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MW-03518
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FILIJ 25
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Mirada sobre la vigencia de obras que, más que objetos de prestigio, funcionan como marcos culturales y estéticos para dialogar con la experiencia, construir sentido y ampliar la interpretación del mundo. Su potencia radica en conectar tiempos y generaciones, ofreciendo modelos narrativos, éticos y simbólicos que iluminan conflictos contemporáneos y fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico.
La consigna es leer con—y no desde—los clásicos: en prácticas vivas, con mediación sensible, acervos disponibles y espacios de intercambio. Así, cada lector resignifica los textos desde sus circunstancias, evitando su uso normativo.
Se invita, además, a concebir el canon como repertorio dinámico: un territorio que se reconfigura según las prácticas de lectura y la diversidad cultural, en lugar de una lista fija. Leer con los clásicos implica también cuestionar y ampliar lo considerado valioso transmitir.
En suma, la lectura de los clásicos se entiende como práctica social y estética que sostiene la memoria, fomenta el diálogo y enriquece la vida cultural
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Leer con los clásicos implica dialogar con obras que conectan tiempos y generaciones, fortalecen la imaginación y el pensamiento crítico, y permiten construir sentidos propios desde prácticas lectoras vivas y diversas
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Ignacio Padilla (Mexicano)
SINOPSIS_PROGRAMA
En su 25ª edición, la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), es punto de encuentro que fomenta diálogos y promueve la lectura
EXTRACTO_PROGRAMA
El escritor mexicano Ignacio Padilla reflexiona sobre los clásicos infantiles y sus autores y tendencias contemporáneas de literatura infantil
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8
N_TOTAL_PROGRAMAS
12
DURACION_TOTAL
00:28:25:22
PARTICIPANTES
Ignacio Padilla, escritor mexicano
Daniel Goldin, editor, bibliotecario y escritor
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968–2016)
Escritor y ensayista mexicano. Fue uno de los narradores más influyentes de la literatura mexicana contemporánea y miembro destacado de la Generación del Crack, movimiento con el que impulsó una renovación estética en la narrativa hispanoamericana.
Reconocido por la solidez y diversidad de su obra, escribió cuento, novela y ensayo, con títulos notables como Las antípodas y el siglo, Amphitryon y La gruta del toscano. Sus libros han sido traducidos a más de quince idiomas.
A lo largo de su carrera recibió numerosos premios literarios, entre ellos el Premio Nacional Juan Rulfo (1994), el Premio Kalpa de Ciencia Ficción (1994), el Premio Gilberto Owen (1999), el Premio Primavera de Novela (2000) y el Premio Málaga de Ensayo (2008). Estas distinciones reflejan su versatilidad y su relevancia en géneros como el cuento, la novela y el ensayo.
Padilla es recordado como una figura clave en la literatura mexicana de fin de siglo por su imaginación narrativa, su ambición formal y su aporte al diálogo literario internacional.
Daniel Goldin
Editor, bibliotecario y escritor mexicano reconocido por su labor en el fomento de la lectura y la edición de libros infantiles y juveniles. Ha dirigido proyectos editoriales de gran relevancia, creó colecciones influyentes y fue director de la Biblioteca Vasconcelos entre 2013 y 2019
TIPO_ACTIVIDAD
DISCIPLINA
PALABRAS_CLAVE
Artes visuales | Cuento | Edición de textos | Enseñanza de la lectura | Escritor | Escritora | Escritura creativa | Humor (literario) | Ilustración | Lectura | Libro para niños | Literatura | Novela | Selección de libros
TRANSCRIPCION
