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M-07194
TITULO_SERIE
SINOPSIS_SERIE
Las transformaciones, los desafíos y las prácticas del periodismo cultural contemporáneo en sus diversos formatos (impreso, televisión y digital), incluyendo la investigación periodística a fondo, la crónica como género narrativo híbrido, la relación entre cultura y tecnología, la independencia editorial en medios públicos, y el papel del periodismo cultural como intérprete de la realidad social y política, incluyendo fenómenos de violencia y memoria histórica
EXTRACTO_SERIE
Presenciamos la convergencia entre música independiente y radio como motores de creación cultural, diversidad sonora y reflexión colectiva, destacando el papel de los medios en la difusión artística y la construcción de comunidad
SINOPSIS_PROGRAMA
Reflexión sobre la crónica como género híbrido —"ornitorrinco de la prosa"— que integra recursos de la novela, el reportaje, el ensayo y la autobiografía para narrar hechos reales con verosimilitud literaria. Se analiza el impacto de las nuevas tecnologías, las redes sociales y la saturación informativa en la percepción de la realidad y en el ejercicio del periodismo. Se aborda la violencia en México y la dificultad de investigar y narrar el crimen organizado. Se discute la función del periodismo cultural como custodio crítico de la tradición, generador de conectivas insospechadas entre fenómenos diversos y espacio para la imaginación moral en la arena pública. Se reflexiona sobre la independencia, el público y el futuro del periodismo impreso frente al entorno digital
EXTRACTO_PROGRAMA
La crónica como ornitorrinco de la prosa: género híbrido que narra lo real con recursos literarios. Impacto de tecnologías y saturación informativa. Periodismo cultural como custodio crítico de la tradición y generador de conectivas para entender la realidad
N_PROGRAMA
5
N_TOTAL_PROGRAMAS
5
DURACION_TOTAL
02:05:21:04
PARTICIPANTES
Juan Villoro (México), Escritor, Periodista y Maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano
Comentarista: Jesús Silva-Herzog Márquez (México) Escritor, Licenciado en Derecho y Maestro
Ricardo Cayuela (México), jefe de Redacción y Editor de la Revista "Letras Libres"
SEMBLANZA_PARTICIPANTE
Juan Villoro es un escritor, periodista y dramaturgo mexicano, considerado una de las voces más relevantes del periodismo narrativo en español. Su obra abarca la novela, el cuento, el ensayo y la crónica, géneros que ha cultivado con igual maestría. Es autor de libros fundamentales como El testigo, Arrecife y La utilidad del deseo, así como de crónicas reunidas en Los once de la tribu y El vértigo horizontal, donde retrata la Ciudad de México con agudeza y humor.
Ha sido columnista de los diarios Reforma, El Periódico de Cataluña y El Mercurio, y ha recibido numerosos premios por su obra literaria y periodística. Su libro 8.8: El miedo en el espejo narra su experiencia durante el terremoto de Chile en 2010 y ejemplifica su capacidad para transformar la vivencia personal en crónica universal.
Su personalidad combina la erudición con la ironía, y la pasión por el fútbol con la reflexión filosófica. Define la crónica como el "ornitorrinco de la prosa", un género híbrido que se nutre de otros sin perder su especificidad. Como maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, ha formado a generaciones de periodistas en la búsqueda de la historia bien contada, la curiosidad insaciable y el compromiso con la verdad.
Jesús Silva-Herzog Márquez es un escritor y académico mexicano, profesor del Departamento de Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Su obra se mueve entre el ensayo político, la filosofía del derecho y la reflexión cultural. Ha sido investigador invitado en la Universidad de Georgetown, el Woodrow Wilson Center for International Scholars y la New School for Social Research.
Entre sus publicaciones destacan El antiguo régimen y la transición en México, Andar y ver y La idiotez de lo perfecto, donde explora las paradojas de la democracia, el poder y la cultura política mexicana. Su escritura se caracteriza por la claridad conceptual, la agudeza analítica y una prosa que no sacrifica el rigor en aras de la accesibilidad.
Su personalidad se distingue por la capacidad de tender puentes entre el derecho, la política y la cultura. Defiende la función del periodismo cultural como "salón vital de la conversación pública" y como herramienta para ejercitar la imaginación moral, es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Ha participado activamente en el debate público mexicano, aportando una mirada lúcida sobre los dilemas de la democracia y la violencia.
Ricardo Cayuela es jefe de redacción y editor de Letras Libres de México, una de las publicaciones culturales más influyentes en el ámbito hispanohablante. Su trayectoria editorial incluye colaboraciones con revistas como Semana, Etiqueta Negra y Quorum, así como con los suplementos culturales mexicanos Sábado de Unomásuno, El Ángel de Reforma y Confabulario.
Ha dictado cursos y conferencias en la Casa de América de Madrid, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y varias universidades de Chile, Perú, Venezuela y México. Es coautor de El México que nos duele: crónicas de un país sin rumbo, una colección de textos que retratan la crisis social y política del país.
Heredero de una tradición de suplementos y revistas que formaron el gusto crítico en México, Cayuela ha sabido adaptar Letras Libres al entorno digital sin perder la profundidad y la calidad que la distinguen.
TIPO_ACTIVIDAD
PALABRAS_CLAVE
Editorial | Investigación | Periódico | Periodismo | Plataforma digital | Prensa | Radio | Tecnología | Televisión | Transferencia de tecnología
TRANSCRIPCION
Itinerarios del Ornitorrinco, el periodismo cultural en la arena pública. La novela, el reportaje, la entrevista, el teatro, el ensayo y la autobiografía. Géneros que pertenecen a mundos distintos, pero que aportan, cada uno a su manera, elementos que retoma la crónica. Una forma de narrar que nos permite darle sentido a cosas que parecen no tenerlo. Presenta Juan Villoro, periodista, escritor y dramaturgo. Es columnista de los diarios Reforma, el periódico de Cataluña y El Mercurio. Ha recibido numerosos premios por su obra literaria y periodística. Su libro más reciente es 8.8, El miedo en el espejo, una narración sobre su experiencia durante el terremoto de Chile el 27 de febrero de 2010. Comenta Jesús Silva Herzog Márquez. Actualmente del Departamento de Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha sido investigador invitado de la Universidad de Georgetown, del Woodrow Wilson Center for the International Scholars y de la New School for Social Research. Entre sus publicaciones destacan El Antiguo Régimen y la Transición en México, Andar y Ver y La Idiotez de lo Perfecto. Modera, Ricardo Cayuela. Actualmente es jefe de redacción y editor de Letras Libres de México. Ha colaborado con las revistas Semana, Etiqueta Negra y Quorum y las publicaciones mexicanas Sábado de 1 más 1, El Ángel de Reforma, Confabulario, entre otras. Ha dictado cursos y conferencias en la Casa de América de Madrid, la Fundación Nuevo Periodismo y varias universidades de Chile, Perú, Venezuela y México. Es coautor del México que nos duele, crónicas de un país sin rumbo. Muchas gracias por acompañarnos y valoro particularmente el desafío que significa atravesar la Ciudad de México en un viernes de lluvia. Muchas gracias por acompañarme, muchas gracias a Ricardo Cayuela por estar aquí, también a Jesús Silva Herzog Márquez. y voy a leer un texto, es un poco largo, pero bueno, el tema se presta para discutir muchas cosas. El título es Itinerarios del Ornitorrinco y tiene que ver con algo que desde hace tiempo me ha interesado, que es definir la crónica como un ornitorrinco de la prosa, es decir, como un género que se beneficia de muchos otros, así como el ornitorrinco parece un animal constituido por muchos otros animales posibles, la crónica de alguna manera recibe influjos de prácticamente todos los géneros, y lo interesante es que no es ninguno de ellos, sino que encuentra una condición propia. y trataré de situar el tema en la arena pública, es decir, en la realidad que nos rodea, en los desafíos del México contemporáneo o como diría Ricardo Cayuela, el México que nos duele. Una escena típica de nuestro tiempo. El visitante de un museo contempla la obra de arte a través de su cámara. No se limita a fotografiar, sostiene el aparato como una intermediación necesaria entre el mundo y su conciencia. Para él las cosas existen cuando se registran en una pantalla. En los últimos 10 años se han tomado más fotografías que en todas las épocas anteriores. La mayoría de ellas no se imprimen ni se revisan. El obturador se acciona sin cesar porque cada toma puede ser borrada. En esa medida no representa un gasto. Lo curioso es que la opción de suprimir fomenta el acopio. Las imágenes permanecen en la memoria digital como un archivo de lo posible. Saber que determinada foto está ahí resulta tranquilizador. Ese momento existió. El uso sostenido e indiscriminado de las cámaras tiene que ver más con la neurología que con la cultura visual. Conforma la memoria alterna de la especie. En este nuevo horizonte de la percepción, los sucesos llegan filtrados por velos electrónicos. más que hechos, contemplamos simulacros, espectros que los representan. Lo significativo es que los fantasmas se han convertido en principio de realidad. Algo ocurre si es retratado. La imagen tiene rango notarial. El impulso de ciertas parejas a filmar sus relaciones sexuales depende menos del exhibicionismo que de un cambiante sentido de la identidad. reconocemos como auténtico lo que aparece en la pantalla. El fútbol nos ha acostumbrado a que no basta ver los goles en los estadios, hay que mirar diez veces la repetición para que ingresen en nuestro sistema nervioso. Lo mismo ocurre con el porno casero, los minutos reales son menos excitantes que la administrable eternidad de la repetición en video. Una de las paradojas del orbe digital es que capturar imágenes tiene poco que ver con la contemplación, tarea que demanda lentitud. En tiempos regidos por el profano dios de la prisa, las imágenes sirven para guardarse, representan un capital simbólico y una prótesis. Tenemos buena memoria. El inventario de los estímulos visuales es inútil porque compite con el infinito. La totalidad, es decir, la mediósfera, solo se puede usar de modo fragmentario. El zapping y el photoshop crean vínculos arbitrarios, mutilan secuencias, articulan interrupciones. Pasamos del relato de lo real a un flujo inclasificable, el catálogo virtual. 57 canales y nada que ver, canta Bruce Springsteen. Aunque la letra de su canción critica la banalidad de la programación, también revela el sentido profundo de la multioferta satelital, donde lo satisfactorio es no detenerse en una cosa, sino surfear por una ola de posibilidades. El empleo simultáneo de Internet, la telefonía celular y la televisión transforma la representación en un fenómeno atmosférico, el clima del que no podemos prescindir. Si los aparatos se descomponen, nos apagamos. En este ámbito, la política se decide a partir del carisma telegénico. El candidato que llora en el momento oportuno luce más comprometido que el que se limita a ofrecer remedios para la tragedia. La autenticidad es un gesto que da rating. En cierta forma nos parecemos a los eunucos que vigilaban el harén de Estambul. Mártires de la contemplación habían sido castrados para garantizar su inactividad erótica. Además, tenían prohibido contemplar la realidad en forma directa. Inmóviles, aislados, supervisaban el sitio a través de un espejo iluminado a medias. espectadores absolutos carecían no sólo de acontecer, sino de sentido de lo inmediato. No es muy distinto el caso de los hikikomoris, autistas japoneses, cuyo único contacto con el exterior es la computadora, o para el caso de cualquier otro usuario extremo de la red. En el tercer milenio, la representación se confunde con lo real, a tal grado que los simulacros se han vuelto hiperreales. La televisión de alta definición y el cine en tercera dimensión reflejan un mundo más nítido y colorido que el que nos rodea. ¿Cuán primitivos se han vuelto nuestros espejos? A esto se añaden transformaciones en el discurso. Los medios recurren a técnicas narrativas que reinventan la noción de verismo. El programa de televisión In Therapy, en terapia, ofrece una consulta psicoanalítica en tiempo real y la serie 24, el extenuante día de un agente antiterrorista cuyo reloj avanza al compás del nuestro. Por su parte, los reality shows transforman el sistema de circuito cerrado en un recurso de comunicación, vemos gente atrapada en su propia vida. No es casual que en esta cacería de veracidades, algunas de las series más exitosas, como CSI, Doctor House, Six Feet Under, Dexter, ER, Nurse