejillas heras de balsameras, macizos de perfumes, la balsamera, dice la enciclopedia, que es un recipiente lleno de algún bálsamo.
Por ejemplo mirra, por ejemplo aloe, por ejemplo incienso.
Nada más dice eso.
En el cantar balsamera está usado como un paraje donde se dan arbustos, plantas, flores de intenso y delicioso perfume.
El bálsamo es el perfume, la balsamera es el lugar donde se dan los bálsamos o el bálsamo.
Sus mejillas heras de balsameras, macizos de perfumes.
La calificación o las calificaciones en el cantar de los cantares son normalmente excesivas.
Llegará un momento en que el amante diga de la amada que es como un árbol florido, muy bello, después como muchos árboles floridos, después como un huerto entero y después dirá, eres fuente de huertos.
Ya no hay más que decir.
Enloquece el poeta, el escritor del cantar de los cantares, que lo hubo y es uno.
Enloquece y de tal manera vierte la abundancia de los calificativos movido por el amor que se tienen los amantes.
Que casi no hay a qué decir más.
De repente imagina un jardín donde se dan árboles o arbustos que no tienen nada que ver con el Medio Oriente y los junta a todos.
Eres un jardín florido entero, total, tú sola y luego fuente de huertos, fuente de jardines.
Bueno, acá igual.
Sus mejillas son eras de balsameras, es decir, parajes extensos donde se dan los más exquisitos perfumes.
Es lo que está diciendo ella de él.
Sus labios son lirios que destilan mirra fluida.
Claro, nunca habíamos oído que los labios de un hombre amado se comparen con lirios que destilan mirra.
Primero, los lirios no tienen por qué destilar mirra.
La mirra pertenece a otra especie vegetal.
Pero estos labios son lirios, son como lirios, son lirios mismos que destilan mirra.
Es enloquecer en el amor por el ser amado, por la mujer amada o por el hombre amado.
Y amontonar adjetivos, amontonar excelencias que en la vida real difícilmente existen, pero en la fantasía amorosa sobran.
Se dan con una abundancia total.
No hay diccionario que contemple, que contenga los excesos de la pasión.
Hay que inventar cosas.
Y aquí se inventan de este modo.
Sus labios son lirios que destilan mirra fluida, sus manos aros de oro engastados de piedras de tarcís.
Su vientre de pulido marfil recubierto de zafiros, sus piernas columnas de alabastro asentadas en vasas de oro puro.
Su porte es como el Íbano, esbelto como a los cedros.
Su paladar, dulcísimo, y todo él un encanto.
Así es mi amado, así mi amigo, hijas de Jerusalén.
Describe tales altitudes físicas, amontonan metales preciosos, vegetales preciosos, perfumes preciosos.
Para poder dar una idea, una imagen de él, yo diría que de su pasión, de lo que su corazón siente por el ser amado.
Este es el secreto y el encanto del cantar.
Es el campeonato, el reino del cuerpo, el cantar de los cantares, no del espíritu.
Como quieren las interpretaciones tradicionales, tanto judía como católica, como protestante.
No es un canto a los primores del espíritu, es un canto a los primores del cuerpo, pero el cuerpo no es reconocible en estas calificaciones.
Lo que es reconocible es la pasión que siente el amante por el amado.
Y aquí sí, cabe todo.
Toda exageración, toda hipérbole, cabe.
Porque difícilmente hallaremos diccionario capaz de abarcar el ímpetu de la creación, perdón, el ímpetu del amor, el ímpetu de la pasión.
No hay diccionario que entienda cabalmente esto y que disponga de los vocablos suficientes para hablar de la inclinación amorosa de un ser que ama por un ser que es amado.
La enseñanza del cantar es que sin amor prácticamente no existimos.
No somos nada o nadie y somos además sumamente deleznables.
Lo que es deleznable es lo que no tiene cuerpo o entidad o fuerza o asiento suficiente, lo que puede ser barrido con un soplo, eso es lo deleznable.
Y para que la desnebilidad, algo así, me trabé un poco, desaparezca y se asiente el peso del amor por el cuerpo, debemos adornar el cuerpo con toda clase de especies de la naturaleza, animales, vegetales, minerales.
Amontona los metales preciosos para describir el cuerpo del ser amado, el cuerpo.
El cantar de los cantares es un canto desaforado casi por el cuerpo amado, no por el espíritu.
Si no está asistido por el espíritu no asistiríamos a las calificaciones o calificativas del cantar, claro, pero el amor va al cuerpo.
Ya, ahondando la cosa, el amor va al espíritu, sí, y sin el amparo del espíritu, el amor al cuerpo no es amor, es pegazón, es apego, es afición, es apetito, es una pura sensualidad.
