Document
Thumbnail
Share
CUID
MW-20768
TITULO_SERIE
SUBTITULO_SERIE
La teatralidad en la cancha
SINOPSIS_SERIE
El Coloquio Internacional de Teatro y Fútbol celebra su tercera edición, explorando las conexiones y diferencias entre estos dos universos apasionantes. A través de conferencias y actividades diseñadas como ensayos y entrenamientos, reflexionamos sobre cómo el arte y la ciencia convergen en estas disciplinas.
Pensemos que jugamos la jornada tres del campeonato; acumulando minutos para mejorar el juego colectivo, conservamos el plantel que nos ascendió a primera división, incorporando refuerzos de primer nivel. La técnica mejora y el juego fluye.
Pensemos que presentamos la tercera función de la temporada; los sobresaltos del estreno han sido superados, las relaciones se afianzan y el ritmo es una resultante estable. La técnica mejora y el juego fluye.
Jorge Dubatti e Ignacio Escárcega hicieron evidente la asimetría y las similitudes que existen entre el teatro y el fútbol. Basándose en la definición de teatralidad, llegaron a la conclusión de que ambas prácticas pertenecen a la misma familia y que todos los seres humanos desarrollamos la teatralidad en todo momento con el objetivo de organizar la mirada del otro.
En esta edición, celebramos cómo el teatro y el fútbol generan vínculos humanos, construyen emociones compartidas y transforman nuestra manera de interactuar con el mundo.
EXTRACTO_SERIE
En 2013, el grupo 8M3 y el CITRU organizaron el Coloquio Teatro y Fútbol, reuniendo a creadores teatrales y aficionados al deporte para explorar las similitudes entre ambos y la influencia del fútbol en figuras emergentes de la escena mexicana.
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Conferencia magistral
SINOPSIS_PROGRAMA
Villoro reflexiona sobre el sistema de interpretación del fútbol, aseverando que se trata de un deporte y, a la par, de una manera de entender el mundo y a nosotros como sujetos lúdicos.
EXTRACTO_PROGRAMA
Villoro reflexiona sobre el sistema de interpretación del fútbol, aseverando que se trata de un deporte y, a la par, de una manera de entender el mundo y a nosotros como sujetos lúdicos.
N_PROGRAMA
6
N_TOTAL_PROGRAMAS
7
DURACION_TOTAL
01:11:25:00
PARTICIPANTES
Juan Villoro, escritor y periodista.
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Juan Villoro.
Nació en la Ciudad de México en 1956. Ha sido profesor en la UNAM y profesor visitante en las universidades de Yale, Princeton, Stanford y Pompeu Fabra de Barcelona, así como en la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez. Es columnista de Reforma (México) y ha escrito para medios internacionales como The New York Times (EE.UU.), El País (España) y El Mercurio (Chile), entre otros. Fue director de La Jornada Semanal.
Estudió Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Es doctor honoris causa por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y por la Universidad Autónoma Metropolitana. Desde 2014, es miembro de El Colegio Nacional.
En 2012, obtuvo el Premio Iberoamericano José Donoso y en 2018 el Premio Manuel Rojas, ambos otorgados en Chile, por el conjunto de su obra. Entre los reconocimientos que ha recibido en México se encuentran el Premio Mazatlán de Literatura por su libro de ensayos literarios Efectos personales y el Premio Xavier Villaurrutia por su libro de cuentos La casa pierde.
Recibió en España el Premio Herralde por su novela El testigo; en Argentina, el Premio ACE por su obra de teatro Filosofía de vida; y en Cuba, el Premio José María Arguedas por su novela Arrecife. Su trabajo periodístico ha sido reconocido con el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Premio Ciudad de Barcelona, el Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán, así como con el Homenaje Fernando Benítez de la Feria Internacional del Libro y el Premio a la Excelencia Periodística, otorgado por la Fundación Gabo (Colombia), en 2022.
Su novela para jóvenes El libro salvaje ha vendido más de un millón de ejemplares.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
TRANSCRIPCION
[Música] Me da muchísimo gusto participar en este encuentro que reúne dos pasiones, el teatro y el fútbol.
Entonces voy a tratar de abordar algunos aspectos de la teatralidad del fútbol que por supuesto son inagotables.
Antes que nada me gustaría reflexionar un poco sobre el sistema de representación del fútbol, es decir, se trata de un deporte evidentemente, pero también se trata de una manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros como sujetos lúdicos, es decir, como personas que jugamos.
El fútbol es la actividad mejor organizada y repartida en el planeta Tierra, al grado de que la FIFA tiene más agremiados que la ONU, además a la FIFA le hacen caso, cosa que no siempre ocurre con la ONU y sus melancólicos cascos azules.
Y el fútbol ha logrado cautivar al mayor número de países, ¿por qué?
¿cuál es la fascinación que causa el fútbol?
Habría muchas maneras de explicar esto, pero como sistema de representación del juego, el fútbol tiene algunos atractivos muy peculiares que lo distinguen de otros deportes.
Por principio de cuenta se trata de uno de los juegos con menos reglas, es muy sencillo.
El fútbol, salvo la famosa regla del fuera de lugar, que muchas veces distingue a quien es un aficionado verdadero del fútbol de quien solo lo ve por primera vez, y salvo esa regla, básicamente es bastante simple entender el fútbol.
Como ejercicio atlético se trata de una actividad de una extraña democracia física, se puede ser bajo y regordete y ser maradona, espigado, no muy fuerte y ser beckenbauer.
En el fútbol no existe el jugador que requiera de una especial constitución atlética para desempeñar este deporte, nadie que mida 1.50 podrá ser basquetbolista, ningún jugador de 60 kilos de peso podrá estar en la línea de golpeo del fútbol americano.
En cambio el fútbol admite este tipo de circunstancias y aún niega la posibilidad de un jugador completo.
Ha habido futbolistas profesionales, en México hubo uno muy famoso, Marcos Rivas, que se han desempeñado en todas las posiciones en la cancha, incluida la de portero, más Marcos Rivas famosamente tuvo que sustituir al arquero en un partido y le paró un penalti a Leonardo Cuellar de los Pumas.
Pero este tipo de jugador que es notable por su versatilidad rara vez destaca como los jugadores que tienen una habilidad única y se parecen a los héroes homéricos, así como Stentor era el del grito superior a los 40 pulmones en la hiliada, de ahí viene la palabra estentorio, de Stentor, o Héctor era el domador de caballos, o Aquiles su rival, el de los pies ligeros, cada uno de estos héroes tienen un atributo que los distingue al modo de los pokémones, que cada uno tiene su habilidad específica.
Así son los jugadores del fútbol que son continuadores de los héroes homéricos y antecedente de los pokémones.
Hugo Sánchez tenía la chilena prodigiosa, era el hombre del instante, del remate exacto, no supimos nunca si era bueno para driblar porque nunca lo intentó, no tuvo que someterse a esa prueba, tampoco sabíamos si era muy bueno recuperando balones porque simplemente no lo hacía.
David Beckham lo conocimos por sus fantasiosos cortes de pelo y ahí fue muy versátil ante el peluquero, pero en la cancha nosotros recordamos de él sus tiros a balón parado y sus centros prodigiosos, esas eran sus especialidades, nos importa muy poco si marcaba a un jugador contrario o si sabía rematar de cabeza, eso no era lo de él.
Jared Borghetti en la Liga Mexicana reinventó el arte de golpear el balón con la cabeza, es decir, cada jugador tiene una picardía específica y eso lo convierte en alguien singular.
Entonces careciendo de la necesidad de tener un rendimiento físico especial, el futbolista puede desarrollar una habilidad o dos que lo distingan y eso lo convierte en alguien muy especial.
En buena medida el fútbol deriva su atractivo de jugarse con el pie, que es la parte cancelada por el ser humano en su evolución.
Nuestro desarrollo cultural le debe mucho al cerebro, al ojo y al pulgar oponente, a la mano.
Los pies parecen pertenecer al origen de nuestra especie cuando subíamos a los árboles y cuando eran más necesarios y sin embargo el más popular de los deportes se juega con los pies, salvo el caso del portero o de Maradona en estado de excepción.