Jackie, entre otras, tengan que ver con dos casos límite del relato literal, la historia clínica y la autopsia. Aunque la fantasía perdura en los dibujos animados, las comedias fantásticas de Woody Allen y los alucinados escenarios de Wong Kar-wai, en casi todas las narrativas de la imagen encontramos sobredosis de realismo. Qué extraño sería que hoy se filmaran películas tan conscientes de su irrealidad como La noche de un cazador, El discreto encanto de la burguesía o Johnny Guitar. Los ismos compensan un entorno donde no ocurren con suficiente frecuencia. Si la multiculturalidad es fuerte y respira por sí misma, no hace falta que el multiculturalismo se convierta en una ideología que la defienda. La sobredosis de realismo en las pantallas sugiere que la realidad mengua en nuestras vidas. ¿Cómo reacciona la cultura de la letra ante estos simulacros progresivamente reales? Twitter, Facebook, MySpace y otros dispositivos han desatado una expresividad tan veloz como las de las cámaras digitales o el zapping. También la nueva elocuencia escrita depende de un dedo en estado de vibración. ¿Qué retrato trazan los mensajes instantáneos que arrojamos a la red? Para los arqueólogos del porvenir, Wikipedia, Facebook y Twitter tendrán la importancia del código Hammurabi, la piedra Rosetta o las inscripciones cuneiformes en el palacio de Nabucodonosor II. Sin descartar esos estimables recursos, sería un error entender a la especie por su comportamiento en las redes sociales. Las biografías que ahí comparecen no solo no son ejemplares, son poco verdaderas. Abundan los casos de gente clonada por adversarios o simples intrigantes digitales. Y hay cosas que se dicen solo porque existe la posibilidad de hacerlo. En la escritura instantánea, la sinceridad es un modo de pensar en voz alta. un borrador que no siempre amerita ser pasado en limpio y que por desgracia puede tener testigos. Mientras las imágenes se vuelven verídicas a un nivel casi tangible, nuestra identidad se convierte en algo fácil de suplantar. La blogósfera ha fomentado los alias y los apócritos. El resultado parece ser el opuesto al del carnaval. Las máscaras venecianas permiten una rara franqueza. Al amparo de un disfraz, se puede decir la verdad sin que resulte comprometedora. En cambio, en Facebook no te vuelves Yolanda para ser tú mismo, sino para desprestigiarla a ella. Muchas veces, quien asume el apodo de ultra-kinky no pretende hacer rap en línea, sino escribir sin rendir cuentas, o sea, ser impune. Algo semejante ocurre con los comentarios a los artículos periodísticos que se colocan en la red al modo de un extraño sótano donde los inquilinos de segundo orden gritan sobre lo que ocurre en los pisos superiores. Ciertos periódicos filtran injurias para impedir que los mensajes de los lectores se conviertan en la sección de los abajo insultantes. Otros aceptan cualquier tipo de opiniones, no tanto por la democrática convicción de que cualquiera puede decir lo que desee, sino porque eso revela que hay lectores. El correo electrónico se ha convertido en una prueba de que la realidad existe. Si hay respuestas, eso significa que también hay público. Aunque sean impulsivas y preverbales, esas reacciones revelan que se ha establecido contacto con lo real, la zona donde los desconocidos encienden sus computadoras. Algunos periódicos utilizan el número de comentarios en Internet como estadísticas de marketing, garantizándole a sus anunciantes clientes capaces de reaccionar ante un estímulo. El análisis pormenorizado de los mensajes revela la falacia de esta técnica. Internet brindó una tecnología para aventar la piedra y esconder la mano, es decir, para practicar el ultraje protegido por el anonimato. El recurso prospera porque a fin de cuentas es inofensivo. El linchamiento requiere de un consenso que rara vez logran los insultos aislados de la red. Estamos ante una rara comprobación de la realidad. Los escupitajos no matan a nadie y permiten detectar enfermedades a través del análisis de la saliva. La colmena del vituperio que zumba en la red pertenece a este orden. Descalifica al emisor, pero permite comprobar que es real. ¿Quién soy cuando no tuiteó? Las señas identitarias se desvanecen al tiempo que la esfera privada se disipa. El sujeto contemporáneo es vigilado por cámaras en el metro, las oficinas e incluso las casas de los amigos. Sus posibilidades de aparecer en YouTube de manera involuntaria son cada vez más altas. En este contexto, la paranoia es un principio de realidad y la intimidad una nostalgia. La invasión de la privacidad permite que un alias sea visto como una paradójica protección de lo genuino. Cuando el contenido de la identidad se difumina, aportarle una cáscara parece una manera de proteger lo propio. Si mandas un tuit, existes. Si lo mandas con seudónimo, proteges tu existencia. La máscara es la coraza de la identidad. En su libro Numerati, Stephen Baker se ocupa de la rentabilidad de los datos personales. La sociedad postindustrial almacena información privada. El carrito que empujas en el supermercado, los sitios que visitas en Internet y los teléfonos que marcas ofrecen estadísticas de tus preferencias. Baker comenta lo siguiente. Yahoo captura una media mensual de 2.500 datos sobre cada uno de sus 250 millones de usuarios. 2.500 datos sobre cada uno de sus 250 millones de usuarios, esto al mes. Esto ha dado lugar a un nuevo oficio, el de los investigadores que convierten cifras como los precios de lo que compras o los teléfonos que marcas en patrones de conducta. A estos investigadores se les llama los numerati. Estos sabuesos de datos se declaran inofensivos. Desean ayudarnos a encontrar los productos, las parejas y los viajes que nos urgen. Al hacerlo, benefician a terceros que cobran por nuestras necesidades. El problema es que ponen en evidencia la indefensión en que vivimos. Un ejemplo, la compañía Sense Networks, con sede en Nueva York, estudia las rutas de quienes hablan por celular, dónde se detienen, cuánto tiempo pasan ahí, etc. Así, la compañía traza un mapa de preferencias para ofrecer productos. Y si te entretuviste en casa de tu amante o asististe a la misa de una secta clandestina, la discreción es ya un hábito digno del pasado. cuando la intimidad no era captada por un satélite en el espacio exterior. La máxima griega, conocete a ti mismo, se ejerce hoy en forma curiosa. El sujeto contemporáneo se busca en Google. Lo sorprendente es que ahí puede encontrar a alguien que comparte su nombre y sus señas de identidad, pero ha sido construido conforme a la voluntad ajena. Se trata de un falso doble. La vida cotidiana es un horizonte donde alguien escribe en MySpace con tu nombre. Tu vida privada es seguida por expertos en mercadotecnia y las imágenes se vuelven reflejos que superan en veracidad a su modelo. ¿Dónde quedó la realidad? ¿Hay espacio para las historias verdaderas? El periodismo se ejerce hoy en esta desconcertante encrucijada. If it bleeds, it leads. Si sangra, puede ir a primera plana, dice un lema de la prensa norteamericana. La sangre es la evidencia más rotunda de que algo sigue siendo verdadero. La sociedad del espectáculo y del simulacro ha provocado que también en las noticias impere un criterio forense. Esto se agudiza en un país como México, marcado por la violencia. Sin embargo, el mero hecho de consignar un asunto criminal no significa que se informe realmente al respecto. Para que una nota califique como información, debe ofrecer una explicación amplia de lo ocurrido y brindar un contexto de los hechos. Es decir, debe procurar un entendimiento. ¿Cómo lograr esto en un país que, según Reporteros Sin Fronteras, es el más peligroso para ejercer el periodismo? En una mesa redonda organizada por la revista Letras Libres, Ismael Bojorquez del periódico Río 12 comentó, en Sinaloa no hay cobertura del narcotráfico, los periódicos y los medios electrónicos nos hemos dedicado a contar los muertos. Todos los días podemos leer el rojo marcador de la sangre, conocer esa cosecha roja no significa que sepamos qué sucedió. Al reducir la cobertura al hecho crematístico, los periódicos actúan como la migra que todos los días hace The Body Count, el conteo de los migrantes que mueren tratando de llegar a un trabajo en Estados Unidos. Entender la realidad se ha vuelto un oficio de alto riesgo. Nosotros no investigamos a nivel local, no publicamos en Torreón lo de Torreón, dijo Marcela Moreno de Milenio Diario Laguna en la conversación de Letras Libres. La gran paradoja de esta situación es que la mayoría de las notas periodísticas aluden a una violencia que no puede ser investigada. Ismael Bojorquez estima que el 50% de lo que publica su periódico en Sinaloa se refiere al narco y a los problemas de seguridad, es decir, a lo que se menciona sin tocar fondo. El periodismo atraviesa, pues, una encrucijada inédita. Los formatos impresos parecen tener los días contados, al menos como formas dominantes de la información. Los simulacros del universo digital difuminan la noción de realidad. Lo que antes se consideraba lo más genuino, la identidad y la vida privada, se ha puesto en entredicho. y el horizonte donde algo resulta drásticamente real, la violencia, apenas puede ser investigado. ¿Qué sitio ocupa en las cambiantes nieblas de este entorno el periodismo cultural? A favor de las debilidades. En su libro Traiciones de la Memoria, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince describe a un verdulero de Mendoza, Argentina, afecto a las frases sugerentes. Hombre sabio y muy dedicado a los tomates, explica así su negativa a hacer ventas a domicilio. Yo vivo de sus tentaciones, no de sus necesidades. La frase se puede aplicar a la prensa, donde unos viven de la tentación y otros de la necesidad. Los diarios necesitan información básica, la agenda del presidente, la catástrofe de turno, los goles del domingo, el estado del clima. Pero también ofrecen textos de antojo. ¿Por qué leer un periódico? La razón natural es el hambre de datos. La aplicación de la ley, los escándalos financieros, los crímenes no resueltos y la conducta de los políticos son cosas que debemos saber. como el arroz, la sal y el aceite, se trata de imprescindibles asuntos cotidianos. Quien solicita comida a domicilio jamás se equivoca en esa clase de pedidos. En cambio, hay cosas que sólo compras cuando las tienes enfrente. Es a lo que se refería el verdulero de Mendoza ofreciendo sus singulares tomates. Lo mismo pasa con el periodismo de tentación, que es lo contrario a una exclusiva, encandila con algo que podríamos ignorar. No se basa en la información imprescindible, sino en su manejo hedonista. Julio Camba, Roberto Arlt, Álvaro Conqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Salvador Novo, Josep Pla, Esa de Queiroz, Jorge Ibargo Engoitia y María Moreno han perfeccionado el difícil arte de vender lechugas por su aspecto. Sus artículos son casos de tentación artística. Además, confirman una paradoja. También la tentación es necesaria. En el abanico de Lady Windermere, Oscar Wilde resume el tema. Puedo resistirlo todo, menos la tentación. Ciertas debilidades degradan, otras enaltecen, otras más son tan comunes que ni se notan. El gran desafío del periodismo de tentación consiste en mejorar las debilidades de los lectores. ¿Cómo lograrlo? Los hechos ocurren al menos dos veces, en la realidad y en la mente de los testigos. La primera obligación del periodista cultural consiste en reconocer que trabaja en el orden de la representación, no sólo por abordar formas del arte que son en sí mismas reelaboraciones de lo real, sino porque la sola contemplación de los sucesos implica valorarlos, seleccionarlos, entenderlos, es decir, aplicar la subjetividad. La realidad del periodismo no está en la realidad. Todo texto es una construcción. Ser fiel a lo que ocurrió no depende de reproducirlo en forma neutra e indiscriminada, sino de recuperarlo con verosimilitud narrativa. En este sentido, todo buen periodismo cultural es una pieza literaria trabajada desde el lenguaje. Esto no implica que el autor se desmarque de la objetividad. Su contrato con la verdad debe ser inquebrantable. La recreación subjetiva de los hechos puede tener cambiantes adverbios o adjetivos, pero no puede alterar los datos. Obviamente la noción de verdad desresbaladiza. Muchas veces hay versiones discordantes de lo que sucedió y resulta imposible establecer con certeza una trama. En otras ocasiones, algo que se da por cierto, se modifica al conocer otra información que puede tardar mucho en llegar. La objetividad es un criterio del que no se puede prescindir, pero que tiende una condición siempre provisional. Significa tan solo que en ese momento no hay pruebas en contra de lo que se está afirmando. Al componer su texto, el periodista cultural debe asumir dos compromisos difíciles de conciliar. Uno es tiránico, no alterar los hechos. El otro es una consigna liberadora, narrarlos