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CUID
MW-03508
TITULO_SERIE
SUBTITULO_SERIE
FILIJ 25
SINOPSIS_SERIE
Mirada sobre la vigencia de obras que, más que objetos de prestigio, funcionan como marcos culturales y estéticos para dialogar con la experiencia, construir sentido y ampliar la interpretación del mundo. Su potencia radica en conectar tiempos y generaciones, ofreciendo modelos narrativos, éticos y simbólicos que iluminan conflictos contemporáneos y fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico.
La consigna es leer con—y no desde—los clásicos: en prácticas vivas, con mediación sensible, acervos disponibles y espacios de intercambio. Así, cada lector resignifica los textos desde sus circunstancias, evitando su uso normativo.
Se invita, además, a concebir el canon como repertorio dinámico: un territorio que se reconfigura según las prácticas de lectura y la diversidad cultural, en lugar de una lista fija. Leer con los clásicos implica también cuestionar y ampliar lo considerado valioso transmitir.
En suma, la lectura de los clásicos se entiende como práctica social y estética que sostiene la memoria, fomenta el diálogo y enriquece la vida cultural
EXTRACTO_SERIE
Leer con los clásicos implica dialogar con obras que conectan tiempos y generaciones, fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico, y permiten construir sentidos propios desde prácticas lectoras vivas y diversas
TITULO_PROGRAMA
SUBTITULO_PROGRAMA
Silvia Castrillón (Colombia)
SINOPSIS_PROGRAMA
En su 25ª edición, la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), es punto de encuentro que fomenta diálogos y promueve la lectura
EXTRACTO_PROGRAMA
La escritora colombiana Silvia Castrillón habla de las características de la Literatura Clásica
N_PROGRAMA
5
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:51:17:03
PARTICIPANTES
Silvia Castrillón, escritora y promotora de la lectura
María Elvira Charría, especialista en fomento de la lectura
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Silvia Castrillón (Medellín, 1942)
Reconocida bibliotecóloga y promotora de lectura colombiana, formada en la Universidad de Antioquia y especializada en Documentación Educativa en París y Literatura Infantil en Canadá.
En 1976 lideró un programa que dotó mil bibliotecas escolares, considerado modelo en América Latina. También fue fundadora de entidades clave en el fomento de la lectura, como ACLIJ, Fundalectura y Asolectura, desde donde impulsó políticas y proyectos de formación de lectores.
Su trayectoria ha sido distinguida con reconocimientos como el Premio Luis Florén, el Premio Rubén Pérez Ortiz y el Premio Capital de la Alcaldía de Bogotá. Es considerada una figura central en la promoción de la lectura en Colombia, con más de medio siglo de trabajo dedicado al acceso a la cultura escrita.
María Elvira Charría
Especialista colombiana en fomento de la lectura, formada en fonoaudiología, con amplia trayectoria en bibliotecas, mediación lectora y desarrollo de proyectos educativos en América Latina. Ha trabajado en instituciones como CERLALC y en programas de lectura vinculados a sistemas educativos.
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Silvia es bibliotecóloga en la Universidad de Antioquia y desde la bibliotecología, fundamentalmente para mí también desde el campo como autora y como editora, pero fundamentalmente desde su responsabilidad ciudadana, que no sé si nace solo en la bibliotecología en la Universidad de Antioquia, en su familia, en el entorno en el que se desarrollan sus primeras tareas profesionales, ha hecho en Colombia que sea posible pensar en la formación de lectores y escritores desde múltiples espacios. Creo que todas las personas que en Colombia hemos estado vinculadas al movimiento de lectura tenemos en un lugar del camino la mano, la voz de Silvia. Silvia ha estado ligada a proyectos muy importantes en Colombia, quiero mencionar algunos de ellos. La Asociación Colombiana del Libro Infantil y Juvenil, la corresponsal de la IBI para Colombia, fue fundada por Silvia y desde la asociación se hizo el proyecto, a mi juicio, más importante que ha hecho Colombia en formación de recursos humanos durante muchísimos años con bibliotecarios públicos y maestros en coordinación con el Banco de la República del país. Eso fue todo un esfuerzo que la asociación hizo a la cabeza de Silvia, luchando desde este momento por la presencia de los libros para niños en las bibliotecas públicas y en las bibliotecas escolares. Muy pronto, no recuerdo después de cuántos años, pero con un fructífero trabajo de la Asociación Colombiana de Libre Infantil y Juvenil, Silvia, siempre buscando la expansión de un movimiento de lectura en el país, encuentra que la Cámara de la Industria Editorial Colombiana, los papeleros, los gráficos, básicamente al escuchar el auge del trabajo de lectura promovido por la asociación, quieren fundar una nueva asociación de promoción de lectura y une los esfuerzos de la Asociación Colombiana con las intenciones de estas industrias editoriales, papeleras y gráficas para desarrollar un proyecto muy importante que no solo ha apoyado a Colombia, sino que hizo brazos hermanos con México, con Argentina y con muchos otros países en el tema de la lectura y la literatura. fue el proyecto o es el proyecto Fundalectura en Colombia. Algunos de nosotros debemos haber estado aquí presentes en