Gracias. Padilla, yo no sabía si tiene una vida un poco de novela, al menos una fuente, un poco de novela, porque le tocó ir a, era muy mal alumno, entonces lo expulsaron y lo mandaron a África estudiar. Y entonces, cuando iba hacia África, lo sacustraron y lo metieron en su aquilán. Habla inglés, francés, alemán, italiano, portugués y neerlandés. Y en esta ocasión va a dar la charla en neerlandés. En su aquilán. Bueno, pues es un placer Él ya les contará sobre lo que va a hablar. Qué rico que tengamos un escritor mexicano y además un escritor joven. Y tan diverso y tan complementario. Gracias. Bueno, gracias. Muchas gracias, Daniel. Gracias a todos ustedes por estar aquí. en esta fiesta deliciosa que siempre ha sido, creo, para cualquiera de nosotros, la pedía del libro infantil. Llevan varias personas que me preguntaron allá afuera qué es eso de viajes morrocotudos. Trataré de explicárselos. Les leo un poco y si quieren luego platicamos. Les voy a dar algunas ideas un tanto dispersas sobre esto de los viajes morrocotudos. que sobre todo son un pretexto para reflexionar un poco sobre los clásicos infantiles. Bueno, todo indica que los escritores antes se divertían muchísimo, por lo menos mucho más que los escritores de ahora, y muestra de ello es el siguiente testimonio de Juan Pérez Zúñiga. Como el faso central de la padurga, la pino la plateca, así el chungo del gran perrón toreca, con garcha cu esquina zapreturga, diquelón el sinfursio tamerunga, con carrucios de arroz en la tereca, y el impomia sin plaques y comerleca, chamancoplan, de gris y trampalurga. Clarísimo, no es fácil ni meerlandés. viajes morrocotudos. Es un libro del que ahora no habla nadie o casi nadie. Una novela o una serie de novelas cuya inclusión en este espacio dedicado a los clásicos de la etapa infantil naturalmente descontentará a alguno o probablemente a todos. Y la pregunta es qué demonios pinta este Juan Pérez entre nombres como los de Colodín, Sant'Escutri y Ocagó. ¿Cómo osa Juan Pérez insinuarse siquiera en la nómina perpetua de los clásicos infantiles? ¿Quién lleva flores a su tumba? ¿Cuántos volúmenes o cuántas ediciones de sus viajes morroquativos se publican cada año en cuántos idiomas? Ante el silencio de las especias, los bien intencionados pensarán que pretendo aquí hacer una revelación, desencerrar un gigante o al menos un escritor excéntrico que en mi humilde opinión tendría que formar parte del repertorio de los grandes autores de la literatura infantil. Los malintencionados, por supuesto, pensarán que es una mala broma de gusto más bien dudoso. Lamento decepcionarlos, no es esa mi intención, no voy a hacer una apología o no del todo. Me mueve más bien el asombro, una serie de preguntas, el desconcierto, preguntas que, vuelvo a decirles, surgen de mi experiencia con este libro desconocido y olvidado, como lo son ahora, seguramente miles o quizás millones de libros que en su niñez alegraron, que alegraron la niñez de nuestros abuelos o de nuestros padres, o nuestra niñez, o incluso que en este momento están alegrando la infancia de nuestros hijos y que pasarán seguramente al olvido muy pronto. Si algo puede decir usted de los vanguardistas, de los movimientos de vanguardia de la primera mitad del siglo, es que nos negaron más lecciones que obras memorables. Soportación a la literatura universal tiene más que ver con las formas que con la sustancia. la vanguardia no prevalece en la historia por los grandes títulos que nos legó sino porque nos enseñó que el arte es ante todo un acto ante las cosas y los hombres eso nos dice el modernismo, el dadaísmo, el matrimonismo, el surrealismo lo que impulsó a los vanguardistas en mi opinión fue su espíritu de búsqueda su actitud irreverente ante el lenguaje y ante la realidad. La de los vanguardistas fue una aventura que, francamente, envidiamos muchos de los escritores hoy en día. Una oricea, un viaje cargado de humor que tanto faltaba en estos días. Una aventura rebotante de ganas por explorarlo todo. Y también de destruir las cosas para construir luego con las comillas los temas que nos inquietan desde que el mundo es mundo, es decir, el amor, el viaje. en una palabra la vanguardia fue una sabia recuperación del niño que en opinión de muy precisión de un lugar común debe haber debe haber siempre en todo artista por solemne que quiera hacer si los vanguardistas no habrían existido un picazo ni un polo con los elementos infantiles que necesariamente que tuvieron que solicitar, de los que tuvieron que salir para existir. Y de no haber sido por los vanguardistas, por la vanguardia de los años 20, no habríamos tenido nuestro eterno niño humano, no habría tenido escritores tan importantes como el Dax Reveal, cuando el Tupin o el Tupin, porque si no se sabe, no hay un importante escritor surrealista. En nuestra lengua hubo también vanguardistas, y entre ellos están José Ramón Gómez de la Fernanda, Javier Polinzela y ese señor Juan Pérez Fung. La literatura española, la