como nadie más lo ha hecho. En este caso, la originalidad depende de una fidelidad literaria a lo ocurrido, lograr la mejor versión escrita de la realidad. Surge otro tema decisivo. ¿Cuál es la especificidad de lo cultural? ¿Hay un campo en verdad restringido para su ejercicio? En un sentido absolutamente convencional podría considerarse que se trata de las noticias surgidas de las bellas artes. Sin embargo, por Walter Benjamin, Humberto Eco, Roland Barthes y muchos otros, sabemos que toda forma de representación pertenece a la cultura. Descifrar los códigos que nos rodean desde el menú de un restaurante hasta el cartel que anuncia una pelea de lucha libre son actos culturales. El catálogo de temas resulta, pues, infinito. El desafío de comprender una realidad dispersa, que se representa sin cesar a sí misma, a través de toda clase de recursos y tecnologías, ponen en juego distintas formas del saber. El lema de un periodista podría provenir de la última frase del cuento de Borges, There are more things. La frase es, la curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos. Sobreponerse a los riesgos de la experiencia, documentarlos a pesar de los obstáculos que oponen, es la condición esencial del periodista. Fisgón por naturaleza, mete la nariz donde no debía. En el caso del periodista cultural, esta curiosidad debe ser tan variada como su campo. Obviamente, resulta imposible que un periodista conozca a fondo todos los fenómenos de un mundo que abarca de la música sacra al reggaetón. Lo decisivo es que establezca conectivas que ayuden a entender la realidad de otra manera. Uno de los aspectos más sorprendentes de las distintas zonas de la representación es que se pueden conectar en forma imprevista para obtener un mayor conocimiento de los hechos. Pondré dos ejemplos que no abordan temas obvios de la cultura y ayudan a comprender los sistemas de representación. En su novela sin ficción, The Right Stuff, traducida primero como lo que hay que tener y luego como elegidos para la gloria, Tom Wolfe se ocupa de la carrera del espacio en la que Estados Unidos competía contra la Unión Soviética. Los astronautas del proyecto espacial Mercury contra los cosmonautas del proyecto Sputnik. ¿Cómo entender esa contienda política de la tecnología de punta? Wolf intentó un sugerente cambio de perspectiva. Comenzó estudiando el comportamiento de las primeras tribus de Asia Menor y advirtió un curioso recurso para que dos etnias se enfrentaran sin diezmarse, el combate solitario. En vez de confrontar a dos ejércitos, se elegía a dos combatientes, En la era de la bomba atómica, una conflagración generalizada puede llevar al fin del planeta. Para no usar esos letales recursos tecnológicos, Estados Unidos y la Unión Soviética recuperaron un atavismo con fuerte carga simbólica, el combate solitario, un astronauta contra un cosmonauta en la fría inmensidad del espacio exterior. La comparación es reveladora porque establece pulsiones milenarias en una contienda que a primera vista prefigura la ciencia ficción. El sesgo antropológico que Wolff otorga al tema permite entenderlo desde un ángulo inédito. Algo similar logra la cronista catalana Empar Moliner cuando asiste al Bagdad, una sala de Barcelona con sexo en vivo durante la guerra del golpe. En principio lo que la periodista deseaba era contrastar el bombardeo de Bagdad con la pornografía que se ampara en ese nombre en la ciudad donde ella vive. Pretendía, pues, poner en juego dos zonas de lo grotesco, entender la perversión lejana a partir de una perversión próxima. En su visita logró otra revelación. Un muchacho que hacía striptease se untó un ungüento de papaya en su impecable abdomen y se acercó a las mesas ofreciendo su piel a las muchachas. ¿Alguien quería lamerlo? Boliner comenta con la objetividad de quien cubre una noticia. Ya que estaba ahí, chupé. El resultado fue sorprendente. Aquella emulsión de fruta tropical impregnada de transpiración sabía como una de las fantasiosas espumas de Ferran Adrià. En forma sorprendente, la cronista vinculaba un espectáculo triple X con la máxima sofisticación gastronómica. El Bully, santuario de Ferranadrá, recibe más de dos millones de solicitudes de reservación al año Y el menú cuesta 250 euros por persona Ahí se ha reinventado el gusto de Occidente Pues bien, ese templo de la extravagancia puede tener algo en común con las bajas pasiones del Bagdad El gusto por despegar de la realidad rumbo a la espuma de fábula no es muy distinto al gusto por bajar a la piel que suda. Tanto el Bagdad como el Bully se entienden de otro modo a partir de este ejemplo. Los casos de Wolff y Moliner revelan que el periodismo puede establecer conectivas insospechadas y elocuentes acerca de realidades que sólo se tocan por obra del cronista. No hay manera de lograr esto sin tener conciencia de un público. Uno de los de la vanguardia consiste en suponer que el éxito siempre envilece. Para un transgresor profesional cuyo talento se mide por el desconcierto, la aceptación es un fracaso. Esta resistencia se suele enfrentar a la paradoja de que el mundo acaba por amar aquello que se le resiste y finalmente lo acepta. Nadie venderá nunca más camisetas que Che Guevara. A diferencia del atribulado genio avant-garde, el periodista cultural no puede darle la espalda al público. Está obligado a tomarlo en cuenta, a causar sentido. Su trabajo depende de esclarecer la realidad en el presente y de contribuir a formar un público para la cultura. Así las cosas no puede posponer sus efectos para que lo comprendan siglos después. Nadie es profeta en su tierra, dijo Cristo. La frase se aplica a los artistas y los mesías. Los evangelistas deben ser entendidos. Lo nuevo y la tradición. La realidad no solo es esquiva, sino que llega a nosotros mil veces representada. En ocasiones, ni siquiera sabemos cómo nos enteramos de algo. Aunque no estemos muy atentos a las aventuras que el bisturí practica en el rostro de cierta celebridad del cine, de golpe sabemos que se volvió a operar. Los datos ya pertenecen al clima. Esto ha llevado a desesperados deseos de simplificación. Los jefes de redacción suelen decirle a su reportero estrella, No te hagas el García Márquez, aquí publicamos datos duros. Hoy en día, el jefe de redacción es un mártir agobiado por la información en línea. Su principal deseo no es buscar la singularidad, la mosca blanca de la información, sino que no se le escape la nota de la que otros ya están hablando. Lo peor que puede sucederle es que su director tome un diario de la competencia y le pregunte, ¿cómo se nos fue esto? El 80% de la información cultural que publica un periódico está en otro periódico. Los temas se deciden más por el temor de quedar fuera de la norma que por la intención de aportar algo distinto. Hemos llegado así a una homologación de los contenidos. El grueso de la agenda informativa es determinado por las oficinas de prensa de las instituciones culturales, la cartelera y los avances noticiosos que circulan en línea. Reportear se ha vuelto un oficio progresivamente sedentario. Los periodistas engordan mientras los periódicos adelgazan. Como las noticias de la cultura no se juzgan urgentes y como una parte de los periódicos se imprime más temprano para ganar tiempo, las secciones culturales suelen tener una hora de cierre anticipada. Lo que pasa en la noche, por lo general lo más decisivo, ya no entra ahí. Esto ha provocado que con justicia el periodismo cultural sea conocido como la sección de antier. En muchos periódicos, especialmente en provincia, el problema es aún más grave. No hay una sección cultural propiamente dicha. El arte, la educación y las formas de la conciencia se asimilan a lo que se conoce como sucesos, vida cotidiana o sociales. La primera revaloración del periodismo cultural debe pasar por una reflexión. Todo buen periodismo es cultural, en el sentido de que establece una representación convincente y bien escrita de los hechos. El recurso fundamental del periodismo impreso es la escritura. Aunque se trate de algo obvio, no se repara suficientemente en ello. La urgencia del contenido aparta de la forma y crea el espejismo de que sólo lo que acaba de ocurrir es periodístico. En su ensayo La tradición y el talento individual, el poeta Thies Elliot observa que lo nuevo existe en contraste con la tradición. Las noticias de ruptura y el asombro que suscitan se miden en relación con el pasado. El periodismo cultural no puede apartarse de la tradición. Las novedades importan por los antecedentes que prolongan o transgreden. Toda noticia significativa obliga a un repaso de lo que sucedió antes. Carlos Monsiváis dedicó su discurso de aceptación del premio de la Feria Internacional de Guadalajara a este tema. Con alguna modificación, el texto integró su libro Las alusiones perdidas. Ahí, Monsivay se refiere al periodismo cultural como custodio de la tradición. Mantiene viva la flama del idioma y preserva el acervo de referencias que determinan los códigos de una sociedad. Por desgracia, dichos códigos provenientes en su mayoría de la cultura grecolatina y la tradición cristiana han ido desapareciendo en una época de obsolescencia donde la memoria se deposita en archivos virtuales y discos duros. Decir que alguien hace su travesía del desierto o que cruzó el Rubicón alude a una tradición que hasta hace poco se juzgaba clásica. Esto comienza a perderse. Por eso Monsiváis habla de alusiones perdidas, irónica modificación del título de la novela de Dickens, Las ilusiones perdidas, que tomó de un texto de José Emilio Pacheco. La capacidad de almacenamiento de las tecnologías digitales ha puesto en entredicho la utilidad de la memoria personal y la eficacia de la cita. ¿Para qué saber algo si un link me puede vincular con lo que debería saber? El recurso es más engañoso de lo que pensamos. La eficacia del acceso a Internet depende de saber lo que se busca. Hay tantas cosas disponibles que navegar en forma azarosa es una prefiguración de la eternidad. Si el usuario no está en condiciones de discriminar, sobreviene un fenómeno descrito por el filósofo francés Paul Virilio. El exceso de datos dificulta el conocimiento. La saturación produce un cortocircuito informativo. La vigencia del periodismo cultural depende, entre otras cosas, de distinguir lo que debe ser buscado. Se trata de una decisiva tarea de conocimiento, no para eliminar lo múltiple, sino para hacerlo comprensible. Discriminar entre los posibles accesos es una forma operativa de preservarlos en su conjunto. El periodismo cultural debe sortear los simulacros de la propaganda y las oficinas de comunicación social para establecer valores y jerarquías. En este sentido, su importancia también depende de su independencia. Durante mucho tiempo, los dueños de los medios y los periódicos de México consideraron que su fuerza derivaba de un adecuado uso del tráfico de influencias. En la medida en que servían de apropiadas plataformas al poder, contribuían a marcar la agenda nacional. Soy un soldado del PRI, dijo en forma emblemática Emilio Azcárraga mismo. Salvo en casos excepcionales, el periodismo nacional tuvo, durante décadas, una actitud subordinada ante los designios oficiales. Aunque la verdadera fuerza de la información depende de sus contenidos, la censura y las presiones directas o indirectas convirtieron este principio en un atrevimiento demasiado audaz, que se pospuso en favor de los beneficios inmediatos que ofrecían políticos y comerciantes convencidos de que las noticias son una rama de la publicidad. El panorama ha cambiado mucho, pero no lo suficiente. Abundan los casos de directores de periódicos o informadores de primer nivel que deben dejar su trabajo por ejercer su independencia. Esto no es privativo de México. La primera tarea del periodista consiste en saber quién es el dueño de su periódico, escribe Manuel Vázquez Montalbán, el gran periodista español. Si conoces los intereses del dueño, conoces los límites de tu libertad. El periodismo cultural custodia una tradición y establece valores y jerarquías para precisar su importancia. Al mismo tiempo debe ejercer la crítica y la independencia. Mantener una integridad propia no significa alejarse de la cosa pública. El periodismo independiente ocurre dentro de la sociedad civil, categoría que suele simplificarse en exceso. Seguramente los 71 años del PRI en el poder nos acostumbraron a pensar en la sociedad civil como una forma de la oposición, una masa crítica que al organizarse resiste al poder. Esta concepción, más bien unilateral e idílica, sugiere que la sociedad civil es un grupo disidente unido en pro de buenas causas. El concepto se ha sentado tanto que para nosotros casi equivale al antiguo concepto de la voluntad popular. Antonio Gramsci otorgó mayor complejidad al tema. En su concepción, la sociedad civil es simple y sencillamente la arena pública, el escenario de los conflictos, el espacio donde