algunas exposiciones que ha hecho en este lugar gente de Fundalectura en otros momentos o en el Congreso Nacional de Lectura hace dos años o hace un año y medio. Bueno, Fundalectura nace con Silvia Castrillón y de este vínculo fructífero con América Latina nace la revista latinoamericana de literatura infantil y juvenil que en la actualidad creo que se publica por… es una revista electrónica en el momento. Pero Silvia nunca para y estando aún en funda lectura, creó la asociación Asolectura, Asociación de Lectura y Escritura, ya creo que hace siete años aproximadamente, Asolectura como asociación civil que congregue, evitando a congregarse allí no solo a profesionales de la palabra, sino a ciudadanos interesados en lograr construir un país de lectores, volviéndose fundamentalmente garantes de las políticas de continuidad en la responsabilidad del Estado en la formación de lectores y escritores. sobre el siglo que desde ACLIC, la profesión colombiana, funda lectura y asolectura. Son numerosos los proyectos que ella ha iniciado, son numerosos los escritos que ha publicado y numerosos los lugares en los que su voz ha frecundado la reflexión sobre las bibliotecas públicas, las bibliotecas escolares y en general sobre lo que la lectura ha sido y cree ella que debe ser para la formación ciudadana. Muchas gracias, Silvia, por estar con nosotros. Muchas gracias. Quiero primero agradecer a Conaculta, a la Secretaría de Educación Pública y al CERLALC por la organización de este seminario y por darme la oportunidad de estar aquí con ustedes. Y quiero agradecer muy especialmente a María Elvira por sus generosas y excesivas palabras y decirles a ustedes, porque ella modestamente no lo dijo, que a su lectura no la creé yo, a su lectura la creamos conjuntamente María Elvira y yo. Bueno, antes de comenzar, quisiera hacer un comentario que me surge así de última hora y es que el hecho de que en este momento tengamos una preocupación muy especial por el tema de los clásicos no me parece un hecho gratuito. Y no es solamente acá en donde se hace un seminario dedicado a los clásicos, también hace poco, en el mes de julio, en el Congreso de Lectura de Brasil, se dedicó un seminario a discutir los clásicos y la semana entrante en el Salón del Libro Infantil de Río de Janeiro también se va a hacer un seminario sobre los clásicos. Yo lo que pienso es que detrás de eso hay una intención que es la intención de recuperar lo humano en la educación, como de tratar de tener algunas alternativas, algunas propuestas que traten de hacer algo que nos saque de esa deshumanización en la que ha caído la educación. Bien, en octubre del año pasado nos visitó en Bogotá Teresa Colomer, una escritora y especialista que ustedes también conocen, que estuvo también en este recinto. para hablar precisamente sobre los clásicos. En una conferencia ante un público de maestros, mostró cómo estos libros permiten compartir en vertical, es decir, entre generaciones, la herencia de la tradición. Teresa estaba muy preocupada. Pensaba que su discurso iba a estar descontextualizado, pues en un país con tantas preocupaciones como Colombia, no tendría lugar la lectura de los clásicos. Sin embargo, muy pronto disipó sus dudas a raíz de dos situaciones que presenció. La primera, en casa de una amiga, alguien narró la acción valerosa de las mujeres de una pequeña población colombiana que salieron a dar sepultura a sus muertos después de una masacre perpetuada por paramilitares. muertos que nadie se atrevía a enterrar por el terror a manifestar su relación con ellos. La narración de este hecho produjo un silencio que fue roto con una sola palabra, antígona. Teresa confesó luego que sin esa referencia a la tragedia griega, ella no habría entendido en toda su dimensión la tragedia colombiana. El segundo episodio lo presenció Teresa en Medellín en una comuna víctima también de la guerra y de la pobreza. En una pequeña biblioteca popular, Teresa encontró a dos niñas muy pequeñas que leían a Anderson con mucho entusiasmo. ¿Por qué disfrutaban estas niñas la lectura de cuentos tan dolorosos siendo ellas mismas víctimas de la violencia? Es algo que no sabremos responder con certeza. de lo que sí podemos estar seguros es de que la conferencia de Teresa había caído en un terreno abonado. Lo que voy a exponer no constituye el resultado de una investigación sobre la lectura de los clásicos en Colombia. Se trata solo de algunas apreciaciones y reflexiones que surgen de prácticas de lectura en grupos de todas las edades, pero de manera muy especial de jóvenes, por lo que creo preciso, en primer lugar, describir el contexto en que estas prácticas tienen lugar. Los espacios para la lectura, estos espacios para la lectura se dan en dos programas, uno denominado Clubes de Lectores, denominación que, entre paréntesis, les digo que no me parece muy adecuada, preferiría otra que no fuera Clubes exactamente, que se realiza con el Instituto Distrital de Cultura y Turismo y que trabaja en las localidades, colonias, denominadas por la actual Alcaldía de Emergencia, es decir, en sectores marginados y excluidos, y no solamente en situación de pobreza, sino también de riesgo. Y el segundo programa es el de grupos de maestros que se realiza con la Secretaría de Educación del Distrito. Voy a exponer primero algunos de los planteamientos que sirven de fundamento a estos programas y de las reflexiones