literatura española, llevaba demasiado tiempo tomándose de literatura en fe. Gracias a los vanguardistas, la lengua de Cervantes, el señor Muncho, se corredió de un mismo del idioma. Quizá por estos 400 o, bueno, por los 300, para entonces que en el 300 años de su marzo de la peor en serio que tenía la lengua española, quizás es una de las razones por las cuales no hay tantos libros importantes para mí, porque habíamos olvidado la lección de que antes fuera de la lengua. desacralización que hacen los vanguardistas españoles fue tardía pero necesaria. Imprescindible para que los libros y los escritos en la luna del piso que quisiéramos otra vez escribir, no para niños sino literatura que pudiera ser leído y disfrutada por lectores de todas las ciudades. Solo así, mediante el ejercicio de humor y la irreverencia mediante el lenguaje y mediante el propio canon literario puede una literatura cualquiera entrar en la madre de mí. Hablo ahora más específicamente de estos libros radítimos, de Viajes Morrocotivos. Las primeras dos secciones o entregas, es decir, es un volumen que tiene dos capítulos, de Viajes Morrocotivos tenían un prólogo escrito en chino y fueron publicadas en 1912 con ilustraciones de un caricaturista muy importante llamado Shaul Sandok, Fue el maestro de caricaturas, con un gozo que a su vez ha sido maestro de los grandes caricaturas y carteles de la América Latina que se encuentran entre los mejores del mundo. Mientras Hassek, Jaroslav Hassek, que entretenía al público checo y a los niños checos con las aventuras del soldado rey, Juan Pérez Úñiga agotaba en unos cuantos meses cinco ediciones. vendía miles de volúmenes que inmediatamente fueron acompañados por una nueva entrega que comprendía las cuestiones tercera y cuarta de su obra. En su vida, Juan Pérez Úniga escribió y publicó con éxito a Tronador por lo menos 40 novelas. Dos obras de teatro y varias compilaciones de sus artículos en la época del Gran Madre y Fómico, que incluye también autores como Álvaro de la Iglesia. Su fama alcanzó tanto como para ganarle un par de líneas en alguna enciclopedia y granjarle que una oscura calle en Madrid lleve su nombre. En una palabra, su éxito y su producción no fueron muy distintos de los que 50 años antes acompañaron en vida a Julio Berni, cuyos libros, sin embargo, se siguen publicando a granel en todos los idiomas de la tierra, donde no faltan monumentos en su honor, así como avenidas universidades que cuentan perdidamente su nombre, Julio Verne. ¿Qué pasó con Juan Pérez Úndiga? ¿Qué pasó con Julio Verne? Claro, la primera idea que nos da a la mente es que el Cienzo ha hecho su trabajo y ha subyacido en clásico a Julio Verne, ya relegado por ser un genio literario, ya relegado a Juan Pérez Zúñiga, que probablemente era un autor mediocre, como muchos autores que últimamente vendieron muchísimos libros para casi inmediatamente después de su muerte ser olvidado. Significa que el autor de Cintos de Manas del Globo era un genio, y que Juan Pérez Zúñiga era un genio mediocre. creo, y esto es una opinión y una experiencia muy tradicional pero es que basta mirar hoy a principios del siglo XXI las obras de Julio Berni o entregárselas a un niño o a un lector para entender que la subsistencia en la historia y en todo el clásico de Julio Berni no tiene nada que ver con la calidad de vida así bien tiene una imaginación desaporada enorme capacidad de anticipar las maravillas de la ciencia. Así gobernear un pésimo profismo. Era un pésimo, muy endeble constructor de andamios narrativos. Construía personajes muy acartonados y sus tramas eran reiterativas. Muchos de sus libros incluso fueron escritos por su hijo. Sin embargo, esos libros se imprimen por todas partes. Y es rara la biblioteca que no contenga por lo menos una de sus obras. pero se lee de veras y se disfruta hoy a Julio Berni se le conversa y disfruta en el siglo XXI ahora que su capacidad para anticipar los prodigios de la tecnología ha dejado de sorprender preferiría un niño las obras de Berni a las de J.K. Rowling o a las de Juan Pérez Fungu probablemente más entretenidas, juguetonas, literariamente más valiosas y refinadas de Julio Verne, que definitivamente no era floguera. Como el Quijote con los libros de caballerías, los viajes morrocotudos de Juan Tresúñigas, son lo mismo un homenaje y una invectiva contra los libros de Julio Verne. En esta