la política, los partidos y las iniciativas de gobierno entran en tensión con la ciudadanía. En este sentido, no hay una postura que la determine. No se trata de un grupo que resiste los embates del poder, sino del horizonte de la discusión, algo que debe ser razonado y muchas veces descifrado. Si para Gramsci los intelectuales orgánicos cumplen un papel ideológico en la esfera pública, los intelectuales independientes cumplen un papel esclarecedor en la arena donde los conflictos pueden debatirse, es decir, en la sociedad civil. Una de las paradojas de la democracia es que resulta más perfecta mientras más se puede decir que es imperfecta. El periodismo cultural contribuye en forma decisiva a este propósito. De la generación del Ateneo a nuestros días, en México ha habido notables intentos por entender el pensamiento como una tarea de inmediata repercusión social. El periodismo cultural no ha sido ajeno a este empeño. Estudiar el poder a partir de sus mitologías y su discurso, discernir entre ideología y verdad, desentrañar sus metáforas y sus códigos, son ejercicios que han interesado a suplementos culturales, como la jornada semanal dirigida por Roger Bartra. Durante cinco años, el autor de las redes imaginarias del poder político, mostró la urgencia de debatir la política en clave cultural. Ricardo Cayuela Gali, aquí presente, y yo nos hicimos cargo del suplemento en los tres años siguientes y procuramos continuar ese camino. Volvamos al tema de la violencia. También ahí el periodismo cultural tiene mucho que decir. Hoy en día también las palabras están heridas de muerte. Decir que unas personas fueron levantadas significa usar el eufemismo del crimen organizado para referirse al secuestro. Es necesario preservar un lenguaje que no haga el juego al narcotráfico. Además, el análisis del tema admite interpretaciones culturales como las de Luisa Astorga y Rosana Reguillo que han mostrado los valores compartidos, los códigos de pertenencia y el sentido de la identidad que prospera en la cultura narca. Solo entendiendo las variables culturales del problema podremos superarlo. Es más lento transformar una sociedad a través de la educación, pero es mucho más duradero y ético que hacerlo a través de las balas. El periodismo cultural debe investigar las formas de comportamiento contemporáneas sin perder de vista su compromiso con la tradición. Paso a un tema que me parece particularmente relevante. Es común que asumamos la idea de tradición como algo clausurado, ya hecho, una zona canónica que no podemos alterar. Una de las facetas más estimulantes del periodismo cultural consiste en demostrar que toda tradición está abierta. Interesarse en la cultura clásica no significa reiterar rutinariamente sus logros, sino ponerla a prueba en el presente. Abundan los casos de obras que fueron muy significativas durante siglos y luego dejaron de interesar Cuando Monsiváis alerta contra la pérdida de referencias culturales No pide que se asuman como una liturgia inmodificable Sino pide que se ensaye su utilidad en el presente El Quijote tuvo enorme éxito de lectura en España durante el Renacimiento pero tardó en imponerse en el canon clásico. Francisco Rico ha estudiado la demorada aceptación de la novela de Cervantes como pieza fundamental de la narrativa ibérica. Su prestigio artístico se consolidó primero en Francia, Alemania e Inglaterra. Sólo tardíamente fue vista en España como algo más que un texto popular y divertido. Es un estupendo ejemplo de la tradición como obra abierta. Durante dos siglos el Quijote no tuvo una reputación clara en su propia lengua. Corresponde al periodismo cultural intervenir de manera decisiva en la forma en que se discute la tradición. Se trata de una de sus más ricas aportaciones. Las noticias que le atañen no se reducen a lo que ocurrirá el próximo fin de semana. En términos culturales no existe la noción de clausura. Hay autores que reciben el premio Nobel, apellidan calles, dan nombre a auditorios y desaparecen para siempre. En ocasiones es justo que así sea. En cambio, otros autores tardan en salir de la larga hibernación del desconocimiento y el olvido. La custodia de la tradición sólo se puede ejercer en forma crítica, renovando hacia atrás. De acuerdo con George Steiner, un lugar común es una verdad cansada. El periodismo cultural debe medir el estado de alerta y el estado de cansancio de la inteligencia. Cuando el pensamiento no es sino una verdad fatigada, deja de ser noticia. En un periodismo ideal, los temas de la cultura deberían llegar con facilidad a la primera plana. En la novela Mephisto de Klaus Mann, las polémicas teatrales son asunto de portada. No se trata de una exageración, sino de un retrato puntual de la cultura alemana del periodo entreguerras. Lo mismo ocurre en la Argentina contemporánea. En Italia, el periódico La República suele colocar crónicas culturales en primera plana. Orhan Pamuk escribió para ese diario un texto revelador sobre la forma en que el planeta admite o rechaza que una pareja se bese en público. A partir de una escena que contempló en Venecia, el novelista turco hizo una sugerente demarcación planetaria del deseo y su aceptación social en los países cristiánicos, en los países seculares, en los países islámicos. Aunque el tema aludía a temas tan significativos como la tensión entre Oriente y Occidente y estaba firmado por un reciente premio Nobel, la decisión de ubicarlo en portada señala una valoración cultural que suele ser ajena a nuestros periódicos. En un sentido amplio, la cultura trata de los sistemas de representación de la conciencia. Entender los signos que nos rodean significa entender el mundo. El texto de Pamuk es un buen ejemplo de ello. Conciencia industrial y conciencia individual. Cada vez más, la búsqueda de la verdad pasa por la decodificación de símbolos y la difuminación de espectros. La cultura es el password de lo diario. En los años 60, Hans Magnus Enzensberger se refirió a los medios como la industria de la conciencia. Por ese tiempo, Noam Chomsky pasó de la lingüística al estudio de las formas de manipulación que estructuran los consensos políticos. Esos trabajos fueron decisivos para comprobar que ninguna forma de representación es inocente y que una de las características de la ideología es que se puede disfrazar de comunicación. Para explotar la mente, primero hay que desarrollarla, escribió Enzensberger. La educación, proceso en sí mismo positivo, puede desembocar en formas de manipulación. En los años 60, el poeta y ensayista alemán advirtió una tensión entre la industria y sus contenidos. Por primera vez, la reproducción en serie de la cultura, anticipada por Walter Benjamin, se convertía en un proceso generalizado. El problema es que las tecnologías de la comunicación ofrecen un soporte, pero no un contenido. Y todo contenido digno de su nombre debe aspirar a la creatividad, es decir, a una visión novedosa y por lo tanto crítica del entorno. Es posible desatar la libertad en medios de comunicación que dependen de la venta de aparatos de la publicidad que interrumpe los contenidos? En forma significativa, Enzensberger alertó sobre la posibilidad de una industrialización de la conciencia, un lavado de cerebro colectivo. Hoy en día, la saludable señal de alarma de esas críticas adquiere un tinte levemente paranoico o por lo menos conspiratorio. El capitalismo postindustrial no ha producido mentes de diseño. Los medios han contribuido a aletargar y distorsionar la realidad, pero no han llegado al extremo de transformar a los espectadores al modo del método ludovico de naranja mecánica, que como ustedes recordarán, cambia totalmente la conducta de un personaje. La televisión es en su mayoría un territorio de la banalidad, un estímulo del consumo, un proyecto de formación de conductas intrascendentes, una colorida perpetuación de la nada. Como sostiene Pierre Bourdieu, nada resulta más falso que suponer que el rating es lo que la gente quiere. Por el contrario, se trata de una inducción de la voluntad, es lo que la gente obtiene. En opinión de Bourdieu, una democracia auténtica debe luchar contra la noción de rating, que implica una tiranía del gusto para fomentar una variedad de opciones, la mayoría de ellas minoritarias. La televisión no ha dejado de ser la caja idiota que dio título a la columna sobre ese tema que Carlos Monsiváis escribía a finales de los años 60. Sin embargo, tampoco ha hipnotizado a los espectadores hasta convertirlos en robots que sueñan con ovejas eléctricas. Señalé que el periodismo cultural no puede ser ajeno a la noción de público. Difunde para crear lectores. Al mismo tiempo, debe preservar los derechos del público ante las ofertas que aspiran a la masificación, lo homogéneo, la concepción del individuo como parte de una serie, el sujeto típicamente televisivo, que puede ser el concursante que participa en un reality show o el que baila por un sueño. sería excesivo y en cierta forma generoso suponer que Televisa y Televisión Azteca alteran la conciencia es difícil detectar en su programación un planeado maquiavelismo mediático lo cierto es que convierten la apatía y la bulia en fenómenos que ocurren en horario triple A no es exagerado decir que sin que los televidentes sean los esclavos pronosticados por los apocalipsis profetas de la izquierda de los años 60, el periodismo cultural puede tener para ellos un efecto liberador. A este periodismo, el de los medios impresos, corresponde la crítica de la masificación y la homologación de las conciencias. Como observé al principio, hoy en día la pérdida de sentido de la realidad deriva en gran medida de la omnipresente dispersión tecnológica. No hay de televisión o una estación de radio que pueda proclamar, como en otros tiempos, que es la ventana al mundo o la voz de América Latina. La multiplicación de estímulos dificulta un impacto central como al que aspiró la solitaria radio tirana, voz de la verdad hecha en Albania. Además de la expansión centrífuga de informaciones, las nuevas tecnologías filtran la realidad. Es en este horizonte donde el periodismo cultural juega sus cartas más importantes, defender y renovar la tradición, decodificar significados, llegar a la verdad, contribuir al debate en la arena pública. No es una tarea menor en un mundo encriptado en simulacros. ¿Cómo llevar a cabo este trabajo en periódicos donde las notas culturales se suelen limitar a resumir la conferencia de prensa de un funcionario en tres mil caracteres? No hay periódicos ideales. El periodista cultural siempre juega en la cancha equivocada. Esto dificulta el oficio, pero no lo anula. Una de las cosas que más me ha llamado la atención en los cursos de la Fundación de Nuevo Periodismo es que en la primera sesión de preguntas, los colegas no hablan de los desafíos que desean imponerse, sino de los obstáculos que les imponen sus jefes. ¿Cómo le hago para publicar un texto creativo en el periódico donde trabajo? La pregunta puede venir de un joven periodista de Perú, México, Colombia o El Salvador, y solo tiene validez como desahogo. Ni el coordinador de un taller ni el cronista pueden modificar todo un sistema de trabajo. Sin embargo, abundan los colegas convencidos de que su talento solo surgirá cuando su jefe de redacción les acepte otro tipo de textos. Conviene recordar que Richard Kapuscinski renovó el periodismo en condiciones muy adversas. Durante décadas, trabajó para una agencia de la Polonia comunista, enviando despachos que le sirvieron de cantera para su verdadero trabajo, el que se asignó a sí mismo como cronista. No es casual que también escribiera poesía. Los grandes textos de Kapuscinski fueron escritos con total gratuidad, sin pensar en la forma en que circularían. Con frecuencia, el periodista latinoamericano envidia las condiciones de trabajo de los cronistas que disponen de cuatro meses para escribir un texto en el New Yorker. Para Kapuscinski, el New Yorker fue el cajón de su escritorio. Con el tiempo, esos trabajos dieron lugar a libros. En algunos casos, reporteó su memoria muchos años después de los sucesos. No es exagerado considerarlo un reportero de corte proustiano. en el sentido de que es un reportero memorioso. Se ha puesto en duda la veracidad de algunos de sus datos. Kapuscinski operó en un tiempo anterior a la globalización donde la verificación internacional de datos era muy difícil y en cierta forma construyó una leyenda diciendo que todos sus reportajes eran obsesivamente ciertos. Más allá de la exactitud puntual de su trabajo, Lo que importa aquí es resaltar la radical independencia de su método. Un asalariado del periodismo comunista logró escribir una obra impar por su cuenta. A nadie extraña que un poeta haga eso. Los grandes del periodismo cultural deben hacer una apuesta equivalente. Aunque trabajan en un entorno colectivo, su apuesta más fuerte es siempre individual. Es cierto que algunos temas pueden ser tan perecederos