que surgen de estas prácticas. Estos programas partieron de la necesidad de emprender proyectos de promoción de lectura que al mismo tiempo se constituyeran en motivo para la reflexión, el debate y el cuestionamiento de estas prácticas de promoción por parte de los maestros, bibliotecarios y otros mediadores, debido a la desazón generada por los escasos resultados que no parecen corresponder a tanta actividad y a tanto alboroso en torno a la promoción de la lectura. También parten del supuesto de que es preciso revalorizar la palabra en todas sus manifestaciones, orales y escritas, actualmente depreciada y asediada por una sociedad que invita de manera indiscriminada al consumo acrítico de otros lenguajes aparentemente más atractivos, más modernos, pero en la mayoría de los contextos más manipuladores del pensamiento. Es decir, estos proyectos se sustentan en la atención a la lectura y a la escritura de la palabra, entendidas estas como procesos continuos de construcción de significados, y en ellos se da especial valor a la lectura de los clásicos, dando a estos el sentido y la definición que más adelante presentaré. Como bien plantea Pedro Salinas, se aprende a leer leyendo buenas lecturas, inteligentemente dirigido en ellas, avanzando gradualmente por la difícil escala, y al final de ellas se alcanza la posesión de una inteligencia formada de un gusto propio y de una conciencia de lector personal y libre, dice Salinas. En los clubes y en los grupos se parte de la consideración de que una práctica socializada de la lectura y la escritura permite superar escollos que casi todo el mundo, incluyendo los maestros, manifiesta de manera abierta o soslayada cuando se refiere a las dificultades o a los impedimentos para leer. La socialización de la actividad de leer trae consigo beneficios que multiplican los que de por sí acompañan la lectura. La puesta en común de un texto mediante la discusión es una de las maneras más eficientes entre nosotros de lograr mejores y más profundos acercamientos a los materiales escritos y, por consiguiente, de despertar interés por otras lecturas. De allí la importancia que existan lugares en donde mediante la lectura en grupo sea posible la apropiación de la misma, en donde los participantes actúen como sujetos activos de un proceso que les permite descubrir, por una parte, sus potencialidades como lectores y escritores, y por otra, el valor que la lectura de textos escritos, especialmente de la literatura, y dentro de ella los clásicos, tiene para sus vidas. Algunos afirman que el hecho de que nuestra sociedad sea de tradición fundamentalmente oral ha incidido en el poco interés por la lectura, pero también es posible que este hecho se pueda aprovechar en favor de la lectura, creando espacios que se sirvan de esta circunstancia para descubrir y disfrutar los beneficios de la alfabetización. No debemos olvidar que nuestra oralidad está profundamente asociada a una tradición escrita y se nutre de ella. Nuestro lenguaje fue instalado por conquistadores que, según el historiador Irving Leonard, se inspiraron en utopías, aventuras y riquezas que se describían como alucinantes señuelos en las canciones y relatos de su tiempo. Sueños materializados en el nuevo medio de los tipos de imprenta, dice Leonard. Es decir, la conquista de América se inspiró en libros y se hizo con libros, pero de ellos surge una rica oralidad que se entreteció con la oralidad de quienes habitaban con anterioridad el continente americano, de quienes fueron traídos para explotar sus riquezas. Por otra parte, la socialización de la lectura comprende no solamente la comunicación verbal, sino también y de manera fundamental la escrita, porque ya lo sabemos, quien lee es un productor de textos, escritos y no escritos, y quien escribe tiene una mayor posibilidad de apropiación de esta cultura. El monopolio de la sabiduría que históricamente estuvo en manos de aquellos que sabían leer, ahora de manera inconsciente ha sido trasladado a los que saben escribir. Armando Petrucci dice que en el último siglo las campañas de alfabetización de masas conducidas a niveles nacionales o mundiales, por ejemplo desde UNESCO, en países avanzados o excoloniales, han incidido fundamentalmente en potenciar y difundir la capacidad de leer, no la describir. Según Petrucci, esto es producto de la escuela burguesa, de la iglesia y del sistema bibliotecario anglosajón losajón y de la industria editorial interesada en la creación de un público cada vez más amplio de personas que lean, no que escriban. La escritura entonces forma también parte de la agenda de los clubes de lectores, aun cuando reconocemos que esta práctica tiene mayores dificultades. Teniendo en cuenta que algunos de los clubes funcionan en escuelas y considerando que las acciones de promoción que se realizan en este espacio no deben ser ajenas a los procesos de enseñanza y aprendizaje de lectura y escritura, sino que por el contrario deberían contribuir a su transformación, estos procesos también son materia de reflexión del programa. Las propuestas actuales de enseñanza de la lectura y de escritura coinciden en la necesidad de crear situaciones reales de lectura y escritura para que los diversos actores sociales se apropien de estas prácticas de manera particular, para que las usen en su sentido social. Dice Delia Lerner en su libro Leer y Escribir en la Escuela, lo