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M-06807-03
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SINOPSIS_SERIE
Ciclo que ofrece un acercamiento profundo y reflexivo a textos esenciales de la literatura universal. En cada edición, un destacado escritor mexicano analiza una obra de su elección, explorando su riqueza temática y estética e invitando al público a descubrirla desde una perspectiva personal y crítica. Esta serie brinda una oportunidad única para redescubrir clásicos literarios de todos los tiempos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
EXTRACTO_SERIE
Escritores mexicanos analizan obras literarias de su elección, revelando su riqueza temática y estética. Oportunidad única para redescubrir a los clásicos y a los contemporáneos a través de la mirada de grandes figuras de las letras mexicanas
TITULO_PROGRAMA
SINOPSIS_PROGRAMA
Ricardo Garibay, destacado escritor mexicano, dedicó parte de su obra a reflexionar sobre El Cantar de los Cantares, un texto bíblico del Antiguo Testamento compuesto por 8 capítulos y 117 versículos. Este libro es conocido por su complejidad y profundidad en la exploración del amor
EXTRACTO_PROGRAMA
Ricardo Garibay reflexiona sobre El Cantar de los Cantares, texto bíblico del Antiguo Testamento con 8 capítulos y 117 versículos, conocido por su complejidad y profundidad al explorar el amor
N_PROGRAMA
3
N_TOTAL_PROGRAMAS
19
DURACION_TOTAL
01:31:53:00
PARTICIPANTES
Ricardo Garibay, escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Ricardo Garibay (1923–1999) fue un destacado escritor, periodista y cronista mexicano, reconocido por su prosa precisa y su habilidad para capturar la esencia del lenguaje oral. Originario de Tulancingo, Hidalgo, dejó un legado literario compuesto por novelas, ensayos, cuentos y crónicas. Entre sus obras más notables destacan Beber un cáliz y Fiera infancia. Su estilo se caracterizó por la profundidad psicológica de sus personajes y una narrativa ágil. Además, se desempeñó como periodista cultural, dejando testimonios invaluables sobre la sociedad y la cultura mexicanas del siglo XX
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
TRANSCRIPCION
"Venga y amado a su huerto" Como acabo de hablar en cuerdas el esposo, la esposa, avisada de ello, acuerda seré uno que tenía a su amado, que por ventura es el mismo de que hizo la comparación arriba de la noche, y rúegale que se deje ir con el barco y que se vaya de viaje junto a su hermana de las pasajes, o por mejor decir, que le había hecho semejante a un hermoso huerto.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Centro Nacional de las Artes, en su ciclo de lecturas guiadas, presenta "El Cantar de los Cantares" por Ricardo Garibay.
"Si la ley no nos hubiera sido dada, el cantar de los cantares sería suficiente para guiar al mundo", dijo en el siglo I después de Cristo el rabí Akiva.
"El Cantar de los Cantares" es uno de los libros más breves y a la vez más problemáticos del Antiguo Testamento. 117 versículos cuyo texto apenas ocupa 10 páginas impresas en las ediciones tradicionales de la Biblia, y que han dado lugar a un sinfín de traducciones, comentarios e interpretaciones.
Los problemas comienzan en el mismo primer versículo, "Cantar de los Cantares" de Salomón.
Este cantar, estas canciones, fueron compuestas verdaderamente por el rey Salomón.
En diversos versículos de la Biblia, el monarca es descrito como un gran amante y fecundo compositor, además de que su nombre aparece en varios pasajes del cantar.
Sin embargo, es posible que estas menciones no comprueben su autoría, ya que pudieron ser añadidas en épocas posteriores, de acuerdo con la teoría de algunos investigadores, que consideran la obra como un cajón desastre, con materiales de periodos muy diversos.
Inicialmente se pensaba que el cantar representaba las relaciones del Dios de Israel con su pueblo.
Después pensaron que se trataba de Israel mismo, que en el exilio lloraba a su amado.
Luego se interpretó como la unión de Israel y Judá, hasta que al llegar el cristianismo, el cantar se ha interpretado como una representación de la iglesia en su relación con Cristo.
Así, en el siglo XV, encontramos un autor que comenta cada capítulo en tres epígrafes diferentes.
La iglesia como esposa universal de Cristo, el alma como su esposa particular, y la Virgen María como su esposa singular.
En otra interpretación, los senos de la pastora representan el Antiguo y Nuevo Testamento, el color moreno de la mujer, las tribulaciones del justo, la yegua del faraón, la iglesia militante, el hecho de los enamorados, la humanidad de Cristo, las siervas del campo, los patriarcas, profetas y apóstoles, y así cada uno de los elementos que aparecen en la obra.
También se encuentran múltiples autores que hacen una interpretación literal.
El cantar de los cantares es simplemente el canto de amor entre un hombre y una mujer.
En el siglo pasado, un cónsul prusiano en Damasco publicó un estudio sobre las costumbres nupciales en Siria.
El día de la boda, la novia viste con gran riqueza y lleva el pelo suelto, ceñido por una corona de plata adornada con monedas.
Por la noche, a la luz de hogueras, baila la danza de la espada.
Un recitador canta un poema en el que se describe la belleza de la novia y el esplendor de su atadío.
Las fiestas duran siete días.
Durante ese tiempo, los recién casados reciben los títulos de rey y reina y se entornan en honor suyo los cantos.
Ya en nuestro siglo, surgieron teorías que analizaban el paralelismo del cantar con textos de otras culturas del Medio Oriente, como la egipcia, la cananea y la acadia.
Aunque también esto ha sido explicado como una mera coincidencia surgida de sentimientos humanos universales que se expresan con patrones literarios semejantes, de la misma manera se han estudiado las posibles relaciones del cantar con obras dramáticas o líricas de la literatura griega.
Otra tesis parte de la idea de que el clímax y el mensaje del cantar están contenidos en el verso "fuerte como la muerte es el amor".
Como se ha visto, son diversos los ángulos por los que podemos acercarnos al cantar de los cantares y este es uno de los rasgos de su riqueza.
Igualmente son abundantes las versiones e influencias directas en la obra de muchos poetas.
Por ejemplo, Francisco de Quevedo escribió una paráfrasis a partir de la primera parte del libro.
Otros autores que se han inspirado en él son Pablo Neruda, Federico García Lorca y Miguel Hernández, entre muchos otros.
De hecho, todo poeta que en algún momento ha escrito sobre el amor tiene una deuda con el cantar de los cantares.
En el ciclo de lecturas guiadas que organiza el Centro Nacional de las Artes, destacados escritores se dan cita con el público para platicarnos su acercamiento a cada autor.
¿Cómo lo conocieron?
¿Cuál es su interpretación de la obra?
¿Qué destacan de su literatura para que nosotros nos acerquemos a la lectura a través de sus experiencias?