obra, el autor, o un alter ego del autor y el caricaturista, o sea, hablando, convertidos en caricaturas de Tinias Pog y de Passepartout, que a su vez son caricaturas quizá no intencionadas de la manera en que su gobierno veía a los ingleses, emprenden un viaje de vencial en pos de un insecto rarísimo llamado el Trichinus melancólico. La búsqueda de estos dos billetes deriva en una auténtica vuelta al mundo, que comienza en Madrid y termina en Madrid de la misma manera en que la novela de Bernal terminó en Londres. Aquí pasamos por Marruecos, por Egipto, por China, Rusia, Euro Oriental y Europa Oriental que atestiguan esto y sea. Uno dice que sin embargo, gusta mucho de ser una colección de tampas postales, de tarjetas postales, eso que le dedicaba muchísimo a aquello vernos y que se le estaba especialmente en 5 de la semana que me ha hecho en lobo y en la vez a mil de las 30 años. En los ejes morrocutivos, cada personaje, cada lugar común de las culturas son invertidos, pervertidos, exagerados para que ahora sí el viaje a Isaca sea más deliciosamente largo. Aplicar a los políticamente muy incorrectos, los protagonistas de viajes merecocidos tienen la capacidad de violarse de sí mismos y de circunstancias anales y del mundo entero. No se deslumbra ante los palacios ni las culturas, simplemente se pierden en ellas, son sus víctimas nunca y sus fuentes. Estos personajes no corren contra el tiempo, sino en vista del tesoro en el corazón del laberinto, un tesoro que resulta de un insignificante insecto que se encontraba. Cuando mis abuelos eran niños, los viajes morroposturos eran una parte esencial de la biblioteca de cualquier padre interesado en las novelas de aventura. En México, Juan Pérez Únida se rodeaba en los estantes contra el Gary y con Duma. alternaba con los cuentos azules de talleres y con colecciones de cuentos de hadas rusos donde desde luego siempre había tres hermanos que se llamaban y releablemente a Alexis, Pedro y Nicolás. En una palabra, los libros de Zúñiga eran clásicos. No porque hubiesen sobrevivido a los siglos ni porque tuviesen un destino que nos permitiese o un tono que nos permitiese anticipar que iban a sobrevivir el paso de los años. No porque la crítica o los expertos los que dicen canonizados, no porque los padres de familia los considerarán escritores para los hijos, simplemente porque eran leídos. Lo mismo por niños que por adultos. Los viajes morocosudos formaban parte de la nómina de libros mágicos que inevitablemente marcan a las generaciones. Y sin embargo estos viajes han desaparecido, estos libros han desaparecido. O parecería que han desaparecido. yo siento que pasaron en reino secreto, donde ciertos libros sobreviven como códigos familiares, códigos interseccionales, accesibilidades, bastante totalmente, que sin embargo siguen ahí, y lo mencionan. En hecho de que ya no hablemos de ellos, quiero decir que no es en clásico. Después de todo, este libro fue importante para miles de lectores de nuestra época. En su oportunidad, el hoy desconocido Juan Teresénida tuvo ese acrédito que me pidió hacia la presencia social. su capacidad de ser un objetivo en su ciudadano, un proceso metido para la conversación, entre hombres, cualquiera que sea la ciudad, siempre tiene la gente, entre los hombres y los hijos. Hasta aquí, hablo de los diarios que me permiten, el libro de la matriz, al que sin embargo no quiere negarle el derecho de ser un clásico. Digamos que es un caso técnico. Ahora entro en lo que es la reflexión o mis dudas sobre los clásicos infantiles. Pocas cosas conozco tan autoritas como el concepto de clásico literario. Las propuestas, asunciones y controversias que al respecto he leído y presenciado son tan numerosas como inutilizadas. Que yo sepa, nadie hasta ahora ha acuñado una definición imbatible de lo que es un clásico, menos aún del opuso mecanismo histórico, estético, un inciso propagandístico que permite que un libro y no otro, es decir, que permite que verme y no ser es un líder o un autor, sean juzgados de clásicos. Cierto, existen ya definiciones clásicas de lo que es un clásico. Pero las definiciones atípicas o recientes resultan, en mi opinión, no son ni más ni menos cuestionables que las más conocidas. Se diría que lo único clásico en ese sentido es que nadie sepa lo que es un clásico. Pero hay, por decir que parece que sea de creer, hay conceptos aún más