Pero el espíritu acude después para alumbrar al cuerpo, no antes.
La visión primera es del cuerpo, la pasión la marca el cuerpo, después el espíritu alumbra, informa.
Ojalá se entienda muy claramente porque es importante.
El amor es el cuerpo, nos dice el cantar de los cantares o es para el cuerpo.
Estas excelencias son las que describe ella a propósito de su amigo, de su amante, de su rey, de su pastor.
¿A dónde se fue tu amado, oh la más bella de las mujeres?
¿A dónde tu amado se volvió para que contigo le busquemos?
¿A dónde anda buscando?
Recordemos.
Salió, pidió ayuda, pidió posada, pues, y ella no salió a tiempo.
Chorreando, mira, llegó tarde a la aldaba, él ya se había ido y tras su hablar salió su alma, y lo busca y no lo encuentra.
Tropieza con los guardias de la ciudad y la ponen pinta.
Se supone que la violan, le pegan, le quitan el manto, la hieren, etc.
Y ella sigue de frente sin enumerar sus padecimientos ni sus trabajos.
Solo insistiendo en que está enferma de amor por el ser amado y le preguntan, bueno, ¿quién es tu amado para que te ayudemos a buscarlo?
Y lo describe como acabamos de ver.
Y luego dice, mi amado ha bajado a su huerto.
Dice, ¿a dónde fue tu amado para que vayamos por él?
Para que contigo le busquemos.
Mi amado ha bajado a su huerto, a las heras de balsameras, a apacentar en los huertos y recoger lirios.
Yo soy para mi amado y mi amado es para mí.
Él pastorea entre los lirios.
Nada de lo que dicen los versos es cierto.
Es totalmente ridículo suponer que un hombre anda pastoreando entre lirios, a las vacas o a las cabras o a lo que sea.
Mi amado ha bajado a su huerto.
¿Quién es su huerto?
Es ella.
Ha bajado a mí, está conmigo.
Bueno, ¿dónde está tu amado?
Está conmigo.
Están otra vez juntos.
Sin transición de un verso a otro, ya no lo busca, ya está con él.
Mi amado ha bajado a su huerto, a las heras de balsameras, es decir, a los montes de los perfumes más deliciosos, que es ella.
A apacentar en los huertos, a pastorear en los huertos, no en cualquier yermo, sino en los lugares más preciosos donde se dan los árboles más preciosos que puedan hallarse en la tierra toda.
Es ella misma.
A recoger lirios.
Nadie vive recogiendo lirios.
Es ella.
Ella es los lirios, ella tiene los lirios y él los recoge de ella, del cuerpo de ella.
Y remata, yo soy para mi amado y mi amado es para mí.
El pastoreo entre los lirios.
Esta es la confianza profunda de la amante por el amado.
Esto se dice casi siempre en el cantar, que se dice varias veces.
Cuando ella no lo tiene enfrente, cuando jura por su confianza, por su fe en el amor de él, por su fe en el amor que ella tiene, por él.
La junta de ambos, el encuentro, el amor de ambos, la ninguna duda.
A propósito de la unión que los vuelve uno solo.
Entre los judíos hasta la fecha, el Talmud dice que hombre y mujer, marido y mujer son uno solo, no son dos.
Forman un solo ser.
Lo curioso es que se permite el divorcio.
Bueno, dejan de ser un solo ser.
Y vuelven a ser él y ella.
Pero mientras están unidos por el vínculo del matrimonio y sobre todo del amor, son uno solo.
Y de ahí deriva también la exigencia de la absoluta confianza o lealtad absoluta que deben tener uno e por otro.
Dice, mi amado, ¿dónde está tu amado para que lo busquemos contigo?
Mi amado ha bajado a su huerto.
Estos saltos en los poemas del cantar, debemos explicárnoslos porque son la poesía pura de Dios.
Porque son la poesía pura del cantar.
No hay que dar explicaciones.
Lo anda buscando desesperada y ¿dónde está?
Está aquí conmigo.
Soy yo misma.
¿A dónde tu amado se volvió para que contigo le busquemos?
Mi amado ha bajado a su huerto a las heras de balsameras, a apacentar en los huertos, a recoger lirios.
Porque para mi amado y mi amado es para mí.
Él pastorea entre los lirios.
Ojalá se oiga resonar el poema, la lengua española o castellana, la nuestra, en una excelentísima traducción a veinticinco siglos de su creación en el hebreo antiguo.
Se dice que la mayor excelencia de la Ilíada, por ejemplo, es soportar y brillar con todo esplendor en traducciones que tienen treinta siglos a las lenguas más apartadas del griego arcaico.