El autor que nos guiará en el cantar de los cantares, Ricardo Garibay, nació en Tulancingo, Hidalgo.
La mayor parte de su infancia transcurrió en la colonia San Pedro de los Pinos, en la Ciudad de México.
Estudió leyes, aunque desde muy joven se ha dedicado a la narrativa y el periodismo.
Es un gran conocedor de la literatura mística.
El origen de su interés se localiza en una educación religiosa a fondo.
Sus principales actividades de niño eran rezar de rodillas el rosario de 15 misterios, luego la letanía seguida del salve, mientras oía la gritería de la calle.
Para él fue una tortura, se llenó de supersticiones eclesiásticas que lo lastimaron mucho.
En cuanto pudo, se liberó, no de Dios ni de Cristo, pues aunque se declara agnóstico, no creyente, es un tema que le duele.
Se liberó de la iglesia.
Para él fue un gozo ilimitado llegar a la preparatoria, libre ya de la casa paterna y su vigilancia incesante.
Poder decir majaderías en voz alta, sin ocultarse, sin pena y sin vergüenza, era un descubrimiento y un placer.
De este encuentro con el lenguaje y un diambular incesante, desarrolló un oído experto para recoger los acentos, los gritos propios de lugares, profesiones y condiciones, plasmándolos a lo largo de novelas, cuentos, guiones cinematográficos y radiofónicos, además de argumentos para televisión.
Garibay ha explorado por todos los géneros en donde la palabra toma cuerpo y es el protagonista.
Podemos decir que este autor conquistó su libertad a base de palabras, desde las terribles hasta las exquisitas, sin temer a ninguna.
Capítulo IV de la Biblia de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, 1569-1602.
Desde entonces viene trotando, discurriendo esta versión en castellano.
La Biblia de Jerusalén, que manejo a la par, es de 1986, hace 14 años, ¿sí?
Sí, 14 años, algo así.
He venido leyendo en la Biblia Reina Valera, ahora voy a leer en la Biblia de Jerusalén.
Probablemente adviertan ustedes la diferencia de idioma.
¿Acaso sea más poético la de Reina Valera?
¿Acaso la de Jerusalén tenga un mejor idioma castellano o español?
¿Acaso, digo?
No veo nada.
Capítulo IV, qué bella eres, amada mía, qué bella eres.
En la mañana pude tocar un poco este capítulo en un programa de radio semanal que tengo, y donde también estoy trabajando, leyendo, tratando de explicar el cantar de los cantares.
Y me detuve un poco largamente en la consideración que sigue, que no es mía, sino de gente más sabia y mucho más centrada en estas entrañas que yo.
Todo canto de amor está hecho de palabras, claro, esto no requiere aclaración ninguna.
Todo amor está hecho de palabras.
El amor es un diálogo entre él y ella, entre los amantes.
Es decir, el amor es palabras, y nada más que palabras.
Si las palabras tocan o rozan la excelencia, ese amor será excelente.
Y las hechuras del amor serán excelentes.
Si las palabras son pedestres, chatas, habituales, habituales en la boca del dasman, vulgares, las hechuras de ese amor serán como las palabras que lo vierten, chatas, vulgares, habituales.
Perteneciendo al dasman, el dasman es el común, es el hombre común, el hombre de la calle.
Este es el dasman.
¿Qué hacer entonces para elevar el amor que uno pueda sentir algún día en la vida?
Trabajar las palabras, pulir las palabras, darle altitud y excelencia a las palabras.
De ahí el amor que uno sienta, vea, piense y practique tendrá la excelencia.
Y si no, será una mera traducción de un idioma brutal a una brutal sensualidad, o a una sexualidad franca y chata y huérfana de toda benevolencia, pornografía, así se llama.
En la medida de mi altitud del verbo, de mi verbo, estará mi altitud de amante.
Y en esa medida mi sabiduría o mi delicadeza o mi agudeza o mi interés para hacer el amor con el ser amado.
Todo dependerá de las palabras que use, nada más.
Es increíble, viene el albañil o el burócrata, pobre, pequeño, y también el altoburócrata.
Viene el diputado, el secretario de Estado, el abogado, el ingeniero, el arquitecto, el especializado en estas cosas que hoy se llaman, ¿qué?, abogado de ciencias de la comunicación, estas cosas.
Fray Luis de León dice que el hombre del mundo anda a casa de dineros y no sabe de cosas de amor.
Que si un hombre del mundo, del mundo, se asoma un día con buena fe, con atención, con devoción, al cantar de los cantares, corre el riesgo de perder su negocio en el mundo.
Pero va también tras la fortuna de ser de algún modo un alma de selección, un verdadero amante.
Santo Tomás propone que el bien amarse es grato a los ojos de Dios.
Que los amantes cumplan verdaderamente con su tarea de amar o de amor, que eso es lo que deben cumplir si la cumplen a cabalidad, con la honda buena fe que eso requiere y con la entrega total que esto exige, son bien mirados por Dios.
En alguna ocasión un amigo mío, casado, trabó una relación de amor con una mujer, bella y casada.
Los dos católicos, acaso ya conté esta pequeña, brevísima anécdota en alguna lección, vamos a llamarle así, anterior.
No hay que repetirla.
Los dos católicos estaban taraseados por el apuro, por la pena, por el pecado.
Siendo casados andaban en esta andanza y fueron a ver a un jesuita muy capaz, perdón, es por el cigarro o por los nervios que me atacan en cuanto subo aquí.
Fueron a ver a un jesuita muy aventajado, el jesuita lo sollo un poco largamente y dijo, "Hay amor entre ustedes".
Ambos dijeron a la vez, "Sí lo hay".
El jesuita dijo, "No hay falta, sigan adelante".
Pero somos casados, dijeron, "Hay amor, sí lo hay, adelante".
El bien amarse, de alguna manera, añade un codo a la estatura de los amantes.
Y el mal amarse en el secreto rincón matrimonial donde anida el odio, quita un codo a la estatura de los esposos.
Esto es así de fácil y de difícil de aceptar para la gente que cumple con la tradición sin amarla, sin amarse, sin amar a nadie.
Todo amor es un discurso entre dos, es un diálogo.
Todo amor está hecho de palabras y si las palabras gozan de excelencia, el amor será excelente y las hechuras de ese amor serán excelentes.
¿Por qué?
Porque estamos en el cantar de los cantares donde la excelencia de las palabras toca su techo.
Son lo más alto que se ha producido en la historia de los hombres.
Comienza el capítulo cuarto de este modo.
"¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
Esto en la Biblia de Jerusalén y en la mañana lo hice ver también en la radio.
Allí no puedo tener la respuesta inmediata.
Los radioescuchas están lejos, los radioescuchas, sí, o los radioescucha, no sé en este momento.
Están lejos, no tienen manera de hablar, de hacer ver su participación.