El fútbol tiene este atractivo y por eso el poeta mexicano Antonio del Toro pudo decir que es la venganza del pie sobre la mano.
Es la historia invertida de la civilización, no es la mano la que guía su destino sino es el pie.
Un viejo aforismo latino decía "el hombre piensa porque tiene manos".
Se nos ocurren muchas cosas que hacer con las manos.
Entonces hay una relación entre la práctica del cuerpo que se expresa en las manos y el cerebro, la mente, pero el fútbol ha suprimido esto.
De modo que se trata fascinantemente de un ejercicio que nos devuelve el tiempo en un doble sentido.
Antes que nada a lo que fuimos en el origen de la especie, la horda del comienzo, cuando los pies eran muy significativos e importantes, pero también una vez que nos aficionamos a este juego nos regresa permanentemente a la infancia, al niño que fuimos.
Entonces el fútbol es en ese sentido una maquinaria para regresar en el tiempo en un doble sentido, como especie hacia esta tribu del inicio y como individuos hacia la infancia.
Por eso yo creo que el fútbol permite el último grado aceptable de la intransigencia emocional que es el de no cambiar de equipo.
A mi modo de ver se puede cambiar de todo en la vida, de religión, de política, hasta de sexo, con alguna operación y una terapia psicológica de por medio, pero cambiar de equipo significa decir ya no tengo esa infancia, ya no soy el niño que apostó por unos colores.
De modo que eso me parece más difícil.
Hay quienes lo hacen, pero yo aconsejo no hacerlo.
Aconsejo que no nieguen al niño que tuvieron, aunque haya escogido un club que hará sufrir, como el mío, el Necaxa, que nos ha puesto a prueba, pero bueno, ha significado una escuela de estoicismo y de temple ante la adversidad.
Entonces el fútbol tiene estas características y ya nos estamos acercando a cierta dimensión teatral en lo que digo, es decir, no es solo un juego, es un sistema de representación de lo lúdico, es un sistema de representación muy original que nos pone en contacto con valores muy específicos.
Su democracia física, su capacidad de inventar virtudes que señalan con un atributo especial a los héroes de la cancha, su habilidad de ponernos en contacto con el pasado de la especie y de nosotros mismos.
El fútbol hoy en día lo vivimos básicamente por televisión y esto ha distorsionado bastante la percepción que tenemos de él, porque la cámara es esclava de la pelota.
Cuando nosotros vemos un partido por televisión, nos limitamos a ver exclusivamente la zona en donde está el balón y se nos escapan los largos recorridos, ciertas fintas, la posibilidad de una jugada al hueco, alguna jugada de pantalla que está ocurriendo fuera de la zona del balón, los repliegues y otras circunstancias que tienen que ver con el juego.
Y ahí es donde nosotros empezamos a ver una dimensión teatral fuerte, en el sentido de que estamos ante un planteamiento que involucra a los jugadores, tengan o no tengan la pelota en los pies.
Y esto me lleva a una reflexión teatral importante.
Creo que a un actor se le conoce sobre todo cuando no está diciendo parlamentos.
En el momento en que un actor tiene la posibilidad de expresarse, pone en juego desde luego, todo lo que de emoción, de dinámica teatral, va a expresar su personaje.
Es mucho más difícil que siga siendo tan convincente cuando no tiene la palabra, es decir, cuando no tiene el balón.
En el momento en que un personaje escucha al otro, ahí tiene que poner en juego toda su sapiencia teatral, para que nosotros nos demos cuenta que está verdaderamente involucrado en la escena, sin decir palabra alguna.
Y lo mismo pasa con el futbolista que no tiene la pelota, pero que tiene que buscarla haciendo un desmarque, o por el contrario, tiene que prever lo que va a hacer el que tiene la pelota, si es el rival, para intervenir en caso de que haga la jugada que él puede prever.
Entonces, la manera en que un futbolista juega sin balón, es equivalente a la manera en que un actor representa su personaje cuando no tiene parlamentos.
Y esto desde luego se nota fundamentalmente en el estadio, porque la cámara no está enfocando a todos aquellos futbolistas que participan en el juego, pero no tienen la pelota.
Muchos que serán decisivos en unos instantes, no lo son en ese momento.
Entonces, el futbol tiene una dimensión teatral mucho más honda, mucho más grande cuando uno lo ve en el estadio.
El futbol y el teatro dependen del manejo del tiempo, tienen una duración limitada.
Ahora bien, lo que es muy singular, tanto en el teatro como en el futbol, es que el tiempo se acelera o se alarga a voluntad de la puesta en escena, o del equipo que está jugando.
Generalmente, quien domina la táctica en un partido es también el dueño del tiempo.
Decimos de manera muy sugerente, los aficionados al futbol, que un equipo está haciendo tiempo, como si pudiera fabricar los minutos.
Evidentemente no los fabrica, lo que pasa es que está administrando el juego de tal manera en que el tiempo se va sin que suceda nada.
Y esto es una de las cosas más interesantes del futbol, y que acaso lo distinguen del teatro o quizá lo acercan a formas del teatro muy rituales.
Pienso, por ejemplo, en el teatro no.
Formas del teatro en donde durante mucho tiempo puede no pasar nada.
Cuando un actor del teatro no entra a escena, esa lenta entrada puede ser muy significativa y no está sucediendo nada, digámoslo así, que tenga que ver directamente con la acción teatral.
En el futbol, la mayor parte del tiempo no pasan goles.
Es un deporte, en ese sentido, muy avaro con las acciones.
Por supuesto que hay goleadas de escándalo, y no pensemos en la que recibió México ante Chile, porque nos vamos a poner melancólicos.
Y eso fue como una obra, la más lúgubre obra de Ibsen, esa goleada terrible.
Pero pensemos en un partido normal o incluso esos partidos que nos encandilan y que como mucho tienen un resultado 3-2, es decir, cinco goles que habrán ocupado menos de cinco minutos de los 90 que duró el juego.
Entonces, la acción eficiente, la acción real, es muy escasa.
La preparación para esa acción es absolutamente fascinante.
Entonces, el futbol básicamente es una conjetura de lo que podría pasar, pero no necesariamente pasa.
Y eso resulta apasionante.
Y ahí entramos en otra característica que distingue este juego por los demás deportes, que es la posibilidad de que termine en empate, y no solo eso, de que termine en un empate 0-0.
Esto para muchos parece un performance de la nada, un no resultado.
¿Cómo es posible que un partido termine así?
Y sin embargo, los aficionados sabemos que algunos de los mejores juegos han terminado de esta manera.
Michel Platini decía, "Todo buen partido debería terminar 0-0, porque eso significa que nadie cometió errores.
El gol es producto, es hijo necesariamente de una equivocación".
Bueno, en otros deportes es escandaloso que no haya anotaciones, que el marcador termine en ceros.
Hay un libro muy interesante de un escritor norteamericano, Bill Buford, que se llama Entre los vándalos, y trata del fenómeno de los hooligans.
Y él ahí hace una hipótesis que me interesa plantearles, porque habla mucho del significado del empate para la cultura norteamericana.
Él, como buen estadounidense, piensa que la primera acción que hubo de violencia por parte de los hooligans derivó de un partido que terminó 0-0.
Entonces, la gente se sintió defraudada por el empate, y además porque no hubiera anotaciones, y trató de sublimar esta frustración desempatando el juego a través de la violencia.
Es decir, que él entiende el surgimiento del vandalismo futbolístico como una necesidad de compensación de un magro resultado.
Yo creo que esto dice más del propio Bill Buford que del fútbol.
Para un norteamericano, que un deporte termine 0-0, es un fracaso total.
Para una cultura triunfalista como la norteamericana del "number one", y de que alguien tiene que imponerse como el ganador, un marcador 0-0 es un fracaso.
Incluso preferiría un aficionado de este tipo que triunfaran los rivales con tal de que hubiera un ganador certificado del ajuste.
Es decir, que terminar en ceros es terminar en la nada.
De ahí que piense Buford que la violencia se generó por este no resultado.
Y la verdad es que los aficionados pueden salir felices de un partido que terminó 0-0, porque es uno de los pocos deportes que admite el empate.
Incluso la derrota en las ligas siempre tiene la compensación de un posible juego de vuelta.