Alguien escribe en aquel griego un poema que es la Ilíada, el poeta es Homero.
Bien, treinta siglos después se vierte a la lengua castellana moderna y brilla, suena.
Los que dominan esa lengua y la pueden leer así dicen que es absolutamente maravillosa, pero los que no dominamos esa lengua y la leemos en la versión castellana, en la inglesa, en la francesa, no muy bien, pero algo leemos, dicen que es igualmente espléndida, que no extrañan nada.
Es un poema que pasa impolutamente treinta siglos para llegar a seres absolutamente desconocidos, del cuyo nacimiento no había ni remota esperanza allá cuando se creó el poema, igual el cantar de los cantares, igual.
Mi amado ha bajado a su huerto a las heras de balsameras, a apacentar en los huertos y recoger lirios.
Yo soy para mi amado y mi amado es para mí, él pastorea entre los lirios.
Ella dice del hombre, de su amado, esto que acabo de leer.
Y ahora él contesta, hermosa eres amiga mía como Tirzá, encantadora como Jerusalén, imponente como batallones.
Sigue enloquecida la lengua, buscando calificaciones o comparaciones imposibles, que sólo el amor apasionado justifica.
Tirzá era una ciudad a un lado de Jerusalén o enfrente, qué importa, que quiere decir la agradable, la linda, la encantadora, Tirzá.
La Biblia reina valera dice, imponente como ejércitos en orden.
Si recordamos lo que hayamos visto en la vida, ¿realmente un ejército es imponente?
Y si usamos el plural y decimos y pensamos en ejércitos, lo imponente crece, rompe toda medida.
¿Qué es esto de comparar a una mujer con un jardín entero?
¿Qué es esto de comparar a una mujer con una ciudad o con dos ciudades?
¿Qué es esto de comparar a una mujer con un ejército en marcha?
¿Qué es esto?
Imponente como batallones o imponente como ejércitos en orden.
Somos muy ordinarios y no estamos acostumbrados a llegar a estos esplendores.
Los ejércitos en orden son evidentemente imponentes.
¿Qué tiene que ver una mujer?
El poder de atracción, lo dije la vez pasada, está en la mujer.
La mujer es temible, admirable y temible en la medida que es un ser atractivo, que atrae.
Atrae la extrema belleza, atrae el extremo poder, atrae el extremo horror.
Y ella, en su belleza que ya ha sido descrita y que volverá a ser descrita, es imponente como ejércitos en orden.
¿Cómo una mujer que se supone que es toda gracia puede parecerse a un ejército por su poder de atracción, por su poder de imperio, digamos, sobre el varón?
Es un reconocimiento de la altitud o superioridad de la mujer total, aquí en el Cantar de los Cantares.
Es la que decide, crea o cría el amor, la que lo orienta, la que le da sentido al amor.
Sí, así es.
Es mucho más poderosa que el hombre y tanto que su belleza se parece a los ejércitos en orden o a los batallones de los soldados, de los guerreros armados que van a la guerra o a la muerte, que van a la guerra y a la muerte.
Dice el varón, retira de mí tus ojos que me subyugan, tu melena cual rebaño de cabras que ondulan por el monte Galad, tus dientes un rebaño de ovejas que salen de bañarse, todas tienen mellizas y entre ellas no hay estéril, tus mejillas como cortes de granada a través de tu velo.
Dice, sesenta son las reinas, ochenta las concubinas e innumerables las doncellas, oh, y las doncellas sin cuento.
Una es mi paloma, mi perfecta, ella la única de su madre, la preferida de la que la engendró.
Las doncellas que la ven la felicitan, reinas y concubinas la elogian.
Aquí sí hace referencia a la herenda de Salomón, de tantísimas mujeres, sesenta son las reinas, de ochenta las concubinas y las doncellas que esperan turno para ser entregadas al rey para su uso sexual, sin cuento las doncellas.
Bueno, todo esto tiene él, de acuerdo.
Yo tengo sólo una, una es la mi paloma, la mi perfecta, ella la única de su madre, la preferida de la que la engendró, así como fue única para su madre lo es para mí.
Ella vale más que sesenta reinas y ochenta concubinas y las doncellas sin cuento, yo sólo tengo una, la perfecta mía, la amada mía, la paloma mía, la adorada mía.
Toda esta recitación, toda esta letanía que se ha dejado ya ver muy claramente en los poemas anteriores que hemos leído.
Las doncellas que la ven la felicitan, reinas y concubinas la elogian.
¿Quién es esta que surge cual aurora, bella como la luna, refulgente como el sol, imponente como batallones?