Real, lo Posible y lo Necesario, dice, lo necesario es hacer de la escuela una comunidad de lectores que acuden a los textos buscando respuestas para los problemas que necesitan resolver. tratando de encontrar información para comprender mejor un aspecto que es objeto de sus preocupaciones buscando argumentos para defender una posición con la cual están comprometidos o para rebatir otra que consideran peligrosa o injusta deseando conocer otros modos de vida identificarse con otros autores o personajes o diferenciarse de ellos La clave es tan entender que hay que leer para lograr algo, por curiosidad, para encontrar lo que necesitamos, por el simple gusto de hacerlo y recrearlo. En nuestra vida cotidiana leemos siempre por un interés inmediato, leemos para responder a la necesidad de convivir con los demás, para comunicarnos con el exterior, para hacer cosas, para alimentar y estimular la imaginación y obtener informaciones que necesitamos y para conocer, para documentarnos, pero especialmente para entender y comprender al mundo, a nosotros y a los demás. Pero si bien es cierto que la lectura incluye todo tipo de formatos, todo tipo de textos, también lo es que la lectura de la literatura trae consigo un valor agregado de suma importancia. La literatura expresa y recrea la realidad y por lo tanto conecta al individuo con todos los entornos posibles. Y bien lo afirma Roland Barthes en su lección inaugural. La literatura toma a cargo muchos saberes. Si por no sé qué exceso de socialismo o de barbarie todas nuestras disciplinas, menos una, debieran ser expulsadas de la enseñanza, es la disciplina literaria la que debería ser salvada porque todas las ciencias están presentes en el monumento literario. Por esto puede decirse que la literatura, cualesquiera fueran las escuelas en cuyo nombre se declare, es absoluta y categóricamente realista. Ella es la realidad, o sea, el resplandor mismo de lo real, dice Barthes. La literatura constituye el texto por excelencia para una búsqueda de sentido de la vida. Su carácter polisémico permite renovar la capacidad de ver el mundo de diferentes maneras y de crear lo que el pensador colombiano Stanislao Zuleta denomina, cuando habla del Quijote, nuevos sentidos de posibilidad. Es por ello que la propuesta plantea privilegiar la lectura de la literatura frente a otro tipo de textos escritos, y dentro de la literatura se da especial valor a los clásicos por las razones que presentaré más adelante. Tanto en clubes de lectura como en grupos de maestros se leen, entre otros, los libros de un programa de la Alcaldía de Bogotá denominado Libro al Viento que distribuye de manera gratuita libros en cuya selección predominan los clásicos. Pero antes de presentar las consideraciones acerca de la lectura de los clásicos en los clubes, permítanme compartir con ustedes algunas reflexiones surtidas de la polémica que se ha venido planteando recientemente acerca de las, entre comillas, lecturas canónicas. Comparto los discursos de algunas personas frente a la mitificación de la lectura y de las buenas lecturas, entre comillas, pero considero que estos discursos no deberían constituirse en la justificación para no alentar la lectura de obras clásicas o canónicas estigmatizadas no sólo por la falsa creencia de que únicamente algunas élites de heriditos la practican o por posiciones ideológicas que cuestionan estas lecturas por tratarse de productos de una civilización occidental y decadente a la que supuestamente no pertenecemos o pertenecemos solamente de manera tangencial o simplemente posturas aparentemente avanzadas a las que Vázquez Montalbán en su conferencia Cultura y Política se refiere para cuestionarlas de la siguiente manera. Todas las situaciones revolucionarias han tenido una profunda carga cuestionadora del pasado y han establecido una cierta cuarentena en torno a ese patrimonio cultural, al tratar de verlo como una cultura dominada por las antiguas clases dominantes que han detentado el control de la historia, como una cultura de clase, como una cultura vieja y ligada a una concepción del mundo de los antiguos. No se trata, por supuesto, en nuestro caso de ninguna situación revolucionaria, pero sí de posiciones progresistas o posmodernistas, tal vez, que en ocasiones denigran de la lectura de los clásicos con la aparente valoración de todas las prácticas que realizan especialmente lectores provenientes de las clases populares y de todos los materiales de lectura. Comprendemos y asumimos concepciones que definen el reconocimiento de una cultura popular y que han generado la polémica entre lecturas y lectores legítimos versus lecturas y lectores ilegítimos, pero pensamos que las posturas que plantean la legitimidad de todas las lecturas encierran, a veces, no siempre, miradas elitistas en la medida en que presumen que son los pobres los que practican la banalidad y la frivolidad y se reservan para sí mismos porque estos planteamientos generalmente los hacen los elúditos la seriedad. Estos planteamientos no son tan nuevos. Ya desde la década del 60 y especialmente a partir de mayo del 68 se empezaron a anunciar. Martín Poulin, en un artículo sobre la sociología y la lectura en Francia en el siglo XX, recogido por Bernard Lassier en su libro Sociología de la lectura, Dice que entre 1968 y 1985, los planteos sobre el necesario reconocimiento de las culturas populares o sobre la dominación