Uno tiene manera de ver la quiesencia o la discordia que produce lo que uno mismo dice.
Preguntaba yo, ¿qué arranque les es más grato, les gusta más?
¿Dónde ven mayor altitud?
Perdón.
Dice Jerusalén, "¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
Dice, ¿cómo se llaman estos viejos?
Valera, ¿qué?
¿Cómo se llama el otro viejo?
Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina.
"He aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa."
Jerusalén, "¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
Reina Valera, "He aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa."
Ojalá alguien de esta generosa gente que forma el público me quiera decir, ¿qué arranque les gusta más?
Lo repito, Jerusalén, "¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
La repetición que en el hebreo antiguo significa el superlativo.
"¡Qué bellísima eres, qué bella eres, amiga mía, no, amada mía, qué bella eres."
Acá, "¡He aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa!"
¿Quién quiere decirme cuál le gusta más de las dos?
Alguien que levante la mano, por favor.
La última, o sea, Reina Valera, "¡Qué hermosa, he aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa, Jerusalén, qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
Acá dijeron Reina Valera, allá dijeron Jerusalén.
¿Cuál es más bello, cuál es más hermoso?
Literariamente, ¿cuál es mejor?
En esto de literatura entiendo algo, ¿cuál es mejor?
"¡He aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa!"
Acá, "¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!"
Las dos expresiones son espléndidamente bellas.
¿Acaso por la limpieza me quede yo con Jerusalén?
Pero no descalifica de ningún modo la versión Reina Valera, "¡He aquí que tú eres hermosa!"
Hay un cierto rebuscamiento, "amiga mía", no le llama amada, le llama amiga, en el sentido absolutamente clásico de la amistad, que es una forma eminente del amor.
La amiga mía es mi amada.
Es natural que de repente entre nosotros una mujer se sienta un poco lastimada o hecha de lado si se le dice amiga, amiga mía, mi amiga, porque tenemos costumbre de situar a la amistad por debajo del amor y tenemos razón.
Pero en una relación de hombre-mujer, el amiga mía vale tanto como amada mía, es lo mismo.
¿Acaso sea más hermoso al oído, a la oreja, perdón, el amada mía?
Pero tan fuerte o tan poderoso es el amada mía como el amiga mía.
Estas son las variantes que hay en alguna versión de la Biblia y en otra.
O sea, las variantes son mínimas, aunque de la mayor importancia en la medida en que matizan versículo por versículo o versículo a versículo el canto del amor.
Sí, permítanme.
Variantes mínimas pero de mucha importancia, variantes que ojalá podamos ver en el curso de la cosa esta, que nos enamoran de algún pasaje o nos rechazan, nos repelen.
Dice, ¡qué bella eres, amada mía, qué bella eres!
Palomas son tus ojos a través de tu velo.
Veamos, reina Valera, he aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa, tus ojos entre tus guedejas como de paloma, tus ojos entre tus guedejas como de paloma.
Y acá, tus ojos son palomas a través de tu velo.
Está diciendo evidentemente lo mismo.
Yo vi a un señor que se paró ahí.
Está diciendo evidentemente lo mismo, pero no está diciendo lo mismo.
Una de las dos versiones es superior a la otra.
Es superior a la otra.
Tus ojos entre tus guedejas, voy, ya, como de paloma, acá.
Tus ojos, palomas son tus ojos a través de tu velo.
La mujer velada es la mujer oriental.
Yo estaba en Egipto y en frente de la ventana del hotel, el hotel Alidi, en frente de la ventana de mi cuarto de hotel, había una mujer que iba y venía.
Ya no tenía yo buena vista, de manera que no podía ver a 20 o 30 metros de distancia el aspecto de la mujer.
Pero iba y venía con gran agilidad.
Y no sé de dónde me salió que era una bailarina.
Un día la vi ponerse el velo frente a la ventana y salir a la calle.
Y ahí voy a la calle, hecha la raya.
Había que seguir a esa egipcia, había que seguirla, como diera lugar.
Y ahí voy detrás de la egipcia, diciendo tonterías en español.
Y la egipcia haciendo ademanes de desdén, despidiéndome, no quise.
Y de repente se vuelve la mujer, de frente a mí se queda quieta, seca y se descubre que era una anciana.
Era una anciana.
Anciana, anciana, recibí un susto muy grande.
Sí.
Casi me eché a correr de regreso al hotel.
Estaba entonces el gran director de Excelsior, Julio Scherer, en la entrada del hotel.
Me dijo, ¿qué le pasa?
"Ve usted blanco, le acabo de recibir un susto terrible".
Sí, ¿cómo puede compararse la cabellera de una mujer con una manadita de cabras?
"Explica, explica, perdón, para el Luis de León, que el Monte Galad", también lo decía en la mañana, "vale la pena".
El Monte Galad es monte con espesas arboleras, cosa rarísima, en aquellos contornos.
Las cabras bajan juntas, sorteando los troncos de la arbolera, rozándose unas con otras, frotándose contra los mismos troncos, peinándose contra los troncos.
Y vienen relucientes, su pelaje negro es reluciente y vibrante, ondula, bajando la pelambre de muchas cabras por el Monte Galad.
Y esa es la cabellera de la mujer.
Una mata de pelo negro que a veces ondula con la luz.
Y esto enamora, atrae.
Esto, perdón, provoca una tentación inmediata.
Esto es uno de los espectáculos más atractivos de la mujer, dicen los clásicos.
Entonces la iglesia ordena que se cubran las greñas, que no lleven la tentación esos pobres que están rezando.
Y uno con los ojos para acá y para allá a ver a quién se le asomaba unas mechitas por un lado o la cola de caballo por el otro.
Son la tentación, los cabellos de la mujer.
Ahora, paloma son tus ojos a través de tu velo, tu melena cual rebaño de cabras que ondulan por el Monte Galad.
Permítanme ver si traigo mis anteojos porque ya no hay manera, ya no hay manera de leer a lo desnudo.
Aquí están los anteojos.
Sí, pero antes veamos esto.
Nos quedamos en los ojos como de paloma y aquí, paloma son tus ojos.
Yo considero superior esta versión de la Biblia de Jerusalén a la versión de Reina Valera.
Tus ojos entre tus grejas como de paloma.
Paloma son tus ojos a través de tu velo, es mucho más elegante.
Comparar los ojos a dos palomas es más elegante que compararlas pidiendo la disculpa de que son como.
Los ojos acaban no siendo ojos y acaban no siendo palomas, son como de paloma.
Jerusalén es mucho más directo.
Paloma son tus ojos y comparar o fundir un sustantivo en otro, palomas en ojos, ojos en palomas, me parece más elegante, más poético, más directo, más alto que el establecer la comparación con la palabra intermedia como.
Es más bello.