Uno de los grandes dramaturgos del siglo XX fue absolutamente fanático del fútbol, Samuel Beckett.
No escribió obras de teatro sobre fútbol porque el fútbol es en sí mismo una obra de teatro.
Y él era demasiado original como para perder el tiempo copiando las obras de teatro que se escribían sobre el césped.
Entonces, él dejó en una obra una frase que habla del sentido profundo del partido de vuelta, y decía "no hay partido de vuelta entre el hombre y su destino".
Los aficionados sabemos que si un equipo rival nos visita y nos gana, pues nos queda la esperanza de ganarle cuando nosotros vayamos en la segunda vuelta como visitantes.
Pero el destino no concede esta segunda oportunidad.
Entonces, el fútbol tiene esta capacidad de asimilar a los aficionados al empate, e incluso a la derrota cuando todavía puede haber un partido de vuelta.
Es otro de sus atractivos.
Y uno que me parece fundamental y que es muy polémico, no sé lo que ustedes pensarán al respecto, pero los comentaristas de televisión sienten que la televisión todavía no tiene suficiente influencia en el fútbol.
Y quisieran que se convirtiera en la suprema corte de justicia del fútbol, y que los árbitros vieran repeticiones televisadas para impartir justicia.
Y yo creo que uno de los grandes atractivos del fútbol es lo falible que es su sistema de jurisprudencia.
Ni siquiera los jueces mexicanos en los tribunales se equivocan tanto como los árbitros.
Pero a diferencia de lo que ocurre en los tribunales, y basta ver al respecto la película "Presunto Culpable", esto no incide directamente en la vida, incide en nuestras ilusiones.
Pero ¿quién nos dice que merecemos como aficionados siempre el triunfo?
El fútbol tiene a alguien que es el factor humano, es lo imponderable, la posibilidad de error.
¿Qué es el árbitro?
Un hombre que de acuerdo con el reglamento de la FIFA debe estar a dos metros de la jugada máximo, pero que de pronto tiene que perseguir una pelota en un contragolpe vertiginoso y en una acción decisiva se encuentra a 15 metros con la respiración agotada, sin resuello, la vista nublada por el sudor y tiene una milésima de segundo para soplar la justicia en su silbato.
Es difícil que acierte en todas las ocasiones.
Por eso yo he escrito que en el fútbol hay 22 personas que juegan a ser dioses o semidioses y solo una que juega a ser hombre, que es el árbitro.
Entonces es nuestro delegado la posibilidad de error ante las jugadas.
Yo estuve en el estadio Azteca cuando Diego Armando Maradona anotó con la mano y la verdad yo no vi ese puñetazo hasta que lo pude revisar en la repetición.
En la cancha me pareció un gol legítimo de Diego.
Esta picardía engañó al árbitro y luego la convirtió míticamente en la mano de Dios.
Pues bien, en el fútbol nosotros no tenemos siempre certeza de lo que sucede y el árbitro es uno con nosotros y difícilmente puede intervenir.
Entonces esta falibilidad del fútbol, a mi modo de ver, le da un atractivo especial porque hay algo absolutamente imponderable.
O sea, no todo tiene que ver con el más fuerte, el más rápido, el más veloz, con récords tangibles, sino que misteriosamente el fútbol se parece a la vida.
Sin haber hecho muchos méritos, compramos un billete de lotería y ganamos el premio mayor.
¿Es realmente justo que esto nos llegue?
Pues probablemente no.
Y al día siguiente de pronto tenemos un cálculo en el riñón y probablemente tampoco merecemos este castigo.
La vida tiene un sistema de recompensas absolutamente aleatorio, del mismo modo en que lo tiene el fútbol.
Por supuesto que esta capacidad de equivocarse del árbitro fomenta la teatralidad del fútbol para fingir faltas.
Hemos visto una espléndida selección ahora de piscinazos, de clavados, de jugadores que, como dice la hinchada, están exclusivamente haciendo teatro.
Entonces, bueno, esta es la parte más inoble de la representación teatral en el fútbol, lo que es la de tratar de engañar al árbitro con una astucia que tiene que ver con condiciones histriónicas más que con el juego mismo.
Pero los árbitros también ven televisión y los árbitros se documentan bastante a partir de los jugadores.
Entonces luego hay histriones ya tan consumados que el árbitro ya ni siquiera les pita las faltas verdaderas, porque cada una de sus faltas ya es como ignorar una placa de 100 representaciones del piscinazo.
Entonces, aunque los trituren, no les marcan las faltas.
Pero realmente estamos ante el único deporte en donde un jugador trata de sacar ventaja en tal forma de la representación teatral.
No podemos concebir que un basquetbolista de pronto caiga en estado de estertor y ruede a lo largo de toda la duela fingiendo un codazo que nadie vio.
Eso no sucede en el básquetbol.
Deportes mucho más rudos que el fútbol, como el rugby o el fútbol americano difícilmente tienen este fingimiento.
Entonces el fútbol ha abusado hasta el cansancio de estas faltas y quizá la última frontera de honestidad en el fútbol es el que juegan las mujeres.
Si alguien quiere ver un fútbol limpio, un fútbol honesto, un fútbol franco, pues tiene que aficionarse al fútbol femenil, porque creo que ese aspecto ya está perdido para siempre en el fútbol masculino.
Existirá siempre la tendencia al fraude, la tranza, la chapusa hecha por los futbolistas.
Esto desde luego es negativo, pero el fútbol tiene aspectos compensatorios, teatrales muy positivos.
Nosotros vemos los desplazamientos de un jugador y de inmediato sabemos que está en dominio teatral del campo.
Martin Heidegger, el filósofo alemán, era aficionado al fútbol, fue en una ocasión a ver un juego de jugadores juveniles y vio uno en el campo que dijo, "¿Qué control tiene de la escena futbolística?"
Y le dijeron, "Pero si no ha tocado la pelota".
Dice, "No, pero es el único que sabe realmente qué va a pasar en todo el campo".
Era Franz Beckenbauer.
O sea, una visión de campo que se expresaba tan solo en su manera de entrar a la cancha y de situarse en ella.
Otro de los grandes atributos teatrales del fútbol es, por supuesto, la finta, la jugada de pantalla, los grandes engaños de los magos de la pelota, el dribbling, el túnel, los aciertos que tienen los jugadores.
Una definición posible del crack es la del jugador que hace exactamente lo que se piensa que no va a hacer.
Un jugador eficiente, atlético, nos puede sorprender por su velocidad, por su fuerza, por su poderío, pero no nos engaña.
En cambio, el crack tira la pelota exactamente al lugar donde no esperábamos que pudiera ir.
Es decir, hace lo impensado, lo inopinado.
De ahí que César Luis Menotti haya dicho, "El fútbol es el único sitio donde me gusta que me engañen".
Porque verdaderamente estos engaños no tienen que ver con la trampa, no son un gol con la mano, no son un clavado en el área chica, son jugadas de tal naturaleza prodigiosa que tienen un desenlace absolutamente inesperado.
Y ahí es donde el fútbol tiene sus mejores cartas.
Es realmente esta la auténtica dimensión teatral del juego.
De ahí que el fútbol dependa mucho de cómo se representa a sí mismo.
En pocos deportes es tan importante no solamente saber jugar el deporte, sino representarlo escénicamente.
Jorge Valdano en alguna ocasión habló del miedo escénico y escribió un texto al respecto que pueden padecer los jugadores.
De pronto un equipo va como visitante a un campo donde ha perdido desde hace 38 años.
Y se da esta situación absolutamente misteriosa.
Durante 38 años los equipos que se han enfrentado han tenido jugadores muy distintos, han tenido entrenadores diferentes, preparaciones físicas totalmente cambiantes.
Y sin embargo cada vez que un equipo va a ese estadio, pierde con el equipo local.
Es como si todos aquellos que alguna vez vistieron esa camiseta todavía estuvieran jugando en el equipo.
Nelson Rodríguez, el gran cronista brasileño que contribuyó a que Pelé fuera apodado como el rey y Didi como el príncipe, decía en el fútbol, en los grandes días, incluso los muertos, no pueden olvidar sus obligaciones con el club.