de las culturas legítimas generan una abundante producción sociológica. Las décadas de 1960 y 1970 son sin duda el momento de gloria de cierta sociología de la cultura, signada por la voluntad de demostrar los mecanismos de dominación social que se establecen en el campo educativo y de lo cultural. Nuestra experiencia particular es que en los sectores populares, si bien se realizan prácticas de lectura muy variadas y poco canónicas, también es cierto que muchos de los jóvenes, especialmente aquellos que por factores sociales y económicos, han tenido que abandonar prematuramente la escolaridad, reclaman la lectura de obras denominadas clásicas, por lo menos de buena literatura, entre comillas, buena literatura. Estos jóvenes no solo no quieren que se los excluya de las buenas lecturas, con actitudes paternalistas y demagógicas, sino que realizan una lectura rebelde y subversiva de las obras canónicas, y a partir de ellas sienten que pueden construir para sí mismos nuevas objetividades que se cruzan y se aceptan, en donde se cruzan y se aceptan diferentes identidades, o mejor, identidades conformadas por múltiples pertenencias, para lo cual la apropiación de esta herencia, la de los clásicos, juega un papel importante. Por otra parte, en nuestra actividad hemos encontrado mejores lectores de clásicos en sectores populares que no leen para estar al día, que en otros con mayor capacidad adquisitiva y aparentemente con mayor capital cultural, según palabras de Pierre Bourdieu, que solo leen la novela de moda, la novedad o libros de autoayuda. Con excepciones, bastantes excepciones, que siempre confirman esta regla, incluso muchas personas que tienen a cargo programas a nivel nacional o a nivel regional de promoción de lectura y que tienen la tarea de convencer a otros sobre la importancia de leer y que han hecho de la lectura su fuente de ingreso, cuando leen son usuarios frecuentes de la llamada subliteratura, entre comillas. En la experiencia de la que parten estas reflexiones, no se demigra de ninguna práctica de lectura ni de ningún material de lectura, pero todos, y no solo quienes coordinan o dirigen el proyecto, sino quienes disponen de menos posibilidades de lectura y especialmente ellos se acercan al programa con el ánimo de encontrar espacios en donde se sientan crecer con modelos diferentes a los que la sociedad les presenta, pues no encuentran en ellos una propuesta estética muy atractiva. Hecha esta necesaria aclaración, procedo a exponer entonces algunas reflexiones que parten de la lectura de los clásicos en los programas mencionados. La primera pregunta que nos hacemos es, ¿qué es un clásico? No es fácil intentar una definición de los clásicos, cada cual tiene la suya. Pues justamente una de las condiciones de los clásicos es que son obras que permiten una apropiación individual, personal, única. Adam Chambers dice que cada persona que actúe como mediador de lectura debe construir su propio repertorio y este repertorio es en última instancia la lista de sus clásicos propios, de su canon particular, canon que por otra parte se modifica permanentemente. Yo daré entonces una definición de los clásicos, me permitiré presentar a ustedes algunas elegidas al azar de escritores y especialistas, sobre todo aquellas que encierran las razones de su importancia. Comenzaré con la del escritor y crítico colombiano Hugo Chaparro, quien afirma que un clásico es un contemporáneo de su futuro. Esta definición nos recuerda que una de las condiciones fundamentales de los clásicos es su universalidad y su capacidad de trascender el tiempo, capacidad que permite ese compartir en vertical del que habla Teresa Colomer. Por su parte, Italo Calvino propone en su libro por qué leer los clásicos varias definiciones, todas muy subjetivas, una de las cuales se refiere de manera muy directa a las lecturas de infancia y juventud. Dice, los clásicos son libros que ejercen una influencia particular, ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria, mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual. Cuenta Eduardo Galeano en el libro de los abrazos que cuando Lucía Peláez era una niña leyó una novela escondida. La leyó a pedacitos noche tras noche ocultándola bajo la almohada. Mucho caminó Lucía después mientras pasaban los años. En busca de fantasmas caminó por los parallones sobre el río Antioquia y en busca de gente caminó por las calles de las ciudades violentas. Mucho caminó Lucía y a lo largo de su viaje, siempre acompañada por los ecos de los ecos de aquellas lejanas voces que ella había escuchado con sus ojos en la infancia. Lucía no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto le ha crecido adentro que ahora es otro. Ahora es suyo. Hablando de los clásicos para niños y jóvenes, Yenvie Pate dice que un clásico es un libro que a nivel del niño, de su experiencia, de su comprensión, trata de manera eficaz los acontecimientos importantes de la existencia humana, el nacimiento, la muerte, la amistad, el odio, la fidelidad, la tristeza, la injusticia, la duda, la certeza. Ella dice también que los clásicos se convierten en libros imprescindibles y que otra constante trascienden al tiempo y a la moda. Para mí, los clásicos infantiles y juveniles son, por una parte, aquellos que leímos en la infancia y que los niños de hoy solo reconocen por sus versiones cinematográficas que por lo general solo dejan