difíciles de entender que el concepto de clásico. Uno de ellos es lo que entendemos o queremos entender por literatura infantil. afincados en una cultura que durante siglos consiguió al niño como un adulto incompleto. Hemos renegado de la infancia y de lo infantil como rostros presentes, es decir, no queremos reconocer la infancia como algo que está presente en nosotros, algo que es esencial y irrevocable en nuestra madurez. Confundidos en la marejada del infantilismo del siglo XXI, que no excluye el victimismo, la corrección política o la pedagogía sobreprotectora de la doble moral. Prescindimos de la infancia como núcleo perpetuo de nuestra comprensión necesariamente mágica del niño. Creemos que sólo fuimos niños en el cajado. Creemos que dejamos de ser niños un día cualquiera, y que sólo podremos acercarnos a esos locos básicos que nos llaman cerrados, gracias a un malabarismo conjunto de la memoria, la nostalgia y la paciencia. Decidimos entonces que ciertos libros pueden y deben ser dirigidos a los niños que no somos ya. Los escribimos como quien envía una carta sin remitente a un país extraño, o peor aún, como quien arroja sin demasiada convicción una botella al mar. De esta suerte renunciamos al privilegio de la literatura cínera, y el libro teledirigido fracasa como lo que debería ser. Una conversación, otra vez, una conversación entre lectores, no importa de qué edad, un puente entre todas las edades del hombre, y a fin de cuentas son una sola edad, la edad de su memoria acumulada, la edad total, con miedos, temas, obsesiones y fantasías que se repiten desde que existimos, y que solo varían cuando varía el lenguaje en que los formen, pero si no me gusta. En fin, cualquiera que sean los motivos para la ambigüedad que encierran términos como clásico o literatura infantil, el hecho es que si lo presentamos se convierte en una auténtica bomba, donde la confusión se incrementa de manera exponencial. Escritores, pedagogos, padres de familia y especialmente los lectores que apenas transitan entre lo escuchado y lo leído, naufragamos una y otra vez en las redes de este pandemonio. Mi infancia, por ejemplo, son recuerdos de una prolija colección de relatos, no sé si ustedes la indicarán, no quiero decir la editar, agrupados precisamente bajo el título de clásicos infantiles. Su nómina rayaba en las 300 obras, entre las que era posible encontrar absolutamente de todos. Estaban desde luego Robert E. Spire y Daniel DeFont, pero no eran los autores que predominaban. Había, en cambio, más de 20 novelas de un tal Carl May, que entonces y ahora me parecen tan aburridas como mal escritas, folclóricas narraciones de una épica vaquera que sólo habría estimulado en un estadounidense en el mejor de los casos. El repertorio de los clásicos infantiles se extendía gracias a su presupuesto en contarles novelas de Julio Verne, tan sosas y tan poco conocidas que todavía me agobia la impresión de que eran, si no apócrifas, ya descubrí que estuvieron. sí al menos extraídas de un oscuro sótano de Nantes, donde el propio Berni tendría que haberlas relegado al olvido por un simple sentido del privado. Pero lo más inquietante de esta colección de clásicos infantiles era la presencia en ella de novelas que nunca he vuelto a ver incluidas en el catálogo de la literatura infantil, tales como la muy violenta novela Taras Bulba, de Gogol, o una biografía de Juana de Arco, escrita por un tal Aldo Brunetti, Por supuesto, crema, nata y espuma de la editatoria infantil en un planeta que desde luego no venía. Así, mientras mi pequeño yo, lector, pugnaba por abrirse paso a empeñones en este inconsistente universo literario de los clásicos infantiles, los adultos bien pensantes de mi entorno alimentaban mi desconcierto proponiéndome títulos algo más modernos, que ellos, sin embargo, consideraban también clásicos infantiles. Fue así que enfrenté el esclavético viaje de una niña llamada Alicia a un país que para mí fue siempre el país de las que la vida. O al delirante paseo del andrógino Peter Pan a un lugar llamado Neverland que se erigía ante mí como un improbable bula vez de tópicos no menos desquiciantes o desquiciados del Gapel Cheshire. Y fue así también que leí y no entendí una palabra del principio, menos aún las aventuras de Gilibert más allá de las que experimenté en mi litio. Como era de esperarse mi neptitud para apreciar los libros