Tienen que hacerse presentes en el campo.
Y efectivamente uno diría que en esos partidos en donde hay una jetatura extraordinaria y una superioridad de un equipo sobre otro, se diría que los muertos también están jugando.
Y de ahí que el equipo visitante padezca de pronto un repentino miedo escénico que hace que si ese equipo no ha ganado en 38 años en ese campo, pues posiblemente no lo haga en ese partido.
Entonces hay esa dimensión extra futbolística, extra deportiva, que tiene que ver con cómo un equipo se representa, se ve a sí mismo dentro de la cancha.
Y luego numerosas jugadas que tienen que ver con gestualidades escénicas.
Pensemos, por ejemplo, en la técnica que fue patentada primero por los brasileños de la paradinha para tirar un penalti, que es correr hacia la pelota en el manchón de penalti y entonces detenerse sorpresivamente, hacer una pausa para que el portero se vensa, para que el portero calcule.
Además, muchas veces esto apoyado por la mirada del delantero, que está indicando que va a tirar al lado izquierdo, desesperado por anticiparse al balón, el portero se vence hacia ese lado y el jugador puede tirar al contrario.
O la famosa técnica también en los penales que patentó Panenka, lanzando un penalti flotadito, presuponiendo que el portero se iba a tirar de inmediato.
Entonces, como en realidad sucedió, y él se limitó a humillarlo con una pelota bombeadita que hubiera detenido un niño de seis años en caso de haberse quedado quieto en el lugar del portero.
Pero esa es una jugada típica de engaño.
Aquí en la Liga Mexicana, el uruguayo, el loco Abreu, se volvió famoso por tirar estos panenkas y en el último partido que jugó en su vida, Zinedine Zidane, anotó un gol de este tipo en la final de Alemania 2006 contra Italia.
Entonces, es una jugada que es recurrente, pero que tiene como mérito el engañar una y otra vez al portero que es humillado de esa manera.
Hay otro tipo de jugadas que también dependen de una teatralidad.
Por ejemplo, en la Masía, la Escuela de Fútbol del Barcelona, se practica de una manera obsesiva lo que ellos llaman el tercer pase, que es una dimensión ya casi metafísica de la jugada de pared.
Quienes hayan visto jugadas de pared, y el Barcelona, que se volvió un equipo especializado en el llamado tiquitaca, sobre todo en los tiempos de Pep Guardiola, el tercer pase es lanzar una jugada, mandarle un pase a un compañero, calcular que el compañero va a devolver la pelota en una jugada de pared y saber a dónde va a dar uno el tercer pase.
Es decir, calcular dónde va a estar el otro contrario o el mismo que le dio la pelota para recibirla.
Es decir, es una jugada potencial sobre un planteamiento escénico que aún no ocurre en el partido, pero que va a ocurrir como consecuencia de la primera jugada.
Entonces, esto es obviamente una dimensión teatral del juego, porque modifica las posiciones a partir de una representación futura de algo que todavía no ha ocurrido.
Esto, por supuesto, también tiene que ver con el famoso pase al hueco.
Lo interesante del pase al hueco es que es un pase a nadie.
Un buen pase al hueco no tiene destinatario evidente.
Es enviado a un sitio donde no está el compañero, pero donde puede estar.
Entonces, es también una jugada de engaños, una representación teatral del juego.
Esto se ahonda también con el teatro de las miradas, que tiene que ver con ver hacia un lado para tirar el balón hacia otro.
Y este teatro de las miradas puede correr el albur de enfrentar los ojos del rival, y eso es muchas veces lo más violento que le puede pasar a un jugador.
Esta oposición esencial en el juego puede convertirse de pronto en una afrenta.
De acuerdo con algunos especialistas, ese fue el gran error que cometió Zinedine Zidane en la ya mencionada final de Alemania 2006, cuando no solamente lo estaba insultando Materazzi, sino que cometió el error de verlo a los ojos, y ahí la afrenta se volvió directa y no pudo contenerse, y perdió la cabeza en el más literal de los sentidos, y le dio un cabezazo tremendo a Materazzi.
Pero el fútbol también está lleno de cábalas y de rituales.
Ha habido porteros que tienen que orinar supracticiamente en la portería.
Muchos entran con el pie derecho a la cancha, casi todos.
Algunos tienen un muñequito de los porteros, por ejemplo.
A veces colocan un muñequito, algún amuleto en la portería o hacen la demanda de cerrarla como si tuviera una cremallera.
Los rituales son muy importantes.
Hace poco tuve la oportunidad de conversar en Aguascalientes con un jugador del Necaxa de la década de los 90, cuando se hizo sorpresivo y empezó a ganar, el Picas Becerril, y él me contó de una de las finales que ellos disputaron contra el Guadalajara en el Estadio Jalisco, en la que todo mundo daba por vencedor al Guadalajara.
Y en esa final, el Tuca Ferretti entrenaba a las chivas.
Como buen brasileño, el Tuca es absolutamente supersticioso.
Y sabía que la porra del Necaxa hacía un ritual previo al partido que consistía en tirar pétalos desde la tribuna hacia la cancha, pétalos de rosas, rojos, como la camiseta del Necaxa, que es rojiblanca.
Y entonces el Tuca prohibió que se tiraran esos pétalos.
Y entonces se les ocurrió a los jugadores hablar con el porrista que hacía ese ritual y decir "danos las rosas a nosotros, salimos a la cancha tirando pétalos".
Y entonces salieron a la cancha tirando pétalos y de inmediato vieron al Tuca Ferretti.
Entonces, este rito iniciático ya lo había ganado el Necaxa, digamos que primero triunfaron ante los dioses de la superstición y luego triunfaron ante los rivales en el campo.
Esas cosas gravitan en el ánimo de los jugadores, muestran la solidez que puede tener un equipo y hay un elemento ritual de representación para llegar al triunfo posterior, que bueno, que a cualquier necaxista le gusta recordar especialmente, porque ese partido fue como el maracanazo de las chivas.
El fútbol depende de derroteros extraños en la pelota.
A mí me gusta mucho esa frase de los locutores que dicen "la pelota es un extraño", es decir, bota de manera inesperada, hay una sorpresa que también es sin duda alguna una sorpresa escénica, por no hablar de los movimientos voluntarios que los jugadores le imprimen al balón, el chanfle, por ejemplo, que además es una especialidad latinoamericana.
Parecería que a los europeos les parece hipócrita o insincero patear de esa manera la pelota.
¿Cómo voy a patear hacia la derecha si quiero que la pelota vaya hacia la izquierda?
Esa curva de engaño no es tan propia de la mentalidad europea, que prefieren casi siempre los tiros más rectos o en dado caso de parábola o de curva.
Durante mucho tiempo se dijo el chanfle no se ha descubierto en Europa, ya hay jugadores que pueden patear de esa manera, pero ha sido una capacidad de engaño particularmente latinoamericana.
Y como el teatro, el fútbol tiene diálogos, para citar al filósofo Enrique "el perro Bermúdez", es cuando los futbolistas dicen "tuya, mía", se la van pasando a caríciala.
Estos diálogos del balón son eminentemente teatrales.
Hay un libro muy interesante de Carmen Leñero sobre la poética del teatro que se llama "La escena invisible", es la relación además entre el teatro, la literatura y la filosofía.
Y entonces ahí analiza algunos aspectos que definen lo que es la teatralidad en la cultura en general.
Y dice que la teatralidad tiene que ver, entre otras cosas, con que se cumple en un espacio de excepción que representa algo diferente.
Es un espacio que se sustrae a la lógica del mundo y de pronto representa un castillo, representa un lupanar, representa un jardín de los cerezos.
En el caso del fútbol evidentemente estamos ante un espacio de excepción con unas líneas sobre el césped en donde se va a representar una forma incruenta de la guerra, que es este juego de fútbol.
Comenta también Carmen Leñero que en el teatro hay una comparecencia simultánea de tres figuras decisivas, los actores, los personajes y el espectador.
Evidentemente los actores son los que han sido llamados, contratados para representar a la segunda figura que es el personaje.
No es lo mismo el actor que el personaje.
Y esto también lo tenemos nosotros en el fútbol.