Cuando un ser humano rosa los límites posibles de la belleza, es comparado con el sol o con la luna.
Hay poemas árabes de muchísima belleza, donde ella es comparada con la luna en la noche.
Nunca hay nubes, por supuesto.
La luna muchas veces no tiene manchas, es un disco blanco perfecto, blanco azulado.
Y uno en verdad se extasia viendo eso.
Una noche casi entera la pasamos en un viaje que hicimos con el presidente de la república, ¿quién puede pagar un viaje de ese tamaño?
Viendo la luna en el desierto.
Recuerdo otra cosa, que nos dijeron vean mañana el sol con unos lentes, eso sí es espectáculo.
Entonces fuimos a la ciudad de Petra, que es una ciudad cavada en las rocas, toda.
Se pasa por un largo túnel casi irrespirable, donde solo cabe la persona, se camina largamente y se desemboca en el valle de Petra.
Lo que fue la ciudad está esculpida en la piedra.
Uno entra y recorre pasillos y están desgajadas las peñas inmensas para formar los pasillos.
¡Qué genio, consultor!
Y ahora, llegamos y nos aprestábamos a ver un espectáculo único, ya llevábamos puestos los anteojos para poder ver el sol de frente.
Y lo que había, nada menos que en Petra, era una gigantesca botella de pepsicola.
Y el carajo, ¿qué es esto?
¿Cómo es posible?
Es un desierto que con binoculares potentes.
Pueden ver si a las águilas que se hunden, como diría el poeta Potosino, Leñe, ¿cómo se llama?
Lo conocemos todos.
"Porque a mi helada soledad viniste cubierta con el último celaje de un crepúsculo gris".
Otón, Manuel José Otón, muchas gracias.
Como clavos las águilas que se hunden lentamente en el confín, con binoculares poderosos, se puede ver cómo el águila se cansa de volar en esa soledad absoluta.
Y baja, se para en una pata y otra porque la arena está hirviente casi.
Descansa y reemprende el vuelo.
Panoramas que nunca antes habíamos contemplado, ni nunca después contemplamos.
Allí, era una botella de pepsicola de 20 ó 30 metros de altura.
Fue tanta la rabia, que ya no vimos el sol ni vimos un carajo, ya vámonos de aquí.
Hasta allá llega el poder.
Hasta allá llega, déjenme ver dónde voy.
Todo esto a mí me exalta tanto.
Vivo tal afán de comunicarlo, en la belleza que significa que no es mía, que está aquí escrita.
Que no dudo en hacer derivaciones acá y allá para contar como esto del desierto, o de la luna que hemos visto ahí en el desierto, o de la luna comparable a las mujeres en los poemas árabes.
La luna en la noche en el desierto, comparable a las mujeres árabes.
¿Quién es esta que surge?
¿Cuál aurora bella como la luna, refulgente como el sol, imponente como batallones?
Está preguntando él, y dice, al Nogueral había yo bajado, para ver la floración del valle, a ver si la vida estaba en cierne y si florecían los granados.
Sin saberlo, mi deseo me puso en los carros de amenazar.
Esto último es absolutamente incomprensible.
Pero, primero pregunta quién es esta que viene con tanto esplendor, y luego parece que él mismo contesta, al Nogueral, o Noguedal es igual, había yo bajado para ver la floración del valle, a ver si la vida estaba en cierne, si florecían los granados.
Es ella.
Ya está otra vez en ella.
Está preguntando quién es esta que viene, bella como la luna, etc.
Y ahora ya está con ella, en la unión amorosa, otra vez.
El cantar, lo dijimos de muchos modos, es un buscarse los amantes, hallarse, contemplarse, unirse.
Un separarse, un volver a buscarse, un volver a hallarse, un volver a contemplarse, un volver a unirse.
Un volver a separarse, etc.
Es lo mismo.
El amor tiene el poder de decir mil diferentes cosas con un solo diccionario.
Es el único diccionario absolutamente múltiple que conoce la condición humana.
Debemos hacer cinco minutos de recreo, descansar cinco minutos y volver al cuento.
Gracias.
Vuelve, vuelve, que te miremos.
La versión reina valera dice, tórnate, tórnate, Zulamita, tórnate, tórnate, te miraremos.
Más sonora que esta.
Pero esta es más castellana, vuelve, vuelve, Zulamita, vuelve, vuelve, que te miremos.
Tampoco se ha explicado claramente esto, qué significa.
Estamos entre pastores que andan con cabras y demás hierbas.
Y ahora parece que estamos verdaderamente en una boda o en un ballet.
La Zulamita gira entre dos filas de jóvenes mujeres que la acompañan.