como el yogur, sin embargo, en las formas de representación, la caducidad es cuestión de enfoque. Seguimos leyendo el diario del año de la peste de Daniel Defoe o el águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán. En los acotados márgenes de los que dispone actualmente, el periodista puede ejercer con dignidad la entrevista, el reportaje, la nota informativa. No hay tarea menor. Incluso en ese espacio restringido se puede practicar la voluntad de estilo. Desgrabar una conversación para reproducirla en la página con perezosa literalidad entorpece las declaraciones. La eficacia de la oralidad casi siempre se altera en la página. Recrear el diálogo desde la escritura, captando el tono de esa voz y eligiendo una dramaturgia que consiga un principio y un final significantes, es un pequeño acto artístico que se puede realizar en cualquier periódico. Más allá de la batalla diaria en la que el periodista cultural afila sus armas, propongo también criar ornitorrincos. Si Alfonso Reyes entendió al ensayo como el centauro de los géneros, un animal híbrido que se beneficiaba de la especulación del pensamiento y el desarrollo de la narración, la crónica puede ser vista como el ornitorrinco de la prosa. Semeja varios animales sin ser ninguno de ellos. En la crónica convergen los estímulos de todos los demás géneros a condición de que contribuyan a contar una historia verdadera, es decir, comprobable en los hechos. Pocos géneros son más dúctiles y creativos. Sin tergiversar los sucesos, el cronista genera una ilusión de vida como si hubiera estado ahí. La crónica mezcla lo público y lo privado. Una noticia de interés general asume ahí la intensidad de los destinos singulares. Estamos ante el más intenso cruce de la información con la emoción A pesar de su probada trascendencia, la crónica suscita reacciones contradictorias Todos los directivos de la información dicen amarla Negar su importancia equivale a negar la realidad ¿Cómo ponerse a un género que permite el conocimiento de lo que nos rodea? Por otra parte, los jefes de redacción saben que eso toma tiempo, cuesta dinero, requiere de paciencia y de algo aún más difícil de obtener espacio. Por lo tanto, aceptan que el tema es importante a condición de que no se ejerza mañana. En los últimos tiempos, la crónica ha triunfado como ideología. Es bastante fácil organizar un seminario, un congreso o un premio de crónica. Es mucho más difícil que el ornitorrinco encuentre un río donde nadar. Cuando el dueño o el director de un medio sienten que no han hecho lo suficiente por la crónica, en vez de encargar una, organizan un taller para que un especialista les hable de las muchas cosas que podrían hacer. Cuando el experto se despide, todo vuelve a la normalidad. El ornitorrinco no asoma la oreja, pero se tiene la satisfacción moral de que alguien habló de él. la especie no se ha extinguido. Ante el vértigo de la información en línea, la mayoría de los medios impresos han tenido un ataque de pánico, desconfiando de sus recursos. En vez de enfatizar lo que la red no puede lograr, como por ejemplo el periodismo de investigación con una extensión imposible de acomodar en la pantalla, los periódicos tratan de imitar a los portales de internet. Los textos se acortan y el diseño sugiere ventanas digitales. El resultado semeja una computadora pasmada. Es posible que si no desaparece del todo, el periodismo impreso recupere la confianza en recursos que no se pueden ejercer desde la comunidad digital. Ante el desafío de la fotografía, la pintura reaccionó con múltiples variantes del abstraccionismo. El periodismo impreso podría utilizar el desafío de la red como un estímulo equivalente para darle mayor cabida a la crónica. El futuro está en el cajón. El periodismo cultural se desarrolla en una doble frontera, el sitio de trabajo y el espacio personal. Es mucho lo que se puede hacer para que los textos de tentación perduren en los periódicos. Generalmente esto requiere de que un colaborador se transforme en una prestigiosa reducción textual, es decir, en una firma. Cuando Ibargüengoitia comenzó a escribir teatro, su maestro Rodolfo Usigli le recomendó que se acortara el nombre y se pusiera Ibar. La razón era pragmática. Las marquesinas de los destartalados teatros mexicanos nunca tendrían suficientes letras para un apellido tan largo. El joven dramaturgo no le hizo caso. Cuando abandonó el teatro y se dedicó al periodismo, Ibargüengoytia descubrió las muchas erratas que podía producir su apellido. Tampoco entonces lo modificó. La sola transcripción de tantas letras parecía un impedimento para que ese nombre se convirtiera en una firma. Al autor no le importó. La mejor forma de construir una reputación consiste en ignorarla. Una firma no es otra cosa que una tenacidad aceptada. Esa apuesta ganadora no siempre sucede, pero existe. Hay una posibilidad más libre y dichosamente incierta, escribir crónicas sin otro jefe de redacción que tu propio interés. El voluntario cazador de ornitorrincos está fuera del mercado, se contrata y despide a sí mismo según su conveniencia. En 1995 publiqué Los Once de la tribu, una primera recopilación de mis crónicas. A la distancia compruebo con una mezcla de gratitud y preocupación que casi todas las revistas y los periódicos donde originalmente aparecieron esos textos se han espumado. Seguramente contribuía al hundimiento de esos espacios de generosidad suicida. Hace años que tampoco el libro se consigue. Sin embargo, lo que me interesa recalcar es la condición necesariamente accidentada, silvestre, de las crónicas que nos asignamos a nosotros mismos. Solo he trabajado en un periódico que aspiró a la perfección, a tal grado que no llegó a existir. En 1989, Fernando Benítez convocó a un grupo de colegas para formar El Independiente. Miguel Bonasso, periodista argentino que había dirigido el diario Noticias, se hizo cargo de la dirección editorial. Yo estaba al frente de la sección cultural. Durante dos años hicimos cierres de edición en cafeterías. En una mesa, se mencionaba deportes, en otra, la nota roja, en otra, nacionales. Nos saludábamos a la distancia, agregándole humo y muebles imaginarios a ese espacio. cronometrábamos el cierre de edición y comparábamos nuestro impecable trabajo con los periódicos meramente existentes. Vicente Rojo hizo un espléndido Domi que estimuló más nuestros ideales. Estamos como caballos en el arrancadero, decía Fernando Benítez, con su voz de obispo, dispuesto a dar el pistoletazo de salida. Durante dos años trabajamos con pasión para cumplir los urgentes plazos de un periódico invisible. Se hablaba de la rotativa, que pronto llegaría, y que al cabo de un tiempo adquirió la condición de una ballena blanca. Había sido avistada en un puerto, se dirigía hacia nosotros. Sin embargo, tardábamos tanto en salir que el independiente fue rebautizado por los periódicos rivales como el inexistente. La ballena blanca nunca llegó a nuestra costa. El empresario que nos había convocado tenía dinero para reunirnos, pero no para realizar el proyecto y no consiguió otros inversionistas. Los que ya estaban metidos en medios ganaban mucho haciendo porquerías y no deseaban arriesgarse con un producto tan excelso. Aparte de las muchas enseñanzas conjeturales que me dejó esta experiencia, rescato la decisión decisiva de que el único periódico perfecto es el que no existe. No hay que esperar a que un gran medio nos convoque para poder ejercer el periodismo cultural. Durante años, Kapuscinski depositó los saldos de su libertad en el cajón de su escritorio. ¿Y qué hago si mi escritorio no tiene cajón? Pregunta el reportero, deseoso de encontrar infinitos obstáculos externos para su talento. Podemos comenzar por eso, el depósito más elemental del periodismo. conseguir un cajón para colocar los textos que algún día saldrán de ahí y revelarán que la realidad existe para ser contada. Muchas gracias. Un primer timbre de esperanza es ver la tensión con la que siguieron el texto de Juan Villoro, porque justamente él hace una denuncia de la fragmentación de la atención que las redes sociales, la hiperinformación y la saturación de muchos dispositivos lleva en nuestros días, digamos, una crítica a la forma en que nos relacionamos con el conocimiento y por lo tanto la forma en que nos relacionamos entre nosotros mismos. Así que verlos durante una hora veinte tomar notas a esa tenacidad aceptada que es Juan Villoro entre nosotros, pues me da esperanzas porque quiere decir que no todo está perdido. En cualquier caso, creo que la ponencia magistral de Villoro toca, si hiciéramos un ejercicio a la SOAR, como esferas del conocimiento, áreas del conocimiento. Una es justamente una lectura sociológica o semiológica del mundo contemporáneo. ¿Quiénes somos hoy? Es una pregunta también filosófica. ¿Y cómo nos ha transformado las nuevas tecnologías? ¿Cómo nos ha fragmentado? ¿Quiénes somos? Justamente, es la gran pregunta. Y lo otro es, en ese mundo, cuáles son las vigencias, las pertinencias, las constantes del tradicional periodismo. Porque justamente la moraleja, si es que se puede extraer alguna, aunque esto es sólo dar pie a la primera, digamos, introducción, la primera comentario más anotado que va a hacer Jesús Silva Gersoca, la ponencia de Juan, y luego abriremos una discusión, pero que sea la resistencia del viejo periodismo, que es justamente lo que quiere connotar Juan. En este mundo desesperado de androides conectados a las redes sociales, que si no están online se apagan, hay una constante y es la escritura, la buena prosa, el periodismo que investiga, que quiere narrar bien los hechos, que descubre que si hay una realidad más allá de las redes sociales. En cualquier caso, esto es simplemente para dar pie al primer comentario de Jesús Silva Gershock y después abriremos, como decía, el debate. Jesús, gracias. Pero a mí me parece que el texto de Juan es de una riqueza extraordinaria, porque es este retrato no solamente del periodismo cultural, no solamente un retrato del periodismo y sus desafíos en este momento, sino una reflexión sobre el momento en el que estamos, una pregunta sobre el sitio que estamos habitando, que no es el planeta que pisábamos hace unas cuantas décadas. Y me gusta mucho la manera en que lo plantea con toda claridad, el decir que todo buen periodismo es periodismo cultural, que un periodismo siendo financiero, siendo deportivo, siendo político, tiene que implicar una búsqueda por las significaciones de eso que está sucediendo. Pero no es entonces una sección en el diario, no es un apartado de papel en un periódico lo que constituye el periodismo cultural, sino que me parece que tiene que ver con el tono de una curiosidad, con la forma de que esa fisgonería se ejerce en el mundo, con una necesidad de cierta distancia de la realidad y sobre todo de una reivindicación del sitio de la imaginación en el periodismo. Yo creo que lo que nos cuenta Juan es una necesidad que necesitamos, digamos esta necesidad que tenemos como especie de la lentitud, de la reflexión, de la pausa, de un cierto distanciamiento y también este reclamo por una calidad, esto que queda un poco diluido en esta necesidad de contarlo todo perpetuamente, de informar absolutamente cada detalle de la existencia a través de las redes sociales y esta urgencia de encontrar referencias para darle significado a la vida. Me parece que el periodismo cultural tiene que ser un salón vital de la conversación pública, un salón que en buena medida hemos olvidado por una parte por esta confusión de que el periodismo es exclusivamente el dato duro, la información fría, los números, las cifras, los datos comprobables o la rigosidad de las polémicas políticas. El periodismo cultural, nos dice Juan, a partir de Tieselio, de esto que recuerda de Monsiváis, tiene una vocación conservadora, que es por una parte ser custodio de una tradición, pero ser una tradición que vive, una tradición que está respirando, que está en constante movimiento y que no está cuidando estatuas detenidas en un museo, sino que las está repensando, reconstruyendo, reesculpiendo. Y yo pienso al escuchar y al leer la exposición de Juan, que quizá la gran aportación del periodismo cultural es que puede ser la ventana que nos recuerda que somos habitantes de dos ciudades, en un sentido a lo mejor agustiniano. Si somos habitantes de este país que tiene una realidad histórica concreta y que tiene una, que está atravesando un drama concreto, visible, que estamos viendo todo el tiempo e incluso oliendo con miedo. Sí formamos parte de esta ciudad que tiene sitio en un mundo económico y que está yendo a comprar y a vender cosas en el mercado. Pero me parece que el periodismo cultural nos recuerda que pertenecemos a otra ciudad. Esa ciudad en donde podemos ser contemporáneos de muchos muertos, de muchos que vivieron muchos siglos antes de nosotros. que podemos ser miembros del mismo país de quienes crearon, pensaron