Es decir, el deportista, el atleta es el hombre que se ha entrenado y tiene un nombre y un acta de nacimiento y un RFC y todas esas características que lo convierten en un ciudadano.
Pero futbolísticamente es un personaje.
Esto quedaba todavía más claro cuando las camisetas llevaban números fijos.
Es decir, alguien jugaba de 5, alguien jugaba de 11, el extremo izquierdo, alguien jugaba de 10, el gran orquestador por excelencia.
Entonces los números determinaban a los personajes.
Históricamente el futbolista cuando empieza a tener ciertos atributos y ciertas características recibe muchas veces un apodo.
En fin, es alguien que es un personaje con el riesgo muchas veces de que se crea su propio personaje.
Es decir, empieza a tatuarse y de pronto se tatúa su propia cara.
A mí me pasó, por ejemplo, que fui a hacer una entrevista al Camp Nou y me acerqué a Ronaldinho, que estaba ahí, aparte iba a filmar un comercial, entonces estaba en una de esas pausas largas de los comerciales.
Estaba jugando con la PlayStation y estaba jugando en la PlayStation con el personaje de Ronaldinho.
Entonces, así como decían que Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo, los futbolistas acaban siendo locos que creen que son en realidad ellos mismos.
Hablan en tercera persona como Hugo Sánchez y creen que pueden decir cosas sobre todos los temas sabidos y por haber, como el caso de Maradona, y cada vez que habla de política o que habla de muchos otros temas, nos damos cuenta de que no opina con el pie izquierdo.
Ojalá opinara con la zurda prodigiosa, pero opina con la boca y pues no es lo mismo, en el caso de Diego.
Entonces, tenemos nosotros estas tres figuras, el actor o deportista, el personaje o el futbolista en el que deviene el atleta que lo respalda con el número que tiene, sus habilidades en el campo, y luego el espectador.
La famosa cuarta pared en el teatro, que es absolutamente decisiva en ambas actividades.
Hay todo un teatro, el Living Theater, el teatro de multitudes, el teatro del oprimido, que tratan de incorporar al público de distintas maneras, pero aunque no se ponga al público en escena, o aunque no se hagan estos juegos, una apuesta reciente muy buena de Alberto Villarreal, donde el público estaba sentado sobre el escenario y el paisaje eran las butacas vacías, aunque no se haga un juego tan directo como estos, la sola presencia del público influye.
Y todo actor sabe que si dice un chiste y la gente no se ríe, la obra no está caminando, hay un contacto elemental con la audiencia.
Y en el fútbol esto es absolutamente determinante, a tal grado que en Argentina surgió la expresión "el jugador número 12", porque el público verdaderamente influye en los resultados, especialmente el público argentino, que es particularmente participativo, y una de las porras más famosas, o barras, como se dice ahí, de boca, es la 12, precisamente, que se refiere a eso, a ese jugador que es un vendaval que arrebata balones.
Quien haya estado en el estadio de la Bombonera de Boca, siente de inmediato la presencia del público y el estadio empieza a temblar.
Bueno, a mí me pareció que temblara, pero naturalmente un argentino me corrigió de inmediato y me dijo "no tiembla, late, es un corazón vivo".
Entonces, bueno, esa es la pasión que… y realmente uno se pregunta, la dificultad de actuar ante ese estadio que parece a punto de venirse abajo en favor de los suyos y para masacrar a los otros.
Entonces, realmente se necesita una gran presencia de ánimo para actuar, y no es casual que el futbolista que habló del miedo escénico sea un argentino, Jorge Valdano, que por cierto, la primera vez que él jugó en esa cancha de Boca, siendo todavía un novato, se estaba amarrando los botines en el vestidor y empezó a sentir la vibración del estadio, y un veterano le dijo "no te preocupes, pibe, no eres tú, lo que está temblando es el estadio".
No, pero él estaba temblando.
O sea, realmente no es fácil jugar en esas circunstancias.
Entonces, la participación del público es absolutamente decisiva.
Luego, siguiendo con Carmen Liñero, ella habla de que en toda obra de teatro hay un antagonismo esencial entre dos poderes o dos principios que son opuestos.
Y esto evidentemente en el futbol, pues no hay que decir que justamente de eso se trata el futbol, uno juega contra el otro.
Y luego, algo muy interesante que menciona Liñero, es que el teatro siempre sirve de mediación con esferas sobrenaturales.
No necesariamente alude a aspectos religiosos o rituales, el teatro es en sí mismo un rito.
El teatro tiene una condición de rito, por eso el teatro incluso en tiempos de la realidad virtual, como acto de presencia, tiene una capacidad de emocionarnos que no tienen otras artes y resulta absolutamente insustituible.
No tiene caso ver teatro en tu teléfono celular, lo puedes hacer si eres un fanático, si tienes necesidad de estudiar algo, si eres actor y quieres ver cómo fue cierta obra, pero es absolutamente insustituible la experiencia de vivir el hecho escénico como situación presencial, es decir, en vivo.
Entonces, esta condición ritual y religiosa, pues también evidentemente la tiene el futbol, que es un gran sistema de supersticiones.
Entonces, los aficionados al fútbol no están viendo la realidad, los aficionados al fútbol están viendo un sistema de creencias.
Un aficionado al fútbol quiere, si es posible, que su equipo gane en el último minuto con gol en fuera de lugar y que no lo vea el árbitro y que así gane, y eso es lo único que le importa.
Un aficionado está dispuesto a pensar, a hacer cábalas consigo mismo y decir, si cierro los ojos, el Necaxa va a jugar mejor, no voy a abrir los ojos y va a jugar el Necaxa mejor.
Es algo absolutamente supersticioso.
Les cuento una anécdota del escritor catalán Jordi Puntí, él hizo el servicio militar en Sevilla, la mili como se le llamaba entonces al servicio militar, y los domingos veía el fútbol en una casa de asistencia, en una pensión donde se reunían los distintos reclutas, y había una de estas televisiones antiguas que eran un mueble, o sea, la pantalla estaba empotrada en un mueble y la señora de la casa, como buena sevillana, había puesto una mantilla adornando el mueble.
Y un día el Barcelona iba perdiendo y la mantilla se deslizó un poco sobre la pantalla y justo en el momento en que se deslizó el Barcelona anotó un gol.
Entonces alguien iba a retirar la mantilla y dijeron, tuvieron una inspiración los barceloneses, y dijeron, no, dejen la mantilla porque así juega mejor el Barcelona.
Dejaron la mantilla y lógicamente el Barcelona remontó el partido.
Durante toda la temporada vieron los partidos del Barcelona con la mantilla de por medio, con muy buenos resultados porque era una muy buena mantilla, era barcelonista, a tal grado que el Barcelona llegó a la final de la recopa, la copa UEFA, que se jugó casualmente en Sevilla.
Entonces ellos tuvieron la oportunidad de ver al equipo de sus amores en Sevilla porque ahí era donde se jugaba la final.
Fueron y naturalmente fueron con la mantilla al estadio.
Y vieron todo el partido a través de la mantilla.
Y perdió el Barcelona.
Ustedes se preguntarán, ¿descubrieron ellos que la mantilla no era milagrosa?
Claro que no, se dieron cuenta de que la mantilla solo era mágica frente a la televisión.
Si esto no es religión, no sé qué es religión.
Es decir, el fútbol tiene este sistema de creencias que es absolutamente supersticioso y que nos convence a nosotros de las cosas más inauditas.
Yo por eso escribí un libro que se llama Dios es redondo, que tiene que ver justamente con esta condición religiosa del fútbol que tanto se parece al del teatro.
Stanislavski dijo que el teatro es un laboratorio de las pasiones.
Fue una de sus definiciones del teatro.
Lo mismo podríamos decir del fútbol.
Y Pirandello dijo que el teatro era una metáfora del delirio.
También podemos decir eso del fútbol, especialmente en los grandes días, en los partidos absolutamente inolvidables.
Hay también cosas que se parecen mucho a cierta significación que el teatro le da, por ejemplo, a acciones comunes.
Uno de los principios del famoso "verfremdum effect" de Brecht, el efecto de distanciamiento, tiene que ver con cobrar distancia de un acto que puede ser común subrayándolo de manera específica.