Y ellas piden que gire y gire, quieren verla.
Las versiones de los comentaristas son tan opuestas a propósito de esto.
Son a ratos tan inexplicables que dice uno, ¿cómo es posible interpretar estos dos versos como lo interpretan?
Hay quien dice, y es la bibliana carcolunga, que el varón, ahí dicen el esposo, le ha prohibido bailar delante de las doncellas que la acompañan en la boda.
Resulta que ya hay una boda y que le piden a la Zulamita que baile y el marido o el esposo se enoja y le dice que no.
Otros, que hay mucha gracia en estas fiestas que aún se acostumbran en el pueblo sirio.
Entonces, la novia debe bailar, debe ostentarse, debe presentar su belleza ante el coro de mujeres que forman su coro personal de novia.
De mujer que va a casarse.
Yo tomo estas cosas como de quien vienen de un poeta y en un poema, donde la realidad no requiere ninguna explicación.
Al noguera la había yo bajado para ver la floración del valle, a ver si la vida estaba en cierne y si florecían los granados.
Ha bajado a ella, está ya en ella, con ella, dentro de ella, rodeándola, etc.
Y dice, sin saberlo mi deseo me puso en los carros de Aminadib o Aminadabo.
Esto se ha interpretado también de muchas maneras.
Parece que Aminadabo o Aminadib era un príncipe metiche en todos los amores ajenos, que no sé qué tengan que ver aquí.
Otros que no, que quiere decir en los carros de mi noble pueblo, que no sé qué tendría que ver aquí.
Otros que no, que fue y vino con enorme velocidad el novio, el varón, el pastor, el rey.
¿Qué pudimos pensar?
Yo diría que nada.
Que si tropezamos con un par de versículos o de versos impenetrables en el cantar de los cantares, que sigamos de frente.
Que los dejemos impenetrables, que vamos a encontrar cosas así en todos los poemas escritos en la historia del mundo.
La poesía no se explica, no es razonable.
Se ve, se oye, se siente corazón adentro o no sirve para nada.
No es razonable la poesía, es como la música.
¿Qué hace usted?
Estoy oyendo la niña de los cabellos del Hino de Bucí y estoy pensando, leñe, no sé qué pueda pensar, oiga y nada más.
Lo mismo la poesía, es como la música.
El gran pianista Rubinstein, en un libro muy hermoso que se llama "My Young Days", "Mis días jóvenes", que él escribe ya de 70 años o más, vivió en 95, 96.
Dice que siempre le pareció que la poesía era como una música sin alas.
Y Goethe decía que la música era como una demostración de la inteligencia sin aire, que reptaba, que era vana, vacua.
Ahí van peleando.
Lo cierto es que la poesía y la música son las dos artes más parientes, más cercanas.
Ninguna de las dos admite o tolera la razón.
Las dos son un canto adentro.
Yo no podía oír en mi juventud, en las estepas del Asia Central de Borodín, sin lanzarme a llorar como loco.
Después, encontré una obra interpretada por el gran pianista Michelangeli, Benedetti Michelangeli.
Encontré una obra que es la sonata 5 de Galupi, de tal manera exquisita, que no podía oírla sin echarme a llorar.
En alguna ocasión, le pregunté al maestro Carlos Chávez, por quien sentíamos veneración, ¿a qué se debe esto, maestro?
Me dijo, no sé, a mí me pasa con algunas obras lo mismo, y no averiguo, simplemente lo vuelvo a oír y vuelvo a llorar.
No averigüe, oiga y llore, punto.
A una mujer cuajada de hermosuras.
Vuelve, vuelve, sulamita, vuelve, vuelve, que te miremos.
¿Por qué miráis a la sulamita como en una danza de dos coros?
Y dice él, qué lindos son tus pies en tus sandalias, hija de príncipe, qué hermosa calificación para una mujer.
Es mucho más hermosa que decirle, reina o hija de rey, qué hermosos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe.
El príncipe es el principal, la hija de príncipe es la hija del principal, la principal.
Hermosa palabra, además.
Qué lástima que en la realidad esté encarnada por esta bola de parásitos que viene en la revista Hola, esa basofia, esa basofia.
Pero el príncipe, si hemos de entender al prestigio histórico, es siempre el principal.
Y los ha habido respetabilísimos.
Y de allí, que si alguien ostenta una subida excelencia, es el príncipe.
Garcilaso de la Vega es el príncipe de la poesía española, por ejemplo.
Qué hermosos son tus pies en tus sandalias, hija de príncipe.
Y va a comenzar una nueva descripción de la sulamita, pero de abajo arriba.