en lo humano, en otras órbitas del planeta. Yo creo que eso nos recuerda el periodismo cultural, en la medida en que nos abre la ventana, que va más allá de este país amurallado con una condición dramática y trágica en este momento. Yo creo que no podemos comprender el drama mexicano si no nos acercamos a esa ciudad imaginaria, esa ciudad imaginada, esa ciudad que tiene que ver con eso que está presente en todas las páginas de la ponencia de Juan, que es la imaginación. en esta necesidad de pensarnos en otras vidas, imaginarnos en otras existencias. Yo creo que el periodismo cultural, que es, nos dice Juan, que no es otra cosa que el periodismo bien escrito, el periodismo con buena prosa, creo que ese periodismo es el único que nos puede ligar en este momento, en este drama mexicano, con algo que creo que es indispensable para recuperar la salud en México, que es la imaginación moral. En la medida en que nuestro, lo dice muy bien la ponencia de Juan, En la medida en que la información de la muerte es trivializada como reporte del clima, hoy va a llover, hoy aparecieron 18 cadáveres más en Veracruz. En la medida en que contemplamos la muerte como un dato, me parece que estamos en una situación sin salida, en donde no hay ninguna herramienta para contemplar el dolor, para contemplar, para ponernos en los zapatos, en la piel de los otros. yo creo que ese periodismo nos permitiría ese ejercicio de la imaginación moral que es ver que la tragedia mexicana es ese dolor y es ese miedo y es ese luto en tantos miles de hogares mexicanos que no pueden aceptar me parece que su dolor sea un dato estadístico. Yo creo en ese sentido que esa posibilidad de considerarnos contemporáneos de todos los hombres, no de los que están viviendo en este momento, como lo decía Octavio Paz, sino como todos los que han vivido y que comparten nuestro código genético es la gran tarea del buen periodismo me parece que esa es la tarea pendiente de un periodismo que a lo mejor ha ganado en independencia que seguramente ha sido capaz de manejar con alguna habilidad herramientas contables y estadísticas, pero que perdiendo a este ornitorrinco le ha dificultado su capacidad para convertirse en esta referencia moral, que creo que debe seguir siendo un periódico. Hay una primera pregunta que, digamos, se desprende de la ponencia de Juan, y es que hace una semana se publicaron las cifras de los mexicanos que están conectados a las redes sociales y no llega a una quinta parte de la población. la Ciudad de México es la más conectada y no llega a un tercio. Y luego, si uno analiza lo que la gente escribe y opina una vez conectado, que la inmensa mayoría es la fosa séptica del conocimiento, desde la impunidad, el anonimato, el insulto gratuito y digamos todo eso que está ahí alrededor de las redes sociales y de los comentarios a los textos online. Bueno, ¿para quién estamos hablando? Es decir, ¿cómo romper esa pequeña capa social? ¿De quién estamos hablando? ¿Dónde están los otros 80% de mexicanos que no están conectados, que no están leyendo? Bueno, el dato es muy importante. Tenemos una conectividad que está por, según las estadísticas, algunas hablan de 24%, 25%, que es una conectividad en red muy baja comparada incluso con países de América Latina. Por ejemplo, Chile tiene una conectividad de casi el 90%, Argentina está por el 80%, Uruguay está casi en el 100%. Entonces, hay países de América Latina con mucha más conectividad. Primero que nada, lo que revela la estadística es que hoy en día esta falta de conectividad es también una estadística de la desigualdad, porque solemos entender la desigualdad social exclusivamente como una categoría económica, pero evidentemente también pasa hoy en día por la posibilidad de acceso a las redes y por valores culturales como puede ser la conectividad. Entonces, ahí hay un primer problema social muy grande, el hecho de que esta conectividad nos está hablando de sectores que están fuera de la posibilidad de ser sujetos integrales. Y hoy en día el sujeto integral es alguien que debe conectar o que puede conectarse. Si no se quiere conectar debe ser su deseo de no hacerlo, pero no tener la capacidad de conectarse es estar fuera de una de las cosas que se deberían dar ya como un gratificante obvio. Por otro lado, yo creo que todavía es demasiado pronto para hacer una valoración de todos los efectos que van a tener las redes sociales, que va a tener internet. Es un horizonte que suscita ciertas paranoias, tal vez exageradas, porque no sabemos lo que va a venir. Entonces hay una actitud muchas veces de preservación de lo que tenemos, de miedo al cambio, de dificultad para entender que hay otras formas de discurso en la blogósfera, pero también creo que debemos reconocer de entrada unas aperturas importantísimas en la comunicación en red y una relativa democratización de la circulación de los textos. podemos acceder a muchos textos que antes eran totalmente inencontrables para nosotros, porque nunca las bibliotecas mexicanas han sido tan extensas como para satisfacer nuestra curiosidad, y mucho menos las librerías y mucho menos el poder adquisitivo. Entonces, hoy en día, gracias a la red, hay una capacidad de acceso a muchas cosas, que eso me parece que es muy notable. Por otra parte, hay formas de escritura que también en sí mismas son muy interesantes. Yo valoro mucho a los que son grandes tuiteros, pueden ser grandes aforistas o epigramistas, ¿no? O sea, realmente es un género que en la ilustración se utilizó mucho y ahora tiene una oportunidad, si se quiere, un poco plebeya, experimental o fantasmagórica de suceder. Entonces, también hay formas de escritura que empiezan a operar en línea con otros significados. Entonces, ciertamente la información en línea es complicada. El día de hoy publicaba yo un artículo en Reforma que tiene que ver con algo que publicó el New York Times hace apenas unos días. El 20 de septiembre, en su portada, el New York Times consideró que era suficientemente importante hablar de la forma en que la gente se está peleando en Estados Unidos, en los pequeños pueblos, por los chismes en la red, porque no es lo mismo difamar a alguien en una gran ciudad y luego se va por otro lado donde nadie la conoce o eso se va diluyendo, como se pueden diluir los rumores en las grandes ciudades, que una comunidad, por ejemplo, ponen datos realmente tremendos desde el punto de vista estadístico, una comunidad de 5 mil habitantes donde se da el caso de que 3 mil de ellos estén al mismo tiempo en un chat escuchando chismes unos de otros y obviamente en una comunidad de 5 mil personas todos se conocen. El resultado es que al día siguiente unos se querían matar, otros se habían divorciado, otros habían cerrado su negocio, otros habían sido despedidos, otros se iban a mudar de ciudad. Entonces habla de la dificultad de asimilar esa maledicencia que obviamente se ha intensificado por medio de la red. Entonces yo creo que es un horizonte que está cambiando y empezamos a verlo. A veces con excesivo optimismo todo va a ser bueno a partir de la red, a veces con excesivo recelo. Yo escuché una conferencia que dio Francis Pisani, uno de los grandes especialistas en este tema, y que estuvo aquí inaugurando esta serie de conferencias. Y a mí me pareció una cosa muy curiosa. Él es un gran optimista de las nuevas tecnologías, las conoce muy bien. Y de repente, al escucharlo hablar, me di cuenta que algunos de los que estábamos ahí presentes, que veníamos de lugares no tan tecnologizados ni tan modernos, nos poníamos un poco nerviosos de que todo fuera tan positivo, porque su exposición era tan optimista que nosotros de pronto llegamos a pensar si incluyera algunos posibles peligros, algunos posibles defectos de la tecnología, nos convencería más fácilmente, porque era todo tan perfecto que sentimos esto no puede ser real. Y eso hablaba más de nuestra resistencia como público que de lo que él estaba diciendo. No siempre es fácil aceptarse estas formas de lo desconocido que producen otras formas de comportamiento que también son desconocidas. Estamos en un periodo de ajuste que a mí me parece fascinante y al mismo tiempo preocupante. No podemos pensar a la ligera sobre esto. Hay una pregunta obvia para cualquiera de los dos. es si 5.000 personas hablan, ¿quién escucha? Es decir, que parte del problema de Internet es que nadie tiene tiempo para los demás, es como un inmenso exabrupto, ¿no? Y al mismo tiempo se da la paradoja de que la gente que ha logrado construir un espacio sólido en Internet lo hace con las viejas herramientas del periodismo y del conocimiento tradicionales. Es decir, que sí permitió, por ejemplo, una generación de jóvenes participar del debate público, de la crítica de las instituciones, de la salud democrática, las cosas elementales que se le pide al periodismo desde la red, pero en ese sentido saltándose los medios tradicionales donde hubieran quizá tardado mucho más en acceder, pero son contadísimos, justamente porque su naturaleza es la excepción. Yo pienso en Patricio Prom, por ejemplo, o pienso en Javier Aboitis en España, o pienso… son muy pocos los que a través de un blog personal logran insertarse en esa discusión. Lo demás es como escuchar conversaciones de teléfono de todo el mundo todo el tiempo que no tiene realmente ningún interés. Entonces yo diría esas dos paradojas, que por una parte, si todo el mundo habla, ¿quién escucha? Y por la otra, que aquellos que lograron ser escuchados lo hacen con los valores más, digamos, tradicionales, en cierto sentido. Y lo único que cambiaría es el formato. También será además una circunstancia adicional, y es que los espacios más visitados en Internet son, en términos de periodismo, los espacios tradicionales. el New York Times, el país, las grandes revistas. Entonces yo quisiera cualquiera de los dos si quieren comentar, testar digamos doble paradoja. Yo creo que sí importa estos circuitos de chisme, me parece que sí importa. Yo creo que los que se escuchan son en general los que tienen más o menos el mismo mundo. Yo creo que ese es uno de los peligros serios de la tecnología, que es el hecho de la creación de comunidades más herméticas, lo que ha sucedido políticamente en Estados Unidos, a mí me parece muy preocupante el hecho de que la información sea la reiteración de tus prejuicios magnificados. Es decir, la derecha escucha a la derecha y que sea la ultraderecha la que tiene estos centros de difusión de las versiones más disparatadas sobre la religión de Obama y las conspiraciones, etc. Sí me parece que hay un peligro grave de que perdamos nosotros esos puntos de referencia profesional que habían sido los periódicos tradicionales, que eran referencias de profesionalismo, de cierta neutralidad ideológica y que podían conectar distintas experiencias en una plataforma común. Yo creo que eso está en peligro y me parece muy grave que desapareciera. Y ahí creo yo que un poco para encontrar elementos que modernen el optimismo, bueno, yo creo que las tecnologías contemporáneas son nuevas herramientas para el despotismo de siempre. Los tiranos usan bien las nuevas tecnologías, Son grandes entusiastas de las nuevas tecnologías que podrán vigilar hoy como nunca a su gente. Esto que dices tú de los numerati, cómo estamos siendo observados constantemente en cada clic, en cada llamada telefónica, bueno, pues eso es orgullano. Y el otro gran despotismo, el chisme, el despotismo no del gendarme, sino de tu vecino. Bueno, esos dos despotismos, esas dos amenazas de la libertad, de la intimidad, de la privacidad, las nuevas tecnologías, pues son estupendas para acuartar esa libertad. Sí, hay también, digo, zonas de libertad y de reacción desde la sociedad civil. Importante lo que pasó, por ejemplo, ahorita en los países árabes, con la información a través de Twitter, a través de las redes sociales. Lo que pasó también, por ejemplo, en España con el atentado del 11M, en donde Aznar dijo esto es responsabilidad de ETA. En tiempos anteriores a las redes tú podías tener un control de comunicación social. En unos cuantos días se iban a hacer las elecciones. Tal vez le hubiera dado para tener una semana de control de la información antes de que se filtrara una tesis convincente de que había sido Al Qaeda. pero la información en red empezó a circular instantáneamente en Italia. Por teléfono celular, ¿no? Exacto, y además empezó a circular en Italia, pero el problema de Internet es que no tiene fronteras. Si circula en Italia, circula en España. Entonces, ahí también ha habido este proceso liberador, ¿no? El caso, digamos, el caso Wikileaks también o Huntington Press, por ejemplo, que son espacios alternativos que de alguna manera se han constituido como periodismo en red. Es cierto lo que tú dices, que también hay una tendencia a agrupar, incluso una de las herramientas que más utilizamos nosotros en el correo es el de hacer grupos de personas. De pronto, por ejemplo, a