Por ejemplo, al final de "Madre Coraje" hay una acotación teatral de Brecht, en donde Madre Coraje le da un dinero a unos campesinos que le piden dinero.
Es una mujer que ha sufrido una serie de avatares en la obra y termina la obra dando limosna.
Ahora, la acotación de Brecht es interesante porque para que se note el valor de ese acto, de manera muy racional dice "Madre Coraje cuenta las monedas en la mano".
O sea, las cuenta todas, es un lapso en que este acto muy común, dar dinero, se potencia, se significa, al menos hay una distancia interpretativa de ese acto, entonces gana fuerza.
Cuentan quienes vieron a Elene Weigel, la mujer de Brecht que representaba el papel, dicen que de manera absolutamente insuperable, que ella incluso reforzaba esto, iba más allá de la acotación teatral, contaba las monedas, las metía en una bolsa y luego entregaba la bolsa.
O sea, hacía un segundo gesto potenciando algo que era normal.
Algunos dicen que esta idea se le ocurrió a Brecht viendo la película "Iván el Terrible" de Einstein, en donde hay un close up a unas monedas, o sea, la cámara te puede señalar algo específico que debe tener especial atención.
Entonces él busca a través de la acotación teatral hacer algo parecido, o sea, darle un significado muy especial a lo que es común.
Y esto incluso lo convierte en método, por ejemplo, en el círculo de Tiza caucasiano, ahí nosotros vemos que Ardaz le dice al gran duque cómo debe comer un queso si fuera una persona pobre, o sea, cómo él que es un aristócrata y que come un queso para deleitarse, debería comerlo si fuera pobre.
Y entonces le da instrucciones para que lo coma con preocupación, como si le pudieran robar el queso en cualquier momento, como si el queso fuera a desaparecer de su plato.
Entonces, lo que es un acto normal, comer un queso, se potencia por la representación teatral, es decir, se distancia de ese objeto, es decir, se establece una nueva distancia, la distancia del teatro para ver el objeto de manera diferente.
Ya Diderot en "La paradoja del comediante" había hablado de este efecto de distanciamiento, diciendo que el mejor actor no era el que se emocionaba con su papel, sino por el contrario, el que con toda frialdad emocionaba a los demás y decía la buena actuación es atributo de la razón, no es atributo de la emoción, dice yo quiero llorones en el público, en el público que llore todo mundo, qué maravilla, pero el que va a hacer llorar tiene que distanciarse de la emoción para representarla mejor.
Entonces, estos efectos de distanciamiento son esenciales al teatro y nosotros también los podemos ver en el fútbol, y los podemos ver, a mi modo de ver, en especial en jugadas donde lo común adquiere otro significado, es decir, dar una moneda se da de manera especial en "Madre Coraje" y del mismo modo ocurre en el fútbol, por ejemplo, la pausa, eso es una cosa absolutamente inusual, un jugador va a toda carrera y de pronto se detiene, no hay nada más común que detenerse y parecería contravertir el sentido mismo del fútbol, de pronto quedarse parado, quedarse de pie, incluso quedarse parado en el área.
Entonces, una pausa que es aparentemente una suspensión del juego se potencia por el tejido que va a crear, es decir, por el desconcierto que genera otra jugada de este tipo, dejar pasar la pelota, le dan un pase a un jugador y de pronto abre las piernas y deja pasar la pelota y él se convierte en el engaño del siguiente jugador.
Ha habido algunos, como el maravilloso Pelé, jugando contra Uruguay aquí en México 70, él dejó pasar la pelota pero con el prodigio de que no se la dejó pasar otro jugador, sino que ante Ladislao Mazurkiewicz, el portero de Uruguay, dejó pasar la pelota y fue él a recoger la pelota, se dio un pase sin haber tocado la pelota.
Entonces, esta manera de potenciar el hueco, el vacío, es absolutamente extraordinario.
Por ejemplo, el taconazo, que es invertir el procedimiento del juego, golpear hacia atrás, es también una manera diferente de darle un significado distinto al fútbol.
De manera más compleja, este tipo de expresiones se ven, por ejemplo, en la posesión del balón, el tiempo que un equipo puede tener la pelota, es decir, cómo se adueña de la pelota, se la quita al contrario y empieza a ser otro partido, un partido donde ya no participa el rival, es decir, lo saca del partido.
Ha habido posesiones, el Barça de Guardiola de 76, 80 por ciento, es decir, durante 80 por ciento del partido sólo jugó un equipo.
Entonces, eso es otro planteamiento sumamente especial y que tiene que ver con este efecto de distanciamiento, construir un partido dentro del partido.
Y luego también algo muy importante en el 'verfremdungseffekt brechtiano', que es la imitación de un modelo, es decir, muchas veces se da la distancia a través de una imitación radical de la figura que se está imitando.
Entonces, eso también nosotros lo vemos en el fútbol, los jugadores que de pronto en un partido están copiando a otros.
Y el caso supremo de esto es, por supuesto, el gol que metió Lionel Messi ante el Getafe, que fue la copia perfecta del gol que Diego Armando Maradona anotó en México contra Inglaterra en ese mismo partido donde anotó el mejor gol ilícito de la historia y el mejor gol lícito de la historia cuando burló a media docena de ingleses para llegar a la portería.
Entonces, nosotros al ver el gol de Messi, inmediatamente pensamos Maradona, del mismo modo que pensamos cuando anota contra Italia en el Mundial Jared Borghetti peinando la pelota, pensamos en Uwe Celler en el gol que metió en el Mundial de 1970.
Bueno, a veces se necesita ser muy ocioso para tener todas estas cosas en la mente, pero eso sucede, los futbolistas estamos viendo, los aficionados al fútbol, estamos viendo copias de una jugada que está siendo calcada por otra.
Es decir, hay un diálogo a través del tiempo en donde un jugador sirve de modelo.
Así como el actor puede tener como modelo a otro actor, o puede ser Jorik representando a Shakespeare o lo que él se imagina que es Jorik representando a Shakespeare, así también puede tener como modelo a una figura real, un rey, un príncipe, un villano, un dictador.
Entonces, del mismo modo, un futbolista sin saberlo o a veces conscientemente está imitando jugadas previas y algo que ya había sido hecho.
Dentro de esta condición teatral que comparten el fútbol y el teatro, me parece muy significativo destacar, por ejemplo, el sentido de la inminencia.
O sea, ciertas jugadas que parecen no tener nada, pero que de pronto por obra de un jugador que empieza a ver la posibilidad de desarrollo de la jugada, se convierten en algo auténticamente amenazante.
Pienso el pase que le da Roberto Carlos a Zinedine Zidane en la final de la Champions, una pelota bombeada, la pelota empieza a bajar y de pronto nosotros sentimos que la va a patear de volea y que aquello va a ser un gol de locura.
Es decir, antes de que ocurra, él ya sabe lo que va a hacer y va a patear de esa manera.
El gol de James en el pasado mundial, en donde mata la pelota con el pecho y dispara de volea sin ver la portería, pero en el momento en que mata con el pecho, él ya sabe que va a disparar a portería y nosotros también lo sabemos.
Hay una inminencia de lo que va a ocurrir y eso muchas veces lo vemos en el teatro.
Un personaje se acerca a otro y nosotros advertimos sin que haya dicho nada la amenaza, la traición, la afrenta, la solidaridad, el amor, lo que puede ocurrir en ese momento.
Entonces, este sentido de la inminencia es absolutamente importante.
Bueno, pero ¿qué sería de todo esto?
¿Qué sería del fútbol sin un complemento absolutamente esencial?
¿Qué es la palabra?
Yo no podría dejar a un lado el hecho de que el fútbol, como el teatro, se engrandece por la palabra.
No necesariamente las palabras pronunciadas por los jugadores, que generalmente son muy primitivas dentro de la cancha e impublicables, aunque a veces hay grandes golpes de ingenio.
Por ejemplo, cuando Maradona mete ese gol que ya mencioné contra Inglaterra, que burla a todo mundo, luego se reúne con sus compañeros en el abrazo y el negro Enrique, que le había dado un pasecito de trámite en la media cancha, le había soltado la pelota, le dice "¿Viste qué pase de gol te puse?"