Que es mucho más sensual que la anterior de arriba abajo, que comenzaba por los cabellos, que son cabras que vienen ondulando por el monte Galad.
Ahora va a comenzar por los pies y va a seguir hacia arriba, mucho más sensual y más bella, creo yo.
Que hace ver de manera más tangible, digamos, ver tangiblemente la belleza de la mujer, de la hembra, de la sulamita, de la reina, de la pastora.
Ya, dice.
Qué lindos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe.
Las curvas de tus caderas son como collares, obra de mano de artista.
Tu ombligo es una ánfora redonda donde no falta el vino.
Esto no lo habíamos oído nunca.
Qué hermosa cosa.
Dice el cantar que el mayor de todos los goces es el goce amoroso, o el gozo sexual.
Y que después de eso el mayor gozo lo da el vino.
Y aquí se juntan.
Tu ombligo es una ánfora redonda donde no falta el vino.
Es el elogio del cuerpo de una mujer centrado en el ombligo comparado con una copa de vino.
Leñe, no puede haber mayor exquisitez.
Tampoco puede haber mayor tentación.
Para quien lee poniendo la imaginación de por medio.
Guti Retibón, el escritor avecindado entre nosotros desde hace 50 años, tiene un libro sobre el ombligo y su importancia en el mundo.
Habla de todos los ombligos que hay.
Habla de uno que se llama grano de café.
Y que una actriz de Hollywood, cuyo nombre por supuesto en este momento olvido, lo tenía de manera perfecta y todos los camarógrafos, los fotógrafos, iban al ombligo para mostrar la forma perfecta de grano de café.
Y que allí se centró la gran publicidad de la actriz, ¿cómo se llama?
Y el dinero que ganó, la fama que tuvo en todo el mundo.
Ya no tiene esa fama.
Han surgido chicas con otros ombligos que parecen bastante aceptables.
El ombligo del grano de café, Leñe.
Bueno, aquí es más.
El ombligo es una copa de vino.
Es una ánfora en la que nunca falta el vino.
Quien tenga mañas sexuales cultivadas, sabrá lo que es sorber el vino en el ombligo de una mujer.
Yo no lo sé, yo simplemente lo propongo, lo recomiendo.
Claro.
Tu ombligo es una ánfora redonda donde no falta el vino.
Tu vientre, un montón de trigo de lirios rodeado.
No alcanzo a ver nada.
No alcanzo.
Pero cada quien que imagine.
Tus pechos cual dos crías mellizas de gacela.
Tu cuello como torre de marfil.
Tus ojos las piscinas de jesbón junto a la puerta de Bat-Rabin.
Tu nariz como la torre de Líbano, sentinela que mira hacia Damasco.
Tu cabeza sobre ti como el carmelo y tu melena como la púrpura.
Un rey en esas trenzas está preso.
Oigan el cantar, oigan como suena.
Ya sería mucho si todos los días, algún hombre entregado a la literatura, leyera uno de los poemas por radio, por televisión o en cualquier parte.
Solo uno de los poemas.
Que los niños oyeran esto.
Aprenderían pronto que lo importante en esta vida, perdón, tan tropezada y tan mugrosa, lo importante es amar.
Saber amar y saber hablar del amor.
Que es lo que nos da el cantar de los cantares.
Basta con oír los poemas para cosechar en un día X, por ejemplo el de hoy.
Una espléndida cosecha.
Basta esto.
Si se acompaña la cosa de una explicación razonable, más o menos bien informada, que es la que yo pretendo.
Bueno, la ganancia es mayor, pero si no hay eso, basta con oírlo.
O que ustedes en casa, cada uno, coja el cantar y procure leerlo en voz alta.
No le irá muy mal, porque no saben leer.
Pero algo les irá quedando.
Y pronto, mucho más pronto de lo que imaginan, sabrán leerlo de manera excelente.
Así es esto.
Dice.
Tu nariz como la torre del límano que mira hacia Centinela, que mira hacia Damasco.
Tu cabeza sobre ti como el carmelo y tu melena como la púrpura.
¿Qué es lo que está en esas trenzas?
¿Qué bella eres?
¿Qué encantadora?
O amor o delicias.
Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a los racimos.
Yo dije.
Subiré a la palmera, recogeré sus frutos.
Sean tus pechos como racimos de uvas, el perfume de tu aliento como el de las manzanas.
Tu paladar como vino generoso.
Otra vez el vino, otra vez el gozo del vino.
Otra vez la condición humana entreverada con el vino.
Otra vez el amor.
Que haya su mejor expresión en el vino, en la alivación.
No hay cultura en el mundo que se haya hecho sin el vino.