un bagazo sentimental y romántico, Anderson, Dickens, Defoe, Kipling, Perrault, Green, Twain, Carroll, Swift, Quiroga, Colody, Barry, Stevenson, Salinger, Poe, pero también los que a pesar de la negación que de ellos hace la industria editorial que considera prescrito todo lo que se haya publicado ayer, no han podido ser desterrados por la reverencia incondicional de las novedades. Son figuras como Christine Neslinger, María Gripe, Katherine Patterson, Arnold Loeb, Leo León y Grigia Boyunga, entre muchos otros. Voy a mencionar apenas algunos de los clásicos que se leen dentro de los clubes y ante la posibilidad de hacer un análisis más detallado de cada uno de ellos, recomiendo acudir a algunos ensayos en donde se tratan de manera muy incitadora. Ensayos que, al igual que otros textos sobre la lectura, son también leídos dentro de los clubes y son materia de discusión. Aunque de todas maneras no sobra aclararlo, estos textos no reemplazan la lectura de las obras, por el contrario la estimulan. mencionaré tres de la primera categoría, es decir, de los anteriores al siglo XX, y tres clásicos de los que yo llamaría contemporáneos. En primer lugar, Pinocho. Este es un ejemplo de cómo una obra puede ser estereotipada y maltratada, con adaptaciones simplificadoras e interpretaciones ligeras. Claro que en este año tenemos un ejemplo mejor que el Pijote. Para una comprensión de la importancia de esta obra, remito al texto de Marina Colasanti, Alicia Pinocho y Cicero Pan, la lectura que siempre se renueva, y la de Italo Calvino, Pinocho o las andanzas de un pícaro de madera, escrito cuando el clásico cumplió 100 años. En segundo lugar, menciono a Alicia. Ya escuchamos a Gabriel Hanner en su excelente exposición sobre Alicia, pero además yo recomendaría los ensayos de Graciela Montes que aparecen en el Corral de la Infancia, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Dicho sea de paso, que Graciela Montes tiene, a mi modo de ver, una de las obras que pueden incluirse en la categoría de clásicos para todas las edades, Casi Perro del Hambre. Por último, La Isla del Tesoro. Fernando Sabater, lector y reelector de clásicos, afirma que esta obra reúne con perfección más singular lo iniciático, lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro, con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera que siempre es la aventura más perfecta, la absoluta. y recomiendo la lectura de Infancia Recuperada, en donde habla no solo de este, sino de otros clásicos infantiles y juveniles. De los clásicos contemporáneos, he elegido con mucha dificultad lo siguiente. Realmente, estos libros que he elegido son tal vez los que más se leen en los clubes, y esta es la razón por la cual los he elegido. Los hijos del vidriero. No es fácil elegir una obra de María Grito. Mi admiración por esta autora sueca es vieja y prácticamente incondicional. Es asombrosa su contemporaneidad con niños y jóvenes más allá de cualquier geografía, de ahí la razón de su universalidad y actualidad. Los hijos del vidriero es tal vez una de sus obras más inquietantes y en donde plantea la complejidad de la naturaleza humana y su relación con el bien y el mal. Para una mejor aproximación, remito al análisis, bueno, primero a la obra y luego al análisis realizado por un equipo coordinado por Teresa Colomer y publicado bajo el título Siete llaves para comprender las historias infantiles. La colina de Watership de Richard Adams, que a pesar de haber sido un bestseller en 1972 con más de un millón de ejemplares, es ahora prácticamente desconocido. Se trata de una fábula política, según palabras de Alison Lurie, quien habla de este y otros clásicos infantiles y juveniles en el libro No se lo cuentes a los mayores, publicado en su versión en español por la Fundación Germán Sánchez Rupert. Para los más pequeños, lo que no excluye las otras edades, el hijo Arnold Lover, que sirve de ejemplo a Gareth Matthews en su libro El niño y la filosofía, para afirmar que son los autores de libros para niños y jóvenes, tal vez los únicos en reconocer la capacidad del niño para plantearse preguntas filosóficas. Critica a Piaget y a Betelheim por no haber mencionado esta condición del niño. Todas las obras de Lovel podrían mirarse con esta lente, pero citaré solo la que sirve de ejemplo a Matthew, Sapo y Cepo en el cuento Galletas, en donde, mediante un diálogo muy inteligente, muy infantil, entre sapo y cepo, se plantea el problema de la voluntad, de la fuerza de voluntad, nociones filosóficamente molestas y desconcertantes. Fuerza de voluntad es tratar de hacer, es tratar de no hacer algo que realmente queremos hacer, dice cepo, es decir, la fuerza de voluntad es una paradoja. Esta enumeración deja por fuera bastantes obras de gran valor que valdría la pena recuperar, pues están tristemente asediadas por la sociedad actual que se rige por las dinámicas de la moda, que según Gilles Lipovetsky se apoderó de esferas en las que antes no regía y por el culto a la novedad, hecho que las tiene en vías de extinción. Colecciones enteras han desaparecido de fondos prestigiosos en aras a la novedad, lo cual ha dejado por fuera de circulación autores que ya podrían llevar el calificativo de clásicos, también porque ellos exigen de sus lectores tiempo y atención. Según Calvino, la capacidad de sobrevivir indemne a los cambios del gusto, de las modas, del lenguaje, de las