Paloma son tus ojos a través de tu velo, tu helena cual rebaño de cámaras que ondulan por el monte Galar.
Tus dientes son pastores, recuerden.
Tienen que tomar los motivos de sus comparaciones de lo que ven y de lo que viven.
Y el poema se escribió hace veinticinco siglos, cuando menos.
Ya.
Tus dientes un rebaño de ovejas de esquileo que salen de bañarse, todas tienen mellizas y entre ellas no hay estéril.
Es decir, un rebaño de ovejas recién paridas con sus críos.
Salen del baño, ¿por qué?
Porque van a cortarles la lana para venderla o para hacer cosas.
Y primero las limpian, las bañan, dejan la lana maleable.
Y luego las echan allá al esquileo, a donde las van a esquilar, a donde las van a rapar.
Y los críos vienen entre las patas de las ovejas, todo allí es blancura.
Y los críos cubren los espacios, menudos como son, que quedan vacíos entre las patas de las ovejas, de manera que es una apretazón de blancuras pareja, y así son los dientes de la amada.
Parejos, lechosos, blanquísimos, húmedos, juntos, calurosamente juntos.
El pastor compara con lo que veo, con lo que conoce.
Y no conoce blancura más perfecta después de la blancura de la mujer amada, de los dientes, de las ovejas pequeñas que bajan corriendo con los críos entre las patas.
Los comentaristas insisten en que estas comparaciones tan ingenuas o tan rudas, adquieren su gracia veinticinco siglos después, que es ahora, por la ingenuidad, por la pureza, por la limpieza, es que la tradición de poner cuentos o historias o poemas de amor en lo campeste, en el mundo de los pastores, es ya muy elevada, muy grande, muy pesada, no la podemos rechazar.
¿A quién se le ocurre comparar los dientes de una hermosa y joven mujer con una manada de ovejas?
Bueno, a estos, a estos de este tiempo, de este libro, de este poema inmortal.
Y lo aceptamos de mil amores.
Claro que si un poeta hoy día, sobre todo muy joven, sale con que los dientes de su amada son como una manada de ovejas, le damos de palos.
Pero ya pasó a otra cosa.
¿Acaso pudiera compararlos con una bandada de aviones?
No sé.
¿Qué sería bueno para este tiempo?
¿Quién sabe?
Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo, que salen de bañarse, todas tienen mellizas y entre ellas no hay estéril.
Tus labios, una cinta de escarlata.
Dice Aristóteles, que el hombre o la mujer de labios delgados, finos y breves, es hombre de buen juicio y de palabra oportuna y de belleza evidente.
Dije ya que aquí se equivoca Aristóteles, porque no hay nada más atractivo que una boca frutal.
Ojalá me explique.
Labios carnosos, grandes, descarados, retadores.
Y no aquellas bocas de 1920 y 30, que eran una línea casi avergonzada de abrirse para hablar.
Tus labios, una cinta de escarlata.
Si hoy se escribiera, diría tus labios frutales.
¿Como qué?
¿Como qué?
¿Como naranjas destilando el jugo?
¿Como higos por el color?
¿Invadidos de gotas de miel?
¿Como duraznos en plena madurez?
Tal vez.
Pero como una cinta escarlata me hace pensar en aquellas señoritas que yo alcancé en mi infancia, que casi no tenía en boca, de tanto como se apuraban en reducirla con gestos y en pintarla apenas con una colita de pincel.
Tus labios, una cinta de escarlata, tu hablar encantador.
Y Fidel Luis de Lón dice tu hablar polido, que es muy bonita palabra, polido, polido en el habla española de los siglos de oro.
Tus labios como un hilo de grana, dice Reina Valera, que suena mejor.
Que tus labios, una cinta de escarlata, tu hablar encantador acá.
Tus labios, tus labios, ya, como un hilo de grana, y tu habla hermosa, mucho más elevado aquí que acá.
Se preguntarán ustedes, ¿por qué nos pasé a Garibay por estas minucias?
Uno así debe leerse el cantar de los cantares, así debe catarse, así debe beberse, versículo a versículo, gozo a gozo, rechazo a rechazo.
Un poema, si lo es de veras, no es para leerse de corrido a lo loco, salvo que se quiera tener el canto total del poema, para luego ir palabra por palabra, bebiéndolo, arropándolo, cuidándolo, devorándolo.
Y el cantar de los cantares en sus variantes, insisto, muestra su enorme riqueza, y ahí podemos penetrarlo hasta el fondo.
Tus labios, una cinta escarlata, tu hablar encantador, tus labios como un hilo de grana, y tu habla hermosa.
Y luego dice, tus mejillas como cortes de granada a través de tu velo, esto difícilmente se entiende, acá dice, tus sienes como cachos de granada a la parte adentro de tus guedejas, pues aún se entiende menos.
¿Cómo está comparando una granada el rostro encantador de una mujer?
¿Cómo?
¿Por qué?
Yo vivo en Cuernavaca y un día me compré una granada, qué coño, vamos a ver, la partí, y es el juego de blancura o de naturaleza rosada de los granitos con la naturaleza blanca de las junturas.
De repente, en un centelleo, vi la granada y entendí la comparación que hay en el cantar de los cantares.
Se compara la rojez y la blancura del interior de la granada, perdón, con la rojez o rosadez y la blancura del rostro de la sulamita.
Eso es lo que parece.
Ahora, el granado es un árbol, un arbusto, una planta, llamémosle genéricamente, que se da en Medio Oriente y se da bien, de modo hermoso, abundante, ya pletórico.
No así otros árboles u otros frutos de que habla el propio cantar, que son una mera fantasía, no, el granado sí se da.
Y la granada es muy codiciada por el calor, por el jugo, por la azúcar que trae el jugo, que a esa gente le hace tanta falta.
Ahora, tus mejillas como cortes de granada a través de tu velo, siempre velada la mujer de Oriente, claro.
Y allí, entre que se desmanda el velo para un lado, para el otro, con el aire, de repente se vislumbra el juego del color de la tez, de la rubigundez de la tez, al mismo tiempo.
La blancura y la rojez que tanto atraen en un rostro, sobre todo, en un rostro amado.
Esto es lo que propone, y si se lee con apresuramiento, pues no se entiende.
Tus mejillas como cortes de granada a través de tu velo, no se entiende de qué está hablando.
No queda clara para la intelección del poema, la imagen que está proponiendo.
Y dice, tu cuello la torre de David, erigida para trofeos, mil escudos penden de ella, todos paveses de valiente.
La torre de David, la que mira hacia Damasco.
Una torre perfecta y adornada con los escudos de la corte personal del rey David.
Tenían esa costumbre, pues.
Y lo que semejan los escudos son los collares y los pendientes de la sulamita.
Dice, tanto Jerusalén como Juan Luis de León, que por el cuello de una mujer puede adivinarse o saberse el buen aire de su cuerpo, que es una primorosa expresión.