Hay que ver en la ilíada.
Hacen cualquier cosa y de inmediato matan la res, asan los cuartos, trajeros, comen y beben, y beben, y beben.
En todas las culturas se bebe de tal manera que yo creo que sí la humanidad puede señalarse como una condición de borracha inmejorable.
Incurable además.
El vino, el vino.
Sean tus pechos como racimos de uvas, el perfume de tu aliento como el de las manzanas.
Tu paladar como vino generoso.
Le dice él a ella y ella dice él.
O sea, el vino va derecho hacia mi amado que fluye en los labios de los que dormitán.
Bien.
Yo soy para mi amado y hacia mí tiende su deseo.
Esta arrogancia, esta jactancia, esta conciencia tan clara de su belleza y de su poder que es imponente como ejércitos en orden, que tiene la sulamita, hace ver también una de las entrañas de la mujer.
Toda mujer hermosa sabe que lo es y sabe ser hermosa.
Se necesita que sea muy bruta o muy ruda para que no sepa ser hermosa siendo hermosa.
Miren ustedes, una mujer tan áspera como María Félix, de espíritu tan sin desborosar, de todas maneras supo un poco canallamente ser hermosa.
Supo, tiempo pasado.
Pero era de una gran hermosura y lo sabía.
No sabía llevar esto con la elegancia del cantar, por supuesto, pero sabía que era hermosa.
Toda mujer hermosa sabe que es hermosa y se vale como mujer hermosa y se hace valer como mujer hermosa.
Yo soy para mi amado y así a mí tiende su deseo.
Me atrevo a contar una anécdota un poco picaresca, pero muy graciosa.
Había hasta hace poco, creo que dos años, una mujer realmente hermosa que había sido muy hermosa.
Ya era sólo hermosa.
Sólo hermosa.
De unos 58, algo así, años de edad.
Se conservaba bien, pero tenía 58 años.
Sufría como un animal.
Se dejaba, se abandonaba, se arreglaba mucho, pero la aspereza de su ánimo, el decaimiento de su voluntad, eran muy visibles.
Y le pregunté a la china Mendoza, a la que ustedes conocen bien, ¿qué le pasa a fulana?
Y dice la china con esta viveza, velocísima que tiene, ¡ay, pobrecita!
Es que ya nadie se las pide.
Me pareció, pero verdaderamente estupenda la contestación de la china.
Habiendo sido una mujer muy hermosa, asediada, con un lindo historial de hombres, estaba sola.
Y eso fue lo que dijo la china.
Toda mujer hermosa sabe que lo es y sabe cómo ser hermosa.
Yo soy para mi amado y hacia mí tiende su deseo y lo llama.
¡Oh, ven, amado mío!
Salgamos al campo.
Pasaremos la noche en las aldeas.
De mañana iremos a las viñas.
Veremos si la vida está en cierne, si las yemas se abren y si florecen los granados.
Ahí te entregaré, mis amores.
Lo está llamando ella misma.
Hacia mí tiende su deseo, pero además yo lo llamo, yo lo sujeto, yo lo devoro.
Esto, yo lo devoro.
Esto, esto.
¿Qué es lo que hace, pues, la mujer?
La capacidad de devoración del hombre es puramente fantasiosa o imaginativa o afanosa.
La capacidad de devoración de la mujer es auténtica.
Ella sí devora.
Y allá llama al amado a ella misma, a su cuerpo, a su esplendidez física.
¡Oh, ven, amado mío!
Salgamos al campo.
Antes se la invitó a ver la primavera, que es la estación donde canta la tórtola y donde canta la tórtola surge el amor.
Dije allá en el primer poema.
Ahora ella lo llama.
Vamos al...
¡Oh, ven, amado mío!
Es una exclamación muy hermosa, muy bella.
Pasaremos la noche en las aldeas.
De mañana iremos a las viñas.
Veremos si la vida está en cierne, si las yemas se abren y se florecen los granados.
Allí te entregaré el don de mis amores.
Dice ella, promete, ofrece.
Las mandrágoras exhalan su fragancia.
A nuestras puertas hay toda clase de frutos exquisitos, los nuevos igual que los añejos.
Los he guardado, amado mío, para ti.
Los frutos añejos y los frutos nuevos son ella misma.
Las mandrágoras exhalan su fragancia.
La mandrágora era tenida por unas manzanitas pequeñas, medio feas, como planta afrodisiaca, como fruto afrodisiaco.
Que procuraba el deseo y el poder sexual.
Esto era la mandrágora.
Aquí la referencia en el cantar es clarísimo.
Las mandrágoras exhalan su fragancia.
Es quien puede amar.