costumbres, sin conocer nunca periodos de eclipse o de olvido, y en un campo tan sujeto al desgaste de las estaciones como es el de las lecturas infantiles, es la razón por la cual Pinocho se considera un clásico. Para ampliar este pequeño panorama de clásicos infantiles y juveniles que presento aquí, recomiendo la lectura del libro de Ana María Machado, recientemente publicado en español en la colección Catalejo de Editorial Norma, en donde presenta un horizonte más amplio de clásicos de todas las épocas y de todas las geografías. El libro se llama Clásicos, niños y jóvenes. Este libro tuvo un premio Cecilia Mereiles en Brasil. La segunda pregunta es, ¿por qué leer los clásicos? La pregunta, ¿por qué leer? no puede ser respondida sin su complemento directo. ¿A quién o a qué? Dice Harold Bloom, leemos a Chester, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens y a todos sus pares porque amplían la vida y más. Leemos en profundidad por razones variadas, la mayoría de ellas familiares, porque no podemos conocer a fondo a suficientes personas, porque necesitamos conocernos mejor, porque requerimos conocimientos no solo de nosotros mismos o de otros, sino de cómo son las cosas. Ayudar a establecer orden en el desorden es tarea de la literatura en general, así como efectuar una redistribución de las cosas que se presentan en la realidad de manera caótica y arbitraria, a poner distancia entre lo que llamamos realidad y nuestra mirada sobre la misma, distancia que como el efecto brechtiano de extrañamiento nos permite una mirada crítica. Pero es tarea especial de los clásicos, cualquiera que ellos sean, la de poner orden y mantener distancia en la medida en que ellos ya han trascendido en el tiempo. Calvino también afirma que las lecturas de juventud pueden ser formativas en el sentido en que dan forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza, cosas todas ellas que siguen actuando aunque el libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. La capacidad de proporcionar modelos, espejos, conformar imaginarios que permitan ayudar a construir la identidad se le puede atribuir a la literatura en general, pero en especial a los clásicos. Sobre estos aspectos habla Michel Petit en su libro Nuevos Acercamientos a los Jóvenes y a la Lectura. La lectura y la biblioteca, dice Michel Petit, pueden contribuir a recomposiciones de la identidad, sin entender en este caso la identidad como algo fijo, detenido en la imagen, sino por el contrario, como un proceso abierto, inconcluso, como una conjunción de múltiples rasgos en incesante devenir. Una de las bondades, a mi modo de ver, fundamental de los clásicos es la posibilidad que nos ofrecen de recuperar la memoria y el recuerdo. No es que se pretenda regresar a la memorización de libros enteros. La época no es propia para esta práctica, pero sí que mediante la lectura y la relectura a la que sobre todo los clásicos invita, se pueda preservar una condición del ser humano que también está en días de desaparecer, la memoria. En general, dice Steiner, George Steiner, en su libro Lecciones de Maestros, lo que sabemos de memoria madurará y se desarrollará con nosotros. El texto memorizado se interrelaciona con nuestra existencia temporal, modificando nuestras experiencias y siendo dialécticamente modificado por ellas. Cuanto más fuertes sean los músculos de la memoria, mejor protegido está el ser integral. Por todas estas razones, la eliminación de la memoria, dice Steiner, en la escolarización es una desastrosa estesidez. La conciencia está tirando por la borda su lastre vital. En la película American Beauty, Rick Fitz, un adolescente poco convencional, manifiesta su necesidad de captar con su cámara la belleza para, como él mismo afirma, disponer en el futuro de recuerdos felices. Acumular belleza para afrontar el mundo parece ser una búsqueda constante entre los adolescentes. El problema es que no saben dónde buscarla y la belleza que la sociedad les ofrece solo los conduce a la depresión y en el mejor de los casos a la pérdida de todo interés. El arte, la literatura y dentro de ésta los clásicos son fuente de belleza. Ya sobre esto nos habló de una manera magnífica Catherine Patterson. Los clásicos son subversivos. Gabriel Hanner dice, la transgresión es la materia que sustenta a los clásicos. Por lo general, los libros que se consagran con el tiempo son los que en su época se apartaron de la norma y no gozaron de la aprobación de sus contemporáneos. Muchos de ellos fueron censurados. Se cuenta que ante la prohibición que bibliotecas norteamericanas hicieron a su Tom Sawyer, Mark Twain respondió con su mejor arma, el humor, diciendo que a Tom no le convenían esas malas compañías en las que se encontraba en los estantes de las bibliotecas. El Quijote fue subversivo en su época cuando planteaba un cambio de perspectiva sobre la locura y la razón, y subversivo hoy cuando reivindica la derrota frente al desacralizado éxito. hemos constatado en las prácticas de los clubes que esta condición es especialmente atractiva para los jóvenes para quienes la lectura es en muchos casos una manera de diferenciarse de los adultos es una forma de rebeldía sus prácticas de lectura son de acuerdo con nuestras apreciaciones en sí mismas subversivas no son reverenciales ni pretenden sacralizar textos, aún en el caso de textos ya sacralizados por la tradición. Que se efectúe una