Efectivamente, fue un pase de gol desde el punto de vista técnico, pero yo creo que el fútbol está asociado con la palabra y los futbolistas lo saben, pero no tanto por lo que se dice en la cancha, sino por lo que se dice de la cancha, por los grandes rapsodas de la cancha, y ahí es importantísimo tomar en cuenta lo que la radio hizo para crear mitologías futbolísticas.
Hay una novela que se llama El Regate, de Sergio Rodríguez, un escritor brasileño, en donde él sostiene que los cronistas brasileños engañaron tanto a la gente, haciéndoles creer que sus futbolistas eran sensacionales en los años 40 y 50, que el gran Brasil de los años 60 existió para ponerse a la altura de lo que ya habían dicho los cronistas.
Es decir, habían cautivado en tal forma a la gente que de pronto dijeron "esto lo tenemos que hacer realidad nosotros", y efectivamente la radio ha sido una gran forma de la representación teatral del fútbol, lo ha expandido, lo ha exagerado, lo ha distorsionado muchas veces para bien.
Alfredo Braise Chenique, el novelista peruano, cuenta un partido de fútbol entre Perú y Brasil, narrado por un optimista rapsoda de la radio peruana, que narraba, dice, "el equipo del Cholo Sotil va adelante, entrenados por Didi, le están dando una sopa de su propio chocolate a los brasileños, los están dominando, los están arrinconando, Perú es vertical, Perú avanza, Perú domina, Perú está en el área contraria, gol de Brasil".
Todo era un engaño, y sin lugar a dudas, esto sucede muchas veces en el fútbol, y sucede para bien.
Nosotros en México tuvimos un grandísimo rapsoda de las canchas, Ángel Fernández, que rebautizaba a los estadios, le puso el Coloso de Santa Úrsula al estadio Azteca, que decía que el público era su coro griego, y decía "oigan ustedes la voz del Azteca", bautizaba a los jugadores, les ponía unos apodos absolutamente singulares, de héroes clásicos en ocasiones, y otros muy bromistas, a veces apodos muy cultos, a Enrique Borja, que tenía una gran nariz, le puso el gran Cirano, por Cirano de Bergerac, a Evanivaldo Castro Caviño, fue célebre anotador, pero de pronto fallaba un gol, y cuando fallaba, muy al estilo brasileño, sonreía con sangre ligera, le puso el hombre de la sonrisa fácil.
A otros, un jugador muy recio, Sánchez Galindo, le puso pierna fuerte, a un defensa argentino, que hacía que todos se confesaran ante él, le decía "el confesor", a los que ya tenían apodos, el Alacrán Jiménez, se enteró de pronto que su padre había sido general y le puso el hijo del general, lo cual suena como una novela de Pushkin.
Entonces, Ángel Fernández encandiló a toda una generación, y lo pongo él como ejemplo, pero cada país ha tenido este tipo de grandes cronistas, que han hecho que el fútbol se convierta en algo mucho más interesante a través de la palabra, tal grado que los aficionados, muchas veces han ido a los estadios con un radio para oír esas palabras que hacen que la más aburrida de las justas se convierta en la guerra de Troya.
Y Ángel Fernández lograba eso, entonces él pasó de la radio a la televisión, y cuando vio que el espectador tenía todo ante sus ojos, dijo "es totalmente redundante que yo diga 'avanza la pelota por el lado derecho', porque ya lo está viendo el jugador, tampoco le gustaban mucho las frías estadísticas, entonces se desentendió de eso y empezó a contar historias, metáforas, un jugador se acercaba agresivamente a otro y decía "aquí viene el Calimán Guzmán echando mano a sus fierros como queriendo pelear", es decir, introducía un corrido.
Cuando el partido estaba agonizando, y era un partido no muy interesante, entonces él empezaba a gritar "se hunde la nave, niños y mujeres primero, salves el que pueda", eso aparentemente era muy importante y él hacía interesante ese juego.
Rebautizó equipos enteros a los cementeros del Cruz Azul, les puso la Máquina Celeste, un apodo extraordinario, y en ocasiones explicaba con metáforas y parábolas lo que sucedía en la cancha, por ejemplo, un novato debutó con el equipo América, el partidazo se llamaba Cristóbal, Cristóbal Ortega, debuta con el América y al término del partido dice "Ángel Fernández, señoras y señores, hemos vivido en el error, América descubrió a Cristóbal", es decir, el descubrimiento de América al revés, ese ingenio velocísimo lo tenía él.
De pronto un jugador fornido alemán avanzaba por la paradera derecha y decía "ahí viene Hans-Peter Bruegel", que en alemán quiere decir "ferrocarriles nacionales de Alemania".
La cámara enfocaba el pecho de un jugador de la Unión Soviética que tenía las siglas de la URSS, las letras pero en alfabeto cirílico y entonces leía CCCP y decía "Ángel Fernández, ustedes se preguntarán qué quiere decir eso, CCCP, muy sencillo, cucurrucucu paloma, disparate absoluto", entonces muchas veces él operaba de esa manera y es una persona, tuve la suerte de conocerlo y de tratarlo, que estaba absolutamente invadida por la narración, no podía decir nada literal, todo lo que decía era forzosamente literario, solamente podía hablar a partir de historias.
Entonces en una ocasión se le hizo un homenaje organizado por el Che Ventura, un amigo del de toda la vida y entonces la gente, todos nos formamos para darle abrazos y entonces él narró los abrazos, cada persona que se le iba acercando, él recordaba los atributos que había tenido en la cancha o fuera de ella y a cada uno lo convertía en un héroe de novela.
Entonces este tipo de narradores han hecho mucho por el juego, a tal grado que los propios futbolistas se han sentido muchas veces identificados más con lo que ha dicho de ellos un cronista que con lo que ellos recuerdan de su propio partido en la cancha.
Entonces esta dimensión absolutamente teatral de la palabra me parece muy importante en el fútbol.
Entre las muchas crónicas de Ángel Fernández le tocó narrar la durísima entrada en el Mundial de 1982, que el portero alemán Harald Schumacher le hizo a Batistón, un delantero francés, que le tiró varios dientes, fue una entrada terrible.
Y entonces Ángel Fernández hizo una de sus metáforas más barrocas y difíciles de entender, pero al mismo tiempo más certeras, dijo "le clavó la espada hasta donde dice Solingen".
Bueno, la mayor parte de los cuchillos y espadas que se han vendido en México han sido producidos en la zona del Ruhr, en Alemania, en una ciudad que se llama Solingen.
Y entonces tienen las palabras Solingen, eso quiere decir que es de muy buen acero, es un acero alemán.
Entonces pronto se le ocurre que es un acero alemán, como las espadas que se venden en México de acero alemán.
Y claro, es una metáfora que muy pocos entendieron, porque a veces se necesitan notas de pie de página para estas explicaciones.
Pero el fútbol ha dado lugar a una reflexión a través de las palabras que me parece muy interesante.
El propio Schumacher escribió un libro complejo que se llama "Silbatazo inicial", en donde habla de todas sus aventuras y la corrupción en la Bundesliga, el topaje y una serie de cosas terribles.
Y él después de este partido desgraciado fue retirado de la selección, terminó sus días jugando en Turquía y poco antes de su retiro fue entrevistado por un magnífico periodista alemán, André Müller.
Y entonces ahí él hizo una serie de declaraciones que yo armé como un pequeño monólogo teatral, puesto que estamos en una relación entre teatro y fútbol.
No les voy a leer este monólogo, duraría unos 15 minutos todo completo, pero me gustaría compartir con ustedes algunas de las reflexiones de este portero que son eminentemente teatrales.
El portero es el que tiene más tiempo para pensar, es el más intelectual de todos, el que está muchas veces… y es, por supuesto, el que está separado del equipo, se viste distinto, puede usar las manos.
Es el que tiene que transmitir confianza.
Y esto es algo muy difícil.
Otro portero alemán, Robert Enke, se suicidó porque no pudo soportar la idea de que padecía una enfermedad bipolar.
Decía 'si tomo ansiolíticos y aparecen en el examen de antidoping, la gente va a saber que el portero de Alemania está deprimido'.
Y el portero de Alemania no puede estar deprimido, tiene que garantizar confianza.