que oficialmente habían sido escritos para mí, o para que niños como yo los entendiesen y aplaudiesen, me convenció de que algo andaba redomadamente mal conmigo. Corrirme con la cabaña del tío Tom y emocionarme leyendo un libro que no leía a nadie, que se llamaba Viajes Motocortivos, solo podía significar dos cosas. O bien yo era un subnormal, o había caído por accidente en un planeta donde los restantes niños lectores compartían un secreto que me había sido vedado gracias a una falta inconstitucional o al menos inocutable de mis padres. Nunca, sin embargo, ponderé en mi descargo la posibilidad de que no existiera tal cosa como clásica infantil. O que el irregular canon de libros para niños estaba en realidad recido por deseos, atarismos, gustos y mortificaciones de los adultos, quienes conscientes o inconscientemente se negaban a reconocer que ciertos libros, que los libros que ellos habían leído, o los libros del canon podían ser menos estimulantes que una película o una novela del momento o de una obra de escenso. No es que mi espíritu infantil rechazara los términos de la fantasía, la aventura o el viaje. Era simplemente que las formas en que éstos habían sido encarnados habían cambiado de la misma manera en que el mundo había cambiado. En una palabra, el supuesto canon de la desedición infantil estaría elaborado con obras y no con genios. transforma, no con el ciencias. Vuelvo a decir que cada generación y cada cultura tienen sus libros paradigmáticos. Libros mágicos, libros que han sido conversados, libros que han sacudido los cimientos de su manera, de nuestra manera de ver la vida, las cosas y el mundo. Algunos de esos libros han tenido especial fortuna entre los niños, algunos han sobrevivido al tiempo y otros no. Han tenido fortuna, pero no necesariamente lo han hecho porque habían sido escritos para niños, sino porque hallaron eco entre los niños de un lugar, de un tiempo determinado. Esos niños, como cualquier adulto, tenían y tienen un lenguaje, una historia, un lugar en el tiempo y en la cultura que les tocó vivir. Como el interno, este es un gran reto, el interno, el padre de Mafalda. Conservamos esos libros en nuestra memoria y pensamos que los niños, que para los niños de ahora, yo sé que para Mafalda, Felicito y demás, Las aventuras de Sandokan pueden ser más estimulantes que el de Amores Felitarios. O que Julio Verne puede ser más identificador o más mágico que la guerra de las galaxias. El libro es, ante todo, vuelvo a decir, un objeto de identificación. Y en cuanto tal, difiere de acuerdo con el temperamento de los seres a los que identifican. Nuestros abuelos soñaron con un capitán de 15 años, o con los piratas del caído. Nuestros padres lloraron y rieron que los cuentos afilios fallaron. Mi generación llegará vieja luchando contra la nada al lado del mortal atrevio. Mis hijos deslocarán calendarios condimentando sus conversaciones con las aventuras de tarde y fecha. Es un hecho, sin embargo, que cada generación se sentirá irremediablemente alojada de los libros mágicos de sus mayores. Y solo de vez en cuando, el libro mágico se convertirá en una razón para el diálogo entre generaciones. sin que esto no querrá decir que un libro olvidado o un libro que permite el diálogo entre generaciones o el que no lo permite sean mejores o teores. Vuelvo por un instante a los días de los morocotudos y a las horas que pasé disfrutando el día de estos dos pilletes en vista del principio me veo así y pienso que no es el tiempo el de la ciencia padre, todos sus compañeros, todos sus abuelos, aunque no lo leyeran alguien más, está aquí alguien más, sin lazarse con libros completamente clásicos que no entiendo. El clásico vuelvo a decir que la persona es en la ocasión. Y la conversación cambia, se me cambian los todos, se me cambia. Esa es la canción. Un saludo.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
17/11/2005
FECHA_PUBLICACION
18/11/2005
OBSERVACIONES
Agradecemos el apoyo de Canal 22 y la Dirección General de Televisión Educativa para la realización de este programa
CODIGO_BARRAS_LTO
BWF480
BARRA
Difusión
TEMPORADA
25
CONDUCTOR
Daniel Goldin, escritor
TEMA_CONTENIDO
Promoción de la lectura y la literatura
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
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REALIZACION
Moisés Maximino Buenrostro Luna
PRODUCCION
Illa Geisel Serna Munguía