lectura que supere los marcos de lo convencional es importante, si consideramos válidas las reflexiones de Eduard Said acerca de la necesidad de ir más allá en la crítica literaria y devolverle el carácter insurreccional que tuvo esta disciplina en los años 60. Concretamente, Saeed dice, en términos generales decimos a nuestros alumnos y a nuestros partidarios que defendemos los clásicos, las virtudes de la educación liberal y los valiosos placeres de la literatura, en cuanto también guardemos silencio, quizá por incompetencia, dice Zahid, acerca del mundo histórico y social en el que tienen lugar todas estas cosas. Se habla con insistencia de la necesidad de contar con relatos que nos hagan sentir parte de un pueblo, de una lengua, de una cultura. El sentido de arraigo, la necesidad de raíces, son condiciones que se pierden con la llamada posmodernidad electrónica, lo cual afecta especialmente a los adolescentes y a los jóvenes. Los clásicos de cada país, de cada pueblo, permiten contrarrestar esta influencia y ofrecen la posibilidad de echar raíces. Pero no es menos cierto que también se precisa un cierto tipo de desarraigo, diferente al que ofrece esta posmodernidad electrónica. Un desarraigo que permita apreciar diferentes puntos de vista, confrontar diferentes miradas, acceder a diferentes posibilidades de significación del mundo. A todos los clásicos se les podría aplicar lo que el pensador colombiano Stanislado Zuleta afirma para el Quijote, en uno de los estudios más profundos que conozco sobre esta obra. Para él, todo el Quijote es una confrontación de textos, de versiones de la realidad, que conspira con la autoridad de una versión única, de una verdad dogmática, y que facilita desarrollar un sentido de posibilidad que permite concebir lo real a partir de una interpretación nueva con relación a lo que le han impuesto, e imaginar por lo tanto una nueva renovación más profunda de la realidad. Creo que el anterior es un punto crucial en la obligada reflexión por parte de la sociedad, pero también por parte de la escuela. Para esta reflexión me parecen de gran utilidad los aportes de Jorge La Rosa, quien afirma que la apuesta de los aparatos de producción y transmisión de conocimiento, es decir, los aparatos pedagógicos, ha sido, hablo comillas, por la homogeneidad y la estabilidad y las nociones de universalidad, de consenso, de verdad, que han sido los instrumentos de esa homogenización y estabilización del sentido. Los aparatos pedagógicos han estado casi siempre comprometidos con el control del sentido, es decir, con la construcción y la vigilancia de los límites entre lo decible y lo indecible, entre la razón y el delirio, entre la realidad y la apariencia, entre la verdad y el error, dice la Rosa. Por lo anterior, no basta con reflexionar acerca de qué se lee, sino tal vez más importante que esto sobre cómo se lee. Mejor dicho, es necesario que a toda costa en programas como los clubes de lectores sea posible la búsqueda plural de sentido. o dicho de otra manera, ningún programa que pretenda promover la lectura debe meterse con las plumas del ogro, como lo dijo Graciela Montes en una conferencia hace un año en este mismo recinto. He mencionado solo algunas de las razones que tenemos para leer hoy los clásicos. Hay otras, por ejemplo, en los clubes se leen los clásicos como garantía de calidad. Cuando un grupo se reúne por primera vez, lo primero que debe hacer es elegir los textos que se leerán, lo cual genera una gran inseguridad, que es superada fácilmente con libros prácticamente incuestionables. Es un buen comienzo, firme y sólido. Con los clásicos se va a la fija, dice un integrante de los clubes. Esto tiene la ventaja de suministrar las bases para construir criterios para elecciones futuras. Para terminar, quiero volver a las condiciones universales que tienen los clásicos, a las que he aludido con anterioridad. Los clásicos, sin pretender serlo, son universales. Si 100 años de soledad, uno de nuestros clásicos, permite a los colombianos un sentido de pertenencia y nos otorga una identidad. si Antígona permite a un extranjero comprender mejor la tragedia colombiana y a los colombianos sentirnos partícipes de una cultura occidental si unas niñas de un barrio pobre de Medellín pueden sentir las mismas emociones que niños daneses si el traje nuevo del emperador parece escrito para desenmascarar las hipocresías de hoy si podemos compartir un pasado común que pertenece a toda la humanidad y si todavía podemos tener esperanzas en un futuro común también para toda la humanidad, es porque existe una literatura y un arte que pertenece a todos y a la que todos pertenecemos y que no podemos negar a nuestros niños. Ese es el sentido verdaderamente humano de universalidad que se opone al de globalización y homogenización que quieren imponer el mercado y los medios masivos. Until then. .
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
16/11/2005
FECHA_PUBLICACION
17/11/2005
OBSERVACIONES
Agradecemos el apoyo de Canal 22 y la Dirección General de Televisión Educativa para la realización de este programa
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Difusión
TEMPORADA
25
CONDUCTOR
María Elvira Charria, escritora y promotora de la lectura
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
ENLACES_RELACIONADOS
REALIZACION
Moisés Maximino Buenrostro Luna
PRODUCCION
Illa Geisel Serna Munguía