mí me llega un correo de esos que te llegan en cadena, que llegan a 40 personas y tú dices, pero ¿y qué tengo en común con ellas? Y a lo mejor el encabezado es, deje de beber tequila. Y entonces uno dice, bueno, no sé, ya bebí demasiado tequila o debo cambiar de tequila o qué pasa. y entonces esta manera de agrupar y en efecto se presta para todo tipo de reacciones primitivas hay sitios en internet por ejemplo de odiamos a Yoko Ono entonces todos los que odian a Yoko Ono están en un sitio y efectivamente se van dando reacciones que para volver a estas comparaciones que hacía Tom Wolfe son muy tribales, son reacciones de comunidades muy primitivas y eso también lo ha permitido la red Tiene las dos aristas, el acceso todavía no controlado, que no sabemos hasta dónde va a dar. Una gran paradoja del periodismo sigue siendo la siguiente, que es que los periódicos siguen viviendo de la publicidad en el soporte papel, pero la mayoría de sus lectores están migrando al soporte digital. Entonces, una cosa un poco rara, el público se va a la esfera digital y los anunciantes siguen anclados al papel como constancia de que ahí funciona la publicidad. Entonces, no sabemos a dónde va a llevar también este desfase. Otra idea que me preocupa es lo que decía en su ponencia Juan sobre el canon, es decir, que el pasado está en disputa, que no hay que ver el canon como algo fijo y móvil, sino al contrario, que siempre es susceptible de modificarse. Hay ejemplos, hay muchos, pienso, hacía Bote Pronto, en la generación del 27, y Góngora, que era un poeta desaparecido de la edad de oro, del siglo de oro español, y que ellos le hicieron su buque insignia, su bandera, y al vindicar a Góngora, estaban vindicando un tipo de poesía que funcionaba en la España, digamos, de entreguerra. En ese sentido, yo creo que hay un peligro con Internet, y es que los autores que murieron antes de la red, una especie de antes de internet y después de internet. Si uno ve, por ejemplo, el peso, decía Juan de Ibaguengoitia, en la red es increíblemente acotado en comparación de un autor mucho menos valioso que haya vivido después. Y eso me preocupa porque quien solo busca a través de internet entender, valorar o interpretar el canon, tiene una distorsión, hay una balanza desequilibrada. No sé si ustedes han reflexionado sobre esto, o si les interesa comentar algo. Bueno, pero también eso depende de nosotros, es decir, depende de nosotros incorporar a estos autores, a Jorge Ibargüengoitia, autores que murieron antes de que existiera la red, en la red y en la discusión. Es una de las tareas del presente y hay autores que van creciendo hacia atrás mucho y otros que se van difuminando. Shakespeare sigue siendo el dramaturgo más exitoso en todos los teatros del mundo. En ese caso es un ejemplo de un autor de éxito continuo, pero hay otros que entran y salen de la valoración y yo creo que de nosotros depende que eso se vaya refinando e incorporando. Es muy pronto todavía para decirlo, porque hoy en día tal vez un artista de mediano pelo que tenga suficientes amigos que suban cosas a la red, pues ya puede tener un cierto ruido en la red, a pesar de que sea de mediano nivel y relativamente intrascendente. Pero obviamente eso espero que se vaya decantando con distintos filtros. No sabemos incluso cómo vamos a leer la red en el futuro. No sabemos esto de lo que hablaba Jesús, que me parece muy importante. ¿Cuáles son los árbitros? Por ejemplo, la enciclopedia británica era un árbitro del conocimiento. Confiábamos en que sus datos eran acertados. Wikipedia es mucho menos confiable, hay universidades incluso donde está prohibida Wikipedia, a todos nos ha pasado que te agregan datos que no tienen nada que ver, entonces en ese sentido se trata de un órgano con menos arbitraje, pero no sabemos cómo se va a ir refinando esto, y también de nosotros depende, y ahí es donde también tiene que intervenir creo yo el periodismo cultural, ir creando estos métodos de discernimiento y que nosotros podamos confiar en el periodismo cultural y podamos tener claramente la certeza de que ahí hay una valoración significativa. Yo creo que el problema que mencionas es un problema de siempre, que es el contraste entre la fama y el talento y el genio. A mí me parece, como dice Juan, que el reto es que sí hace falta, digamos, un nuevo trabajo de edición de nuestros clásicos, de nuestras referencias, una nueva difusión de esos autores. A mí me parece muy estimulante ciertas cosas que se han hecho recientemente para darle un nuevo soporte a obras clásicas. de que pueda, digamos, esta application para el iPad del poema de T.S. Eliot, pues me parece fantástico el hecho de que se pueda vincular el texto con imágenes, con distintas lecturas, con posturas críticas sobre el poema. Me parece que es fantástico el terreno que está por ser colonizado en ese aspecto y yo creo que depende del presente hacerlo bien, ¿no? Me avisan de la organización que hay que dar paso ya a un debate entre todos. Esta charla se transmitió por internet y entonces quizá vamos a ir intercambiando preguntas del auditorio con preguntas de la red. La primera de la red para abrir espacio al debate, dirigida a Juan Villoro, dice así. Villoro se refirió a la cultura narca. ¿Estaría mal llamarla subcultura o política amoral a la cultura? Bueno, a ver, es una cuestión de terminología, ¿no? Creo que en el sentido amplio, que yo estaba hablando de cultura como forma de representación, como códigos compartidos, como sentido de la identidad, sí podemos hablar de una cultura narca en el sentido de que hay todos estos elementos de pertenencia, una comunidad. Otra cosa es si nosotros consideramos que esos valores de pertenencia, esos códigos compartidos al interior de esa comunidad son los que nosotros tenemos. O sea, el hecho de que algo sea un fenómeno cultural no quiere decir que en sí mismo lo apreciemos. La ablación del clítoris en comunidades integristas nos puede parecer reprobable a nosotros. Los castigos corporales, de acuerdo con ciertos usos y costumbres en otras comunidades, nos pueden parecer reprobables a nosotros. No todos los usos culturales son positivos. O sea, los usos culturales son los usos aceptados voluntariamente por una comunidad que tienen que ver con símbolos y con un sistema de representación. Pero la humanidad está llena de casos de símbolos que van perdiendo fuerza y van cambiando de significado. Entonces, ahora, una subcultura es una definición quizá un poco más acotada o precisa para distinguirla de una cultura mayormente aceptada y también podríamos utilizar ese término. Además, si entendí bien lo que tú decías, lo que querías era denunciar el uso del lenguaje y no hacerle el juego a esa subcultura. Una cosa es definirla y entenderla y otra cosa es comprarle sus definiciones, por ejemplo, llamar ejecutado a alguien que ha sido asesinado. Exacto, y me parece también muy peligroso pensar que, por ejemplo, quien participa de una conducta delictiva lo hace exclusivamente por un ánimo absolutamente diabólico, o porque le hace el juego al mal. O sea, entender exclusivamente al crimen organizado como el enemigo a vencer, sea lo que sea, es no entenderlo. Esas personas tienen una forma de entenderse a sí mismas. Y una de las cuestiones que debemos reconocer y que son dramáticas en México es que simple y sencillamente hoy en día hay muchas personas para las cuales la mejor opción concreta de vida, quizá incluso la única, es formar parte de esta cultura o subcultura. Eso es tremendo, pero tenemos que entender que hay eso, que hay gratificaciones culturales, morales de convivencia que no le dan otras zonas de la realidad. Sin duda, yo acabo de ir a Monterrey a hacer un reportaje para Netas Libres, la ciudad más próspera y rica de México, que enfrenta a la guerra entre el cártel del Golfo y los Zetas, y uno diría, bueno, el relato no se acaba ahí, porque si se acabara ahí no tendría ningún interés. Lo que sucede es que hay una colonia que se llama Independencia, que ocupa una loma, donde viven más de 70 mil personas entre San Pedro y la ciudad de Monterrey, es decir, que uno puede estar en Canadá si piensa en San Pedro, y de pronto está en la colonia Independencia, que está a cinco minutos en coche, y está en el peor suburbio de la peor ciudad africana. Y entonces sí entiendes que los Zetas puedan dar 3 mil pesos a un antiguo chavo banda, que antes hacía grafitis y que ahora tiene una K47 y que está dispuesto a matar a quien le digan, porque así encuentra un sentido que no tendría, ¿no? Entonces me parece que efectivamente eso es lo que estamos viviendo y es lo que hay que intentar entender. Vamos a ir alternando preguntas, tres del público, tres de la red y daremos por concluida la ponencia de Juan y el debate con Jesús. Gracias. Bueno, con lo que acaba de decir Juan, creo que nos marca todo un panorama que debemos los periodistas culturales, primero que nada, prepararnos, investigar. Porque cuando se les hace una entrevista a cualquier persona de los creadores, no saben ni qué hizo, ni cómo, porque le mandaron a hacer la entrevista y no saben ni qué preguntar. Yo creo que la investigación es previa a esta clase de encargos del jefe de redacción y además la investigación posterior, a una vez que ya se hizo la entrevista, o en la crónica, a aumentarle toda esa investigación. Juan, me gustaría saber qué propones tú también para mejorar esa labor del periodista cultural. Sí, yo estudié la carrera de Sociología y cuando yo estaba en la universidad tenía un profesor que nos decía estudien muchachos o van a acabar de periodistas. A él le parecía que era el último escalón social en aquella época. Ustedes tal vez recuerden los cartones de Abel Quesada que pintaba a los periodistas como personas famélicas, muertos de hambre, que les ponían una torta encima de la máquina de escribir, y entonces queriendo morder la torta, iban tecleando muertos de hambre. Esa era la visión del periodista que hubo durante mucho tiempo y se consideraba que estaba en el último escalón social. Afortunadamente la percepción ha cambiado, pero de nosotros depende que cambie aún más. Y en efecto lo que tú comentas me parece esencial, Es decir, el periodista es alguien que no debe ser ajeno a la preparación de sus materiales. Al contrario, yo creo que mientras más tiene de preparación previa, mejores reflejos puede poner en juego. La lectura, por ejemplo, para el periodista de los más diversos temas, pues debe ser como ensayar para una bailarina o entrenar para un deportista. Esto no siempre se pone suficiente énfasis, incluso hay, creo yo, un cierto orgullo vitalista. Yo lo he vivido en las redacciones, porque he trabajado en redacciones que te dicen, hombre, vete a la calle, vete a las zonas duras, a donde está el peligro, cúrtete en la realidad, no andes con tanta especulación. Hay a veces una actitud incluso anti-intelectual de no prepararse, Pero bueno, los grandes periodistas siempre han sido gentes que han tenido un conocimiento de los hechos. Por eso yo hablaba de la curiosidad que es esencial, y citaba esta frase de Borges, creo que puede ser un lema para nosotros, la curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos. Hay cosas que a veces nosotros quisiéramos cerrar los ojos, pero si los mantenemos abiertos podemos ver más. Entonces, alimentar esta curiosidad es también un principio cultural. Eso me parece a mí extraordinario y creo que es el verdadero aliciente que debe tener el periodista, que debe ser una persona con una curiosidad voraz por muchas cosas y no pensar en la facilidad de que se le va a cruzar la nota especial cuando sea la única persona que vea un suceso en tiempo real. A veces pasa eso, pero cuando eso pasa, más vale que esté preparado para que lo sepa narrar y pueda establecer conectivas. Si no sucede lo que muchas veces pasa, que nosotros vemos oportunidades desperdiciadas. Hay personas que son grandes sujetos entrevistables, pero como no se hace un trabajo previo de preparación periodística, entonces se le plantea una pregunta oceánica, porque a un pintor se le dice, maestro, ¿qué tan importante es pintar? O para usted, ¿qué es la pintura? Entonces, como que te pide una autodefinición de tu vida muy aburrida. En cambio, mientras más sepa de ese pintor, A lo mejor sabe que ese pintor tiene una relación muy neurótica con el color verde, dejó el color verde, pero de pronto sorprendentemente volvió a usar un poquito de verde. ¿Qué pasó en la vida de este pintor para que reapareciera el verde? Si lo sabe y le pregunta, detrás del verde hay una historia. De nada. Una pregunta tanto para Jesús como para Juan. ejemplos de éxito y de interés de periodismo cultural en la red, periodistas culturales que sigan y que estén exclusivamente en la red. Bueno, yo, digamos, creo que hay en la red en México espacios muy vivos, Creo que la página de internet de Letras Libres es creo que una ventana estupenda. Creo que la riqueza