Tiene un cuerpo de buen aire.
Imaginen a una mujer caminando, bien hecha ella.
Allí está el aire del cuerpo.
Hay mujeres que tienen aire y buen aire al caminar, al moverse.
Toda la pasión de las bailarinas es adquirir el buen aire o el aire perfecto para su cuerpo, de su cuerpo.
Bueno, en el cuello de la mujer se adivina la esbeltez y el buen aire de su cuerpo.
Dice.
Y aquí es comparado el cuello a la torre de David, de la cual cuelgan escudos de valientes, de los valientes de Israel.
Miles, mil escudos penden de ella, todos paveses, o sea, premios, o sea, escudos mismos de valientes.
Dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela que pasen entre lirios.
Probablemente no hay comparación más delicada en la literatura toda, de todas partes, de todos los tiempos, que esta comparación de los pechos de una mujer con dos crías mellizas de gacela que pasen entre lirios.
Aquí hay varias cosas que no pueden ser ciertas, que solo son ciertas dentro de un poema.
Ninguna cría de gacela pase entre lirios.
Los lirios no sirven para nada, sirven para ser vistos y ya, por su belleza, nada más.
Y ningún animal come lirios.
De manera que los mellizos de gacela que andan entre los lirios es una mera figura, es un invitar a la delicadeza de la comparación que está haciendo, es un extraer de la comparación la delicadeza o la lindura de los pechos de una mujer.
Esto está en el cantar de los cantares.
Ni lo estoy inventando ni lo estoy improvisando, está aquí.
Dice Fray Luis de León, nada menos, nadie menos, que es una primorosa comparación y un primoroso dibujo de esas delicadezas, de esas cositas de las broncellas que llaman a tratar entre manos, dice Fray Luis de León, que no pueden verse y quedar uno como si nada y seguir de frente, que se detienen y anhela tratar entre manos.
Estas afirmaciones, estas versiones del cantar de los cantares, le costaron a Fray Luis de León cinco años de cárcel, porque era un desacato total, dar una interpretación a humana y ciento por ciento sensual de lo que había dicho el antiquísimo canto hebreo allá, veinticinco siglos antes.
Veintités para Fray Luis de León.
Cosas delicadas de forma violentamente atractiva, de extrema delicadeza, que llaman o piden ser tratadas entre manos.
Estos son los pechos de una mujer, comparables a dos crías mellizas de gacela que pasen entre lirios.
Antes que sople la brisa del día y lluvian las sombras, me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso.
¿Esto qué quiere decir?
Está cantando el novio, el pastor, el príncipe, el rey.
Está describiendo la belleza física de una mujer.
Que el cantar es el amor de Cristo por la Iglesia.
Hombre, es verdaderamente sacar agua de la arena.
No lo puedo aceptar.
Porque además aceptándolo se pierde la inmensa belleza que supone el cuerpo humano y la inmensa belleza que supone el amor entre los seres humanos que están dotados de cuerpo, que sólo son cuerpo.
La profunda atracción por el cuerpo del otro.
Esto se pierde.
Y volvemos a Santo Tomás de aquí.
Quienes se quieren bien están con Dios.
Esto es así.
No lo invento, no lo creo.
Lo leo, lo he estudiado y lo propongo.
Ahora, dice, viene cantando la belleza de su amada y dice, antes que sople la brisa del día, que es en la tarde, y se huyan las sombras.
Puse el precioso ejemplo de Garcilaso en la lección pasada.
Llamemos la lección en la medida que yo estoy aquí trepado y hablo y ustedes generosamente me escuchan.
Sólo por eso es una lección.
Muy lejos de mi afán ser maestro o dar lecciones.
No, no tengo que ver con eso.
El precioso ejemplo de Garcilaso, que dice cuando los pastores acaban de lamentarse por la pérdida de sus amadas, o más bien Salicio, por la pérdida de su amada.
Y ya se van, ya ha acabado el día, ya las sombras huyen.
Dice, las sombras se veían venir corriendo a priesa, ya por la falda espesa del altísimo monte.
Esta imagen preciosa, tenida, ¿cuántos?
23 siglos de después, tiene su origen en el cantar de los cantares.
Antes que sople la brisa del día y se huyan las sombras.
Las sombras se huyen o huyen, es decir, se alargan, corren, se esparcen.
Antes de que eso suceda, me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso.
Mirra e incienso, bálsamos valiosos en aquel tiempo, bálsamos exquisitos de espléndido olor.
¿Y qué es eso de que se irá al monte de la mirra y a la colina del incienso?
Va a ella, ella es el monte de la mirra y el collado del incienso.
Ella es la apretación de los mayores, mejores, más puros olores que puede despedir el mundo.
Ella, la amada.
Y donde está el conjunto total de estos bálsamos, son, es el monte de la mirra y la colina del incienso.
Y ella es ambas cosas.
Todo hace referencia a un campeonato del cuerpo sobre el espíritu.
No es que el cuerpo venza al espíritu, pero sí que aquí tiene su reino.
Y en pueblo tan violentamente sensual como el judío, esto se explica naturalmente.
Todo pueblo sensual hasta la leperez, el español.
Pero la catolicidad lo arrojó, lo apretó, lo aprisionó, lo cegó, lo ensordeció.
Y no quiso ver estas excelencias, aunque el rey Luis de León sí las vio, conste, español, eclesiástico.
Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti.
Ya, no hay mancha ninguna.
Toda ella es absolutamente hermosa.
Y dice, ven de Líbano, novia mía.
Ven de Líbano, ven.
Otea desde la cumbre de la maná, desde la cumbre del Saniri y del Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de Leopardo.
No se entiende.
Dice, ven de Líbano, novia mía.
No se entiende.
Porque esto no sucede en el Líbano, sino en los territorios de Israel.
Y el que va y viene es el novio, el amado, el amante.
No ella.
Y esta, como suele ocurrir con las mujeres, hasta hace poco tiempo, y se mueven por todas partes, es la quietud.
La mujer está estática, quieta.
Y el hombre es el que va y viene.
Pero aquí es al revés.
Es el varón el que le pide, ven de Líbano, novia mía.
Ven de Líbano, vente.
Es decir, ella vive en el Líbano, y desde ahí debe venir hasta las tierras de Israel, donde canta el pastor.
Suena muy difícil.
También se dice que puede obedecer a que él la invita a dejar un país áspero, para venir al país de la leche y la miel, de la suavidad entera.
¿Quién sabe?
Como muchas cosas en el Cantar de los Cantares, esto no está aclarado, ni se va a aclarar ya nunca.
Y yo, digamos, que me he metido tanto con esto, casi agradezco que no esté aclarado.
En un poema, pido, requiero, exijo, un poco de misterio, un poco de falta de explicaciones.
Un poema es un ente fuera de razón.