Es hijo de un terapeuta, su papá le dijo 'no te preocupes, puedes seguir adelante', su esposa lo apoyó mucho y, sin embargo, él no pudo superar esta circunstancia y se mató como se matan los porteros de Alemania, se tiró a las vías del tren siendo portero titular antes del Mundial de Sudáfrica.
Entonces, esta es una situación terrible de angustia.
Y no es casual que un escritor del campo de habla alemana, Peter Hand, que haya escrito un libro que se llama 'El miedo del portero ante el penalty'.
Bueno, se traduce 'el miedo del portero ante el penalty', así se tradujo en España, pero en realidad la palabra no es miedo, sino 'angst', que como muchos de ustedes saben es un concepto que usa mucho la filosofía existencialista.
Entonces, en realidad es la angustia del portero ante el penalty.
Entonces, el portero es el que tiene tiempo para pensar, el más presionado, el que tiene que transmitir confianza, el que no puede cometer un error, porque eso es fatal.
Y todo eso lo expresa Schumacher en este monólogo al que yo le puse 'El lamento del cancerbero'.
Les voy a leer unos pequeños fragmentos para que vean la hondura de la palabra escénica de un futbolista.
Dice 'Padezco cada gol como una derrota personal, no lo soporto porque no hay tiros imparables, quisiera ser una máquina'.
'Me odio cuando cometo errores, cómo podría participar en un combate si el resultado me importara un carajo'.
'Vivimos en una fábrica inmensa, si no funcionas el siguiente te reemplaza'.
'Supongo que sólo la muerte cura las depresiones, seguramente del otro lado todo es miel sobre hojuelas'.
'Todos están conformes, no hay envidia ni rivalidad y el mal se ha olvidado, no sucede lo mismo en el área chica'.
'Como portero tengo un papel decisivo, no puedo devolver los golpes, asimilo todo'.
'Estoy aquí para corregir los errores de los otros, hago el trabajo sucio'.
'Si me meten un gol entre las piernas y mi equipo pierde, no importa que en ese partido detenga dos penaltis'.
'Los detengo, pero de todos modos perdemos'.
'Por supuesto puedo decir que el resultado sería peor si yo no hubiera detenido los dos penales, pero a quién le importa'.
'Preferiría jugar de delantero, pero tengo habilidad para atrapar balones'.
'Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que puede sacarme un ojo de una patada'.
'He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones desechos'.
'Tengo desgarrados los ligamentos, me extirparon los meniscos'.
'Tengo una artrosis terrible, me acuesto con dolores y me levanto con dolores, pero con un carajo'.
'He hecho algo, para llegar a la cima hay que ser un fanático'.
'Todavía me quedan siete partidos y me la paso en el baño, una diarrea espantosa'.
'Pero cuando juego no soy yo mismo, mi orgullo funciona a control remoto'.
'¿Puedo apagarlo?
Puedo prenderlo'.
'Tal vez las torturas me sirven de distracción'.
'Si el cuerpo te duele, no tienes antenas para otros asuntos'.
'Antes de pensar demasiado, voy al gimnasio y le pego al costal de arena hasta que me sangran las manos'.
'La reflexión no conduce a nada'.
Y para terminar, otro pasaje dramático, en el doble sentido de la palabra.
'La gente cree que soy frío porque soporto el dolor'.
'Una vez le pedí a mi mujer que me apagara un cigarro en el antebrazo'.
'Sufrí tanto como ella, todavía tengo la cicatriz'.
'Solo quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone'.
'No soy un bloque de mármol, soy vulnerable como cualquier otro'.
'Solo soy brutal conmigo mismo'.
'No soy un genio como Beckenbauer'.
'No he heredado nada'.
'Estamos en el purgatorio'.
'Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto'.
Es un texto de un dramatismo extraordinario y refleja y sintetiza muchas de las pasiones en la cancha en un pasaje absolutamente teatral.
Entonces, bueno, creo que he establecido muchas relaciones entre el fútbol y la teatralidad, y es que el fútbol a su manera es muchas cosas, muchas formas de la representación, pero también tiene algo que sólo es único en el fútbol y que no es asimilable a ningún arte.
Y sobre esto hay un extraordinario cuento de Roberto Fontanarosa, "El viejo y el árbol", que trata de un vetusto escritor de barba que está sentado a la orilla de un campo llanero viendo jugar a unos juveniles, pero sumamente concentrado en el juego.
Es un escritor muy aficionado al fútbol.
Y un muchacho que ha leído alguno de sus libros se le acerca y le dice 'Maestro, ¿qué tal?
¿Cómo está?
¿Viendo el fútbol?
¿Puedo platicar con él?'
Y el maestro dice 'Sí, desde luego', y sigue viendo el partido.
Y el muchacho trata de hacerse el interesante y de darle profundidad a la plática.
Y le dice 'Oiga, maestro, el fútbol se parece al arte, ¿verdad?'
'Sí, sí, se parece al arte', dice el maestro, un poco cansado.
Y dice '¿Y por qué se parece al arte?
El fútbol es teatro'.
Y dice 'Bueno, sí, el fútbol es teatro porque es un sistema de representación, y hay fintas, y hay pausas, y hay jugadas de engaño, y el futbolista finge un penalti que no fue, y en efecto hay muchas cosas que sólo se representan, pero no suceden realmente.
El fútbol se parece al teatro.
Y el fútbol es coreografía.
'Bueno, sí, claro, hay movimientos plásticos extraordinarios', dice el escritor.
Y nosotros podemos ver un conjunto que es como un ballet de colores que de pronto se repliega para un lado y va para el otro.
Y '¿El fútbol es filosofía?
Bueno, sí, claro, un partido tiene algo de ética, si ganan los nuestros, ganó el bien, es un desafío con los opuestos, y la justicia y el árbitro, ya lo sabemos, siempre se equivoca, es lo antiético que hay en el fútbol, pero también qué sería de nosotros sin una reflexión sobre la adversidad, el árbitro nos obliga a ser como filósofos estoicos, soportamos sus desgracias.
'Oiga, maestro, ¿y el fútbol es literatura?
Bueno, sí', dice ya un poco fastidiado el escritor.
'Claro, el fútbol es literatura, es como un relato, tiene un planteamiento, hay un planteamiento táctico, el entrenador que es como un director de escena, de pronto también puede decidir un poco este relato, pero hay un nudo argumental, hay un conflicto y finalmente hay un desenlace, todo partido es un relato'.
Y está diciendo esto y de pronto se levanta el maestro y dice '¡Árbitro, hijo de puta, que no viste esa jugada!', y entonces el muchacho le dice 'maestro, ¿y eso qué fue?', dice 'eso es fútbol'.
Podemos decir que en su teatralidad el fútbol puede parecer muchas cosas, pero al final, como hemos visto en este rapto del escritor del que habla Fontana Rosa, depende de un impulso elemental, de ese momento en que alguien descubre que una circunferencia puede ser un objeto mágico, es decir, una pelota.
Muchas gracias.
(Aplausos) (Música) [Música]
SISTEMA
ATSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_AUTORIZACION
25/08/2016
FECHA_INGRESO_ENTREGA
19/12/2024
FECHA_PUBLICACION
13/01/2025
INGESTO
Jorge Vallejo Gutierrez
BARRA
Divulgación
TEMPORADA
3
TEMA_CONTENIDO
Teatro y futbol
FECHA_GRABACION
25/08/2016
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Ernesto Leobardo Romero Flores
PRODUCCION
Socorro López Arenas | Miriam Arreguín Ruiz
LIGA_COLECCION_INTERFAZ
https://interfaz.cenart.gob.mx/video/coloquio-internacional-de-teatro-y-futbol/
CALIFICACION
1
00:00:00,000 --> 00:00:10,043
Inicio
Still
Coloquio Internacional de Teatro y Futbol
La Teatralidad en la cancha
Conferencia Magistral
Los actores en el Césped
Juan Villoro
2
00:00:10,043 --> 01:11:15,871
Inicia conferencia con la participación de
Juan Villoro (Escritor y periodista)œ
3
01:11:15,871 --> 01:11:25,781
Fin de la conferencia
Still Copyright MMXVI