que tienen sus blogs, sus blogs es muy buena. Creo que Nexos también ha hecho un muy buen trabajo para, yo diría, para encontrar un lenguaje propio de la red. Creo que por fortuna ya estamos por encima de esta idea de que la red era simplemente el espejo en otro lado de los contenidos en papel. Yo creo que ya hay esta frescura que pueden tener los enlaces a otras referencias y yo creo que eso es muy enriquecedor. Yo creo que, digamos, curiosamente, como lo decía Ricardo hace un momento, a pesar de todo, digamos, los anclajes formales de las revistas literarias mexicanas, en este caso, siguen siendo los surtidores de discusión cultural más vivos en el país. Yo señalaría algunos ejemplos de periodismo que ocurre en la red y solo en la red, y que me parece muy interesante, o de narrativas que ocurren en la red. El caso, por ejemplo, del escritor argentino Hernán Cachari, que es un escritor que a partir de un blog se constituyó como una de las principales voces de Argentina. Luego se hizo una adaptación en teatro de lo que él decía en su blog, una obra de teatro que se llama Más respeto que soy tu madre. la obra de teatro tuvo mucho éxito y con el dinero que él ganó, curiosamente hizo una revista impresa la revista se llama Orsay que es como se dice en Argentina, al fuera del lugar, el offside entonces desde el título de Orsay, su blog así también se llama, es alguien que está fuera del lugar, y de lo que él se queja y creo que con razones que siempre le dicen cómo te defines como bloguero, dice a los novelistas nunca les empiezan preguntando ¿por qué sigue siendo novelista? Se da por asentado que sean novelistas, pero realmente ha logrado, a través de diálogos imaginarios, que por eso dieron lugar a una obra de teatro, hacer un tipo de comunicación breve y picaresca extraordinaria. Luego está un escritor mexicano, Frank Illich, que es muy interesante porque ha hecho telenovela en la red, ha hecho novela colectiva en la red, ha ensayado también el hackeo como una operación cultural, así como las instituciones venden bancos de datos nuestros, él ha entrado en importantes instituciones solamente para decirles, puedo entrar a su bóveda de información, la diferencia es que yo no les hago nada, no les hago nada pero ustedes nos están invadiendo y el camino de regreso también existe, Entonces ha hecho incluso experiencias de hackeo en red y luego ha hecho también experiencias literario-musicales muy interesantes. Luego hay, por ejemplo, para mí un espacio que me parece esencial, ya imprescindible, es una agencia de prensa coordinada por una sola persona. Bueno, es el principal, pero básicamente es el que es el Sopitas. El Sopitas, que tiene una agencia de prensa alternativa absolutamente imprescindible porque cumple con mis necesidades mejor que cualquier agencia de prensa. Y es un ejemplo, él era uno de los comentaristas, locutores de reactor, y saltó a la red y tiene cientos de miles de seguidores también en Twitter, y brinda gratuitamente una información noticiosa que solo está en sopitas.com. Entonces me parece que también es encomiable. Y creo que además el Sopitas muy pronto debe empezar también a ampliar su proyecto para convertirse en el Mark Zuckerberg mexicano y tener también nubes de descargas de libros y productos. Y creo que lo logrará. Por lo pronto ya tiene camisetas. Vamos a agruparnos que las camisetas siempre serán el horizonte fundamental de la mitología. El que no acaba en una camiseta no es un mito. Eso es un Twitter. Vamos a agrupar dos preguntas del público y con eso lamentablemente tenemos que dar por fin a la sesión. Allá atrás hay una mano levantada en la última fila desde hace mucho. ¿Les van a pasar un micrófono para que puedan oír a lo largo de toda la sala? Bueno, ¿quién tiene ya el micrófono? Sí, perfecto. Es que creo que hay varios micrófonos. Tenemos ya un moderador en la sala, entonces simplemente el que tenga micrófono, por favor. Compañero, tú que estabas hablando ya aquí. Hace un momento usted habló sobre la necesidad que hay de ver los goles del fin de semana, de la última catástrofe, etc. Entonces, ¿cómo se hace eso con la cultura? ¿Cómo hacemos la cultura una información necesaria? Bueno, el gran problema, y es donde interviene la creatividad de los periodistas y en los medios ya constituidos de los jefes de redacción y los equipos de trabajo, es justamente en establecer un equilibrio entre la noticia de hoy, digamos, falleció un escritor. Eso es una tarea imprescindible, saber que fallece una persona y escribir un obituario. La novela Sostiene Pereira de Antonio Tabuki trata de eso. Cuando Ricardo Cayuel y yo trabajábamos en la jornada semanal, teníamos un cajón conocido como La Enfriadora, en donde estaban los obituarios anticipados de gente que podía morir pronto, que es una zona terrible del periodismo, pero hay que… Ricardo tiene una frase que dice, ese ya no come bacalao, eso quiere decir que no llega la Navidad, y así de duro es el periodismo, hay que calcular eso, porque si se moría la persona en cuestión, no nos lo iban a perdonar, que no estuviéramos bien preparados para hacerle el homenaje correspondiente. Entonces, hay cosas que son de la actualidad, a veces de manera crematística, funeraria, pero al mismo tiempo hay que establecer, digamos, una valoración con algo que puede venir del pasado. Por ejemplo, es mucho lo que ignoramos de las comunidades indígenas y la recuperación de su cultura. Es un acervo que casi siempre lo damos, ahí sí, clausurado a un mundo arqueológico. Conocemos poco del presente para hablar de algo muy cercano a nosotros aquí en México. O lo mismo, por ejemplo, no hemos dejado de saber cosas de Sor Juana. Sigue siendo un factor importante para nosotros. En la jornada semanal, en una ocasión, teníamos una información muy nueva de un nuevo disco de Laurie Anderson, artista de performance, de rock, y hablaba de la Biblia de Neón. Y en el mismo número teníamos una información que hablaba de situaciones muy parecidas de Sor Juana. Entonces, de pronto, a veces pasa que la información del presente puede tener un eco, un vínculo inesperado con algo que viene de tiempo atrás. Lograr ese equilibrio, lograr ese balance, yo creo que es lo que hace que la cultura siga viva. O sea, las noticias, algunas se producen en este momento y muchas otras vienen de tiempo atrás, porque la cultura es todo lo que ha ocurrido antes. Lo decía muy bien Jesús, todos los hombres de todos los tiempos. Hace 25 años José Emilio Pacheco publicó en el fondo, en realidad en una separata de la Gaceta, la traducción de los cuatro cuartetos de Elliot, que fue calificada como la mejor traducción a ningún idioma de ese poema de Elliot por Octavio Paz. y sin embargo ahora nosotros en la próxima edición de Letras Libres de octubre publicamos el tercer cuarteto traducido de nuevo por José Emilio Pacheco porque como Alfonso Reyes sigue trabajando obsesivamente en ese poema y en esa traducción con 60 notas, ¿con qué oportunidad periodística? Ninguna, simplemente porque nos parece increíble que José Emilio ya ha dicho acabar 25 años después de una segunda traducción del tercer cuarteto de Elliot y para nosotros eso mereció la portada. Vamos a una pregunta más. A mí me llama la atención que uno de ellos me remonta a un libro precisamente de Jesús Silva Gerson que se refiere al PRI como el Norritorrinco y por otro lado Juan Villoro hablando sobre más bien la crónica. Bueno, recientemente escuchaba yo a Federico Campbell que decía que somos primitivos de una nueva era con esto de la Internet. Y mi pregunta básicamente es, pues saber ustedes cómo observan estos nuevos nativos digitales. Si ustedes tienen algún temor de perder cierta vigencia ante los nuevos lectores que están replicando, que están criticando desde sitios por internet con periodismo digital. Gracias. Pues miedo, no sentiría yo mayor miedo. Me parece que son un desafío. A mí me resulta bastante excitante, me parece interesante, me parece que tiene, por ejemplo, el mundo del Twitter, tiene un enorme atractivo, tiene una obligación de síntesis, de concisión, de afilar muy bien una idea para que quepa en un pequeño cuadro que me parece muy atractivo. Me parece que el mundo de los vínculos en la red y el poder enlazar una idea con una imagen, con un trozo de música, con otra referencia, me parece que también abre la textura de la escritura de una manera muy seductora para la creatividad. A mí lo que me preocupa de las nuevas tecnologías es que mi hijo no me haga caso por estar mandando mensajes. Eso es lo que me angustia un poco. Sí, yo creo que, para hacer un juego de palabras bastante fácil, yo creo que el libro tiene el papel asegurado en el sentido de que creo que el formato libro va a perdurar a pesar de los muchos estímulos con los que hoy contamos, porque tiene especificidades que no se pueden cambiar. En muchos sentidos incluso podríamos pensar que si el libro se inventara hoy, después de la computadora parecería una superación artesanal de la computadora, porque no tiene un programa operativo, no caduca por lo tanto tecnológicamente, no tiene una obsolescencia programada, es muy barato, es ligero, estimula el tacto, estimula el olfato, todos los sentidos, por supuesto la vista, incluso el sonido al pasar las hojas, se puede dedicar, se puede transportar libremente, subrayar de manera física, no simbólica, en fin, se abre al modo de una ventana o de una puerta, lo cual es una metáfora perfecta de acceso, en fin, tiene virtudes extraordinarias el libro. Creo que va a ser saludable la migración del libro a formatos electrónicos para muchos libros que hoy en día simplemente son una amenaza ecológica, destruyen bosques enteros y es mucho mejor que existan exclusivamente de esa manera. Me refiero a la mayoría de los libros de referencia, consulta, autoayuda, enciclopedias, etc. Es un enorme acervo que puede estar en línea y no necesitamos atesorarlo. O sea, no es algo que queramos regalar, es algo que nosotros podríamos utilizar de esa manera mejor. Y respecto a la respuesta de las nuevas generaciones, evidentemente, como yo decía antes, siempre hay cierta resistencia de quienes están acostumbrados a ejercer la cultura de una forma, a acostumbrarse otra forma. Y pues hemos tenido ya a lo largo, por ejemplo, de mi vida, me he tenido que acostumbrar a distintas formas tecnológicas. Por ejemplo, yo me acuerdo todavía, a mí me encantaba escribir cartas, siempre fue un género que a mí me fascinó y escribía cartas. Y me acuerdo de la época en que yo pedía disculpas por escribir una carta a máquina, porque se consideraba muy impersonal una carta a máquina. O sea, la carta debía llevar la caligrafía de la persona, nos parecía como una carta oficial, ¿no? Y yo pues escribía más rápido a máquina, pero siempre pedía disculpas, ¿no? Hoy en día nos parece lo más normal del mundo, textear incluso, así se dice. Entonces, son formas de comunicación a las que nos hemos ido acostumbrando y la verdad es que si yo tengo que evaluar lo que me han dado las nuevas tecnologías respecto a lo que me podrían quitar, es mucho más lo que me han dado, porque la mayoría de los escritores que publicamos en países como México hemos tenido mucha más salida a través de la red. Salida no pagada, pero sí de gente que te puede leer en los lugares más extraños, a los castigos que podríamos tener porque alguien diga, no, pues estos son los ancianos y pertenecen a otra época. No sé, yo creo que en ese sentido el juicio de las nuevas generaciones puede ser inclemente, pero no hay que preocuparse demasiado de eso, porque la escritura existe precisamente para abrirse a la crítica y someterse a las distintas reacciones que pueda tener. A mí me hace, me recuerda una frase de Alfonso Reyes criticando una obra de teatro que empezaba con la frase de nosotros los hombres de la edad media, y claro, es decir, uno nunca sabe qué etapa está viviendo porque eso lo va a determinar el futuro, ¿no? y me seduce mucho la idea de Campbell que cita, de que efectivamente somos los primitivos, los primeros que accedimos a la era digital y que en 100, 200 años vamos a ser vistos como los que seguían reuniéndose torpemente en un teatro a discutir un viernes en la tarde una serie de ideas porque no habían encontrado todavía la forma de hacerlo con la misma pertinencia a través de la tecnología. Y para no seguir siendo esos primitivos, vamos a dar por clausurada esta sesión agradeciendo mucho a Juan y a Jesús su presencia.
SISTEMA
NTSC
DOCUMENTO_DIGITALIZADO
Sí
FECHA_INGRESO_ENTREGA
08/06/2012
OBSERVACIONES
Este programa estaba dividido en dos partes. La CUID M- 07195 dejará de existir, porque era la parte 2 del programa. Ahora, las dos están unidas en esta CUID. M-07194.
BARRA
Divulgación
TEMA_CONTENIDO
Conferencia sobre el periodismo cultural contemporáneo
LOCACION
CLASIFICACION
A
IDIOMA_ORIGINAL
Español
REALIZACION
Edgar Mauricio Sánchez Alcántara
PRODUCCION
Edgar Mauricio Sánchez Alcántara