La razón no tiene que ver con la poesía, para nada.
Cuando tropiezo con un versículo como este, "Ven del Líbano, novia mía, ven del Líbano, vente".
Oigan cómo suena.
En un idioma tan lejano del antiguo hebreo, como 25 siglos.
Aguanta el tiempo y aguanta la traducción.
"Ven del Líbano, vente, o tea desde la cumbre de la maná, desde la cumbre del Sanir y del Hermón, desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos".
Bellísimo.
¿Por qué tiene la novia, la mujer, la sulamita, la pastora, la reina?
¿Por qué tiene que trepar hasta allá y desde ahí otear con el peligro de los leones y los leopardos?
O sea, allá son regiones boscosas y frías.
Muy admiradas, muy codiciadas, por esa gente que se cuece al sol del desierto.
Esto podría explicar.
Pero "ven del Líbano", vives en el Líbano y vienes hasta acá, no creo.
Y agradezco que no se entienda cabalmente.
Porque me quedo con el misterio del canto, con el amor que me produce el canto, y me siento bien.
Estoy verdaderamente desierto leyendo un poema, leyendo una porción de poesía impar.
Esto es lo que me atrae.
Me molestan mucho las cosas que se explican cabalmente.
Me fatiga y me irrita mucho la ciencia.
Que todo lo saque, que todo lo explique, para que no haya misterios.
Que se corrige todos los días, para poder estar al día, para poder tener razón y autoridad a ciencias.
La literatura se cuaja una vez, un día, un día estelar.
Se cuaja la gran novela, el gran poema, el gran ensayo, el gran cuento, digamos, la gran crónica, el reportaje sin igual, un día.
Y ese día no vuelve a ser tocado y no cambia nunca.
Longo escribió "Sudáfnis y Chloe" hace 25 o más siglos, y ahí está la obra intacta, entera, intocable, insuperable.
La literatura no evoluciona en rigor en el logro de sus mayores afanes.
Cuando consigue cumplir uno de ellos, queda cuajada para siempre.
La literatura es la gran madre inmóvil que tolera todo movimiento interior y ninguno que afecte su forma perfecta de ser.
La ciencia me encanta, esta mucha.
Gracias a ella estoy vivo, o acaso todos los que estamos aquí estamos vivos, gracias a la ciencia, sí.
Que hasta hoy lo único que ha conseguido es prolongar la vida de seres inútiles.
La literatura es de especie eterna, hermosísima especie eterna.
Es el testimonio de la permanencia del mundo, de la permanencia del hombre en el mundo.
Es el tiempo cocificado, cuajado, esculpido de manera imperecedera en la conciencia de los hombres.
Generación va y generación viene, pero la tierra siempre permanece y la tierra tiene su testigo y el testigo es la literatura.
Cualquier científico o historiador, por ejemplo, tomaría aquí parte y demostraría que no tengo razón y me ganaría.
Claro, pero yo tengo la razón.
La literatura no es cosa de andar demostrando nada, es o no es.
Y a todo esto nos llevó.
Vende el Íbano, novia mía, vende el Íbano, vente.
Otea desde la cumbre de la Maná, desde la cumbre del Sanir y del Hermón, desde las huéridas de leones, desde los montes de Leoparlos.
Me robaste el corazón, hermana mía, novia.
Me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
¡Qué canto!
¡Qué excelencia!
Para rendir el tributo de amor a la belleza de una mujer, no se ha visto nada igual, no se ha visto.
Para el Luz de León eleva el Cantar de los Cantares a lo divino.
Es un cuento o canto de amor entre Dios y la criatura.
Igual y aún supera al Cantar de los Cantares.
Pero olvida la humanidad total del Cantar, que es donde yo centro su valía.
¿Con qué derecho?
Con ninguno tal vez.
He entregado toda mi vida que ya no es corta a la literatura, a mi literatura.
Y con esta modesta autoridad de una sola vida entregada a eso, totalmente hablo.
Me puedo equivocar, pero siempre tendré la razón.
Y quien de entre ustedes se sienta escritor, se sienta llamado al arte de las palabras, no tiene que pensar como yo, sino no escribirá nunca nada sobresaliente.
Y no que yo piense de modo inmejorable, sino que este ha sido mi oficio y he acabado por conocerlo hasta el fondo.
Así leo y así propongo mi tarea.
No es arrogancia, es humildad.
No he podido hacer más, pero lo que he hecho ha sido hecho hasta el máximo de mis fuerzas, esto sí.
Y el máximo de mis fuerzas está en leer el Cantar de los Cantares y en poderlo dar, traducir al sentimiento natural de mis contemporáneos.
Esto es lo que quiero hacer aquí.
Me robaste el corazón, hermana mía, novia.
Es la primera vez que se llama hermana a la mujer del Cantar.
En los poemas árabes antiguos es frecuente hallar hermano para el hombre.
Hermana nunca, el Cantar lo usa por esta vez.
Y novia mía, dice, hermana mía, novia.
Me robaste el corazón, hermana mía, novia.
Me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
Leí.
Qué hermosos tus amores, hermana mía, novia.
Qué sabrosos tus amores, más que el vino.
Ella dice, en el comienzo del Cantar de los Cantares, recuerden, por favor, que me bese con besos de su boca.
Mejores son que el vino tus amores.
Él dice acá, en el capítulo cuarto, qué hermosos tus amores, hermana mía, novia.
Qué sabrosos tus amores, más que el vino.
Ella arranca haciendo la comparación entre el amor y el vino.
Ya explicamos por qué.
Ya lo dijimos, creo que por menor y sábado.
Y se necesitan cuatro capítulos y medio para que él, el hombre lento por naturaleza, entienda y repita lo que ella canta en el arranque del poema.
Béseme con besos de su boca, porque mejores son tus amores que el vino.
Qué hermosos tus amores, más que el vino.
Ella dice, allá en el arranque del poema, recuerden, mejores son que el vino tus amores, mejores al olfato tus perfumes, un cuento derramado es tu nombre.
Por eso te aman las doncellas.
Él dice, a la mitad del capítulo cuarto, qué sabrosos tus amores, más que el vino.
Él a ella y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos.
Es mucho más elegante ella que él.
Saben mucho más del amor a las mujeres que los hombres.
Cualquier mujer, joven, madura o vieja, entendería mucho mejor que yo todo esto.
Pero no leen el cantaba.
De todo esto que voy yo leyendo, cuánto nos podría revelar de la naturaleza femenina, cuánto.
Y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos, le dice él a ella.
Y viene este canto, que es de una sensualidad, de una exquisitez, para lo que yo no he encontrado paralelo en ninguna de las literaturas a las que me ha asomado.
Miel virgen destilan tus labios, novia mía.
Hay miel y leche debajo de tu lengua.
Y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del vino.
Robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
Qué hermosos tus amores, hermana mía, novia.
Qué sabrosos tus amores, más que el vino.
Y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos.
Miel virgen destilan tus labios, novia mía.
Hay miel y leche debajo de tu lengua.
Y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del Líbano.
Habla de la fragancia del Líbano porque hay enormes, inmensos bosques de cedros y de pinos.
Y la oloración que despiden es deliciosa.
Huerto cerrado eres, oh huerto eres cerrado.
Hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.
Es muy bello.
Es muy bello.
Yo creo que hace aquí relación más que a la virginidad de la mujer, de la que no se ha hablado.
Se ha hablado de la exclusividad de la mujer.
Esta mujer es amante de este hombre y solo de este hombre.
Este hombre es amante de esta mujer y solo de esta mujer.
Ahora, la reserva o la exclusividad se ha pedido siempre a la mujer, no al hombre.
Apenas en la tarde una señora me decía, calma.
Siempre se ha pedido la lealtad o fidelidad o exclusividad a la mujer.
La mujer no puede hablar de amantes sin pasar por puta.
En cambio el hombre habla de amantes y pasa por señor, por hombre recomendable.
Se le aplaude cada salida de la ortodoxia y a la mujer se le reprocha sin término cada salida de la ortodoxia.
Esto es cierto.
Es cierto.
Pero inclusive en el cantar viene la prepotencia masculina.
Hay que reconocerlo, ni modo, está aquí escrito.
Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.
Es decir, en aquel tiempo había en lo ancho del desierto fuentes de agua, preciosa agua.
Entonces cercaban, se muraban, murar es alzar muros, para que nadie pudiera tomar de esa agua, que evidentemente valía y vale más que el oro allí en el desierto.
Se ponían cercos muy altos con alambradas, con perros furiosos, para que nadie pudiera entrar a robarse el agua de la fuente.
Por eso le dice a la sulamita, huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.
La exclusividad preciosa se pone a cargo de la mujer.
Ya desde entonces el hombre podía ir y venir cosechando méritos, fama.
A fuerza o a costa de las mujeres que conquistaba, la mujer no.
Inclusive en el cantar se impone esta ley masculina, qué cosa, no.
Dios mío.
Tus brotes un paraíso de granados, con frutos exquisitos, nardo y azafarán, cebolla aromática y canela con todos los árboles del incienso, mirra y aloe, con los mejores balas.
Este es un jardín fantasioso.
Estas plantas o árboles de que se habla aquí, no se pueden dar todos en Palestina, que es el territorio que puebla el poema.
Si acaso se da el granado, los demás no.
Pero el hombre, el amante, puebla con los mejores árboles de los bálsamos, de los perfumes, a la novia como si fuera un jardín.
Ella es el jardín de los bálsamos.
Ya dijo antes que se irá al monte de la mirra y a la colina del incienso, que es ella.
Es también este jardín innumerable, con árboles que jamás se han visto allí.
Todos despiden esencias preciosas, esto es ella.
Este es el cuerpo de ella.
Ahí se da el amor.
En el cuerpo de ella y en el cuerpo de él, en el entreveramiento de los cuerpos se da el amor, no en otra parte.
Hay el amor espiritual, sí.
No es el amor de que habla el cantar, de una sensualidad suprema.
Y dice por fin, fuente de huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del Líbano fluyen.
Ya enloquece casi en los elogios, en los requiebros, en las alabanzas a la mujer amada.
Ya no haya con qué compararla.
Fuente sellada, huerto cerrado.
Un jardín poblado con los mejores árboles de los bálsamos conocidos.
Y ahora, fuente de huertos.
Patriz de los huertos, de los mejores árboles que pueblan en el mundo.
Reunión innumerable de bálsamos es ella.
Fuente de huertos y no solo un huerto, todos los huertos.
Ella es el origen.
Pozo de aguas vivas.
Que a nosotros nos dice ya, poco.
Pozo de aguas vivas.
Pero si estamos en Palestina, si estamos en Asia Menor, donde los pozos son escasísimos, entendemos la valía de esta alabanza.
Pozo de aguas vivas.
De aguas que fluyen.
De aguas de manantial hervoroso de frescura.
Adviertan qué hermosa combinación consigue la lengua.
Hervoroso de frescura.
Que se opone, el hervor de cualquier cosa se opone a la frescura.
Este es hervoroso de frescura.
Se ve burbujear el manantial.
De agua fluente y helada.
Que allí es como la gloria.
En esos territorios y a estos se compara la mujer del Cantarra.
Fuente de huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del Líbano fluyen.
El Líbano, la tierra de las frescuras.
De allá vienen las corrientes de la que ella es fuente, de la que ella es pozo de aguas vivas.
Esto es lo que está diciendo.
Los voy arrimando con toda voluntad, también con toda buena fe, a la excelencia amatoria del Cantarra, a comunicarles algo de lo que es el arrobamiento enamorado.
Mientras no sepamos, mientras no entendamos qué es el amor en este país, nada va a mejorar.
Mientras los varones no entendamos qué es amar a una mujer, y respetarla, tentarla como se tienta una joya de inmenso precio, mientras no sepamos esto, mientras nuestras mujeres no sepan dónde está la valía del varón, cómo puede amárselo con perfecta pulcritud y con toda voracidad, esto no va a cambiar.
La primera ley para los pueblos es que sepan amar, que sepan en su interior amarse unos a otros los que forman el pueblo.
Sólo así se da la grandeza.
Es inútil estar esperando la grandeza de los presupuestos para tal cosa, de aguas para carreteras, fábricas de esto y el otro, de ahí no viene.
Eso enriquece a los que cometen el peculado y a los empresarios que construyen nada más.
Y no enseña a nadie, no se inca en la humanidad de los nacionales para nada.
Los nacionales quedan vacíos y estériles frente a cualquier obra que se proponga si no se da antes, si no se inocula antes la capacidad de amar.
Ahí en la cosa esa de las artes, todo esto que es tan feo, hay un tío loco hablándoles de amor y del cantar de los cantares a otros tíos locos que lo van a oír.
Pierden el tiempo.
Mientras acá nosotros lo ganamos haciendo cosas, yo creo que somos los únicos que estamos ganando el tiempo, cobrando conciencia de lo más importante para el espíritu humano, el sentido del amor.
Y no nos elevemos hasta el amor a la patria, al mundo, a las doctrinas, a Dios y su santa gloria, no tanto, seamos más modestos.
Vamos entendiendo lo que es el amor aquí abajo.
No vamos proponiendo amar a todos.
La proposición del Cristo es muy difícil de seguir, muy pesada, es la puerta estrecha.
Vamos tratando de entender qué es amar a esta mujer que me encanta y a esta mujer que es amar a este hombre que me encanta.
Esto, si lo lográsemos, habríamos logrado prácticamente todo lo que puede lograrse en una sociedad organizada.