Comamos mandrágoras, hagamos el amor.
Es lo que está diciendo la mujer.
Todo esto que estoy leyendo casi no amerita comentario ninguno.
Hace ver que el cantar de los cantareses es un canto al cuerpo humano y es un canto a la unión de un amor entre un hombre y una mujer.
Cómo se da, cómo se repite, cómo fracasa, cómo crece, cómo esplende.
Y dice, ella, "Ah, si fueras tú un hermano mío amamantado a los pechos de mi madre, podría besarte al encontrarte afuera sin que me menospreciaran, te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre y tú me enseñarías y yo te daría a beber vino aromado de licor de mis granadas o de mis granados".
Esto tampoco se ha explicado claramente.
Ella lo quiere como amante, se ha demostrado.
Y ahora pide que también sea como un hermano, como un hermano pequeño alimentado en el mismo pecho materno que ella para poder besarlo libremente delante de todo mundo.
Y surge aquí una bella pregunta que no se puede responder fácilmente.
El amor debe ser público, esto ya lo planteé en alguna lección de estas pasada, o debe ser furtivo.
Ibn Hassan de Córdoba, el prodigioso escritor árabe-español que vivió hace mil años y estuvo sepultado mil años en el olvido hasta que Hassim Palacios, el gran arabista español, lo desenterró.
Y nos hizo conocer, entre otros libros, el Collar de la Paloma que es un canto de amor hermosísimo escrito hace mil años.
Dice que el amor debe ser furtivo, que no debe publicarse.
La gente no tiene por qué saber que entre esta y este existe un violento o profundo o principesco amor, que eso debe pasar a espaldas de la gente, de los seres humanos, del mundo todo.
El cantar a veces dice que debe ser público y en realidad lo ha dicho varias veces a lo largo del poema que ya casi toca su fin.
Debe ser público, publicitado, todo mundo debe saber esto.
Los comentaristas del cantar dicen que el verdadero amor se publica, se publicita, se da a conocer, que no tienes honrojo ninguno en confesarse.
Gentes de mucho reposo espiritual dicen que debe ser furtivo, que no tiene por qué andar en boca de muchos, que sólo debe andar en boca de él y de ella, que de alguna manera debe ser secreto.
¿Quién tiene la razón?
Yo he desconfiado mucho, siempre mucho, de los amantes que anda gritando que lo son.
Calma, quietos, silenciosos.
Ámense donde no lo vea, ámense donde no los vea.
Yo creo que aquí está el verdadero amor, pero puedo equivocarme, claro, aunque parezca mentira.
Podría besarte al encontrarte afuera sin que me menospreciaran, porque el incesto en Oriente, cosa que no es enteramente cierta, está terriblemente penado y sobre todo estaba, cosa no muy cierta.
Porque Tamar le pide a Amnón, su hermano, que no la violente, que no la viole, que se la pida a su padre, a su padre David, y que el padre no se la negará.
Eso contradice esto de acá.
Podría besarte si fueses mi hermano, al encontrarte afuera sin que me menospreciaran, sin que me despreciaran.
Te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre y tú me enseñarías.
Aquí están otra vez los dos amantes, ya en la furtividad te daría beber vino aromado, el licor de mis granadas.
Su izquierda esté bajo mi cabeza y su diestra me abrace.
Ya tuvieron el amor, ya languideció ella, ya está recostada, desmayada y él la cuida.
La mano izquierda de él está sosteniendo la cabeza de ella por la nuca, el brazo derecho está rodeándola, está ciñéndole el tallo.
Su izquierda debajo de la nuca de ella desfallecida y su derecha rodeándola, rodeando su talle a la mitad de su cuerpo amparándola.
Y dice él, yo os conjuro, doncellas de Jerusalén, por las gamas y por las siervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor ni lo quisiera.
Es decir, no hagan ruido, ella está durmiendo, está en paz.
Se ha entregado, ha sido poseída y está en paz.
No la despierten.
Venga el amado a su vuelta.
Como acabo de hablar, encuéntrase de su esposa.
La esposa, avisada de ello, acuérdase de lo que tenía su amado que por ventura es el mismo de que hizo en su antigua noche.
Y rúiganos que se deje ir o morar y que se vayan a ir juntos a la tierra de las pasajas.
O mejor decir, que le había hecho semejante...
Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org Traducido por Marie Arias Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org [AUDIO_EN_BLANCO]
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CONDUCTOR
Alejandra Montalvo
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Revisiones de autores mexicanos a obras literarias de alcance universal
LOCACION
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Español
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Sergio Nahúm Moreno Sotelo
PRODUCCION
Sergio Nahúm Moreno Sotelo