Me preguntaba el viernes pasado un político, un secretario de Estado, muy importante.
Yo alguna vez me decía, leí ese cantar de que usted habla y que se llama "El Cantar de los Cantares", señor licenciado.
Ya de ese alguna vez lo leía, no me acuerdo.
Pero qué gana usted con eso, maestro Garibay.
Le dije que nunca nadie vuelva a preguntarme de esa manera, señor secretario.
Es lo que gana.
Que hasta los perros lean aquí "El Cantar de los Cantares".
Sepan de qué trata, sepan por qué hay que amar a derechas.
Sepan si son varones porque una mujer es sagrada, si son mujeres porque un hombre puede ser sagrado.
Para eso.
Y no entendió el señor secretario, porque inmediatamente cambió de tema y dijo a propósito, Chuaifete estaba diciendo antier.
Qué pesado es, verdad.
Qué pesado es.
"Levántate, sierzo, abre, goben, soplad en mi huerto que exhale sus aromas, entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos".
Ha venido cantando el varón hasta terminar fuente de huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del Líbano fluyen.
Y ahora dice la mujer, "Levántate, sierzo, que es el viento del norte, abre, goben, ven, que es el viento del sur".
O acaso sea al revés.
O acaso sea al revés.
"Soplad en mi huerto que exhale sus aromas, entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos".
Fray Luis de León al comentar este versículo se hace unos líos terribles, porque él no quiere decir que la mujer está ofreciendo su cuerpo y que invita al hombre a poseerlo, a disfrutarlo, a agotarlo en los deleites del recíproco enamoramiento.
No se atreve.
Entonces habla de un huerto lleno de tales árboles y tales frutales y tales flores y que allí va a andar el hombre muy contento arrancando flores y oliendo.
Estas tonterías.
Él la ha comparado con un huerto múltiple, un huerto innumerable.
Y después ha dicho que ella es fuente de huertos.
Entonces ella dice "Levántense los vientos y soplen en mi huerto, que entre mi amado en su huerto y coma de su dulce fruta o sus frutos exquisitos".
¿Qué está proponiendo ella?
Su ser.
Lo está invitando a tenerla, a poseerla, a desgajarla, a triturarla, a convertirla en una porción de sueño cuando mucho.
Ella quiere eso.
Y él dice "Ya he entrado en mi huerto, hermana mía, novia.
He tomado mi mirra con mi bálsamo, he comido mi miel con mi panal, he bebido mi vino con mi leche".
Es decir, te he tenido.
Ya has sido mía, eres mía, estás siendo mía, serás mía.
Este es su alimento, el más precioso alimento que puede dar el amor.
Erotismo sin amor es imposible o es grosero o es una mera contemplación.
Amor sin erotismo es imposible.
Aquellas aristocracias españolas, siglo XVI, XVII, hasta el XVIII, hasta el XVIII.
Un rey llegaba algunas veces a visitar a la reina en la noche.
La reina corría y daba órdenes y rápidamente desenchinchaban la cama real, cosa muy difícil porque las chinchas formaban, las chinchas un aguacero, una especie de, ¿cómo se llama esto?
¿Cómo se llama cuando sale el grano y queda el agujerito?
¿Cómo?
Cacarizo, una especie de superficie cacariza de chinchas.
No había manera de acabarlas.
Entraba la reina, seguramente ya acostumbrada, alimentaba las chinchas y se acostaba en el lecho real.
Esto es rigurosamente histórico.
Está en un libro muy lindo de Javier Marías, un joven escritor español muy aventajado.
Sobre personajes históricos un poco aberrantes.
No recuerdo el nombre del rey, pero tampoco importa mucho.
Lo que importa es la anécdota.
Llegaba el rey y colgaban una cobija que iba a dar en medio de la cama, un agujero, la cobija.
Y llegaba el rey sin tocar, sin hablar, sin nada.
Entraba en la reina que previamente se había arrimado al agujero de la cobija.
Ahí hacían sus indecencias y se retiraba el rey, silente, tranquilo y satisfecho.
Y nueve meses después la reina daba a luz otro mocoso real, por supuesto.
Qué cosa.
Esto es rigurosamente histórico.
Había allí erotismo, amor, tampoco, pornografía, tampoco.
No se sabe qué había allí, pero es cierto que las casas reales de España fueron aberrantes desde su nacimiento hasta su muerte.
Y nada de muerte, porque ahí están otra vez, con unas hijas bien feas, casadas con apolos de 1,90 de estatura.
Qué cosa.
Por Dios.
Ya he entrado en mi huerto, hermana mía, novia.
He tomado mi mirra con mi bálsamo, he comido mi miel con mi panal.
La miel fluye de la lengua de la mujer.
Recordemos, leche y miel hay debajo de tu lengua.
He bebido mi vino con mi leche.
Mejores son tus amores que el vino, se ha dicho.
Cuanto más que el vino son tus amores, se ha dicho también.
Él llega y la toma.
La toma, la posee y se da una vez más la unión de los amantes.
Todo el cantar es un separarse, angustiarse en la soledad, buscarse, encontrarse, requebrarse uno a otro, que es elogiarse mucho y unirse y vuelta a separarse.
El amor es un canto que se repite innumerablemente.
Siempre de diferente modo.
Tiene todo que decir en el mundo.
Casi siempre con las mismas palabras y de diferente manera.
El amor es una especie de fuente de él mismo, ¿no?, donde resulta inagotable.
Ha vuelto a suceder lo que yo se sabe, lo que ya se sabe.
Y ha entrado en mi huerto, hermana mía, novia.
He tomado mi mirra con mi bálsamo.
He comido mi miel con mi panal.
He bebido mi vino con mi leche, dice él.
Y dice el poeta o el coro, comed amigos, bebed, oh queridos, embriagaos.
Es el fin de la fiesta.
El amor se ha dado.
No queda más que festejarlo con vino, cantos, gritos, algunas buenas peleas.
Un poco de caos.
Un poco de anarquía en medio del orden supremo que ha podido conseguir el amor de un hombre por una mujer.
Con esto termino este cuarto capítulo.
Con este final agradezco profundamente la atención, la paciencia, la generosidad de todos ustedes.
Gracias.
(Aplausos) Venga el amado a su sueldo.
Como acabo de hablar, encuentras el esposo, la esposa.
Avisada de ello, acuérdase de uno que tenía a su amado, que por venitura es el mismo de que hizo la comparación arriba de la noche.
Y rúgalos que se deje ir con el padre y que se vayan a ir juntos a comer de las manzanas.
O por mejor decir, que le habría hecho semejante.
(Aplausos) [AUDIO_EN_BLANCO]
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Revisiones de autores mexicanos a obras literarias de alcance universal
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Sergio Nahúm Moreno Sotelo

